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Carta pastoral del Arzobispo de Guadalajara

Con ocasión del primer centenario

de la proclamación de la Independencia de México (1ª parte)

+ José de Jesús Ortiz

 

He aquí cómo se dispuso en la Provincia Eclesiástica de Guadalajara la celebración de los primeros cien años del inicio de la lucha por la emancipación de México, a la luz del pensamiento de un prelado erudito, visionario y de muy elevada preparación en el campo jurídico y canónico.[1]

Nos el licenciado don José de Jesús Ortiz, por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, Arzobispo de Guadalajara.

Al muy ilustre señor Deán y venerable Cabildo, al venerable clero secular y regular y a todos los fieles de la Arquidiócesis, salud y paz en Nuestro Señor Jesucristo.

Venerables hermanos y amados hijos:

Con motivo del Centenario de la emancipación Política de la Nación, nuestro Santísimo Padre el Papa, con fecha 23 de febrero del año corriente, dirigió a los arzobispos y obispos de la República, la carta gratulatoria que ya conocéis por haberla publicado a su tiempo la prensa perió­dica; pero que no obstante, insertamos aquí, porque sus atinadas y sapientísimas indicaciones, nos han de servir de norma para trazar el programa de la celebración cristiana de las fiestas patrias en nuestra Arquidiócesis.

 

A los venerables hermanos arzobispos y obispos de la República Mexicana. Papa Pío  X.

Venerables hermanos:

Nos hicisteis saber que con motivo de las solemnidades seculares que tendrán lugar en esa Nación, para con­memorar la institución de la República, tenéis determina­do ordenar rogativas públicas, tanto para dar a Dios Omnipotente cumplidas gracias por los beneficios hasta ahora concedidos a esa Nación, cuanto para implorar la divina benignidad para lo sucesivo. Designio ciertamente prudentísimo y del todo digno, ya de vuestro celo por la gloria de Dios, ya de vuestro amor a la patria común, el cual Nos no podemos menos que alabar y aprobar con toda el alma. Mas, cuando lo realicéis, no queremos que se os pase desapercibida la ocasión oportunísima que se os presentará para excitar el espíritu cristiano de vuestros pueblos.

Porque la raíz de todos los bienes que posee, por dádiva divina, la Nación Mexicana, consiste en la fe y la sabiduría cristiana, que, al paso que abre al hombre las puer­tas de la sempiterna felicidad, le ofrece los más poderosos motivos para la prosperidad civil, como lo testifica la historia. Ahora bien; a vuestra solicitud toca, como debe ser, que vuestros conciudadanos guarden incorrupta esa herencia que les transmitieron sus mayores. Pero tanto más diligentemente la guardarán cuanto más la conozcan. Por lo cual, nuestro deseo debe ser no sólo que durante esas fiestas se predique en todas partes sobre los preceptos y principios de la fe, sino además que se funden algunas obras perpetuas ordenadas a la educación cristiana del pueblo y principalmente de la juventud. Estamos seguros que, en asunto tan importante, vosotros llenaréis vuestra misión. Pero, ante todas cosas, procurad que vuestros conciudadanos honren siempre con piedad suma a la gran Madre de Dios, que principalmente en su Santuario de Guadalupe siempre han experimentado tan propicia y benigna.

Pues, por vosotros mismos deben estar convencidos los mexicanos de que, para conservar intacta la fe de sus abuelos, tienen el más poderoso auxilio en el patrocinio de aque­lla misma que, por los Padres del Concilio Plenario de la América Latina, es pregonada justamente: “la Madre y Educadora de esos pueblos en la fe de su Hijo muy amado.”

