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El sacerdote y sus deberes ante la patria

Discurso del Sexto Informe Rectoral del Seminario Mayor de San José Guadalajara.[1]

 

Miguel M. de la Mora

 

Una reflexión sostenida hace un siglo, en el marco del primer centenario del inicio de la lucha por la Independencia de México, dirigida a los alumnos del Seminario de Guadalajara por quien en ese tiempo era su rector, da luces muy actuales acerca del compromiso que los ministros sagrados tienen con su tiempo e historia. Para contextualizar este discurso, se incluye un estudio acerca de su autor, redactado por el señor presbítero don José R. Ramírez

 

 

Miguel M. de La Mora, Rector del Seminario de Guadalajara

I

Cuenta el Seminario de Guadalajara la ya venerable existencia de 314 años. Nadie puede comparársele ni nadie ha pretendido arrebatarle el título de madre, aula, foro y altar en el Occidente de este país, bañado por dos océanos.

Acá, hacia el Pacífico, echó profundas raíces y se eleva la encina tres veces secular: alios ventos vidi aliasque procellas. Vientos huracanados, tempestades de días y noches, de noches y días, y aquí está en pie.

El Seminario no es la casa, muchas ha tenido en su transitar; el Seminario es la bulliciosa multitud. Sólo quienes han vivido la vida del Seminario pueden dar testimonio de esa vida de eterna juventud. Llegan a sus puertas al abrirse a la vida jóvenes llenos de ilusiones y con un ideal, la vocación sacerdotal, motivo por el que han buscado y encontrado esta ventana siempre abierta, este nido de ensueños, de sorpresas, de esperanzas.

Siempre vida nueva, siempre nuevos los alumnos ante los continuos asombros al encuentro de las ciencias, las artes, las filosofías, la teología.

Un ex alumno, afortunado según su propia expresión porque pasó por el Seminario de los 14 a los 24 años de su vida y volvió al mundo porque otra era su vocación, escribió en la dorada etapa del medio día de su vida: “Esos años fueron para mí el paso de Dios en mis mejores años; nunca he vuelto a tener horizontes tan amplios como entonces; nunca una familia tan alegre y numerosa, de casi un centenar de hermanos; allí, ni aburrimiento, ni hastío, ni rutina, ni tibieza ni cansancio.”

Y tiene razón, porque la juventud es sangre ardiente y el Seminario el crisol que purifica, es la forja para templar voluntades y es el aula para encender lumbreras gigantes.

II

Hace poco más de un siglo, para ser años exactos, hace 122, en enero de 1888, cruzó el dintel del seminario un muchachillo pueblerino de 14 años, Miguel de la Mora, originario de Ixtlahuacán del Río, ese pueblo que espera a los cansados viajeros que han logrado cruzar la barranca en su camino hacia el norte.

Esa Casa sería su nuevo hogar; allí, él calor de una nueva familia, allí sus afanes, sus inquietudes y allí su transformación.

Del Seminario hizo todo para él 23 años hasta que con lágrimas en los ojos salió, por santa obediencia, con el báculo de pastor, obispo de Zacatecas, el 7 de mayo de 1911.

III

El hogar cristiano de don Sóstenes de la Mora y de doña Cristina del mismo apellido, floreció tres veces; uno de los tres, Miguel, nació el 14 de agosto de 1874 y luego renació como hijo de Dios en la pila del bautismo. El cura don Juan Nepomuceno Gómez Llanos jamás pensó que aquel niño sería sabio y santo. La verdadera sabiduría es una cumbre y otra más elevada es la santidad. Emprendió con valentía y perseverancia la ardua escalada “ad astra per aspera” y quienes lo conocieron y trataron sin titubeos afirman que era sabio y que era santo. Murió su madre cuando tenía cuatro años y fue criado por su tía María de Jesús, hermana de su padre. Del catecismo parroquial y de la escuela del pueblo tomó las primeras piedras para edificar su torre.

IV

Era rector del Seminario de Guadalajara el señor canónigo don Miguel Baz Palafox, originario de Zapotlán el Grande. La casa que ocupaba el Seminario era el antiguo convento de Santa Mónica, que por ruinosa después echaron abajo y construyeron el que ahora acaba de dejar la V Región Militar.

Fue alumno externo los primeros cuatro años. Se matriculó en la cátedra de mínimos y en su primer año estudió gramática castellana, gramática latina y gramática griega. Fueron sus maestros el sabio polígrafo canónigo don Agustín de la Rosa y el padre Fernando M. Ortega.

En 2º -1889-1890-, ya en la cátedra de mayores, estudian Bella Literatura con el maestro Fernando M. Ortega y son examinados en actos públicos, De la Mora y José María Cornejo; hace examen de honor Pascual Díaz Barreto, Alfredo Placencia recita a Horacio de memoria, y no lejos de los anteriores quedan Cipriano Iñiguez y Antonio Correa. En el segundo curso de griego, a cargo del maestro Faustino Rosales, de 64 pupilos, los dos primeros lugares son para De la Mora y Cornejo.

Y en los cursos venideros se repite la proeza: 1889-1890, en la cátedra de Filosofía especulativa e Historia de la Filosofía; 1890-1891, Filosofía Moral y Religión, ambos cursos bajo la conducción del maestro Fernando M. Ortega, las más altas calificaciones son para los mismos.

