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Páginas de la historia de México que convendría desempolvar: presentación de un libro de Rodrigo Ruiz Velasco Barba

Juan González Morfín1

El lunes 9 de febrero del 2015, en la biblioteca Manuel Gómez Morín, en la Ciudad de México, se presentó el libro Salvador Abascal. El mexicano que desafió a la Revolución, de Rodrigo Ruiz-Velasco Barba. En el acto participaron Jean Meyer, Fabio Kolar, el autor de la obra y el de estas líneas, en las que se condensa la participación de uno de los líderes católicos más singulares de México en el siglo pasado.

Tenemos ante nosotros un libro que parecería ser una biografía, pero que, sin dejar de pertenecer al género biográfico, es mucho más que eso: un buen repaso de la historia de nuestro país durante los años que vivió el personaje central, Salvador Abascal.

La obra de Rodrigo Ruiz Velasco Barba, Salvador Abascal. El mexicano que desafió a la Revolución,2 dividida en tres amplios capítulos, contiene entre otras cosas varias de esas páginas de nuestra historia que han permanecido ocultas o semiocultas durante mucho tiempo, páginas de nuestra historia que conviene redescubrir, o desempolvar.

Nos vamos a situar en una de esas páginas que se encuentra en el capítulo 1 del libro, titulado “Caudillo” y, más concretamente, en el epígrafe: “Hazaña tabasqueña”.

El hecho tiene su antecedente en una ley aprobada por el Congreso del estado de Tabasco el 28 de febrero de 1925 y publicada por el gobernador el 6 de marzo siguiente. A primera vista, se trataba de un ordenamiento legal que buscaba regular el ejercicio de algunas profesiones para las que convenía estar realmente preparado, como las de ingeniero, topógrafo, contador, abogado, médico, etc. En sus primeros cinco artículos, la mencionada ley no hacía otra cosa que evocar el artículo 4° de la Constitución que le permitía a las legislaturas locales emitir disposiciones que regularan el ejercicio de las profesiones y exigir el título profesional para que algunas de éstas pudieran ser ejercidas en Tabasco. Así, por ejemplo, el artículo 4° establecía: “Para ejercer la profesión de Contador de Comercio o Ingeniero, no se necesitará otros requisitos que poseer título oficial y ser mexicano”.3 De manera parecida, el artículo 5° requería sobre todo el título profesional para el ejercicio de otras profesiones: “El ejercicio de las profesiones de Doctor en Medicina o Dentista, y la de Farmacéutico, será libre siempre que se acredite tener el título correspondiente”.4 Sin embargo, el artículo 6° (y último) dejaba ver que todo lo anterior no era más que una máscara para llegar a un objetivo diverso: reglamentar el ejercicio de los ministros de culto de una manera peculiar.

Estando equiparado el ejercicio de los ministros de cultos religiosos a una profesión según la Constitución General de la República, y atribuyendo ésta a las Cámaras Locales la facultad de establecer las condiciones para dicho ejercicio, se fija para el efecto los requisitos que siguen:

            I. –Ser Tabasqueño o Mexicano por nacimiento con cinco años de residencia en el Edo.

            II. –Ser mayor de 40 años.

            III. –Haber cursado los estudios primario y preparatorio en escuela oficial.

            IV. –Ser de buenos antecedentes morales.

            V. –Ser casado.

            VI. –No haber estado ni estar sujeto a proceso alguno.5

Inmediatamente después, en el único artículo transitorio, la ley explicaba que surtía sus efectos legales a partir del día mismo de su promulgación. Con estas disposiciones, ningún ministro católico del rito latino podía ya ejercer su ministerio en todo el territorio tabasqueño.

            Cuando en 1935 el hombre fuerte de Tabasco, Tomás Garrido Canabal, “había sido descabalgado”6 y se había tenido que refugiar en San José de Costa Rica, “en el contexto de la ofensiva cardenista contra los callistas”,7 las leyes anticlericales que venían aplicándose desde el 25 siguieron vigentes y Abascal “determinó emprender una acción con miras a traer de vuelta el culto católico donde hacía mucho se vivía privado de éste”.8

            Aprovechándose del gran número de católicos que el garridismo no había podido apartar de su religión a pesar de sus campañas “desfanatizadoras”, Abascal artículo un plan que desde mediados de marzo de 1938 había sido plenamente aprobado por sus superiores: hacer coincidir grandes contingentes de católicos procedentes de diversos lugares en un lugar paradigmático, el templo de la Concepción, derribado por Garrido y del que únicamente quedaban restos de las bardas que circundaban al presbiterio. Reunida ahí una gran multitud, se invitaría al pueblo de Villahermosa a participar en una misa e, inmediatamente después, por turnos también multitudinarios, se procedería a la reedificación de la iglesia, al tiempo que el P. Pilar Hidalgo, uno de los únicos dos sacerdotes que atendían pastoralmente a algunos feligreses entrando y saliendo del estado o esperando a los fieles al otro lado del río Grijalva, estaría confesando e impartiendo el bautismo a las multitudes sedientas de esos medios espirituales.

