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Labor pastoral del cuarto arzobispo de Guadalajara a la luz de su magisterio escrito

Juan González Morfín[1]

En el marco del primer centenario del cuarto arzobispo de Guadalajara, tuvo lugar, el 12 de junio del 2012, una jornada académica a él dedicada. Una de las ponencias se ofrece en estas páginas; en ella se analiza el perfil y las ideas rectoras del pastor de una Iglesia tan compleja como es la tapatía

Introducción

Una buena forma de conocer a quien dirige una diócesis, es precisamente a través de sus disposiciones de gobierno, de su magisterio, pues en esas indicaciones se refleja su pensamiento, sus preocupaciones, sus planteamientos ante problemas concretos, su celo pastoral, etc. En el caso de don José de Jesús Ortiz, podemos lograr ese acercamiento a su personalidad a través de un medio escrito, concebido como órgano oficial para hacer públicas todas sus decisiones y disposiciones de gobierno, y este fue el Boletín Eclesiástico de Guadalajara que, a partir de 1904, tomó el nombre de Boletín Eclesiástico y Científico.[2] Ahí podemos cotejar alrededor de 150 documentos de gobierno que nos permitirán, en estas breves líneas, adentrarnos en el conocimiento del cuarto arzobispo de Guadalajara.

1. Una sucesión inesperada

Habiendo sido nombrado en 1893 primer obispo de la recién creada diócesis de Chihuahua, ocho años después, don José de Jesús Ortiz se encontraba realizando una visita pastoral a uno de las parroquias más alejadas de su jurisdicción, la de Guadalupe y Calvo, limítrofe con los estados de Durango y Sinaloa, cuando en el rancho de Santa Rosalía recibió un telegrama que le informaba que su Santidad, el Papa León xiii, el pasado 16 de diciembre de 1901, lo había elegido para gobernar la arquidiócesis de Guadalajara.[3]

En su primera Carta Pastoral, dirigida todavía desde Chihuahua a sus nuevos fieles diocesanos, relataría cómo, a bordo del barco en que eran transportados de Roma a Veracruz,[4] acompañado del entonces obispo de Linares, don Jacinto López, conversaban ambos sobre las riquezas y tradiciones de la Iglesia de Guadalajara, en cuyo seno había nacido éste, sin sospechar que en breve tanto él, como el señor Ortiz, habrían de llegar a esa sede metropolitana por caminos inesperados. Haciendo alusión a la entronización del señor López,[5] decía:

“El Ilmo. Sr. López ignoraba que a poco andar sería él el Arzobispo de Guadalajara; pero todos presentíamos ya en aquella fecha su próxima translación. Concurrían en su persona antecedentes tales, que, naturalmente, inclinaban a pensar en él como digno sucesor de quien fue por muchos años su maestro y mentor. A nadie, pues, pudo sorprender la acertada preconización del Ilmo. y Rvmo. Sr. López, y recibida con general aplauso en toda la extensión de la Arquidiócesis”.[6]

Seguidamente hacía referencia con gran humildad a su propio nombramiento:

“Lo que sí estaba fuera del alcance de toda previsión humana, lo que ni vosotros, venerables hermanos y amados hijos, ni Nos mismo pudimos entonces siquiera imaginar, lo que al fin se ha verificado con asombro de los que nos conocen de cerca y os conocen a vosotros, es la inesperada exaltación del obispo misionero, minimus episcoporum, a esa Sede Metropolitana, justamente reputada por su antigüedad y gloriosas tradiciones, entre las primeras que cuenta la Confederación Mexicana. Y, sin embargo, es verdad que de aquí en adelante figurará nuestro nombre en la serie de sus Ilustres Pontífices, y una vez más será alabado el poder de Aquél que levanta al pobre del pobre del polvo para colocarlo entre los príncipes de su pueblo! (Sal cxii, 7)”.[7]

Desde las primeras letras dirigidas a los fieles de su diócesis, habría de manifestar su disposición a mantener un buen entendimiento con las autoridades civiles: “los poderes públicos nos encontrarán siempre respetuosos y sumisos en lo concerniente a sus atribuciones”[8] y, sin caer en la adulación, sí dedicaba palabras de alabanza a los que en ese momento regían los destinos del país:

“Vivimos seguros de que, buscando de preferencia el reino de Dios y su justicia, sin necesidad de inconsideradas extralimitaciones, prestaremos el más eficaz apoyo a la obra de regeneración con tanto acierto iniciada por los hombres de Estado que hoy tienen en su mano las riendas del Gobierno, y a cuyas altas dotes de inteligencia y energía, de patriotismo y justificación, débese en gran parte la situación bonancible de la cosa pública”.[9]

También incoaba el apoyo incondicional que habían de tener en su pontificado las asociaciones de laicos,[10] así como la esperanza que tenía puesta en los futuros sacerdotes que habrían de formarse en el seminario, para el que tendría siempre especiales cuidados.[11]

2 Algunos rasgos de su pontificado

En las numerosas páginas que, como órgano oficial de la arquidiócesis, el Boletín Eclesiástico hacía referencia a disposiciones de gobierno del señor Ortiz, se puede aventurar la afirmación de que una de sus principales preocupaciones era la formación de sus gobernados, comenzando por el clero y por quienes estaban en vías de ser ordenados sacerdotes, pero extensiva también a todos los demás fieles, niños y adultos, para quienes buscó proveer siempre los medios adecuados. De ahí su solicitud por la catequesis de niños y adultos, por la formación permanente del clero, por la capacitación de los laicos en la defensa de sus derechos civiles y religiosos.

Como había participado en el Concilio Plenario Latinoamericano,[12] muchos de sus documentos emitidos hacen alusión a éste y, de manera especial, al cumplimiento de sus propuestas.

Las desgracias naturales y otro tipo de desastres que ocurrieron dentro de su periodo, darían lugar a que se manifestara también su solidaridad por los afectados.

Dentro de la línea que ya había señalado en su primera Carta Pastoral, de “dar al César lo que es del César”, se habría de ocupar de que los laicos redescubrieran su vocación natural a influir en la cosa pública, ya fuera a través de las diferentes asociaciones que conformaban, bien a través de su presencia en la prensa e, incluso, de sus señalamientos puntuales en relación con la mala prensa, bien a través de las incipientes sociedades intermedias, como asociaciones de artesanos y mutuales. Conviene que a cada uno de estos aspectos se dedique un apartado de nuestro artículo.

