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El profetismo de la Iglesia americana

Francisco Miranda Godínez[1]

Autor de este texto analiza un solo pero fundamental aspecto para entender el protagonismo que en su tiempo encabezó la Iglesia en el continente americano. De lo que fue y se hizo podemos tomarle el pulso a lo que es y se está haciendo o dejando de hacer

 

Hace un par de años (en 1988) se me invitó a desarrollar el tema “Los profetas y la evangelización” en el primer seminario latinoamericano convocado por la Conferencia del Episcopado Latinoamericano (CELAM) y el Secretariado Nacional de Educación y Cultura de México. El tema general del mismo versaba sobre evangelización fundante, todo en el marco de las celebraciones del quinto centenario del histórico viaje de Cristóbal Colón. Interesaba conocer la actitud profética que alimentó críticamente la fundación de la Iglesia en América, tema que me permití desarrollar en la siguiente manera.

 

1.      El profetismo

 

El profetismo, que ha sido estudiado con gran empeño en los últimos años, tanto en su función veterotestamentaria como en el papel que le ha cabido en la historia de la Iglesia, me servirá de marco que permita analizar la proclamación del cristianismo entre nosotros.

Del profeta es tener una visión trascendente de los acontecimientos, consciente él o no, que le permite ver más allá de las realidades cambiantes del momento histórico y privilegiar lo trascendental del actuar y decir salvífico de su tiempo y cultura. El profeta tiene mucho de poeta al velar las verdades de que es portador con la incógnita de figuras y actuaciones no fáciles de entender para sus contemporáneos, aunque más inteligibles para quienes nos es dado releerlos e interpretarlos en distancia, sorprendiéndonos de la incapacidad de ellos-sus contemporáneos- al haber pasado por alto cosas tan decisivas.

            Dios, al servirse de su instrumento, el profeta, le permite actuar con propio y fatal riesgo. Este comprometerse según la percepción de su conciencia lúcida lo llevará a la santidad, siendo fiel a los planes salvíficos, o le acarreará la frustración y la ruina, cuando su pureza y disponibilidad en las manos de Dios, tropiece con su fragilidad y miseria humana.

            En América, así como en el Antiguo Israel y como en todo el mundo y en todos los tiempos, la función profética significó, y sigue significando, muchos mártires.

 

2.      La experiencia granadina

 

Fue de grande importancia, para una España eufórica por haber salido de la encrucijada de la reconquista, el descubrir nuevas rutas, nuevos lugares y nuevos hombres, construyendo la posibilidad de salir de su tiempo y espacio que estaba amenazado de ser aprisionado por lo creciente del poderío militar y cultural del Islam.

            La Iglesia española lleva ya tiempo dedicada a reinterpretar su misión frente a los pueblos de cultura y religión mahometana, recién conquistados, cuando ocurre el descubrimiento de América. Esta práctica de diálogo cultural con la cristiandad mozárabe de los territorios conquistados, y que se va a focalizar en Granada, tendrá una importancia decisiva para salir adelante en las tareas de evangelización de los pueblos americanos.

            De la actuación profética de fray Hernando de Talavera, el santo confesor de Isabel La Católica y arzobispo de Granada, sacarán los misioneros de nuestras tierras muchas más enseñanzas, cumpliendo su misión de instrumentos salvíficos, que de las muy importantes y trascendentales políticas de fray Francisco de Cisneros, reformador y fundador de los estudios exegéticos en Alcalá de Henares, según se reconocerá en distintos momentos de la reflexión misionera del siglo XVI, como por ejemplo en el iii Concilio Provincial Mexicano de 1585, tan poco conocido.

            Varios problemas de Granada se van a repetir en América. Habrá otros nuevos, como el de la aceptación de la racionalidad de los indios y de su capacidad para recibir los sacramentos, siendo objeto del designio salvífico, lo mismo que el de los justos títulos con los que los españoles y sus reyes se apropiaban los bienes y soberanías de las gentes americanas, así como la discusión sobre la legitimidad de las guerras que se hacen a los indios y el derecho que esas gentes tenían de rechazar el mensaje cristiano que los recién llegados les proponen en lenguaje equívoco al basarlo en la dominación.

 

3.      La igualdad de los hombres

 

El punto fundamental de la misión profética de la presencia de la Iglesia en América fue proponer desde el inicio como tema fundamental el dela igualdad humana, fidelidad a la transmisión de la fe que una vez aceptada por los nuevos cristianos los igualaba en todos los órdenes con sus evangelizadores como hijos de Dios.