En el curso 1891-1892 reciben las cátedras de matemáticas, física y astronomía, impartidas por los canónigos De la Rosa y don Antonio Gordillo. Miguel de la Mora ya es alumno interno.

El 11 de junio de este último año se desplomó sin vida, de la mesa donde tomaba los alimentos, el señor rector Baz, sacerdote desde 1857, muy versado en derecho civil y a cargo del Seminario desde 1885.

El siguiente curso inició bajo la responsabilidad de don José Homobono Anaya, originario de Pegueros, pero de familias de Jalostotitlán. Su gestión como rector fue de 1892 a 1899, año este último en el que fue preconizado obispo de Culiacán.

1892-1893. Miguel de la Mora y sus compañeros ya forman un grupo mediano, sólo veintiocho de los setenta y siete iniciales. Son los primianistas, esto es, discípulos del primer curso de teología.

1893-1894. Estudian Teología Dogmática con los maestros De la Rosa y Gordillo. En el siguiente curso ya serán secundianistas, y así seguirán: tercianistas, cuatercianistas, según avancen en los cuatro años de los estudios teológicos, adicionados con los cursos de Derecho Canónico y Civil, Sagrada Escritura y Teología Moral.

Siempre, desde que iniciaron, destacan en los primeros lugares y con los primeros premios Miguel de la Mora y José María Cornejo.

Al terminar los estudios por ir en todo tan iguales se sorteó la beca y el premio y el afortunado fue el alumno José María Cornejo, quien llegaría a ser el más destacado orador sagrado en toda la república durante la primera mitad del siglo XX.

Quien esto escribe recuerda cómo cuando el Seminario de Guadalajara celebró el CCL aniversario de su fundación, en 1947, al señor Cornejo le correspondió pronunciar el sermón en el púlpito de la iglesia Catedral, al que subió luciendo como trofeo, su beca, que mostró al auditorio como un grato recuerdo de aquella proeza.

V

Un paréntesis antes de seguir. Al levantar los ojos al cielo en una noche oscura y bella, atrae la vista un grupo de estrellas, cerca de Tauro, las llamadas Pléyades. Son Taigeta, Ménope, Alción -la más brillante-, Celeno, Electra, Asterope y Maya.

La mitología griega habla de las siete hijas de Atlas y Pleonia, que perseguidas por Orión le pidieron a Júpiter que las transformara en palomas y las palomas, después, en estrellas.

En la historia de las letras francesas, en el siglo XVI, así les llamaron a siete artistas de la palabra: J. de Bellay, Portus, Thyard, J. A. de Baïf, J. Peletier, R. Balleauy y Jodelle, que formaron grupos para la defensa y la ilustración de la lengua francesa, en 1549.

Bien podría llamarse pléyade a las estrellas de finales del siglo XIX en el Seminario de Guadalajara: Miguel M. de la Mora, sabio y santo; José María Cornejo, gran teólogo, eximio orador, músico y musicólogo, que fundó en la ciudad de México una fábrica de órganos tubulares con seis teclados, entre ellos el del Palacio de las Bellas Artes y el de la Basílica del Tepeyac; san Cristóbal Magallanes, que debería encabezar la lista; el siervo de Dios Pablo García, quien como el anterior, derramó su sangre por Cristo Rey; Pascual Díaz Barreto, arzobispo primado de México; Antonio Correa, notable promotor de los círculos de estudio y de los sindicatos para obreros, y Alfredo Plasencia, el gran poeta, pléyade de brillantes estrellas en el Seminario de Guadalajara.

VI

De ellos, de entre ellos, fue elegido el joven sacerdote de 24 años Miguel de la Mora para dar al Seminario del caudal de sabiduría recibido de 1888 al 30 de noviembre de 1897, día glorioso de su ordenación presbiteral.

Se entregó al Seminario en la alegre primavera de su ministerio sagrado por espacio de doce años, con distintas encomiendas y cargos hasta el 30 de mayo de 1911, elegido pastor, obispo de la grey de Zacatecas.

Dos testigos muy cercanos de su vida, los presbíteros Amado López y Daniel R. Loweree, ambos contemporáneos como condiscípulos y colaboradores en el trabajo del Seminario, dan valiosos elementos de la personalidad, las virtudes y la acción del padre Miguel de la Mora.

VII

Se fueron juntos el siglo XIX y el tercer arzobispo de Guadalajara, don Jacinto López y Romo, de fugaz tránsito por su diócesis de origen.

Del Norte, de Chihuahua, llegó el señor don J. Jesús Ortiz, a quien le fue encomendada por la Providencia esta arquidiócesis los años tranquilos del porfiriato.

El padre De la Mora se estrenó luego como profesor suplente en la cátedra de teología moral y ritos y tuvo entre sus alumnos a su compañero Alfredo Placencia en el curso de 1897-1898.

El señor canónigo doctor don Pedro Romero fue nombrado rector por el señor deán y Gobernador de la Mitra en sede vacante, don Francisco Arias y Cárdenas.

El padre De la Mora en el curso 1898-1899 llevó adelante un numeroso grupo de setenta y un alumnos, a los que impartió la cátedra de primer curso de latinidad. Tuvo otra cátedra, con cuarenta y siete alumnos, a quienes impartió lecciones de idioma griego.

