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Bandera de Provincias: una primera aproximación

María Palomar Verea1

Se da cuenta en este artículo de cómo no pocos de los jóvenes caldeados en el catolicismo social de los primeros años del siglo xx en la Arquidiócesis de Guadalajara, para mantener el espíritu humanista en tiempos de persecución religiosa, alentaron una revista que si bien fue de corta vida, dejó honda huella entre quienes publicaron bajo su signo

ALGUNAS EXPLICACIONES

Este ensayo partió de un interés personal de años atrás por la revista Bandera de Provincias, publicada en Guadalajara de mayo de 1929 a fines de abril de 1930, y el grupo de intelectuales que la produjo, a algunos de los cuales conocí. El primer planteamiento consistió en buscar obtener una idea clara de lo que se leía en Guadalajara en esa época, o más bien lo que leía un grupo de tapatíos de vocación declaradamente intelectual que se reunió en la revista. Una especie, pues, de génesis literaria. Sin embargo, a medida que avanzaba en la lectura, me fui convenciendo de que restringir mi indagación a ese punto no llevaría más que a una serie de listados sumamente áridos y, sobre todo, larguísimos, pues lo que salta a la vista es que el grupo de Bandera de Provincias leía todo. No hay ningún tema, ningún género, ningún ámbito de la tradición cultural de Occidente que les haya sido ajeno. Entonces decidí que resultaría mucho menos aburrido explorar las especiales afinidades y correspondencias con ciertos temas, autores, tendencias... y eso implicaba necesariamente plantear en una forma más detallada la composición del grupo, el contexto histórico e intelectual –local, nacional, universal– en que actuaba, sus preocupaciones centrales, sus posturas ante los grandes temas de la época. Antes de que me diera cabal cuenta, el trabajo se había salido de madre, las fichas inundaban el escritorio, los montones de libros seguían apilándose y el texto se iba convirtiendo en una especie de mapa descriptivo y comentado en cuyo centro, en Guadalajara, estaba aquel grupo que se definió como sin número y sin nombre. Con inseguridad –y supongo que total impericia– me vi forzada a abordar las cuestiones históricas, pues lo literario en el sentido estricto –y donde tenía menos problemas– es sólo un ángulo del ensayo, y quizás no el más importante. Se quedan en el fichero y en el éter de la computadora muchas cosas significativas que hay que decir, pero que de plano rebasan los modestos límites de esta primera aproximación al tema. No me fue posible entrevistar, como hubiera querido, a Antonio Gómez Robledo y José Luis Martínez. Quedan por explorar los contenidos de extensos artículos, especialmente acerca de cuestiones estéticas y literarias, que formarían la “doctrina”, por así decirlo, de la publicación. Sin embargo, como se trata de un tema que considero importante en el desarrollo cultural de nuestra región espero poder retomarlo en el futuro.

I. EL CONTEXTO HISTÓRICO

En mayo de 1929, cuando se publicó el primer número de Bandera de Provincias, se vivía un periodo de relativa calma luego de años de conflicto. Esa tregua, que sólo duró algunos meses, respondía a la necesidad del gobierno de apagar el brote vasconcelista, que puso en serios apuros al maximato, pues, como escribe Meyer,

José Vasconcelos (...) supo provocar el entusiasmo de los intelectuales y de las clases medias (...) y ganarse la confianza de los católicos. La amenaza fue tan seria que el gobierno decidió llegar a la paz con la Iglesia, para desarmar a los cristeros antes de las elecciones.

Las potencias tutelares de México, Washington y Roma, orquestaron entonces los “arreglos” firmados en julio de 1929, por los cuales la jerarquía católica traicionaba a su grey y que el gobierno no tenía intención alguna de respetar. Sin embargo, las elecciones fraudulentas que llevaron a la presidencia a Ortiz Rubio pudieron darse en medio de una relativa tranquilidad. El recrudecimiento de la crisis no se hizo esperar; no obstante, por algunos meses se trató de hacer creer en la posibilidad de un modus vivendi más o menos civilizado.
Pero para quienes observaban de cerca la situación resultaba muy claro que aún estaba lejos el día de una pacificación auténtica del país. En El Proconsulado, Vasconcelos escribe:

La noticia de la forzada rendición de los cristeros me produjo escalofrío en la espalda. Vi en ella la mano de Morrow, que así nos privaba de toda base para la rebelión que el desconocimiento del resultado del voto lógicamente debería traer.

