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Desde mi sótano (13ª entrega)

 Joaquín Cardoso, SJ, y otros

 El número 14 de la primera publicación de la resistencia activa de los católicos en México, fechado el 16 de diciembre de 1926, disecciona el triste papel de la prensa amordazada por el Gobierno callista, las peripecias de los diplomáticos, orillados a hacerse de la vista gorda ante el quebrantamiento sistemático de las garantías individuales, y las formas desafiantes y creativas para divulgar su oposición al régimen, de parte de los católicos de la resistencia.

Erró la vocación

Días pasados nos regaló el periódico “Excelsior” con un sabrosísimo reportazgo, refiriéndonos las habilidades campesinas de nuestro general Calles. Y realmente desde el retrato que acompañaba el artículo era sugestivo.

Ni duda cabe que le cae mejor al señor presidente el sombrero ancho y el sweter del agricultor de nuestras fronteras, que el frac y la banda tricolor de las recepciones diplomáticas del palacio nacional.

Según el reportaje, el señor Calles es un excelente agricultor, y en presencia de varias personas hizo gala de sus habilidades, que son muchas, aunque es cierto que por poco se va de cabeza a una zanja al empeñarse con terquedad muy de su carácter, arar con el tractor una tierra que estaba dura como si fuese de cemento armado.

A pesar de éste accidente, que hubiera sido muy sensible, creemos con el reportero que la habilidad agrícola del señor Calles es mucha, porque todo hombre ha de tener por fuerza alguna habilidad, y el señor presidente, para gobernar a un pueblo no ha mostrado ninguna, luego, con toda lógica, su  habilidad propia será arar en el campo.

Por eso decimos que erró la vocación. Y la verdad que fue una lástima. De cuántas horas gratas se privó el señor Calles, cambiando la ruta que le estaba señalada, porque ¿hay algo mejor que la felicidad del campo, de la que dijo el poeta: Qué descansada vida/ la del que huye el mundanal ruido/ y sigue la escondida/ senda por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido.

Verdaderamente, se mostró poco sabio el señor Calles, al enfrascarse en ese mundanal ruido de la presidencia de un pueblo; y hablando en plata: nos fastidió su equivocación. En vez de los quebraderos de cabeza que debe tener a todas horas, y de nuestros propios quebraderos de cabeza que nos causa con su manía de hacer leyes sectarias para destruir el catolicismo en México, que a eso tiende toda su acción de gobernante; Muellemente reclinado sobre el verde césped aspirando el perfume de los campos de las mañanitas de abril, y sorbiendo con delicia el rocío fecundo que esmalta de perlas nuestras praderas, hubiera podido cantar dulcemente la endecha del mismo poeta: Del monte en la ladera/ por mi mano plantada tengo un huerto/ que con la primavera/ de bellas flor cubierto/ ya muestra en esperanza el fruto cierto.

¡Lo que son las cosas de la vida y lo peligroso que es errar la vocación! ¡Cuántas penas y cuántos sinsabores causan un solo acto impremeditado!

Pero nunca es tarde señor Calles para deshacer un entuerto. Todavía tiene usted la afición, las fuerzas y la habilidad para ir a cultivar las fértiles tierras de Sonora, en compañía de su compadrito don Álvaro.

¿Qué no le causan a usted envidia las mazorcotas que el de Cajeme nos presenta en cada exposición agrícola? ¿Qué no le producen cierto escozor los cuantiosos premios que se va llevando el nunca bien ponderado Cincinato de Sonora por cada uno de sus adelantos en el ramo? Mire usted señor Calles, vuélvase a Sonora y luzca allá sus habilidades, o si quiere váyase a Soledad de la Mota, que aunque sea latifundio bien redondeado, y poseer una de esas cosas, sea una herejía contra nuestros “principios filosóficos”, todo se lo perdonamos con tal que se vaya y rectifique su camino. Porque como gobernante está usted arruinando a toda la patria, nos está cubriendo de ignominia ante todo el mundo, nos está amargando con las lágrimas de nuestros ojos el poco y caro pan que nos comemos, está haciendo la desgracia de todo un pueblo; como agricultor, si se va usted de cabeza a alguna zanja, la cosa no será grave, aunque muy sensible.