3. La formación cristiana de los fieles

El 15 de abril de 1905, el Papa Pío x escribiría su encíclica Acerbo nimis,[13] para recordar a los pastores de la Iglesia católica el enorme deber que tenían sobre la formación cristiana de sus fieles, “puesto que de la ignorancia de la religión proceden tantos y tan graves daños, y, por otra parte, son tan grandes la necesidad y utilidad de la formación religiosa, ya que, en vano sería esperar que nadie pueda cumplir las obligaciones de cristiano, si no las conoce”.[14]

Si bien esta encíclica permitió al señor Ortiz recordar a su clero la importancia capital de la instrucción religiosa mediante disposiciones concretas que comentaremos más adelante, sin embargo, no supuso en su pontificado un rasgo nuevo, pues desde el primer momento ya se había ocupado de ésta. Así, en 1902 ya había escrito a los salesianos pidiendo su presencia en Guadalajara, la cual se concretaría en marzo de 1905,[15] es decir, apenas unos días antes de la publicación de la citada encíclica. Lo mismo en relación con los religiosos de la Compañía de Jesús, quienes llegaron a Guadalajara en julio de 1905 e iniciaron el Colegio de San José en enero de 1906.[16]

Entre las disposiciones que surgieron a raíz de la encíclica, el arzobispo había de establecer que:

Todos los domingos y días de fiesta, a la hora más conveniente, según las costumbres de cada localidad, los Párrocos y Vicarios con Cura de almas, así como los Sacerdotes encargados de los templos, en calidad de Capellanes o con cualquier otro título, por sí o mediante personas de reconocida piedad e ilustración, darán en su respectiva iglesia una distribución catequística a los niños de la feligresía, cuya duración nunca será menos de treinta minutos, para estudiar ordenadamente el Catecismo del P. Ripalda.[17]

En esa misma carta el obispo mandaba auxiliarse en los laicos que participaban de las asociaciones reconocidas por la arquidiócesis:

…los señores párrocos y sacerdotes aprovecharán para el oficio de  catequistas a los miembros de las Asociaciones piadosas que hubiere en la feligresía, tales como las Hijas de María, Apostolado de la Oración, Conferencia de San Vicente, Asociaciones de la Vela Perpetua y Señor San José, y todas aquellas que por sus estatutos han profesado la práctica de la caridad, enseñando al que no sabe.[18]

Pero quizá las dos disposiciones más importantes fueron la de establecer una Escuela de Religión en las cabeceras de las principales parroquias (6ª) y la prescripción de explicar el Evangelio al menos 10 minutos en las misas dominicales (8ª), así como atender a la formación de los adultos:

…en los domingos y días de fiesta, los párrocos y vicarios darán una explicación doctrinal a los adultos, en la distribución de la tarde, acostumbrada en todas las parroquias, siguiendo el orden, método y doctrina del Catecismo del Concilio de Trento, de tal modo que, en el espacio de tres o cuatro años, como dice la Encíclica, expliquen cuanto se refiere al Símbolo, Decálogo, Sacramentos y Mandamientos de la Iglesia”.[19]

Como se había señalado, el interés principal que tenía el señor Ortiz por la formación de la grey encomendada era anterior a la encíclica del Papa. Se puede ofrecer como ejemplo este párrafo del Segundo Informe que se le presentó en agosto de 1904 sobre indicaciones que había dado un par de años antes:

“La trascendental mejora implantada por V. S. Ilma. y Rvma., tocante al mejor estudio de la religión en la Escuela Primaria, sigue tomando cuerpo y dando frutos ópimos. Y eontrayéndome (sic) al Catequismo (sic), reglamentado por el 4° Metropolitano de Guadalajara en Abril de 1902, y desempeñado bajo nuevos procedimientos por el Seminario en las Escuelas Parroquiales del distrito de esta capital, me es grato proclamar que sigue prosperando y perfeccionándose, no obstante las dificultades que en sus primeros pasos encuentra toda naciente institución. Esto lo comprueba el siguiente Informe que, en mi calidad de Director de la referida enseñanza catequista, tengo que rendir a esa superioridad”.[20]

El Informe, que abarcaba siete páginas del Boletín, hacía también alusión a una de las prácticas que recomendara el señor Ortiz para que fuera más atractivo asistir a las clases de formación: los concursos, con sus premios respectivos, así por ejemplo, informa el apartado 6º de dicho documento:

“Para la designación del Gran Premio del Catequismo (sic) y del ‘Accesit’, en esta vez, como en el año anterior, esta Dirección, poniendo en ejecución lo preceptuado por esa Superioridad, consultó, en escrutinio secreto, el sufragio de los mismos contendientes en los Certámenes y el de los Catequistas Sinodales, reservándose la publicación de todo hasta el momento de la solemne Distribución de Premios”.[21]

4. La formación permanente del clero

Muy ligada y anterior en importancia a la formación del laicado, consideraba la de los formadores de éste, comenzando por el mismo clero, para el que, además de otros medios, anualmente extendía una convocatoria a ejercicios espirituales:

“Bien sabido es cuán saludable, provechoso y aun necesario es que los fieles tomen, de tiempo en tiempo, algunos días de espiritual retiro, porque en el recogimiento y dulce quietud de la oración comunica el Señor su santa inspiración al alma, y ésta cobra nuevos bríos para continuar su marcha en la vida espiritual por la senda que conduce al fin último para que toda creatura racional ha sido creada; y, como es obvio, los sacerdotes, dispensadores de las gracias del Altísimo, necesitamos, mucho más que los simples fieles, de este recurso de santificación, para nuestro propio bien y el de las almas con quienes ejercemos nuestro augusto ministerio.

 “Por tal motivo, y siguiendo la costumbre establecida en este Arzobispado, el día 20 del entrante mes de octubre se dará principio a una tanda de ejercicios espirituales para sacerdotes, la cual dirigiré yo mismo, y deseo que a ella ocurran de preferencia los señores párrocos”.[22]

Se leía en una circular del segundo año de su pontificado en un texto que no necesita comentarios para alcanzar a ponderar el interés que el señor Ortiz tenía por la formación de su clero, al grado de ser él mismo quien llegara a predicarles ejercicios espirituales.[23]

Pero, quizá lo que más caló y sistematizó la formación permanente del clero, fueron las llamadas “Conferencias Morales”, reuniones periódicas a las que eran convocados todos los sacerdotes en posibilidad de asistir para debatir sobre temas concretos propuestos desde la curia diocesana. Se habían iniciado en 1864, a iniciativa de don Pedro Espinosa y Dávalos, y habían venido perdiendo continuidad. Con la idea de rescatarlas y servirse de ellas como un puntal en la formación del clero, en los primeros días de enero don José de Jesús Ortiz dio a conocer por medio de una circular el Reglamento que al respecto debería observarse. Copiamos únicamente los artículos más sobresalientes:

Con el fin de uniformar y hacer por consiguiente más provechoso el estudio de las Conferencias Morales establecidas en el año 1864 por nuestro ilustre predecesor el Dr. D. Pedro Espinosa, hemos tenido a bien acordar para su puntual observancia el Reglamento que sigue:

1° Las Conferencias Morales se verificarán en adelante en las cabeceras de parroquia, vicaría o en cualquier lugar en donde hubiere por lo menos dos sacerdotes no exentos, con residencia fija, los lunes primero y tercero de cada mes, o los días inmediatos siguientes, si aquellos estuvieren impedidos, bajo la presidencia respectivamente del párroco, vicario o sacerdote más antiguo en órdenes.