En marzo de 1929, siendo presidente de la República Emilio Portes Gil, se había constituido el Partido Nacional Revolucionario, al tiempo que se lanzaba la candidatura de Ortiz Rubio (que asumiría la presidencia a principios de febrero de 1930). En Jalisco era gobernador Margarito Ramírez, quien a principios de 1929 auspició la agresión de que fue víctima un contingente tapatío que esperaba la llegada a Guadalajara de José Vasconcelos, en su campaña por la presidencia de la República. Sin embargo, aunque con tal gesto agradó a Calles, el grupo afín a Zuno logró que en agosto, y con el apoyo de Ortiz Rubio, asumiera la gubernatura José María Cuéllar (quien la desempeñó hasta julio de 1930).
Gobernaba la arquidiócesis de Guadalajara desde los primeros tiempos de la revolución Monseñor Francisco Orozco y Jiménez, obligado desde más de una década atrás a andar a salto de mata entre la clandestinidad y el exilio, y que contaba con la adhesión de la inmensa mayoría católica jalisciense.
La Universidad de Guadalajara, reabierta hacía pocos años, se perfilaba como foco de la actividad intelectual en el estado. En el número 8 de Bandera de Provincias (segunda quincena de agosto de 1929), los redactores se congratulaban por el nombramiento como Rector del doctor Juan Campos Kunhardt, y en el siguiente felicitaban a su colaborador Enrique Martínez Ulloa, flamante secretario de la Universidad.

II. EL CONTEXTO INTELECTUAL

De la misma manera en que se agitaba todavía la nación en las secuelas de la brutal sacudida revolucionaria, la sociedad mexicana estaba en busca de su forma, de sus señas de identidad. Fue durante la época de Calles cuando surgió la noción “moderna” de “mexicanidad”, cuando el país se volcó hacia dentro, cuando, como escribe en sus memorias José Clemente Orozco,

empezó a inundarse México de petates, ollas, huaraches, danzantes de Chalma, zarapes, rebozos, y se iniciaba la exportación en gran escala de todo esto. Comenzaba el auge turístico de Cuernavaca y Taxco... el nacionalismo agudo hacía su aparición.

Sin embargo, lo que estaba en el fondo de la explosión de folclorismo también respondía a una indagación intelectual seria y sostenida. Como afirma José Luis Martínez, de 1928 a 1938 se emprende la tarea “de investigación y análisis de la realidad mexicana”.5 cabezas pensantes de México se planteaban la cuestión del ser nacional, tras la cual venían todas las consideraciones filosóficas de orden universal: ético, estético, histórico, político, psicológico, antropológico... Y ahí entraban en juego las más diversas posturas intelectuales y la memoria colectiva, con sus múltiples facetas e interpretaciones, de los mexicanos.
Liquidado el antiguo régimen, pasada la época álgida de la revolución, el pensamiento se orientó al futuro, a la construcción de un país nuevo y distinto. La efervescencia en el medio intelectual era grande y la producción cultural rara vez había conocido un auge como el que se dio a fines de la tercera década del siglo y comienzos de la cuarta. Vasconcelos había sentado las bases de la educación en México sobre principios nacionalistas, había liquidado la herencia del positivismo porfiriano y propiciado el reencuentro de los intelectuales con la realidad nacional.
La exploración de las posibilidades que se planteaban para México pasaba por el examen de cuantas propuestas novedosas se daban en otros puntos del planeta. Existía una curiosidad intensa por la joven Unión Soviética y sus innovadores sistemas educativos y productivos, por los avances de ciencias recientes como la psicología y la sociología, por las exploraciones de las vanguardias artísticas europeas, por las novísimas artes de la fotografía y el cine... La generación intelectual mexicana más joven, la de aquéllos nacidos ya en los albores del siglo y que sólo tenían de la revolución una memoria infantil, no se arredraba ante los epítetos de “extranjerizante” y “exquisita” que le asestaban sus predecesores, los que sí vivieron las primeras etapas revolucionarias y para quienes lo mexicano tenía un sentido mucho más chauvinista.

