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El ilustrísimo señor don Ignacio Mateo Guerra y Alba
Dignísimo primer obispo de Zacatecas (4ª y última parte)

 Anónimo

 

Concluye esta amplia semblanza, que también lo es de los años inmediatos a la brutal separación en México, de dos esferas que antes de 1858 hicieron mancuerna: la Iglesia y el Estado.

 

Gobernador de la Mitra

De 1855 a 1860 tuvo a su cargo varias veces el gobierno de la Mitra por nombramiento del ilustrísimo señor  Espinoza quien depositaba en él toda su confianza y le profesaba un afecto singular. Ejerció el gobierno en tiempos muy azarosos y en circunstancias muy complicadas de contar, desde la revolución que se llamó del plan de Ayutla y los acontecimientos que siguieron a ella. Entre los papeles del ilustre finado se encuentra esta nota relativa a uno de los períodos en que desempeñó el gobierno eclesiástico: “Desde la fecha de este oficio (8 de julio de [18]58 en que le fue encargado el gobierno eclesiástico) hasta el 20 de febrero del año siguiente tuve el gobierno. Este tiempo ha sido en mi concepto de lo más borrascoso que ha tenido este obispado ya por las exigencias del gobierno civil para proporcionarse dinero, ya por el sitio de esta ciudad [Guadalajara] comenzado a fines de septiembre, y ya por último por la ocupación de ella y sus consecuencias. Dios nuestro Señor por su bondad me haya recibido los sacrificios que esta época me costó. Por lo que hace a mi Prelado, parece que quedó contento de mis comportamientos, según me dijo en una carta.” Los que conocimos a la persona que extendió esta nota comprendemos todo lo que quieren decir esas breves líneas; y sabemos cuántas amarguras, cuán profundos disgustos, cuán terribles penas se encubren bajo esas frases lacónicas, moderadas y dignas. Menciona las consecuencias de la ocupación de la plaza de Guadalajara en 1858; pero no dice que entre ellas figura la prisión que sufrió en el Hospital de Belén y en el convento de Jesús María por orden de don Santos Degollado; ni indica siquiera los tratamientos bárbaros, los insultos salvajes, los atropellos crueles  de que fue víctima antes de esa prisión, en ella y después de ella. La venerable víctima se da por contenta y satisfecha con la aprobación de su superior; y sólo desea que sus sacrificios hayan sido aceptos a Dios. ¡Almas venturosas para las cuales la conciencia del deber cumplido es el premio más digno a que aspiran sobre la tierra; y que más lo miran al Señor de las justicias y los galardones! En almas de ese temple se cumple en toda su plenitud el proverbio sagrado: “¡Ningún acontecimiento podrá contristar al justo¡

 

Víctima del anticlericalismo

Pero acaso no fue el año de 1858 la época en que el venerable Gobernador de la Mitra de Guadalajara tuvo más que sufrir. Después vino el año de 1860 de infausta recordación. La historia de ese año y de los conflictos en que se vio la Iglesia de Guadalajara nos es conocida en todos sus detalles: pero sería improcedente ocuparnos de ella. Basta a nuestro propósito consignar aquí  que en la segunda mitad de dicho año, el señor Guerra en su calidad de Gobernador de la Mitra tuvo que luchar contra las exigencias apremiantes e injustas de un gobierno militar exhausto y azuzado por siniestros consejeros, que vio desaparecer de la Catedral de Guadalajara, bajo las inspiraciones de esos consejeros, desde el tabernáculo del altar principal, hasta los pobres y últimos restos de una riqueza diez veces diezmada; restos que entraron a la Casa de cuño para ser convertidos en moneda de mala ley, que después de estos sacrílegos atentados vino la ocupación de la Plaza, la destrucción de los templos, la exclaustración de religiosos de uno y otro sexo, la ocupación de los establecimientos piadosos, el robo del tesoro de la Iglesia de San Francisco. Y todo esto y más todavía tuvo que presenciarlo el venerable señor Guerra, quien si conservó la vida y el juicio fue sin duda porque Dios le guardara para cosas muy grandes. En verdad que en tan terrible crisis sólo pudo sostener el sensible Gobernador de la Mitra de Guadalajara la palabra que dijo: “Bienaventurado aquel hombre que sufre con paciencia la tentación o la tribulación, porque después, que fuere probado recibirá la corona de vida que Dios ha prometido a los que le aman.” Y nosotros le vimos sufrir con la paciencia de un héroe; nosotros le vimos en algunos de los momentos más angustiosos. Le vimos oprimido abatido confundido; pero jamás le oímos una palabra descompuesta; jamás presenciamos una demostración de enfado: jamás le escuchamos prorrumpir, como pudiera, en una queja amarga. Pasados ciertos momentos comparables al instante solemne en que un mártir hace oblación de sí mismo, le encontraba sereno mesurado grave y con la calma necesaria para dar una orden o dictar una contestación o entrar en conferencia para el arreglo de un negocio. Nos parece tener delante todavía su respetable figura, de pie, cruzando los brazos sobre el pecho, levantando al cielo sus ojos con un movimiento casi imperceptible en sus labios, que acaso articulaban una invocación piadosa y lanzando un profundo suspiro que concluía por esta palabra, signo de firmeza y de resignación: “¡Adelante!”

