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cx aniversario de los observatorios astronómicos del Seminario de Guadalajara

 

Laura Catalina Arreola Ochoa[1]

 

Aprovechando una fecha memorial, se da cuenta en este artículo de la época en la que el Seminario de Guadalajara ocupó la vanguardia en los estudios astronómicos y meteorológicos en México gracias a la presencia excepcional de dos sabios clérigos del sur de Jalisco: José María Arreola y Severo Díaz

 

El 30 de noviembre de 1903, en el marco de los festejos por las Bodas de Plata del Papa León xiii como obispo de Roma, tuvo lugar la bendición del primer observatorio meteorológico del Seminario Conciliar de Guadalajara. Desde el mes de abril de ese año se venían realizando ya observaciones, sin embargo, se difirió la inauguración oficial para enmarcarla en un reconocimiento público a un Pontífice que fue también un gran impulsor del estudio de la astronomía y la meteorología en los establecimientos religiosos.

Encabezó el acto, realizado todo en las instalaciones del monumental edificio recién inaugurado, el arzobispo de ese tiempo, don José de Jesús Ortiz y Rodríguez, y tomaron parte en él personalidades tanto del ámbito eclesiástico como del civil.

(ilustración 1)

Con esta ceremonia, se acentuaba la preocupación que en ese tiempo se dio a la observación meteorológica en el desarrollo de los pueblos y en la instalación de observatorios astronómicos que facilitaran la comprensión de los fenómenos climáticos y el mejor aprovechamiento de los recursos naturales.

La dirección de los Observatorios Meteorológico inicialmente y unos meses más tarde también Astronómico, fue la corona de dos destacados presbíteros: don José María Arreola Mendoza y don Severo Díaz Galindo, mismos que hacían mancuerna desde su cuna intelectual, el Seminario de Zapotlán el Grande, en donde cursaron su formación sacerdotal.

Arreola y Díaz no surgieron de forma espontanea. Habían sido aventajados discípulos de mentores ilustres en el campo de las ciencias naturales en el Seminario de Zapotlán, pues tales fueron los presbíteros Pantaleón Tortolero, Porfirio Díaz Gonzales y Atenógenes Silva.

Por lo que al observatorio de Zapotlán respecta, sus antecedentes se remontan al año de 1892, cuando el aún estudiante José María Arreola se esforzó por promoverlo e instalarlo, recuperando así once años de fatigas de don Pantaleón Tortolero. Un año después de la fecha señalada, las observaciones sistemáticas al volcán de Colima divulgadas por Arreola le dieron el rango a su observatorio zapotlense de segunda estación vulcanológica ¡a nivel mundial!, publicándose sus trabajos en diversos boletines científicos locales, nacionales y mundiales.

Tal vez sorprendido por este éxito, Arreola invitó a colaborar con él a su brillante pupilo Severo Días Galindo, iniciando desde entonces una relación que sólo interrumpirá la muerte casi setenta años después.

Sabedor de todo esto, el obispo de Colima, don Atenógenes Silva, animó y apoyó al ya presbítero José María Arreola a establecer y dirigir los Observatorios de Meteorología y Vulcanología de Zapotlán, labor desempeñada los siguientes tres años, luego de los cuáles pidió ser relevado por su discípulo Díaz Galindo para atender él la invitación que se le hizo a mediados de 1898 para integrarse a la nómina de formadores del Seminario Conciliar de Guadalajara, derivándole las cátedras de física, química, astronomía e historia natural, dándole pie con ello a que gestionara lo que un lustro después será un hecho: el observatorio que será cuna del que a la fecha encabeza este rubro.

La fama de Arreola saltó las fronteras locales merced a la difusión impresa de sus observaciones a nivel local y nacional. Un esfuerzo de ello fue el marbete que se le dio a la publicación oficial de la arquidiócesis tapatía por estas fechas: Boletín Eclesiástico y Científico, justificándose esto último precisamente por la publicación de los trabajos del Observatorio del Seminario: “Bastaban para hacer glorioso este año en los anales del Seminario, las fechas del 30 de noviembre de 1903 y 7 de marzo de 1904: en estas fechas se establecieron respectivamente, no sin grandes sacrificios y derrumbando no pocos obstáculos y dificultades, los observatorios Meteorológico y Astronómico”.[2]

(ilustración 2)

En estos espacios erigidos a la ciencia, los estudiosos Arreola y Díaz realizarán trabajos tan importantes que aún hoy son motivo de atención por parte de los especialistas. Arreola, en el Informe del Observatorio publicado en el sobredicho Boletín Eclesiástico y Científico el 8 de julio de 1904, explica las vicisitudes de la inauguración:

 