2° Los casos y temas de estudio serán comunes a todas las Conferencias y para que así sea y lleguen a conocimiento de todos, se publicarán en el “Boletín Eclesiástico” de la Arquidiócesis, con un mes de anticipación.

6° Las sesiones de la Conferencia se verificarán en el orden siguiente: reunidos los sacerdotes, a la hora y en el local designados, bajo la presidencia respectiva, hechas las preces acostumbradas al Espíritu Santo y leída y aprobada el Acta de la sesión anterior, se procederá a designar por suerte al que haya de resolver el caso propuesto y a dos más para que objeten sobre la resolución de aquel. El sustentante expondrá brevemente la doctrina general sobre el asunto de que se trate, en lo que fuere conducente para sentar sus conclusiones, citando con precisión los textos en que los funde. Contestarán a las objeciones que le propongan, primero los designados por la suerte, y en seguida los demás sacerdotes presentes que con tal fin pidieren el uso de la palabra.

7° Cuando no haya quien pida la palabra y el punto esté suficientemente discutido a juicio del Presidente, se procederá a la votación, y para facilitarla, el sustentante, y en defecto suyo el Presidente o algún otro sacerdote designado por él, resumirá la resolución en proposiciones concretas, de modo que los asistentes puedan aprobar o reprobar en términos absolutos o con distinción.

8° El voto[24] de la mayoría será el de la Conferencia, el cual con sus fundamentos legales o doctrinales se remitirá firmado por el Presidente y Secretario a la Junta Central Revisora establecida en la ciudad, para los fines de su incumbencia. Los que disientan del voto de la mayoría pueden pedir que conste el suyo particular en el Acta y remitirlo también a la Junta Revisora.

12° Los sacerdotes que por vivir solos en pueblos o haciendas, y aun aquellos otros que por cualquier motivo justo calificado por el Párroco respectivo, no pudieren asistir a las Conferencias de su parroquia, quedan sin embargo obligados a remitir a la misma por escrito sus resoluciones con la anticipación debida, para que puedan ser leídas en la sesión respectiva.

13° Todos los sacerdotes no exentos residentes en la Arquidiócesis tienen obligación en conciencia y bajo pecado, de asistir a las Conferencias Morales, cada uno en el  lugar de su residencia, aunque sea accidental, si no hay causa justa o racional que lo impida. Los que tengan alguna exención legal la harán valer ante Nos; y las excusas accidentales y del momento las calificarán los respectivos Presidentes.

14° Para la refrenda de las licencias ministeriales se tendrá presente la mayor o menor puntualidad en la asistencia a las Conferencias, y al efecto, llegado el caso, el Presidente, de oficio o a petición  del interesado, rendirá ante el Gobierno Diocesano el informe a que hubiere lugar.[25]

Faltan todavía cinco artículos más un transitorio, pero con estos basta para entender el sistema propuesto, así como para descubrir que la asistencia era por lo demás obligatoria, al grado de proponer verdaderas medidas coercitivas, como el no refrendar las licencias ministeriales a quienes, habiendo podido asistir a las Conferencias, no lo hubieran hecho.

Asimismo, en relación con la formación del clero, fueron muchas las referencias al Concilio Plenario Latinoamericano, algunas de ellas se tratarán en inciso aparte.

5. La influencia del Concilio Plenario Latinoamericano

Habiendo participado, como ya se ha señalado, en el Concilio Plenario Latinoamericano (CPLA), don José de Jesús tuvo siempre presente la exhortación del papa León xiii al momento de publicar los decretos del concilio:

Publicamos los Decretos del mismo Concilio ya revisados por la Sede Apostólica, y al mismo tiempo decretamos, que por estas Letras Apostólicas, y sin que obste nada en contrario, en toda la América Latina y en cada una de sus diócesis, dichos decretos se tengan universalmente por publicados y promulgados, y puntualmente se observen. Quiera Dios que las disposiciones decretadas por tantos Pastores, con singular prudencia y afecto, y por Nos revisadas, cedan en provecho y esplendor de todas y cada una de esas Iglesias”.[26]

En efecto, mientras duró su pontificado, el señor Ortiz habría de velar por el cumplimiento de algunos de los temas propuestos por el concilio. Por ello, a través de las páginas del Boletín eclesiástico se encuentran frecuentes referencias, sobre asuntos muy diversos, y todas ellas en el sentido de llevar a la práctica el concilio.

Conviene resaltar por su importancia y por la huella que dejarían en los habitantes de la arquidiócesis algunas de éstas, como las que tienen relación con la impartición de los sacramentos, o bien, con la petición de oraciones por la Jerarquía y con la ayuda, también económica, que se tiene que prestar a la Sede Apostólica, así como las que invitan a los párrocos a ejercer una auténtica cura pastoral sobre la grey que se les ha encomendado.

En este sentido, se encuentra la Circular enviada a los señores curas, en abril de 1903, en la que se les recuerda que el canon 258 del CPLA, insiste, como ya lo había hecho el de Trento, en que es de precepto divino que, “a quienes se ha encomendado cura de almas conozcan a sus ovejas, ofrezcan por ellas el Santo Sacrificio de la Misa, y las apacienten con la predicación de la divina palabra, la administración de los sacramentos y el ejemplo de las buenas obras”.[27] Y, para concretar esto, el señor Ortiz recomendaba a los señores curas que: “para que cumplan, más satisfactoriamente el oves suas agnoscere de precepto divino, visiten por sí mismos sin necesidad de ser solicitados para ello, con la mayor frecuencia, una ocasión cuando menos cada mes los pueblos y lugares más habitados por su feligreses”.[28]

La misma preocupación pastoral se alcanza a ver en otra Circular expedida unos días después, en la que solicitando un informe cuatrimestral acerca del estado de las parroquias, recurre a lo prescrito por el citado Concilio:

“Al punto 1º, sobre si se han administrado los Sacramentos (…), se deberá agregar de qué manera se ha ejecutado con lo que el precitado Concilio manda en sus decretos 531, 532, 533 y 534, sobre la administración del Sagrado Viático, e igualmente se dará cuenta del cumplimiento del decreto n. 468 del propio Concilio,[29] con relación a la sepultura de los pobres”.