El venerable primer Obispo de Zacatecas habrá encontrado en el cielo, escrita en el libro de la vida con letras imborrables, su historia de 1860 en Guadalajara. Allá habrá encontrado, al pie del trono de Dios, al Ángel de las plegarias presentando en copa de oro muchas de las lágrimas que derramó en secreto, las lágrimas del justo, de las cuales pudo decir con el salmista: “Tú tienes presentes ante tus ojos mis lágrimas conforme a tu promesa.

 

Sufre más persecución

El 1º de enero de 1861 el señor Guerra, huyendo de las turbulencias de Guadalajara y de todo Jalisco para ponerse a salvo de los odios y persecuciones injustas del Gobierno del Estado en aquella época, se estableció en León (la ciudad de refugio), en el Estado de Guanajuato. El Gobierno del doctor Doblado le favoreció muy bondadosamente contra las exigencias del de Jalisco. En ese mismo tiempo, muchos otros jaliscienses que corrían inminente peligro en sus domicilios se encontraban refugiados en León, donde hallaron tolerancia, hospitalidad, amistad y aún recursos para vivir los que de ellos carecían, ministrados por los generosos leoneses. Muchos amigos nuestros eclesiásticos y seculares, militares y paisanos, pobres y ricos, varones y señoras, experimentaron la bondad y los cordiales oficios de los habitantes de León, de quienes conservan recuerdos muy gratos. Aprovechamos esta ocasión para dar testimonio de nuestras simpatías por esa ciudad de refugio y por sus generosos habitantes, a quienes agradeceremos siempre la hospitalidad que dispensaron a nuestros correligionarios en política; entre los cuales se contaban amigos, maestros y compañeros nuestros que allí fueron en busca de garantías para su vida, de pan algunos para su hambre, de paz todos para sus espíritus; y lo encontraron todo allí, entre personas desconocidas, extrañas, pero que llevan en sus pechos corazones generosos y henchidos de cristiana nobleza. ¡Loor eterno a los leoneses; prosperidad para su ciudad y bendición para todas sus buenas empresas; que sobre ellos de cumpla la bendición del cielo para los que hacen el bien que alguna vez como a Abraham a Lot, les suceda en premio de su hospitalidad recibir ángeles en sus casas sin saberlo; y que en pos les vengan las bendiciones del cielo que los ángeles traen consigo cuando visitan en paz a los buenos de la tierra!

 

Nombramiento episcopal

En abril de 1862, residiendo todavía en León, el señor Guerra fue preconizado obispo de Marcópolis, in partibus infidelium, con obligación de residir en Guadalajara o en cualquiera otro punto de la diócesis, para desempeñar las funciones de obispo auxiliar del ilustrísimo señor Espinoza. Mas el 17 de marzo de 1863 fue trasladado al obispado de Zacatecas, cuya nueva creación había sido anunciada por su santidad el señor Pio IX en Consistorio del 16 del mismo mes y año.