III. LA GENERACIÓN DE BANDERA DE PROVINCIAS Y EL “GRUPO SIN NÚMERO Y SIN NOMBRE”

Con esa curiosa dinámica que suelen tener las revistas, y que en cada caso presenta sus peculiaridades, surgió de un grupo de amigos la iniciativa de crear Bandera de Provincias. Como nada raro tiene que sea con las amistades personales con quienes se emprenda este tipo de aventuras culturales (las repetidísimas y amargas acusaciones de que tal o cual revista es una “capilla” siempre resultan sorprendentes, pues lo normal es que lo sea), fue precisamente alrededor de un pequeño núcleo cimentado en afinidades personales e intereses comunes como se desarrolló la publicación.
Los iniciadores eran cinco: Alfonso Gutiérrez Hermosillo, Agustín Yáñez, Esteban A. Cueva Brambila, José Guadalupe Cardona Vera y Emmanuel Palacios, cuyas edades fluctuaban entre los 23 y los 27 años. Yáñez y Gutiérrez Hermosillo, que fueron realmente el alma de la revista, se titularon, ambos de abogados, durante el año que duró su publicación. Así pues, pertenecían estrictamente a la misma generación, y ya todos habían nacido en el siglo XX.
Desde el principio recibieron la adhesión (y en muchos casos también colaboraciones) de un grupo más amplio que no sólo incluía a jóvenes de la misma generación como Antonio Gómez Robledo, José Ruiz Medrano, Ignacio Díaz Morales, Luis Barragán, Lola Vidrio, José Cornejo Franco o el jovencísimo estudiante Gilberto Moreno Castañeda, sino también personas de mayor edad (más de 30 años) como Efraín González Luna, Julio Jiménez Rueda, Agustín Basave, José Rolón, José Arriola Adame, José Guadalupe Zuno, Saúl Rodiles, Manuel Martínez Valadez, Aurelio Hidalgo, María Luisa Rolón, Carlos Stahl, Ixca Farías...
También mantuvieron una relación estrecha con el grupo de los Contemporáneos, a la vez amistosa y literaria, pues continuamente había visitas de los capitalinos a Guadalajara y viceversa, además de haberse publicado con frecuencia textos de Novo, Owen, Pellicer, Villaurrutia, Ortiz de Montellano, etcétera. Resulta asimismo notable la nutrida correspondencia intercambiada con grupos y revistas de todos los países iberoamericanos y de España, así como la frecuente mención de contactos epistolares con intelectuales de casa que por una u otra razón vivían en el extranjero, como Alfonso Reyes, Enrique Munguía jr. y Joaquín Rodríguez de Gortázar.
El propio Agustín Yáñez, en una especie de balance que hacen los miembros de la redacción en el número 17, primero de 1930, describe la conformación del grupo que hizo la revista:

El grupo sin número y sin nombre –amplitud; pero valor individual– Bandera de Provincias, hecho a base de nombres (¡muera el anónimo que es cobardía!), hilvana tres generaciones: la del Centro Bohemio, representada, anudada, por Zuno, el político dinámico y pintor que ocupó el lugar saliente en aquel grupo de artistas, la del Círculo González Martínez, que representa José Cornejo Franco, el nombre más considerable y de obra más sólida de aquel círculo, y las cinco firmas centrales que signaron el primer manifiesto del “grupo” que no quiere tomar nombres manidos, cursis, inexpresables, ni circunscribirse a un número determinado, acartonado, carcelario. A estos cinco nombres: Cardona, Palacios, Gutiérrez Hermosillo, Yáñez, Cueva –pie veterano del grupo– se añadieron en el lazo de Bandera otros relevantes: González Luna, Arriola Adame, Basave, Gómez Robledo, Gómez Arana, Rodiles, Navarro Aceves... y las ya dichas amistades, con otras más jóvenes y no menos macizas: Moreno Castañeda, Javier Vivanco, lo más destacado de la más joven generación. Así salvamos las peligrosas lagunas que siempre existieron en la tradición cultural de Jalisco y así también encontramos fuerza y actualidad.

