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Guadalajara: 150 años de su Provincia Eclesiástica

José Marcos Castellón Pérez1

A punto de concluir el Año Jubilar por el sesquicentenario del nacimiento de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara, los párrafos que siguen ofrecen un vistazo sumario de algunos aspectos relevantes de esta Iglesia particular en el primer siglo de su andadura, que no es poco decir: de la Iglesia en México destrozada por la violenta supresión del Estado confesional mexicano a la madurez del modus vivendi entre la Iglesia y el Estado luego de los ‘Arreglos’ de 1929…

Proemio

Antes constituirse en Iglesia particular, en 1548, el inmenso territorio que luego fue el obispado de Guadalajara dependió canónicamente de la arquidiócesis de Sevilla, de la diócesis de México y, finalmente, de la de Michoacán. Durante ese lapso, unos veinte años, el servicio generoso de unos cuantos frailes y muchos indios catequistas echó la semilla del Evangelio entre los nativos que abrazaron la nueva fe. Algunos de éstos, como los mártires de Etzatlán, abrieron la brecha del heroísmo martirial que hoy encabeza un buen número de santos, beatos y siervos de Dios en proceso de canonización, como también lo hicieron incontables buenos cristianos.

Según se estilaba entonces, el clero diocesano se fue haciendo cargo de los núcleos urbanos donde se asentaron los peninsulares y sus descendientes, y se confió en exclusiva la atención pastoral de los pueblos de indios a los religiosos franciscanos, labor titánica comenzada desde 1526 por fray Martín de Jesús (o de la Coruña) y fray Andrés de Córdoba, a quienes correspondió bautizar a un sinnúmero de aborígenes. No les iría a la zaga fray Antonio de Segovia, cuyo papel preponderante en la evangelización del Occidente mexicano ha hecho que se conserve la memoria de su figura señera, su vida ejemplar, su don de gentes, sus métodos evangelizadores creativos y grande ardor apostólico. Se cuenta que de su cuello colgaba, como Estrella de la Evangelización, una pequeña imagen de la Inmaculada Concepción hecha con pasta de caña de maíz por los indios purépechas, la cual vino a dar al pequeño pueblo de Zapopan y cuya fama de taumaturga se hará pública y notoria en los primeros años del siglo xvii, cuando se va extendiendo al grado de  servir de abogada contra las epidemias y los desastres naturales, sustento para el desalentado, protectora de los débiles, refugio de los afligidos y consuelo de los desamparados.

La evangelización del cauro mexicano

La Iglesia de Guadalajara, una de las más antiguas y extensas de América, se caracterizó desde sus orígenes por ser una comunidad en proceso ininterrumpido de conversión y esforzada en evangelizar. Los conventos y las doctrinas de indios primero, las parroquias y las escuelas catequéticas después, junto con los hospitales que se fundaron sin excepción en todos los pueblos, sostuvieron un perfil señero de promoción integral de la persona humana. A su vez, a cargo de la Iglesia quedó el sostenimiento de las escuelas de primeras letras y de educación superior en esta porción geográfica, labor meritoria desempeñada de forma ejemplar y heroica por los religiosos de la Compañía de Jesús, los cuales tuvieron también a su cargo las misiones del noroeste y del norte de Aridoamérica, dependientes de este obispado aun después de la creación del de Durango (Guadiana), en 1623.

Durante esta etapa de la consolidación de la fe que fue el siglo xvii, también llamado “de la integración”, se divulgaran tres cultos marianos fundantes en la religiosidad popular de lo que hoy es la Provincia Eclesiástica de Guadalajara: el de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos, el ya aludido de Nuestra Señora de Zapopan y el de Nuestra Señora del Rosario de Talpa. Obispos de vida ejemplar como don Francisco Gómez de Mendiola o don Juan Santiago de León Garabito, gestor de la reforma del clero en su diócesis, consolidaron culturalmente el arraigo de la fe en la Nueva Galicia. Para la formación del clero el obispo fray Felipe Galindo y Chávez, OP, creó el Seminario Conciliar de Señor San José en el año de 1696, que luego de la dolorosa expulsión de los jesuitas y antes del establecimiento de la Universidad fue el único centro académico de la región durante un cuarto de siglo. Entre los muchos testimonios arquitectónicos de ese tiempo sobresale la iglesia Catedral, ya apta para ser usada desde 1618. El compromiso social lo atendían las cofradías hospitalarias, fundadas hasta en las comunidades más pequeñas y dotadas de cierto patrimonio para cumplir sus fines. Muy encomiable fue la participación que en este rubro tuvieron los señores obispos. Sobresalieron por su caridad y largo aliento la obra de fray Antonio Alcalde, OP, y la de don Juan Cruz Ruiz de Cabañas. Al primero se debe el desarrollo de la ciudad episcopal por el viento norte, para cuya atención construyó un santuario Guadalupano y el más grande hospital de América, y al segundo la Casa de Misericordia que lleva su nombre.

México se independiza de España: luces y sombras

En el proceso del que derivó la emancipación de los súbditos de España en América tomaron parte eclesiásticos cuya memoria hoy se honra, algunos con sus ideas, otros en calidad de caudillos, en ambos casos dando prueba de una solidaridad encarnada con las necesidades de la comunidad política por excelencia, el pueblo. Alcanzada la independencia, la Iglesia en México se quedó sin obispos durante quince cruciales años –Guadalajara tuvo sede vacante más de diez, años cruciales que aprovecharon las facciones anticlericales que pronto se constituyeron en un ariete contra la vida y obras de la Iglesia, que desmantelaron en pocos años, después de una guerra absurda en la que México perdió ante los Estados Unidos más de la mitad de su territorio y otra no menos nefasta que entre 1857 y 60 exclaustró a todas las órdenes religiosas masculinas y femeninas, robó y dilapidó su patrimonio y destruyó buena parte de su acervo artístico y cultural. La etapa más dura vino en el año de 1861, cuando todos los obispos de México, entre ellos el de Guadalajara, fueron expulsados del país y dejaron en la orfandad a su grey.