“El Observatorio Astronómico se construyó sobre las azoteas, que miden una altura de algo más de veinte metros sobre el nivel de la calle y por lo mismo, se denomina muy bien todo el horizonte, excepción hecha de los pequeños espacios que interceptan las torres de Catedral y San Felipe. Es una torrecilla cuadrada, de cuatro metros por lado y tres de altura. En la parte media del piso y correspondiendo á uno de los muros principales del edificio, se levantó una columna, de dos metros ochenta centímetros de altura, bastante sólida, que sostiene un anteojo ecuatorial de la fábrica R. Mailhat, de París, con objetivo de 90 m.m. de diámetro”.[3]

 

El personal del Observatorio quedó formado por los presbíteros José María Arreola en calidad de Director; Severo Díaz Galindo como director adjunto y los menoristas José Agustín, Aniceto Carrillo y Agustín Ramírez como auxiliares. Los primeros trabajos del Observatorio se remontan a octubre de 1902 y las observaciones meteorológicas diarias comenzaron el 1º diciembre del mismo año:

 

“En los pocos meses transcurridos el trabajo se ha repartido del modo siguiente: yo he tenido á mi cargo todo lo relativo á construcción de ambos observatorios, la instalación y rectificación de los instrumentos y las observaciones astronómicas necesarias para la posición exacta de los anteojos, especialmente del anteojo meridiano y para la regulación de la marcha del cronómetro, también he practicado otras muchas observaciones astronómicas para estudio personal y para la instrucción de los alumnos de la clase de Astronomía que es á mi cargo”.[4]

 

Desde sus inicios el Observatorio fue inscrito a la red del Observatorio Central de la Ciudad de México, a la que ya pertenecían los seminarios de Zapotlán y Colima. La Exposición Internacional de Saint Louis de 1904 fue un escenario perfecto donde se dio a conocer al mundo el nuevo Observatorio que inmediatamente quedó inscrito en la lista de los observatorios pioneros en la historia, y así lo reconoce la obra The Meteorological Service of the Mexican United States.[5] Es en este mismo suceso en que le fue otorgaco del padre Arreola una medalla de oro y un diploma por su colección de trabajos científicos y literarios.

(ilustración 3)

Los trabajos de observación, enseñanza y práctica de los nuevos observatorios del Seminario de Guadalajara fueron ininterrumpidos a partir de entonces. Este multicitado año de 1904 arribó a Guadalajara, proveniente de París, un espintariscopio de Crookes, conteniendo una partícula de radio, elemento apenas descubierto por Pierre y Mary Curie. Es quizás este año en que Arreola y Díaz exploraron nuevas y variadas facetas científicas, al realizar algunos experimentos con la nueva partícula:

 

José María Arreola fue uno de los primeros científicos en solicitar a Madame Curie una muestra de Radio. Juan José Arreola escuchó contar a su tío José María que la misma Madame Curie le envió una carta acompañando la preciosa muestra, convirtiéndose este hecho en uno de los acontecimientos más importantes de la vida de don José María. Según esos datos, en los archivos de Madame Curie y su esposo Pierre, en París, podría estar la clave para entender cómo fue posible que llegara una pequeña muestra del preciado mineral a Guadalajara, hecho que debió ocurrir en el mismo año de 1904.[6]

 

Como resultado de los trabajos realizados con la partícula de radio, los sabios Arreola y Díaz, lograron obtener algunas impresiones fotográficas de cuerpos opacos, que destacaban, eran fenómenos sin duda admirables en lo que “últimamente conoce la ciencia”, hecho que permitió a José María ser el segundo mexicano en poseer el nuevo elemento, sólo antecedido por el ingeniero Luis G. de León, profesor de la Nacional Preparatoria y fundador de la Sociedad Astronómica de México, con unos días de diferencia.[7] Este año publicó Severo Díaz Galindo su estudio “El Radio y la radio-actividad de la materia”, publicado en el Boletín de la Escuela de Ingenieros, donde relata cómo “Apenas nos llegó la fracción pequeñísima de radio que acabáis de ver, procedimos el P. Arreola y yo, a obtener impresiones fotográficas de cuerpos opacos, fenómenos sin duda el más admirable de los que últimamente conoce la ciencia”.[8]

Las constantes observaciones meteorológicas y astronómicas llevaron a estos sabios a observar al sol, y realizar algunos trabajos sobre sus observaciones. Arreola desde sus estudios en Zapotlán buscaba demostrar la relación entre los cambios solares con los sismos y las erupciones volcánicas. Fruto de esas pesquisas fue su monografía “El Estudio sobre las manchas solares, reflejadas sobre el eje ecuatorial de la Tierra”, que hoy admite la ciencia bajo el título de influencia del plasma solar reflejado en esa región del planeta. En la colección de dibujos que se localizan en el Instituto de Astronomía y Meteorología de la Universidad de Guadalajara se resguardan las anotaciones manuscritas y las notas periodísticas coleccionadas en torno a sismos, erupciones volcánicas y tormentas posteriores a una gran explosión solar observada.