A más de ochenta años de distancia, y pese a los avances e inventos que en teoría representan una enorme ventaja sobre las condiciones de entonces, resulta asombroso cómo ese grupo de jóvenes tapatíos se mantenía al día en el plano cultural. Las revistas y los libros llegaban a Guadalajara desde Europa o Sudamérica con mucha mayor rapidez que en la actualidad, y los libreros de Guadalajara, por reducida que haya sido su clientela, ciertamente encontraban beneficioso mantener una oferta amplia y frecuentemente renovada, como lo demuestran los anuncios de la casa Font que aparecen en muchas de las entregas de Bandera de Provincias. Si bien los largos listados de novedades contienen muchos libros de texto y gran número de novelitas intrascendentes para el consumo popular, también es cierto que están presentes nombres como Vasconcelos, Valle Inclán, Bernanos, Villaurrutia, Maritain, Ortiz de Montellano, Madariaga, Trotsky, Gorki, Romain Rolland, Colette, Pellicer, Gregorio Marañón, Waldo Frank, Hilaire Belloc, O’Neill, Pemán, Henríquez Ureña, John Reed, Jean Cocteau, André Maurois, Samuel Ramos, Claudel, Zweig, Knut Hamsun, Martín Luis Guzmán, Wenceslao Fernández Flores, Chesterton, por sólo mencionar a unos cuantos de los autores aún vivos entonces.
Tampoco faltaban los clásicos de la literatura, ni títulos de historia, filosofía, sociología, y se anunciaba la existencia de libros en francés. Además, resulta evidente que la casa Font era la principal fuente de abasto literario del grupo de Bandera de Provincias, pues a menudo los libros anunciados como novedades fueron reseñados acto seguido por los colaboradores de la revista.
La crítica de libros conformó el cuerpo más grande y consistente de la publicación, ya que era asimismo la única sección fija. Aunque Yáñez y Gutiérrez Hermosillo fueron quienes más escribieron en esa rúbrica (que por cierto a veces cambiaba de nombre, pero siempre estuvo presente), también participaron numerosos colaboradores. En términos generales, se trataba de reseñas o pequeños artículos con un alto sentido crítico y sorprendente erudición.
Como muestra se pueden mencionar las notas que, en el número 1, escriben Cornejo Franco, Emmanuel Palacios y Antonio Gómez Robledo sobre, respectivamente, La revolución mexicana de Luis Araquistain, El espectador de Ortega y Gasset y ¿Adónde va Rusia?, de Trotsky; los comentarios de Ignacio Díaz Morales sobre la obra, escrita y construida, de Le Corbusier en el número 4; el texto de Gutiérrez Hermosillo sobre Efigies, de Gómez de la Serna, en el número 14...
Hay que subrayar aquí que Bandera de Provincias todavía refleja aquella gran tradición humanística, perdida ya para nuestra desgracia, que concibe lo literario no como un coto de especialistas en literatura, sino como la república de las letras común a todo ser pensante, donde se ventilan todos los asuntos humanos, todas las preocupaciones intelectuales. La riqueza de la revista viene precisamente de ese aspecto que ahora llamaríamos interdisciplinario, pues pintores, arquitectos, abogados, médicos y ciudadanos de toda laya no consideraban en absoluto ajeno el oficio de escribir, y no sólo acerca de cuestiones relativas a su profesión, sino sobre cualquier tema comprendido por los amplios horizontes de la cultura.
Por esa razón, el “cohete” que lanza el grupo de Bandera en su primer número consiste en preguntar “cuál es el problema fundamental de la literatura mexicana”, a sabiendas de que las respuestas que recibiría e iría publicando en los sucesivos números (de Rafael Ruiz Díaz, Vicente Echeverría del Prado, la excelente de González Luna, Martínez Ulloa, Julio Jiménez Rueda, Gómez Robledo) desbordarían con mucho el campo estrictamente literario para tocar los temas medulares de la realidad nacional. Sin embargo, se trata precisamente de la época de la transición en que se iba perdiendo la universalidad humanista, y ya se observaban, incipientes, los rasgos que José Luis Martínez describe:

justamente en este periodo y en este campo, ocurre en México la transformación del hombre culto –de conocimientos e intereses en un vasto campo del saber humano– en el especialista. Los escritores de la primera generación cabalmente moderna, los ateneístas, aún aspiran a abarcar el campo completo de una o varias disciplinas (...) En cambio, los escritores de las promociones siguientes van avanzando progresivamente hacia las especializaciones culturales.

IV. PENSAR EN, SOBRE Y DESDE LA PROVINCIA

Bandera de Provincias
Plegad vuestra Bandera provinciana,
imprimidla en papel de clase fina,
que pueda aprovecharse en la letrina
en premio a vuestra musa soberana.
Yáñez, Ulloa, Franco, Vidrio, Arana,
polluelos de parvada clandestina,
id a que condimente Valentina
vuestra cresta prolífica y temprana.
Salid, pero salid en quince días,
vuestras inteligencias tapatías.
Y no nos chinguéis más, niños pendejos,
que son vuestras bucólicas poesías
reflejos de reflejos de reflejos.
gaceta literil; váyanse lejos
Salvador Novo

