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Teresa de Jesús. El lenguaje más allá de sí mismo

Fernando Carlos Vevia Romero1

 

En el contexto del aniversario 500 del nacimiento de santa Teresa de Jesús se inauguró la exposición ‘Castillo interior. Presencia de Santa Teresa en una morada de Luis Barragán’, en el Centro Cultural Jesuítico Casa ITESO-Clavigero. Aprovechando lo anterior, el 12 de noviembre del año 2015, aniversario luctuoso de sor Juana Inés de la Cruz y día nacional del libro, el Consejo Estatal para el Fomento de la Lectura y el Libro en Jalisco invitó al Coro del Ayuntamiento de Guadalajara, para que bajo la batuta de su director, Roberto Gutiérrez Ramírez, interpretara ocho poemas de la mística en la versión polifónica de él mismo. Acto continuo, el autor del texto que sigue lo leyó a la muy nutrida concurrencia que asistió al acto.2

 

 

Antes de entrar en el tema propiamente dicho, quisiera salir al encuentro de un prejuicio bastante extendido acerca de la escritura de los llamados “místicos”.

            La palabra “místico” condensa para muchos el asco y repugnancia que sienten por todo lo religioso. Algunos dicen, que “la actitud religiosa es una huida del dolor y demuestra que el sujeto sigue dominado por una figura paterna opresiva”.3 Otros piensan que las doctrinas de salvación nacen sólo en sociedades esclavistas; que la redención es una mera trasposición del rescate del esclavo; que la presencia de Cristo en el fiel es una larvada traslación de deseos sexuales; que la libertad mística es una mera licencia para ser masoquistas,4 etcétera.

Freud escribe en Neue Folge der Vorlesungen zur Einfürung in die Psychoanalyse, lección xxxi:

 

Ciertas prácticas místicas pueden invertir las relaciones normales entre las secciones de la mente, de manera que, por ejemplo, el sistema perceptivo se vuelve capaz de captar relaciones en las profundidades del Yo y del Ello, que de otro modo serían inaccesibles... los esfuerzos terapéuticos del psicoanálisis han escogido el mismo camino.5

 

Es una reflexión interesante, aunque Freud nunca tuvo contacto con personas místicas o leyó libros religiosos. Identificaba lo religioso como un signo histérico y ya. Este tema fue estudiado cuidadosamente por Albert Plé en su libro Freud y la religión.6 Allí podemos leer:

 

Es especialmente penoso ver como Freud no contesta a su amigo el pastor Pfister cada vez que éste le echa en cara su desconocimiento del cristianismo (Le escribe el 20 de febrero de 1928: “Lo que usted emplea para sustituir a la religión son sustancialmente las ideas de las luces del siglo xviii, arrogantemente revisadas y puestas al día”).

 

            El interesado en el tema hará bien en buscar el significado de la palabra “místico” en el griego clásico. La palabra “mysterion” significaba misterio, cosa secreta, objeto sagrado (del verbo “myoo” cerrar), y de ahí ceremonias religiosas secretas; tuvo un adjetivo “mystikós”, relativo a los misterios. Tiene su historia lingüística y semántica en el Antiguo Testamento, en San Pablo, en los Evangelios, que adaptan la palabra con diversos matices. En la teología espiritual católica, el misticismo consiste en

 

experimentar en la quietud del espíritu, de manera consciente, la posesión por parte de Dios (contemplación infusa, desposorio, matrimonio espiritual) […] Algunas veces va acompañada de revelaciones, visiones, éxtasis y estigmatización […] En ocasiones es difícil distinguir entre verdadero y falso misticismo […] El misticismo, a la vez coronamiento y estado diferente del proceso ascético, no se alcanza por la voluntad de la criatura, sino por voluntad divina.7

 

            Reflexionamos aquí sobre el uso del lenguaje en Teresa de Jesús, para ver cómo lo usa, qué técnicas emplea, cuáles son sus finalidades. Será útil situar a la Santa en un contexto, sobre todo de comparación con los escritos de otras religiosas místicas, para que de la comparación surja con más claridad el modo de escribir de Teresa.