En el año lectivo 1899-1900 enseñó latinidad y Bella Literatura al segundo curso. Fue entonces cuando escribió y publicó el texto para los alumnos que lleva por título Manual de literatura; también tuvo a su cargo el segundo grado de griego.

Para el curso 1900-1901 fue nombrado rector el señor canónigo don Antonio Gordillo. El padre De la Mora tiene la cátedra de tercer curso de latín, de Bella Literatura, el segundo curso de griego y el segundo de Historia Universal.

En el año escolar 1901-1902 se le impone la cátedra de Filosofía especulativa e Historia de la Filosofía, así como el primer curso de matemáticas Y viene un cambio radical en el Seminario de Guadalajara: el señor arzobispo don José de Jesús Ortiz se reserva el título de rector, y separa el Seminario en Mayor y Menor, tal y como caminará y camina hasta el día de hoy.

Nombró para la atención de tales seminarios a dos prefectos de disciplina: del Mayor, al padre Arcadio Medrano ­hermano de la madre del que llegaría a ser ilustre orador, maestro y musicólogo, monseñor José Ruiz Medrano (1904-1967), y del Menor, al padre Miguel de la Mora, de 29 años de edad y 6 de presbítero. Ambos prefectos, por separado rindieron informe escrito y publicado en el anuario del Seminario. El padre De la Mora fue nombrado maestro de Religión en los tres cursos de esta asignatura.

A partir de este año lectivo se introdujo un cambio notorio en la disciplina y el plan de estudios. El nuevo arzobispo, quien tomó posesión de su cargo apenas comenzado el año de 1902, el 4 de enero, elaboró un estatuto, cuyo manuscrito tiene 124 páginas, replanteando todo el funcionamiento del plantel.

En el siguiente curso, 1903-1904, el padre Miguel M. de la Mora (agregaría esta letra a su apellido como señal de adhesión a la Virgen María) toma el timón del Seminario Mayor, cediendo su lugar al padre Martín Macías: “Me habéis puesto al frente de vuestra heredad”, dijo a su Prelado al rendir su primer informe, y al frente de esa heredad, el corazón de la diócesis, en gran entrega y eficiencia, con ejemplo de virtuoso y sabio, vivió ocho años como timonel de esta barca.

En el curso de 1904-1905 se formó un grupo respetable de ciento diecisiete alumnos de la facultad de Teología y setenta y nueve en la de Filosofía, casi doscientos seminaristas mayores, y una generación de dieciocho presbíteros ordenados para el servicio de esta Iglesia particular.

Se sabe que el prefecto De la Mora fue tenaz en difundir en los alumnos del Seminario la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y a santa María de Guadalupe. Sucesos notables de ese año lectivo fueron los festejos por el cincuentenario de la declaración dogmática de la Inmaculada Concepción, en la que tomó parte nada menos que monseñor Serafini, Delegado Apostólico en México. También lo fue la creación de un Seminario Auxiliar en la cabecera de San Juan de los Lagos. Se publicó un Semanario mariano y un Álbum de la coronación de Nuestra Señora de San Juan de los Lagos, en las que la pluma del padre De la Mora dejó su huella.

Como algo muy destacado de este tiempo, fue la adquisición para el Seminario, dispuesta por don Miguel y hecha directamente a Inglaterra, del reglamento y los balones oficiales para introducir la práctica del futbol entre los seminaristas, haciendo otro tanto a los Estados Unidos respecto al beisbol, reemplazando de esta forma el juego del 'rebote'.

Y para el caso que nos ocupa, muy notable en su gestión, fue el establecimiento de un observatorio, que fue confiado al joven presbítero Severo Díaz Galindo.

En el curso 1905-1906 tiene el Seminario ciento ochenta alumnos en el Mayor y ciento noventa y cinco en el Menor. Se celebran de forma solemne las bodas de plata de la Congregación Mariana de la Purísima Virgen María y de San Luis Gonzaga.

1906-1907. Por cuarta vez, con los mismos hilos, debe tejer la malla de su discurso el Prefecto de Estudios y de Disciplina del Seminario.

Por recomendación del arzobispo, los seminaristas organizados y preparados se integraron en este tiempo a la catequesis diocesana asistiendo a las escuelas y a los templos parroquiales.

1907-1908. De los trescientos treinta y uno colegiales matriculados, doscientos ochenta y tres provienen de las parroquias foráneas. Se publican las nuevas Constituciones del Seminario.

1908-1909: “La primera y una de las más valiosas conquistas de nuestro actual Seminario es su emancipación de cierto sabor y espíritu secular, que dominó aquí por largos años”, dice en su informe rectoral.

1909-1910. Séptimo informe rectoral del canónigo Miguel M de la Mora: “Vedme aquí, echando sobre mis hombros la carga de cada año escolar, más pesada cuanto más tiempo transcurre”, dice. Primer centenario de la declaración de la Independencia de México: todo el informe rectoral está impregnado de fervoroso patriotismo.

Con uno de sus discípulos, David Galván, a quien ahora damos culto, porque derramó su sangre en el cumplimiento de su sagrado ministerio, fundó el padre De la Mora la revista del Seminario Voz de aliento, con la colaboración de maestros y alumnos y como palestra en las lides del periodismo la cual se publicó hasta la violenta clausura del Seminario, en 1914.[2]

1910-1911. A los tres meses del curso, con alegría y tristeza, supieron los alumnos y el clero de la diócesis que su rector, el señor canónigo magistral, doctor en teología por la Universidad de México, era llamado a servir en horizontes más amplios: el 11 de mayo de 1911 era obispo de Zacatecas.

