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El doctor don Agustín Rivera y Sanromán

Alfonso Toro1

Se ofrecen algunas pinceladas del polemista, Agustín Rivera y Sanromán (1824-1916) divulgadas poco después de su muerte, por tratarse de alguien que vivió palmo a palmo el antes y el después de la elevación al rango de sede metropolitana de su Iglesia particular.2

La ciudad es blanca, de casas bajas, con patios semiandaluces, rodeada de huertas y jardines; y se adormece bajo un brillante cielo azul, a la sombra de las esbeltas torres de su templo parroquial. Por las calles casi desiertas, apenas si se ven transitar atareados labriegos que se dirigen a la diaria faena, o hermosas señoritas Hijas de María, que llenas de cintas y medallas, y con devocionario en mano, se dirigen a la iglesia más próxima a cumplir con las prácticas religiosas. La ciudad ha conservado las vetustas costumbres coloniales: el clero tiene influencia decisiva y preponderante que comparte con algunas antiguas familias muy pagadas de su abolengo; y el uno, y las otras, son mirados con el más profundo respeto por los sencillos campesinos. Una paz, una tranquilidad eclesiásticas, propias de los tiempos virreinales y no de los agitados y azarosos en que vivimos, tal es la impresión que deja, en el ánimo la ciudad de Lagos, donde nació el doctor don Agustín Rivera y Sanromán el 29 de febrero de 1824, y donde pasó la mayor parte de su vida.

Fueron sus padres don Pedro Rivera, natural de Chiclana en Andalucía, de quien quizá heredó el carácter irónico festivo, y doña Eustasia Sanromán, nacida en el rancho de La Cofradía. De los hijos de este matrimonio, fue el segundo don Agustín, que desde niño dio muestras de una clara inteligencia.

A los cinco años de edad, entró en la escuela de doña Luz Ochoa, de donde pasó más tarde a la escuela de niños de don Pablo M. del Campo.

La sociedad mexicana, por entonces, aún no se sacudía por completo el fanatismo colonial: los niños, como cuenta Guillermo Prieto en sus Memorias, iban vestidos de frailecitos, se les dedicaba desde pequeños a algún santo, y eran funciones de considerable distinción para ellos las de monagos y acólitos. Se les enseñaba sermones para que los recitaran como loros en las fiestas caseras, se les disfrazaba de angelitos en las procesiones; y sus juguetes eran iglesias de cartón, altaricos, santos de barro, muñecas ataviadas con hábitos monjiles y objetos para el culto, que parodiaban en miniatura. Sus ocupaciones más importantes se reducían a visitar iglesias y conventos, confesar cuando apenas contaban seis o siete años de edad y a aprenderse de coro el catecismo del padre Ripalda.

Tal tenía que ser y tal fue la vida de don Agustín en su niñez, en una población clerical y mojigata, como Lagos lo era, y buena prueba es de ello, que uno de sus biógrafos3 refiere, que en el mes de marzo de 1834, con motivo de una distribución de premios a los alumnos de su escuela, su maestro le eligió para que, vestido de sacerdote, recitara un sermón a la Virgen de los Dolores, sermón que previamente se le había hecho aprender de memoria.

El entusiasmo que esto despertó entre los concurrentes a la fiesta, hizo que sus parientes decidieran dedicarlo a estudiar, a lo que contribuyó no poco, el cura de su ciudad natal don Eusebio Portugal. El 14 de diciembre del referido año entró como pensionista don Agustín en el seminario de Morelia, del que habían de salir más tarde, algunos de los hombres más notables del partido conservador, que se contaron entre los maestros o compañeros de nuestro biografiado. De los primeros fue el celebérrimo teólogo y canonista don Clemente de Jesús Munguía, después obispo de Michoacán, que fue su maestro de Gramática Castellana. El niño Rivera estuvo viviendo en el mismo cuarto que don Pelagio Antonio de Labastida, después obispo de Puebla y arzobispo de México, y confiado a su guarda, por orden del rector, naciendo desde entonces entre el niño y Labastida, que era pasante de Derecho, una amistad que no entibiaron ni los años, ni las diferencias de opiniones políticas.