El malicioso soneto que dedicó Salvador Novo a sus amigos tapatíos satiriza, más que a éstos, a esa actitud desdeñosa –que es entre burlas y veras la del autor– del centralismo a ultranza del que tanto tenemos que quejarnos en México.
El grupo sin número y sin nombre enarboló sin complejos, con una aparente ingenuidad tras la que se ocultaba algo mucho más profundo, el título de Bandera de Provincias, a sabiendas del desdén que suscitaría tal reivindicación de lo propio, que a ojos ajenos podía parecer localista, excéntrico, periférico.
En su “Manifiesto” (número 1) se da una de las pocas –y siempre veladas– alusiones a la circunstancia política y social de Guadalajara y de Jalisco: “Conocemos una honda lucha. La reconocemos. Vivimos humo y dolor. Son nuestro ambiente”. Sin embargo, el “programa” estaba muy claro: despertar a las provincias, agrupar a los jóvenes, promover los intereses intelectuales, todo en y desde Guadalajara, donde está “lo entero, lo macizo, lo real, complejo y simple”. Porque para el grupo, la cultura no era una isla ni un adorno al margen, sino la médula misma de la realidad.
Ese ánimo resuelto de afirmar los valores propios es un rasgo que, definitivamente, compartían sin excepción, y pese a otros desacuerdos que pudieran tener, los colaboradores de la revista. Les parecía en ese momento absolutamente legítimo y natural asentar una verdad evidente: que la vida estaba aquí, no sólo en las grandes capitales; que no se podía vivir en función de lo ajeno y lo lejano; que si no se tienen los pies bien arraigados en la tierra propia, difícilmente puede erguirse la cabeza para lograr una visión que abarque los anchos horizontes del mundo. Emmanuel Palacios resumía, en el número 2, el ambicioso empeño del grupo: “En la vieja ciudad literaria que hoy es páramo, somos los nuevos arquitectos. Ése es nuestro papel”. No se inhibieron a la hora de plantear las grandes cuestiones. En el número 3, al responder a la “pregunta- cohete” inicial, González Luna escribió: “una literatura no es un artificio superficial. Es la voz de una cultura (...); el de las culturas, verdaderas formas sociales superiores, es el problema total de la historia humana”.
Los mensajes de felicitación y adhesión fueron muchos ante la iniciativa. Pero tampoco faltaron los reproches (por ejemplo, claro está, de parte de Novo) por ese énfasis en lo provinciano. No dejaron los redactores de aludir a ellos, ni de defender con denuedo sus planteamientos, por más que algunas veces escribieran dominados por el desencanto, en particular Yáñez y Gutiérrez Hermosillo, sobre los cuales, evidentemente, gravitaba además la responsabilidad total de producir la revista. A veces podían ser crípticos, como sucede siempre en los grupos que se entienden entre sí a medias palabras; sin embargo, hay suficiente claridad para percibir lo que quiso decir Gutiérrez Hermosillo en el número inicial de 1930:

Creímos (...) y nuestra ingenuidad nos dio un nombre ingenuo: Bandera de Provincias. Pero el nuestro ha sido un continuado soliloquio. Nunca quisimos llegar a comprender el gesto anterior de la metrópoli; los hechos, de la manera más fácil, nos han convencido.

Y sin embargo, pese al desánimo que a veces dejaron traslucir, motivado en algunos casos por las circunstancias de la vida regional y nacional y en otros simplemente por la penuria de la revista (en varias ocasiones se regañó a los suscriptores morosos), el grupo se embarcó en una frenética actividad durante el año de vida de la publicación: giras por toda la república de varios de sus miembros, reuniones en la fonda de Valentina y en distintas casas, conferencias, conciertos y una extraordinaria exposición de artes plásticas que marcó el final de Bandera de Provincias.

V. LA ESTIRPE INTELECTUAL DEL NÚCLEO CENTRAL DE BANDERA DE PROVINCIAS

1. La tradición criolla
Para los pensadores mexicanos del siglo XVIII era ya una preocupación central la del ser nacional. Sin embargo, no se la planteaban desde una posición de inferioridad. Como escribe Gabriel Zaid,

Para Clavijero, México no era menos que Europa. Tenía un pasado clásico: las ruinas del imperio azteca, como las ruinas del imperio romano, sobre las cuales se construía una nueva cristiandad, con un presente próspero y un futuro brillante en manos de gente ya preparada aquí: los universitarios criollos, continuadores de los misioneros que trajeron el progreso.