            Podemos señalar cuatro grandes épocas de la vida mística dentro de la historia de la Iglesia católica. Desde el origen de la Iglesia hasta el año 604, cuando muere San Gregorio Magno, y con él el mundo antiguo cristiano (lo cual es una simplificación muy exagerada) es la época de los Padres de desierto, de los primeros monasterios, de los grandes penitentes, que quieren pasar la vida en oración y enseñar a otros a hacerlo.     Luego vino la Edad Media, con grandes escritores místicos en Alemania y los Países Bajos, con participación extraordinaria de escritoras.

            Destacamos a dos grandes místicas.

            La primera de ellas es Hildegarda de Bingen, nacida el año 1098-1179, en Bermersheim, cerca de la actual Maguncia, en Alemania. Hildegarda escribió Scivias y el Liber divinorum operum (Libro de las obras divinas), además de libros de zoología, botánica, medicina y música. Tomamos una muestra de Scivias:

 

Vi una luz fulgidísima y en ella una figura de hombre color zafiro, que inflamaba todo con un suavísimo fuego rutilante, y esa luz espléndida se difundió por el entero fuego rutilante, y ese fuego rutilante por la entera luz esplendente, y la luz fulgidísima y el fuego rutilante por la entera figura del hombre, produciendo una sola lumbrera de una única virtud y potencia.

 

(Tengamos en cuenta que ella escribía en un latín tosco, en tablillas de cera. Su secretario, diríamos hoy, lo arreglaba y lo escribía en pergamino, ya corregido. Luego ha sido traducido al español). Se nota una clara influencia del Apocalipsis de Juan de las Iglesias cristianas. Así pues, trata de describir una visión, y luego irá desmenuzando lo que significa cada elemento de esa visión.

            Leamos ahora un fragmento del Libro de las obras divinas. Coloca tres versículos como epígrafe al comienzo:

 

Porque la Divinidad comprende todo en Sí, / Como una rueda íntegra que no tiene principio ni fin, / Ni está circunscrita por el espacio ni el tiempo.

Oí una voz del cielo que me decía: “Dios, que por la gloria de su nombre construyó el mundo con los elementos, lo consolidó con los vientos...”

 

La voz le explica el significado de lo que ha dicho en primer lugar y qué significa la rueda.

            Algunas personas importantes de su entorno se sintieron molestas con estas visiones y ella tuvo que afrontarlas, al igual que la oposición a la fundación de un monasterio exclusivamente femenino y las numerosas enfermedades que la acosaron. Escribió cartas a los personajes de su época en que muestra su carácter y sus preocupaciones. A los 49 años, Hildegarda escribió a San Bernardo de Clairvaux, hombre muy influyente en la época:

 

Venerable Padre Bernardo: coloco mi petición frente a vos, que habéis atemorizado a los injustos de este mundo... Os suplico, en nombre de la Luz Viviente, que prestéis atención a mis palabras. Padre, estoy verdaderamente perturbada por unas visiones aparecidas ante mí a través de una revelación divina, vistas no con los ojos exteriores, sino con los del espíritu. En la infancia, mi lengua no tenía el poder para expresar claramente lo que veía, pero la Luz Viviente me ha ordenado creer en ellas... Inquebrantable y gentil Padre, en vuestra amable respuesta a vuestra más fiel servidora, quien desde la infancia no ha vivido una hora libre de ansiedad, os imploro piedad, sabiduría y un corazón abierto para comprender lo que no ha sido escrito por mano de hombre... Permitid que la Voluntad Creadora entre en vuestro corazón y eleve vuestro espíritu para que podáis responder rápidamente a mis palabras… para que podáis comprender todas estas cosas venidas de la Luz Viviente. Adiós; sed fuerte de espíritu y un poderoso guerrero. Amén.8

 

            Es oportuno añadir un último dato acerca de un opúsculo que ha sido llamado “Las palabras secretas”. Es una obrita extraña y poco conocida: “Lingua ignota per simplicem hominem Hildegardem prolata”. Son más o menos mil palabras, seguidas por su glosa en alemán o latín. Sólo sustantivos y algunos adjetivos. Parece que quería ser un idioma secreto, no universal. Volmar, el monje que le ayudaba a escribir, recibe una carta en la que le pide que no deje que con su muerte mueran con ella su música y su lenguaje. Como si esa lingua ignota fuera un intento por renombrar al mundo, redescubrir el corazón estético del lenguaje humano (la granja, el jardín y el convento son terrenos asociados con la plenitud de la belleza divina).

