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La región centro-occidente y la arquidiócesis de Guadalajara

Guillermo de la Peña Topete[1]

Este trabajo, leído el 10 de junio del año en curso en el marco de la Primera Asamblea Pastoral de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara, condensa el ayer y el hoy de una comarca mexicana muy definida por sus antecedentes histórico-culturales

Tanto lo que llamamos región centro-occidente de México –marcada topográficamente por la convergencia del eje neovolcánico y la sierra Madre Occidental– como la arquidiócesis de Guadalajara se fueron conformando históricamente a partir de dos factores: la influencia de la urbe tapatía y la función de mediación y articulación que cumplía respecto de las regiones centro, norte y sur-sureste del país. La influencia de Guadalajara, antigua sede de la Audiencia del Reino de la Nueva Galicia y de la Intendencia que llevaba su nombre, se definía y se sigue definiendo a partir de su papel comercial, administrativo, educativo, cultural y religioso. Si aceptamos que los estados que actualmente integran esta región son (en orden alfabético) Aguascalientes, Colima, Jalisco, Nayarit y Zacatecas, observaremos que cubre precisamente el territorio correspondiente hasta hace muy poco a la arquidiócesis cuyo aniversario estamos celebrando, que agrupa bajo su manto a las diócesis de Guadalajara, Autlán, Ciudad Guzmán, San Juan de los Lagos, Aguascalientes, Colima, Tepic y la Prelatura del Nayar. Digo “hasta hace muy poco” porque la diócesis de Zacatecas ya ha sido desgajada de nuestra arquidiócesis. Sin embargo, varios municipios zacatecanos le siguen perteneciendo a través de las diócesis de Aguascalientes y Guadalajara (otras diócesis desbordan asimismo las fronteras estatales). Me parece, en cualquier caso, que al hablar de la realidad social y cultural de la región –y asimismo de la arquidiócesis debemos seguir incluyendo el estado de Zacatecas, cuya actividad minera tuvo fuertes impactos en el desarrollo de la producción agropecuaria y mercantil de todo el centro-occidente y ha sido además para la Iglesia un punto necesario de enlace con la expansión misionera hacia el norte.

 

Tabla 1: Población de la Región Centro-Occidente, por sexo

 

Estados

Población total

Hombres

Mujeres

Cifra

cifra

%

cifra

%

Aguascal.

1,184,996

576,638

49%

608,358

51%

Colima

650,555

322,790

50%

327,765

50%

Jalisco

7,350,682

3600641

49%

3.750,041

51%

Nayarit

1,084,979

541 007

50%

543,972

50%

Zacatecas

1,490,668

726 897

49%

763,771

51%

Fuente: Censo Nacional de Población, 2010

 

La población los estados del centro-occidente se duplicó en los últimos 50 años. Actualmente alberga aproximadamente 12 millones de almas; es decir, el 10% del total de habitantes de la República (tabla 1). Pero su peso económico y cultural es mucho mayor que su peso demográfico. Jalisco continúa en el primer lugar nacional en producción agrícola, en la que son notables el maíz, el agave, la caña de azúcar, las frutas y las hortalizas; pero además ocupa un sitio prominente como núcleo de distribución de mercancías y provisión de servicios modernos, así como en la industria electrónica y químico-farmacéutica, y en varias ramas de la industria tradicional (alimentos, ropa, calzado y muebles). Guadalajara, Puerto Vallarta, Barra de Navidad y la Costa Alegre atraen vastos contingentes de turistas; también lo hace la Riviera Nayarita; además Nayarit sobresale por su producción tabacalera y pesquera. Colima puede presumir la pujanza de su puerto industrial, Manzanillo, sin que sean desdeñables sus virtudes turísticas, sus plantaciones de cítricos, su pesca o sus recursos mineros. La capital de Aguascalientes se ha convertido en una de las dos ciudades que más crecen en el país, en parte por su industria automovilística, pero el estado goza también de buena salud agrícola y comercial. Zacatecas no ha perdido su tradición minera y vitivinícola; es crecientemente competitiva en turismo y pionera en la industria aeroespacial. Como ya se mencionó, Guadalajara, con su mercado de abastos y sus magnas exposiciones, es la gran concentradora y redistribuidora de bienes y servicios; pero Aguascalientes tiene la Feria de San Marcos, y todas las capitales cuentan con buenos mercados y servicios de salud y educación.

