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La editorial Jus y el apogeo de “la otra historia” (2ª entrega)

 

Rodrigo Ruiz Velasco Barba

 

En el marco de los estrechos límites impuestos a la Iglesia en México por el artículo 130 constitucional, una veta pudo mantenerse gracias al reconocimiento de la libertad de imprenta. De tal derecho se sirvió la editorial Jus para sostener vivo un proyecto editorial que sin ser religioso o abiertamente confesional, se involucró en la preservación de la cultura católica sofocada por el enrarecido totalitarismo impuesto por la Revolución Mexicana especialmente a partir del Maximato, como se explica en la siguiente colaboración

5.      Predilección por la historia

 

Desde su época juvenil, Salvador Abascal siempre demostró pasión por la historia, y por ende a nadie puede extrañar que al llegar al timón de la editorial privilegiase la publicación de obras de este género, y siempre obedeciendo a su plan general de defensa del catolicismo y ataque a los mitos que enarbolaba el Estado revolucionario.

            Esta especialización en el rubro histórico fue en muchas ocasiones plenamente satisfactoria en lo económico, dado que algunas de las publicaciones de Jus se volvieron auténticos textos clásicos en los colegios y constituyeron perdurables “éxitos de taquilla”. En este sentido, libros como el Compendio de Historia de México, de José Bravo Ugarte, la Historia de la Literatura Universal, del P. De la Peña, o la Historia de México, del P. Márquez Montiel fueron algunos de los éxitos editoriales de la empresa.

            Cuando me refiero a los colegios es desde luego a los privados, donde se daba a la enseñanza un cariz distinto y a menudo contrapuesto al de los centros educativos gubernamentales de los nacional-revolucionarios. Como ha dicho la historiadora Valentina Torres Septién, “los límites impuestos [por los gobiernos revolucionarios] a la acción educativa de la Iglesia promovieron una escuela que, aunque inscrita dentro del proyecto oficial educativo laico, luchó por conservar los objetivos religiosos que le dieron origen”.

            En este medio, el de la enseñanza privada, también circularon ampliamente por las aulas obras como la ya citada Historia de México, en tres tomos, del jesuita José Bravo Ugarte, Inquisición sobre la Inquisición, de Alfonso Junco, o varios de los libros del historiador Carlos Alvear Acevedo. La difusión de esta historiografía suscitó la hostilidad de quienes no estaban dispuestos a tolerar un revisionismo histórico desmitificante, aunque fuera uno afable como el de Bravo Ugarte. Así por ejemplo, el periodista Carlos Denegri, en el diario Excélsior, se quejó airadamente ante Jaime Torres Bodet, entonces secretario de Educación Pública: “¿No es una vergüenza que sea libro de texto en muchas escuelas el Compendio de Historia de México, de José Bravo Ugarte, en el que se denigra e insulta a muchos de los valores de este país?”. José Alvarado Santos, siendo rector de la Universidad Autónoma de Nuevo León, la emprendió contra Carlos Alvear Acevedo, a quien acusó de haber “llenado sus libros de mentiras en un afán de denigrar a los hombres mejores de nuestra Historia”.

Salvador Abascal creía que la Revolución mexicana había sido para la nación una catástrofe de carácter regresivo, que la retrotraía al estado anterior a la conquista, cuando se adoraban ídolos. De ahí que la empresa de Jus se asemejara en su mente a una faena de defensa y reconquista cultural cristiana. Era una tarea apologética, porque equivalía a una denodada defensa del papel histórico de los prohombres de la civilización católica; una expedición de reconquista, porque la historia se concebía como ariete con el cual derribar a los nuevos dioses que la Revolución enaltecía para que recibieran la veneración de las masas. Así pues, una considerable porción de las obras históricas impresas durante esos años en JUS contienen críticas a Benito Juárez, Plutarco Elías Calles o Lázaro Cárdenas, entre otros santones de la historia oficial.

