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El primer Congreso Interamericano de Música Sacra

 

Eduardo Escoto Robledo[1]

 

Aunque la problemática referente al correcto uso de la música en los actos religiosos de la Iglesia católica venía discutiéndose con creciente interés y preocupación en América Latina desde la segunda mitad del siglo xix, fue hasta el año de 1948, y la ciudad de Guadalajara sirvió de sede inaugural, cuando se plantearon por vez primera las directrices de una ruta cuya realización sigue pendiente, según da a conocer este artículo

 

Antecedentes

 

En el caso particular del México de finales del siglo xix, el principal impulsor de la dignificación de la música sacra fue el obispo de Querétaro Rafael Sabás Camacho (1826-1908), quien desde 1872, en calidad de maestro de canto gregoriano del Seminario de Guadalajara, encabezó con esmero una reforma del canto litúrgico de la Iglesia mexicana. Su preocupación tenía origen en las experiencias del viaje que hizo a Roma en 1862, en el cual pudo darse cuenta de la carencia de una correcta instrucción musical entre los sacerdotes mexicanos, pues desconocían el canto gregoriano y empleaban en su lugar un tergiversado canto toledano que poco tenía que ver con el introducido por los españoles.

             El tema también era objeto de análisis en el ámbito mundial, y por su importancia fue objeto de atención por parte de la Santa Sede. Así, el día de santa Cecilia, 22 de noviembre de 1903, el Papa Pío x dedicó su primer Motu proprio a esta cuestión. El documento, titulado Tra le sollecitudini, expresaba su preocupación por la manera en que la música al servicio del culto se apartaba de los cánones eclesiásticos y los abusos cometidos atentaban contra el decoro y la dignidad de los rituales sacros. El Papa publicaba aquella instrucción a manera de código jurídico de la música sagrada, para el que reclamaba escrupulosa obediencia.

            El Pontífice estipulaba la santidad, la bondad y la universalidad como características esenciales de la música destinada a acompañar los actos litúrgicos y alentaba sobre todo el empleo del canto gregoriano y la polifonía clásica, sin soslayar el uso de la música moderna siempre que tuviera la “bondad y seriedad” deseadas. Prohibía que se cantase en otro idioma que no fuese el latín y que se alterasen los textos litúrgicos. El documento daba las directrices que debían seguir las formas musicales sacras, se exigía que la música se interpretase en canto y órgano y se prohibía el uso del piano y otros instrumentos. Finalmente, entre otras disposiciones se exhortaba a la creación de escuelas de música sacra y de comisiones dedicadas a vigilar el cumplimiento de las normas.

            Más tarde, en 1928, Pío xi, a través de la carta apostólica Divini cultus sanctitatem, y en 1947 Pío xii, en la encíclica Mediator Dei, reafirmaron la intención de la Iglesia de mantener vigentes aquellas disposiciones y coincidían en lamentar la condescendencia imperante.

            El afán restaurador del obispo Camacho cobró gran impulso tras la aparición del Motu proprio de Pío x, ya que los preceptos de éste concordaban con las labores que él, con clarividencia, había venido impulsando con gran anticipación. Camacho promovió en 1892 la fundación de la Escuela de Música Sacra de Querétaro y apoyó la formación musical en Europa del padre José Guadalupe Velázquez y del maestro Agustín González, quienes regresaron para enriquecer el proyecto que buscaba reimplantar en la Iglesia mexicana el uso del canto gregoriano e impulsar en general la dignidad de la música religiosa.

            Así, fueron creándose en el país nuevas escuelas y el interés despertado derivó en la convocatoria que la Acción Católica Mexicana hizo para la celebración en 1939 del Primer Congreso Nacional de Música Sacra, realizado en la capital del país y cuyo logro máximo fue el establecimiento de una Comisión Central de Música Sagrada. Con sede en Tulancingo, Hidalgo, tal Comisión tenía 20 miembros, entre sacerdotes y laicos de todo el país, que se distribuyeron para atender las secciones promotoras y técnicas en que se dividía. Los objetivos eran incrementar el número de escuelas de música sacra y regular sus programas, generar interés musical en los seminarios, establecer comisiones diocesanas que rescataran los archivos musicales de las Iglesias, difundir entre los fieles el canto gregoriano, realizar cursos y congresos para los músicos de iglesia, así como establecer relaciones internacionales de intercambio artístico y canales editoriales tanto informativos como educativos.