Por otro lado, hay que notar que la población centro-occidental es predominantemente joven: cerca del 85% de sus habitantes tiene menos de 50 años, y casi el 60% es menor de 30 años (tabla 2). Y se trata de personas un poco más escolarizadas que el promedio de la República, pues entre 80 y 90% de las personas mayores de 18 años ha cursado por lo menos la secundaria (tabla 3).

 

Tabla 2: Distribución de población por edades (porcentajes)

 

Estados

0-14

%

15-29

%

30-49

%

50-64

%

65 y más %

Aguascalientes

32%

27%

26%

10%

5%

Colima

27%

27%

27%

11%

6%

Jalisco

29%

27%

26%

11%

6%

Nayarit

29%

26%

26%

11%

7%

Zacatecas

31%

26%

25%

10%

7%

Fuente: Censo Nacional de Población, 2010

 

Tabla 3: Población de 15 años y más con escolaridad superior a secundaria

 

Estados

12-17

18 años y más

Total

%

%

100%

Aguascalientes

8%

92%

306,870

Colima

7%

93%

180,339

Jalisco

15%

85%

1,834,858

Nayarit

8%

92%

273,672

Zacatecas

19%

81%

269,441

Fuente: Censo Nacional de Población, 2010

 

 

 

Tabla 4: Población de 15 años y más económicamente activa, por grupo de edad

Datos

15-29

Estados

Desocupada

%

Ocupada

%

Total

Aguascalientes

16628

10%

156657

90%

173285

Colima

4535

5%

93,296

95%

97,831

Jalisco

62996

6%

1,064,141

94%

1,127,137

Nayarit

7312

5%

136,678

95%

143,990

Zacatecas

13,028

7%

171,143

93%

184,171

Datos

30-49

Estados

Desocupada

%

Ocupada

%

Total

Aguascalientes

6890

4%

150790

96%

157680

Colima

3070

2%

132,214

98%

135,284

Jalisco

38222

3%

1,341,632

97%

1,379,854

Nayarit

5267

3%

193,298

97%

198,565

Zacatecas

9,429

4%

223,927

96%

233,356

Datos

50-64

Estados

Desocupada

%

Ocupada

%

Total

Aguascalientes

3452

5%

61152

95%

64604

Colima

1233

3%

43,067

97%

44,300

Jalisco

16106

4%

438,619

96%

454,725

Nayarit

2618

4%

66,226

96%

68,844

Zacatecas

3,510

5%

67,640

95%

71,150

 

 

 

 

 

 

 

 

Datos

65 y más

Estados

Desocupada

%

Ocupada

%

Total

Aguascalientes

802

6%

12,286

94%

13,088

Colima

365

3%

10,289

97%

10,654

Jalisco

4,445

4%

107,379

96%

111,824

Nayarit

748

3%

21,043

97%

21,791

Zacatecas

742

4%

17,228

96%

17,970

 

 

 

Fuente: Censo Nacional de Población, 2010.

 

Otro dato interesante se refiere a la población económicamente activa, pues más del 90% de ella declara estar ocupada, incluso la muy joven (tabla 4). Esto implica que muchos jóvenes han dejado de estudiar después de secundaria. O bien que muchos estudiantes son también trabajadores, al menos de tiempo parcial.

 

Tabla 5: Población en situación de pobreza

Estados

En situación de pobreza

En situación de pobreza extrema

Aguascalientes

37.8 %

3.4 %

Colima

34.4 %

4.0 %

Jalisco

39.8 %

5.8 %

Nayarit

47.6 %

11.9 %

Zacatecas

54.2 %

7.5 %

http://www.coneval.gob.mx/Informes/Pobreza/Informe%20de%20Pobreza%20en%20Mexico%202012/Informe%20de%20pobreza%20en%20M%C3%A9xico%202012_131025.pdf

 

Sin embargo, para sectores importantes de la población los empleos son precarios y mal pagados, como puede verse en los datos sistematizados por el Consejo Nacional de Evaluación de las Políticas Sociales (tabla 5): la población en situación de pobreza constituye entre 35% y 54% del total. También existe población en situación de pobreza extrema; es decir, que no tiene siquiera los ingresos que le permitan acceder a una alimentación suficiente. Esta visión de precariedad se refuerza si vemos los datos sobre la población que cuenta con algún tipo de seguridad social (tabla 6). En promedio, la mitad de la población, o no cuenta con ella, o tiene sólo Seguro Popular, lo que es indicativo de empleo informal o inestable.