(ilustración 4)

Las noticias del observatorio se publicaban todos los días en el periódico católico El Regional, consistiendo en una breve nota acerca del estado del tiempo y del aspecto del Sol, y semanariamente en el Boletín del Seminario, y en Democracia Cristiana, donde hacían resúmenes de las observaciones diurnas meteorológicas y heliográficas.[9]

En colaboración con los alumnos destacados del Seminario fue posible modificar y construir algunos aparatos del gabinete de meteorología. Aniceto Carrillo construyó un registrador que en el que se conecta la veleta, con lo que se podía llevar cuenta del rumbo hacia donde soplan los vientos muy parecido al anemoscopio, registrador de la fábrica de Richard.

Es importante destacar el trabajo que desde sus inicios se realizaron en los observatorios del Seminario de Guadalajara durante los casi diez años de vida que tuvieron, manteniéndose siempre a la par de los demás observatorios del país. Los constantes trabajos en foros tanto nacionales como internacionales donde presentan y discuten sus trabajos son siempre bien acogidos.

Grande sobresalto social produjo en los primeros años del siglo xx la aparición del cometa Halley, el más espectacular que ha sido visible para la humanidad y que pasa por nuestra órbita cada 75 años. Señales en el cielo, desastres en la tierra, dice el adagio, y no otro fue el desconcierto popular al que Arreola y Díaz, investidos en su doble nexo de ministros sagrados y ministros de la ciencia, llevaron a cabo la secuencia del avistamiento del Cometa Halley en Guadalajara, siempre desde el telescopio del Observatorio del Seminario, a partir de abril de 1910.

El novelista mexicano Agustín Yáñez, en su novela Al Filo del Agua (1947), recuerda este suceso:

 

He podido seguir paso a paso la marcha del Cometa Halley ante la mirada atónita de los hombres, y para ello he contado con las sabias indicaciones de dos hombres famosos no solo en nuestra gloriosa Arquidiócesis, cuna de sabios y de santos, sino dentro y fuera de la República: me refiero a los dos ilustres maestros presbíteros don José María Arreola y don Severo Díaz, los primeros a quienes les cupo la honra de descubrir sobre el cielo de Guadalajara el prodigio celeste… pero donde carezco de palabras para describir la belleza del fenómeno y la intensa emoción de mi alma, es cuando recuerdo el doce de mayo en que se hizo visible la gran cauda del cometa, captada por el telescopio del observatorio después de las 4:30 a.m; en verdad no hay palabras para describir la magnificencia del astro”.[10]

 

La cita corresponde a un fragmento de la carta que un joven estudiante del Seminario, alumno y colaborador de los presbíteros Arreola y Díaz en el Observatorio, le dirige a su padre, vecino de Yahualica, y que según el novelista se leyó en la plaza principal del pueblo para mitigar el pánico a los desastres que podría traer el cometa.[11]

Los desastres llegaron dos años más tarde, cuando la naturaleza sorprendió a los habitantes de Guadalajara con una serie de sismos que aterraron a la población, y los cuáles ciertamente predijo el padre Arreola, granjeándose en ese tiempo un fuerte conflicto con el Gobernador del Estado, Alberto Robles Gil, quien desacreditó públicamente al sabio, metido hasta el tuétano en estas cosas desde 1893.

Nos referimos a la intensa sismicidad sufrida en Guadalajara y su comarca entre los meses de julio y agosto de 1912. Memorable es que en este tiempo, en pleno sermón dominical, el día 18 de julio de ese año, el padre Arreola notificó a los ahí reunidos que durante los primeros días de agosto se registrarán una serie de fuertes temblores que destruirán la ciudad.[12] Para disgusto de las autoridades, algunos de esos sismos sobrevinieron el día y la hora anunciados por el padre Arreola, de modo que cuando poco antes el señor Robles Gil lamentara de que en el Código Penal no hubiera un artículo que castigara las predicciones del padre Arreola para reducirlo a prisión, y cuando aún en sus horas de insomnio fantaseara con el ardor de un Congreso jacobino que a nombre de la libertad restaurara un nuevo tribunal de la Inquisición para mandar a parrilla a todos los frailes, la Tierra, acreditando al estudioso vulcanólogo, convalidó lo que siglos antes dijera ante el Tribunal Romano Galileo Galilei: y sin embargo se mueve.[13]

Es a través de este período en el que Arreola, arriesgándolo todo, acertó en sus predicciones sísmicas, a despecho de la campaña en su contra orquestada por los representantes de un estrato social a quienes les parecía incompatible la labor científica de estos estudiosos combinada con su calidad sacerdotal, anticlericalismo similar al que echarán mano con especial virulencia los grupos armados que surjan, poco después, al calor del Plan de Guadalupe.