Por otra parte, supuesto que no basta profesar la sa­biduría cristiana, si a dicha profesión no se conforman la vida y las costumbres, será muy oportuno, en aquellas rogativas que vais a ordenar, que, una vez implorado con expiatorias preces el perdón divino de los pecados del pueblo, procuréis se haga en nombre de todos una prome­sa solemne de acatar con la obediencia las santísimas le­yes de Dios, expresamente las relativas a la observancia de los días de fiesta. Y como para vivir justa y santamente abundan auxilios maravillosos para los cristianos en el augusto Sacramento de la Eucaristía, en el cual se contiene la fuente misma de la vida cristiana, pues todo el que acostumbra beber en ella con deseo ardiente, es imposible que deje de perfeccionarse y cada día expresar más la ima­gen del mismo Jesucristo; si queréis que los vuestros florezcan en las virtudes cristianas, tanto públicas como privadas, no ceséis de exhortarlos a frecuentar debidamen­te la Sacratísima Eucaristía.

Ni menospreciéis aquellas instituciones nuestras que despliegan la bienhechora virtud de la Santa Iglesia para todas las clases sociales, principalmente de los más débiles, sino que, con la constancia de vuestra autoridad haced que allí también se implanten y prosperen, y en primer lugar, aquellas obras mediante las cuales se reportan los muy variados beneficios de la caridad cristiana. Y para contener con más facilidad en el deber a los obreros y ponerlos al abrigo de las asechanzas del socialismo, inculcadles con todo el esfuerzo de vuestra autoridad, que uniendo unos con otros, todas sus fuerzas al amparo y bajo el magisterio de la religión, ellos mismos cuiden de sus ­propios intereses.

Por lo demás, supuesto que las costumbres son des­carriadas sobremanera por la desenfrenada licencia de im­prenta y la prostitución de los espectáculos, vosotros no llenaréis vuestro deber con denunciar ambos peligros, sino que debéis luchar porque los católicos, en una y otro gé­nero, sólo favorezcan aquellos que guardan el pudor y respetan la religión. Y por lo que toca a los diarios y libe­los, llamados “periódicos”, quiera Dios que todos los hombres de bien se persuadan que se debe procurar con todos los recursos posibles, que en escritos de este género sólo los netamente católicos se pongan en manos de los católi­cos; ciertamente, no hay cosa que juzguemos de mayor interés en nuestros días.

Esto es, venerables hermanos, lo que en las circunstancias presentes Nos pareció oportuno advertiros, lo cual si vosotros con la diligencia propia del cargo pastoral os empeñáis en llevar a cabo de seguro esas solemnidades de la Nación Mexicana, serán colmadas de los más preciados frutos. Nos, entre tanto, como anuncio de los dones celestiales y en testimonio de Nuestra benevolencia, con crecido afecto damos a vosotros y a toda la Nación Mejicana la bendición apostólica.

Dado en Roma, en San Pedro, el día 23 de febrero del año de l9l0, VII de nuestro Pontificado

Pío Papa X

 

En contestación, el Arzobispo y Obispos Sufragáneos de la Provincia Eclesiástica de Guadalajara, dirigimos al mismo Santo Padre la siguiente carta:

 

Beatísimo Padre:

El arzobispo y los obispos sufragáneos de la Pro­vincia Eclesiástica de Guadalajara hemos recibido con grande y filial devoción y con suma gratitud las augustas y venerables letras que Vuestra Santidad dirigió con tanto amor a los prelados de la Iglesia Mexicana, con oca­sión de las no lejanas fiestas seculares de la iniciación de

nuestra Independencia política; y al enterarnos  por ellas de que vuestra Santidad, como Padre amantísimo, se hace partícipe de nuestras alegrías, y nos favorece con palabras de altísima aprobación y con exhortaciones, nos hemos determinado eficazmente a manifestarle, agradecidos, nuestro reconocimiento por tan grande beneficio, como lo hacemos de buen grado.

Reconocemos con Vuestra Santidad, que el principal entre los dones con que enriqueció a nuestra patria el Providentísimo Dios, es la fe cristiana, santa herencia que recibimos de nuestros piadosísimos antepasados; y como Vos, creemos y confesamos que esa mi santísima fe, no sólo nos ha abierto el camino de la eterna salud y colmado de so­brenaturales bienes, sino que ha dado origen al aumento de nuestro bien material, y a la paz y prosperidad de que disfrutamos. Y para conservar incólume e incorrupta una gracia tan preciosa, nada nos preocupa tanto como la ins­trucción cristiana del pueblo y principalmente de la ju­ventud, con el fin de que todos puedan estimar debidamente el inapreciable tesoro de esa misma fe.