VI

Quienes convivieron cerca de él, de 1888 a 1911, del seminarista, del joven sacerdote y del rector, dan un mismo sentir al afirmar la coherencia entre su vida de fe y su testimonio.

Era de baja estatura, bien constituido, sano y muy fuerte, de tez blanca, pelo castaño, ojos azules y cicatrices de viruela en su rostro. Aspecto viril, voz timbrada, de trato agradable, siempre de buen humor, educado, manso, tan laborioso que nunca se acostó antes de la medianoche y nunca dejó para otro día el responder por escrito a una carta.

En la cátedra y en el púlpito decían de él que era más tribuno que orador, porque era el tiempo de una predicación de demostración, de defensa y hasta de ataque.

Ese regalo le dio la Providencia la Seminario de Guadalajara y los frutos de su paso se manifestaron en muchos sacerdotes hechos a su imagen y semejanza.

Del futbol a las estrellas, del cuidado en lo que la formación humana, la espiritual, la intelectual y la pastoral dejó el reflejo en su obra.

 

El Discurso del Rector De la Mora

 

A ti Ángel glorioso de la escuela, solda­do de la ciencia cristiana, genio gigante que ilumina todos los abismos, que vences todos los errores y todas las herejías, hijo preclaro de la ilustre Orden Dominicana, consagramos con agradecido corazón esta sencilla solemnidad.

 

Así como al nacer el día todas las cosas se tiñen con las variadas, alegres y brillantísimas tintas de la aurora, que sonríe en el oriente, y aparecen como de oro lúcido las cumbres de los altos montes; y las copas de los árboles y las floridas praderas se ven esmaltadas con púrpura diáfana y hermosa; así en el mundo moral, el contento y la alegría por algún suceso notable , se extiende a todos los acontecimientos coexistentes que con él se relacionan, haciéndolos participantes de su mismo carácter. Y así como todo infunde júbilo cuando la prosperidad nos halaga, de modo igual, todo nos oprime el pecho, todo es triste y lúgubre, cuando la desgracia nos abruma.

Estamos en un año digno de memoria eterna, en el primer centenario de la proclamación de nuestra Independencia Nacional; y por más que quisiéramos sustraernos del influjo que ejerce en todos los mexicanos este glorioso recuerdo, seríanos imposible de todo punto; y todas nuestras fiestas, y todos nuestros regocijos, aunque motivados por distintas y diversas causas, tendrán por fuerza mucho de festividad de centenario. Es esto una ley ineludible de las cosas. Pero no seremos nosotros, que amamos con toda el alma y corazón a nuestra patria, los que intentamos desviar de aquel recuerdo mil veces bendecido, la pobre corriente de nuestra elocuencia, si puede merecer este nombre; al contrario, en este lugar, en el que la juventud generosa florece dando esperanzas de un porvenir más lisonjero; aquí en donde toda idea grande halla fácil eco, y todo sentimiento digno de pechos levantados, hace latir los corazones rebosantes de vida sana; aquí es en donde quiero y debo pronunciar el nombre santo de la patria y festonear con el verde laurel de sus glorias inmortales,las coronas que el Seminario pondrá sobre las sienes de los jóvenes estudiosos, y saturar con el aroma de la histo­ria mejicana esta significativa solemnidad: ¡Que nunca en los Seminarios fue mirada con desdén, sino amada con heroico afecto, la dulce patria!

Porque de aquí, señores, y no de allá; de los Seminarios y no de los cam­pos enemigos, salieron los héroes inmortales, que con su vida y su sangre redimieron a nuestro querido Méjico en el campo del combate.

Permitid, pues, señores, que dé un carácter especial a este informe, que en cumplimiento de mi deber, daré al amadísimo Pastor de esta grey. Quiero dar una mirada al Seminario de hace cien años, y seguir con ligera plan­ta su marcha, para inferir de allí si el Seminario del Méjico independiente es, después de un siglo, digno de los honrosos antecedentes del Seminario que escuchó el sublime grito de emancipación.

¡Quién lo creyera! El Seminario de Guadalajara, arrojado de la casa que por donación de un particular[3] le sirvió de cuna; el Seminario, despojado de los bienes que sólo para la emoción cristiana de la juventud le dejó la generosa piedad de nuestros padres; este Seminario, amado y venerado hace cien años, y hoy leproso que yace en el muladar de todo los desprecios, debido a la triste labor de un sectarismo fanático; es y debe ser reconocido justamente como benemérito de la patria; y en este año del centenario, año en que desearía para todos los hijos de la patria un sólo corazón y un alma sola, como la tenían, con admiración en del mundo los primeros seguidores de la Santa Cruz; y me sentiría feliz si pudiera contemplar el santo abrazo de to­dos los hermanos, y la extinción de todos los odios y el lleno de todos los abismos que han dividido a los generosos hijos de Méjico; al ver que no llega la hora de la justicia para esta Madre adorada, a la que con acento de amor tiernísimo llamamos nuestro Seminario, siento que el dolor se anuda en la garganta y que necesito poner valladar infranqueable a la palabra, pa­ra que no lance al rostro de los culpables, como un azote de fuego, este amargo reproche: ¡sois unos ingratos!

