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Memoria de la visita pastoral a San Marcos Cuyutlán, Zomatlan, Ozoletepec y Santa Fe

Jirones del obispado de Guadalajara en 1679 (19ª parte)

 

 

A cargo del Departamento de Estudios Históricos de la Arquidiócesis[1]

 

 

Se describe en estas notas el estado que mantenía el proceso evangelizador entre la llanura costera del océano Pacífico y la Sierra Madre Occidental a fines del siglo xvii

 

San Marcos Cuyutlán[2]

 

10 de enero de 1679. Procedentes de Ayotuxpan, llegaron, aun con la fresca, al caserío de San Marcos Cuyutlán el obispo de Guadalajara don Juan Santiago de León Garabito y su comitiva. Les acompañaba el cura doctrinero de aquella localidad, fray Juan de Mascareñas. La primera actividad fue visitar el templo, el cual hayaron habilitado “con toda decencia” dentro de su simplicidad: una edificación de adobe, cubierto de paja, sin puertas, circunstancia que dispuso el obispo debía corregirse de inmediato, y en tanto esto no pasara “no se celebrase festividad ninguna”. El ajuar litúrgico del templo se reducía a un cáliz de plata con patena, “un ornamento de damasco colorado[3] y una casulla, alba, amito y manteles de ruán, un misal y un ara.

Este día llegó el delegado episcopal, presbítero Juan Sedano, de visitar, a nombre del obispo, dos comunidades cristianas.

 

Zomatlan[4]

 

El templo, dio cuenta, era de adobe, cubierto de paja, sin puerta y dos campanas a los lados de esta. El altar mayor sin adorno alguno. Al lado del evangelio[5] había un lienzo de Nuestra Señora, de dos varas,[6] “algo deslustrado”, y por ornato del altar, un frontal de chamelote, anteado,[7] con puntas de oro, y sobre el referido altar, en un tabernáculo, un crucifijo pequeño y una pequeña talla de nuestra Señora de la Concepción, un san Miguel Arcángel y un santo Tomás. En una caja se guardaba un cáliz de plata y su patena, una casulla de chamelote con su estola y manípulo, otra rosada, de terciopelo y varios adminículos menudos.

 

Santa María Magdalena Ozoletepec[8]

 

A poco más de 22 kilómetros de distancia del anterior,[9] el visitador encontró un templo de adobe, cubierto de paja, con tres campanas ‘medianitas’. En “el retablo del altar mayor un lienzo de cuatro varas de la Magdalena”. Adornaba la mesa del Santo Sacrificio un frontal de damasco y encima de ella un tabernáculo con dos esculturas en madera: una de Nuestra Señora de la Concepción y otra de la Magdalena, esta última algo deslustrada, por lo que se dispuso se aliñara. Al lado del evangelio, un altar había un gran lienzo representando a Nuestra Señora de la Concepción “indecente, y que mandó que se quitara y enterrara”; y al lado de la epístola[10] “un altar sin adorno ninguno en que estaba una imagen de un santo Cristo mediano que sacan en las procesiones con un tapeixtle[11] a las espaldas como dosel”. En una caja se guardaba un cáliz de plata y su patena; un ornamento de damasco anteado, alba de ruan, manteles, cuatro candeleros y una campanilla de azófar, entre lo principal.

 

Santa Fe

 

A las seis de la mañana del día siguiente, después de haber presidido el señor obispo la santa Misa, los visitadores se internaron en las sierras del Nayarit poco más de 22 kilómetros,[12] hasta detenerse, para yantar, a la ribera del arroyo El Bejuco; prosiguiendo su ruta, a eso de las tres de la tarde llegaron a un pueblo poco antes fundado, Santa Fe,[13] a unos quince kilómetros[14] del referido arroyo. Vale la pena trascribir textualmente lo que dispuso el prelado en esa localidad.

