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Estudio sobre la evolución religiosa de Amado Nervo (2ª parte)


María de los Ángeles Ramos Arce[1]

 

Se rescata un trabajo que arroja luces en torno a la vida y a la obra de un preclaro jalisciense (nació en Tepic cuando el territorio de Nayarit formaba parte del Estado de Jalisco y de la arquidiócesis de Guadalajara), que contempló en su tiempo la posibilidad de aspirar al estado eclesiástico, pero al que las vueltas de la vida llevaron por las más diversas sendas, sin olvidar totalmente las raíces. Lo más notable de esta investigación es su temporalidad, pues se compuso apenas 25 años después de la muerte del poeta

 

           

5. El poeta se tranquiliza

Cuando Amado Nervo regresó a México (1903), ya había adquirido doble fama: por sus versos y por su estancia en Europa. Se le recibe bien, es el convidado de honor de todos los salones de la aristocracia, el que preside los diversos actos de cultura, el conferenciante singular, literato y astrónomo. Don Justo Sierra le confía el cargo de inspector de la enseñanza de la Literatura en el ministerio de Instrucción Pública; además, en la Escuela Nacional Preparatoria es catedrático ilustre de esta asignatura.

            La vida social -aunque sea Nervo el afortunado conversador preferido de las damas y el que sabe decir mejor sus propios versos- no es lo que le interesa al poeta; apenas puede escapar de las reuniones mundanas, se retira a su casita, donde le espera Ana. A ésta nadie la conoce en México. Viajan juntos por algunos lugares de la República, no lejanos a la capital.

            Nervo posee fama, amor, salud, pero en lo íntimo de su alma, sufre; la duda terrible que se abatió sobre él no deja pasar un solo rayo de luz a su espíritu. Ya no es la sombría obsesión de hace diez años. El tiempo, los viajes, Ana, lo han calmado, no obstante ello, confiesa:

 

“En mi alma todo es sombra, y en ella / jamás, jamás titilan los oros de una estrella; / mi alma es como la higuera por el Señor maldita, / que no presta ni fruto, ni sombra, que no agita / sus abanicos de hojas…” [2]

 

            Nervo se ha apartado de la religión católica en la cual nació y en la que vivió su primera juventud. No sólo ha dejado de practicarla: vive en unión libre, lo cual le aleja más; Nervo no ignora lo irregular de su situación; empero siente duda y desprecio por las normas de la moral católica que le parecen inflexibles y lo mantienen a distancia. No obstante, quiere llegar a Dios, tiene necesidad de poseerlo. Jesucristo lo atrae cada día más vivamente y no quiere dejar de amar al mismo que dijo “Si me amáis, observad mis mandamientos…” “El que guarda mis mandamientos ese es el que me ama”.[3] Nervo no cede, quiere guiarse con sus propias luces, ir por un sendero desconocido; observar, en una palabra, una religión propia aunque fundada en la cristiana, pero sin reproducir al modelo; quiere él modelar a Cristo según sus normas propias. Será menester que el dolor descorra este velo y lo coloque ante otra perspectiva. De momento no. Cierto es que procura a Dios. Para llegar a él se hunde en el silencio, busca la soledad interior favorable al recogimiento hacia el cual propende su espíritu, pero le falta el estado de gracia que le una al “dulce Huésped del alma”.[4] Todo en el mundo le habla del Infinito, necesita recogerse dentro de sí mismo para escuchar su voz: “En el alma del Agua me ha hablado en la sombra -el alma santa del Agua-…”[5], el poeta la interroga:

 

- “¡Por qué si Dios existe no deja ver sus huellas /, por qué taimadamente se esconde a nuestro anhelo, / por qué no se halla escrito su nombre con estrellas / en medio del esmalte magnífico del cielo?

- Poeta, es que le buscas con la ensoberbecida / ciencia, que exige pruebas y cifras al abismo… / Asómate a las fuentes oscuras de tu vida, / allí verás su rostro: tu Dios está en tí mismo. / Busca el silencio y ora: tu Dios execra el grito; / busca la sombra y oye: tu Dios habla en lo arcano; / depón tu gran penacho de orgullo y de delito…/

-Ya está.

-Qué ves ahora?

-La faz del infinito”.[6]

 

Nervo no puede permanecer en México por mucho tiempo, ama a su patria, pero anhela el medio ambiente de Europa. Para poder lograr sus fines sustenta, en 1905, un examen, ingresa en la diplomacia y parte para España, como segundo secretario de la Legislación de México en Madrid, donde permanecerá doce años.

Su vida de ese tiempo en adelante consistirá en despachar los asuntos diplomáticos de la Cancillería, en algunas escapadas a París, en cortos viajes de negocios a Suiza y a Portugal; pero sobre todo gústale su piso de la calle Bailén, en donde vive al lado de Ana y de la hija de ésta, a quien Nervo aceptó con el amor que sentía por la madre:

 

Gustábale vivir retraído en una habitación abierta a las cumbres lejanas y al cielo de Madrid, entre libros y papeles, con un telescopio que le servía de Pegaso para escaparse del mundo y recorrer las constelaciones amigas.[7]

 

Tenía delante el Madrid más hermoso, el que, sin tropezar en edificaciones mezquinas, apoyándose en la mole del Palacio Real, se asoma a las riberas del río Manzanares sobre las que ascienden los macizos de la casa de campo, los encinares del Pardo y las tierras que se remontan hasta los nevados picos del Guadarrama. El poeta, sensible a tal hermosura, prefería, sin embargo, leer en las estrellas. Por un balcón frontero a la Sierra, asestaba el anteojo al cielo y paseaba su imaginación de astro en astro. Pero ya él nos reveló su secreto: “Te engañas; más lejos fui / que la estrella más lejana”. [8] En este contexto escribe Los jardines interiores un libro murmurado “En voz baja”, reza el subtítulo.

 



[1] Religiosa mexicana, doctora en letras españolas por la Universidad Nacional Autónoma de México, defendió este trabajo de tesis de doctorado el 2 de junio de 1945. En 1951 obtuvo su cédula profesional por la misma universidad. El aparato crítico ha sido completado revisado por la redacción de este Boletín.

[2] Cf. “Increpación” (Los jardines interiores), en Poesías completas,  México (1957), Editora Latino Americana, p. 333.

[3] Jn, 14, 15.21

[4]Veni, Sancte Spiritus, secuencia  domingo de Pentecostés.

[5] Cf. “La hermana Agua”, en Antología del modernismo, 1884-1921, José Emilio Pacheco (editor), México (1999), UNAM – Ediciones Era, p. 171.

[6] Cf. “El vapor”, en Alberto Valenzuela Rodarte, Los siete mayores poetas del México moderno, México (1960), Editorial F. Trillas, p. 217.

[7] Cf. Enrique Díaz Canedo,  Letras de América: estudio sobre las literaturas continentales, México (1983), Fondo de Cultura Económica, p. 107)

[8] Óp. cit. p. 108.

 

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