Puede afirmarse que la obra historiográfica impresa en Jus tenía como grandes temas recurrentes, en resumen, la defensa de la Iglesia y su legado fecundo en la historia de México, la reivindicación de los caudillos conservadores del siglo xix y de la Cristíada; en relación con la historiografía oficial u oficiosa, hay una mirada heterodoxa sobre las figuras liberales del siglo xix y también sobre los artífices de la Revolución mexicana, el hispanismo y el aprecio por la obra española en América además de un marcado discurso nacionalista, al grado de que —junto con el resto de la llamada historiografía conservadora— fue calificado por Luis González y González como probablemente el nacionalismo “más vigoroso e intenso” en el panorama intelectual del país.

 

6.      Dos colecciones

 

Dentro del inagotable flujo de obras históricas que salieron de los talleres de la editorial Jus a los estantes de las librerías merecen una especial mención las incluidas en dos colecciones: Figuras y episodios de la historia de México y México heroico.

Persuadido Abascal de que la materia histórica “es una de las que despiertan mayor interés en México”, lanzó la primera de ellas a principios de los cincuenta. La colección fue concebida como una “revista de divulgación de las grandes verdades de nuestra historia”, una serie de monografías impresas en papel frágil y barato. El editor explicó que esta circunstancia obedecía “en parte a que (…) para penetrar mejor en el pueblo y vender más fácilmente, nuestras ediciones todas son en papeles corrientes (novelas y revolución), y naturalmente los precios son bajos, y no luce el esfuerzo”.

El alma de Figuras y episodios fue, por el número de sus trabajos incluidos en la colección, el historiador Alfonso Trueba, antiguo correligionario de Abascal en el movimiento sinarquista, donde ya había escrito artículos sobre temas históricos en el periódico oficial de la UNS, El Sinarquista. Como México heroico, Figuras y episodios de la historia de México englobó más de cien títulos y por sí misma constituye una cabal muestra de la dimensión que adquirió la empresa cultural de Jus, como se puede apreciar a continuación en el catálogo:

 

COLECCIÓN

FIGURAS Y EPISODIOS

DE LA HISTORIA

DE MÉXICO

Título

 

