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Diego Rodríguez de Rivas, arcediano de la catedral de Guatemala y obispo de Guadalajara. Su intervención en la controversia sobre la actuación de José de Gálvez, Visitador general de Nueva España (1765-1771).

Bárbara J. Antos - José López-Yepes1

El xxv obispo efectivo de Guadalajara, don Diego Rodríguez de Rivas, sorteó el terrible lance que produjo en su diócesis la expulsión de los religiosos de la Compañía de Jesús y remediar en lo posible los irreparables efectos que produjo la violenta salida de los más cualificados educadores y misioneros de su grey y, en ese marco, enfrentar al muy polémico visitador José de Gálvez.

José de Gálvez (1720-1787)

El ministro José de Gálvez fue uno de los personajes más destacados en la segunda mitad del siglo xviii y eficaz colaborador de las reformas borbónicas. Nacido en Macharaviaya (Málaga) en 1720 y fallecido en Aranjuez (Madrid) en 1787, emprendió desde sus modestos orígenes una carrera que le llevó a ser Ministro de Indias. Estudió en el Seminario de Málaga y se doctoró en la Universidad de Alcalá. Secretario personal del ministro Grimaldo, fue nombrado alcalde de casa y corte en 1764, y al año siguiente obtuvo el cargo que ya le serviría de apoyo para el resto de su promoción profesional: el de visitador general de Nueva España desde 1765 hasta 1771. Allí llevó a cabo una serie de reformas, en colaboración estrecha con el entonces virrey marqués de Croix, relativas a multitud de aspectos: división territorial, minería, tabaco, expediciones militares, etcétera, entre las que destacan las consecuencias de la expulsión de los jesuitas,  lo relativo a la organización de las expediciones comenzadas en 1769 a fin de asentar el dominio de España en San Diego, Monterrey y el resto de la Alta California, así como la expansión de las misiones comandadas por el franciscano fray Junípero Serra.

En 1776 fue nombrado secretario de estado de Indias y, hasta su muerte once años más tarde, impulsó una serie de medidas entre las que destacan la creación del Virreinato del Río de la Plata, la de la capitanía general de Venezuela y la del Archivo General de Indias. Es una figura muy estudiada y ciertamente polémica, debido a la gran cantidad de iniciativas que trató de poner en marcha y de los métodos empleados para ello, lo cual no impidió el reconocimiento que recibió siempre en la corte de Madrid: prueba de ello es que Carlos iii le concedió el título de marqués de la Sonora.

Por orden del 24 de mayo de 1771, Gálvez obtuvo licencia para volver a España con obligación de informar sobre las actividades durante su estancia en la Nueva España. El resumen de éstas fue expuesto en su Memoria dirigida al virrey Antonio Bucareli el 31 de diciembre de 1771,2 en la que hace una detallada exposición de las tareas realizadas que, por supuesto, valora positivamente, y que  termina con las siguientes palabras:

Deseo haber acertado en parte a desempeñar la soberana resolución de V.S. y que mi trabajo pueda servir a V.S. de alguna instrucción para los aciertos de su gobierno. Mis comisiones se dirigieron al posible aumento de este erario y el éxito puede calificar si se ha conseguido el fin pero nunca bastará  a demostrar los desvelos, fatigas y amarguras que me costó el arreglo de sus ramos… Me voy con el seguro consuelo de que la Nueva España será la más feliz y poderosa entre las grandes monarquías que encierran las dos Américas. Quiera Dios derramar sus bendiciones sobre todos los dominios de nuestro augusto soberano y conceder a V.E. las mas completas satisfacciones.3

Diego Rodríguez de Rivas y Velasco (1707-1770)

Diego Rodríguez de Rivas nació en Riobamba (Ecuador) en fecha incierta (1707 o 1710); era hijo de Francisco Rodríguez de Rivas, originario de Galicia, corregidor de esa localidad ecuatoriana y, a partir de 1716, presidente de la Audiencia y capitán general de Guatemala. Diego obtuvo el grado de bachiller en filosofía en la universidad de San Carlos de Guatemala en 1723, tras recibir las órdenes menores en 1720. En 1728 es canónigo en la catedral de Guatemala. Trasladado a España ese año, obtiene los títulos de bachiller en cánones por la universidad de Sigüenza y los grados de licenciado y doctor por la universidad de Alcalá en 1730. En 1732 es tesorero de la catedral de Guatemala, y también en ella maestrescuelas en 1738, chantre en 1739 y arcediano en 1742. Contribuyó a la erección de la archidiócesis de Guatemala. En 1750 es designado obispo de Comayagua (Honduras) y en 1762 es nombrado obispo de Guadalajara (Nueva Galicia), donde entra solemnemente dos años después, en 1764. Autor de tres cartas pastorales y de diversas obras benéficas, se opuso en algunos escritos a la política de José de Gálvez y a la expulsión de los jesuitas en 1767. Murió en Guadalajara el 10 de diciembre de 1770.

José de Gálvez en la Nueva España

Gálvez había llegado a Veracruz en  julio de 1765 y se trasladó a la capital de la Nueva España un mes más tarde. Inmediatamente puso en marcha su plan de reformas, investido por el virrey de plenos poderes, que tocaba numerosos aspectos sobre los que inmediatamente se generaron controversias y críticas tanto a favor como en contra, y en el problema suscitado por la expulsión de los jesuitas, las expediciones a la Nueva California y el estado y expansión  de las misiones.