            Vale la pena conocer, y está totalmente documentado, la gran proeza que cumplen los profetas en el Nuevo Mundo convenciendo a su cultura y a su tiempo no sólo el Derecho de Gentes, de que se consideran los inventores los teólogos españoles encabezados por Francisco de Vitoria, sino del diálogo que día a día se debía tener en las nuevas tierras y con los nuevos cristianos y entre las dos culturas para llegar a descubrirse e interrelacionarse, dando como resultado un mundo totalmente distinto, sin conquistadores ni conquistados, sin señores y esclavos, que fuera el reconocimiento práctico de la igualdad de los hombres hechos hermanos por la fe.

            Esta enorme y fundamental realidad anticipa en varios siglos las luchas modernas de Martin Luther King y Gandhi, ya que es la tarea de los profetas del Nuevo Mundo que lucharon por lo que es el meollo del cristianismo: la igualdad de todos los hombres, al constituirse hermanos de un mismo Padre.

            Hacia 1543 una consulta del rey al teólogo y jurista franciscano Alonso de Castro le ponía frente al problema de si se debía admitir a los indios al estudio de las artes liberales, asunto nacido quizá de la experimentada capacidad intelectual de los indios en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, en la Nueva España, favorecidos por los enormes don Sebastián Ramírez de Fuenleal, don Antonio de Mendoza y fray Juan de Zumárraga. En un espléndido documento, localizado en el Archivo General de Indias (Indiferente 858), avalado por Vitoria, Francisco Castellanos, Andrés Vega, Luis de Carbajal y los maestros Egidio y Constantino de la Fuente, resolvía Castro, desde el punto de vista teórico, cualquier duda sobre el derecho de los nuevos cristianos a ser iniciados y tener la libertad de avanzar en el estudio de los misterios de la fe, y por consiguiente de las artes, que daban fundamento al creer cristiano. Los argumentos, apoyados en la Escritura y en la Patrística, trataban de quitar los crecientes obstáculos que gentes temerosas de perder sus prerrogativas de conquistadores empezaban a poner en el Nuevo Mundo a la labor de la Iglesia, donde la rapidez de asimilación de los indios a la cultura occidental y su capacidad de igualarles los atemorizaba. Era en esa paridad fundamental donde había que situar, y lo señalaba fray Alonso de Castro, el verdadero sentido de ese nuevo cristianismo americano que nacía con la visión clara, como hasta entonces no se había tenido, de la igualdad de los hombres, congénita a toda la fe cristiana que hace [a todos]

hermanos y herederos del Reino.      

4.      El profetismo de Las Casas.

 

Fue sin duda ingente la lucha que emprendió fray Bartolomé de Las Casas en defensa de los indios. De su constante batallar resultó una ley protectora de los recién convertidos, pero hace falta examinar más al detalle la verdad de las acusaciones que Motolonía le hace de tomar pie en esa defensa para construirse un monumento de inferiores agradecidos, que finalmente le sirvieran para cargarle sus pesados legajos de alegatos para su defensa, violando la prohibición de usar tamemes.

            Ocuparse en exceso de los agravios que ellos sufrían, sin la entrega cotidiana y amorosa al servicio de los indios, sería comparable a las luchas que los miembros de la Sociedad Protectora de Animales emprendieran para el mejor trato de los perros, o las campanas que los del Primer Mundo hacen contra la crueldad de las corridas de toros para luego, en el acaparamiento de la subsistencias y en la provocación del endeudamiento del Tercer Mundo, ser testigos insensibles del hambre y la miseria de los hombres de esos países.

            Fray Bartolomé, ciertamente, no hizo sólo una defensa legal de los indios, y allí está la prueba de sus experimentos de evangelización pacífica en Cumana y la Verapaz, aunque se descubrió más eficaz en la labor de sensibilizar a la Corte que en las diarias tareas a que le tocaba dedicarse cuando aceptó el obispado de Chiapas, y con quienes se desesperó por su dureza y hostilidad hasta renunciar al cargo.

            Una de las grandes empresas de los misioneros del Nuevo Mundo es haber rescatado, tratando de hacerlo entender a sus rudos contemporáneos, gran parte de la cultura de los pueblos conquistados como base para la construcción de un mundo de igualdad y de diálogo entre los pueblos. Los increíbles esfuerzos que ellos hicieron por salvarla son el más profundo de los profetismos heredados de esa evangelización fundante. Es una batalla realizada día a día por innumerables gentes que se enfrentan, como fray Bartolomé de Las Casas, no sólo a las crueldades y abusos, sino a la fingida bondad de los que tratan bien a los indios, mas buscando que sean animales mansos y útiles, propalando que es parte de su naturaleza la “servidumbre natural” defendida por Juan Ginés de Sepúlveda en la disputa de Valladolid de 1550, frente a las tesis de la igualdad humana.