Al finalizar el año escolar, tuvo un examen de distinción habiéndole otorgado su profesor, como premio, una Historia de Persia, con muy honrosa dedicatoria, libro que debe haber contribuido a despertar su afición por los estudios históricos.

Después de pasar las vacaciones al lado de su familia, tornó al seminario, a estudiar, según el lenguaje escolar de la época, mínimos y menores, o sea primer curso de Gramática Latina, de la que presentó el correspondiente examen: pero como al volver a la casa paterna su progenitor le manifestara que por el mal estado de sus negocios no le era posible hacer el desembolso que demandaba la continuación de sus estudios, suspendió éstos por entonces, a pesar de que el señor Munguía, justo apreciador de sus talentos, escribiera al padre de don Agustín, ofreciéndole expensar los gastos que demandara la presencia de don Agustín en Morelia.

Transcurrió aquel año entregado el niño a prácticas religiosas, visitando a las monjas capuchinas en unión de su madre y leyendo los pocos libros que había en la casa paterna, místicos en su mayoría, si se exceptúan la Historia de Napoleón y el Catecismo de los Derechos del Hombre, por [Juan de] Escoiquiz, el célebre profesor de Fernando vii.

Estas influencias místicas eran contrapesadas con las conversaciones de sus tíos y otras personas de ideas liberales, para su tiempo, a cuyas casas iba de visita en compañía de su padre. Murió éste el 9 de abril de 1837, dejando a la familia en malas condiciones pecuniarias; tanto que su viuda, para solventar las deudas de su esposo se vio obligada a vender hasta sus muebles, pasando así de una relativa opulencia, a una situación cercana a la miseria, lo que vino a tronchar las esperanzas que el joven Rivera pudiera concebir de obtener un título. A pesar de estos contratiempos, su afición decidida por el estudio le llevó a concurrir al convento de La Merced de su ciudad natal, a la cátedra de latinidad que regenteaba don José María Silva, y que recibían unos once escolares.

Conservábanse aún muchas viejas costumbres casi medievales, entre ellas, la de que los discípulos de los colegios de los conventos, presentaran sus exámenes en la iglesia conventual, y así lo hizo Rivera, siendo sus sinodales dos padres graves mercedarios, que iban a celebrar capítulo de su orden en México; siendo por ellos aprobado en Analogía Latina.

En vista de su afición a los estudios, y con objeto de que siguiera la carrera eclesiástica, su abuela materna, doña Francisca Padilla viuda de Sanromán, persona acomodada, decidió expensar los gastos para que pasara nuestro biografiado a continuar sus estudios al Seminario Conciliar de Guadalajara, a donde ingresó el 18 de octubre de 1837, inscribiéndose en medianos, es decir Sintaxis Latina, cátedra que era a cargo del Dr. Fernando Díaz García, y en la que el joven Rivera tuvo a los pocos meses (febrero de 1838) un examen de distinción que le permitió pasar luego a estudiar mayores, o sea Prosodia, Métrica y Retórica latinas.

Concluido este último curso, presentó un examen tan brillante, don Agustín, que su maestro, el presbítero Juan Gutiérrez, le expidió un certificado honrosísimo, en que hacía mérito de su despejado talento, feliz memoria, aplicación al estudio y buena conducta, que le habían conquistado el afecto de sus maestros y condiscípulos. Por octubre de 1838, cursó Lógica y Metafísica, obteniendo el acto público de estatuto de esas materias en la Universidad de Guadalajara, y obsequiándole su padrino el doctor Ignacio García, con una onza de oro.