 

Tabla 6: Población con y sin seguridad social

Estados

Con seguridad social

Sin seguridad

social

Población

total

Total asegurados

IMSS

ISSTE

Seguro Popular

Otros

Aguascalientes

78%

45%

8%

26%

0%

21%

925,237

Colima

81%

40%

7%

33%

2%

17%

528,027

Jalisco

61%

41%

3%

17%

0%

35%

4,519,432

Nayarit

77%

31%

10%

35%

0%

23%

831,355

Zacatecas

68%

27%

7%

35%

0%

30%

1,016,503

 

            Tenemos, entonces, que hacernos la siguiente consideración. Aunque nuestra región tenga una economía fuerte y un proceso de modernización avanzado, una porción importante de sus moradores –entre la tercera parte y la mitad– ha quedado excluida de sus beneficios. Esta situación de exclusión no es privativa del centro-occidente, ni es nueva; tiene sus orígenes en el sistema de castas de la Colonia y en el acaparamiento violento de riqueza en las manos de elites protegidas por gobiernos autoritarios, tanto durante el Virreinato como en los siglos xix y xx. Pero en los últimos 30 o 40 años la exclusión se ha profundizado y ha adquirido características especiales. Hasta la década de 1980, los regímenes llamados de la Revolución mexicana habían ido creando políticas públicas de desarrollo incluyente que, aunque eran en muchos aspectos criticables, y no pocas veces lamentables en su aplicación, abrieron gradualmente oportunidades de empleo y servicios para las clases populares, y tuvieron efectos de estabilidad social. Estas políticas operaban en el contexto de una economía protegida que gozó de periodos de crecimiento acelerado. Sin embargo, como es de todos sabido, el proteccionismo económico entró en crisis en la década de 1970, y la crisis se vio agravada por una deuda externa descomunal, que se volvió impagable a causa de la caída vertiginosa de los precios del petróleo. En esas circunstancias, el gobierno modificó el modelo económico del país: del proteccionismo se pasó a la apertura indiscriminada del mercado y al desmantelamiento de muchas políticas de desarrollo interno, como la Reforma Agraria y los subsidios directos o indirectos al campo. El ingreso a la Organización Mundial de Comercio (antes GATT), y luego al Tratado de Libre Comercio para la América del Norte, permitió el aumento continuo de las exportaciones no petroleras y atrajo capitales foráneos. Pero los beneficiarios de este enorme cambio fueron principalmente los sectores económicos que ya se habían modernizado y por ende fueron capaces de competir y asociarse internacionalmente. Quedaron fuera del nuevo modelo los sectores tradicionales, como el campesinado y los pequeños productores industriales y artesanales, que además se vieron afectados por el cierre de las instituciones de apoyo y la invasión de productos externos. Por añadidura, la legislación laboral se ha ido modificando, en perjuicio de los derechos de los trabajadores asalariados.

            En la región centro-occidente, como en todo el país, la nueva situación condujo a la catástrofe de la economía campesina y de la pequeña industria tradicional. El abandono de las zonas rurales se incrementó considerablemente. El centro-occidente había sido, desde las primeras décadas del siglo xx, la región que más trabajadores enviaba a los Estados Unidos; pero la gran mayoría eran migrantes estacionales, que laboraban por temporadas allá y luego regresaban al terruño. A partir de 1970, un número cada vez mayor ha buscado quedarse allá, y en cuanto pueden llevan a sus familias. Lo mismo ha pasado con la migración rural-urbana: un número creciente de familias rurales acuden a las ciudades con miras a permanecer en ellas. Huyen de la pobreza del agro devastado; pero además quieren que sus hijos tengan más y mejor educación que la que podrían encontrar en sus pueblos y rancherías de origen. Ha surgido así el fenómeno llamado “irregularidad urbana” o “urbanización informal”: el crecimiento de periferias urbanas, muchas veces ilegales, con servicios precarios o inexistentes. En estas zonas deprimidas, contaminadas e insalubres los jóvenes enfrentan un futuro desesperanzador. Se trasladan a las ciudades, con sus familias o sin ellas, con el fin de acceder a una mayor escolaridad y labrarse una mejor vida; sin embargo, muchos de ellos abandonan la escuela al terminar la secundaria porque deben trabajar para mantenerse y ayudar en sus casas, o porque no logran ser admitidos en las preparatorias o universidades. La desesperanza es campo de cultivo para salidas todavía más desesperadas: la delincuencia, la drogadicción, el ingreso las filas del crimen organizado. Cierto, hay que reconocer que los gobiernos han creado programas focalizados de combate a la pobreza –por ejemplo PROGRESA-OPORTUNIDADES-PROSPERA–; pero éstos, a pesar de sus buenas intenciones, no han logrado realmente su cometido, o lo han hecho en forma todavía exigua.