            En el caso ejemplar del laboratorio del Colegio de Santa Cruz [de Tlatelolco] los indios fueron probados en su capacidades intelectuales, pero es quizá más trascendental lo que [Vasco de] Quiroga va a intentar en su Colegio de San Nicolás, establecido hacia 1540 en su Ciudad de Michoacán, pues él busca poner las bases de una cultura integradora, como interpreta que lo es la cristiana, invitando a los indios a concurrir a sus aulas para aprender todo lo que allí se enseñaba a los españoles y usando su misma lengua y cultura indígenas. Ánimo profético de buscar igualar las bases para que los dirigentes de las sociedades tuvieran como palestra las aulas y se pudiera algún día pretender una sociedad igualitaria, en el respeto de sus diferencias. Como en muchas cosas, la inspiración de Quiroga fue la experiencia fue la experiencia granadina [del Colegio] de San Cecilio, que fundara fray Hernando de Talavera.

           

5.      La racionalidad de los indios

 

En el campo de la lucha por la igualdad, es muy importante aquella postura de la segunda Audiencia de la Nueva España que, dolida de que fray Domingo de Betanzos se expresara menos favorablemente de los indios, ayudó a demostrar con los Hospitales Pueblo Santa Fe -el oidor Quiroga los echaba a andar con increíbles resultados por esos días­-, y que tomara el modelo más avanzado de la convivencia humana- el diseñado por el canciller Tomás Moro en su Utopía- extremando la perfección de la convivencia con los ribetes del cristianismo primitivo.

            Fase de esa espléndida epopeya a la lucha por la igualdad fue la polémica teórica sobre la racionalidad de los indios –que motivará una bula papal decretándolos hombres-, base estratégica para los que emprendieron la reivindicación de los indios como cristianos de igual nivel y rango que los españoles, capaces de la recepción de todos los sacramentos, incluidos los de la eucaristía y el orden.

            El endurecimiento de la conciencia española, cegada por la avaricia, el orgullo y la soberbia –las “tres fieras bestias que todo lo destruyen”, como dirá Quiroga-, quitó a quienes se empeñaban en la construcción de un mundo igualitario la posibilidad de adelantar con efectividad a las modernas luchas, sin concluir, en defensa de los derechos humanos conculcados en que la Iglesia Americana se empeñó desde su nacimiento, fray Jacobo Daciano, fray Bernardino de Sahagún, fray Maturino Gilberti, Tomás López Medel, Bartolomé de Las Casas, fray Toribio de Motolonía, fray Andrésde Olmos, Sebastián Ramírez de Fuenleal son, junto a los maestros de Salamanca, Valladolid, Alcalá, y en general las universidades españolas del tiempo, enormes pilares de esa lucha por la igualdad, aportación fundamental de ese profetismo cristiano americano.

 

6.      Un mundo en justicia

 

Volver a encontrar en la actuación de los misioneros fundadores, laicos y sacerdotes, el sentido profético de la nueva cristiandad, es un discurso que se impone para no caer en la dialéctica alucinadora de la lucha de clases paliada en una supuesta opción por los pobres. El verdadero amor por los pobres es redimirlos de su pobreza, que es limitación y pecado, ante la abundancia y explotación de quienes, en la riqueza, se les contraponen.

            América quiso considerar a todos los hombres como herederos legítimos de un mundo que, bien organizado en justicia, como lo soñaron muchos de sus evangelizadores- entre ellos don Vasco –diera satisfacción a lo necesario y fuera camino al ejercicio de la solidaridad comunitaria con los débiles, huérfanos, viudas y enfermos.

 

7.      La fiesta

 

Una herencia magnífica del injerto en la Iglesia de las razas y culturas indígenas fue haber reafirmado en el cristianismo americano el carácter festivo de la gran familia de los hijos de Dios. Ellas aportan esta visión sencilla y gozosa de la vida, la fiesta cristiana de la filiación adoptiva, con la eucaristía y las grandes pascuas. Característica festiva del cristianismo americano que se propició por el carácter sencillo y sin doblez del desinteresado indígena, cuya especificidad era la prodigalidad, copiada de la que la naturaleza y la adversidad de climas les regalaban y los volvía ingenuamente despreocupados del futuro.

            El sentido festivo de las nuevas comunidades va de la mano de la actitud humilde y espontánea con que se entregaron los naturales a la nueva fe, y que conmovía a los misioneros, ilusionados por lo blando de la cera de la naturaleza indígena en la cual era posible modelar al cristiano ideal, alejado de los vicios de la vieja Europa que, saliendo de la Edad Media, era un cúmulo de ruindades, vicios y crueldades que tomando raíz en el egoísmo, la avaricia y la soberbia daba pocas esperanzas de frutos, y que acá se esperaba extirpar en los nuevos cristianos.

