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Los festejos del primer centenario de la consumación de la Independencia, nuevo impulso para el catolicismo social (2ª parte)

 

Francisco Javier Tapia R-Esparza[1]

 

Concluye el análisis a un suceso que en 1921 permitió al catolicismo social reacomodarse en el marco estrecho al que las leyes jacobinas enquistadas en la Constitución Federal confinaron a las instituciones eclesiásticas después de 1917.[2]

 

 

Mención aparte merecen los festejos que se realizaron en Morelia. Si la Ciudad de México había sido el centro de los festejos cívicos del centenario de la consumación de Independencia, en Morelia se llevarían a cabo las celebraciones más fastuosas por parte de los católicos para honrar a Iturbide. El 27 de septiembre de 1921 transcurrió con poca algarabía más allá de la iluminación de las torres de catedral[3] y una misa en su interior, sin embargo, para los días 16 y 17 de diciembre se organizó una gran reunión a la que asistieron varios de los más altos jerarcas de la Iglesia católica mexicana, así como numerosos miembros pertenecientes a grupos como la ACJM, Caballeros de Colón y Damas Católicas.

El programa del día 16 inició con una visita a la casa natal de Agustín de Iturbide donde se celebró un acto literario en su honor al que asistieron únicamente los invitados de honor. Ese mismo día, pero por la tarde, la conmemoración se extendió al pueblo moreliano quienes abarrotaron la plaza de toros al asistir a una jornada que incluyó música, cantos, declamación, poesía y oratoria en honor al consumador de la Independencia. Para finalizar el programa, los más de ocho mil asistentes entonaron el himno nacional con sus estrofas completas incluyendo la que hace referencia a Iturbide.[4]

El día 17 fue de festejos menos multitudinarios, ya que se dedicó para la celebración de una misa nocturna en catedral a la que asistieron los visitantes distinguidos y un grupo selecto de morelianos. En esa ocasión, además de cantar el Te Deum, se entonó la Salve Montserratina, el himno guadalupano, Salve y de nuevo el himno nacional[5] con todas sus estrofas.[6]

Como se puede apreciar, los católicos sociales aprovecharon la coyuntura de los festejos de 1921 para reagruparse, demostrar su poder de convocatoria y de paso impulsar proyectos para la apropiación simbólica de espacios públicos y la también de la memoria histórica. En ese contexto, Agustín de Iturbide fue retomado como el eje sobre el que giraban los festejos del centenario de la consumación de Independencia, pero también, como pivote para la generación de varios proyectos historiográficos enfocados sustentar una visión católica de la historia de México.

Desde antes que México se erigiera como nación independiente ha existido una lucha entre liberales y conservadores por establecer su visión de la historia. Esta añeja disputa se vivificó, aunque con nuevos actores, con el advenimiento de la Revolución. Mientras los católicos creaban una historiografía propia con la que pretendían elevar a Agustín de Iturbide como héroe máximo de la nación, algunos revolucionarios llevaban a cabo planes para borrarlo de la memoria.

Con la celebración del primer centenario de la consumación de Independencia en puerta e inclusive en presencia de algunos enviados diplomáticos, la xxix Legislatura inició una larga y engorrosa discusión. En la tarde del 23 de septiembre de 1921, después de examinar el proyecto de ley para la creación de la Secretaría de Educación Pública, un grupo de “numerosos ciudadanos diputados” turnó a la primera comisión de puntos constitucionales una iniciativa para sustituir el nombre de Agustín de Iturbide que se encontraba en la galería de los hombres ilustres por el de Belisario Domínguez. El secretario Barragán dio lectura a la propuesta en la que se decía:

 

En vista de la audaz tentativa de la reacción para lograr la imposible, la absurda apoteosis de Agustín de Iturbide, el conocido traidor, el iniciador de los cuartelazos, creemos necesario que esta Cámara de Diputados, que es y debe ser el baluarte de la revolución, sostenga los fueros de la verdad histórica y evite la indigna mistificación, la grotesca superchería con que los obscurantistas tratan de desorientar infamemente el espíritu de nuestras masas.

Los reaccionarios se atreven a presentar a Iturbide como el verdadero Libertador de México y los mexicanos honrados y conscientes debemos oponernos a ese crimen contra la santidad de la historia.