Existía, pues, en México una clase aspirante al liderazgo modernizador compuesta por nativos preparados, redentores y progresistas. Pero la metrópoli expulsó a sus dirigentes intelectuales, los jesuitas, y decidió que la modernización se haría desde Madrid.
Tras la crisis de la Independencia, y a lo largo del accidentado siglo XIX, se va a pique el proyecto criollo:

los criollos, que empezaron como católicos modernos, seguros de sí mismos y hasta expansionistas, acaban siendo conservadores. Pero unos conservadores que no encajan en la caricatura actual (según la cual los reaccionarios mexicanos quieren el modelo yanqui, las inversiones extranjeras, la libertad de empresa y de comercio, el cosmopolitismo): una caricatura más cercana de Benito Juárez que de Lucas Alamán (...) Alamán fue un heredero de los humanistas mexicanos del siglo XVIII y de su impulso creador, que logró transitoriamente el poder soñado por los criollos ilustrados y que sigue ganando batallas después de muerto (sin darle crédito, porque su ejemplo no se puede reconocer). Él fue quien puso en marcha el estado protector de la identidad nacional, el estado protector de la industria nacional, los embriones de lo que ahora son la Secretaría de Comercio y Fomento Industrial, la Nacional Financiera, el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Archivo General de la Nación.

De tal manera, aunque soterrada y negada en el discurso liberal y luego en el revolucionario, la tradición intelectual criolla nunca ha dejado de estar presente en la realidad nacional.
Desde Juárez hasta Miguel de la Madrid, todos los regímenes mexicanos fueron jacobinos oficialmente, salvo el de Madero. La buena acogida que éste dio en 1911 a la formación del Partido Católico no se debía a que fuera muy religioso, sino a sus convicciones auténticamente democráticas. Ante una realidad política nueva, reaparecieron en escena los herederos del humanismo criollo, católicos de avanzada, que coincidían con los liberales antigobiernistas en execrar “la complicidad en la mentira oficial (...) disolvente de la sociedad civil (...) La convergencia estaba por ahí: los católicos tenían que participar en la construcción de una sociedad abierta, en la destrucción de un México enmascarado”.
eclesiástica, cada vez más ignorante y acomodaticia y siempre suspicaz ante la libertad de espíritu, resultaban inquietantes y hasta heterodoxos muchos de esos intelectuales, católicos de muy diversa laya, en cuya larga lista cabrían nombres como Eduardo J. Correa, Antonio Caso, Ramón López Velarde, Agustín Yáñez, Angel María Garibay, Carlos Pellicer, Octaviano Valdés, Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte, Sergio Méndez Arceo, Antonio Gómez Robledo, Manuel Ponce y Joaquín Antonio Peñalosa.

2. El peso de la Iglesia
Como apunta Gabriel Zaid, mientras la cultura católica fue la cultura dominante lo raro era no pertenecer a ella. Pero en el siglo XIX el proyecto nacional se vuelve agnóstico, civil, liberal y mestizo. Al igual que en Europa después de 1789, la cultura católica, expulsada del poder, se volvió crítica de la cultura oficial, dejó de ser centralista y se identificó con la provincia, fustigó a la capital como lugar de perdición y defendió a los clásicos frente a los modernos:

Guadalajara, San Luis, se vuelven centros culturales, a donde van estudiantes de muchas partes del país, mientras en la ciudad de México se establece la nueva cultura dominante: el establishment liberal, romántico, positivista, modernista.

El embate de la modernidad fue decisivo para que, desde las últimas décadas del siglo XIX y hasta la séptima del XX, la Iglesia haya caído en un periodo donde predomina, salvo ilustres excepciones, una franca reacción. En su Vie de Jésus (1863), Ernest Renan (1823-1892), sacerdote católico y uno de los intelectuales más prestigiosos de su tiempo, puso en duda la autenticidad histórica y la verdad literal de la enseñanza de la Iglesia. Esa obra marca un hito en el pensamiento del siglo XIX. No sería exagerado decir que Renan liberó de su lámpara a un genio avieso que el cristianismo no ha podido desde entonces domeñar ni volver a encerrar.
En 1859 Darwin había publicado The Origin of Species, luego llegaron los agnósticos Huxley y Spencer, Schopenhauer y Nietzsche. En el campo estético regía l’art pour l’art. Prusia, el nuevo imperio que aplastó a Francia en 1872, era un supremo poder militar sin obediencia a Roma. Garibaldi había unificado Italia en 1870 y reducido al Vaticano el poder secular de la Iglesia. Los propios eruditos católicos formados por las instituciones religiosas ponían en tela de juicio incluso la lectura oficial de la enseñanza católica. Desde la Reforma no se había dado tal crisis. Pero la Iglesia, con “ese especial talento para llegar tarde a todo y ponerse al día de ayer”, como dice Zaid, respondió con singular miopía a las circunstancias del momento: su táctica fue, por lo general, el repliegue. Pío IX, temeroso ante el nacionalismo revolucionario de los italianos, desconfiado de la teología liberal que aceptaba la autonomía de la sociedad civil, acabó publicando el Syllabus o compendio de errores modernos y proclamando en el Concilio Vaticano I (en 1870), aunque con muchos votos en contra, el dogma de la infalibilidad papal. Como bien señala Jean Meyer, la formación teológica de los obispos mexicanos “estaba marcada por el Syllabus, inventario concebido en gran parte, y esto se olvida generalmente, a causa de la reforma mexicana” (el joven Pío IX había viajado por Hispanoamérica y conocía sus problemas).
pontificados con titubeos entre el avance y el retroceso, asustados por la modernidad, “resumen de todas las herejías”, y desconfiando por principio de cualquier pensamiento autónomo entre su grey.
Si ése era el talante de la Iglesia en todo el mundo al empezar el siglo, resulta obvio cuán funesto fue para México en particular el choque de dos intransigencias cerriles, la de los “católicos de Pedro el ermitaño” y los “jacobinos de la época terciaria”, pues tras la tregua maderista el jacobinismo reaparece con Carranza y culmina con la persecución desatada por Calles. En el aspecto religioso, la Constitución de 1917 fue un retroceso en términos democráticos con respecto a la apertura de Madero. Y, como afirma Zaid,