 

Este pueblo de Santa Fe es de nueva conversión y hasta visitar su señoría ilustrísima otros que hay en dicha sierra, así mismo nuevos y juntamente reconocer, cómo lleva ánimo, los parajes de los infieles y apóstatas[15] que habitan en dicha sierra del Nayarit, no le asigna por ahora a este dicho pueblo de Santa Fe por cabecera. Que en acabando en dicha sierra o en lo más interior de ella, asignará cabeceras de cuatro pueblos que su señoría ilustrísima tiene noticia hay de nuevas conversiones. Mas desde en dicho pueblo nombró su señoría ilustrísima por cura interino de todos cuatro pueblos nuevo y de los demás que si Dios fuere servido se redujeren, al padre fray Sebastián de Villanueva,[16] religioso de la Orden de San Francisco, misionero que ha sido en esta sierra, porque a su fervor y sagrado celo en que ha procedido en la conversión de los infieles y reducción de los apóstatas se atribuye estar dichos cuatro pueblos en la forma que hoy tienen, por [lo] que su señoría ilustrísima le dio las gracias y le encargó prosiga en la reducción de dichos gentiles y apóstatas de nuestra santa Iglesia Católica Romana, y mandó su señoría ilustrísima se le despachase al dicho padre fray Sebastián de Villanueva título de cura interino por el tiempo de la voluntad de su señoría ilustrísima y en el ínterin que se provee en dichos pueblos curas propietarios y se proponen por parte de su Majestad, según [las] reglas del Real Patronato”.[17]

 

El obispo mandó al nuevo párroco que “hiciese libros de su administración”, recomendándole el inventario de los bienes del templo, que se reducía por entonces a una construcción de adobe cubierta de paja. Como carecía de puertas, el obispo mandó se pusieran “de manera que no entren animales”. Tenía en el altar mayor un baldaquín de carmesí; al lado del evangelio, un altar pequeño dedicado a “un santo Cristo de tres cuartas,[18] [puesto] sobre un petate [y] acompañado de otros muchos santos de Michoacán”.[19] Se veneraba en el templo una escultura de Nuestra Señora de la Concepción, colocada dentro de un tabernáculo y “vestida de chamelote de seda, con corona de plata y manto de tafetán con puntas”. Los restantes bienes del ajuar litúrgico eran un ornamento “de chamelote verde con frontal y frontaleras y casulla, paño de cáliz y bolsa de corporales todo de un color”, una campana mediana, un guión[20] de sayasaya, un paño de tumba,[21] plato y vinajeras, ara y atril.

El prelado administró la confirmación a cincuenta y una personas. Se levantó también una relación pormenorizada de los habitantes del pueblo, comenzando por los casados: Nicolás,[22] gobernador, y Juana, su mujer, con dos hijos; Antón Felipe, esposo de Luisa, y sus cuatro hijos; Juan Fernández, esposo de María Juana, con dos hijos varones; Bartolomé Hernández, casado con Juana; Mateo consorte de Ana, padres de una hija; Alonso Miguel, casado con Juliana María, y la hija de estos; Andrés, esposo de Clara; Juan Agustín, casado con María; Cristóbal, cónyuge de Micaela, con una descendiente; Martín, unido con Francisca, y padres de una hija; Miguel Hernando, esposo de Agustina, con dos hijos y una hija; Juan Pedro, consorte de Petronila Micaela, con una hija; Juan Patroni, esposo de Bárbara, con un hijo; Felipe, casado con Micaela; Agustín, cónyuge de Andrea; Miguel, esposo de Pascuala. En calidad de viudas, se registró a Ana, mujer que fue de un gobernador, otra anciana del mismo nombre; Isabel, que tenía dos hijos, y Tomasa y Petronila. Viudos: Diego, con dos hijos pequeños, y Alonso. Los solteros eran Martín, Cristóbal, Francisco y Jerónimo.

Luego de pernoctar en ese sitio, el día 12 de enero, muy de mañana, después de celebrar la misa, el obispo y su séquito se internaron en la sierra, rumbo a San Francisco Taqualoia.



[1] Extracto del Libro primero de visitas, así particulares como generales, del ilustrísimo señor doctor don Juan de Santiago de León Garabito, que hizo en esta ciudad y obispado de la Nueva Galiaica, siendo por la divina gracia y de la Santa Sede Apostólica obispo de dicho obispado, Nuevo Reino de León, Provincias del Nayarí, Coaguila y Californias, del Consejo de su Majestad, etcétera, mi señor, custodiado en el Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara, México, fojas 72 frente y vuelta y 73 frente.

[2] Delegación del municipio de Rosamorada, Nayarit, a 22° 3' 30" Norte, 105° 7' 0" Oeste.

[3] El término se usa aquí como ‘de colores varios’, no como sinónimo de rojo.