¡Agricultor, agricultor, señor presidente! Oiga usted los consejos de una migo que de verdad lo estima.

Silvio Pellico.

 

Una injuriosa representación diplomática

El gobierno de los Soviet nos ha hecho un regalito que es una infamia, pero que bien merecido lo tiene nuestro gobierno. Nos ha enviado para que le hagamos los honores debidos a un diplomático, a una mujer, que para decirlo con algún eufemismo, es partidaria del amor libre.

La Kollontay, ha sido expulsada de las negociaciones de otros países por haberla sorprendido en orgías en que tomaban parte solamente las mujeres, las mujeres…No podemos decir de otra manera más decente éstas cosas. Al buen entendedor…

La Kollontay era en Rusia primer comisario del bienestar social de la Rusia Soviética, y jefe del Secretariado Internacional de la Mujer Comunista en Moscú. El fin de éste Secretariado era la degradación de la mujer, haciéndola propiedad del primer sovietista que le pusiera los ojos encima, pues había de ser nacionalizada, es decir, bien común de la nación.

La Kollontay también se ocupaba en pervertir a los niños y niñas, declarándolos así mismo propiedad de todos los trabajadores. Ha escrito un opúsculo de mucha eficacia en aquél infeliz país, y titulado: “El comunismo y la familia” del cual entre muchas barrabasadas, tomamos las siguientes palabras textuales: “Los niños de un estado comunista son propiedad común de todos los trabajadores. En lugar de la familia individual y egoísta, surgirá la familia universal de trabajadores. Éstas serán las relaciones entre hombres y mujeres en la sociedad comunista de mañana y conseguirá la humanidad todos los deleites del amor libre”.

Éste es el regalito que nos han hecho.

 

Advertencia

En la colonia del antiguo hipódromo de Peralvillo (novena demarcación), vive Celestino Ambriz, quien se fingió fervoroso católico hasta lograr captar la confianza de un jefe de la Liga, quien le nombró inspector de una sección. Pero en poco tiempo se perfiló como un perfecto adorador del dios Caco, por lo cual se le dijo: ¡“Largo de aquí”! Despechado, denunció al jefe y a varios agentes de la Liga, quienes fueron encarcelados. Actualmente sorprende todavía a muchas personas cobrándoles cuotas de la Liga, con su falsa credencial.

 

La situación del momento

Pocas horas antes de que el Imperio del Sol Naciente sufriera las terribles sacudidas terrestres que tantas víctimas causaran, los habitantes de aquellas regiones sintieron un mal vivísimo. Los supervivientes del desastre japonés trataron de explicar, una vez serenados los espíritus, éste fenómeno extraordinario, siniestro heraldo de la catástrofe. Y aunque las explicaciones fueron distintas en la forma, ya que variaron conforme a la sensibilidad de cada persona, sin embargo, en el fondo, todas ellas estuvieron acordes. La atmósfera –decían- era pesada como nunca, se respiraba con dificultad, el sol era un disco rojizo que tenía rara brillantez, el cielo estaba limpio de nubes y aunque no había rastro de niebla en el espacio infinito, los rayos solares llegaban a la tierra tamizados, filtrándose a través de algo invisible y opaco.

Como es natural, lo extraordinario de las condiciones atmosféricas influyó en el ánimo de las personas. Los japoneses empezaron a sentir un malestar inusitado. La inquietud se apoderó de todos los seres humanos y aun los animales dieron señales inequívocas de intranquilidad. Dos horas más tarde sobrevenía la catástrofe que enlutara al imperio japonés, horrorizando a los habitantes del mundo entero.

México también debe estar ahora en vísperas de algo extraordinario. ¿Será la catástrofe definitiva o la salvación completa? No lo sabemos. Pero sí estamos ciertos, absolutamente seguros de que se prepara un gran acontecimiento en nuestra patria. ¿No experimentamos acaso, de un mes a la fecha, los síntomas de ese malestar, de esa inquietud, de esa falta de seguridad que precede siempre a las grandes catástrofes o los acontecimientos extraordinarios en la vida de los pueblos?