Autor

Título

Autor

Legítima gloria

Alfonso Trueba

Presidente sin mancha

Alfonso Trueba

Santa Anna

Alfonso Trueba

La guerra de tres años

Alfonso Trueba

Huichilobos

Alfonso Trueba

Hernán Cortés, libertador del indio

Alfonso Trueba

Zumárraga

Alfonso Trueba

Dos virreyes

Alfonso Trueba

D. Agustín de Iturbide, un destino trágico

Alfonso Trueba

Aventurero sin ventura

Alfonso Trueba

La batalla de León por el municipio libre

Alfonso Trueba

La expulsión de los jesuitas, o el principio de la Revolución

Alfonso Trueba

Ensanchadores de México

Alfonso Trueba

La conquista de Filipinas

Alfonso Trueba

Don Vasco

Alfonso Trueba

Felipe de Jesús, el santo criollo

Eduardo Enrique Ríos

Doce antorchas

Alfonso Trueba

Fray Pedro de Gante

Alfonso Trueba

Retablo franciscano

Alfonso Trueba

Nuño de Guzmán

Manuel Carrero Stampa

Cabalgata heroica, misioneros jesuitas en el noroeste I

Alfonso Trueba

Cabalgata heroica, misioneros jesuitas en el noroeste II

Alfonso Trueba

El padre Kino, misionero itinerante y ecuestre

Alfonso Trueba

Dos libertadores: Fray Julián Garcés y Fray Domingo de Betanzos

Alfonso Trueba

Hazaña fabulosa: la odisea de Alvar Núñez Cabeza de Vaca

Alfonso Trueba

Expediciones a la Florida

Alfonso Trueba

Las 7 ciudades, expedición de Francisco Vázquez de Coronado

Alfonso Trueba

La Iglesia mexicana en el Segundo Imperio

J. Jesús García Gutiérrez

Nuevo México

Alfonso Trueba

Acción anticatólica en México

J. Jesús García Gutiérrez

Inquisición sobre la Inquisición

Alfonso Junco

Alamán, primer economista de México

Alfonso López Aparicio

El himno nacional

Manuel Pacheco Moreno

España en los destinos de México,

José Elguero

Benito Juárez, estadista mexicano

Ezequiel A. Chávez

California, tierra perdida

Alfonso Trueba

La traición de Querétaro

Alfonso Junco

Hidalgo

Ezequiel A. Chávez

Morelos

Ezequiel A. Chávez

Agustín de Iturbide, libertador de México

Ezequiel A. Chávez

La guerra del 47

Carlos Alvear Acevedo

La segunda intervención americana

Ángel Lascuráin y Osio

De Cabarrús a Carranza. La legislación anticatólica en México

Félix Navarrete

Miramón, caballero del infortunio

Luis Islas García

El indio Gabriel

Severo García

La masonería en la historia y en las leyes de México

Félix Navarrete

California, tierra perdida II

Alfonso Trueba

Galeana

Carlos Alvear Acevedo

El milagro de las rosas

Alfonso Junco

La Constitución de 1857, una ley que nunca rigió

G. Gómez Arana

Poinsett, historia de una gran intriga

José Fuentes Mares

Apuntes sobre la colonia I. Problemas sociales y políticos

Ezequiel A. Chávez

Apuntes sobre la colonia II. La reeducación de indios y españoles

Ezequiel A. Chávez

Apuntes sobre la colonia III. Repercusiones sobre los tiempos posteriores

Ezequiel A. Chávez

La piqueta de la Reforma

Francisco Santiago Cruz

Las antiguas misiones de los Tarahumara I

Peter Masten Dunne

Las antiguas misiones de los Tarahumara II

Peter Masten Dunne

La evangelización de los indios

Ezequiel A. Chávez

Cabezas de puente yanqui en Chapultepec

Luis Castañeda Guzmán

José Vasconcelos

William Howard Pugh

Robinson y su aventura en México

Eduardo Enrique Ríos

Un clérigo anticlerical: el doctor Mora

Mario Mena

La educación en México en la época porfiriana

Ezequiel A. Chávez

El P. Bartolomé de Olmedo, capellán del ejército de Cortés

José Castro Seoane

Luis Navarro Origel, el primer cristero

Martín Chowell

El increíble Fray Servando

Alfonso Junco

Los hospitales de México y la caridad de don Benito

Francisco Santiago Cruz

Melchor Ocampo

Mario Mena

Doña Eulalia, el mestizo y otros temas

Alfonso Trueba

Fray Sebastián de Aparicio

Conrado Espinosa

Luis G. Osollo

Rosaura Hernández Rodríguez

Tata Vasco, un gran reformador del siglo XVI

Paul L. Callens

Santa Anna, aurora y ocaso de un comediante

José Fuentes Mares

Fray Margil de Jesús, apóstol de América

Eduardo Enrique Ríos

Zapata

Mario Mena

México y los refugiados

Alfonso Junco

Las artes y los gremios en la Nueva España

Francisco Santiago Cruz

Fray Junípero Serra, civilizador de California

Pablo Herrera Carrillo

Calles, un destino melancólico

Fernando Medina Ruiz

El conflicto religioso de 1926, tomo I

Aquiles Moctezuma

El conflicto religioso de 1926, tomo II

Aquiles Moctezuma

La verdadera Revolución mexicana, primera etapa (1901-1913)

Alfonso Taracena

El porqué del Partido Católico Nacional

Francisco Banegas Galván

La verdadera Revolución mexicana, segunda etapa (1913-1916)

Alfonso Taracena

La verdadera Revolución mexicana, tercera etapa (1914-1915)

Alfonso Taracena

La verdadera Revolución mexicana, cuarta etapa (1915-1916)