Por esta causa, para obsequiar los deseos de Vuestra Santidad y contando con el auxilio y la bendición de Dios, nos esforzaremos con solicitud nueva e incansa­ble, por conseguir más abundantemente lo que siempre hemos procurado, a saber: el fomentar, promover y multiplicar todas aquellas obras e institutos, que tienden a im­partir al pueblo, en sus múltiples y variadas formas, la enseñanza de la doctrina cristiana.

Pero nada ha podido apretar más los lazos del amor filial que con Vuestra Santidad nos liga, como aquella para nosotros tan dulce exhortación, por la cual nos reco­mienda el culto ferviente y la piedad saludable hacia la gran Madre de Dios, cuya benignísima y tiernísima pro­tección hemos experimentado nosotros mismos y nuestros rebaños, en el admirable collado del Tepeyac. Con esta amonestación, Vuestra Santidad se manifiesta y aparece como devotísimo de aquella nuestra dulcísima Madre de Guadalupe, que rodeada del más grande amor vive en lo más íntimo de nuestros corazones; y esta singular devo­ción hará sin duda que crezca y se fortifique maravillosamente el antiguo amor y la veneración del pueblo mexi­cano hacia Vos y hacia la Santa Sede.

Por muchas e indubitables razones, así como por una saludable experiencia, nos consta que las virtudes florecen sobremanera en el pueblo cristiano, cuando abierta para todos y en todas partes aquella fuente de vida sobrenatu­ral, el Augustísimo Sacramento de la Eucaristía, los fieles comulgan con mucha frecuencia; por lo cual no cesaremos jamás de exhortar a nuestra ovejas a que, con las dispo­siciones debidas, se alimenten de aquel santísimo y celeste manjar de las almas, que es la Carne adorable del Salvador.

Además, como en manera alguna desconocemos que las dos más grandes necesidades de la época son la acción social católica y la prensa periódica de sana doctrina y moralidad para la instrucción de los fieles, no dejaremos, obedeciendo a Vuestra Santidad, de esforzarnos cada día más en fomentar  tan santas obras; y nos empeñaremos con grande solicitud en defender a los puebles que nos están encomendados, de las asechanzas del socialismo y de la corrupción de costumbres que traen consigo, principalmente los espectáculos públicos y la desenfrenada licencia de los escritores.

De todas estas cosas esperamos apoyados en el auxilio de Dios y en la protección de la Santísima Virgen María de Guadalupe, los preciosos frutos de las solemnes fiestas del centenario. Entretanto, devotísimos de Vuestra Santidad, postrados a sus pies, recibimos humildemente la Bendición Apostólica que con tanto amor se dignó impartir a nosotros y a nuestros pueblos.

+José de Jesús, Arzobispo de Guadalajara; +Fr. J. Guadalupe de Jesús, obispo de Zacatecas; +José Amador, obispo de Colima; +Andrés, obispo de Tepic; +Fr. José M. de Jesús, obispo de Aguascalientes.

 

Antes de daros a conocer el programa de las fiestas del Centenario, cumple a nuestro deber, venerables hermanos y muy amados hijos, llamar particularmente a vuestra atención sobre aquellas palabras del Santo Padre, en las que nos enseña, “que la raíz de todos los bienes que posee, por dádiva divina, la nación mexicana, consiste en la fe y sabiduría cristiana, que, al paso que abre al hombre el camino de la sempiterna felicidad le ofrece los más poderosos motivos para la prosperidad civil, como lo testifica la historia.