¿Veis á esta “Alma Mater”, desconocida menospreciados sus estudios, befados sus hijos y obscurecido el esplendor de su glorioso abolengo? Pues sabed que ella cuenta ya más de dos siglos de abrevar con las aguas limpias y claras de las ciencias sagradas y profanas, naturales, morales y políticas, a millares de jóvenes que, de otro modo, hubieran permanecido irremisiblemente en la más triste ignorancia; sabed que aquí, bajo el hospitalario techo de estas viejas aulas venerables por el polvo de dos centurias, háse nutrido y formado el espíritu de los hombres que más lustre han dado a esta legendaria tierra de Jalisco, desde el soldado que peleó por causa de la libertad, hasta el Presidente de la República que tuvo en sus manos el timón de los destinos de nuestro pueblo; desde el humilde y abnegado cura de aldea, héroe sin brillo, que se desvivió y sacrificó por su pequeño rebaño, hasta el prelado esclarecido que con su sabiduría y su virtud conquistó para su nombre la lumbre divina de la gloria y el don de la celebridad en los anales de la Iglesia mexicana. Sólo en el siglo que en este año expira con la celebración de nuestras glorias nacionales, dio este Seminario cuatro Presidentes a la República, más de veinte Gobernadores a los Estados, cerca de treinta Prelados dignísimos a la Iglesia, muchísimos sabios, y algunos de fama europea, que supieron engrandecer a la patria en los países más cultos; diplomáticos de bien conocida fama; incontables bienhechores de los pobres; e innumerables sacerdotes, que armados con la Cruz redentora, han lleva do y mantenido en esta Arquidiócesis , con la fe y la moralidad la verdadera civilización.

En dos épocas del siglo anterior, bajo el rectorado del inolvidable y sabio orador, canónigo Dr. Francisco Espinosa y el del Ilmo. Sr. Lic. don Francisco M. Vargas, de santa memoria este plantel, que llegó a ser un centro docente de vastísima influencia, vióse concurrido por más de mil alumnos, venidos algunos de las más remotas regiones como Sinaloa, Sonora, ambas Californias y Nuevo México; y los maestros del Seminario, hombres de valor indiscutible como sabios y como educadores, venerados y amados sinceramente por centenares de discípulos, que los rodeaban como á la vid los racimos, discípulos que más tarde figuraban en los puestos públicos más importantes, llegaron a tener, como consejeros desinteresados y prudentes, un asombroso poder dominador en todas las esferas sociales. De algunos de aquellos profesores famosos, consérvanse todavía entre muchos de nuestros pro hombres, envueltos en sagrado nimbo de veneración y de cariño, la santa memoria y el recuerdo imborrable de sus palabras y sus acciones más insignificantes.

Y este pasado tan rico en méritos verdaderos y sólidos, tan largo en dar lumbreras para ilustrar nuestra historia, tan íntimamente unido con las grandezas legítimas del país, no fue parte, señores, para evitar que el Seminario fuera una de las más perseguidas víctimas del odio injusto y encarnizado que se ha tenido a la Iglesia y a sus obras. Y cuando, los certificados expedidos por los Superiores de esta casa, son valederos y tenidos en mucho, como personalmente me consta, en las ilustres Universidades de San Luis Misouri, Washington, Notre Dame y otras de Estados Unidos y la de Louvain en Europa, aquí, los infelices seminaristas que no se sienten llamados al sacerdocio, o se resignan a repetir sus estudios preparatorios con deplorable pérdida de tiempo y de trabajo, o son condenados al ostracismo literario: ¡triste disyuntiva, ignominiosa ingratitud, que debería desaparecer para honor de Méjico independiente y libre, en este año de jubilosas festivi­dades nacionales! Sin embargo, Señores, cuán lejos estoy de poder esperar este acto solemne de justicia. ¿No os pasa a vosotros lo mismo?

No existe ya el Seminario de aquellos tiempos pasados, que casi están en la jurisdicción de la leyenda; ahora en lugar de mil alumnos, tiene trescientos; aquellos celebrados cursos de doscientos alumnos han venido reduciéndose hasta serlo de setenta en el primer año y hasta veinte o veinticinco en el sexto de preparatoria; ya no hormiguea en nuestras aulas aquella dorada juventud de las altas clases sociales. La instrucción seminarista ha venido a ser la herencia de los divorciados del oro y las comodidades, de los humildes y los sencillos, que son los que Nuestro Señor Jesucristo llama generalmente al apostolado.

Los jóvenes que hoy vienen a nosotros, los maestros de ahora, no aspiran jamás a escalar las esplendentes cumbres del poder tan soñadas por la ambición insaciable. La suprema ambición de nuestros actuales seminaristas, está condensada en una sotana que el mundo escupe y un ministerio laboriosísimo y aborrecido que más parece cruz de martirio que ocupación de la vida. Las abundantes rentas que legaron nuestros piadosos padres para sostener el Seminario, pasaron a manos extrañas, y consumidas por egoísmo cruel, se disiparon como el humo de la hoguera que se apaga; y ahora, cuando la vida cuesta diez veces más, se necesita de toda la heroica abnegación del prelado, frecuentemente lleno de amargura por la escasez de recursos para atender a un verdadero diluvio de necesidades; se necesita de los esfuerzos no despreciables del Venerable Cabildo, de las parroquias, instituciones y asociaciones piadosas, para que el Seminario no muera.