Alfonso Taracena

Francisco Villa, cuando el rencor estalla

Fernando Medina Ruiz

Porfirio Díaz

Ángel Taracena

La verdadera Revolución mexicana, sexta etapa (1918-1920)

Alfonso Taracena

Lázaro Cárdenas, el hombre y el mito

Carlos Alvear Acevedo

Misioneros de México

Alberto María Carreño

La diplomacia extraordinaria entre México y Estados Unidos (1789-1947) I

Alberto María Carreño

La diplomacia extraordinaria entre México y Estados Unidos (1789-1947) II

Alberto María Carreño

 

 

 

Por el número y la importancia de los historiadores que publicaron sus trabajos en la editorial, puede afirmarse que Jus fue, por excelencia, la casamata de lo que el historiador Jaime del Arenal Fenochio denomina “la historiografía conservadora mexicana del siglo xx”. Esto se sigue de la propia clasificación establecida por Del Arenal, donde se puede observar que la mayoría de los cuarenta autores considerados vieron cuando menos alguna de sus obras impresas en los talleres administrados por Abascal. La relación incluye los trabajos de clérigos como Francisco Banegas Galván (1867-1932), Rafael Martínez del Campo (1888-1965), Joseph Schlarman (1879-1951), Lauro López Beltrán (1904-2001), José Gutiérrez Casillas, Jesús García Gutiérrez (1875-1958), Joaquín Márquez Montiel y José Bravo Ugarte (1898-1968). Entre los laicos están Alejandro Villaseñor y Villaseñor (1864-1912), Alberto María Carreño (1875-1962), Andrés Barquín y Ruiz, Armando de Maria y Campos (1897-1967), Antonio Rius Facius, José Fuentes Mares (1919-1986), Celerino Salmerón (1920-2013), Carlos Alvear Acevedo, Victoriano Salado Álvarez (1867-1931), Ezequiel Chávez (1868-1946), José Vasconcelos (1882-1959), Alfonso Taracena (1897-1995)  y el mencionado Alfonso Trueba.

 

7.      Censura y turbulencias

 

En su correspondencia con los dueños, Abascal fue meridianamente claro a la hora de asentar los criterios de la línea editorial de Jus. Como punto de arranque, declaró que no se publicarían obras “contrarias a la Moral o al Dogma, o de baja calidad”. Esto fue refrendado en una carta del gerente a Manuel Gómez Morín en 1956: “Jus tiene una limitación que no se ha impuesto ningún otro editor fuera de Buena Prensa: la conciencia, que nos impide imprimir libros que contengan ataques al Dogma o a la Moral, o a la Iglesia”.

De este criterio se desprendió la inevitable función que el editor tuvo que cumplir como censor. Según Jaime del Arenal, “Abascal leía todo lo publicado en Jus, pues se concebía asimismo como un censor, un Torquemada, y no podía permitirse la inconsciencia de publicar una idea, frase o línea que no fuera acorde con la ortodoxia católica”. Y en efecto, el editor dio muestras de muchos escrúpulos en el examen al que sometió las miles de obras que pasaron por sus manos. En ese afán inclusive anteponía lo ideológico al beneficio económico, como cuando rechazó la publicación de la novela Así habla el destino, de la señora Vasconcelos de Berges, por no admitir la permisiva actitud suicida de alguna de los personajes.

En ocasiones introdujo notas a pie de página para discrepar con alguna línea que considerara históricamente errada, como sucedió con Santa Anna, aurora y ocaso de un comediante, de José Fuentes Mares. Otro caso sorprendente fue haber perdido la oportunidad de editar La flama, porque su amigo José Vasconcelos se negó a alterar algún pasaje inadmisible para el editor:

 

No pude conseguir que Vasconcelos me diera La Flama a pesar de que yo fui el primero en revisar sus originales, porque me atreví a sugerirle que modificara su juicio sobre el suicidio, con motivo de la vasconcelista que se suicidó en Notre Dame y a la que presentaba […] como una heroína, no a pesar del suicidio sino precisamente por éste.