La historia, en efecto, da testimonio irrecusable de la transformación maravillosa que en el orden de la verdad y del bien, operó en mundo la fe de Nuestro Señor Jesucristo, predicada por los apóstoles, confirmada por la sangre de innumerables mártires, ilustrada por la ciencia y la santidad de los Padres y Doctores de la Iglesia, defendida y conservada incólume, siempre radiante de luz por la sabiduría de los concilios ecuménicos y de los pon­tífices romanos que han venido sucediéndose sin interrupción durante los diecinueve siglos de la era justa­mente llamada cristiana

Los triunfos verdaderamente dignos de tal nombre alcanzados por la moderna civilización así en el orden re­ligioso como en el moral y político no menos que el científico y aun en el puramente literario y artístico, no son otra cosa, si bien se mira, que los frutos espontáneos del árbol de la Cruz cuya bendita sombra ha fecundado todos los campos de la actividad humana, confirmando aquellas palabras del apóstol san Juan:” la victoria que triunfa en el mundo, es nuestra fe.”[2]

Así ha venido a suceder que la historia de la civiliza­ción corre paralela con la historia de la fe, y que la gran­deza y poderío de un pueblo se midan por la intensidad y firmeza de sus ideales cristianos a tal punto que si por desdicha de la humanidad se extinguieran aquellos total­mente en el individuo y en la familia, en la legislación y en las costumbres, no tardaría el momento en que el mun­do volviera por su propio peso, al caos del paganismo; de ello dan claro indicio los bárbaros atentados que en ocasiones consternan a la vieja Europa, llevados a cabo por hombres emancipados de toda fe y que hacen alarde de vivir sin Dios, sin hogar, y sin patria.

Por lo que a nosotros toca, venerables hermanos e hijos nuestros, la historia igualmente testifica cuál era el estado de profunda degradación en que vivían las razas pobladoras de esta inmensa región del continente Ameri­cano, y permite calcular cuál sería en los momentos pre­sentes su triste condición, si la luz del Evangelio no hubiera disipado las tinieblas de error y de ignorancia en que yacían suavizando su índole, moralizando sus costumbres, y preparando por la acción lenta, suave y segura de la caridad cristiana, la aparición de la nueva nacionalidad que hoy se levanta ufana para mostrarse ante el mundo como nación libre, en pleno goce de su independencia y soberanía

            Sin los trabajos apostólicos y los sacrificios heroicos de los primeros predicadores de la fe en tantas regiones, sin la constancia y caridad que desplegaron para catequizar a los indios y reducirlos a la disciplina de la vida ci­vil, sin el valor y entereza con que supieron defenderlos con la codicia de los conquistadores, la patria Mejicana no existiría y acaso no quedaran a la fecha, ni restos de las razas aborígenes.

Con razón pues, el Soberano Pontífice, al aprobar con aplauso lo celebración del Centenario de la independencia, no se ha conformado con exhortar a los obispos para que hagamos entender a nuestros diocesanos las excelencias de la fe como raíz de todo bien, sino que muy especialmente insiste sobre la necesidad de conservar incólume aquel sagrado tesoro que recibimos como herencia de nuestros mayores, y aun se digna hacer indicaciones precisas sobre los medios prácticos que debemos emplear para la consecución de tal fin.

Antes que todo, debemos ponernos una vez más, bajo la protección de Aquella, que en ocasión solemne fue pro­clamada por los Padres del Concilio Plenario Latinoamericano como “Educadora de estos pueblos del Nuevo Mun­do, en la fe de su Hijo muy amado”. Aquella bajo cuyos maternales auspicios y con éxito nunca visto, se predicó el Evangelio en estas regiones. Ella que por especial a­dopción nos declaró hijos suyos muy amados, no ha de permitir que la fe desaparezca de entre nosotros, mientras seamos fieles a la devoción especial que le debemos como Reina, Señora y Madre nuestra.

La experiencia diaria nos enseña que una de las principales causas que directamente influyen en la pérdida de la fe, así en los pueblos como en los individuos, es la ig­norancia de las verdades y preceptos que la religión nos propone como luz y norma de nuestras acciones.

El don de la fe es la verdad gratuita; Dios  lo da a quien quiere, pero nunca lo rehúsa a quien de veras lo pide, ni lo retira sino cuando no encuentra en el hombre la debida correspondencia.

Una de las principales causas de los gravísimos ma­les que afligen a la Iglesia en los tiempos modernos es, según la encíclica “Acerbo nimis” del Pontífice reinante, la ignorancia de la doctrina cristiana: ignorancia que no sólo cunde entre los niños y la gente indocta, sino que se extiende a muchas personas verdaderamente doctas e ilustradas en otras materias.