paralelamente, de Carranza a Calles, crece algo menos visible pero no menos importante que el jacobinismo oficial, contra la cultura católica: la captación oficial de casi todos los interesados en la cultura.

A partir de entonces, el mecenazgo, el fomento, la difusión de la cultura se fueron concentrando cada vez más en el Estado. La Iglesia, los partidos políticos, los empresarios, las universidades incluso, dejaron en manos oficiales la responsabilidad de la vida intelectual.

3. La postura intelectual del “Grupo sin Número y sin Nombre”
Yáñez, Gutiérrez Hermosillo y sus coetáneos de Bandera de Provincias se movían en el filo de la navaja. El parteaguas que marcan los arreglos de 29 y el aplastamiento del vasconcelismo se dan exactamente cuando empieza a circular la publicación.
Sin duda se trata de una generación que, como cualquier otra, está marcada por los sucesos de su época y su lugar; sus miembros pertenecen a las clases medias y altas urbanas: en algunos casos, como el de Gutiérrez Hermosillo, a familias de terratenientes afectadas por la revolución en el campo; a un medio católico inmensamente agraviado y resentido por la persecución religiosa. Además, hay que hacer notar la cercanía muy estrecha de por lo menos dos de los miembros del grupo, Yáñez y Gómez Robledo, con Anacleto González Flores, el líder de la resistencia civil ante la represión contra los católicos, asesinado apenas dos años antes, en 1927.
También resulta evidente que las contiendas políticas y los sobresaltos de la sociedad planteaban a cada uno de los escritores de Bandera de Provincias un conflicto de orden personal, ético, ante los tironeos de los poderes temporales y espirituales. Aparece clarísima, en el horizonte amplio de la revista, la figura del escritor católico (Chesterton, Papini, pero sobre todo Claudel) como un modelo del intelectual moderno a seguir.
Esa figura del escritor definido como católico data del siglo XIX y de los conflictos que en él se dieron. A nadie se le ocurriría definir a San Agustín, Santo Tomás, Sor Juana o Cervantes como escritores católicos. Pero cuando el discurso dominante, como escribe Zaid, se ha vuelto laico; cuando –desde el romanticismo– comenzó la era de las vanguardias y se fue perdiendo el humanismo clásico –y la jerarquía religiosa fue abandonando su tradición intelectual–, surge la adjetivación para designar una postura teóricamente militante, aunque tan llena de ambigüedades como puede sugerir un listado que incluiría a escritores a tal grado disímbolos como Charles Péguy, G.K. Chesterton, Emmanuel Mounier, Graham Greene, Maurice Maeterlinck, Georges Bernanos, François Mauriac, Anthony Burgess y un larguísimo etcétera. Sin embargo, la propia Iglesia, en su miopía ya habitual y su desconfianza secular del pensamiento, ha tratado con recelo a todos los intelectuales, tanto más cuando se definen como católicos.
La atracción que sobre los jóvenes de Bandera de Provincias tuvo la idea del escritor católico fue una influencia importante sin duda, aunque quizá no determinante en su trayectoria posterior. De los colaboradores más asiduos, solamente Efraín González Luna (quien de cualquier manera era un poco mayor) adoptó claramente tal perfil.
Por otra parte, los miembros del grupo, independientemente de sus ideas religiosas o de su postura en el conflicto entre el gobierno y los católicos, mantenían una absoluta libertad intelectual. Ello resulta evidente si se toman en cuenta sus lecturas, que incluían a muchos autores abiertamente reprobados por la Iglesia –algunos que incluso figuraban en el infame Index– como Gide, Proust, Freud, Joyce...
Bandera de Provincias, en medio de unas circunstancias locales y nacionales de las que lo menos que puede decirse es que eran inciertas, turbulentas y bastante desalentadoras, logró un pequeño gran milagro: el de ser un enclave de reflexión y de encuentro para intelectuales de los más diversos signos que en ese momento, en Guadalajara, buscaban construir la ciudad de todos. Comprendieron claramente que, como apunta Octavio Paz, “el escritor no es el representante, el diputado o el portavoz de una clase, un país o una Iglesia. La literatura no representa; su misión es presentar al mundo en su inmensa y contradictoria variedad”.
revista la definió muy claramente Efraín González Luna: “entre nosotros, motivos sobre todo políticos han determinado una constante y multiforme guerra a la cultura en general y especialmente a una natural y propia forma de cultura...”
Viendo hacia atrás, resulta deslumbrante, casi inverosímil ante la penuria actual, que se haya dado en Guadalajara una revista que conjuntara los artículos sobre temas estéticos de Agustín Basave, Ixca Farías, Carlos Stahl, Zuno, que se mueven con soltura por todos los ámbitos de las artes plásticas en el mundo; la poesía, en general espléndida, que se publicó; la reflexión sobre asuntos literarios de Yáñez, Gutiérrez Hermosillo, González Luna y tantos otros; las traducciones, en general buenas –y algunas pioneras en lengua castellana–, de autores extranjeros tan importantes como Joyce, Kafka, Claudel, Upton Sinclair, Waldo Frank etcétera; los eruditos artículos sobre música de José y María Luisa Rolón, Tula Meyer y otros más; la recuperación historiográfica de la producción literaria jalisciense y mexicana de José Cornejo Franco, de la poblana por Gómez Haro... Bandera de Provincias fue una apuesta valiente a la carta de la inteligencia en medio de la barbarie. Fue una prueba de que los valores de la cultura son los del debate intelectual, pero también los de la coexistencia pacífica. Representó un momento privilegiado en la historia de Guadalajara y de Jalisco.