En principios de 1864, el señor Guerra se dirigió a esta capital [de México] con objeto de ser consagrado, y lo fue, en efecto, en 28 de febrero, en el templo de Santa Teresa la Antigua. Recibió la consagración de manos del ilustrísimo señor doctor don Pedro Espinoza, primer arzobispo de Guadalajara, asistido de los ilustrísimos señores doctores don Carlos María Colina y Rubio, obispo de Puebla y don Pedro Barajas, obispo de San Luis Potosí. Fueron padrinos en el acto de la consagración el señor doctor don Teodosio Lares, antiguo e íntimo amigo del nuevo obispo y el señor don Manuel Jacinto Guerra, su hermano menor.

En esta fecha se abre una nueva época para el ilustrísimo señor Guerra. Los que conocíamos el acendrado mérito del nuevo obispo, que habíamos tenido ocasión de admirar muy de cerca sus virtudes, que teníamos noticias detalladas de sus largos e importantísimos servicios como profesor, como párroco, como juez eclesiástico, como gobernante de una Iglesia, no vimos en su elevación al pontificado sino la retribución debida y justamente acordada a un mérito notorio. Por lo mismo, nos congratulamos por el acontecimiento, pero al mismo tiempo, él nos fue muy sensible, porque comprendimos que la carrera episcopal de nuestro querido maestro, sería muy breve y que sucumbiría agobiado por el peso de su nuevo cargo. No podía suceder de otra manera. El ilustrísimo señor Guerra era un hombre de deber en toda la extensión de la palabra: nimio para el cumplimiento de sus obligaciones hasta en los detalles más pequeños, y sí nos constaba que de simple sacerdote no se permitía por largos días una sola hora de solaz y de reposo, preveíamos que, una vez llegado a la plenitud del sacerdocio, sus horas, sus días, su vida toda había de ser un sacrificio no interrumpido y un sacrificio que aún llevado a la última meta, nunca sin embargo, dejaría satisfecho al que lo hacía. El primer obispo de Zacatecas habría sucumbido en un esfuerzo supremo por cumplir con el deber, repitiendo con humildad profunda aquellas palabras del Evangelio: “Siervos inútiles somos; no hemos hecho mas que lo que teníamos obligación de hacer.”

En 5 de junio de 1864 quedó erigida con todas las solemnidades canónicas la nueva Iglesia de Zacatecas, y el ilustrísimo señor Guerra hizo su entrada a la ciudad episcopal entre diez y once de la mañana del 12 del mismo mes y año. En el acto tomó posesión del obispado con todas las ceremonias y solemnidades prevenidas para tales casos, y comenzó desde ese día a arrostrar una serie no interrumpida de trabajos, de penas y dificultades. Todo esto era muy natural cuando se trataba de la fundación de una nueva Iglesia, en la que era necesario crearlo todo, y arbitrar elementos para ello en medio del trastorno que de muchos años esta parte, vienen resintiendo las cosas eclesiásticas. Pero aún sobre estas dificultades naturales y ordinarias, el nuevo prelado tuvo que luchar con otras que le fueron tanto más sensibles, cuanto eran inesperadas, atendido su origen.

 

Ministerio en Zacatecas

En el acto se ocupó asiduamente de la creación y arreglo de todo aquello que era más indispensable para el ser formal de su Iglesia; creó el cabildo eclesiástico que fue instalado pública y solemnemente el lº de noviembre de 1864. Tan luego como este cuerpo quedó establecido y en él un custodio de los derechos e intereses de la Iglesia Catedral en los casos de ausencia del ilustre prelado y en todos el consejo nato del obispo, éste se ocupó de preparar su visita diocesana, atención de primera necesidad, cuyo desempeño era lo único que debería ponerle en el caso de poder decir con el Buen Pastor: “Conozco mis ovejas y las ovejas mías me conocen a mi”.