            Muy poco es lo que hoy presentamos de Hildegarda de Bingen, que cada vez es causa de nuevos libros que estudian muchos de los aspectos de su obra. Pero será suficiente para comparar su lenguaje con el de Teresa de Ávila; al menos para que quede claro desde el principio que no hay un solo lenguaje místico, sino que es toda una “región del lenguaje”, con muchos paisajes distintos.

            Otra de las místicas que podemos mencionar es Matilde de Magdeburgo (1210-1283), una de las más importantes de su época. El contenido de sus visiones quedó reflejado en los siete libros de la Luz fluente de la Divinidad, obra de carácter eminentemente hímnico que inaugura el género místico en Alemania. Ante las virulentas reacciones que provocó su amarga crítica contra el clero, se retiró al monasterio de Helfta, cerca de Eisleben, donde escribió el último libro de sus visiones.9

            Santa Matilde de Hackeborn (también conocida como Matilde de Helfta)10 nació en 1212 y fue beguina. En 1250 empezó a escribir su libro De las revelaciones de un alma amorosa. En 1270 dejó Magdeburgo y se refugió en Helfta, donde murió en 1283 (en el mismo monasterio de Helfta estuvieron ambas Matildes, y ahí vivió también, desde los cinco años, Santa Gertrudis Magna, 1256-1303). Tiene un texto que reproducimos completo, porque es un antecedente de Santa Teresa.

 

Sucedió que una vez, predicando un fraile en la iglesia de su monasterio, dijo que el amor era una saeta de oro con la cual, si el hombre llega a asaetear alguna cosa, hace que la cosa asaeteada se vuelva suya; por lo cual bien se puede llamar loco quien va empleando su amor en las cosas terrenas... a estas palabras, volviéndose ella toda de fuego, dijo al Señor: “Oh, pluguiera a Dios que yo tuviese esa saeta, porque sin titubeo alguno querría yo particularmente traspasarte a Ti, único dilecto de mi alma, para poder retenerte siempre conmigo”. Mientras ella decía estas cosas, hete aquí que vió al Señor vuelto hacia ella con la saeta de oro en las manos.11

 

***

 

La tercera época es la de los místicos españoles y portugueses. Podemos recordar a Francisco de Osuna (1497-1540). Santa Teresa lo leyó y lo puso como fundamento de su obra, sobre todo el Tercer abecedario espiritual.12 Leamos un fragmento:

 

Date a ti el mundo lo que buscas, y tu vanidad te da el gozo que deseas ¿y piensas que Dios duerme y se hace el sordo? Como tú eres malo, piensas de Dios mal y reduces a pereza y flojedad el cuidado que ponen sus siervos en buscarlo... Las cosas comunes están en la Iglesia para los comunes. Otras tiene Dios especiales para los especiales, y en las cosas comunes están otras cosas, y de otra manera las sienten los que más aman que no las sienten los otros. Finalmente esta razón se concluye en que sepas ser posible y no muy dificultosa de haber en esta vida mortal, más estrecha y amigable entre Dios y el ánima que no la hay entre un ángel y otro.

 

            Acerca de las persecuciones que sufren los místicos, escribía:

 

Como estos movimientos y esta guerra sea interior, no se puede así declarar y aun apenas se puede entender, ni los tales son creídos de sus confesores y consejeros, antes les dicen que ellos quieren y buscan aquello...

 

            Otro autor muy leído por Santa Teresa fue Fray Alonso de Madrid y su Arte de servir a Dios (1521).          Otros autores pueden ser citados, como el franciscano San Pedro de Alcántara (1499-1562) y su Tratado sobe la oración y la meditación. Santa Teresa, en su Vida, dejó este testimonio sobre San Pedro de Alcántara:

 

tenía el mundo bajo los pies gracias al fervor de sus penitencias; que durante cuarenta años no durmió más de hora y media por la noche, y no tendido, sino sentado, apoyando la cabeza en un madero clavado en la pared, sin resguardarse nunca del mal tiempo o de la canícula…

 

Reformó su orden en 1550. En 1561 aconsejó a Santa Teresa acerca de las fundaciones y de su vida espiritual.