La vida nacional se halla como paralizada. No hay actividades, no hay iniciativas, no hay nada que signifique un principio de acción.

Los mexicanos nos contentamos con vivir al día, esperando, mejor dicho, sintiendo que algo ha de suceder. No sabemos qué será  este algo misterioso, pero lo aguardamos tal y como si se tratase de sucesos ciertos, calculados plenamente, que han de sobrevenir en virtud de una ley mecánica.

Tal vez nos venga esta seguridad del conocimiento cabal que tenemos de las causas del malestar reinante. Porque, ¿quién no las conoce? Todos las hemos vivido minuciosamente. Todos hemos visto cómo han ido creciendo los males cada día hasta llegar a formar la atmósfera de pesadilla que nos ahoga ahora, la inquietud que es el heraldo de los cambios sociales previstos e inevitables.

Pero a diferencia de lo sucedido entes de los terremotos del Japón, nuestros animales no dan señal alguna de inquietud. Siguen como siempre: serenos, imperturbables, indiferentes. Lo peor de nuestro caso es que otros animales… racionales, guardan la misma actitud: indiferentes a lo que ha de venir, siguen a sus trece, es decir, distribuyendo su tiempo estúpidamente sin tener en cuenta que es necesarísimo prepararse, trabajar, obrar, para orientar los acontecimientos futuros, pero cercanos, de manera que resultan benéficos a la salud de la patria.

Si Dios quiere que el gran acontecimiento que estamos en vísperas de presenciar, sea el principio del resurgimiento moral y material de México, ¿se merecerán esos animales… racionales gozar de una felicidad que no les deberá ni en su parte más insignificante?

 

Épica hazaña

El espectáculo del año se ha cumplido.

A la una de la tarde de un día memorable, millares de globos cruzaron gallardamente el azul invernal de nuestro cielo, dejando caer sobre la ciudad de los palacios, millares y millares de hojas de propaganda. Las hojas tenían los colores de nuestra bandera, de suerte que se puede decir que los católicos mexicanos llevamos nuestra enseña a los ámbitos mismos del firmamento.

¿Simbolismo? “¡Sí! Nuestro México es de Cristo, de Cristo Rey que tiene su trono en el cielo. Nada más justo, pues, que llevar nuestra bandera a los pies del Soberano Señor de las Naciones. Y así lo hicimos, a despecho de los tiranos de la tierra, que impotentes contemplaron el soberbio espectáculo, muestra de la organización, unión y obediencia del pueblo católico mexicano.

A una misma hora, con precisión militar, los miembros de la heroica Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, es decir, casi todos los habitantes de la ciudad, lanzaron al aire sus globos, que fueron una manifestación de fuerza, exponente de organización, protesta contra la tiranía y esperanza de la victoria.

La unión da la fuerza y a la fuerza corresponde el triunfo.

Los tiranos hicieron sus víctimas; pero ¡qué importa! El golpe de la Liga ha sido espléndido, magnífico, trascendental desde cualquier punto de vista. Porque con los globos hemos comprobado que “querer es poder”, ya que pudimos a pesar de los Cruces, que se hicieron Cruces el día del espectáculo del año; de los Bandalas, que como vándolos entraron a las casas; de los Romeos, que no pudieron hacer otra cosa sino contemplar extáticos, asombrados, la belleza imponderable del espectáculo, como si se tratase de la clásica Julieta…

Claro que el regocijo de todos estos señores fue grande después, a la hora de cobrar las multas. ¿Dónde están los dos mil quinientos pesos recogidos por Cruz, precisamente en oro nacional? ¿Dónde los que cobrara el integérrimo mayor Bandala, unos mil setecientos? ¿En las cajas donde se guardan los fondos públicos? ¿Ustedes lo creen? Yo no. ¡Palabra de honor!