 

            Sea por cuestiones morales o de controversia histórica, la censura fue una práctica recurrente e inalterable durante la gerencia de Abascal: una política que desde su perspectiva equivalía a la determinación de mantener incólume el material que desde sus talleres partía para su circulación. Puede asegurarse que Gómez Morín la mayoría de las veces toleró, si no respaldó a su gerente, mas esto no significa que la relación entre los dueños y el administrador haya estado completamente exenta de turbulencias, pues en ocasiones se produjeron desavenencias.

            Aunque desde antes de la llegada de Abascal a la empresa ya se había podido ver en los proyectos editoriales de Jus cierta intención polémica de confrontación con la historia oficial, es verosímil que la ulterior acción radicalmente militante de Abascal inquietara un tanto los ánimos de los fundadores —más moderados— a la manera de un contrapeso. En este sentido, no dejaron de suscitarse algunos episodios en los que Manuel Gómez Morín manifestó su desacuerdo con la línea extremista de su editor. Quizá tuvieron la primera discusión cuando el propietario condenó la publicación de Derrota mundial de Salvador Borrego, por considerarla una obra antisemita. En 1960 don Manuel criticó la publicación de Calles, un destino melancólico, de Fernando Medina Ruiz, por hallarla desequilibrada en sus juicios y, en definitiva, injusta con el dictador sonorense. Así lo señalaba en carta a su editor:

 

me parece que ya es tiempo de que en México se inicie el esfuerzo para hacer juicios equilibrados que pueden ser absolutamente desfavorables, pero que deben siempre fundarse en la consideración completa de los hechos. Es decir, creo que el historiador, el biógrafo, el escritor tienen la más plena libertad de opinión y de juicio; pero no la tienen para desfigurar los hechos en el sentido de mentir sobre ellos o en el de omitir datos de realidad. Y el libro, obviamente, no considera muchos datos que no cambian el juicio apasionadamente adverso contra la conducta indebida del personaje; pero deben complementar ese juicio con el favorable que corresponda a hechos plausibles del biografiado. Tampoco se pueden acoger sin pruebas y repetir sin reservas versiones que fueron fruto polémico de días de lucha y no está probado que correspondan a hechos ciertos. Y si esto ocurre en relación con hechos y personajes casi contemporáneos, ¿qué pasará con nuestra Historia?

 

            La necesidad de una historia equilibrada, objetiva, volvió a esgrimirse a raíz de la publicación de Lázaro Cárdenas, el mito y el hombre, del historiador Carlos Alvear Acevedo. La publicación ocasionó a los señores del Consejo de Administración temores sobre posibles represalias de los cardenistas, actitud que Abascal juzgó medrosa. No obstante, en 1961 logró llevar avante la publicación de dicha obra, y el combativo editor pensó en adjuntar un prólogo de su autoría donde se puede leer lo que entendía por una de las principales funciones de la historia:

 

A nosotros no nos queda más que un tribunal para hacer comparecer a los tiranos de México: el tribunal de la Historia. Y a él hay que llevarlos aunque nos expongamos a una represalia […] Este libro puede tener errores y lagunas, pero no por mala fe ni por cobardía. Y es natural que disguste al sucesor de Calles en el maximato. Pero lo que nos preocupa es que cumpla con su papel de juez, que tal es una de las misiones de la historia: juzgar y condenar las tiranías para que cuando menos no gocen de completa impunidad y para que todos los gobernantes piensen que indefectiblemente serán juzgados con severidad por el pueblo y por la historia, y que este es el juicio que a la postre prevalece.

 

            Manuel Gómez Morín desestimó la inclusión del prólogo argumentando que  le parecía “indebida”:

 

Habla de “represalias” posibles, sin derecho para hacerlo y sin utilidad. Se sale del campo del Editor para tomar partido. Contra lo que dice, con la nota da al libro un carácter de “ataque político” notoriamente impuesto para el autor que dice querer hacer una historia y un juicio objetivos. Es innecesaria. Ruéguele de mi parte que no la publique.

