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Murieron por sus creencias.La guerra de los cristeros: hitos y mitos

Presentación del libro del presbítero y doctor don Juan González Morfín

 

 

Francisco Barbosa Guzmán[1]

 

 

La noche del 30 de abril de 2012, en el auditorio del campus Guadalajara, de la Universidad Panamericana, se presentó la obra cuyo título encabeza este comentario,[2] en los términos del texto que gentilmente ha cedido su autor para las páginas de este Boletín

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Antes que nada quiero decir que tengo poco tiempo de conocer a la persona y obra historiográfica del padre González Morfín; ambas cosas han resultado para mí una muy grata experiencia. Su persona es de un de trato fino; de la lectura de su obra escrita, siempre se aprende algo interesante. De modo que cuando me invitó a hacer esta presentación acepté gustoso y honrado.

La obra que presentamos se interesa en ahondar en algunos supuestos de momentos cruciales del movimiento cristero (1926-1929), que diversos autores han dado por verdades. En este sentido, conviene recordar que en la historia escrita no existen capítulos cerrados ni punto final, por lo que hay siempre la posibilidad de agregar algo al conocimiento o de corregirlo. Lo que al cabo uno publica son ensayos conteniendo propuestas a partir de ciertas fuentes, que supuestas las limitaciones humanas y la realidad siempre compleja, quedan sujetas a una revisión posterior.

Entre las características que he encontrado en los textos que he leído del padre, y a la que nos referimos hoy no es la excepción, está la utilización de fuentes a las que no se había acudido antes; como se puede suponer, esa originalidad nos ha de llevar a encontrar novedades en la información y en la interpretación de los hechos. Es como si entrara aire fresco a la historiografía. Suele suceder que llega el momento en que especialistas de un tema han utilizado ya las mismas fuentes de información y llegado, poco más o menos, a parecidas conclusiones. Entonces, al parecer un texto, en donde se observa la utilización de datos nuevos, surge hacia él un interés particular.

En el caso de la Cristiada, como lo dice el padre, nos falta mucho por conocer; y en ello tiene que ver, como también el padre lo indica, el acceso a nuevas fuentes, civiles y eclesiásticas, algunas de las cuales apenas se están abriendo. Podemos mencionar, por ejemplo, en Europa, para el periodo, las vaticanas. Más acá, van apareciendo buen número de memorias impresas, de testigos y partícipes, que permanecieron encajonadas por muchos años luego de la imposición del silencio por las autoridades, y de la determinación de callar –por el riesgo de ser víctimas del subsistente encono- recuerdos que hasta entonces estaban accesibles apenas para hijos y nietos; destacándose por ser cálidas, más cercanas a los hechos, y también más dramáticas, ahora comparten el campo con las publicaciones de los historiadores profesionales.

¿Qué resultará de todo ello de novedad? se pregunta el historiador, no sin cierta inquietud personal, temiendo que lleguen los nuevos datos a desmentirlo, a apresurar la obsolescencia de lo que tiene publicado. Es natural entonces que suscite interés una obra como la que nos referimos aquí en particular, para la cual el padre don Juan González ha tenido la fortuna de consultar, entre otros, los fondos del importantísimo Archivo Secreto Vaticano, acudido, cosa poco frecuente, al periódico oficioso de la Santa Sede, L’Osservatore Romano. Dos aspectos quiero agregar para ponderar ante ustedes la obra del padre: su amplia formación intelectual y el profundo conocimiento que tiene del capítulo de la historia nacional que llamamos Cristiada.

 

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En su Murieron por sus creencias… no pretende ofrecernos una historia extensa y detenida pero, no obstante, proporciona los antecedentes y el contexto de los puntos centrales del libro, que nos permiten la comprensión de conjunto. Así resulta, de que tenemos una compendiosa historia de la Cristiada, que pueden leer con provecho tanto los iniciados como los especialistas. Revisando el índice, puede constatarse lo que digo: las tres partes que comprenden el libro, van del inicio de la guerra a su conclusión, pasando por la etapa bélica; ocupándose el autor  particularmente en argumentar sus tesis relativas a los asuntos que siguen: cuán determinante fueron unas declaraciones del arzobispo de México a principios de 1926 para explicar el origen del conflicto; cuanta verdad había en la afirmación de que los cristeros tenían ganada la guerra cuando se paró, y el debate suscitado por la forma como se le dio fin, es decir, acerca de los llamados arreglos de junio de 1929. El lector encontrará en la Introducción del libro unas útiles explicaciones acerca de las motivaciones, fines y método empleado, que le servirán de guía al penetrar en la lectura.