Gálvez salió de México el 9 de abril de 1768 para embarcarse en el puerto de San Blas (en la Nueva Galicia) rumbo a California, con el fin de organizar las expediciones, dos de ellas por mar desde cabo San Lucas y dos por tierra desde la misión de Loreto:

Desde que en San Blas determiné despachar las dos expediciones de mar y tierra y verificarlas en California, me propuse no perdonar fatiga ni desvelo que pudiera conducir a su logro y omitir enteramente la relación de mis trabajos en aquellos desiertos, porque la obra, como dirigida a extender la luz del Evangelio y la dominación de nuestro augusto soberano, debía hacerse sin otro objeto que el del servicio a ambas Majestades y era preciso que sufriera grandes contradicciones, por lo que me dispensará V.E. que deje al silencio y a su prudente consideración cuáles serían las dificultades de aquella empresa y cuántos los esfuerzos y cuidados del que la tomó a su cargo.4

Los paquebotes San Carlos (nave capitana) y San Antonio salieron de La Paz y del cabo San Lucas los días 9 de enero y 15 de febrero de 1769, respectivamente, y llegaron a San Diego los días 29 y 11 de abril, también respectivamente, tras una dura navegación en la que bastantes marineros murieron de escorbuto. La primera de las expediciones por tierra llegó a San Diego el 14 de mayo y la segunda el 1º de julio de 1769.5

Nueve meses permaneció Gálvez en California, en cuyo transcurso padeció una enfermedad extremadamente grave que le ocasionó cierto estado de locura.6 Miguel José de Azanza, Manuel de Viniegra y Matías de Armona se dirigieron el 25 de noviembre de 1769 a Juan de Pineda, gobernador de Sonora y Sinaloa, solicitando una escolta para que le acompañara a México por razones de salud,7 a pesar de que el propio Gálvez, el 30 de agosto anterior, expresaba que se encontraba libre de sus enfermedades.8 La dolencia le hizo apartarse provisionalmente de sus tareas tras la sublevación de los indios fuerteños:

Extinguida y serenada la sedición de los indios del Fuerte, y mal convalecido de las primeras calenturas que padecí en Los Alamos, subí al cuartel general del Pitic a principios de septiembre del mismo año de 69, sufriendo, sobre las incomodidades de un largo camino, la segunda repetición de las terciarias en el presidio de Buenavista, y después de haber convenido con los comandantes de la expedición en la general entrada que dispusieron al cerro Prieto con el refuerzo de milicias que hice ocurrir de ambas provincias, me vi necesitado a retirarme en el mes de octubre a la misión de Ures por la tercera recaída, y hasta febrero del año siguiente no pude convalecer ni salir para volver a esta capital por las fronteras de Sonora y Nueva Vizcaya con el fin de reconocerlas y de lograr el alivio de venir en ruedas la mayor parte del camino que siendo de más de setecientas leguas no me liberté de que me acometieran de nuevo las calenturas en las primeras y últimas jornadas.9

El 28 de mayo de 1770 Gálvez ya se encontraba en México y el 1º de febrero de 1772 partía para España.

***

La expulsión de los jesuitas en 1767 fue otro de los frentes con que se encontró Gálvez y al que tuvo que atender. La orden de expulsión, dictada el 27 de febrero de ese año, debía aplicarse de modo simultáneo en todos los territorios de la Corona y sin aviso previo.10 En la Nueva España se ejecutó la noche del 24 a 25 de junio. El encargado de la expulsión en California fue Gaspar de Portolá, y el 3 de febrero de 1769 eran conducidos a Guadalajara los dieciséis misioneros jesuitas; los comisionados responsables de cada misión quedaron encargados de velar por cuanto queda en las Misiones y actuar como administradores y gobernadores, encargándoles que cuiden y traten con el mayor cariño a los pobres indios sin que les falte aquel mismo alimento que acostumbraban los padres ni alteren el método de su gobierno, que es cuanto me parece pueden hacer ínterin no lleguen los padres, que hacen notable falta así para lo espiritual como para el gobierno de las Misiones.11

            A propósito de la actuación de Gálvez en California, afirma Navarro García que sin embargo, no era un vulgar impostor o embaucador. Por el contrario, él mismo empieza a creer sus propias mentiras. Cuando llena de palabras grandilocuentes sus informes es a sí mismo a quien pretende persuadir de que realmente obtendrá lo que en aquellas frases promete. Él busca la riqueza. Necesita que la península sea efectivamente rica y desde el cabo de San Lucas hasta la misión de Loreto buscará o inventará todo aquello que pudiera ser una fuente de ingreso para el erario, un origen de prosperidad para la provincia. Si primero son las minas, luego creerá en la agricultura y más tarde en la pesca, para acabar pensando haber encontrado una nueva clase de brea para los barcos, un nuevo lugar de explotación de la grana y el depósito de los mejores pedernales de Nueva España.12

           

 Gálvez desempeñó un papel central en la represión de los numerosos tumultos surgidos en 1767 en lugares como San Luis Potosí por la expulsión de los jesuitas, sin excluir otras razones sociales, como ha puesto de relieve Castro Gutiérrez (1990). Este estudioso, en la introducción a su edición del Informe sobre las rebeliones populares de Gálvez, remitido al virrey el 25 de diciembre de 1767, reconoce el valor de tal documento para el conocimiento de lo ocurrido, aunque en estas circunstancias es prudente suponer cierta manipulación de los hechos para polemizar con sus críticos y defender sus pasadas decisiones, sobre todo en el sentido de agravar y abultar los delitos cometidos por los sublevados y la entidad del riesgo corrido para la estabilidad política del reino.13

Una exposición aclaratoria de los tumultos ha sido aportada por Navarro García.14

            Todas las actuaciones de Gálvez en tierras mexicanas fueron notable objeto de controversia, señalada por sus biógrafos, y generaron polémica a favor o en contra. En efecto, es interesante comprobar –ha escrito Santos Arrebola– cómo existe una amplia documentación crítica y anónima acerca de la gestión llevada a cabo por José de Gálvez en el virreinato de Nueva España. Los enemigos creados en el tiempo que estuvo como visitador fueron numerosos, debido a que destituyó a importantes hombres de la administración virreinal acusándolos de soborno y puso a personas de su confianza, no por ello muchas veces más honradas. Se rodeó de un equipo de hombres totalmente afines, algunos de Málaga, los cuales realizaron la labor siempre a su sombra, sin atreverse a la menor crítica. De esta manera, el nepotismo hacia sus familiares y amigos comenzó en Gálvez en el momento que llegó al poder.15

En el primero de los grupos –el favorable a Gálvez– se encuentran, entre otros, fray Francisco Palou,16 Claret17 y el cubano Manuel del Socorro Rodríguez,18 autor de un soneto en su alabanza. Por su parte, Herbert Ingram Priestley,19 considerado gran estudioso de la visita, “tiene un concepto favorable de nuestro personaje, al que considera el ministro más destacado del periodo que trajo la prosperidad a las colonias americanas”,20 a lo que habría que añadir una serie de textos que cuentan la actividad de Gálvez de modo laudatorio o, al menos, más neutral, como la anónima Noticia breve de la expedición militar de Sonora y Sinaloa, su éxito feliz y ventajoso estado en que por consecuencia de ella se han puesto ambas provincias,21 o el propio texto de Gálvez, Informe sobre las rebeliones populares de 1767 y otros documentos inéditos.22