En seguida pasó a estudiar Aritmética, Geometría, Geografía, Física y Astronomía, materias de las que fue su maestro el mismo Gutiérrez. La manera como se hacían estos estudios en Guadalajara, y cuenta que era su seminario uno de los mejores de la República, la ha pintado donosamente el mismo doctor Rivera en sus escritos. Su maestro era un ignorante partidario del peripatismo y su atraso es apenas concebible; se estudiaba como en plena Edad Media, en libros escritos en latín bárbaro y haciendo apuntes manuscritos de lo que el profesor dictaba en cátedra, tomándolo de diversos autores sin orden ni discernimiento. De ésta estaba desterrado por completo el método experimental y no había ni un mal aparato para el aprendizaje de aquellas ciencias. Todo el material escolar se reducía a un gran cesto en el que se encontraban amontonadas y confundidas, como trebejos inservibles: una máquina eléctrica y otra neumática que jamás se empleaban; pues la única vez que, con gran asombro y entusiasmo de los escolares se pretendió hacer uso de la última, para matar a un ratón por medio del vacío, no pudo el profesor hacerla funcionar, por estar descompuesta, cosa de que no se dio cuenta el ignorante catedrático. ¡A esto se llamaba estudiar Filosofía en el Seminario de Guadalajara!

Por la época de que tratamos enfermó don Agustín, diagnosticándole los médicos mal del corazón; por lo que, después de presentar sus exámenes en los que obtuvo suprema calificación, volvió a su ciudad natal a curarse y tan pronto como obtuvo algún alivio retornó a Guadalajara a estudiar Moral y Religión. Al terminar sus cursos de estas materias tuvo el honor de que se le nombrara para sostener el acto público de estatuto en la Universidad. Reducíanse estos actos públicos, a recitar de memoria párrafos enteros de los autores de texto, a lo que los alumnos distinguidos agregaban el aprendizaje, también de memoria, de algún escrito en boga: sobre las proposiciones contenidas en estos textos, versaba la discusión de sinodales y examinados, discusión que se hacía en las formas consagradas por la escolástica. Se conservaban aún en Guadalajara las costumbres universitarias de la época colonial; y así en el acto público a que nos referimos, se publicó el respectivo convite, impreso en papel de seda azul celeste con letras doradas, en el que se hacía constar que el joven Rivera sustentaría examen de Moral por la obra del Lugdunense y de Religión por Bally, presentando además ad pedem literae, la conferencia de Ayme sobre la Propagación del Cristianismo, y la de la Educación de la Juventud, por Fraisynous, dedicando el acto al licenciado Plutarco García Diego. Todo escrito en latín para mayor claridad.

Concluido el curso de Filosofía, se hizo en el Seminario una solemne fiesta, para distribuir lugares a los alumnos, que eran sesenta y cuatro, y en esta fiesta que se celebró con la asistencia de la más distinguida sociedad, obtuvo nuestro biografiado el tercer lugar de su clase.

El 18 de octubre de 1847, cursó Derecho Canónico, Civil y Romano, en los textos de Berardi, Sala y Vinio, respectivamente, obteniendo calificación suprema al terminar sus estudios, que duraron tres años.

La enseñanza de la ciencia de Justiniano, estaba tan atrasada en Guadalajara, como la de las ciencias físicas; pues además de que los textos no eran de lo mejor, los llamados catedráticos se limitaban a hacer traducir los textos latinos y a que los alumnos aprendieran de memoria, las más veces sin entenderlos.

El número de los concurrentes a aquellas cátedras, si así pueden llamarse, era cada día menor, y los pocos con verdaderos deseos de aprender, a ellas concurrían, se mostraban profundamente disgustados, al ver que sus profesores eran unos ignorantes incapaces de enseñarles cosa alguna. El joven Rivera, siempre entusiasta por el saber, era uno de los más disgustados, y día llegó en que no pudiendo contenerse más, al terminar una clase, enfrentándose con el profesor de Derecho Canónico, don Ignacio García, dignidad de la catedral de Guadalajara, le dijera: “Señor, no venimos más que a perder el tiempo a traducir el Berardi que no entendemos porque usted no nos enseña nada”.

Fácil es imaginarse el escándalo que frases tan atrevidas como irrespetuosas, deben haber causado en un medio tan mojigato como el del seminario; pero la sorpresa que causó este viril lenguaje en el maestro, le impidió contestar; por lo que marchó inmediatamente a su casa y dirigió un oficio al obispo, renunciando la cátedra que regenteaba, renuncia que le fue aceptada desde luego, nombrándose otro profesor. No solo este resultado tuvo el arranque de Rivera, sino que de allí a poco se siguió la renuncia de otro de los profesores de Derecho, y el final de todo ello fue el que se mejorara la enseñanza en el establecimiento.