VI. A MANERA DE PUNTO Y APARTE
“Desde su origen, la literatura mexicana se ha distinguido por dos rasgos en apariencia contradictorios y que, no obstante, la constituyen: la tendencia hacia lo universal y la atracción hacia lo propio”.
cabalmente en Bandera de Provincias, donde la reivindicación de lo específico y peculiar de la cultura tapatía va acompañada del diálogo permanente con la cultura universal. Al alcance de la mano, para dilucidar las grandes cuestiones de lo regional y lo nacional, estaban desde los clásicos de la antigüedad y los padres de la Iglesia hasta los escritores que en 1929 y 1930 concentraban la atención mundial, pasando por los pensadores del Renacimiento y la Ilustración, los humanistas mexicanos del siglo XVIII y los escritores liberales y conservadores del XIX, los grandes novelistas franceses, ingleses o rusos, los intelectuales iberoamericanos empeñados en una búsqueda similar a la de los tapatíos... en fin: todo el legado cultural de Occidente. Con los altibajos normales en cualquier publicación, Bandera de Provincias alcanzó, en términos generales, un nivel intelectual a la altura de lo mejor de su momento en el mundo de habla española.
La brillante y fugaz existencia de la revista, sin embargo, marca el final de una época de la vida intelectual de Guadalajara. Aunque la mayoría de sus colaboradores continuaron su producción literaria en diversos géneros, no volvieron ya a reunirse todos, y no sería arriesgado afirmar que nunca más se ha juntado una pléyade de tal categoría en ninguna de las revistas de nuestra ciudad, las cuales han tenido una vida efímera (salvo en el caso de Etcaetera, esfuerzo en gran medida individual de Adalberto Navarro Sánchez). Además, y significativamente, muchos de los integrantes del grupo de Bandera emigraron a la capital de la República, y han muerto en ella.
El hecho de que, también en el plano intelectual, esos años de 1929-1930 hayan sido para Jalisco un parteaguas y el principio de una decadencia hasta ahora irreversible no puede deberse a una mera casualidad. Las claves tienen que estar ahí: en la historia del momento, en los movimientos de los protagonistas de la vida local y nacional, en la voracidad desmedida del centro y muy probablemente, entre líneas, en las páginas mismas de Bandera de Provincias. Es ésa una indagación urgente si en realidad creemos que aún es posible revivir nuestra cultura regional, que alguna vez fue capaz de tales destellos.

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