            Pero no obstante tales esfuerzos, no era ningún secreto que en la práctica cotidiana persistían las deficiencias musicales dentro de los recintos sagrados, algo que ocurría no sólo en México, sino en toda América, y que incluso podía advertirse a escala mundial.

 

1.      Los preparativos

 

En esas circunstancias, la Comisión Central, en su asamblea anual de 1948, designó una subcomisión encabezada por el obispo de Tulancingo, el doctor Miguel Darío Miranda, que se encargaría de preparar el proyecto para celebrar en México un congreso interamericano sobre la materia. Una vez aprobado el plan por el episcopado mexicano, se puso a consideración de la Santa Sede, proponiendo que se celebrase antes que el congreso mundial que se llevaría a cabo en Roma en 1950. El papa Pío xii aceptó la propuesta y así fue como quedó programado del 11 al 22 de noviembre de 1949.

            El primer Congreso Interamericano de Música Sacra tendría como presidente al obispo Miranda. Rápidamente se procedió a integrar las secciones técnicas, las más importantes de las cuales eran la de órgano y organistas, a cargo del presbítero Manuel de Jesús Aréchiga (director de la Escuela de Música Sacra de Guadalajara) y las de coros y composición musical, dirigidas por el maestro Miguel Bernal Jiménez. Se formaron además las comisiones de canto gregoriano, pedagogía musical y legislación litúrgico-musical.

            Las invitaciones se enviaron a las arquidiócesis de Centro y Sudamérica, Estados Unidos y Canadá. En ellas se informaba que el congreso tenía como objetivos el estudio de los problemas propios de la restauración litúrgico-musical americana y el fomento del conocimiento y la ayuda mutua entre todos los involucrados en la materia en los países del nuevo continente. Se esperaba la asistencia de prelados, eclesiásticos y clero secular, religiosos y laicos de la mayoría de los países americanos. En la lista de invitados de honor destacaban el presbítero español Nemesio Otaño, director del Real Conservatorio de Madrid, el maestro italiano Romano Picutti, director coral (alguna vez titular de los Niños Cantores de Viena y afincado en Morelia), y la maestra estadounidense Justine Ward, creadora del conocido método de enseñanza infantil de canto litúrgico que lleva su nombre.

            Hay que considerar el momento histórico en el que se desarrollaban estos hechos para comprender su relevancia: por principio de cuentas, se vivía en pleno la posguerra, de manera que Europa sufría una amplia reorganización en prácticamente todos los sentidos. Estaban todavía lejos para la Iglesia católica los días del Concilio Vaticano ii y por lo tanto, y dado el apoyo que obtuvo de Roma en todo momento, el Congreso Interamericano tenía las mejores perspectivas para que las propuestas que de él emanaran pudiesen ponerse en práctica y servir incluso de precedente y modelo para la Iglesia universal.

 

2.      Estructura

 

Los participantes en el congreso recorrerían las ciudades de Guadalajara, Morelia, León, Querétaro y México, que eran los principales centros de enseñanza y difusión del arte sacro musical en el país. El temario del congreso constaba de veinte puntos a desarrollar, que abarcaban aspectos educativos, técnicos, artísticos, sociales y de organización. Vale la pena destacar la atención que se daba al aspecto formativo tanto de los laicos como de los religiosos y el consecuente interés por las instituciones encargadas de la educación musical sacra a todos los niveles, incluidas Schole puerorum y escolanías.

            Se buscaba determinar cómo poner en marcha una adecuada formación litúrgico-musical en los seminarios. Se estudiaría la correcta participación del pueblo en la liturgia, incluyendo el papel que podrían tener los cantos vernáculos; se abogaría por establecer acciones que conllevasen al mejoramiento social, moral y artístico de los músicos de iglesia, y se trataría ampliamente sobre temas como la investigación en archivos musicales, el canto gregoriano, la polifonía vocal clásica y la música sacra moderna.

            Para concluir, se harían propuestas encaminadas a concretar los acuerdos alcanzados, los cuales facilitarían la puesta en marcha de lo determinado por el congreso. Entre otras cosas, se analizaría la posibilidad de establecer en América una fábrica de órganos, una casa editorial y una oficina de información, intercambio y colaboración.