Extraño debe parecer que en un medio netamente clerical, donde ante todo se exige la disciplina y el respeto al superior, pasara sin castigo ni represión la audacia de Rivera; pero él mismo lo explicaba, diciendo: que era debido tanto a las simpatías de que disfrutaba entre los alumnos y profesores, como a que, así el obispo como muchos de los catedráticos del seminario, tenían perfecto conocimiento de la nulidad intelectual de los profesores de Derecho, y solo por contemporizaciones debidas a sus edades y gran significación social, no se atrevían a removerlos de sus cátedras, por lo que encontraron una coyuntura para deshacerse de ellos en aquel incidente.

El empeño con que don Agustín siguió sus cursos, le valió tener un acto público de Derecho Canónico, único acto que hubo en aquel año, de 1844.

Parece que su vocación por el sacerdocio no era por entonces muy grande, inclinándose a practicar tres años de Derecho para recibirse de abogado. Acostumbraba don Agustín pasar las vacaciones al lado de su abuela y protectora en la hacienda de Lo de Ávalos, y estando en ella en aquel año un día, al terminar la comida, como ya hubiera comunicado su proyecto de recibirse de abogado, tanto a su madre como a su abuela, ésta en presencia de todos los comensales, le dijo de improviso: “Hijo, yo te he protegido, porque creía que querías estudiar para sacerdote; pero insistes en querer practicar para licenciado, y para esto, yo no te protejo: porque casi todos los licenciados son contra la Iglesia”. No eran extrañas a esta resolución tomada por la abuela las intrigas clericales: el catedrático ofendido por Rivera, había podido insinuarse jesuíticamente en el ánimo de un sacerdote, hijo de su protectora, que era quien tenía un dominio absoluto en la casa, y había decidido que no se ayudara más, en sus estudios a don Agustín, alcanzando así el ignorante profesor su venganza.

La madre del señor Rivera, que era una mujer llena de ánimo y entereza, al saber lo ocurrido, le dijo a su hijo que no tuviera cuidado, que ella le ayudaría a continuar sus estudios; y a pesar de que solo tenía lo muy precisado para vivir, vendió la casa solariega en tres mil quinientos pesos y se fue con su hijo a vivir a Guadalajara.

Volvió entonces nuestro biografiado a la tranquila vida del colegio, y durante tres años consecutivos siguió sus cursos de derecho teórico-práctico en la Universidad; siendo su maestro el célebre jurisconsulto conservador don Crispiniano del Castillo, que tan importante papel desempeñó en la política jalisciense.

El 14 de mayo de 1847, a los veintitrés años de edad, comenzó propiamente nuestro don Agustín la carrera de escritor, con la “Disertación sobre la Posesión “, a que dio lectura en la cátedra, carrera que no se había de ver interrumpida, sino con su muerte. En un folleto por él escrito cincuenta años después y al que tituló Bodas de oro, da cuenta detallada de sus obras, y a ese folleto remitimos a quienes quieran conocer completa la labor literaria de nuestro biografiado, durante su larga y laboriosa existencia.

Los tiempos eran duros para el señor Rivera: cierto que el fin de su carrera se acercaba ya, y que su buena y abnegada madre, con estricta economía había hecho durar el pequeño capital que produjera la venta de la casa paterna; pero ese recurso pronto iba a faltar; por lo que tuvo nuestro biografiado que entrar desde luego a luchar por la vida, a cuyo fin consiguió se le diera, desde octubre de 1847, la cátedra de mínimos en el seminario, con lo que pudo ayudarse a sus gastos; aunque la dotación era bien mezquina.

Por fin, el 20 de enero del siguiente año, alcanzó el ambicionado título de abogado, recibiendo las felicitaciones de amigos y parientes, sin faltar la de la abuela, que antes le abandonara.

¿Cuáles fueron las causas que después de tantos trabajos sufridos para obtener ese título, le hicieron abandonar la abogacía para abrazar de nuevo la carrera eclesiástica? Oscuro es este punto de su vida para nosotros, quizá fueron razones puramente económicas, quizá algún desengaño, lo cierto del caso es que el 23 de abril del mismo año, recibió las sagradas órdenes del presbiterado, al mismo tiempo que seguía dando su cátedra del seminario habiendo profesado los cursos de menores en el siguiente año, y en los de 1849 y 1850, las cátedras de medianos y mayores y la de Lógica.