            En el grupo de los detractores –algunos en grado sumo– se cuentan nuestro obispo Diego Rodríguez de Rivas y los autores –anónimos en su mayoría–  de los textos siguientes:

Notas que explican la conducta que ha guardado con el Virrey el Visitador D. Joseph de Gálvez, hacia 1768.23

Breve noticia de las principales expediciones y providencias de visita de Real Hacienda que promovió D. José de Gálvez….  de agosto de 1773.24

Juan Manuel de Viniegra, Relación de la expedición de Gálvez a California, Sonora y Nueva Vizcaya por su secretario D. Juan Manuel de Viniegra.25

Artificios de la Relación Anónima sobre la Militar Expedición de Sonora y Criaderos inagotables de granos de oro.26

Papel curioso, especies ridículas y ráfagas notorias que produjo el figurón tunante del visitador general de Nueva España D. José de Gálvez mientras corrió soñando por los áridos desiertos de California y por las provincias de Sonora y Nueva Vizcaya.27

Francisco Javier Gamboa, Informe concerniente al carácter de los que mandan y componen el gobierno civil de la Nueva España y las expediciones de mar y tierra en la California y Sonora, La Habana, 15 de febrero de 1769.28

Pedro de Rada, Extracto de los principales puntos de la correspondencia particular de Rada con el Bailío Arriaga desde Nueva España. Resumen de seis cartas comprendidas entre el 26 de septiembre de 1767 y el 1º de enero de 1768.29

La versión de Palou

Los dieciséis misioneros franciscanos que iban a sustituir a los jesuitas en las misiones de California llegaron a la misión de Loreto el 1º de abril de 1768, entre ellos fray Francisco Palou, autor de unas Cartas en que se declara decidido admirador de Gálvez. Según Palou, el visitador desembarcaba el 5 de julio de ese año en Cerralvo y el 12 escribía a fray Junípero pidiendo el padrón de indios y el estado de las misiones. Y a principios de agosto visitaba las misiones  del cabo de San Lucas.

            El 10 de diciembre de 1768 escribía Palou:

Según los proyectos que lleva entre manos este señor, discurro tardará mucho a volverse a esa corte, pues parece que quiere esperar la resulta de la empresa de Monterrey… Dios lo conserve, que sólo un hombre como éste de tanto poder y corazón ponía poner mano a esta empresa.30

            El 19 de mayo de 1769:

Todas estas acertadas  providencias que para el bien de esta península ha dado este ilustrísimo señor no le han distraído del principal asunto tan recomendado por S.M. (que Dios guarde) de la conquista y conversión de los indios de Monterrey, pues a ese fin se detuvo en el sur hasta ver salir la expedición  de mar.31

            El 14 de junio del mismo año:

Este caballero gobernador que acaba de llegar me da grandes esperanzas de que adelantemos la conquista espiritual. La primera función que le han visto hacer antes de recibir el bastón ha sido que ayer a vista de todo el real y misión confesó y comulgó, y oyó toda la misa cantada de rodillas.32

            Finalmente, desde la misión de San José Comondú escribía el franciscano el 29 de noviembre de 1771:

He recibido carta del señor Virrey que acabó con fecha de 12 de septiembre, en que me dice que espera de mi apostólico celo se logre la fundación de las cinco misiones nuevas entre San Fernando y San Diego. También recibí dos del señor visitador, con la fecha de 12 y 15 de septiembre, en que me da noticia de la licencia que ha conseguido de Su Majestad para retirarse a España; la una es confidencial, la que es en extremo expresiva, y me encarga le escriba a menudo dándose noticias de éstas, etc. y que emplee su fino afecto en cuanto se me ofreciere.33

            Tras la muerte del visitador (en 1787) y varios años encargado del Despacho de Indias en todos los aspectos referidos a ellas, un Decreto del 8 de julio de 1787 dividía en dos el ministerio y, por otro decreto de 15 de abril de 1790, las competencias de Indias se repartían entre diversos ministerios. Se trató de restablecer por algunos la estructura implantada por Gálvez y que se consideraba la más apropiada. En este sentido, el 16 de septiembre de 1809, en plena guerra de Independencia, el consejero Juan Pablo Valiente se refería a Gálvez en los siguientes términos:

Séame lícito en este lugar pagar al Ministro que dirigía los negocios de Indias aquel tributo de alabanza de que es digna su memoria por el constante celo del bien público, por su ardiente amor a la Patria y por aquel odio santo con que miró siempre las empresas de nuestros enemigos sobre aquella tierra de bendición.34

            La biografía de Gálvez escrita por Pompeyo Claret35 tiene mucho de panegírico –título incluido–, aunque reconoce que, con la represión de los disturbios producidos por la expulsión de los jesuitas, “Gálvez cobró fama de hombre cuya energía podía rayar en la crueldad si lo estimaba necesario para dar cumplimiento a las órdenes de la superioridad; fue temido y respetado”.36  Y añade:

Fijémonos ahora cómo nuestro biografiado se ofrece siempre para los puestos de mas responsabilidad y peligro, las delicadas y espinosas misiones. Voluntariamente se dispuso a aceptar la tarea de acudir a Sonora con objeto de sofocar los movimientos de los indios rebeldes. Su carácter no puede ser más emprendedor y audaz, siendo su ambición personal, si algo tiene de egoísta, dignificada al ser el primero en la lucha, la responsabilidad y el peligro…37 Su labor en la Nueva España fue muy discutida y duramente criticada por algunos de Madrid, pero el gobierno supo apreciar el valor de su obra, desechando las críticas, inevitables contra quien había lesionado mucho interés creado y suprimido antiguos abusos amparados en poderosas influencias. Tanto demostraron el rey y el gobierno apreciar su labor que, después de haber recibido notorias pruebas del real aprecio, cuando falleció el ministro Arriaga le sucedió como ministro universal de Indias.38

Para Claret, en suma, “la misión  de nuestro biografiado ha sido bien juzgada por todos los historiadores”.39