Es en otra Circular, por cierto no firmada por el señor Ortiz, sino por don Ignacio Placencia en calidad de Prosecretario, en la que se recuerda, también en acatamiento del CPLA, una serie de indicaciones para cuidar mejor el Santo Sacrificio de la Misa, por ejemplo, no decirla precipitadamente, observar las rúbricas, no celebrar Misas cada media hora en los días de precepto, nunca usar ornamentos sucios o raídos e, incluso, que “ni los Párrocos, ni los Ministros, ni ningún Sacerdote promueva ni autorice con su presencia diversiones o kermess, que han dado en emplearse para llegar recursos pecuniarios destinados a sostener o impulsar obras de caridad, o a la construcción o reedificación de templos”.[30]

Fue también sobre la base de los decretos del CPLA que don José de Jesús habría de establecer algunos lineamientos sobre la actuación de los clérigos en política, ante el incipiente despertar de la participación ciudadana ya en la etapa final de la dictadura porfirista:[31] “de lo expuesto [por el Concilio] se deduce que está prohibido a todos los clérigos tomar parte activa en los partidos políticos, y es nuestra voluntad que todos se sometan a norma tan prudente”.[32] Añadía, además: “No convocarán ni presidirán reuniones políticas, ni aceptarán cargo alguno en ellas, ni deberán tratar asuntos relativos en el púlpito, confesionario, o en asociaciones piadosas”. Y concluía abriendo un espacio de consulta a él mismo, en caso de que hubiera alguna duda en casos particulares. Como se puede observar, todavía al final de su pontificado, el CPLA seguía siendo un marco de referencia que normaba su actuación.

6. El Congreso Católico

De la mano con la normativa que vetaba la participación de los clérigos en la política, estuvo el impulso que dio a los laicos para que, bajo las directrices de la Jerarquía, buscaran influir en la cosa pública. Ejemplo de ello fue el Congreso Católico de 1906, tercero católico y primero eucarístico, que se llevó a cabo en Guadalajara en octubre de ese año, y en el que don José de Jesús alentó la participación del laicado, aunque aclarando que: “Un congreso católico no es a la verdad una asamblea política, ni por las materias de que se ocupa y los fines que se propone, ni por la calidad y el mandato de las personas que lo constituyen”, sino más bien

…la pacífica reunión de católicos distinguidos por su piedad y su saber, así sacerdotes como seglares, convocados bajo los auspicios del Episcopado y en ejercicio de un derecho garantizado por la ley política del país, para deliberar y cooperar en la medida de sus fuerzas a la realización de los grandes fines que la Iglesia persigue en su benéfica acción sobre la sociedad”.[33]

Y, efectivamente, de esos congresos se derivaron interesantes conclusiones tendientes a mejorar la vida de los campesinos y de los obreros, por ejemplo, en relación con la injusta situación de las llamadas “tiendas de raya”, se lee en las conclusiones del congreso de 1906: “El Congreso considera como obligación de los Patronos pagar a los Obreros su salario íntegro y en dinero en efectivo; salvo que estén más favorecidos por alguna otra costumbre, que prefieran los mismos trabajadores”.[34]

En ese congreso, la participación de los laicos fue importante, pero aún no mayoritaria: intervinieron cincuenta y cinco laicos y noventa y siete eclesiásticos. De entre los laicos, algunos que llegarían a ser figuras en la lucha social de los católicos, como Miguel Palomar y Vizcarra y Nicolás Leaño. Este último propuso durante el evento una legislación que protegiera al obrero y su salario, el cual debería ser fijado por una comisión paritaria de patrones y trabajadores.[35]

Dieciséis fueron los prelados que participaron en el congreso. El anfitrión, don José de Jesús Ortiz, “se distinguía por su actitud de promoción social”.[36] Esa cualidad de nuestro arzobispo se vería reflejada después en el auge que tuvieron en la arquidiócesis los Operarios Guadalupanos y los Círculos de Estudios Católicos.[37]

7. La “buena prensa”

Una preocupación que en distintos momentos se advierte en los documentos de gobierno del Señor Ortiz, como un cauce para cuidar la formación cristiana de sus diocesanos, es la que tiene que ver con la “buena prensa”, enfocada desde dos frentes: a) la promoción de revistas y periódicos cuyo contenido fuera provechoso para sus lectores desde los puntos de vista doctrinal y moral y, b) la desaprobación de todos aquellas otras publicaciones escritas cuyo contenido fuera contrario a la fe o a la moral católica.

En relación al primer punto, son dignos de mención sobre todo los esfuerzos del prelado para favorecer la lectura del Semanario Mariano, así como la fundación y, posteriormente, promoción del periódico El Regional. Sobre el primero, leemos en una de sus circulares de gobierno: “Noticiosos de que el “Semanario Mariano” no ha tenido de parte de todos los Señores eclesiásticos la protección que era de esperarse, hemos creído conveniente excitarles una vez más para que procuren con todo empeño y en obsequio de la Inmaculada Virgen, difundir la mencionada publicación y ayudar a su sostenimiento, ya sea tomando para sí la subscripción, ya sea usando de su influencia para con los fieles”.[38]

En relación con el diario El Regional, es interesante la explicación que hace el propio obispo de su nacimiento, en la que abiertamente admite que ha sido autorizado por él: “se publica en esta ciudad –diría en una más de sus circulares de gobierno– desde julio del año pasado, un diario denominado “El Regional”, aprobado por mí desde su aparición, mas no recomendado especialmente, en espera de ver si lograba aquél adquirir los elementos que toda publicación de su género debe tener para merecer especial recomendación”.[39] Después de un tiempo prudente, ahora el prelado estaba en condiciones de garantizar la calidad y probidad del periódico: “Hoy día he podido cerciorarme de que El Regional cuenta (…) con personal administrativo, inteligente y honrado, y un cuerpo de redacción, cuyos miembros aúnan a las dotes del talento y la ilustración, adhesión inquebrantable a las enseñanzas de la Iglesia, prudencia cristiana, cabal conocimiento de la sociedad en que vivimos, y deseo ardiente de trabajar y sacrificarse en bien de sus hermanos”.[40] De esa manera, manifestaba llegado el momento de recomendar ampliamente dicha publicación para que los señores curas le prestaran la ayuda posible, cada uno según sus recursos.

Para evitar la “mala prensa” y, más que ésta, los efectos negativos que pudiera tener en sus diocesanos, habría de escribir toda una Pastoral colectiva y, posteriormente, recordar en más de una ocasión

…la necesidad apremiante de impedir los estragos de la mala prensa por todos los medios legales que estén a nuestro alcance. Cerrad las puertas de vuestros hogares a ese enemigo insidioso que, despertando con su brillante atavío de portadas y viñetas o con llamativos epígrafes a curiosidad de vuestros hijos, va a robarles el precioso tesoro de la inocencia, sembrando en su tierno corazón la semilla de la impiedad y de los vicios”.[41]

La Pastoral colectiva, de 11 páginas de extensión, habría de ser leída en la primera ocasión que se tuviera una misa solemne y, en ella, además de explicar el peligro que se corría con lecturas racionalistas, naturalistas e inmorales, imponía una serie de sanciones y recordaba otras ya existentes:

1ª Todos los que a sabiendas leyeren, sin licencia de la Santa Sede Apostólica, libros de apóstatas y herejes (…) o bien libros de cualquier autor prohibido nominalmente en Letras Apostólicas; los que retienen esos libros, los imprimen o de cualquier modo los defienden, incurren por el mero hecho en excomunión reservada por modo especial al Romano Pontífice.