El último de los años referidos mejoró la condición pecuniaria de la familia Rivera, por la muerte de la señora doña María Francisca Padilla, abuela de don Agustín, de quien heredó la señora a su madre la cantidad de cuarenta mil pesos. Además nuestro biografiado fue cura interino de Toluquilla durante dos meses.

El obispo de Guadalajara, justo apreciador de sus talentos, le nombró de allí a poco profesor de Derecho Civil y Romano y segundo promotor fiscal de la curia eclesiástica.

Las cátedras de Derecho en el seminario, habían continuado casi en el mismo estado de decadencia que dejamos referido al hablar de la época en que estudiaba Derecho don Agustín; pero desde que él se hizo cargo de su cátedra de esta materia, debido al empeño que puso en el desarrollo de sus cursos y al entusiasmo que supo despertar en la juventud que a ellos concurría, el número de escolares asistentes fue aumentando de tal suerte, que muchos estudiantes (caso inaudito) dejaron las aulas de la Universidad para asistir a las clases de Rivera en el Seminario, y la fama de ellas se extendió de tal manera, que el rector del de Culiacán mandó cinco o seis alumnos a continuar sus estudios bajo la dirección del doctor Rivera.

Muchos fueron entre sus discípulos, los que llegaron a desempeñar altísimos puestos más tarde en la República. Nos limitaremos a recordar los más notables, entre los que se encuentran: el licenciado Eduardo Pankurst, Ministro de Gobernación durante el primer periodo presidencial del General Díaz y luego gobernador del Estado de Zacatecas; José María Armas, obispo de Tulancingo; el licenciado Joaquín Escoto, asesor del consejo de guerra que condenó a muerte a Maximiliano; el licenciado Carlos Rivas, diputado y senador; el licenciado Luis Gutiérrez Otero, notable jurisconsulto; el de igual título, don Francisco Zavala, autor de un tratado de Derecho Internacional; don Emilio Castillo Negrete, historiador; etcétera, etcétera. Esto sin contar con otros muchos diputados, senadores, jueces, magistrados, notarios, jurisconsultos, curas y canónigos menos preeminentes.

En 1851, fue nombrado el doctor Rivera familiar interino del obispo [Diego] Aranda [y Carpinteiro], por lo que pasó a vivir al palacio episcopal; y el año siguiente se doctoró en Derecho Civil, habiéndole favorecido el obispo con una capellanía de las llamadas de gracia, para que hiciera los gastos del grado; por lo que don Agustín, justamente reconocido le dedicó su acto de estatuto al señor Aranda.

Poco tiempo después de haberse borlado en la Universidad de Guadalajara, su antiguo maestro en el seminario de Morelia, el obispo Munguía, le dirigió una carta invitándolo a pasar a su obispado, lo que Rivera no quiso aceptar.

Por el mes de agosto de 1853, hizo su primer viaje a México que parece tuvo decisiva influencia en su manera de pensar en muchos asuntos. Hasta entonces, su vida había sido la tranquila y aislada del seminario, sin contacto con la sociedad escuchando como oráculos a los maestros que gozaban de algún prestigio, entregándose en cuerpo y alma al estudio de abstrusas cuestiones filosóficas, jurídicas o teológicas, que encontraban fácil solución en las disputas de la escuela. Durante el viaje de que hablamos, adquirió dos amistades que conservó hasta su muerte, la del licenciado don Jesús López Portillo, que acababa de ser gobernador de Jalisco y la del presbítero Manuel Soria y Beña, después confesor de Maximiliano. Estas amistades, el contacto con otros hombres y con otras cosas, la vista de las costumbres metropolitanas, mucho más libres y amplias que las de las poblaciones casi coloniales donde había vivido, determinaron en él una nueva orientación espiritual, que estaba ya preparada con sus lecturas de Beccaria, Bentham, Montesquieu y Feijóo, que fue siempre su autor favorito, y que le hacían ver con desprecio, ya desde que era estudiante, los milagros y consejas piadosas, que circulaban como moneda corriente entre los fanáticos.