En vista de esto, señores, os pregunto: ¿Hemos avanzado o retrogradado? Con culpa o sin ella, ¿el Seminario de ahora ha desmerecido de aquel que es­cuchó el grito de independencia y dio después tantos hijos esclarecidos a la patria?

Os asombraréis seguramente de lo que voy a decir. Señores, pero no me creo autorizado para hablar contra mi conciencia honrada: a mi juicio el Seminario de hoy, por un don incomparable de la Providencia y pese a la impiedad que ha querido darle muerte, ha progresado y no es indigno del que conocieron nuestros padres.

La primera y una de las más valiosas conquistas de nuestro actual Seminario, es su emancipación de cierto sabor y espíritu secular que dominó, aquí por largos años y como una consecuencia ineludible de la situación de aquellos tiempos, no sin grave perjuicio de la Iglesia. Bien afamado este plantel como foco de ilustración vasta, sólida y cristiana; propaladas en tantas y a veces lejanas regiones, por la boca de millares de estudiantes que suelen echar el cimiento a envidiables reputaciones, la justa alabanza de sabiduría y altísimas dotes educativas de aquellos antiguos maestros de curso; desempeñando en la sociedad los ministerios de honor y autoridad con brillo no mezquino, muchos hijos del Seminario; siendo entonces las letras general­mente estimadas y por los mejores cultivadas; y no habiendo, por último, los muchos centros de cultura intelectual que ahora sobreabundan ¡ahora que las letras pierden su lustre para cederlo al oro y al negocio! era natural que los padres de familia de alguna comodidad y los amantes del renombre de su casa, tomaran muy a pecho enviar a sus hijos a las aulas seminaris­tas, aunque ni ellos pensaran siquiera en dedicarlos a la carrera eclesiástica, ni los mismos hijos soñaran jamás en portar alguna vez las sagradas insignias del clérigo.

Dados estos antecedentes, lógico era hallar en el Seminario un internado abundante, de trescientos o más pupilos, pero en donde, como era natural, no faltaban algunos más ricos que piadoso; y mezclábanse con los elegidos de Dios para el sacerdocio, algunos estudiantes ajenos del todo al espíritu que debe reinar en el Santuario; mundanos, a quienes era molesta la disciplina y extraño el aroma eclesiástico de que naturalmente debían estar saturadas las leyes y constituciones; y forzado el recogimiento, y pesado el yugo de la sujeción y tedioso el culto, y demasiadas las oraciones y postizo el uniforme de los colegiales; jóvenes que siempre estaban al asecho de alguna ocasión para burlar la vigilancia de los superiores, y sólo por la fuerza soportaban el freno de la ley, estando prontos a romperlo si con ello no se echaban a cuestas alguna reconvención o algún castigo.

¿Qué conversaciones podrían esperarse entre aquellos futuros hacendados y negociantes, y hombres del gran mundo, si no las profanidades y proyectos de libertad y ligerezas, tan propios de jóvenes de aquella clase como contrarios a la educación sacerdotal? Y ¿qué celo por la exacta observancia de los sagrados cánones podría engendrarse, cuando los llamados al sacerdocio veían aquel relajamiento del orden y aquella disipación tan pegajosa, sobre todo entre incautos y juguetones estudiantes?

Ante estas graves consideraciones ¡cuán sabias aparecen las ordenanzas del santo Concilio de Trento, cuando en la sesión XXII, capítulo XVIII, dispone que en los Seminarios sean admitidos jóvenes buenos, que no sólo vistan la santa divisa clerical sino que tengan solicitud y empeño de servir a Dios y a la Iglesia, y que por sus; indicios de probable vocación, den alguna fundada esperanza de ser buenos sacerdotes! ¡Con cuánta razón se quejaba el eminente canonista Bouix de aquellos seminarios menores de Francia, tan opuestos a las disposiciones tridentinas, en los cuales eran indiferentemente recibidos los destinados a la sagrada milicia y los que habían de permanecer en el estado laical![4]

No negamos que en aquel Seminario floreciente se formaron excelentes padres de familia, magistrados incorruptibles que aun hoy día son la flor y nata de la justicia y honradez, cristianos edificantes, patriotas inmaculados y profesionistas por su saber, dedicación e integridad, sobremanera honorables; no negamos que la fe profundamente arraigada de aquellos antiguos seminaristas no pocas veces ha sido el sostén de innumerables personas, y que la solidez de su educación cristiana no superado todavía causa la admiración y edificación de los buenos; confesamos que la Iglesia mejicana obligada por consideraciones altísimas tuvo razón para tolerar aquel mal, para proveer las necesidades de aquella sociedad y procurarle todos los bienes que hemos enumerado; pero ¡a cuán alto precio compró la sociedad estos grandes beneficios! ¡Cuán caro costaron a la Iglesia aquellas generaciones literarias!