            Navarro García concluía, a este respecto, que difícilmente podría hacerse un balance de la labor desarrollada por Croix y Gálvez entre 1766 y 1771. Las empresas realizadas y acometidas en este quinquenio, los proyectos planteados son tantos y de tal envergadura que en la época tardó mucho en apreciarse sus resultados… Sea como fuere, en cuanto a sus resultados más lejanos, con el bastón de mando había entregado Croix a Bucareli el gobierno de un pueblo que, severamente dirigido hasta entonces, sería dúctil y flexible en manos del nuevo virrey, que no conocería tumultos, sublevaciones ni resistencias.40

            Fue muy nutrida la correspondencia que mantuvo Palou con Gálvez, representativa sin duda de la confianza mutua que se profesaban. En 1768, el 28 de julio, Gálvez solicitaba oraciones al franciscano (Fondo Franciscano, Morales, I, 176); el 30 de abril le comunica desde La Paz que pronto tendrá un encuentro con él (Morales I, 178); el 10 de junio de 1769, desde Los Álamos, le enviaba una carta “en que expresa su satisfacción por el progreso de las misiones y la fundación de un colegio de marina en San Diego: está contento con el establecimiento de dos escuelas pero mantiene que no se debe permitir que los indios aprendan a escribir” (Morales, I, 179), y el 15 de septiembre de 1771, en carta confidencial, le pedía desde México “le sean enviadas las perlas que encargó por intermedio de Felipe Barry” (Morales, I, 179-180).

Los detractores

Por el contrario, los textos de los detractores referenciados más arriba y los testimonios del obispo Rodríguez de Rivas, que veremos más adelante, están clara y radicalmente en contra de la persona y de la obra de Gálvez. Señalamos a continuación algunas de las acusaciones que de modo diáfano se hacen al visitador. Leemos en Notas que explican la conducta que ha guardado con el virrey el visitador D. Joseph de Gálvez:

1ª Pasó oficio para sondar y levantar planos del río Alvarado y de los que se le introducen a fin de abrir la internación del Reino hasta las cercanía del mar del Sur y puerto de Acapulco. Opúsose un sujeto por la facilidad con que los extranjeros harían su comercio ilícito y otros más graves inconvenientes. Suspendiose la operación por tan convincente persona.

...

19ª Se ha hecho consentir en la pena máxima y de presidio a multitud de naturales sin examen de causas, contra lo que previenen todas las leyes y autores mediante a que su arribo a los pueblos de las ejecuciones estaban apaciguados los alborotos.41

            También hay que referirnos al documento Breve noticia de las principales expediciones y providencias de visita de Real hacienda que promovió D. Joseph de Gálvez, del Consejo de Indias y visitador general de tribunales de Nueva España, para mejorar la suerte de aquel Reino; escríbese con el único objeto de dar una idea de las más bastas de este singular ministro que, despreciando todas las dificultades de una larga experiencia, puso en movimiento cuanto concibió fácil su fecunda imaginación para hallar prodigiosas ventajas y tesoros inmensos bajo de los auxilios que le proporcionó sin limitación alguna el buen celo del virrey marqués de Croix.42

            El texto hace referencia a las penas de muerte impuestas por Gálvez a los naturales que apoyaban a los jesuitas expulsos, e ironiza sobre la trayectoria del visitador general en la búsqueda de minas, en el presunto aprovechamiento de tierras incultas, en la formación de nuevas poblaciones, etc.

            Tras las ejecuciones de San Luis Potosí, y antes de la continuación  de su viaje a Guanajuato, el autor del alegato se refiere a otro suceso protagonizado por el visitador general:

Como estaba  descubierta su conducta en este violento proceder, acudió al medio de una fingida piedad por el disponer un gran túmulo, oración fúnebre y todo el aparato con que se pudieren honrar los mayores héroes añadiendo este ministro otro rasgo que se duda tenga muchos ejemplares, cual fue el de subir al tablado del mismo cadalso y arengando al pueblo con todos los extremos de lágrimas, pañuelo blando y exquisitas expresiones, se retiró a su casa para ordenar espléndidos banquetes y bailes de la siguiente, a la que convidó a las principales personas de ambos sexos y a toda la oficialidad, con cuyos hechos quedó tranquilo, dispuesto para marchar a Guanajuato.43

            El 14 de mayo de 1769, de vuelta de California, aparentemente cesa la actividad del visitador, y el autor de este texto crítico escribe:

 Aunque este silencio es un claro convencimiento de que a su celo le prestaban cuerpo las sombras, no se olvidó de atribuir a la Providencia unas señales de gratitud por sus trabajos que no esperaba de los hombres si como era natural no le llamaban a cuentas, y con fecha de 10 de julio escribió al virrey desde el Real de los Alamos en Sonora lo siguiente: “5 años hacía antes de mi llegada a California que no llovía, y quiso el cielo que el día que salté en tierra viniese una lluvia de temporal… siendo prueba evidente de que el Cielo quiere premiar nuestros esfuerzos más allá de nuestras esperanzas desde que al despotismo, al desarreglo y a la injusticia han sucedido el gobierno, el buen hacer y la equidad”.44

            Tildado de “visitador de las miserias de los suyos en California y de la aridez y pobreza  de esta península”45 y apoyándose el autor en un testimonio en este sentido de Portolá, la invectiva se centra ahora en “las necesidades que padecen los soldados de Monterrey y San Diego /que/ los precisan a desertar frecuentemente, a embestir contra las fieras y las montañas”.46

            El autor del texto termina con las siguientes palabras, a las que se podría calificar de  verdaderamente lapidarias: 

Al cabo de 6 años de residencia en Nueva España, con la principalísima y única comisión de visitador de los tribunales de Justicia y Real Hacienda, regresó a España con muchos cajones de papelotes sin que hayan salido a luz otras ventajas que las que quedan explicadas, resultando de todo que en los encargos a que fue destinado nada adelantó sustancialmente: metió ruido, consternó el Reino, recorrió mucha parte de él hinchado de la autoridad vice-regia que le confirió el virrey, y enteramente olvidado de su instituto de visitador, dejó los tribunales como se estaban, sin dar otra idea de sus tareas que en nada acertó mejor que en lo que dejó de hacer, abusando en su confidencial correspondencia del favor de sus protectores que, llenos de un verdadero celo al mejor servicio al Rey y de la felicidad del Estado, se inclinaron a dar asenso a unas promesas nada menos que a envilecer por la abundancia de las remesas los estimables metales de oro y plata, y queriendo sostener este propio capricho después de su venida por simples papeletas con que alimentan su debilidad los mismos que se la conocieron y adularon en Nueva España.47