 

***

 

Apenas hemos esbozado el amplio mundo de los escritores espirituales en general, ascéticos y místicos. Ya es hora de acercarnos a Teresa de Cepeda y Ahumada (1515-1582), o simplemente Teresa de Ávila, o Teresa de Jesús, Doctora de la Iglesia y fundadora del Carmelo Descalzo. Teresa hizo una gran aportación a la Iglesia con su reforma carmelitana, y asimismo a las letras españolas con su poesía mística y sus libros: Libro de la vida, Camino de Perfección, Castillo interior o Las moradas, Conceptos del amor de Dios, Libro de las fundaciones, Las relaciones, cartas, avisos, poesías...

            Leamos algunos fragmentos de su obra:

            De su Vida:

 

Estaba una persona de la Iglesia, que residía en aquel lugar a que me fui a curar, de harto buena calidad y entendimiento; tenía letras pero no muchas. Yo comencé a confesar con él, que siempre fui amiga de letras, aunque gran daño hicieron a mi alma confesores medio letrados, porque no los tenía de buenas letras como quisiera. He visto por experiencia que es mejor, siendo virtuosos y de santas costumbres, no tener ningunas letras.13

 

            De Camino de perfección:14

 

Créanme en esto, y si no, el tiempo les doy por testigo; porque el estilo que pretendemos llevar es no sólo de ser monjas, sino ermitañas... Torno a decir, que si se inclina a cosas del mundo, que se vaya… e irse, si todavía quiere ser monja, a otro monasterio, y si no, verá como le sucede. No se queje de mí, que comencé éste, de que no la aviso.

 

            Del Castillo interior o Las moradas:15

 

Os parecerá que ¿de qué sirve tratar de estas mercedes interiores y dar a entender cómo son, si es esto verdad como lo es? Yo no lo sé, pregúntese a quien me manda escribir, que yo no estoy obligada a disputar con los superiores…

 

            Podemos ya darnos una idea muy ligera de su estilo en la manera de expresar sus experiencias místicas: sin palabras misteriosas ni recursos retóricos de exageración. En el capítulo 27 de su Vida comenta cómo le hizo sufrir la gente que le decía que eso de la experiencia mística era un camino sospechoso. Incluso cuando trata de visiones o experiencias no comunes:

 

Al cabo de dos años que andaba con toda esta oración mía y de otras personas para lo dicho, o que el Señor me llevase por otro camino o declarase la verdad… me acaeció esto. Estando un día del glorioso San Pedro en oración, vi cabe mi, o sentí, por mejor decir, porque con los ojos del cuerpo ni del alma no vi nada, más parecíame estaba junto cabe mi Cristo. Yo como estaba ignorantísima de que podía haber semejante visión, diome gran temor al principio y no hacía sino llorar…

 

(Luego la orientó su confesor… más tarde Fray Pedro de Alcántara).

            En el capítulo 17 del Camino de Perfección, titula:

 

De cómo no todas las almas son para contemplación, y cómo algunas llegan a ella tarde, y que el verdadero humilde ha de ir contento por el camino que le llevare el Señor.

¿Cómo podrá el verdadero humilde pensar que él es tan bueno como los que llegan a ser contemplativos? Que Dios le puede hacer tal, sí, por su bondad y misericordia: mas, de mi consejo, siempre se siente en el más bajo lugar, que así nos dijo el Señor lo hiciésemos, y nos lo enseñó por la obra. Dispóngase para si Dios le quisiere llevar por ese camino; cuando no, para eso es la humildad.

 

            En la Relación primera hace Santa Teresa una clasificación de los diversos grados de oración y contemplación hasta llegar a las cumbres más altas de perfección evangélica:

 

La primera oración que sentí, a mi parecer, sobrenatural, que llamo yo la que ni con industria ni diligencia se puede adquirir, aunque mucho se procure, aunque disponerse para ello, sí… es un recogimiento interior que se siente en el alma..

 

Vemos en estas pequeñas muestras su sentido común, su experiencia de los fenómenos que trata, las condiciones que exige a los que van por ese camino (humildad y confianza total en Dios). Hay otros aspectos, como la entereza y al mismo tiempo la paciencia con que dirige las obras de sus conventos. Por supuesto las cartas. Leamos la despedida de una carta a don Lorenzo de Cepeda, su hermano, el 23 de diciembre de 1561:

 

A los señores Hernando de Ahumada y Pedro de Ahumada, por no haber lugar, no escribo; harélo presto. Sepa Vuestra Merced que algunas personas harto buenas que saben nuestro secreto,16 digo del negocio, han tenido por milagro enviarme Vuestra Merced tanto dinero a tal tiempo. Espero en Dios que cuando haya menester más, aunque no quiera, le pondrá en el corazón que me socorra. De Vuestra Merced muy cierta servidora, Doña Teresa de Ahumada.