 

En realidad, los desacuerdos ponían de relieve dos perspectivas antagónicas sobre lo que debía ser la historia. Para Abascal era el ariete con que se debía embestir contra la ideología dominante; ora en su calidad de maestra de la vida, ora a la manera de un tribunal riguroso que somete a proceso penal las fechorías de los revolucionarios. Esta concepción sobre la misión de la historia estaba reñida con la del dueño. Aun aceptándose la pretensión antioficialista de Gómez Morín, palpable en el origen de Jus, parece que con el correr de los años fue adoptando una posición todavía más moderada, llegando a concebir el oficio del historiador en términos próximos a los que, cuando menos teóricamente, propugna la actual historiografía académica. En algunas oportunidades el propietario presentó oposición a su combativo gerente, porque consideraba que en varios de los trabajos que imprimía se iba demasiado lejos, que las críticas que se hacían a los revolucionarios carecían de la mención de sus aspectos positivos o porque no era partidario de condenar por medio de la historia. En contraparte, seguramente que para el administrador esta actitud de don Manuel no era sino un escamoteo.

No obstante, no debe sobreestimarse la importancia de estos desacuerdos. A pesar de que existían, el binomio Gómez Morín y Abascal siguió siendo viable para Jus. La ruptura que puso fin a la gerencia de don Salvador tuvo lugar a resultas del giro que el PAN pareció dar a sus derroteros para adoptar una posición “de avanzada” con la simpatía por el movimiento del sesenta y ocho y la campaña de Efraín González Morfín como candidato a la presidencia, para las elecciones de 1970. El disgusto de Abascal fue tan grande que a continuación se negó a imprimir la propaganda electoral del PAN, y entre ella un folleto de un panista de peso como Adolfo Christlieb Ibarrola, lo que le valió influyentes enemistades. Además de lo anterior, desde 1967 Abascal había creado La hoja de combate, pequeño mensuario cuyo objetivo fue, en palabras de su primer director, Antonio Rius Facius, “combatir el progresismo religioso”.  Desde el PAN se vio con malestar la campaña que desde entonces Abascal libró contra Segio Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca, Iván Illich y Ramón de Ertze Garamendi, hasta que Gómez Morín prácticamente le pidió, “con mucha pena”, que se callase. Pero no estuvo dispuesto Abascal a modificar su conducta. En enero de 1972 dejó la editorial en manos de un panista, Armando Ávila Sotomayor, a quien él mismo había propuesto para ocupar la gerencia. Así concluyeron para Abascal poco más de veintitrés años al frente de Jus. Don Manuel Gómez Morín falleció en abril de ese mismo año, y en lo sucesivo iría cambiando la línea editorial de la casa.

 

Consideraciones finales

 

La misión de la editorial Jus estuvo vinculada con los objetivos de Acción Nacional y consistía en minar la hegemonía ideológica que el Estado revolucionario deseaba cristalizar. Inteligentemente, Manuel Gómez Morín atrajo a Salvador Abascal hacia la empresa. Una vez en la gerencia, el otrora caudillo sinarquista imprimió a la editorial su conocido radicalismo católico y contrarrevolucionario.

Abascal saneó la economía de la editorial y fue el arquitecto de una fabulosa maquinaria de producción cultural. En su plan de ediciones dio prioridad a la historia, y debido a su vigorosa actividad fue que a través de Jus lo más granado de la historiografía católica mexicana del siglo xx pudo llegar al gran público en un entorno más o menos hostil. “Si bien era un Torquemada, hizo mucho por la historiografía y por la literatura conservadora”, afirma Jaime del Arenal. En este sentido, bastaría echar una mirada sobre las colecciones Episodios y figuras de la historia de México y México heroico para darse una idea de la descomunal tarea realizada.