            Juan Manuel de Viniegra y Miguel de Azanza, quienes acompañaron a Gálvez a lo largo de su expedición de Sonora, enviaron un documento al virrey en el que describían la locura del visitador, informe que en su momento fue explotado por sus enemigos.48 Si Azanza en su momento se retractó de lo afirmado –fue nombrado más tarde virrey de la Nueva España–, no lo hizo Viniegra, lo que le causó el apartamiento de la vida política. El propio Viniegra, en su Relación, exponía el comportamiento de Gálvez:

Se llamaba y se tenía por el rey de Prusia, se presentaba como Carlos ii de Suecia, se decía protector de la Casa de Borbón, lugarteniente del almirante de España, consejero de Estado; se tenía por inmortal e impasible como San José, por el venerable Palafox, y                                                                               con mucha insistencia el Padre Eterno… No se ponía ropa, quedándose en cueros vivos días enteros. Estando así, se ponía en la ventana y predicaba a los indios diciendo que él era el emperador Moctezuma y que los dogmas de la religión cristiana se reducían a dos cosas: creer en Nuestra Señora de Guadalupe y en Moctezuma.49

            El documento Artificios de la Relación Anónima… ha sido también glosado por Santos Arrebola.50 En él se trata de demostrar el fracaso y los cuantiosos gastos que ocasionaron las expediciones de Gálvez a California, Sonora y Sinaloa y contrarrestar el texto mandado escribir por Gálvez con el título de Noticia breve de la expedición militar…51 Santos Arrebola aporta fragmentos del texto relativos a las falsedades en relación con el descubrimiento de nuevas minas y sus frecuentes abusos de autoridad al sofocar las sublevaciones producidas por la expulsión de los jesuitas, antesala al parecer de las represiones posteriores de los indios de Sonora y Sinaloa. Por lo demás, también se le atribuía la incautación de los bienes de la Compañía de Jesús:

Hay más que probable recelo de haberse consumido en la expedición muchos caudales de los colegios más pingües de los jesuitas, de los que siendo Gálvez y sus dependientes ocupantes, depositarios, administradores, contadores, tesoreros, testigos, partes y jueces, con grandes sueldos y con la más oscura y lóbrega confusión, sin contra con la junta de confiscado, reducida a contradicciones y protestas y a apurar el celo y el sufrimiento de los que desean aclarar y asegurar estos caudales al Rey, sólo se han remitido a S.M. en cuatro años 148.000 y más pesos en la última flota de todo el acervo de bienes y frutos de las haciendas.52

            En Papel curioso, especies ridículas…,53 glosado asimismo por Santos Arrebola, se critica la expedición a las tierras de California, Sonora y Nueva Vizcaya. En uno de sus puntos, se señala que Gálvez “expresa la ambición de poder, la cual llegó a tal extremo de querer que lo adoraran como a un dios en los delirios atravesados durante su enfermedad, y a los que no se sometieron a sus caprichos o fueron críticos a su gestión los trató con una crueldad propia de un tirano” (idem: 82). 

            Este documento, cuya consulta nos ha sido facilitada por la Biblioteca Huntington, describe pormenorizadamente diversas actuaciones de Gálvez. Aportamos aquéllas que juzgamos de mayor impacto desde la óptica del autor:

Afirma Gálvez que] “desde California me seguirán cinco o seis millones de pesos que por de pronto mandaré acuñar en mi nueva casa de moneda para invertirlos en las primeras urgencias que presentará la ciudad nombrada Carlópolis que he de fundar sobre la unión de los dos famosos ríos Colorado y Gila, sin contar con la que llevo ideada situar en el cabo de San Lucas con el nombre de Luqueya. En pocos días libraré a la provincia de Sonora de sus feroces enemigos. Nada será más fácil que demoler a fuerza de pólvora y barrenos el Cerro Prieto y los otros montes donde se arrochelan. Para mí, señores, no ha de haber imposibles, porque a todo trance la Justicia Divina convertirá en soldados los zacates del campo y seré el Atila vengador contra aquellos perros indios”.

Su loca ambición le impelió a no contentarse hasta que los hombres le adoraran como a una deidad. Esto fue el principio de tantos desastres, y ningún delito le causó empacho ni repugnancia para saciar la pasión favorita que le dominaba. Mientras vivió en Nueva España hizo la guerra a muchos hombres de bien con el tizne venenoso de su pluma y con criminales imposturas. En virtud de simples sumarias, muchas de ellas maliciosas y sin plenario juicio, quitó la vida en horcas y en otros crueles tormentos a ciento y nueve hombres. Condenó más de seiscientos a presidio y azotes. Puso en destierro a un considerable número de familias. Sembró de sal sus casas y, llenando de terror varias provincias con las cabezas y cuerpos de los sacrificados que se colgaron en picotas, quiso este hombre inhumano canonizar de justas (a su modo de pensar) tantas atrocidades  por una acción supersticiosa y llena de hipocresía que fue firmar sus negras sentencias con una pluma de la  venerable Madre María de Jesús de Ágreda que le regalaron en México.

Los cuatro jacales o chozas de palos y tierra que hizo fabricar en el cabo de San Lucas y puerto de La Paz ocupaban el primer lugar entre sus hazañas. La Audiencia de Guadalajara, engañada por nuestro loco de que en Californias se estaban trazando muchas poblaciones y fortalezas importantes, condenó a algunos delincuentes para trabajar en aquellas reales obras.

No será fuera de propósito decir también la autoridad y aparato con que hizo sus navegaciones, persuadido en que el virrey le había transferido con las facultades el grado de capitán general del ejército. Le recibía la embarcación a bordo con 21 cañonazos y 15 vivas al rey, izando a renglón seguido una bandera cuadrada con las armas de España en el tope del palo mayor, y en esta disposición navegaba sin perdonar los mismos honores al desembarcarse.