5ª No es lícito retener los libros prohibidos, aunque no se lean, y débense destruir cuanto antes, o mejor, entregarlos a la Autoridad Ecca. respectiva.

6ª Prohibimos nominalmente en toda la Arquidiócesis la lectura del semanario que se publica en esta ciudad, bajo el título de “El Despertador”, y Nos reservamos la facultad de absolver a todos los que habitualmente se dedican a la lectura del mencionado semanario, a los suscriptores del mismo, y a todos los que pecuniariamente, o en sus escritos y avisos contribuyan a su sostenimiento y circulación.

7ª Aunque no estén nominalmente prohibidos, deben reputarse como tales, todos los escritos que tiendan a destruir o entibiar la fe, o a pervertir las costumbres. Lo mismo ha de decirse de periódicos, revistas, hojas sueltas e imágenes obscenas, en los que se ultrajan los dogmas, la moral, el culto de Dios o de los Santos, o la honra de la Iglesia de sus ministros.

8ª Una vez averiguado que algún periódico está prohibido por la Iglesia, o que debiera estarlo, los católicos deben abstenerse de cooperar a su publicación o circulación.

La prohibición señalada en la 6ª indicación de la Pastoral colectiva, no sería la única de su género. Por razones similares el señor Ortiz habría de advertir a sus diocesanos “sobre los incalculables males causados por la prensa impía”, con motivo de una publicación semanal “cuyo programa ha sido desde un principio atacar duramente todas las instituciones de nuestra santa religión” lo que lo llevaría a tomar medidas más severas: “Para impedir el cúmulo de males que está causando El Sermón del Cura […], teniendo en consideración la obediencia de mis diocesanos a la Autoridad Eclesiástica, por el presente documento prohíbo nominalmente en toda la Arquidiócesis el semanario que se publica en esta ciudad bajo el título de El Sermón del Cura, y me reservo la facultad de absolver a todos los que habitualmente se dedican a la lectura del mencionado semanario, y a todos los que pecuniariamente, o con  sus escritos o avisos contribuyan a su sostenimiento y circulación”.[42] Con esa disposición de considerar la lectura y la cooperación de cualquier tipo con dichas publicaciones como un pecado “reservado al obispo”, don José de Jesús Ortiz buscaba velar por la salud espiritual de sus gobernados.

8. Solidaridad con los afectados por desgracias

Ya en otro ámbito, también muy ligado a su preocupación social, destaca su solidaridad con los afectados por diferentes calamidades, que lo llevó en varias ocasiones a acudir a la generosidad de la feligresía de su diócesis para solventar algunas emergencias.

Así, apenas en la segunda Circular de su gobierno, exhortaba a “que todos los fieles de este Arzobispado, sin excepción alguna, den su limosna, aun cuando sea pequeña”[43] en beneficio de los damnificados por el terremoto de Chilapa.[44] Y esto aun habiendo ya enviado una ayuda de emergencia: “aunque de parte de esta Arquidiócesis se ha remitido un auxilio de mil pesos al Venerable Prelado de aquella afligida grey, deseo que mis amados diocesanos den testimonio, una vez más, de sus caritativos sentimientos”.[45]

Tres años después, nuevamente un territorio ajeno a su diócesis sería herido por una desgracia. Efectivamente, el 30 de junio de 1905 y, especialmente, el 1 de julio, sendas tormentas habían ocasionado en la ciudad de Guanajuato la mayor inundación de la que se tenía memoria: buena parte de la ciudad se vio convertida en un caudal de agua que arrasaba todo lo que encontraba a su paso. El saldo en víctimas humanas fue de cincuenta y cuatro muertos, y la ciudad entera casi en ruinas.[46] Esta situación no podía dejar indiferente a un hombre como el señor Ortiz: “¿Quién puede considerar sin conmoverse profundamente la orfandad de los niños, la desolación de las viudas, el abandono de los enfermos, el desabrigo de los muchos que quedaron sin hogar y el hambre y la desnudez de los que todo lo han perdido en el desastre?”, diría el prelado en la Circular pertinente y, para remediar en lo posible las consecuencias de tal desgracia, dispondría “que en todas las parroquias y demás templos de nuestra Arquidiócesis se hagan colectas en todas las misas del primer día festivo siguiente al en que se reciba esta circular, amonestando previamente a los fieles del objeto con que se colecta ese día, a fin de que, con ocasión del socorro de que se trata, aumenten su donativo”.[47]

La noche del 15 al 16 de noviembre de 1910, un voraz incendio consumió el Mercado Corona dejando “a muchos comerciantes en pequeño en la más completa miseria, y a varios sin los elementos necesarios para seguir trabajando”, ante eso, explicaría el señor Ortiz, “unos y otros reclaman de nuestra parte el ejercicio de la caridad para subvenir a sus ingentes necesidades”.[48]

Sorprende la rapidez del prelado para responder a una desgracia de este tipo, pues la Circular está firmada prácticamente el día mismo de la desgracia, pero quizá sea todavía más sorprendente el interés personal que demuestra por la urgencia de sus instrucciones a los señores curas y sacerdotes:

Yo os exhorto a que despleguéis todo celo en colectar entre los fieles confiados a vuestro cuidado el óbolo caritativo que ha remediar de alguna manera la aflictiva situación de cuantos han visto desaparecer en un momento el fruto de largos años de trabajo.

Para llenar tan sagrado deber, dispongo: 1º que el domingo siguiente al en que la presente sea recibida, se hagan colectas en todas las misas y ejercicios que se celebren en las Iglesias, Capillas, Oratorios públicos y semipúblicos; 2º que se abran suscripciones para que contribuyan las personas que no pudieren verificarlo en la forma anterior, y 3º que se remitan a mi Secretaría de Cámara y Gobierno los fondos que se recojan, a la mayor brevedad, para remediar cuanto antes las necesidades de las víctimas del siniestro (…).