La historia de la editorial Jus se manifiesta, por otra parte, como una magnífica oportunidad de analizar la oposición al Estado revolucionario a través de la producción historiográfica. La empresa editorial de Jus presentó la circunstancia de una conjunción entre distintos elementos críticos del Estado, tanto moderados como radicales, y cómo las tensiones entre sí, junto con sus posturas sobre lo que debía ser la historia, luego de un largo tiempo en que fueron superadas, vinieron finalmente a estallar tras el giro de Acción Nacional y la actitud ante el progresismo religioso. 

 

 



Maestro de Historia de México en el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara y miembro del Departamento de Estudios Históricos de la Arquidiócesis de Guadalajara; ha incursionado en la historia de las ideas, en particular lasde los pensadores de la contrarrevolución mexicana; en este sentido, cabe mencionar su tesis de posgrado intitulada “Salvador Abascal o la milicia del espíritu” (2010), del que proviene el material del presente artículo.

Salvador Abascal, México (1980), p. 48.

De Salvador Abascal para Manuel Gómez Morín, 27.i.1956. AMGM, vol. 398, exp. 1326.

Valentina Torres Septién, La educación privada en México, 1903-1976, México (1997), El Colegio de México, p. 19.

Carlos Denegri en periódico Excélsior, México, D.F., 01.vii.1962.

José Alvarado, citado en Carta de Manuel Gómez Morín para Salvador Abascal del 10.vii.1962. AMGM, vol. 400, exp. 1333.

Cf. Luis González y González, “Comentario general”, en Cecilia Noriega Elío (coord.), El nacionalismo en México, Zamora (1992), El Colegio de Michoacán,  p. 373.

Salvador Abascal para Manuel Gómez Morín, del 27.i.1956. AMGM, vol. 398, exp. 1326.

De Salvador Abascal para Manuel Gómez Morín, del 10.i.1957. AMGM, vol. 398, exp. 1327.

De Salvador Abascal para Manuel Gómez Morín, del 20.v.1959. AMGM, vol. 398, exp. 1329.

Se trata de un recuento muy próximo a la realidad, pero posiblemente incompleto.

Jaime del Arenal Fenochio, “La Otra Historia”, en Conrado Hernández (coord.), Tendencias y corrientes de la historiografía mexicana del siglo xx, Zamora (2003), El Colegio de Michoacán/UNAM, pp. 63-90.

De Salvador Abascal para Manuel Gómez Morín, del 27.i.1956. AMGM, vol. 398, exp. 1326.

Cf. Jaime del Arenal, México (2003), p. 73.

De Abascal para Horacio Sobarzo, del 16.viii.1949. AMGM, vol. 387, exp. 1309.

José Fuentes Mares, Santa Anna. Aurora y ocaso de un comediante, México (1967), Jus,  pp. 84, 85, 217     y 218.

De Salvador Abascal para Manuel Gómez Morín, del 24.vii.1959. AMGM, vol. 398, exp. 1329.

Salvador Abascal, En legítima defensa y más en defensa del Papado, México (1973), Tradición, p. 27.

De Manuel Gómez Morín para Salvador Abascal, del 27. iv.1960. AMGM, vol. 400, exp. 1331.

De Salvador Abascal para Manuel Gómez Morín, del 22.v.1961. AMGM. Personal/Correspondencia particular/ Correspondencia particular con Salvador Abascal.

Nota escrita por Manuel Gómez Morín para “Juan”, sin fecha. AMGM, Sección Personal /Sub-sección Correspondencia particular/Correspondencia particular con Salvador Abascal.

Salvador Abascal, México (1973), Tradición, p.28.

Antonio Rius Facius, En mi sillón de lectura, Guadalajara (2002), APC, p. 297.

Salvador Abascal, México (1973),p. 26.

Salvador Abascal, en James Wilkie y Edna Monzón de Wilkie, Frente a la Revolución,p. 92.

Cf. Jaime del Arenal, México (2003),p. 73.

 

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