Cuando en el Real de Álamos, condenó al último suplicio de horca a 21 indios de los pueblos del río del Fuerte en vista de lo más sumarias, confusas, informales y que sólo merecían el mayor desprecio. El sargento mayor del Regimiento de la Corona de Nueva España D. Matías de Armona fue el principal comisionado para la actuación y examen, y recibiendo en sus manos este oficial una sentencia tan sangrienta, injusta y cruel, suspendió ponerla en ejecución. Y representó confidencialmente a Gálvez que sólo en el tribunal de Pilatos (son expresiones del mismo Armona en su carta) se pronunciaría semejante castigo contra unos infelices en quienes no había encontrado delito equivalente para merecerle. Que en su concepto estaban condenados a bulto los comprendidos en aquella resolución. Que no le representaba los mismo de oficio porque temía indisponerle y que, en fin, le rogaba a nombre de los miserables borrase la sentencia y volviese a ver sus simples declaraciones.

Hemos corrido la pluma mucho más de lo que  pensamos por no omitir acontecimiento sustancial. Comprendo que en unos llorarás a moco suelto y en otros reirás  a carcajada tendida, pero concluiré dejándote admirado con decir tuvo valor D. José de Gálvez de invertir y malgastar al rey y particulares en sus quijotadas veinte millones de reales. Madrid, 20 de septiembre de 1773.

            A este respecto, procede incluir la dedicatoria de una de las obras de Castro Gutiérrez: “A la memoria de los hombres y mujeres que fueron desterrados, encarcelados, mutilados, ahorcados y descuartizados por orden de José de Gálvez”.54

            Pedro de Rada, persona estimada por el obispo Rivas y sin duda de gran confianza, como se deduce de ser el destinatario de las dos cartas que le envió en referencia al polémico Gálvez, desempeñó el puesto de secretario de Cámara del virreinato de la Nueva España precisamente en los momentos en que era virrey el marqués de Croix y Gálvez ya había llegado a México. A los 18 años había sido contador de navío de la Armada y sirvió en Cartagena de Indias. A su vuelta a España sirvió en la secretaría de Indias hasta su destino en México, donde debió de tener fricciones o puntos de desacuerdo con el virrey y, naturalmente, con el visitador. De hecho, el virrey ordenó que tanto él como otros críticos de la labor de Gálvez fueran destinados a España el 24 de octubre de 1767.55

Acordes allí estos dos entre sí, pero no con ellos Rada, le mandó S.M. restituirse a su destino de oficial de la Secretaría. Hízolo con escaseces de facultades, supliendo mayor costa de su corto patrimonio, hospedándose  en los conventos de franciscanos y rehusando los auxilios liberales y graciosos que le libraban varios sujetos de México, Veracruz, etcétera.56

            Cuando falleció Julián de Arriaga y Rivera en 1776, pasó Gálvez a ocupar su puesto, y Rada, para evitar enfrentamientos con el nuevo ministro, solicitó otra plaza en el Consejo de Indias, la que sirvió hasta su muerte en 1782.57 Del Extracto seleccionamos algunos datos. En la carta dirigida a Arriaga el 26 de septiembre de 1767, escribe:

Gálvez había hecho ahorcar a 58 indios en San Luis de Potosí, y hasta entonces enviado a prisión más de 400 y expatriado otras muchas familias (f. 1r).

Obras de palacio emprendidas sin necesidad; segunda vez frustradas tentativas de travesía a California (f. 1v).

En la carta del 14 de octubre de 1767:

Gálvez hizo levantar un tablado en la plaza de Potosí y arengó al pueblo, publicó perdón general conmutando la pena ordinaria de horca en presidio a los que se presentasen voluntariamente, por lo que se recelaban varios la incorporación con los indios bárbaros más inmediatos, sentenció a presidio 17 dragones por haberse metido en la iglesia creyendo acaso poderlo hacer como intendente (f. 1v).

 

En la carta del 18 de noviembre de 1767:

Llegado el visitador a Guanajuato, sentenció 9 naturales a pena ordinaria, 5 a azotes y 235 a presidio. Hay 300 presos en la ciudad de Pátzcuaro que hizo conducir de resultas de los alborotos sobre establecimientos de milicias. Pasma  su rigor a vista de la suavidad con que se ha acostumbrado tratar a aquellos miserables como mandan las leyes, pero a poco que él siga Comisionado en Jefe, exterminará toda la nación (f. 2v).

En la carta de 27 de diciembre de 1767:

Envió varios documentos alusivos al entusiasmo y desvaríos del que a título de segundo Conquistador ponía de tan mal aspecto lo interior del país que ello mismo dictaba la necesidad de cortar el torrente de tales desaciertos: que trataba Gálvez con calor de hacer puerto en la ensenada de San Blas, donde sólo hay 12 palmos de agua y sólo porque se le aconsejó el comerciante Rivero, a quien encargó su ejecución (ff. 4r-4v).

En la carta de 1º de enero de 1768:

Sigue la conmoción de ánimos con los arbitrios impuestos para vestuario y cuarteles, 4 de los efectos de tránsito por Veracruz; en varios pueblos 4 rs. por carta de maíz, único pan de los pobres y jornaleros; facultad a todo Alcalde mayor y ordinario para desterrar a los trabajos de Veracruz y Habana con inhibición de la Sala del Crimen (f. 5r).

            Juan Manuel Gamboa es autor de otro escrito, de fecha 15 de febrero de 1769, dirigido a Bucareli, el nuevo virrey, en el que entre otros extremos denunciaba a Gálvez por no haber enviado dinero a la Corona, haber producido cuantiosas pérdidas a la Hacienda y que “la explicación que daba ante tales pérdidas se debía al incremento de los sueldos de los funcionarios afines a él y a los gastos extraordinarios, como era tener en armas cerca de tres años a las milicias”.58 Al parecer, el nuevo virrey no quedó afectado por tal informe y, a mayor abundamiento, un nuevo texto llamado Noticias de Nueva España59 equilibraba las críticas a Gálvez:

 

Niegan algunos las ventajas que otros suponen conseguidas  a beneficio de las providencias del visitador general; unos juzgan que debe ser mirado este ministro como restaurador de Imperio de Méjico (no son muchos la verdad los que siguen este particular), creen otros (y son los más) que sus empresas y proyectos han contribuido en la decadencia que sufre el Reino. Lo cierto que los unos y los otros tienen razón, y que sus opuestos pareceres se concilian muy bien con esta sola distinción, no arbitraria, sino real y efectiva.60