Estos hombres tan doctos en las ciencias humanas, “nada saben de Dios, Soberano Autor y Moderador de to­das las cosas, y de la sabiduría de la fe cristiana, nada se les da; de manera que verdaderamente nada saben de la Encarnación del Verbo de Dios, ni de la perfecta restauración del género humano, consumada por  Él; nada saben de la gracia, principal auxilio para alcanzar los eternos bienes; nada del Augusto Sacrificio, ni de los sacramentos mediante los cuales conseguimos y conservamos la gracia. En cuanto al pecado, ni conocen su malicia, ni el oprobio que trae consigo, de suerte que no ponen el menor cuidado en evitarlo ni dejarlo, y llegan al día postrero en disposición tal, que para no dejarlos sin ninguna esperanza de salvación, el sacerdote se ve en el caso de aprovechar aque­llos últimos instantes de vida, en enseñarles sumariamen­te la religión, en vez de emplearlos principalmente, se­gún convendría, en moverlos a afectos de caridad; esto si no ocurre que el moribundo padezca tan culpable ignorancia, que tenga por inútil el auxilio del sacerdote, y se resuelva tranquilamente a traspasar los umbrales de la eter­nidad sin haber satisfecho a Dios por sus pecados. Por lo cual, nuestro predecesor Benedicto XIV escribía justamente:”afirmamos que la mayor parte de los condenados a las penas eternas padecen su perpetua desgracia por ignorar los misterios de la fe, que necesariamente se deben saber y creer para ser contados entre los elegidos”.[3]

La instrucción religiosa entre nosotros se limita de ordinario, a los primeros años de la vida. Un poco de ca­tecismo en la escuela, la asistencia material a la santa misa en los días festivos, tales o cuales prácticas de piedad aprendidas en el regazo materno, y si acaso, el cumplimiento del precepto pascual de cada año; con sólo eso los padres de familia se imaginan haber cumplido a sa­tisfacción con el estrecho deber que tienen de doctrinar en la fe y educar piadosamente a sus hijos.

Con preparación tan deficiente, pasa el niño del seno del hogar a la escuela laica, en donde comienza a respirar el ambiente de indiferentismo religioso que suele reinar en tales establecimientos. El sofista incrédulo o el ministro protestante espiarán el momento oportuno para sembrar la duda en su espíritu, halagando sus pasiones; y la prensa impía, los espectáculos teatrales, las conversaciones libres y los ejemplos y malas compañías continuarán la obra inicua de extinguir en su alma los últimos destellos de una fe de suyo languideciente e inerte.

En tiempos mejores las casas de lo padres de familia eran, lo mismo que el taller y la escuela, a la vez templos­ de Dios y escuelas prácticas de religión: la oración cotidiana y la acción de gracias a la Providencia Divina por los beneficios que a diario y a toda hora nos dispensa, la­ lectura espiritual y la asistencia a la predicación, la frecuencia de los santos sacramentos y el buen ejemplo de los jefes de familia; todas estas prácticas de la vida cristiana que eran fuentes de vida para la fe de nuestros mayores, hoy día yacen en lamentable olvido o son vistas con desdén aun en los hogares cristianos.

Siendo esto así, ¿qué tiene de sorprendente que la fe se debilite y extinga en el espíritu de los jóvenes cuando apenas han dado los primeros pasos en la vida civil, y que la corrupción de las costumbres crezca diariamente en proporciones alarmantes, si falta la ciencia en las cosas divinas, que es fundamento de pudor y de la santidad con que se moderan las pasiones?

A este propósito conviene recordar aquí a los señores párrocos, vicarios y demás sacerdotes encargados de templos, lo mandado en la Encíclica “Acerbo nimis” y las disposiciones reglamentarias publicadas en nuestra Carta Pastoral del mes de junio de l905, todas ellas inspiradas en el pensamiento de Su Santidad y encaminadas a procurar el mayor ensanche posible a la enseñanza de la doc­trina cristiana en la Arquidiócesis.

A la ignorancia religiosa agrégase el orgullo como segunda causa de la pérdida de la fe.