La segunda conquista y no despreciable del Seminario, fue ablandar la autoridad y etiqueta de la antigua disciplina providencialmente necesaria cuando formaban este plantel aquellos elementos tan disímbolos de que hemos hablado; pero que nunca será capaz de dar a los caracteres aquel temple de energía tan bien hermanado con la encantadora dulzura de la caridad que todo lo sufre, y todo lo espera; que sin olvidarse del rigor de la ley y la justicia se acuerda siempre de la miseria humana para compadecerla; que con tino admirable, empleando el “fortiter et suaviter” de la Escritura, armoniza el derecho del mando y la exigencia del respeto debido a su autoridad con el respeto propio a la dignidad de hijos de Dios, que lo mismo resplandece en los súbditos y en los que los dominan.

No queremos, ¡Dios nos guarde! culpar en lo más mínimo a los venerados rectores de esta casa, figuras magníficas e ilustres junto a las cuales resalta nuestra pequeñez con muy visible contraste. Desconocer la prudencia, la sabiduría, la piedad, la caridad, y aún la singular dulzura y mansedumbre de muchísimos de aquellos varones, que son todavía el muy justo orgullo de este plantel y de esta sociedad, sería no sólo una injusticia punible, sino una detestable ingratitud, pues a ellos debemos la honra y prez no menguada de esta venerada institución. No, ¡Sea loada y bendecida la memoria de aquellos educadores esclarecidos, que como los Gordoas, los Espinosas, los Camacho, los Vargas, los Baz y los Anayas, con su sola sombra venerada nos engrandecen y con su recuerdo sagrado nos concilian todavía la estimación y el respeto de los que no se han enseñado a renegar de las tradiciones más puras.

El gran secreto para formar el carácter de los jóvenes y obtener de su generosidad todos los sacrificios que impone un reglamento, es el amor; el camino para llegar al dominio de las almas es uno sólo, hallado éste, se allanan las montañas, y se hinchen los valles, se suavizan las asperezas y se vencen todos los obstáculos; este camino es el corazón; y el arma terrible para derribar esta fortaleza de las almas es el amor, y sobre todo el amor santo, que en lenguaje del cielo es llamado caridad.

Sí, la caridad todo lo puede; nadie es capaz de resistirle; por eso se ha dicho en la Santa Escritura, que es más fuerte que la misma muerte. ¡La caridad ató con cadenas y enclavó en un madero infame las manos que fabrican mundos y apaciguan tormentas; la caridad venció a un Dios…!

No decimos, como ciertos soñadores insensatos, que debe quebrarse para siempre la vara del castigo, alabada como eficaz por el mismo Espíritu Santo; pero sí podemos asegurar que el castigo debe ser el último recurso, el extraordinario; la amputación que se tolera a más no poder; el cauterio que llega cuando toda otra medicina falta; y aun este castigo, tiene como condición necesaria para ser fructuoso, el que lo imponga el amor y lo suavice la caridad.

La tercera conquista de nuestro Seminario, la conquista fundamental de donde manan como de rica fuente la pureza de costumbres, la regularidad de la vida y el adelanto en las virtudes sacerdotales, es la conquista de la Eucaristía.

En las primeras constituciones, las del ilustrísimo señor Galindo y las dictadas por el inolvidable señor Cabañas, el año de 1798, sólo era de regla para los alumnos no sacerdotes, la comunión mensual. En las constituciones emanadas del gobierno eclesiástico, en la vacante, el año de 1826, ya fue de regla la comunión de los domingos; pero la comunión diaria, la cotidiana refacción con aquel dulcísimo y sabroso pan celestial que germina lirios de candor angélico, “que produce recogimiento, que nutre y conforta el espíritu de la devoción, que santifica al clérigo, consagra al levita, y perfecciona al sacerdote,”[5] comenzó a desarrollarse plenamente a fines del siglo pasado; y hoy, gracias a Dios, es tan profundamente consolador este movimiento, que no bajan de cien las comuniones diarias en el Seminario Mayor, y de 20 a 30 el Seminario Menor.

Podéis medir la importancia de este adelanto y legítimo progreso, meditando las siguientes palabras de monseñor Segura, confirmadas por una brillante experiencia, de que pudo dar solemne testimonio: “si hay un lugar del mundo en que deba comulgarse con muchísima frecuencia, es sobre toda ponderación en los Seminarios Mayores y Menores… La comunión frecuente y regular debe ser la regla primaria de un Seminario; sin ella no podrán fomentarse, ni mucho menos desarrollarse las vocaciones eclesiásticas. Yo no sé formarme una idea de un Seminario, sin la frecuente comunión…Un director que no estuviera persuadido de la importancia, y más todavía, de la necesidad que tienen de la comunión frecuentísima, los candidatos del santuario, daría a entender evidentemente que es un jardinero sin experiencia”…y hablando del Seminario Menor en que se comulgaba con mucha frecuencia, exclamaba: “Por este medio (el de la comunión) ¡ qué piedad tan sincera, qué espíritu de fe, qué pureza de costumbres no veíamos florecer en esta casa de bendición!”[6]

El 10 de septiembre de 1900 esta casa tuvo la desventura de de perder al sacerdote ejemplar, al grande y modestísimo y caritativo y abnegado padre espiritual, presbítero don Sabino Álvarez, que derramó en esta casa y que llenó este recinto con el vivificante y suavísimo perfume de sus virtudes sacerdotales, dejando un hueco muy grande, no sólo en el Seminario en donde rodeado de tierno cariño vive su nombre venerable, sino en toda la sociedad a la cual edificó con sus buenos ejemplos y su celo apostólico. Sirva esta página enlutada para rendir un público testimonio de amor y gratitud al padre querido de varias generaciones sacerdotales, que lo lloran todavía y a las que condujo por la senda del verdadero apostolado. Ornamento hermoso de la memoria de los buenos son las cristianas y sinceras lágrimas de aquellos que lo conocieron y rodearon. ¡Luzca para este varón virtuoso el sol esplendente que alumbra las serenas regiones de la paz eterna!