 

Tabla 7: Población hablante de lengua indígena

Lenguas

Estados

Huichol

Cora

Náhuatl

Otras

Total

Aguasca-lientes

107

5%

4

 0%

391

17%

1,742

78%

2,244

Colima

13

0%

3

 0%

1,427

35%

2,646

65%

4,089

Jalisco

18,409

34%

116

 0%

11,650

22%

23520

44%

53,695

Nayarit

25,151

48%

20,793

 39%

1,904

4%

4,985

9%

52,833

Zacatecas

1,003

19%

10

 0%

503

10%

3,641

71%

5,157

 

Las zonas más pobres de la región son las que concentran un mayor número de indígenas. En Jalisco, por ejemplo, ocupan los últimos lugares en índices de desarrollo humano los municipios de Mezquitic –en la sierra del Nayar–, cuya población mayoritaria pertenece al pueblo wixárika (o huichol), y Cuautitlán de García Barragán –en la sierra de Manantlán–, con mayoría de habitantes nahuas. En Nayarit, los municipios de El Nayar, La Yesca y Rosa Morada alojan coras y huicholes. Y en Zacatecas, en la misma zona serrana, la población huichola vive en comunidades pauperizadas del municipio de Valparaíso. Colima tiene varias comunidades nahuas, de condiciones igualmente precarias, en la parte meridional de la costa. Sin embargo, todas las ciudades medianas y grandes cuentan con población indígena, proveniente no solo de la región sino de todas partes del país. La zona metropolitana de Guadalajara, que ya consta de ocho municipios, podría tener (aunque el censo no los reconoce) aproximadamente 100 000 indígenas pertenecientes a los pueblos huichol, nahua de Jalisco, nahua de Veracruz, nahua de Hidalgo, purépecha, otomí, mixteco, zapoteco, zoque, tzeltal, tzotzil, mazahua, triqui, tlapaneco.. . y todavía otros más. Casi todos ellos viven en zonas periféricas y precarias de la mancha urbana. La Constitución mexicana les reconoce el derecho a conservar su lengua, cultura y formas de organización, pero encuentran grandes obstáculos para ejercer ese derecho y a menudo padecen violaciones de sus derechos humanos.

            Con todo, es necesario decir que en las mismas décadas en que la organización económica de la región se ha trastocado y problematizado en nuevas maneras, ha ocurrido un proceso de pluralización política que ha debilitado la inercia autoritaria priista del periodo anterior. Con la excepción de Colima, los estados de la región han experimentado alternancia en los gobiernos estatales, y todos ellos han tenido alternancias en los municipios. También, desde los años noventa, hemos presenciado movilizaciones sociales, en las ciudades y en el campo, que enarbolan una variedad de demandas: desde mejores servicios urbanos y apoyos a la economía popular hasta transparencia en la gestión pública, limpieza electoral y equidad étnica. El pluralismo y las movilizaciones nos van llevando a una mayor conciencia ciudadana, y es de esperarse que ésta contribuya a destruir los mecanismos de exclusión.

            Hasta aquí, he tratado de bosquejar un panorama, ciertamente simplificado, de la situación social de la región centro-occidente. Voy a hablar ahora un poco de la presencia de la Iglesia y de sus contribuciones y desafíos.