En 24 de agosto de 1865 partió su señoría ilustrísima para la ciudad de Fresnillo con objeto de comenzar por esta importante parroquia su visita diocesana. Practicó en efecto la visita de ella, no limitándose a la cabecera, sino que recorrió varias haciendas pertenecientes a la jurisdicción del mismo curato, administrando en todas partes los sacramentos de la confirmación y de la penitencia y predicando la divina Palabra. El 11 de noviembre partió de Fresnillo para el curato de Jerez, en donde permaneció hasta el 30 de enero de 1866, que se vio precisado por los progresos de la revolución a regresar a la capital; pero esto no sucedió sino después que había recorrido los puntos más importantes de la jurisdicción de la parroquia y de haber ejercidos los mismo oficios pastorales que en la de Fresnillo.

Vuelto a la ciudad episcopal, tuvo que permanecer en ella sin poder continuar su visita comenzada a causa del público trastorno ocasionado por la retirada del ejército francés y ocupación de las poblaciones que este abandonaba por las tropas republicanas. Pasada esta crisis, volvió a emprender la visita, en 28 de octubre de 1867, y la continuó sin descanso hasta octubre de 1869, en que emprendió su viaje a Roma, llamado por el Sumo Pontífice para celebración del Concilio Ecuménico Vaticano.

Sería muy difuso narrar detalladamente todos los trabajos apostólicos del ilustrísimo señor Guerra durante su visita episcopal. Baste decir que administró el sacramento de la Confirmación a muchos millares de personas; administraba también el de la penitencia a la par de los sacerdotes que le acompañaban; predicaba incesantemente a los fieles y todo esto hacia sin perjuicio de las demás atenciones que demanda la visita de las parroquias en todo lo formal, administrativo y material de ellas. Debido a tan asidua solicitud y diligencia pastoral fue que en todas las partes que visitó dejara sembrados afectos imperecederos y muy cordiales simpatías. En todos los lugares han quedado recuerdos vivísimos de la grande caridad, humildad profunda y natural amabilidad del primer obispo de Zacatecas. Esas simpatías obligaban a los pueblos a hacer en obsequio de su Pastor demostraciones espontáneas más o menos solemnes, demostraciones que siempre lastimaban la modestia del Prelado y que alguna vez le ocasionaron la pesadumbre de ver a su rebaño tratado mal por las autoridades públicas.

Pero a quienes llevaban a mal el entusiasmo del pueblo fiel a favor de su ilustre Pastor pudieron echarse en cara aquellas palabras divinas: “En verdad os digo que si estos callan las mismas piedras darán voces.”

El fruto de su predicación apostólica se ha dejado conocer más de una vez y por más de un motivo. El ilustrísimo señor Guerra, cuya pronunciación era un poco mas rápida de lo que conviniera para la predicación, poseía en compensación y en muy alto grado, esa cualidad oratoria que es un don del cielo; don reservado al sacerdote católico y que se llama unción. Esa cualidad que depende de la fe del orador y del sentimiento caritativo con que se esfuerza por comunicar, por inspirar su propia fe, debía poseerla muy eficaz el venerable obispo de Zacatecas; porque en cuanto a su fe ella, era tal como la que demanda el Apóstol para la justificación: creía con el corazón. En cuanto a su caridad, podía decir con el mismo Apóstol: “Híceme todo para todos por salvarlos a todos.” Ese don de la unción en la palabra, que hace innecesarias todas las otras dotes naturales, parece imposible que falte alguna vez a un obispo que tiene fe profunda en lo que predica y que fulmina la palabra a impulsos de la caridad que rebosa en su corazón. Y decimos que parece imposible, supuesta la naturaleza y objeto de la misión episcopal ordenada y dirigida por el Espíritu Santo para el régimen de la Iglesia de Dios. Esto explica muchos casos que ocurren, semejantes al siguiente que leímos alguna vez. Un pobre aldeano bearnés oía predicar a su obispo a quien como lo hiciera en francés no le entendía una palabra; sin embargo él se manifestó conmovido: alguno que lo notó así, le interrogó cómo era que se afectaba por lo que no entendía: entonces el aldeano le contestó: “Sí. No entiendo pero el alma oye.” No era la significación de la palabra no entendida, sino la unción de la palabra sentida la que conmovía el corazón del buen bearnés. ¡Cuántos aldeanos zacatecanos derramarían lágrimas arrancadas por la unción de la palabra sentida aunque fuera no entendida, de su primer Pastor!