Inclinarse reverente ante la soberanía de Dios y tributarle homenaje de la fe a su indefectible veracidad, cuando revela los ocultos misterios de su Sabiduría, es, sin género de duda, un deber sacratísimo para la criatura, y un acto eminentemente racional; y sin embargo, el orgu­llo y la presuntuosa vanidad de ciertos hombres, niegan obstinadamente el cumplimiento de aquel deber, porque no quieren reconocer otra autoridad ni otra norma de sus acciones, que el propio juicio y las mezquinas luces de su limitada inteligencia.

Y, cosa extraña, a la vez que justo castigo del orgullo, aquellos mismos que niegan a Dios el derecho de exigir la fe bajo la garantía de su palabra infalible, los ve siempre más dispuestos a sacrificar los fueros de la razón y del sentido común, ante el prestigio científico de algún reputado sabio que lanza al mundo las más extravagantes hipótesis sobre la existencia de Dios, sobre el origen y destino último del hombre, sobre la eternidad de la materia, y otros temas semejantes.

No son los verdaderos sabios quienes niegan a Dios el tributo de la fe. No, ellos saben cuán débil y limitado es el espíritu del hombre, y muchas veces han sentido la necesidad de un auxilio superior que supla la deficiencia de sus potencias naturales. La modestia es compañera inseparable de la verdadera sabiduría.

            Pero hay una ciencia mediana, peor las más veces que­ la ignorancia misma, que por su real insuficiencia, su­cumbe con mayor facilidad a la tentación de ser ella la infalible y la norma única de los actos humanos.

Abundan los espíritus superficiales que, por haber recibido a su paso por los colegios laicos, algún barniz de las ciencias llamadas positivas, o porque leyeron en el libro o periódico impío alguna objeción que su ignorancia no pudo resolver, renuncian a la fe, y en un abrir y cerrar de ojos dan su fallo en cuestiones que un san Agustín o un santo Tomás, con la autoridad y competencia del genio, no­ hubieran abordado sino al cabo de largos y profundos es­tudios. ¡Víctimas lamentables de un orgullo insensato! no saben ellos, o fingen ignorar que la más noble prerrogati­va de la inteligencia consiste en elevarse por el propio es fuerzo, y siguiendo la escala de las criaturas, llegan al conocimiento siquiera sea imperfecto, y a la glorificación de la causa única de todo cuanto existe; y que la razón nada pierde, antes enaltece su dignidad, cuando al llegar a la cumbre de su natural poder, reconoce su impotencia para seguir adelante en el camino de sus investigaciones.

Entre el acto de fe por el cual firmemente creemos lo que la palabra infalible de Dios dice y la Iglesia nos pro­pone, y la visión beatífica que correrá todos los velos, de la cual está escrito: “Ni ojo alguno vio, ni oreja oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios prepa­radas para aquellos que le aman”[4]; media un campo sin límites, horizontes inmensos en los que la razón humana puede espaciarse, sustentada por la fe, sin vacilaciones ni extravíos; ascender de claridad en claridad hasta penetrar cuanto es dado en la presente vida en el gran secreto de Sabiduría divina que todo lo explica en el misterio de la Encarnación, Sabiduría recóndita que ninguno de los príncipes de este mundo ha entendido.[5]

Somos hijos de la luz y bajo el poderoso impulso del Espíritu Santo que todo lo escudriña con las poderosas alas de la oración y del estudio, podremos ir siempre adelante en el conocimiento de la verdad, una vez que la vida cristiana no es otra cosa, que un progreso continuo en la ciencia, lo mismo que en amor de Dios.

El grandioso monumento de la Tradición de la Iglesia y de la Teología Católica, da testimonio irrecusable de de esta doctrina. No quiera Dios, sin embargo, que exageremos más allá de lo justo, los progresos de la razón, aun asistida con la luz de la revelación.