Siendo tan agradable a Dios todo acto de caridad, Él no dejará sin recompensa cuanto se haga en beneficio de los comerciantes perjudicados.[49]

Nuevamente una desgracia de gran calado afectaría al señor Ortiz en carne propia. Ahora habría de tratarse del terremoto del 7 de junio de 1911 en las parroquias de Zapotlán el grande, Zapotiltic y Tuxpan, en ese momento todas ellas parte de la arquidiócesis. En esta ocasión, él mismo señor arzobispo estaría presente en el lugar de los hechos para consolar a esa parte de su grey lastimada por la catástrofe: 36 muertos, más de 100 lesionados y 1119 hogares en completa ruina, además de grandes daños en casi todos los templos, sería el saldo del temblor, según el mismo prelado asentara. Decía en el Edicto con que daba parte a sus diocesanos:

Recorriendo los suburbios de la populosa ciudad, hemos visto calles enteras convertidas en informe hacinamiento de escombros, mujeres y niños sin padre y sin asilo buscando anhelantes los restos de su pobre ajuar y los destruidos linderos de la casita que constituía el patrimonio único de la familia. Para socorrer tanta miseria y dar algún consuelo a las almas afligidas, requiérese un esfuerzo extraordinario de la caridad de sus diocesanos.[50]

Y, efectivamente, extraordinario habría de ser el esfuerzo, por lo que en ese mismo Edicto establecía: “que en todos los templos de la Arquidiócesis, en las escuelas, colegios, asociaciones, congregaciones y demás instituciones que de algún modo dependan de nuestra autoridad, se haga una colecta general por los superiores respectivos, en días designados con anticipación y en la forma que parezca más eficaz”.[51]

De la solidaridad de don José de Jesús, especialmente para quienes habían sufrido una desgracia, no sólo habrían de beneficiarse los habitantes de su diócesis y de la Iglesia mexicana, sino que ésta habría de llegar allende las fronteras de nuestra patria, como cuando el terremoto de Messina y Reggio Calabria asoló tierras italianas. En esa ocasión, como si hubiera sido en su propia arquidiócesis, el Señor Ortiz habría de intervenir para aliviar, en la medida de lo posible, los innumerables daños que él mismo explicaba:

Treinta y cinco poblaciones, entre las cuales se cuentan dos populosas y florecientes ciudades, Messina y Reggio di Calabria, han desaparecido en breves instantes, sepultando bajo sus ruinas a la mayoría de sus habitantes, mientras los supervivientes, niños mujeres y ancianos, víctimas del hambre y de la sed, de la desesperación y de la peste, quedan en la más espantosa desolación, faltos de recursos, pues la intensidad del fenómeno ha sido tal, que los caminos de tierra y los puertos de mar se han hecho casi inaccesibles a los socorros enviados de fuera (…). Calcúlase en 200,000 el número de víctimas, y solamente en el puerto de Nápoles, hasta el 1º del corriente, habíanse recibido 30,000 heridos  y contusos.[52]

Como en ocasiones similares, el prelado habría de ordenar una colecta, en todas las misas de todas las iglesias, el primer día festivo después de recibida la Circular, así como en todos los colegios, asociaciones piadosas y demás instituciones vinculadas a la Iglesia. El producto de la colecta -especificaba- se haría llegar a las regiones afectadas a través del Nuncio Apostólico.

Sirvan de ejemplo estas intervenciones del arzobispo, aun no siendo todas, para conocer la intensa labor que desarrollo en beneficio de quienes habían sido afectados por desgracias.

9. Don José de Jesús Ortiz: el patriota

Existió también una faceta de nuestro obispo que, no necesariamente ligada al ámbito pastoral, nos permite también conocer su rica personalidad: su patriotismo. De alguna manera ya lo hemos esbozado al mencionar su disposición habitual para cooperar con las autoridades civiles; sin embargo, merece mención aparte su actitud ante las fiestas del Centenario de la Independencia, con las que quiso cooperar y que todos en su diócesis hicieran lo mismo. Así, en julio de 1910, escribía a los sacerdotes invitándoles a cooperar con la Comisión Nacional del Centenario de la Independencia, para la mejor preparación de dichas fiestas y, ya en plenas celebraciones, haría pública una Carta Pastoral con motivo de dicha efeméride.

En ella, comenzaba recordando la carta que el 23 de febrero pasado había enviado el Papa al episcopado y al pueblo mexicano para congratularse de la vida de México como nación independiente y recordando que “la raíz de todos los bienes que posee, por dádiva divina, la Nación Mexicana, consiste en la fe y la sabiduría cristiana que, al paso que abre al hombre las puertas de la sempiterna felicidad, le ofrece los más poderosos motivos para la prosperidad civil”.[53] Luego de reproducir íntegro el documento papal, el señor Ortiz ofrecía en su Carta Pastoral la respuesta que, encabezada por él, se había enviado a la Santa Sede de parte de los obispos de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara, a saber, los de Tepic, Zacatecas y Aguascalientes, en la que agradecían al Sumo Pontífice sus palabras.

Finalmente, añadía sus propias consideraciones:

“Ha venido a suceder que la historia y la civilización corre paralela con la historia de la fe y que la grandeza y el poderío de un pueblo se miden por la intensidad y firmeza de sus ideales […]. La historia testifica cuál era el estado de profunda degradación en que vivían las razas y pobladores de esta inmensa región del continente […]. Sin los trabajos apostólicos y los sacrificios heroicos de los primeros evangelizadores de la fe en estas regiones; sin la constancia y caridad que desplegaron para catequizar a los indios […]; sin el valor y entereza con que supieron defenderlos contra codicia de los conquistadores, la Patria Mejicana no existiría y acaso no quedaran a la fecha ni restos de las razas aborígenes”.[54] Luego, hablaba de las causas de la pérdida de la fe: en primer lugar, la ignorancia; en segundo, el orgullo que lleva al hombre a negar el tributo de la fe; y, subrayaba, “con dolor del alma debemos enumerar aquí como tercera causa de la pérdida de la fe la corrupción de las costumbres”.

Como antídoto presentaba la acción social de los cristianos, de la que tan partidario se había mostrado en otras ocasiones:

“La unión de los católicos en el terreno de la acción social, tantas veces preconizada por los Soberanos Pontífices como necesidad ineludible de los tiempos modernos, se hace cada día más urgente en vista de la actitud del enemigo, organizado en formidable liga para llevar adelante el perverso designio de desterrar a Dios de la sociedad, de la familia y de la conciencia individual. Unámonos, pues, estrechamente para mejor cumplir el sacratísimo deber que nos incumbe de guardar incólume el tesoro de la fe y las buenas costumbres, que recibimos como bendita herencia de nuestros mayores”.[55]

 

Por todo ello, en un aniversario como el que se estaba viviendo, exhortaba a elevar “a Dios, autor de todo bien, nuestros corazones reconocidos para darle gracias por los beneficios recibidos, principalmente el beneficio de la fe, que resume todos; […] para que no se aparte de nosotros en la segunda centuria, sus ojos misericordiosos y colme de nuevas y más copiosas bendiciones a esta Patria que nació y vivió siempre al amparo de la Religión”.[56] A continuación se daba un extenso programa de actos religiosos encaminados a unir la alegría por el Centenario de la Independencia con la práctica de la fe.