Sobre la tenebrosa figura de Iturbide, debemos los revolucionarios, debemos los mexicanos, levantar e imponer el de Vicente Guerrero, el precursor del agrarismo, el glorioso defensor de los oprimidos del campo.[7]

 

Los diputados que se manifestaban a favor de la sustitución del nombre de Agustín de Iturbide por el de Belisario Domínguez argumentaban su propuesta con fundamentos históricos provenientes de la historiografía liberal decimonónica, particularmente de autores como Lorenzo de Zavala, José María Bustamante y Julio Zárate lo que, por otro lado, puede dar muestra del horizonte historiográfico de algunos dirigentes políticos en las primeras décadas del siglo xx. Después de algunos incidentes que detuvieron en varias ocasiones la propuesta, el escrito concluye con petición de que, “con dispensa de todo trámite” se atendiera a dos puntos:

 

Primero: Bórrese del recinto de la Cámara el odioso nombre del primer contrarrevolucionario mexicano, Agustín de Iturbide, fusilado en Padilla por virtud de un decreto memorable del Congreso federal.

Segundo: Substitúyase el nombre del traidor Iturbide por el del heroico revolucionario doctor don Belisario Domínguez.[8]

 

Aunque hubo quien respondió por la negativa de llevar a cabo tal propuesta, el diputado Manlio Fabio Altamirano tomó la palabra para señalar que en una visita que había hecho unos días antes junto con otros diputados a Zacatecas y Aguascalientes para ver asuntos agrarios, encontraron que el obispo de Zacatecas “estaba absolutamente interesado en las fiestas del Centenario, tan interesado estaba, que tenía un representante en el comité de aquel Estado. Con este motivo, los Caballeros de Colón y todas las asociaciones religiosas tomaron parte activísima, haciendo un alarde de su fuerza frente al pueblo trabajador y frente al pueblo agricultor”.[9] Respecto de lo que vieron en Aguascalientes señala que:

 

Allí llegamos nosotros para dejar sembrada la idea revolucionaria. Los Caballeros de Colón y todas las asociaciones religiosas, que son absolutamente enemigas del ideal revolucionario, hacían alarde de su fuerza y hasta en su programa ponían con letra muy grandes, esta frase; Invitamos a los caballeros de Colón, a los componentes de la ACJM y a una infinidad de asociaciones religiosas para celebrar una gran manifestación en honor de Agustín de Iturbide, primer emperador de México y verdadero (con unas letras de este tamaño) libertador de la nación mexicana.[10]

 

La preocupación de algunos diputados por el rápido crecimiento de los católicos sociales queda de manifiesto en las líneas anteriores. Borrar el nombre de Iturbide de los muros del congreso era más que un acto simbólico, se trataba del inicio de un proyecto para generar un discurso histórico que permitiera frenar el avance de los católicos con quienes comenzaban a tener conflictos serios como el de Morelia en el mes de mayo.

La votación para sustituir el nombre de Agustín de Iturbide por el de Belisario Domínguez arrojó un resultado de ochenta y un votos a favor de la propuesta y cincuenta y tres por la negativa. Al no cumplirse con las dos terceras partes requeridas, la moción se turnó a la primera comisión de puntos constitucionales. Este debate se prolongó por varias sesiones y después de largas discusiones, en la sesión del 7 de octubre de 1921 se resolvió que se realizara la sustitución del nombre de Agustín de Iturbide por el de Belisario Domínguez en la galería de los hombres ilustres.[11]

La derrota de los diputados conservadores en el congreso al defender el nombre de Agustín de Iturbide contrasta con lo que sucedía fuera del recinto legislativo. En las calles, el catolicismo social resurgía después de los momentos críticos de 1914-1920 y las manifestaciones multitudinarias, el crecimiento de los grupos católicos y la producción historiográfica son muestra de ello. Resulta difícil seguir la cantidad de folletos que se generaron con motivo de los festejos del centenario y las veladas literarias en honor a Iturbide por tratarse precisamente de publicaciones volantes. Sin embargo, existen algunos de ellos en repositorios documentales de bibliotecas como El Colegio de Michoacán y la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, y noticias de otros tantos en los boletines eclesiásticos y archivos de diferentes diócesis que dan muestra de que se elaboraron numerosos escritos en honor a Iturbide.