La ciencia teológica podrá cada día dar mayor firmeza a los motivos de la credibilidad, agregando a la incontrastable certidumbre de la fe, aquella otra que engendra la con­vicción científica. Podrá descubrir nuevas analogías entre los dos mundos, natural y sobrenatural, que ponga de ma­nifiesto la inefable belleza de los misterios revelados y sus relaciones íntimas con el destino último del hombre; podrá proponer las más luminosas soluciones a los grandes pro­blemas que hoy afligen a la humanidad; y darnos, si se quiere, a fuerza de meditación y de estudio, algún presentimiento de la visión deslumbradora que nos está reservada para la otra vida, aprovechando para todo ello, las definiciones dogmáticas de la Iglesia, las enseñanzas de la Historia y de la Exégesis, depuradas por la sana critica, y hasta los adelantos de las ciencias naturales; pero jamás podrá llegar a la demostración adecuada y a la evidencia intrínseca de las verdades reveladas que superan por su propia naturaleza, el alcance de todo entendimiento crea­do[6].

Con dolor del alma debemos enumerar aquí como ter­cera causa de la pérdida de la fe, la corrupción de las cos­tumbres.

Si las verdades reveladas fueran únicamente postula­dos científicos sin trascendencia alguna en la vida práctica, si no contuvieran en sí como su principio los preceptos de la más pura moralidad, que obligan al sacrificio y ordenan hacia un fin altísimo las potencias de nuestro ser, pudié­rase dudar de la íntima relación que existe entre la incre­dulidad y la corrupción del corazón. Pero la fe que profe­samos manda que la carne esté bajo el dominio del espíri­tu, que pongamos el corazón en Dios como fin último, y vivamos despegados de los bienes perecederos de la tierra; que la vida cristiana sea una reproducción de la vida santísima de Cristo, en la práctica de la justicia, de la humil­dad y de la pureza de la caridad, y el sacrificio; y esto es precisamente lo que más repugna y contraría al hombre que vive de asiento en el pecado. Natural es, que vengan repugnancias y vacilaciones, hasta cierto aborrecimiento hacia el juez inexorable que esconden sus desórdenes que despierta el remordimiento en la conciencia, y turba la falsa paz en que vive en medio de sus placeres Natural es, que intente negar lo que la fe enseña para dispensarse de practicar lo que ella prescribe y que con las ansias de la desesperación y del deseo, diga como el insensato:”non est Deus”, que no haya un Dios justiciero, ni ley, ni conciencia, ni de que alguno que contenga el ímpetu desordenado de sus pasiones. De este género de hombres que ponen las rebeldías del espíritu al servicio de los extravíos del corazón, dijo Nuestro Señor Jesucristo:”La luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que a la luz. Por cuanto sus obras eran a malas. Quien obra el mal, aborrece la luz, para que no sean reprendidas sus obras.”[7]

Siendo tan estrecha la relación que existe entre la in­credulidad y la corrupción del corazón, ya no es de admi­rar que la fe desfallezca y que la piedad se extinga en donde quiera que las costumbres sociales de una parte, y las mismas leyes que debieran ser las protectoras de la mora­lidad pública, bajo fútiles pretextos de cultura y de respeto a la libertad individual, otorgan igual derecho de ciuda­danía a la virtud y al vicio, y lejos de ver por la inocencia del niño y la honestidad de la mujer, dan pábulo con su aprobación o tolerancia a los incentivos de la concupiscen­cia. Ya no es de admirar, con tales antecedentes, la fre­cuencia con que se repiten las defunciones, lo suicidios y los escándalos públicos que la Iglesia deplora amargamen­te y que llevan la consternación y el luto al seno de las familias. Una instrucción religiosa sólida y adecuada a la condición social de cada cual, un espíritu humilde y una vida arreglada según los preceptos de la moral cristiana, tales son, en términos generales, los más seguros preservativos contra el peligro de la incredulidad.

Pero no olvidemos, venerables hermanos y amados hijos, que, dadas las condiciones excepcionales del tiempo en que vivimos, no basta ya para la defensa eficaz de la religión y de la patria, el esfuerzo individual aislado y egoísta, no basta ser creyente y piadoso en el reducido círculo de la familia. Es necesario mostrarse a la faz del mundo como tal, sin respetos humanos y con aquella omnipotente dignidad de que dieron excelente ejemplo los primeros cre­yentes, cuando sin miedo ni rubor, confesaban a  Jesucris­to en presencia de sus verdugos.