Y escribe Santos Arrebola:

El estudio de estos informes nos hace reflexionar sobre la gestión realizada por el visitador en las Indias y el odio que se granjeó entre los altos funcionarios de gobierno colonial, muchos de ellos ya criollos o con años de experiencia en estas tierras, los cuales quedaron marginados por los hombres de su confianza. Las críticas fueron duras e implacables y, aunque en algunos casos eran ciertas, analizando globalmente los seis años que estuvo como visitador y, sobre todo, la expedición garantizada por él a California, vemos que supuso el último avance efectuado por los españoles en tierras americanas.61

José de Gálvez y Diego Rodríguez de Rivas

A continuación tratamos de indagar las relaciones que pudieron establecerse entre el visitador y el obispo de Guadalajara. Sabemos que Gálvez permaneció un mes en Guadalajara en su viaje desde México hasta el puerto de San Blas, rumbo a California, a fin de preparar las expediciones a los puertos de San Diego y Monterrey. El 8 de septiembre de 1768 el visitador le escribía desde el real de Santa Ana y le solicitaba tener una parroquia en este lugar.62 No conocemos todavía la respuesta del obispo, aunque Palou declara en una de sus cartas63 que “en la real población de Santa Ana se ha erigido la iglesia en curato, que ya está colado por el señor obispo de Guadalajara”.64

Sobre la animadversión de Rodríguez de Rivas por Gálvez disponemos de dos cartas que dirige aquél al mencionado Pedro de Rada. La primera es del 15 de febrero de 176965 y en ella se queja de los reproches que recibe por haberse opuesto al extrañamiento de los jesuitas y su oposición a Gálvez, y le pide interceda

 

en la pretensión que tengo hecha de licencia al Rey para pasar a esa Corte e informar en puntos los más graves y conducentes al servicio de Dios, del rey y de este reino. Y en caso de haber dificultad para la licencia, que se me admita la dimisión del obispado… Hoy ya se procura convencer a la Corte con demostraciones que la hagan ver efectivas las promesas y verdaderos los informes del nuevo Descubridor de las riquezas de esta América, y como sé que las demostraciones son más poderosas que los informes que se hacen por el oído, creo no bastarán los de V.S. y el marqués de Rubí para que se dé por la Corte alguna providencia, pues en México, en donde casi todos conocen que la ficción y el engaño es la basa en que estriba este nuevo Atlante de la Corona, ha hecho que vacilen y duden los hombres más juiciosos.

            Resulta interesante la mención del marqués de Rubí, Cayetano de Pignatelli, como aliado del obispo.66 Pignatelli había sido encargado por el Rey en 1765 para que visitara los presidios de Nueva España.67 Por lo demás, la carta describe, asimismo, la actividad del visitador en relación con la adquisición de oro y perlas, al parecer a bajo precio,  y concluye afirmando que “hasta la fecha ni en la Sonora ni en California hay más que miserias, pobrezas y desconsuelos”.

            La segunda carta, fechada el 14 de mayo de 1769,68 contesta a la de Rada del 25 de diciembre anterior y menciona las cantidades de oro que Gálvez facilita “a sus protectores, a quienes dará poco cuidado el que en este Reino se pierda y se acabe el Real Erario”. Y añade:

De la California y sus riquezas ya nada más se espera mas que la total ruina de las misiones y misioneros, pero para que siga el engaño sigue gobernando… Yo estoy con todo entre los desafectos a Gálvez, y por este capítulo espero me vengan algunos pesares, pero pasaré por todo como no se me pida que en mi vejez mienta y engañe como es menester para ser agradable a Gálvez y servirle para sus ideas. Esto, y resuelto, muy resuelto a hablar con la mayor claridad…

            Otros testimonios desfavorables a la labor del visitador están en documentos custodiados en el Archivo Franciscano de la Biblioteca Nacional de México. Así, fray Rafael Verger, guardián del Colegio de San Fernando, escribía al fiscal Manuel Lanza de Casafonda el 3 de agosto de 1771 que la Nueva California no era tan rica como la describía el visitador69 y en carta de 28 de agosto del mismo año, que el dicho visitador “no paga lo debido por los productos de las misiones y no da el salario justo a los indios que trabajan en las salinas, por lo que éstos añoran a sus antiguos misioneros, los jesuitas”.70

            En todo caso, a la luz de la historiografía reciente y a pesar del testimonio de los detractores parece que el balance es positivo para el visitador. En la que es posiblemente su última semblanza publicada encontramos las siguientes afirmaciones:

En su conjunto, la actividad visitadora de Gálvez fue un éxito… El tiempo de Gálvez en Nueva España había tocado a su fin en medio de todo tipo de intrigas y críticas a su labor… Lo heterodoxo de algunas de sus actuaciones y la resistencia de las elites criollas a determinadas iniciativas hicieron que durante su mandato afloraran críticas a su obra y que ésta, al menos parcialmente, fuera anulada por sus sucesores en la Secretaría de Indias.71

El 23 de octubre de 1787, el virrey Manuel Antonio Flórez emitía un bando incorporando una real orden dada en Aranjuez el 23 de junio comunicando el fallecimiento de José de Gálvez.

Referencias

1. Fuentes manuscritas

Archivo General de Indias (Sevilla), Estado, 34, nº 35. Informaciones que rinde Gálvez al virrey Bucareli sobre sus actividades en Nueva España. 1771.

Artificios de la Relación Anónima sobre la Militar Expedición de Sonora y Criaderos inagotables de granos de oro (Hungtinton Library, Gálvez Collection, Box 8, GA 448, cit. por Santos Arrebola, 1999, p. 78).

Breve noticia de las principales expediciones y providencias de visita de Real Hacienda que promovió D. José de Gálvez….  de agosto de 1773 (AGI, Estado, 34, nº 36).

Gálvez, José de (1990). Informe sobre las rebeliones populares de 1767, y otros documentos inéditos. Edición, prólogo, índice y notas de Felipe Castro Gutiérrez. México, UNAM.

Gamboa, Francisco Javier. Informe concerniente al carácter de los que mandan y componen el gobierno civil de la Nueva España y las expediciones de mar y tierra en la California y Sonora, La Habana, 15 de febrero de 1769 (Hungtinton Library, Braman Collection, HM, 4043, cit. por Santos Arrebola, 1999, p. 83).

