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Autobiografía (8ª parte)

 

Antonio Correa[1]

 

El ocaso de la vida es duro incluso para quienes ostentan un oficio de grande responsabilidad, como fue el caso de uno de los prelados tapatíos más insignes, recordado en este apunte.[2]

 

Decrepitud de don Pedro Loza

Aun no terminaba el desempeño de mi cometido con el ilustrísimo señor Silva y ya el ilustrísimo señor Loza ordenaba terminantemente y contra la opinión del rector y las fuertes objeciones puestas por los palaciegos, que volviera yo a su servicio, allanando toda dificultad respecto a que era cursante de teología y de que no recibía aun orden sagrado.

A mediados de diciembre del mismo año de 1896 volví, pues, a prestar mis servicios a aquel ilustre y santo prelado, dignísimo sucesor de los Espinoza y Alcalde.

A principios del año de 1897 sufrió una caída en sus habitaciones que le obligó a guardar cama por varios días, e imposibilitado para moverse aun en su propio lecho. Pesada y laboriosa faena fue para sus familiares el estado removerlo constantemente.

Una noche en que mi compañero el señor diácono don J. Pudenciano Placencia, señor Cura actualmente de Tototlán, y yo, estábamos rendidos por los repetidos cambios de posición que con tanta moderación y pena nos reclamaba el enfermo, llegó un momento en que agotadas las fuerzas y hecho dos o tres veces impulso para voltearlo resultó inútil nuestro intento. Entonces el ilustre paciente, comprendiendo en su profunda humildad e inmensa caridad el motivo de nuestra impotencia, exclamó: “¡Cuántas molestias y fatigas les ocasiono, hijos míos! Pero cuánto debe confortarnos aquellas palabras del Evangelio: ‘Venid, benditos de mi Padre, al seno que os tengo preparado desde el principio del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve enfermo y me curasteis”. Inútil es decir que con tal exhortación, nuestros miembros recobraron las fuerzas necesarias, no sintiendo más ni el cansancio ni la fatiga.

Aunque con alguna dificultad, bien prevista por el señor rector, salí avante en el segundo curso de teología moral y oratoria. En esta última clase, mi primer sermón moral fue sobre la pobreza y tanto en esta signatura como la de moral conservé mi calificación del año anterior.

El 7 de noviembre del año de 1897 recibí de manos de mi muy amado prelado el ilustrísimo y reverendísimo señor doctor don Pedro Loza y Pardavé el sagrado orden del sub-diaconado, reiterando entonces la alegría y las promesas que con santa fruición hizo mi alma al recibir las órdenes menores.

Es común entre los ordenandos el sentir temor al dar el paso para pronunciar la fórmula con que se ligan al sacerdocio para siempre; en mí no lo experimenté, porque yo había considerado decisivo el primer paso y ahora sólo disfrutaba la satisfacción de hacer pública mi obligación y la alegría por tener ya la obligación del Oficio Divino y poder desempeñar en las misas.

Mi gran deseo para ese día era estrenar un breviario, edición Ratisbona pero eran tan caros que no pude comprarlo, pero el ilustrísimo señor Loza me regaló uno flamante con su respectivo divino, aparte del que me había regalado el ilustrísimo señor Silva al separarme de su servicio.



[1] Presbítero del clero de Guadalajara, siendo párroco del Santuario de Guadalupe en las primeras décadas del siglo pasado, llegó a ser uno de los más activos promotores de la acción social católica en la arquidiócesis.

[2] La paleografía y los subtítulos, que no tiene el original, son de la Redacción de este Boletín.

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