Como se puede observar, su patriotismo partía del convencimiento sincero de que “a la fe católica debe la Patria el goce actual de los incomparables bienes de la civilización cristiana; bajo sus auspicios fue iniciada y felizmente consumada la emancipación política; y el día de hoy, lo mismo que para el porvenir, no hay como ella baluarte más firme para poner en seguro el ser y la independencia de la familia mejicana”.[57]

Ese mismo patriotismo fue el que, ya en los últimos meses de su gobierno, le llevó a ordenar oración para el restablecimiento de la paz en el territorio nacional, ante los primeros eventos revolucionarios:

 

“Las noticias que a diario se reciben del incremento incesante de la rebelión armada que invade, a esta fecha, la mayor parte del territorio de la República, contristan dolorosamente el ánimo y desvanecen o alejan las esperanzas de una conciliación honrosa que pusiera término a los horrores de muerte, miseria y desolación de esta fratricida lucha (…). [Pero] lo que no quieren, o no pueden los hombres en cuyas manos está por permisión de Dios la suerte de la Patria, hagámoslo nosotros (…). Unamos nuestras más humildes y fervientes plegarias para pedir al Señor, por la intercesión de la Virgen Santísima de Guadalupe, a quien una vez más reconocemos como Reina y Madre nuestra, que ponga término a esa sangrienta y desoladora guerra, que infunda en los que mandan la suavidad y el acierto (…), y en los que obedecen la docilidad, la sumisión y el respeto por las autoridades constituidas…”.[58]

 

Y, como para grandes males, grandes remedios, el prelado habría de disponer una serie de oraciones y actos de culto destinados a pedir “la cesación de la contienda armada y el restablecimiento de la paz”. Señalamos únicamente la cuarta de esas disposiciones: “Se dedicará en cada templo y conforme a la lista adjunta, un día especial para pedir a Dios Ntro. Señor la paz, y mandamos que ese día haya exposición pública del Divinísimo Señor Sacramentado”.[59]

La muerte del Señor Ortiz, el 19 de junio de 1912, evitaría que conociera hasta dónde habría de llegar el torbellino de la revolución.

 

Epílogo

 

Por imposibilidad de abarcar todos los temas, hemos dejado de abordar algunos no menos importantes, como los acuerdos interdiocesanos que suscribió don José de Jesús con obispos vecinos, o bien, aquellos otros que tuvieron como objeto promover la piedad popular a través de fomentar devociones concretas[60]  e, incluso, hemos dejado de lado otros que merecerían por su naturaleza un estudio aparte, como el de las disposiciones que regulaban el uso de la música sacra. Sin embargo, pensamos que esta rápida inmersión en los documentos publicados por el Señor Ortiz en el Boletín Eclesiástico, nos permite acercarnos a la figura de quien durante diez años y medio fungió como padre y pastor de la arquidiócesis de Guadalajara.

 



[1] Presbítero de la prelatura personal del Opus Dei (2004), licenciado en letras clásicas por la UNAM, doctor en teología por la Universidad de la Santa Cruz en Roma, ha escrito La guerra cristera y su licitud moral (2004), L’Osservatore Romano en la guerra cristera y El conflicto religioso en México y Pío xi, (Minos, 2009).

[2] Como parte de su preocupación por la buena prensa, el Señor Ortiz muy pronto se orientó a mejorar el Boletín, que a partir de 1904 no sólo cambió de nombre, sino que mejoró de papel y amplió sus contenidos a disciplinas jurídicas, filosóficas y de las ciencias naturales, por ejemplo, comenzó a incluir aspectos meteorológicos procedentes de los observatorios del Seminario.

[3] Cfr. Francisco Belgodere, Guillermo Ma. Havers, Obispos mexicanos del siglo xx, Libros Católicos, Guadalajara 1994, 45.

[4] Regresaban, junto con otros prelados mexicanos, del Concilio Plenario Latinoamericano, convocado por León xiii y llevado a cabo en Roma entre mayo y julio de 1899.

[5] Monseñor Jacinto López (1831-1900), después de fungir como obispo de Linares durante catorce años, gobernó la arquidiócesis tapatía por diez meses, de marzo a diciembre de 1900.

[6] José de Jesús Ortiz, Carta Pastoral dirigida desde su antigua sede a sus nuevos diocesanos, xi-1901, en Boletín Eclesiástico (1901), pp. 164-165.

[7] Ib., 165.

[8] Ib., 168.

[9] Ib.

[10] Cfr. Ib., 170.

[11] Cfr. Ib., 169-170.

[12] Cfr. Fernando Martínez Reding, Crónica de la Iglesia de Guadalajara, Impre-Jal, Guadalajara 1998, 94.

[13] No se confunda, por similitud fonética, con la Acerba animi, escrita por Pío xi en 1932, sobre la opresión a la Iglesia en México.

[14] Pío x, Acerbo nimis, 15-IV-1905, n. 7.

[15] Cfr., Fernando Martínez Reding, Op. cit.,  98.

[16] Cfr., Esteban J. Palomera, La obra educativa de los jesuitas en Guadalajara, 1586-1986, Instituto de Ciencias – ITESO – UIA, Guadalajara 1986, 186-193.

[17] José de Jesús Ortiz, Carta Pastoral sobre la instrucción de la doctrina cristiana, vi -1905, 1ª, en Boletín Eclesiástico y Científico (1905), 204. Para quienes habían terminado “el Ripalda”, se recomendaban los catecismos de Deharbe y del Abate Gaume (este último, Catecismo de la perseverancia, constaba de 4 tomos).

[18] Ib., 4ª, 205.

[19] Ib., 7ª, 205.

[20]2º Informe del Catequismo (sic) en las escuelas parroquiales 1903-1904”, en Boletín Eclesiástico (1904), 749.

[21] Ib., 753.

[22] José de Jesús Ortiz, “Circular del Gobierno Eclesiástico del Arzobispado de Guadalajara, 29- ix -1902”, en Boletín eclesiástico (1902), 328-329.

[23] En este mismo renglón, fueron frecuentes las listas de asistentes a los ejercicios espirituales que publicaba el Boletín (cfr. Boletín Eclesiástico [1904], 143).

[24] Entiéndase “voto” en el sentido de dictamen en el que se explica la postura adoptada.

[25] José de Jesús Ortiz, “Circular sobre Conferencias Morales de la Arquidiócesis de Guadalajara”, en Boletín Eclesiástico (1903),  9 y 10.

[26] León xiii, Letras apostólicas publicando y promulgando los Decretos del Concilio Plenario de América Latina, 1-I-1900.