La lectura de periódicos, las discusiones sobre política y religión, entonces muy en boga, y el odio que en casi todo el país despertaba la dictadura de Santa Anna, todo ello hizo del doctor Rivera, hasta entonces un hombre chapado a la antigua, un ferviente partidario de las ideas liberales y de las costumbres modernas, dejando de ser el escolar desaseado y mal ceñido que fuera, imitando a sus maestros y condiscípulos,que confundían el desaseo con la santidad.

A muchos parece inexplicable, que hombres educados como el doctor Rivera, entre las cuatro paredes de un seminario tratando siempre con escolásticos, y en medio de una sociedad no solo religiosa, sino fanática, puedan sacudir las preocupaciones del ambiente que les rodea y mostrarse más avanzados en ideas que quienes han recibido educación más científica y liberal; pero Renán, que vivió una vida semejante, nos explica perfectamente ese aparente contrasentido, hablando de su vida de seminarista: “El formulismo rígido de la escolástica, dice, no permite errar la demostración de una proposición, sin hacerla seguir de la rúbrica Solventur objecta. Allí están expuestas con honradez las objeciones contra las proposiciones que se trata de establecer: estas objeciones se resuelven enseguida, a menudo de tal manera, que dejan toda su fuerza a las ideas heterodoxas, que se pretende reducir a la nada. Así bajo la cubierta de las refutaciones débiles, todo el conjunto de las ideas modernas venía a nosotros. “

Así ocurre a todo espíritu superior, y así ocurrió a nuestro biografiado. De octubre a noviembre de 1853 fue cura interino del Santuario de Guadalajara y dando muestra de un raro desprendimiento, casó de limosna a muchos pobres, haciéndoles a otros considerables rebajas en los derechos parroquiales por bautizos y entierros.

En octubre de 1854, fue nombrado primer promotor fiscal de la mitra de Guadalajara. Entretanto había comenzado la lucha del pueblo contra la dictadura del General Santa Anna, y todo el país se levantaba en armas, dividiéndose en dos bandos: liberales y conservadores, que se hacían una guerra a muerte. Las pasiones políticas llevadas al rojo blanco, producían atropellos sin cuento, y a pesar de que el doctor Rivera no había tomado parte activa en la lucha, fue víctima de la efervescencia política al entrar en Guadalajara, el 28 de octubre de 1858, las fuerzas del general Degollado. Un tal Cirilo Maciel lo aprehendió y vejó, solo por ser sacerdote, salvándole de mayores daños el coronel Miguel Cruz Aedo con un certificado muy honroso para nuestro biografiado; pero aconsejándole al mismo tiempo que se ocultara a fin de evitarse nuevos disgustos. Siguiendo este consejo estuvo escondido en un barrio de Guadalajara, de donde marchó a la hacienda de Jayamitla, volviendo a la referida ciudad, al abrirse las cátedras del Seminario, en 29 de diciembre del mismo año de 1858.

El 19 de julio de 1859, dominando en Guadalajara el partido conservador, fue denunciado Rivera ante el obispo, juntamente con dos distinguidos canónigos, de estar en relaciones con los liberales y se le atacó duramente por medio de la prensa con igual motivo.

Deseoso de acallar las vociferaciones y los odios de los partidarios del antaño, que le perseguían hasta en su retiro, así como de aumentar sus conocimientos, después de vender todos sus bienes, inclusive su magnífica biblioteca, obtuvo licencia de la Mitra para hacer un viaje a Europa, y salió de Guadalajara para México, el 17 de febrero de 1860; pero debido a las condiciones políticas del país, no pudo continuar su viaje, viéndose obligado a permanecer en la segunda de las citadas poblaciones, todo ese año. Durante su permanencia en México fue nombrado capellán interino de Bethlemitas.

El 21 de enero llegó a Veracruz con objeto de embarcarse para Europa; pero como enfermara gravemente, se vio obligado a volver a México y luego a Lagos.