Un par de muestras del impulso historiográfico para enaltecer a Agustín de Iturbide son, por un lado, el intento para realizar un libro de historia patria dedicado precisamente a Iturbide en el que colaborarían algunos de los intelectuales más prominentes de la época como Francisco Elguero, Nicolás León, Leopoldo Batres, Federico Gamboa, Francisco Bulnes, Antonio Caso, José López Portillo y Rojas, José de J. Núñez y Domínguez, Manuel

Mestre, Rafael López, Guillermo Obregón, Demetrio Sodi, Manuel Marrón Aguirre y algunos otros escritores más.[12]

Otro de los impulsos de este tipo fue el intento de Francisco Banegas Galván, obispo de Querétaro y parte del grupo de los clérigos exiliados por Carranza en 1914, quien al tener listo el primer tomo de su Historia de México decidió modificar el orden de publicación y hacer coincidir la aparición del segundo tomo con los festejos del centenario, ya que en éste se hace referencia a la obra de Agustín de Iturbide. Problemas de la editorial impidieron que el segundo tomo de la Historia de México se publicara en el marco de los festejos del centenario, sin embargo, un par de años más tarde logró publicarse en la ciudad de Morelia con la misma intención, homenajear a Iturbide.[13]

 

Conclusiones

 

Si del estudio de los festejos de la Independencia de México se trata, son los de 1910 los que han acaparado mayor atención debido a su fastuosidad y a la herencia material que dejaron, pero también porque el periodo porfiriano es uno de los más estudiados de nuestra historia y sobre todo porque se trata del ocaso de un régimen y el inicio del movimiento social más grande que se experimentó en nuestro país durante el siglo xx. Por su parte, el centenario de la consumación de Independencia que se conmemoró en 1921 ha pasado casi inadvertido a no ser de algunos estudios en los que se muestra como parte del largo proceso del desarrollo de la Revolución mexicana.

Es cierto que para la conmemoración del centenario de la consumación de Independencia no se proyectaron grandes obras de la dimensión del Palacio de Bellas Artes, el edificio de correos o el manicomio de la Castañeda, sin embargo, de 1921 han quedado varios legados como el surgimiento del arte popular; el impulso a la antropología; o el afianzamiento de una identidad nacional basada en el indigenismo, temas que han sido abordados por Alicia Azuela de la Cueva, Annick Lempérière y Virginia Guedea entre otros. Éste trabajo se suma a los anteriores que han estudiado los centenarios, sin embargo, nuestro interés se ha centrado, más que en la fiesta en sí, en la participación y desarrollo del catolicismo social durante un periodo poco tratado en la historiografía mexicana.

Hemos podido corroborar que, tras el duro golpe que recibieron los católicos sociales en 1914 al experimentar el exilio de varios de sus miembros, 1920 y 1921 fueron años de reagrupación y revitalización de su proyecto para buscar mayores espacios de participación social y política. En medio de una serie de manifestaciones multitudinarias que venían organizando desde fines de 1920, los católicos aprovecharon los festejos del centenario de la consumación de Independencia para hacerse presentes y de paso apoderarse de la memoria al tutelar las fiestas y elevar a Agustín de Iturbide como héroe máximo de nuestra historia.

Los católicos tuvieron más complicaciones de las que esperaban al tutelar la celebración del centenario ya que la prensa, élites, comunidad española y el mismo gobierno a través de Álvaro Obregón, tomaron participación en la organización de diversos festejos. Aunque cada grupo tenía sus propósitos y motivaciones al momento de organizar y participar en la conmemoración, en el fondo se hace presente en cada uno de ellos, particularmente en el gobierno federal, una intención por manifestar su presencia, buscar consenso, justificar su posición y difundir su discurso.

No obstante la competencia por organizar los festejos del centenario, los católicos lograron sacar ventaja al incrementar el número de agrupaciones religiosas y apoderarse por completo de la celebración en algunos lugares fuera de la capital del país, tal como sucedió en la ciudad de Morelia. Aunque los sindicatos católicos, Caballeros de Colón y la Asociación de Damas Católicas recibieron mayor cantidad de miembros, fue la ACJM quien cobró más fuerza al surgir varios comités locales en el centro y occidente del país, particularmente en los estados de Michoacán, Jalisco y Guanajuato, sitios en los que coincidentemente estallaría años más tarde el conflicto religioso cristero.