            Como fecha para apoderarse del terreno del templo y reanudar los servicios religiosos, Abascal eligió el 12 de mayo, “en recuerdo del 12 de mayo de 1921, día en que cayeron en Morelia (…) los primeros mártires que anunciaron la persecución callista”.9 El plan, a simple vista, era de lo más temerario: solamente en una mentalidad idealista podría concebirse; sin embargo, gracias al tesón y a la fe de Abascal, lo ocurrido superó con creces las expectativas:

Me fui con don Víctor [Ascencio] a recorrer rancherías. Reuníamos a los jefes de familia, en grupos de 20 a 30 (…), con absoluta sencillez y en forma directa les inculcaba el anhelo de reconquistar la libertad religiosa, y les aseguraba el éxito completo con tal que ellos fueran hombres.

Les decía que siempre me tendrían a la cabeza en todos los peligros que se presentaran (…) Al hablar los veía despacio, uno a uno, y tan grande era mi fe que todos me creían, y tarde se les hacía para emprender la lucha.10

Desde el principio, por otra parte, el plan que se les proponía exigía una absoluta disposición al sacrificio, por lo que nadie podía ir armado: “Las órdenes eran terminantes. La más importante era que nadie fuera armado”.11

            Sobre esto último, Ruiz Velasco hace un interesante señalamiento: “El acontecimiento marcó un punto de inflexión en el pensamiento de Abascal, porque significó el abandono de la anterior postura, que en aquellas circunstancias tenía por legítimo el recurso armado”.12

            La víspera de la fecha elegida, los hombres de las rancherías comenzaron a llegar desde diferentes puntos a las inmediaciones de la capital de Tabasco. “Cuando alguien les preguntaba a qué iban, respondían que al arreglo de asuntos de sus plantíos de plátano. Y como su actitud era pacífica y respetuosa y no llevaban una sola arma, al principio no despertaron sospechas”.13 Sin embargo, cuando soldados y policías comenzaron a sospechar que algo raro se fraguaba, cerraron algunos pasos del río.

            A las 11 de la noche, con unas cuantas decenas de personas, Abascal comenzó la marcha hacia el punto de llegada, anunciando con un “retumbante tambor indígena de la Chontalpa” que ese día algo diferente estaba sucediendo: “Yo golpeaba el tambor con todas mis fuerzas para que la gente saliera a puertas y balcones, y corría a explicarles de qué se trataba. Vamos a reconquistar –les gritaba– la libertad religiosa. Es necesario reconstruir nuestros templos y que vuelvan los sacerdotes. ¡Viva Cristo Rey!”.14

            Pasaban por en medio de filas de soldados que, sorprendidos por el acontecimiento y sin tener instrucciones al respecto, los contemplaban como estatuas en espera de que alguien los pusiera en movimiento. Y lo mismo que ocurría con el grupo encabezado por Abascal, había sucedido con los procedentes de diversos ángulos:

Al llegar a Villahermosa éramos ya como 400 almas. No habíamos recorrido dos cuadras cuando vimos salirnos al encuentro a más de 1 000 hombres, con otro gran tambor a la descubierta. Resonó un formidable grito de triunfo, como de un solo pecho. Eran las 12 de la noche. Empezaba otro glorioso 12 de mayo. La Virgen quiso tomarse entero su día desde el primer momento.15

Intentaron avisar a las autoridades de qué se trataba su movimiento pacífico, pero ni el gobernador, ni el secretario general de gobierno los recibieron en un primer momento, por lo que marcharon directamente al terreno que hacía años había sido ocupado por el templo de la Concepción: “le dije a la multitud que si el gobernador abandonaba su puesto, debíamos obrar ya conforme a nuestro derecho”.16

            Pocas horas después sería el mismo gobernador el que lo mandaría buscar para exigirle que disolviera esa manifestación de campesinos y que por los “conductos legales” gestionara la reanudación del culto. Abascal le explicó que si los obstáculos fueran legales, podrían hacerle caso, pero que lo que privaba en Tabasco ni siquiera podría ser llamada ley, por lo que “al pueblo le bastaba desconocerla en el terreno del derecho y por lo tanto abrogarla en el terreno de los hechos”,17 pero que sería incluso más conveniente que el poder legislativo la abrogara también como ley.