 

Una actitud equivocada

            Con motivo de los actuales incidentes entre el gobierno de los Estados Unidos y el de México, los periódicos “El Universal” y el “Excelsior” nos están regalando con editoriales y reportajes furibundos en contra de nuestros primos del Norte, y que naturalmente han sido muy mal recibidos en aquel país.

Creen los editorialistas de dichos periódicos que hacen labor patriótica, y así también lo creen nuestros diputados y senadores, que no han escatimado elogios especialmente a “Excelsior”.

Solamente el hecho de haber sido aplaudidos por estos diputados y senadores, ya debía poner en guardia a los periodistas, por aquello de la fabulita: Cuando me desaprobaba/ la mona, llegué a dudar; /mas ya que el cerdo me alaba/ muy mal debo bailar.

Y en efecto, bien está, que los periodistas, como todo buen mexicano, se indignen de la política que con nosotros han empleado en toda nuestra desgraciada historia los Estados Unidos, apoyando sobre todo a lo canalla para que se apodere del poder y se mantenga en él, y fomentando nuestras tristes revoluciones. Pero que el patriotismo no los ciegue hasta el punto de negar que en éstos momentos históricos sea nuestro propio gobierno el que tiene la culpa con su insensato bolchevismo, de la irritación americana.

Que no hay bolchevismo en México aseguran en todos los tonos los editorialistas, y eso ellos lo saben muy bien, es una mentira; porque toda la actitud política de nuestros gobernantes es de pura cepa bolchevique, y más de un editorial de los mismos periódicos, en días pasados, podríamos citarles en que por ellos mismos se juzga como por bolchevismo la acción política del gobierno mexicano.

Que no ha intervenido en Nicaragua el gobierno de Calles, eso también es una gorda mentira, pues saben los mismos periódicos que por lo menos de Salina Cruz salió un barco cargado de armas para los revolucionarios nicaragüenses, que han ido allá oficiales del ejército mexicano, etcétera, etcétera, y finalmente, que el revolucionario Sacasa hizo aquí una buena campaña a sabiendas del gobierno, y que ahora ha sido reconocido por Calles.

El patriotismo es una virtud, y una virtud ni se defiende, ni se cimenta, ni se desarrolla con un vicio tan feo como es la mentira, porque se convierte también en vicio; del patriotismo se hace el patrioterismo.

Que nosotros podemos si queremos intervenir en Nicaragua a favor de los revolucionarios, etcétera, porque somos soberanos independientes. ¡Hola! Entonces no acusemos a los yankees por su afán intervencionista, porque ellos también son soberanos y libres para hacer lo que quieran si es lícito, y si para nosotros es lícito intervenir en el momento de una revolución extranjera ¿por qué no había de ser lícito intervenir en los asuntos mexicanos?

Si los americanos se enojan porque intervenimos en otra nación, el único argumento sólido que podemos esgrimir es el de que “el que tiene el tejado de vidrio, no tire piedras al de el vecino”, pero de eso, a declarar lícita nuestra intervención en otro país, hay la misma culpa que la de aquellos que proclaman y legislan sobre el estado seco, declarando inmoral la bebida y en sus casitas se ponen hechos una cuba.

Así pues, los argumentos que esgrimen esos editorialistas son, o puros sofismas, o puras mentiras, y así más vale que no defiendan compadres.

¿Cuál debía ser la actitud de los verdaderos patriotas? Reconocer la verdad de las cosas, decir al gobierno americano: tienen ahora ustedes razón en sus acusaciones, pero tengan en cuenta que el gobierno en su acción, no está de acuerdo con lo que piensa la nación mexicana, y que si hay ese desacuerdo monstruoso, se debe únicamente a que con el apoyo de ustedes, señores americanos, hemos tenido encima la imposición de este gobierno que repugna a la inmensa mayoría de la nación. Ahora les ha salido la criada respondona. Aprendan a no sostener bribonadas y a no intervenir a favor de los pillos, porque en el pecado llevan la penitencia. O mejor: lo que debían hacer, era no seguir reconociendo y amparando un estado de cosas que nos lleva a ponernos mal con ustedes y con todo el mundo civilizado.

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