 

Padre conciliar

Dijimos ya que en octubre de 1869 el ilustrísimo señor obispo de Zacatecas emprendió viaje a Roma llamado por el Sumo Pontífice para que concurriera a la realización de la gran quimera del siglo XIX ¡el Concilio Ecuménico Vaticano! Hace cincuenta años murió un ilustre escritor católico que dejó en una de sus obras consignadas esta líneas: “Mas en los tiempo modernos que el mundo culto se ve como dividido por decirlo así en tantas soberanías y que además se ha engrandecido inmensamente por nuestros intrépidos navegantes, un Concilio Ecuménico ha venido a ser una quimera: pues sólo para convocar a todos los obispos y hacer constar legalmente esta convocación apenas bastarían cinco o seis años.” Y es que el conde de Maistre al escribir esas líneas no contó con los inescrutables juicios de Dios a favor de su Iglesia; ni con Pio IX, Vicario de Jesucristo en la tierra, valiéndose del vapor y de la electricidad para acortar las distancias y reducir los tiempos en servicio de la Iglesia y para gloria de Dios. ¡Así también, cierto rey que prestó otro rey a la España, acaso no ha tenido en cuenta las consecuencias que para sus atentados sacrílegos puede tener la dispersión de las ovejas, que después de haber presenciado el azote con el que hirió al pastor universal, han llevado la voz de alarma a los corderos por todo los ángulos del mundo!

El primer obispo de Zacatecas asistió al Concilio Ecuménico Vaticano y concurrió con su placet a la declaración del dogma de la infalibilidad del Sumo Pontífice, es decir ha concurrido con la Iglesia universal a poner fuera de cuestión esa gran verdad que había sido la lima en que se gastaran tantos dientes envenenados. ¡Providencias maravillosas del cielo! En un siglo en que las atrevidas empresas y colosales desarrollos del elemento material parece que amenazan aplastar al mundo moral con su inmensa mole; en ese mismo siglo, setecientos hombres que no se conocen, que viven separados por millares de leguas, que hablan diversas lenguas y que representan las creencias de centenares de millones, haciendo servir a su pensamiento los elementos más inconscientes, se reúnen en un centro común para establecer sobre una roca eterna un principio grande que tendrá de ser el inamovible fulcro sobre que haya de girar en los venideros siglos la potente palanca sobre cuyos extremos se mecerán y oscilarán el espíritu y la materia. ¡Tanto importa la verdad dogmatica declarada por el Concilio Ecuménico Vaticano de 1870! El mismo que llamó una quimera a ese Concilio, dijo así del dogma que en él se acaba de establecer: “No se si se habrá observado sobre esta grande cuestión (de la infalibilidad) igualmente que sobre otras muchas, que las verdades teológicas no son otra cosa que unas verdades generales manifestadas y divinizadas en el orden religioso de tal manera que no se podría combatir e impugnar ninguna de ellas sin atacar una ley eterna del mundo.”

El ilustrísimo señor Guerra permaneció en la Ciudad Eterna hasta la solemne suspensión del Concilio. Durante su permanencia allí se encontraba de tal manera bien que cuando los venerables padres tuvieron que salir de Roma huyendo de los rigores de la mala estación, su señoría ilustrísima permaneció allí sin temor a las fiebres malignas de las que no fue tocado. Cuando llegó el caso de la suspensión del Concilio y la necesidad de la dispersión de los Padres, el ilustrísimo señor Guerra, previendo los grandes sufrimientos que esperaban al Padre común de los fieles, quiso quedarse en Roma con objeto de acompañar a su Santidad en la desgracia, y compartir sus penas y trabajos. Mas tuvo que prescindir de esta generosa resolución en virtud de las órdenes terminantes del Sumo Pontífice para que todos los obispos se restituyeran a sus iglesias.