 

            Para comentar dignamente sus escritos tenemos la oportunidad de apoyarnos en la opinión que un gigante de la literatura del Renacimiento en España, Fray Luis de León, dejó por escrito sobre las obras y el estilo de Santa Teresa. En 1572 Fray Luis había sido encarcelado por la Inquisición y así estuvo cinco años. Pero en 1587 las autoridades eclesiásticas le pidieron que examinara los escritos de Teresa de Jesús. La respuesta se halla en la carta del fraile a las Madres Priora Ana de Jesús y Religiosas Carmelitas Descalzas del monasterio de Madrid. Después de los saludos habituales, comienza así la carta:

 

Yo no conocí a la madre Teresa de Jesús mientras estuvo en la tierra, pero ahora que vive en el cielo, la conozco y veo casi siempre en dos imágenes vivas, que nos dejó de sí, que son sus hijas y sus libros.

 

En las hijas ve lo que Teresa tuvo, y lo expresa Fray Luis con su categoría de gran escritor: “Que como las anima una misma virtud, así las figura a todas de una manera, y como en espejos puros resplandece en todos un rostro: el de la madre santa que se traspasa a sus hijas”. Le maravillaba a Fray Luis que en poco más de veinte años hubiese conseguido fundar tantos conventos, en los que había más de mil carmelitas descalzas. Después comienza ya a exponer sus ideas sobre los escritos de Santa Teresa:

 

en la alteza de las cosas que trata y en la delicadeza y claridad con que las trata, excede a muchos ingenios; y en la forma del decir, y en la pureza y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las palabras, y en una elegancia desafeitada que deleita en extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se iguale.

 

Añade luego que siempre que vuelve a leer los escritos de Santa Teresa se admira de nuevo, y que muchas veces le parece que no son obra humana, sino que hablaba el Espíritu Santo a través de ella. Sigue en la misma carta dirigiéndose a las monjas y piensa que ellas, como él, al leer los libros de Santa Teresa, como que vuelven a verla en persona:

 

Porque verán la misma luz y grandeza de entendimiento en las cosas delicadas y dificultosas del espíritu, la misma facilidad y dulzura al decirlas, la misma destreza, la misma discreción… verán la misma manera de santidad, no placera ni milagrosa, sino tan infundida por todo el trato en sustancia, que algunas veces, sin mentar a Dios, deja enamoradas de Él a las almas.

 

Así pues, aunque no conoció a la madre Teresa viva, la conoce ahora en los libros. El Consejo Real de Castilla ordenó a Fray Luis de León que revisase cuidadosamente los libros, y escribe Fray Luis: “como de hecho lo hago” (el revisar con cuidado los libros), “con el trabajo que he puesto en ello, que no ha sido pequeño”. Y explica por qué fue mucho trabajo:

 

Porque no solamente he trabajado en verlos y examinarlos, que es lo que el Consejo mandó, sino también cotejarlos con los originales mismos que estuvieron en mi poder muchos días, y en reducirlos a su propia pureza de la misma manera que los dejó escritos de su mano la Madre, sin mudarlos ni en palabras, ni en cosas, de que se habían apartado mucho los traslados que andaban, o por descuido de los escribientes, o por atrevimiento y error.

 

            Personalmente me parece ésta una de las enfermedades más violentas que pueden asaltarnos en nuestras vidas de gentes de libros. “Atrevimiento”¿Cómo se atreve alguien a corregir, a cambiar, las palabras escritas por otra persona? Como profesor, al corregir un trabajo se puede señalar que aquí falta algo, o sugerir que “no se entiende bien lo que usted quiere decir”, etc., ¿pero cambiarlo?, ¡jamás! Así lo afirma también Fray Luis hace 500 años. Y más en el caso de las grandes personalidades. Por eso escribe Fray Luis:

 

Porque hacer mudanza en las cosas que escribió un pecho en el que Dios vivía… fue atrevimiento grandísimo, y error muy feo querer enmendar las palabras, porque si entendieran bien el castellano, vieran que el de la Madre es la misma elegancia. Así que yo los he restituido a su primera pureza.