Desde abril del año referido, hasta noviembre de 1866 con excepción de algunas cortas temporadas, en que, por los azares de la guerra, se vio obligado a ausentarse viviendo en varias poblaciones; fue capellán de la hacienda del Salto de Zurita, llevando una vida tranquila dedicada por completo al estudio. Por esos mismos días fue nombrado sacristán mayor de la parroquia de Lagos, cargo que desempeñó hasta el 3 de diciembre que salió definitivamente para Europa. (1866).

Más de un año duró recorriendo las principales ciudades europeas, procurando, según él mismo nos refería, durante sus viajes, conservar el mismo método de vida que seguía en Lagos, aun en materia de alimentación: pues fue siempre don Agustín hombre excesivamente metódico y ordenado.

El 14 de marzo de 1868, volvió al país, estableciéndose nuevamente en Lagos, donde murió su señora madre el 9 de julio de ese año.

El 12 de enero del siguiente, fue nombrado capellán de las capuchinas de Lagos, cargo que desempeñó durante catorce años, a gusto de sus hijas de confesión.

Por ese tiempo se fundó en la misma ciudad, el Liceo del padre Guerra, y el doctor se encargó de la cátedra de Historia, que era la que contaba con mayor número de alumnos.

El año de 1882 y debido a sus enfermedades del estómago, pasó a México a curarse, y el 12 de abril en la fiesta que anualmente celebra la Mitra de Guadalajara, en la Basílica de Guadalupe, fue designado como orador.

El 13 del mismo mes volvió a su ciudad natal, de donde no salió hasta el mes de febrero de 1887, en que hizo un corto viaje a Morelia.

El doctor Ignacio Suárez Peredo, obispo de Veracruz, le escribió una carta muy elogiosa, proponiéndole nombrarle provisor y vicario general de su diócesis; proposición que ni aun llegó a contestar el doctor Rivera, quien se temía que esos nombramientos pudieran dar origen a rivalidades con los canónigos veracruzanos, y además por estar bien hallado con su retiro de Lagos, donde libremente podía entregarse al estudio.

La enorme labor literaria del doctor Rivera, en cuya publicación gastó su modesta fortuna repartiendo gratuitamente a centenares libros y folletos, entre la intelectualidad mexicana, comenzó a ser apreciada debidamente, y escritores tan distinguidos como Guillermo Prieto, Justo Sierra, el doctor Manuel Flores y otros muchos, le dedicaron los más elogiosos y aprobatorios conceptos; y en vista del estado de pobreza a que le había conducido su amor a las letras y de su avanzada edad, los principales órganos de la prensa nacional emprendieron una verdadera campaña, solicitando para el modesto historiador laguense, una pensión para que libre de cuidados, pasara sus últimos días. Esa campaña produjo el efecto apetecido y el 10 de diciembre de 1901, el Congreso de la Unión votó, por unanimidad, una pensión en favor de don Agustín, de ciento cincuenta pesos mensuales por el espacio de cinco años.

Su obra es indudable que tuvo gran influencia en el medio en que vivió; combatió rudamente el fanatismo y las supersticiones populares y despertó el sentimiento patriótico, tanto en su ciudad natal, como en todo el país. Entonces varias ciudades se disputaron el honor de tenerlo como huésped, comenzando por Guadalajara, a donde fue el 1° de enero de 1902. Los honores que allí se tributaron a don Agustín están detalladamente descritos en el folleto que con el título de Despedida de Agustín Rivera de Guadalajara, publicó por entonces nuestro biografiado, en que se ve que tanto los funcionarios públicos, como las principales corporaciones y particulares se excedieron en agasajarlo, a pesar del mal reprimido disgusto de los conservadores.

El 9 de enero de 1901, se colocó solemnemente el retrato del doctor Rivera en la Biblioteca Pública de la misma ciudad de Guadalajara.

En 1906, invitado por varios miembros prominentes del Partido Liberal, fue a Aguascalientes, donde su presencia despertó caluroso entusiasmo, en todas las clases sociales, que en masa acudieron al Teatro Morelos a oír su discurso sobre el Teatro.