 

8.      Gozo de la naturaleza

 

Uno de los capítulos de singular importancia en las páginas proféticas que nos han quedado de aquellos aventureros de Dios, es el que se refiere al gozoso descubrimiento del Mundo Nuevo en que el paisaje, a los climas, a la feracidad y a la variedad de los recursos se agregaba el ingenio de los indios.

            Hábiles sobremanera para aprender, poseían una riqueza domesticadora de plantas y animales que enriquecería la alimentación mundial a partir del pavo, el maíz, las patatas, los tomates, los chiles, el cacao y las espléndidas frutas. Por tomar un ejemplo, es un placer recorrer con el libro de fray Antonio de Ciudad Rodrigo los caminos de Nueva España y Guatemala y descubrir los esplendores de un mundo que poco a poco, y casi sin sentir, se iba exportando e incorporando al europeo, enriqueciéndole la dieta cavernícola de carne asada.

            Las artesanías de los indios, su trabajo del metal y la lapidaria, las novedades introducidas en la imaginería con la pasta de maíz o la plumería, hacían orgullosa la vuelta a España de quienes podían llevar a ofrendar a sus amigos presentes dignos del Emperador, como con gran orgullo los hizo llegar Hernán Cortés a Carlos v, al poner a sus pies la Nueva España.

           

9.      Orden jerárquico

 

No ajena a este sentido profético con que se construye la cristiandad americana es la lucha que emprenden los obispos por hacer que las bases de esa Iglesia adquieran el orden jerárquico que pedía el estar fundada sobre los apóstoles y sus sucesores, que eran ellos, frente a la prevalencia de actitudes falsamente carismáticas de las órdenes mendicantes.

            La lucha enconada de algunas órdenes por defender sus privilegios tiene su justificación en el amor que como padres de los nuevos cristianos les tenían los religiosos a los indios, a quienes habían engendrado en la fe y que les hacía sufrir pensando en una comunidad sin su protección. Quizá el no haber sido lo suficientemente generoso en sacrificar la tutela de los nuevos cristianos, como se lo pedían los obispos, hizo que las cristiandades indígenas se quedaran en la eterna minoridad, uno de cuyos lamentables resultados fue que crecieran sin la natural cabeza de un clero nativo que, al cambiarse el rostro en la convivencia de los grupos, convirtiera el predominio de los sacerdotes criollos o peninsulares en la riqueza de un clero mestizo es el destino de la América Latina.

 

10.  El mestizaje

 

Luchar por el sentido de igualdad en el seno de la nueva sociedad va a ser una tarea permanente para América que, por el mestizaje, se ha convertido en el crisol de la humanidad, donde a los indígenas y europeos primigenios se agregaron los africanos y los asiáticos, para hacer de América el continente del futuro.

            La Iglesia tendrá aquí oportunidad de cumplir su vocación universalista y construir un Mundo Nuevo, allí donde se congreguen todos sin perjuicio de fingidos privilegios raciales o purezas étnicas, dando posibilidad a hacer realidad la hermandad de todos los hombres en la conciencia de un diseño salvífico único, que depende de la única e indiscutible dignidad: la de ser hombres.

            Intentar el sentido de igualdad va a ser una de las espléndidas aventuras a que tienda la denodada lucha profética de la Iglesia en América, empezando por reconocer la racionalidad de los indios, procurando una plena inserción social de los nuevos cristianos y poniéndolos en diálogo, de igual a igual, con sus evangelizadores. Tener como principal objetivo la complementación y no la competencia era la final meta de los constructores de aquella sociedad que intentó, con buenas posibilidades, hacer realidad el sueño de la igualdad humana.

            El luchar por el equilibrio de nuestro ser americano, el descubrimiento del universo indígena, su inteligencia y el aprecio de sus cualidades y defectos, junto al goce del ambiente físico del Nuevo Mundo, con su riqueza de climas, de alturas y paisajes, va a ser siempre lo que nos permita ser esperanza positiva en el proceso humanizador de una Iglesia que aquí nació creyendo que el hombre podía ser mejor, y así renovar las perspectivas del mundo.



[1] Doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad Gregoriana, Investigador Nacional nivel II, fundador de los Centros de Estudios Históricos y Estudio de la Tradición de El Colegio de Michoacán. Con su venia, se reproduce el contenido de este artículo, inicialmente publicado en la revista EIR Resumen Ejecutivo, octubre de 1990, vol. VII, núm. 18-19, p. 54-57.

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