El 8 de julio de 1914, será una fecha triste para la Iglesia en Guadalajara e implica la parálisis de sus instituciones los siguientes treinta años. Con la entrada a Guadalajara de las fuerzas llamadas Constitucionalistas, cuyos ánimos eran desbordados, comenzó la era de aniquilamiento de las obras sociales de la Iglesia: Colegios, Hospitales e Institutos y Seminarios fueron bárbaramente aniquilados, apoderándose las fuerzas revolucionarias de todos los edificios a cargo de la Iglesia para transformarlos en cuartel militar, y eso pasó con las sedes de los Seminarios Mayor y Menor, con los de los Colegios del Sagrado Corazón para niños, y el de niñas, la Escuela de Artes del Espíritu Santo, las Casas del Ejercito de San Sebastián de Analco, los anexos del Santuario de Guadalupe y de Nuestra Señora de los Dolores, sólo por mencionar lo ocurrido en Guadalajara; poco después serán incautadas la Casa Arzobispal y las instalaciones del periódico El Regional.

No se salvaron las magnificas bibliotecas del Seminario, del Colegio de San José y otras, que tomadas por la soldadesca fueron destruidas. Se vaciaban las estanterías para servirse de los libros como combustible o material de reciclaje. No se salvaron los gabinetes de física y química de dichos establecimientos; los aparatos que no fueron destruidos se les vendió de manera vil.[14]

Con estos lamentables acontecimientos se cierra una página gloriosa de avances y observaciones científicas en los Seminarios de la Arquidiócesis de Guadalajara. Es importante remarcar la importancia de los Observatorios de Meteorología y Astronomía, del Seminario ,que desde sus primeros días entro en contacto con Observatorios de distintos puntos del planeta y que sus directores los presbíteros José María Arreola, y Severo Díaz Galindo se granjearon con ello el respeto y el reconocimiento universales a sus logros en el campo de estas ciencias que tanto fascinaron al hombre desde la antigüedad, deseoso siempre de arrancarle al cosmos sus misterios.

 

 



[1] Maestra en ciencias sociales, miembro del Departamento de Historia / División de Estudios Históricos y Humanos, obtuvo su licenciatura en historia por la Universidad de Guadalajara mediante la tesis “Don José María Arreola Mendoza (1870-1961).

[2] Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Guadalajara, Guadalajara, imprenta de la Verdad, T.1, año 1904-1905, pp.186-187 y 208-12.

[3] José María Arreola, “Informe acerca del establecimiento de los observatorios del Seminario Conciliar de Guadalajara”, en Boletín Eclesiástico del Arzobispado de Guadalajara, Guadalajara, Imprenta de la Verdad. T. 1, año 1903-1905, pp. 186-187 y 208-212. Se localiza en la Biblioteca del Archivo Histórico del Arzobispado de Guadalajara, México.

[4] Op. cit. p. 187.

[5] Cf. “Informe Relativo a los trabajos del Observatorio del Seminario durante el año escolar que termina”, en Informe de la Solemne distribución de Premios de 1906, Guadalajara, Jal., s.e., pp. 120-124.

 

[6] Orso Arreola Sánchez,  Juan José Arreola. Vida y Obra, Guadalajara-Jalisco (2003), Secretaria de Cultura del Gobierno del Estado, pp. 81-82.

[7] Durruty Jesús Alva Martínez es investigador del Instituto de Astronomía y Meteorología de la Universidad de Guadalajara,

[8] Cf. Severo Díaz Galindo, “El Radio y la Radio-Actividad de la Materia”, en Boletín de la Escuela de Ingenieros de Guadalajara. T. iii, agosto de 1904. No. 3.

[9] Op cit. p. 187.

[10] Agustín Yáñez, Al Filo del Agua, México, Porrúa, 1986, pp. 337- 341.

[11] Laura Catalina Arreola Ochoa, “Del Pulpito a las Estrellas. Don José María Arreola Mendoza. Sacerdote, Astrónomo y Vulcanólogo” Tesis para obtener el grado de Maestría. 2011.

[12] Mario Aldana Rendón, Del reyismo al nuevo orden Constitucional 1901-1917. Guadalajara, Colegio de Jalisco, 1987, p. 37

[13] La Nación, “¡Charlatán!”, 1912, 2 de agosto, p.p. 3-4.

[14] MEMORIAL del Cabildo Metropolitano y Clero de la Arquidiócesis de Guadalajara, al C. Presidente de la República Mexicana, Dn. Venustiano Carranza; y Voto de adhesión y obediencia al Ilmo y Revmo. Sr. Arzobispo Dr. Y Mtro. Dn. Francisco Orozco y Jiménez. 1918. Guadalajara, Jalisco. MISCELÁNEA No. 55-15. Fondo José María Arreola. Biblioteca Manuel Rodríguez Lapuente. CUCSH. Universidad de Guadalajara.

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