 

3.      Guadalajara

 

Fijadas estas altas miras, el congreso dio comienzo en Guadalajara, tal y como estaba previsto, el 11 de noviembre de 1949. En punto de las nueve de la mañana se celebró en la Catedral tapatía una solemne misa pontifical ante los asistentes al congreso, proveniente de veinte países, así como de una nutrida feligresía que llenó por completo el recinto. En dicha ceremonia resultó sobresaliente el sermón del doctor José Ruiz Medrano. El presbítero y doctor José Valadez dirigió la Schola del Seminario de Guadalajara, que cantó el proprium de la misa, mientras que el ordinario fue interpretado por un coro de alumnos de la escuela de música sacra de Guadalajara y de seminaristas de la dicha Schola, dirigidos por el padre Aréchiga. Éstos interpretaron la misa In Assumptione, que escribiera un par de años atrás el ilustre Licinio Refice expresamente para la Catedral de Guadalajara. El órgano monumental de la Catedral fue tocado por el joven maestro Domingo Lobato Bañales.

            Desde este primer día de actividades quedó claro el interés que el congreso despertaba entre la población en general y también en la prensa, interés que no decayó a lo largo del recorrido por las distintas sedes.

            Guadalajara fue elegida para tratar los temas concernientes a la música sacra moderna. La apertura de los trabajos la hizo el arzobispo José Garibi Rivera, y entre las ponencias destacó la del maestro Miguel Bernal Jiménez. Notable fue también la presencia de monseñor Higinio Anglés, director del Pontificio Instituto de Roma, quien, por cierto, tras visitar la Escuela de Música Sacra no dudó en felicitar al padre Aréchiga y al maestro Lobato.

            Por la noche del día 12 se ofreció en el Teatro Degollado un interesante concierto con coro y una orquesta formada por músicos de la Sinfónica de Guadalajara. El padre Ruiz Medrano dirigió la Misa de Coronación de Mozart y el Concierto para Piano de Ponce, que ejecutó ni más ni menos que el padre Aréchiga y, para finalizar, el maestro Bernal dirigió su sinfonía y poema México. Los actos del congreso en la capital jalisciense se cerraron con una comida organizada en Chapala, donde nuevamente el pueblo dio grandes muestras de cariño a los visitantes, a quienes no podían dejar de acercarles la música del tradicional mariachi.

 

4.      Morelia

 

Tras doce horas de viaje en autobús (hoy en día no pasarían de cinco), los congresistas llegaron a Morelia el día 14. El convoy fue recibiendo muestras de respeto y entusiasmo en cada población que atravesaban, para finalmente ser acogidos a su llegada a la capital michoacana por una valla humana formada por unas veinte mil personas. Al día siguiente se ofició una misa pontifical en la Catedral, donde el doctor Luis María Altamirano y Bulnes dio la bienvenida. Durante la celebración, el Orfeón Pío x, dirigido por Miguel Bernal Jiménez, interpretó la Misa del Papa Marcelo, de Palestrina.

            Las sesiones de estudio se dedicaron en esa ciudad a la polifonía clásica, y destacó la participación del maestro Picutti y del padre Cirilo Conejo. Aprovechando el marco del congreso se programó un concierto de órgano en el Teatro Ocampo, con el que se examinaría al joven Alfonso Vega Núñez que buscaba obtener la maestría en órgano. Vega ejecutó un lucido programa compuesto por obras de D’Aquin, Bach, Bernal, Vierne, Liszt, Manari (el difícil estudio de concierto sobre la Salve Regina) y Karg-Elert. El novel maestro aprobó con la máxima nota y llegaría a convertirse en un referente del arte organístico mexicano.

 

5.      León

 

El viernes 18 de noviembre los participantes en el congreso arribaban a la ciudad más importante de Guanajuato, donde recibieron la bienvenida de monseñor Manuel Martín del Campo y monseñor Miguel Darío Miranda. En esa ciudad fueron homenajeados por la escuela de música sacra local, que cumplía 45 años de haberse fundado, precisamente como respuesta a las disposiciones del Motu Proprio de Pío x.

            En León los trabajos tuvieron como eje central el estudio de la participación del pueblo en las celebraciones litúrgicas y el canto popular religioso. Al final de las sesiones se realizó una visita al cerro del Cubilete, donde por entonces se estaba construyendo el monumento a Cristo Rey.

 

6.      Querétaro

 

Los participantes del congreso llegaron el día 19 a la ciudad donde se cristalizaron las acciones reformadoras de monseñor Rafael Camacho. La recepción estuvo a cargo del obispo del lugar, doctor Marciano Tinajero, que ofreció a los participantes una comida en el edificio del Museo Regional, donde el coro del seminario cantó obras del padre Velázquez.