En Chiapas se fundó una sociedad literaria que lleva su nombre y en Lagos de Moreno se le dio también a la Biblioteca Pública y a una de las principales calles de la ciudad.

Concluido el periodo por el cual se le había concedido pensión, que como hemos dicho era de cinco años, se presentó nueva iniciativa para que la pensión fuera vitalicia y así lo decretó el Congreso Nacional.

Pero el coronamiento y la apoteosis de la vida de tan digno varón, fue durante las suntuosísimas fiestas organizadas con motivo del centenario de la independencia nacional en 1910. Al inaugurarse en ese año la Universidad Nacional, el claustro le nombró doctor honoris causa, y la comisión encargada de organizar las festividades le invitó para que pronunciara la oración fúnebre, ante los restos de los héroes de la Independencia, en la solemnidad que se dispuso en el patio central del Palacio Nacional, en presencia de lucidísimo concurso, ante las más gloriosas banderas que se llevaron al efecto del Museo de Artillería, escoltadas por distinguidos militares. La llegada del doctor Rivera a México constituyó un verdadero acontecimiento, y a pesar de que la prensa apenas tenía lugar en sus columnas para dar cuenta de la llegada y salida de diplomáticos y de las brillantes recepciones que ofrecían al mundo oficial, pudo verse el interés que despertó nuestro biografiado y su obra, en los elogiosos artículos que se le consagraron, así como también en la calurosa manera con que fue recibido a su arribo a la estación de Buenavista.

Los centenares de personas que fueron exprofeso a esperarle, apenas bajó el doctor Rivera del tren prorrumpieron en vivas y aplausos estruendosos; la banda de Artillería tocó varias piezas en su honor y comisionados de las escuelas superiores y profesionales, funcionarios públicos, escritores y particulares se apresuraron a presentarle sus respectos, acompañándole hasta su alojamiento.

¡Tristes fueron los últimos días de la vida del doctor! Con motivo de los últimos acontecimientos políticos, se vio obligado a cambiar su domicilio de Lagos a León, teniendo que luchar con dificultades pecuniarias, debido a que se le dejó de pagar la humilde pensión de que disfrutaba: y allí murió el 6 de julio del año en curso a la avanzada edad de noventa y dos años.

Era don Agustín Rivera, de más que mediana estatura, de color blanco, aguileña nariz, blanquísima cabellera, y mirada penetrante y bondadosa en que se retrataba la sinceridad. Su noble figura y su ingenuidad, le atraían la simpatía de cuantas personas le trataban. Era aseado y pulido en el vestir; aun cuando siempre lo hacía con sencillez, y sin acomodarse a las modas reinantes. Muy gran conversador, y de memoria prodigiosa, le agradaba sembrar su amena charla de dichos agudos salidas ingeniosas, cuentos y chascarrillos satíricos, sin que le desagradara poner en aprietos a sus interlocutores, ya con delicadas bromas, ya con preguntas sobre hechos y circunstancias, que se suponía debieran saber, ya por su edad, ya por su profesión.

Tal fue la vida de este mexicano, benemérito de las letras, consagrada por completo al servicio de su país. Muchos y poderosos enemigos tuvo la obra literaria del doctor Rivera, especialmente entre los miembros del clero; lo que prueba que su labor no pasaba inadvertida.

La Academia Mexicana de la Historia, de la que fue miembro, ha creído cumplir con un deber al dedicar este humilde recuerdo a uno de los más fecundos historiadores nacionales.

México, octubre 3 de 1916



1Abogado, periodista e historiador, nació en Zacatecas, Zacatecas (1873 – 1952). Fue magistrado del Tribunal Superior de Justicia, diputado en el Congreso de la Unión y profesor universitario. Militó en las huestes del más radical anticlericalismo. Colaboró en Excélsior y Revista de revistas.

2Toro, Alonso - Iguíniz, Juan B., El doctor don Agustín Rivera y Sanromán: Biografía, Publicaciones de la Academia mexicana de la historia, México, talleres linotipográficos de Revista de revistas, 1917, 86 pp.

3La mayor parte de los datos contenidos en estos apuntes están tomados de los datos biográficos del doctor Rivera, escritos por el señor Muñoz Moreno.

 



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