            Cuando se habla de la identidad regional del centro-occidente de México suele aludirse a ciertos símbolos folclóricos o paisajísticos: el mariachi, la charrería, el tequila, el paisaje agavero, los volcanes de Colima, el cerro de la Bufa, la artesanía huichola, los deshilados de Aguascalientes, la cerámica de Tonalá, el lago de Chapala, las playas del Pacífico… Sin embargo, me parece que el ingrediente más fuerte en nuestra identidad ha sido históricamente el catolicismo. Es verdad que existe ahora pluralismo religioso, manifestado en las iglesias protestantes históricas (bautistas, metodistas, presbiterianos, luteranos, episcopalianos), en una gran variedad de nuevas iglesias evangélicas, pentecostales y neopentecostales; en comunidades judías y en algunas religiones orientales o seudo-orientales. También existe un pequeño porcentaje que declara no tener ninguna religión. Pero más el 90% de la gente de nuestra región se declara católica; y en Jalisco y Aguascalientes, más del 95%. Nuestros paisajes rurales están sembrados de campanarios que llaman a la oración y, en las ciudades, las catedrales e iglesias y otros edificios religiosos son puntos de orientación, símbolos construidos que conectan artísticamente el pasado, el presente y el futuro. En todos los pueblos y en los barrios de las ciudades, las fiestas patronales marcan los ciclos agrícolas y manifiestan a lo largo del año la acendrada devoción popular. Y los santuarios de la región –Zapopan, San Juan de los Lagos, Talpa, el Patrocinio y el Niño de Atocha en Zacatecas, los Reyes en Cajititlán, y otros más—atraen peregrinaciones multitudinarias.

            Con todo, más allá de los espacios y las celebraciones, la Iglesia se preocupa por la manifestación de los valores cristianos en la vida cotidiana. La sociedad contemporánea –mundializada, hiperinformada, fluctuante, contradictoria y fragmentaria– está sujeta a mensajes que se transmiten a través del mercado, de los medios masivos de comunicación y de las llamadas redes sociales; y es frecuente que estos mensajes sean muy diferentes de las enseñanzas del Evangelio, e incluso diametralmente opuestos a ellas, cuando se enaltece el hedonismo, el egoísmo, el despojo, la agresión, el individualismo soberbio y la cosificación de los seres humanos. Ante ello, la tarea de la Arquidiócesis –la jerarquía, los sacerdotes, las órdenes y congregaciones religiosas y los laicos– no es imponer censuras sino proclamar con la palabra y el ejemplo los valores de la caridad, la justicia, la solidaridad y el respeto a la dignidad de las personas. El torbellino de tremendos cambios demanda la continuidad y consolidación de los esfuerzos evangelizadores y pastorales. Necesitamos más que nunca la Doctrina Social de la Iglesia para hacer frente a las injusticias estructurales que generan la aguda desigualdad social que padecemos. La niñez y la juventud requieren de atención especial e intensiva y de mayor instrucción religiosa. La expansión educativa de que se ha beneficiado la región no ha tenido a la Iglesia como un actor importante; sería conveniente recobrar los planes de creación de escuelas parroquiales que existieron en México antes de la persecución religiosa del siglo pasado. El tema de la migración plantea un reto fundamental: las familias que llegan a la ciudad desde el campo, o que han ido a los Estados Unidos y luego sufrido deportación, se encuentran muchas veces en un estado de desamparo y transición existencial; entre ellas hacen labor de proselitismo otras religiones, al proporcionarles orientación, motivaciones y ayuda material. Sin ser irrespetuosos ni negar el bien que otros puedan hacer, creemos que, en la situación liminar creada por la migración, la Iglesia católica tiene mucho más que aportar.

            El gran desafío de la Arquidiócesis es poner al día –aggiornare, decía san Juan xxiii– nuestra cultura católica en el contexto de nuestra identidad regional. Una cultura respetuosa de la diversidad pero firme en sus convicciones. Una cultura arraigada en sus tradiciones pero abierta a los vientos transformadores que nos traen la ciencia y la tecnología en la sociedad del conocimiento que se vive en el siglo xxi. Una cultura de justicia y caridad donde no tengan cabida los mecanismos de exclusión social que tanto daño nos causan.

 



[1] Antropólogo, investigador del CIESAS-OCCIDENTE.



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