            En Querétaro se continuó el estudio del tema de la música popular religiosa. Sobresaliente resultó la conferencia del presbítero don Cesáreo Munguía, titulada El canto popular religioso en lengua vulgar, y se cantaron a propósito unos misterios compuestos por los padres Velázquez y Conejo. Los misterios son unos cánticos inspirados por la idea que se medita en cada misterio del rosario y se entonan al principio de cada uno de ellos, con lo cual se promueve la participación musical de la congregación de los fieles.

            El mismo don Cirilo Conejo dirigió un coro de alumnos de la Escuela de Música Sacra de Querétaro durante la ejecución de la misa Cum lubilo del maestro Agustín González, obra singular en la que los feligreses responden al coro con melodías gregorianas, lo cual dio ejemplo de una forma correcta y enriquecedora de participación musical del pueblo.

            Al terminar las sesiones se develó una placa conmemorativa en la fachada de la catedral queretana y se ofreció un concierto coral con obras de Velázquez y del maestro Julián Zúñiga, organista de la Basílica de Guadalupe de la ciudad de México, quien además se encargó de dar realce al evento de clausura verificado en aquel recinto con su ejecución al órgano.

 

7.      Ciudad de México

 

Finalmente, el 20 de noviembre la comitiva llegaba a la Ciudad de México. La capital, que por aquel entonces contaba con tres millones de habitantes, acogió al día siguiente la sesión solemne que se verificó en la Catedral Metropolitana.

            Un buen número de participantes se inscribieron en el congreso a última hora, atraídos sobre todo por la conferencia que habría de impartir el benedictino Dom José Gajard, representante de la abadía de Solesmes, en Francia, el más destacado centro del estudio y práctica del canto gregoriano, materia sobre la que se centrarían los trabajos en la capital del país.

            La sesión fue presidida por el arzobispo Luis María Martínez y por el arzobispo de Monterrey Guillermo Tritschler, destacado promotor del canto gregoriano en México. El padre Gajard expuso de forma teórica el método de Solesmes, así como las reglas prácticas de la interpretación gregoriana. Dado el entusiasmo que despertó su ponencia y la amplitud del tema, se pidió al monje que impartiera una clase especial a los alumnos del seminario de la capital.

            Posteriormente, la casa Riojas, dedicada entre otras cosas a la comercialización de los entonces novedosos electrófonos u “órganos electrónicos”, ofreció un banquete a los congresistas. Ahí, el maestro Julián Zúñiga dio un recital en uno de estos instrumentos, a manera de promoción. Para muchos de los asistentes fue la primera vez que podían escuchar aquella novedad tecnológica, por lo que se permitió a quien lo deseara que se acercara y lo probara. Curiosamente, la reacción general fluctuó entre el escepticismo y el moderado entusiasmo; sobre todo prevalecieron los cuestionamientos sobre la opinión que pudiera emitir la Santa Sede con respecto a su empleo. Quizá nadie imaginó el uso masivo que se le daría pocos años después y que, si bien benefició a muchas comunidades que de otra manera no hubiesen podido contar con un instrumento digno, fue tomado en muchos casos como una falsa solución para remediar la falta de recursos para reparar o mantener órganos tubulares que por tal motivo fueron desechados o privados de mantenimiento hasta llegar a la ruina.

            Al día siguiente, también en la Catedral, el arzobispo Martínez ofició una misa para la cual se reunió un coro de más de dos mil voces, en el que participaron grupos de religiosas y alumnos de sus colegios. Dirigidos por el padre Carlos Azcárate, interpretaron la misa Fons bonitatis, buscando nuevamente ejemplificar la correcta participación musical del pueblo.

            El día 22 de noviembre tuvo lugar la sesión de clausura. En ella, el maestro Bernal Jiménez propuso formalmente el establecimiento de una Oficina Interamericana de Información, Intercambio y Cooperación, una propuesta sensata  y de gran relevancia que aprovechaba cabalmente el marco del congreso. Así mismo, se intercambiaron opiniones sobre lo que habría de ser la segunda edición, y se sugirió como sede a Canadá, aunque no se concretó nada en aquel momento.

            Para terminar, se presentaron y votaron un total de diecisiete conclusiones, entre las que destacan los siguientes puntos:

·         Compromiso de acatar las disposiciones eclesiásticas que regían por entonces la actividad musical sacra.