            Las explicaciones de nuestro personaje no terminaron de convencer al gobernador, quien ante la negativa de que los campesinos y demás ocupantes se retiraran del terreno de la Concepción, “lanzó la amenaza de que correría sangre. Yo contesté que todos estábamos dispuestos a morir sin derramar una sola gota de sangre de quienes nos atacaran”.18

            A las 8:00 de la mañana de ese día 12 de mayo, Abascal giraba telegramas al presidente Lázaro Cárdenas y al periódico Excélsior. De éste reconoce que tuvo un lugar destacado en la difusión de los hechos.

            Además, muchos de los que la noche anterior habían quedado varados habían conseguido sortear los obstáculos y a las diez de la mañana ya había en el templo y sus alrededores más de 3 000 almas y seguían llegando refuerzos. Se consiguió que un valiente editor se prestara a la impresión de 5 000 volantes que se repartieron en toda Villahermosa y se inició a las cinco de la tarde una manifestación que recorrió las calles principales de la ciudad con vítores e himnos a Cristo Rey. El pueblo se unió al regocijo y ya por la noche la concentración podía haber llegado a las 10 000 almas. Se convocó a misa para el día siguiente a las siete de la mañana, que sería celebrada por el P. Pilar Hidalgo. Después de la misa comenzaron los bautismos y la reconstrucción de la iglesia. El domingo 15 hubo dos misas y por la tarde más de 400 niñas vestidas de blanco acudieron a llevar flores a la Virgen a la hora del rosario.19

            La reacción del gobierno no se hizo esperar; días después comenzaron las aprehensiones de varios de los albañiles y voluntarios que participaban en la reconstrucción, así como de algunos jefes; las amenazas se multiplicaron y “los ánimos se iban poniendo en tensión”.20 El gobernador buscó, según cuenta Abascal, enfrentar a las masas obreras con los católicos del templo de la Concepción, pero a su llamado no acudieron más de unos 200 individuos, y todos ellos forzados. Ante éstos, el mandatario afirmó que “a balazos serían desalojados los católicos y que asumiría la responsabilidad de lo que sucediera”.21

            El 30 de mayo, cordones de gendarmes comenzaron a rodear el templo. Comenzaron agrediendo a algunos de los que intentaban entrar o salir, incluso a mujeres, y cuando una comisión de una docena de hombres, encabezados por Abascal, buscó salir para intentar negociar, la gendarmería abrió fuego contra ellos. En el acto murieron cuatro activistas y varios más resultaron heridos, tres de ellos de gravedad. Sorprendentemente Abascal resultó ileso. Otros francotiradores dispararon hacia donde el P. Hidalgo seguía bautizando, pero no consiguieron tocarlo.22

            Al comentar el hecho, Ruiz Velasco hace una aguda observación sobre la forma en que éste ha sido tratado por otro historiador: “Me parece inquietante que Martínez Assad hable de “un enfrentamiento entre católicos fanáticos (…) y las fuerzas represivas del gobierno estatal”.23

            Ni siquiera lo ocurrido consiguió que lo que se había comenzado con tanto ímpetu quedara abandonado, pues a partir del día 31 se reanudaron los trabajos de reconstrucción: “Me urgía –explica Abascal– adelantarla lo más posible, para hacer más indiscutible la posesión de aquel lugar por la Iglesia católica”. 24 Incluso, al día siguiente de la represión, volvió a haber misa y se bautizaron más personas que en los días anteriores.

            Por fin, el 2 de junio “recibieron nuestros albañiles un recado del gobernador: que podrían seguir trabajando tranquilamente, porque el Presidente de la República ordenaba que se les diera toda clase de garantías”.25 “El gobierno del estado (…) desistió de llevar a cabo mediante el uso de la fuerza el desalojo de los terrenos ocupados, quizá por no sentirse suficientemente respaldado por el gobierno federal, que temía los efectos contraproducentes de intensificar la represión”,26 concluye Ruiz Velasco.