En tan difíciles circunstancias, la Providencia dispuso que una ley civil que estipulaba la ruptura de las relaciones entre la Iglesia y el Estado facilitara a la Santa Sede multiplicar en México el número de diócesis, que de ser sólo diez fueron diecisiete a partir de 1863. El 26 de enero de 1863 el Papa Pio ix creó, mediante la bula Romana Ecclesiae, la Provincia Eclesiástica de Guadalajara, dándole como sufragáneas las diócesis de Durango, Sonora, Monterrey (Linares), el Vicariato Apostólico de la Baja California y la recién creada de Zacatecas. El último obispo y primer arzobispo, don Pedro Espinosa y Dávalos, ejecutó la bula de erección el 17 de marzo de 1864 en la iglesia matriz de Lagos de Moreno, primera parroquia de su sede a la que arribó a la vuelta de su destierro.

Correspondió a su sucesor don Pedro Loza y Pardavé, en su larguísimo episcopado (1868-1898), restañar las heridas: recorrer sus parroquias, constatar las necesidades de sus fieles, fundar las asociaciones piadosas y humanitarias, construir y embellecer templos, edificar escuelas y hospitales y un edificio grandioso para el Seminario, crear numerosas escuelas parroquiales y convocar al Primer Concilio Provincial de Guadalajara, al término del cual se consagró la Provincia al Sagrado Corazón de Jesús. En su tiempo, el territorio de la Arquidiócesis se desmembró para crear los obispados de Colima (1883), Tepic (1891) y Aguascalientes (1899). Consagró nueve obispos y poco menos de 550 presbíteros.

La acción social católica

Casi a principios del siglo xx, el cuarto arzobispo, don José de Jesús Ortiz, restauró los monasterios, atrajo a los institutos de vida consagrada y dio su respaldo a nuevas fundaciones, promovió la catequesis y, haciendo eco a la encíclica social Rerum Novarum,  sentó las bases del catolicismo social y de la prensa católica, así como del surgimiento de sindicatos que años después serán un factor decisivo en la formación de la responsabilidad social de laicos de la talla de los beatos Anacleto González Flores, Luis Padilla Gómez y Miguel Gómez Loza. No le fue a la zaga el Arzobispo don Francisco Orozco y Jiménez, quien no obstante la cruenta y gratuita persecución de la que fue objeto por parte del gobierno, instituyó la Junta Diocesana de Acción Católica Social, mantuvo vivo a su Seminario y dio a todos ejemplo de fortaleza y virilidad en medio de la atroz persecución religiosa que entre 1914 y 1940 auspició el régimen mexicano para desarraigar la fe católica por todos los medios a su alcance. En ese marco, quince eclesiásticos y algunos laicos fueron asesinados y ahora se les honra como mártires, casi todos caídos en ese capítulo que se recuerda como Guerra Cristera.

Al Arzobispo don José Garibi Rivera le tocó reorganizar la arquidiócesis después de tan nefastos años. Convocó y realizó el i Sínodo Diocesano en 1938, impulsó la Acción Católica, privilegió  la pastoral vocacional y construyó las casas de los Seminarios Mayor y Menor; desde otro ángulo, fue factor fundamental de reconciliación entre los distintos sectores de la sociedad, incluyendo al Gobierno.

En plena madurez de su pontificado, se le recibió en el Colegio Cardenalicio e introdujo a su Iglesia a los tiempos de renovación que trajo consigo el Concilio Vaticano II, en cuyas sesiones tomó parte, si bien corresponderá a su sucesor, don José Salazar López, aplicar la renovación conciliar, en una temporalidad que rebasa el límite que se propuso este breve apunte.2



1 Presbítero del clero de Guadalajara, doctor en teología por la Universidad Gregoriana, rector del templo de San Sebastián de Analco, colabora en la Vicaría de Pastoral de la Arquidiócesis Tapatía.

2 Sólo a manera de referencia, vale recordar que el arzobispo Salazar López tuvo el tino de desperezar a su numeroso clero mediante siete jornadas regionales de pastoral, que culminaron con la presencia del canónigo francés Fernand Boulard, perito de la pastoral de conjunto y los organismos e instancias eclesiales que se requieren para realizarla. Entre 1972 y 77 se llevaron a cabo trece cursos de renovación teológico-pastoral, numerosas jornadas, cursos y conferencias magistrales con la finalidad de calar fuertemente en la mente y en el corazón de los sacerdotes, como primeros agentes de la renovación pastoral. En el año de 1973 el Cardenal Salazar erigió el Departamento Diocesano de Pastoral como estructura orientadora, asesora y promotora. Para este fin se hicieron numerosas visitas a las parroquias y decanatos y se publicó el Boletín Amarillo como órgano oficioso de este Departamento. Las estructuras pastorales diocesanas fueron emergiendo como necesidad muy sentida para llegar a la pastoral de conjunto. Se creó el Consejo Presbiteral, se erigieron los Decanatos, se organizó el territorio en Zonas Pastorales, hoy Vicarías Episcopales y se nombraron los Vicarios Episcopales, así como la Vicaría de Religiosos y la Comisión del Apostolado Seglar. El espíritu de Puebla vino a dar todavía otro gran impulso al caminar pastoral de la Diócesis, cuyo proceso desembocó en el año de 1981, por gracia de Dios, en un plan global y orgánico, con una metodología participativa y con un lenguaje común.



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