 

Se refiere por ejemplo a esos casos en que comienza a exponer un pensamiento Santa Teresa, y luego se le atraviesa otro y sigue con el otro pensamiento: “Hace con tan buena gracia la mezcla, que ese mismo vicio le acarrea hermosura”.

            Trata Fray Luis a continuación, con el peso de ser catedrático de Teología en la Universidad de Salamanca, y de haber pasado cinco años encarcelado por la Inquisición, discutiendo con los jueces sin que le pudieran probar nada malo, trata, digo, cuestiones del aspecto más importante del tema: ¿es Dios el autor de esas revelaciones que tuvo la Santa? No es el tema de este texto, pero brevemente mencionaremos su respuesta a la pregunta:

 

1.    Dios habla con quien quiere, y puede hacerlo con sus amigos. ¿Por qué no?

2.    Pero es que pueden salir de ahí cosas malas. Sí. Todo lo bueno puede ser torcido por alguien, pero no por eso hay que prohibirlo.

3.    ¿Y si no es Dios el causante de esas revelaciones? ¿Puede estar segura la Madre Teresa? No. No puede estar seguro nadie. La misma Santa sufrió mucho con esa idea y dejó escrito así: “Y lo que no se puede sufrir, Señor, es no poder saber cierto si os amo, y si son aceptados mis deseos delante de vos”.

 

            Para terminar este recordatorio breve que hemos hecho de Teresa de Jesús, citaremos unas palabras de la escritora Espido Freire: “Ella era una enamorada del amor divino. Ese amor era Dios. Entendía a Dios como el amante supremo, no como un Dios vengativo o castigador”.17 Lo dice con un castellano más sabroso la misma Santa en muchas ocasiones:

           

Es, pues, esta oración, una centellica, que comienza el Señor a encender en el alma del verdadero amor suyo, y quiere que el alma entienda qué cosa es este amor con regalo… Pues esta centellica puesta por Dios, por pequeñita que es… es la que comienza a encender el gran fuego, que echa llamas de sí del grandísimo amor de Dios, que hace Su Majestad tengan las almas perfectas. Es esta centella una señal o prenda que Dios da al alma...18                                                       

 

            Ese diminutivo, “centellica”, usado en muchas regiones de habla española, adquiere resonancia teológica en labios de la Santa.

 



1 Maestro Emérito de la Universidad de Guadalajara, licenciado en Filosofía por la Universidad Comillas, licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid, doctor en Filosofía por la Universidad de Comillas, después de cuatro años de posgrado en la Universidad de Deusto en las mismas disciplinas. Profesor, investigador, traductor, entre sus obras publicadas sobresalen: Curso de introducción a la Semiótica, Estudios sobre la obra de Cervantes, La sociedad mexicana en teatro de Rodolfo Usigli, Un aspecto de sexualidad en las novelas de Cervantes, El discurso político religioso en América Latina.

2 El Boletín Eclesiástico agradece al Dr. Vevia su permiso para divulgar su estudio en esta publicación.

3 Elemire Zolla, Los místicos de Occidente, t. I, Barcelona, Paidós, 2000, p. 19, nota 1.

4 Ibid.

5 Citado por Zolla, p. 20.

6 BAC, París, Éditions du Cerf, 1968.

7 Entrada “Misticismo”, Enciclopedia Salvat, t. 9, Barcelona, Salvat, 1971.

8 Verónica Martínez Lira y Alejandra Reta Lira, El lenguaje secreto de Hildegard von Bingen. Vida y obra, México, FCE/UNAM, 2003.

9 De “Alemanes célebres y sus ciudades”, Departamento de Prensa e Información del Gobierno Federal Alemán, 1996.

10 E. Zolla, Los místicos de Occidente, t. ii, Barcelona, Paidós, 2000, pp. 257 ss.

11 Lansperg, Vida.

12 IV, 199.

13 Cap.5, pp. 4-5 ss.

14 Cap.13, p. 387, núm. 6.

15 Terceras moradas, cap. ii, núm.11.

16 Los dineros enviados por su hermano desde Quito para la fundación de su primer convento de San José en Ávila.

17 “Para vos nací”. Un mes con Teresa de Jesús, Madrid, Ariel, 2015.

18 Vida, cap.15.



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