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Santos Patronos

 

Alfonso Alfaro Barreto[1]

 

En el marco de la exposición ‘Bajo tu amparo nos acogemos… Patronos jurados de Guadalajara’, montada en el Museo de la Ciudad del 28 de junio al 30 de septiembre del año en curso, se redactó esta ficha que ilumina el contexto teórico merced al cual se trabó el guión museográfico que pudo articular la preocupación que en su tiempo tuvieron las autoridades civiles tapatías, de apelar al patrocinio celestial para remediar aflicciones inesperadas[2]

 

¿De dónde viene el poder? ¿Qué hace legítima la autoridad del gobernante?

Los teólogos, los filósofos y los politólogos han discutido estas cuestiones a lo largo de milenios. Los historiadores nos proponen una observación empírica. En la cristiandad latina, matriz fundamental de nuestra cultura, la sociedad medieval se estructuraba en tres estamentos que han sido analizados por Georges Duby. Estas instancias separadas eran sin embargo menos fijas e impenetrabales que sus antecedentes: las castas hindúes de brahmanes, vaishas y shotriyas.

            La Europa medieval reconocía a los detentadores de un brazo poderoso y de una mente astuta un lugar específico y una función: ellos regían (eran los guerreros o bellatores), pero asumían en contrapartida la obligación irrecusable de proteger de cualquier amenaza al grupo que gobernaban.

            Otro sector más, los oratores, tenían la encomienda de vincular a los hombres con el cosmos a través de sus plegarias y de conocimientos tan arcanos como la escritura y la astronomía. Eran también los guardianes de la memoria colectiva.

            Los laboratores debían, por su parte, ofrecer a unos y otros el sustento obtenido gracias al esfuerzo de sus músculos y su frugalidad. Ese estamento formaría el Tercer Estado (a partir de cuya denominación los politólogos del siglo xx habrían de inventar la noción de Tercer Mundo).

            A medida que el medioevo se alejaba de la Antigüedad tardía para acercarse al Renacimiento, los miembros de este Tercer Estado adquirieron, gracias al auge de las ciudades, una autonomía y un poder sin precedentes. El espacio urbano era su territorio natural y el desarrollo del comerio y las manufacturas de la baja Edad Media fue convirtiendo a sus instancias de representación (cofradías, gremios, ayuntamientos) en piezas fundamentales del engranaje social.

            A medida que adquirían prestigio y construían como signo de su poder las espléndidas casas consistoriales de los burgos, estos burgueses fueron necesitando, como los otros estamentos, una sanción simbólica, un reconocimiento cósmico de su autoridad.

            Los oratores eran legitimados nada menos que por un sacramento: el del orden sacerdotal, cuya culminación era el episcopado. Los monarcas eran ungidos y coronados en signo de la potestad divina que les asistía; los señores eran armados caballeros en una ceremonia paralitúrgica. Por su parte, los burgueses de los ayuntamientos ponían en funcionamiento el mecanismo natural que era su instrumento de coordinación, el voto, para elegir entre las potencias tutelares que pueblan los cielos aquellas que resultaban convenientes para dar a su grupo un rostro distintivo y para hacer explícito cuáles eran los auxilios sobrenaturales que la colectividad demandaba para protegerse de rayos o inundaciones, plagas y pestes, o incluso contra murmuraciones y envidias.

            El Ayuntamiento, rector y protector de vasallos libres, celebraba en su nombre un pacto simbólico con los habitantes del cielo y asentaba así el carácter sagrado y legítimo de su autoridad y hacía patente su desvelo por la seguridad y prosperidad de sus gobernados.

            En nuestro suelo, el verdadero nacimiento de la sociedad novohispana, en realidad anterior al trauma de la conquista e independiente incluso de la progenie de Cortés y la Malinche, la sociedad de la que procedemos, quiso cimentarse en un acto jurídico. En Veracruz, Cortés no sólo quemó sus naves. Fundó con la ley de Castilla en la mano el primer organismo deliberativo que lo eximió de la tutela de Velázquez y le confirmó el mando de la empresa de la Conquista. La primera instancia de autoridad de lo que había de llegar a ser la Nueva España fue un ayuntamiento.

            El cabildo municipal es el espacio del poder local, de la deliberación, de la participación entre iguales, de la rendición natural de cuentas. Es el embrión de la noción de ciudadanía.

            En esta exposición asistimos a esos momentos en que los ayuntamientos donde participaban nuestros ancestros decidieron y votaron: eligieron cuáles eran las fuerzas del universo de las que esperaban socorro y a quiénes hacían testigos de su responsabilidad de velar por sus vecinos.



[1] Tapatío. Antropólogo, investigador e historiador. Es director del Instituto de Investigaciones de la publicación Artes de México desde 1998.

[2] Con la autorización de la señora Patricia Urzúa, directora del Museo de la Ciudad, y del propio autor, se publica este texto.

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