Notas que explican la conducta que ha guardado con el virrey el Visitador D. Joseph de Gálvez. Papel curioso, especies ridículas y ráfagas notorias que produjo el figurón tunante del visitador general de Nueva España D. José de Gálvez mientras corrió soñando por los áridos desiertos de Californias y por las provincias de Sonora y Nueva Vizcaya (Hungtinton Library, Braman Collection, HM 4060, cit. por Santos Arrebola, 1999, p. 82).

Rada, Pedro de. Extracto de los principales puntos de la correspondencia particular de Rada con el Baylio Arriaga desde Nueva España. Resumen de 6 cartas comprendidas entre el 26 de septiembre de 1767 y el 1º de enero de 1768. AGI. Estado.

Viniegra, Juan Manuel de. Relación de la expedición de Gálvez a California, Sonora y Nueva Vizcaya por su secretario D. Juan Manuel de Viniegra (Biblioteca Nacional, Madrid, ms. 4494, cit. por Santos Arrebola, 1990, p. 77).

 

 

2. Fuentes impresas

 

Palou, Francisco. Cartas desde la península de California (1768-1773). Transcripción y edición de José Luis Soto Pérez. México, Porrúa, 1994.

 

 

3. Bibliografía

 

Castro Gutiérrez, Felipe (1996), Nueva ley y nuevo rey. Reformas borbónicas y rebelión popular en Nueva España. Zamora, El Colegio de Michoacán / UNAM.

Claret, Pompeyo (1968). José de Gálvez, marqués de la Sonora, visitador general de la Nueva España y fundador de California. Ministro de Indias con Carlos III. Barcelona.

Maqueda Abreu, Consuelo y Cano Valero, José (2010), “La historiografía sobre José de Gálvez”. En El Derecho de las Indias Occidentales y su pervivencia en los derechos patrios de América. Madrid, t. II, 993-1031.

Morales, Francisco (con la colaboración de Dorothy Tanck de Estrada), Inventario del Fondo Franciscano del Museo de Antropología e Historia de México. vol. I, 1978; vol. 2, 2008.

Navarro García, Luis (1964), Don José de Gálvez y la Comandancia General de las Provincias Internas de Nueva España. Sevilla, C.S.I.C.

Priestley, Herbert Ingram (1980), José de Gálvez, Visitor General of New Spain (1765-1771). Filadelfia, Porcupine Press.

Rodríguez-Sala, Mª Luisa, et al. (2003), Los gobernadores de las Californias (1767-1804). Contribuciones a la expansión territorial y del conocimiento. Guadalajara, El Colegio de Jalisco.

Santos Arrebola, Mª Soledad (1999), La proyección de un ministro en Málaga: José de Gálvez. Málaga, Universidad de Málaga /Cajasur.

Torre Revelló, José (1947), “Ensayo de una biografía del bibliotecario y periodista Don Manuel del Socorro Rodríguez”. Thesaurus, III, 1, 2 y 3.



1 Académicos y profesores de la Morse High School de San Diego, California la una, y de la Universidad Complutense de Madrid el otro.

2 Archivo General de Indias (en lo sucesivo AGI), Estado, 34, nº 35.

3 Ídem, ff. 163v-164r.

4 Ídem, 181v.

5 Palou, Cartas, 69-85.

6 Navarro García, 1967: 324-327.

7 Morales, I, 375.

8 Ídem, 377.

9 AGI, ídem, ff. 181r-v.

10 Rodríguez-Sala, 2003, 41-44.

11 Citado en Ídem, p. 43.

12 Navarro García, 1964 : 169.

13 Castro Gutiérrez, 1990: 14.

14 Op. cit. 1967: 271-296.

15 1990: 78-79.

16 Cartas,1768-1773.

17 1968.

18 Torres Revelló, 1947.

19 1980.

20 Maqueda y Cano, 2010: 1030.

21 Lilly Library, Mendel Collection, México, cit. por Santos Arrebola, 78.

22 1990.

23 AGI, Estado, 40, nº 71.

24 AGI, Estado, 34, nº 36.

25 Biblioteca Nacional, Madrid, ms. 4494, cit. por Santos Arrebola, 1990, p. 77.

26 Hungtinton Library, Gálvez Collection, box 8, GA 448. Cit. por Santos Arrebola, 1999, p. 78.

27 Hungtinton Library, Braman Collection, HM 4060. Cit. por Santos Arrebola, 1999, p. 82.

28 Huntington Library, Braman Collection, HM, 4043. Cit. por Santos Arrebola, 1999, p. 83.

29 AGI, Estado, 20, nº 99.

30 p. 11.

31 p. 36.

32 p. 44.

33 p. 187.

34 Cit. por Navarro García, 1998: 118.

35 1968.

36 p.113.

37 p. 119.

38 p. 171.

39 p. 163.

40 pp. 380-381.

41 AGI, Estado, 40, n. 71., ff. 1-12.

42 AGI, Estado, 34, n. 36.

43 ff. 3v-4r.

44 f. 8r.

45 f. 11r.

46 f. 11v.

47 ff. 36v-37r.

48 HM 4055, cit. por Santos Arrebola, 77.

49 Cit. por Santos Arrebola, 1999: 77.

50 1999.

51  (op. cit.)

52 cit. por Santos Arrebola, 1999 : 81.

53 op cit.

54 1996, p. 7.

55 Navarro García, 1967: 327-331.

56 AGI, Estado 86ª, nº 1, f. 1v.

57 Ídem, ff. 1v-2r.

58 Santos Arrebola, 1999 : 83.

59 HM 4056; cit. por Santos Arrebola, 84.

60 cit. por Santos arrebola: 84.

61 Ídem: 84.

62 AGI, Chapman, 187.

63 Loreto, 19 de mayo de 1769.

64 (p. 35).

65 AGI, Estado, 43, nº 5. Anexos.

66 Valga señalar que el marqués era sobrino de san José Pignatelli, jesuita, a quien se debería en gran medida la  restauración de la Compañía de Jesús (nota de la editora).

67 Navarro García, 1964: 141-143.

68 AGI, Estado, 43, 5, anexo.

69 Morales, II, 156.

70 Morales, II, 157.

71 Barrios, 2012 : 262-263.



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