·         Búsqueda de métodos para lograr en América la restauración de la música sacra.

·         Considerar como principales necesidades atender la formación musical del clero, mejorar el entorno del músico de Iglesia, promover la participación de los fieles mediante el canto y la crear un número suficiente de escuelas de música sacra. Además, convenía que las religiosas impartiesen instrucción musical en sus instituciones educativas, que se crearan estímulos para los compositores de música sacra contemporánea, se procurara la unificación en la interpretación del canto gregoriano en América, y se rescatara y difundiera el tesoro musical resguardado por los archivos de las iglesias americanas.

·         Para ello se pedía mayor vigilancia del correcto cumplimiento de las normas  facilitando su conocimiento mediante publicaciones que las explicaran y que precisaran las obras sugeridas, permitidas y prohibidas. Se aconsejaba promover la música sacra en boletines eclesiásticos y a través de audiciones en diferentes ámbitos sociales. Se buscaría organizar concursos de composición sacra, estimular la creación de Scholae puerorum y Scholae Cantorum, editar y distribuir material didáctico, promover el perfeccionamiento de los jóvenes americanos en el Pontificio Instituto de Roma.

·         Finalmente y como punto de gran trascendencia, se pedía el establecimiento de comisiones consultivas integradas por sacerdotes y músicos que fijaran los montos de las retribuciones económicas de éstos.

·         Se declaraba al canto popular religioso como de gran estima para la Iglesia y se proponía estudiar y coleccionar sus piezas con miras a elaborar una edición que despertase el interés del pueblo.

            El Congreso se clausuró el 22 de noviembre, como estaba programado, con el canto de un Te Deum en la antigua Basílica de Guadalupe.

 

8.      Resultados

 

No obstante la seriedad del congreso, las propuestas y los acuerdos alcanzados no llegaron a materializarse. Más allá de los puntos que saltan a la vista, como los referentes a la fundación de una fábrica de órganos, el establecimiento de una casa editorial o de la oficina interamericana de información, que nunca vieron luz a pesar de su pertinencia, las simples acciones propuestas para la dignificación, difusión y apreciación de la música sacra se fueron diluyendo con el tiempo y lo que alcanzó a ponerse en marcha no logró la trascendencia deseada.

            El proyectado ii Congreso Interamericano nunca se llevó a cabo. Miguel Bernal Jiménez, uno de los pilares no sólo de aquel congreso, sino de la música sacra en América, murió para sorpresa de todos en 1956. Más tarde, el Concilio Vaticano ii (1962-1965) trató el tema de manera superficial, estableciendo disposiciones por demás laxas, justificadas por el afán reformador de la propia asamblea, con lo que en cierta forma se desestimaba la disciplina dictada por las anteriores disposiciones.

            Los intereses musicales fueron entonces modificándose, y los antiguos objetivos quedaron descuidados. Si en el pasado, a pesar de las exigencias con que se buscaba lograr el cumplimiento de las normas se sufrían excesos y fallas que evitaban el digno ejercicio del arte musical sacro, en lo subsecuente las dificultades se irían agravando.

            Curiosa y tristemente, la problemática que se intentó responder con aquel congreso es prácticamente la misma que se vive actualmente y desde hace ya muchos años. Las soluciones entonces propuestas, por raro que parezca, siguen vigentes porque en los más de 60 años transcurridos desde entonces parece no haberse avanzado de forma lineal, sino describiendo una especie de parábola, por lo que las dificultades aquí referidas se vuelven a presentar hoy en día como urgentes y demandan una atención que ya presenta un retraso considerable.

            Aquel congreso es sin duda un precedente valioso cuyos contenidos, objetivos y resultados pueden ser retomados y servir como sólido punto de partida en la búsqueda de nuevas soluciones. Representa un legado que es una valiosa experiencia para quienes hoy tienen la responsabilidad de mejorar la práctica de la música sacra. Además, queda servido el análisis de las dificultades que impidieron que las propuestas se concretaran en su momento, proceso del que se podrá extraer una muy preciada experiencia de cara al futuro.



[1] Licenciado en Diseño y Comunicación Gráfica, con estudios formales de piano, armonía, contrapunto, se ha dedicado en los últimos años a la investigación de la historia de la música en Guadalajara, fruto de la cual es su investigación “Historia del órgano en Guadalajara”, en prensa. Es columnista del periódico El Informador.

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