Pues bien, cuando por razón de sus largas y penosas enfermedades, el llorado padre espiritual, tuvo necesidad de ausentarse del seminario por varios meses en todo el año pasado, desequilibrada la economía espiritual de los alumnos que vagaban intranquilos de un confesor a otro, como huérfano rebaño, era natural que escasearan las comuniones; y los superiores éramos los primeros en sentir cómo se relajaba la disciplina, y se iba apagando el espíritu de obediencia, y comenzaban a multiplicarse los desórdenes, y a reinar un malestar tan visible como funesto para la formación de nuestros queridos seminarista.

¡Sí, sólo tú, dulcísimo y suavísimo Jesús, Pastor amoroso de las almas, riges con acierto esta casa de bendición! Sí, Señor, desde el trono de los corazones, en el lecho florido de las virtudes que germinan secretamente al contacto misterioso de la hostia sagrada, reinas como soberano y dominas incontrastablemente con el dulce dominio del amor, en esta juventud querida, que te pertenece. ¡Bendito seas!

Pero este sublime y verdadero adelanto que cada día va haciendo de este plantel un creador fecundo de santos clérigos, e incansables apóstoles, no es obra de un día; es el resultado de los esfuerzos no pocas veces heroicos, empleados por nuestros antecesores en el gobierno del seminario para contrarrestar la maléfica influencia de la revolución y la candente atmósfera de la insubordinación y de revueltas que casi por todo el siglo pasado puso en ignición a la patria y penetró con sus corrientes quemadoras hasta los mismos planteles de educación.

El seminario de ahora, es, pues, el fruto del primer siglo después de la proclamación de la independencia, ya que el grito de Dolores, marcó una época distinta y señaló nuevos derroteros a la vida e instituciones de México; y podéis asegurar que al ofrecer este plantel henchido de halagadoras esperanzas, como un signo de amor ferviente a la patria cristiana que rejuvenecida, por la acción católico-social aparece a nuestros ojos tan risueña y hermosa, el Seminario se presenta con todo el bagaje de gloriosas tradiciones, sudores y trabajos de tantos rectores ilustres y tantos maestros sabios, como se han fatigado en el cultivo de esta preciosa mies del Señor.

¡Jóvenes seminaristas: no de la juventud liberal y positivista que con el fruto podrido ya por el socialismo, el anarquismo, el positivismo, y todo funesto escuadrón de ismos, es decir de errores y locuras, se presentarán en tan triste aspecto en la palestra de las luchas sociales; sino de la juventud cristiana, es decir, vigorosa, casta, abnegada, sensata y verdaderamente patriota, que forma la Iglesia católica en sus planteles, es de donde espera México, la querida México, urna sagrada de las cenizas de nuestros padres, relicario precioso de la sangre de nuestros héroes, altar de la Virgen del Tepeyac, su dicho porvenir! ¡Trabajad para no defraudar tan bellas esperanzas!

No olvidéis que esos lauros que pondrá en vuestras sienes nuestro amadísimo prelado, así como son símbolo elocuente de las eternas recompensas, pueden ser preanuncio y profecía, de los laureles con que ceñirá la historia a los que trabajen por el engrandecimiento, que siempre marchará a la luz de la Iglesia y de la Patria.

Levantaos, jóvenes amigos y queridísimos hijos, y con la frente iluminada ya por las auras de un nuevo siglo de libertad que se avecina, en este momento solemne que os traerá las miradas de otras generaciones, prometed a Dios, árbitro y dueño de los pueblos, que trabajéis con todas vuestras fuerzas y son muchas, por hacerlo reinar en México y en los corazones de sus hijos; y con el entusiasmo ardiente de vuestra juventud, gritad conmigo: ¡Viva la patria católica, viva México de Santa María de Guadalupe!



[1] Informe que rinde el canónigo Dr. Miguel M. de la Mora al Ilmo. y Rmo. Sr. Arzobispo Lic. don José de Jesús Ortiz, en la solemne distribución de premios, celebrada en honor del Ángel de la Escuela, santo Tomás de Aquino, Guadalajara, 1910. Publicado en Loweree, Daniel R. El Seminario Conciliar de Guadalajara, Apéndice,  Guadalajara, 1964.

[2] Fue hasta 1930 cuando el Seminario de Guadalajara pudo de nuevo editar una publicación periódica, que por sugerencia del arzobispo don Francisco Orozco y Jiménez cambió su nombre de “Voz de Aliento” al de “Apóstol”, que lleva actualmente.

 [3] El presbítero Pedro de Arcarazo, en 1696 costeó la construcción de la primera casa del Seminario.

[4] Bouix; trac. De Episc. Vol II, p. 77

[5] A. Guerra. La Vocazione allo Stato Eclesiastico,

[6] Mons. Segura. La Sagrada Comunión

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