[27] José de Jesús Ortiz, “Circular del Gobierno Eclesiástico”, 9-iv-1903, en Boletín Eclesiástico (1903), 97-98.

[28] Ib., p. 98.

[29] Reproducimos el c. 468: “Recomendamos encarecidamente a la caridad de los párrocos el sepelio de los pobres, que o nada dejan, o tan poco que no basta a sufragar los gastos de su propio entierro. Encárguense ellos de sus exequias eclesiásticas, de modo que, conforme a las reglas canónicas, se entierren gratis absolutamente; y que los sacerdotes a cuya feligresía perteneció el difunto suministren las luces debidas, a sus propias expensas si fuere necesario, o a costa de alguna piadosa cofradía, si existiere, conforme a las costumbres locales. Procure, por último, el párroco celebrar por sí o por otro una misa de cuerpo presente por cada difunto pobre, conforme al decreto de la S. Congregación de Ritos de 12 de Junio de 1899”.

[30] Boletín Eclesiástico y Científico (1906-1907), 147.

[31] La Circular, fechada el 5 de julio de 2011, un mes y medio después de la renuncia de Porfirio Díaz y unos meses antes de la elección en la que Francisco I. Madero resultaría electo para la presidencia de la República, comenzaba diciendo: “Para que los Sres. Párrocos y Sacerdotes de la Arquidiócesis tengan una norma fija y segura a qué atenerse sobre la actitud que deben observar con relación a los partidos políticos (…) y, principalmente, con relación al Partido Católico Nacional, nos ha parecido conveniente recordarles lo que dice el Concilio Plenario de la América Latina, en los números 656 y 657”.

[32] José de Jesús Ortiz, “Circular del Gobierno Eclesiástico”, 5-vii-1911, en Boletín Eclesiástico y Científico (1911), 198. Anteriormente, había citado en latín el canon 656 del CPLA, que ahora se ofrece en español para tener el contexto: “Absténgase el clero prudentemente de las cuestiones, tocante a asuntos meramente políticos y civiles, sobre los cuales, sin salir de los límites de la ley y la doctrina cristiana, puede haber diversas opiniones; y no se mezcle en partidos políticos, no sea que nuestra Santa Religión, que debe ser superior a todos los intereses humanos, y unir los ánimos de todos los ciudadanos con el vínculo de la caridad y benevolencia, parezca que falta a su misión, y se haga sospechoso su saludable ministerio. Absténganse, pues, los sacerdotes de tratar o discutir estos asuntos en público, ya sea fuera del templo, ya sea, y con más razón, en el púlpito. Esto no ha de entenderse, como si el sacerdote hubiera de guardar perpetuo silencio acerca de la gravísima obligación, que tiene todo ciudadano, de trabajar siempre y en todas partes, aun en los asuntos públicos, conforme al dictamen de su conciencia, y ante Dios, por el mayor bien de la religión, de la patria y del Estado; pero una vez declarada la obligación general, no favorezca el sacerdote a un partido más que a otro, salvo que uno de ellos sea abiertamente hostil a la Religión”.

[33] Boletín Eclesiástico y Científico (1906-1907), 326.

[34] Congreso 3º Católico Nacional y Primero Eucarístico, vol. 1, Guadalajara, Tipografía de El Regional, p. 340, cit. por Francisco Barbosa Guzmán (ed.), Católicos prácticos con sentido social, Arzobispado de Guadalajara, Guadalajara 2008. p. xxix.

[35] Cfr. Enrique Lira Soria, Miguel Palomar y Vizcarra, católico militante (1880-1968), Departamento de Estudios Históricos de la Arquidiócesis de Guadalajara, Guadalajara 2010,  23-25 y 34-37; Evaristo Olmos, “El desarrollo del catolicismo social y el conflicto entre la Iglesia y el Estado en México”, en Jornada Académica Iglesia – Revolución, Departamento de Estudios Históricos de la Arquidiócesis de Guadalajara, Guadalajara 2010, 129-144.

[36] Evaristo Olmos, Op. cit., 137.

[37] Cfr. Francisco Barbosa Guzmán (ed.), Óp. cit., p. xiv; Felipe Arturo Ávila Espinosa, “Una renovada misión: las organizaciones católicas de trabajadores entre 1906 y 1911”, en Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México (2004/2), 61-94.

[38] José de Jesús Ortiz, Circular 18-v-1904, en Boletín Eclesiástico y Científico (1904-1905), 78.

[39] José de Jesús Ortiz, Circular abril de 1905, en Boletín Eclesiástico y Científico (1905-1906), 37.

[40] Ib.

[41] José de Jesús Ortiz, Circular 2-VIII-1909, en Boletín Eclesiástico y Científico (1909-1910), 298.

[42] José de Jesús Ortiz, Circular 30-XII-1910, en Boletín Eclesiástico y Científico (1910-1911), 598-599.

[43] José de Jesús Ortiz, Circular 4-ii-1902, en Boletín Eclesiástico (1902), 191.

[44] Tierra de una enorme actividad sísmica, Chilapa vivió el 16 de enero de 1902 uno de los terremotos más memorables, del que quedaron dañados todos los templos. Todavía hoy las crónicas recuerdan incluso la hora del temblor: “eran las seis de la tarde” (cfr. Sergio Dolores Flores, Antología de Chilapa, tomo II, Dirección de Cultura y Turismo de Chilapa, Chilapa 2010, 110).

[45] José de Jesús Ortiz, Circular 4-ii-1902, en Boletín Eclesiástico (1902),  191.

[46] Cfr. Joaquín G. y González, La inundación de Guanajuato, León 1905, sp.,  113-120.

[47] José de Jesús Ortiz, Circular 9-vii-1905, en Boletín Eclesiástico y Científico (1905-1906),  207-208.

[48] José de Jesús Ortiz, Circular 16-xi-1910, en Boletín Eclesiástico y Científico (1910),  474.

[49] Ib., 475.

[50] José de Jesús Ortiz, Edicto 14-vi-1911, en Boletín Eclesiástico y Científico (1911), 150.

[51] Ib., 151.

[52] José de Jesús Ortiz, Circular 4-i-1909, en Boletín Eclesiástico y Científico (1908-1909), 589-590.

[53] Pío x, Carta Per solemnia saecularia, 23-II-1910, cit. en Boletín Eclesiástico y Científico (1910),  297.

[54] Ib., 302-303.

[55] Ib., 309-310.

[56] Ib., 311

[57] Ib., 310

[58] José de Jesús Ortiz, Edicto 15-v-1911, en Boletín Eclesiástico y Científico (1911), 107.

[59] Ib., 108.

[60] En este terreno, habría que destacar el impulso a la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y al Señor San José, así como la coronación de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos y el inicio de las peregrinaciones anuales a la entonces todavía colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, en México.

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