[4] En el original dice Osomatlan. Es el día de hoy una delegación del municipio de Rosamorada, Nayarit, a 20 metros sobre el nivel del mar, habitada por poco más de mil vecinos, en la costa norte del estado. Se han hecho estudios en torno a la forma particular de despedir a los infantes difuntos (“angelitos”) en esta comunidad: son velados sobre una mesa cubierta con un lienzo blanco, vestidos con ropas también albas, ceñidos con una corona de flores y llevados a sepultar con banda de música.

[5] El lado izquierdo del espectador, viendo hacia el altar.

[6] La vara mexicana equivale a 0.8380 metros.

[7] De color de ante.

[8] El vecindario abandonó esta población en el siglo xviii por “las pocas conveniencias [en] que estaban”. Cf. Meyer, Jean. “Nuevas mutaciones: el siglo xviii”, en Colección de documentos para la historia de Nayarit, volumen ii, Universidad de Guadalajara, 1990, p. 199.

[9] Cinco leguas.

[10] El lado derecho del espectador, viendo hacia el altar

[11] Zarzo hecho con trozos de otate atados unos a otros. El mismo sistema sirve para hacer tarimas para los camastros.

[12] Cinco leguas.

[13] Hoy el pueblo lleva el nombre de Antigua Santa Fe, delegación de Rosamorada, Nayarit, a 213 metros sobre el nivel del mar y dos mil quinientos habitantes. En la época que estamos describiendo, formaba parte, junto con San Blas y Tonalisco, las tres misiones administradas por los franciscanos en los bordes occidentales del Nayarit. Cuando los jesuitas se hicieron cargo de la evangelización de la Mesa del Nayar, después de 1720 y hasta su expulsión en 1761, para fines prácticos se apodó ‘Nayarit Nuevo’ la porción a su cargo  (comprendiendo: Santa Teresa, Jesús María, San Juan Peyotán, San Ignacio de Guainamota, San Pedro Iscatan, El Rosario y La Mesa del Tonati) esta última comarca y ‘Nayarit Viejo’, la demarcación original, de la que formaba parte, hemos dicho, Santa Fe (Cf. Armas Asín, Fernando. Angeli Novi. Prácticas evangelizadoras, representaciones artísticas y construcciones del catolicismo en América (siglos xvii y xx), Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial 2004, p. 28).

[14] Tres leguas largas.

[15] Esta distinción no es accidental, y en ella podemos descubrir la doble reacción de las culturas indias replegadas en la intrincada geografía nayarita, ante la occidentalización de sus costumbres. Para los tepehuanos y coras vale la categoría de ‘infieles’, en tanto que  practican el paganismo y no han recibido los sacramentos de la Iglesia; y el de ‘apóstatas’ para los wixaritari (indebidamente llamados huicholes), comunidades que descienden, creemos, de una heterogénea mezcla de indios convertidos en masa a una fe que recibieron sin conocerla ni amarla, y que abandonaron por carecer de catequistas. Hasta el día de hoy prevalece tal recelo de parte de los pueblos de indios de esta comunidad a la evangelización.

[16] Fray Nicolás de Ornelas nos habla de este apóstol del Nayarit. Cf. Estudios de Historia Novohispana, volúmenes 9 y 10, Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM, México, 1987, p. 116.

[17] Los obispos, atados por el Regio Patronato, no podían expedir de forma directa el nombramiento de los párrocos. Era el rey, por conducto del Consejo de Indias, según la práctica centralista, lenta y costosa, por entonces vigente.

[18] La cuarta equivale a 20.9 centímetros.

[19] Esta referencia no puede ser más oportuna y preciosa acerca de la procedencia, en ese tiempo, de las esculturas devocionales.

[20] Pendón pequeño o bandera arrollada que se lleva delante de algunas procesiones.

[21] Alude a un velo negro para cubrir el túmulo en las funciones de sufragio por las ánimas del purgatorio.

[22] En este tiempo, para referirse a los indios aún era costumbre limitarse al nombre de pila o a lo sumo, usar como apellido el nombre del progenitor de la persona. Sin embargo, de esta lista se desprende que ya para este tiempo, últimos años del siglo xvii comienza a ponerse en práctica el uso de apellidos que transmite el progenitor a su vástago, por ejemplo, Antón Felipe, Alonso Miguel y Juan Agustín, para el primer caso; Fernández, Hernández y Patroni, para el segundo.

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