            Esta página poco conocida de nuestra historia sirve para ilustrar el temple del personaje y, al mismo tiempo, nos da un ejemplo de cómo el libro también permite acercarnos a esos momentos que con el paso de los años y el poco interés por difundirlos en la historiografía predominante podrían llegar a quedar empolvados.

            A lo largo de la obra que estamos comentando se encuentran también otras páginas de la historia que reviven con el color y los datos que la pluma de Ruiz Velasco nos proporciona. Por señalar dos que me parecen de especial relevancia: el surgimiento, auge y decaimiento del sinarquismo,27 por un lado y, por otro, y estrechamente relacionada, la fundación de la colonia sinarquista en Baja California Sur, que pretendió ser una alternativa a la reforma agraria promovida por los gobiernos de la Revolución.28

            Además de estos hechos, hay otros quizá (al menos en apariencia) menos trascendentes, pero igualmente útiles para el rescate de esa historia que parece quedar en el olvido y que, por otro lado, continuamente se repite, como la lucha de Abascal por conseguir el sustento para su familia vendiendo cortes de casimir a domicilio.29

            Una buena síntesis de la obra la encontramos en la contraportada de esta primera edición:

Este libro rescata para la historia (…) la militancia de Abascal, el encarnizado enemigo de “La Revolución”. A la que desafió en dos frentes: el político-social (yo le llamaría simplemente “cívico”), mediante su militancia en la sociedad secreta llamada Legiones, y enseguida como líder de la Unión Nacional Sinarquista; y después en la trinchera cultural e intelectual, como responsable de la editorial Jus (…) y como polemista e historiador en la editorial Tradición.



1 Presbítero de la prelatura personal del Opus Dei (2004), licenciado en letras clásicas por la UNAM, doctor en teología por la Universidad de la Santa Cruz en Roma. Miembro del Departamento de Estudios Históricos de la Arquidiócesis de Guadalajara. Ha publicado La guerra cristera y su licitud moral (2004), El conflicto religioso en México y Pío xi, (2009) y 1926-1929  Revolución Silenciada. El conflicto religioso en México a través de las páginas de L’Osservatore romano (2014).

2 Cfr. Rodrigo Ruiz Velasco Barba, Salvador Abascal. El mexicano que desafió a la Revolución, México, Rosa Ma. Porrúa Ediciones, 2014, pp. 84-91.

3 Afiche para pegarse en los lugares públicos, encabezado con el nombre del Lic. Tomás Garrido C [anabal], como responsable de la publicación de la ley; se conserva un original en el Archivo Histórico de la Arquidiócesis de México, fondo episcopal Pascual Díaz (1925), caja 40, exp. 15.

4 Ib.

5 Ib.

6 Rodrigo Ruiz Velasco Barba, op. cit., p. 86.

7 Ib.

8 Ib., p. 87. Es el mismo Abascal el que explica cómo la reanudación del culto público, después de la caída de Garrido, seguía pareciendo imposible para el pueblo católico: “Al caer Garrido en 1936 (…) tan sólo un desahogo se le permitió entonces al pueblo: tener imágenes y rezar en pequeños grupos en los hogares. Tan acostumbrada estaba la población al fanatismo garridista, que esa “concesión” se recibió como un gran favor del régimen. Nadie se atrevía a pensar siquiera en la reanudación del régimen” (Salvador Abascal, La reconquista espiritual de Tabasco en 1938, México, Tradición, 1972, p. 14).

9 Salvador Abascal, op. cit., p. 17.

10 Ib., pp. 21-22.

11 Ib., p. 22.

12 Rodrigo Ruiz Velasco Barba, Op. cit., p. 89.

13 Salvador Abascal, Op. cit., p. 24.

14 Ib., p. 27.

15 Ib., p. 28.

16 Ib., p. 29.

17 Ib., p. 34.

18 Ib., pp. 35-36.

19 Ib. pp. 40-51.

20 Ib., p. 61.

21 Ib., p. 63.

22 Ib., pp. 64-65.

23 Rodrigo Ruiz Velasco Barba, óp. cit., p. 90, nota 93 (cfr. Carlos Martínez Assad, El laboratorio de la Revolución: el Tabasco garridista, México, Siglo XXI, 1979, p. 247).

24 Salvador Abascal, óp. cit., p. 68.

25 Ib., p. 69.

26 Rodrigo Ruiz Velasco Barba, óp. cit., p. 91.

27 Ib., pp. 91-141.

28 Ib., pp. 141-155.

29 Ib., pp. 171-176.



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