Para los católicos, el centenario de la consumación de la Independencia también ayudó a impulsar una historiografía que tenía como finalidad justificar su acción y participación en la vida civil y política del nuevo México que se construía tras la Revolución. Las mejores muestras de esta historiografía provienen de autores como Mariano Cuevas, Francisco Plancarte y Navarrete, Jesús García Gutiérrez y Francisco Banegas Galván, todos ellos sacerdotes que publicaron una vasta producción historiográfica durante la década de 1920. Además de contar con una historia de la Iglesia en México, los católicos escribieron diferentes trabajos con los que se conformó una historia general de México.

Pocas instituciones tan dinámicas y longevas como la Iglesia Católica, la cual, gracias a su capacidad de adaptación ha sobrevivido por cerca de dos mil años y se ha extendido por el mundo entero. Uno de los momentos en los que la Iglesia notó la necesidad de renovarse y ponerse al día fue la segunda mitad del siglo xix, momento en el que surgió el catolicismo social. En México, el estallido de la Revolución en 1910 impulsó una serie de cambios de todos los órdenes, coyuntura que los católicos aprovecharon para recuperar terreno social y político. En el marco de la revisión de las gestas independentista y revolucionaria, sirva este texto para comprender las acciones y estrategias del catolicismo social en particular, y de los procesos históricos de la primera mitad del siglo xx en general.



[1]Licenciado en Historia por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo en Morelia, Michoacán.

[2]Artículo publicado en Tzintzun. Revista de Estudios Históricos, núm. 52, julio-diciembre, 2010, 13-48, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, México

[3]Sesión de cabildo del 21 de septiembre, fondo Actas de cabildo, libro 75, foja 23.

[4]Reseña de las fiestas que las representaciones de diversos estados de la República reunidas en la ciudad de Morelia celebraron en honor de don Agustín de Iturbide, padre de la Patria Mejicana, los días 16 y 17 de diciembre del año de 1921, Centenario de la Independencia Nacional, Morelia, Tipografía comercial, 1921, 6 10.

[5]Ibíd., 10-11.

[6]He resaltado el hecho de que se cantó el himno nacional con todas sus estrofas puesto que en la octava se hace referencia a Iturbide, pero desde la revolución de Ayutla en 1854 se dejó de cantar junto con la cuarta que corresponde a Santa Anna. La estrofa es como sigue: Si a la lid contra hueste enemiga /nos convoca la tropa guerrera, /de Iturbide la sacra bandera / ¡Mexicanos! valientes seguid. /Y a los fieros bridones les sirvan /las vencidas enseñas de alfombra: /los laureles del triunfo den sombra /a la frente del bravo adalid. Por decreto presidencial, desde mayo de 1943 se estipuló que el Himno Nacional Mexicano consiste de las estrofas i, v, vi y x  del original y que se intercalan con el coro que se canta en cinco ocasiones.

[7] Diario de debates número 12 del 23 de septiembre de 1921, en: Diario de los debates de la xxix legislatura. Primer periodo de sesiones ordinarias del segundo año de ejercicio (Agosto-Diciembre de 1921), versión digital consultada el 8 de febrero de 2010 [http://cronica.diputados.gob.mx/ Debates/29/2do/Ord/].

 

[8]Ídem.

[9]Ídem.

[10]Ídem.

[11]Actualmente el senado otorga desde 1953 la presea Belisario Domínguez “para premiar a los hombres y mujeres mexicanas que se hayan distinguido por su ciencia o su virtud en grado eminente, como servidores de nuestra Patria o de la humanidad” y la fecha de premiación es precisamente el 7 de octubre. Véase el artículo primero del Decreto por el cual se crea la medalla de honor Belisario Domínguez del Senado de la República.

[12]Carta para solicitar imágenes de Zamora por parte del Álbum Histórico Mexicano, Fondo diócesis y gobierno, Archivo del obispado de Zamora, fólder 174, asuntos varios de 1921 a 1926.

[13]Francisco Banegas Galván, Historia de México, Tomo II, México, Tipografía Comercial, 1923.

 

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