Los tres selectos puntos que acabo de mencionarles, no son cualesquiera cosa, nada tienen de baladíes. Son cuestiones delicadas, controvertidas en su día y hasta la fecha; que tienen que ver con la responsabilidad histórica que les resulta a los partícipes de ambos bandos, del movimiento armado. Para el historiador son igualmente un reto intelectual, pues es su deber verlas en su indudable complejidad, encontrar la interrelación de las causas, que proporcionen una explicación lógica de los hechos. La labor se hace más difícil cuando hay que remar en contra de versiones y explicaciones más o menos consagradas, es decir, cuando hay que discordar. En lo humano, los tres capítulos que desarrolla el padre González Morfín son por igual muy de leerse, en particular los dos referidos a la finalización de la guerra, que causaron mucha inquietud y desazón en el seno de la comunidad católica, al grado de temerse, en el peor escenario, hasta un cisma, pero si se fijan ustedes, en el fondo todos concordaban en una cuestión central: estaban preocupados por el futuro de la Iglesia.

No tiene empacho el padre en presentarnos la complejidad del movimiento cristero, con la existencia de diferentes opiniones acerca del mismo. En mi opinión hace bien, pues la dicha diversidad brinca de continuo al historiador en los papeles de los archivos: hubo católicos decididos e indecisos, quién expresara en forma elemental y quién de manera ilustrada, la justificación y necesidad de pasar a la etapa armada; al concluir ésta en 1929 hubo no pocos  que se encontraron satisfechos con la reanudación del culto y otros que siguieron buscando la sustitución del régimen político.

En realidad, ustedes pueden encontrar en el libro otros sucedidos vinculados, no menos interesantes y por igual dramáticos, por involucrar a tanta gente que sufrió de distintos modos y grados con motivo de la defensa de la libertad religiosa. Para darse cuenta de la magnitud de esto, uno ha de trasladarse a los años veintes, siglo xx, y constatar cuán importante era tanto la religión como la Iglesia: cómo regía las vidas, del nacimiento a la muerte, y en lo social, los tiempos y movimientos de la vida comunitaria. Luego, pensar en el cese del culto público, la ausencia casi general del sacerdote; los sufrimientos del desarraigo a causa de las reconcentraciones, y las consecuencias directas de la guerra: el sufrimiento físico y la muerte.

Con la venia del padre González Morfín, quisiera hacer unas breves citas referidas a las concentraciones, que tomo, precisamente, de las memorias de una vecina de San Julián, en Los Altos. Los militares habían concedido hasta el 5 de mayo, 1927, para que se saliera de la región. Cumplido el plazo, quedaban en entera libertad los aviones de guerra de bombardearla para exterminar, refiere un periódico de la época, “a las gavillas de rebeldes”. Doña Josefina Arellano, la autora de las memorias, escribió: “algunos salían con burros cargados únicamente con sus niños, esposas… Hablando de su caso, nos refiere su salida forzada, causa del abandono de sus cosas: “todo se quedaba a merced de la soledad: corrales con animales, trojes con los maizales, bueno todo…y no se sabía ni a dónde ir ni por cuánto tiempo”. No menos ilustrativo es el contenido de esta estrofa del corrido de la concentración; que no les cantaré, sino que se las leeré. “Por todas las rancherías/ ya no humean las cocinas/ los pobrecitos alteños/ cargados con sus gallinas”.

 

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El padre González Morfín ha publicado otras obras relacionadas con la Cristiada, que me permito por igual recomendarles. Pueden ver en la bibliografía del libro los datos de sus estudios acerca de la licitud moral, útil estudio tratándose de un movimiento guerrero con participación católica; el que dedicó a la participación papal, factor decisivo al cabo en intríngulis tan delicados.  Observen también en la lectura las otras fuentes de información a que acudió el autor, que si les interesa el tema, con unas y otras pueden hacer progresos en el conocimiento del multifacético movimiento de quienes pronto llamaron cristeros y “libertadores”, mostrando con ello sus finalidades.

El padre sigue dando a la estampa textos sobre la misma materia, que pueden encontrar en el Boletín Eclesiástico de la arquidiócesis de Guadalajara a partir de año 2011; cuya lectura puede servir de complemento al contenido del libro que nos ocupa hoy en particular;  porque en ellos aborda asuntos relacionados, ora con los prolegómenos del conflicto, ora aportando argumentos esclarecedores al analizar pareceres de católicos que, al calor de los hechos recientes, criticaron con aspereza los arreglos.

Debo terminar para no cansarlos más, y porque tengo la tentación a cada momento de hablarles de las conclusiones a las que se llega en Murieron por sus creencias. La guerra de los cristeros: hitos y mitos. No debo hacerlo, porque los privaría de constatar por sí mismos del razonar del autor. Lean el libro, que la prosa del padre, fluida como es, no les resultará fatigosa. Luego, como lo espera el mismo autor, lleguen a sus propias conclusiones.

Muchas gracias                                                                    

 

 



[1] Profesor investigador de la Universidad de Guadalajara, doctor en Humanidades (Historia) por la Universidad Autónoma Metropolitana (I), miembro del Departamento de Estudios Históricos de la Arquidiócesis de Guadalajara.

[2] Panorama Editorial, México 2012, 136 pp.

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