La unión de los católicos en el terreno de la acción social, tantas veces preconizada por los soberanos pontífices, como necesidad ineludible de los tiempos modernos, se hace cada día más urgente en vista de la actitud del ene­migo, organizado en formidable liga para llevar adelante el perverso designio de desterrar a Dios de la sociedad, de la familia y de la conciencia individual. Unámonos, pues, estrechamente para mejor cumplir el sacratísimo deber que nos incumbe de guardar incólume el tesoro de la fe y de las buenas costumbres que recibimos como bendita herencia de nuestros mayores. A la fe católica debe la patria el goce actual de los incomparables bienes de la civilización cristiana; bajo sus auspicios fue iniciada y felizmente consumada la emancipación política; y el día de hoy, lo mismo que para el porvenir, no hay como ella baluarte más firme para poner en seguro el ser y la independencia de la fa­milia mexicana.

 Y sobre estos beneficios del orden puramente tempo­ral, jamás debemos olvidar aquellos otros de orden superior que realzan su valor sobre toda ponderación, porque no hay a la verdad en el mundo, ni riquezas, ni honores, ni bien alguno de mayor estima que la fe católica.

De ella decía san Bernardino de Sena estas hermosas palabras: “¡Oh virtud de la fe, quién no te amará como fundamento de toda gracia y de toda virtud! Por ti los pecados se borran; las almas reciben la vida; los ciegos reco­bran la luz; los miembros de Cristo se unen a su Cabeza. Tú eres piedra de toque para los justos, victoria para los cristianos y serás para los que perseveran en ti, la coro­na de la eterna felicidad”.[8]

En los momentos supremos, cuando el alma está para comparecer ante la presencia de Dios, la Iglesia busca en la fe perseverante un apoyo para recomendarla a la mise­ricordia divina; cualesquiera que hayan sido sus pecados, dice Ella, acordándose de la flaqueza humana, esta alma jamás negó, ni al Padre, ni al Hijo, ni al Espíritu Santo, sino que siempre creyó.[9] Y cuando más tarde, el sacerdote, en presencia de los res­tos mortales, pida al Señor que abra las puertas de la gloria a esta alma que acaba de dejar la tierra, buscará tam­bién en la fe religiosamente guardada, un fundamento para esa última apelación a la misericordia divina: “Porque en Ti creyó y esperó”.[10]

La fe que opera por la caridad, es en efecto el principio de la eternidad bienaventurada, según aquellas palabras que constituyen el más sólido fundamento de nues­tras esperanzas:”Quien cree en mí, vivirá y yo le resucita­ré en el último día.”[11]

Es digno y justo, venerables hermanos y amados hijos, que al terminar la primera centuria de la vida nacio­nal, elevemos a Dios, Autor de todo bien, nuestros corazo­nes reconocidos para darle gracias por los beneficios reci­bidos, principalmente el beneficio de la fe que los resume todos; digno y justo es también que reconozcamos en la presencia divina nuestras ingratitudes y extravíos, para que no aparte de nosotros en la segunda centuria, sus ojos misericordiosos y colme de nuevas y más copiosas bendiciones a esta Patria que nació y vivió siempre al amparo de la religión. Todo ello por intercesión de la Santísima Virgen de Guadalupe, a quien una vez más aclamaremos como Madre Reina y Señora de los mexicanos.



[1]El texto fue publicado por disposición del cuarto arzobispo de Guadalajara en este Boletín Eclesiástico, correspondiente al año de 1910,  pp. 296, 322

 

[2] 1 Jn. 5,4

[3] Encíclica Acer­bo nimis, I905.

[4] 1 Cor. 2, 9

[5] Cfr, 1 Cor. 2, 7-8

[6] Constitución Dogmática de Fide Catholica

 

[7] Jn. 3, 19-20

[8] De Fidei nobilitate, Sermón IV

[9] Ordo commendationis animae

[10] Ritual Romano

[11] Jn. 6, 40. 21, 25

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