 

De nuevo en la patria

Regresó, en efecto, a la República en diciembre de 1870, y en su tránsito para Zacatecas permaneció algunos días en esta Capital. En ella, sus antiguos amigos tuvieron el gusto de visitarlo y de verse recibidos y tratados con el mismo cariño, finura y atenciones que estuvieran acostumbrados a recibir en otros días. El ilustrísimo señor Guerra no gustaba de esas relaciones superficiales y ceremonias que no hacen mas que imponer deberes penosos en la sociedad, sin causar ninguna de aquellas satisfacciones propias de los sentimientos de la amistad. Sin embargo, sabía como el que más satisfacer a las exigencias sociales; y ninguno como él para cumplir con escrupulosa exactitud con las atenciones que pide el trato civil más culto y exigente. No se pagaba de tratamientos oficiales ni de convencionales fórmulas de respeto, con las cuales muchos hombres se dan por satisfechos, y a pesar de esto, era muy esmeroso en honrar a cada cual con los títulos dictados y fórmulas que pudiera creerse con derecho a exigir en sociedad. En una palabra, era un hombre perfecta y delicadamente educado, así moral como civilmente.

Era también entusiasta por los afectos domésticos y por los goces de una amistad franca sencilla y cordial. En esta parte se podía decir que todo él era corazón. Un amigo que desahogara en su seno una confidencia íntima, un secreto penoso, un desbordamiento del corazón, podía estar cierto de encontrar en retribución las efusiones más dulces y los sentimientos más delicados, que expresados con espontánea naturalidad y acento conmovido hacían que se creyera escuchar, salido del corazón del piadoso amigo, un eco animado de la palabra confidencial que se le había dirigido. Sucedió que estando el ilustrísimo señor Guerra en esta Capital, tuviera que extrañar que no le visitara un amigo suyo o cuyas afectuosas relaciones databan de cerca de cuarenta años. Tomó noticias de él y sabiendo que se encontraba en la desgracia y sumido en la más desesperante amargura, le buscó en su casa y fue a presenciar en ella una escena de dolor, de lágrimas, de esas qué no tienen consuelo en lo humano. Lo que pasó entre un padre de familia desolado y el pontífice amigo que le buscaba para consolarle, no es posible referirlo, lo sabe el que recibió la palabra de consuelo y de paz y el que corrió a llevarla, estimulado por el sentimiento de una amistad cristiana y de una piedad compaciente. Los detalles de esa escena están escritos en las páginas en que el Señor de las misericordias y de toda consolación anota las obras misericordiosas de los justos.

 

Semblanza moral

El que era todo corazón para sus amigos y que se hacia todo para todos como el ilustrísimo señor Guerra, tenía derecho para ser exigente en sus relaciones y lo era en efecto; pero su exigencia, sumamente fina y delicada, jamás degeneraba en impertinente ni ofensiva: la más ligera disculpa, la explicación más concisa bastaban para dejar satisfecha la susceptibilidad del generoso y caballeroso amigo. En la época a que nos referimos, había en esta Capital una persona que tenía con el obispo antiguas y cordiales obligaciones de afecto y gratitud. Luego que esta persona tuvo noticia de la llegada del Prelado, quiso visitarle, pero se abstuvo deshacerlo por motivos de decencia y delicadeza; era que no podía presentarse en la forma que era conveniente, tratándose de una persona tan respetable y que además se encontraba alojada en un lugar demasiado visible. Estos motivos le retrajeron de satisfacer su deseo y cumplir con un deber por uno, dos y tres días; pero al siguiente, sobreponiéndose a toda consideración, prefirió incurrir en una falta de urbanidad a aceptar la nota de ingratitud y de inconsecuencia en la amistad. Se presentó en el alojamiento del señor Guerra, quien le recibió con un saludo tan afectuoso y expresivo como apenas se podría explicar. Pasados algunos momentos su señoría dirigió a su visita esta frase con una gravedad apacible y delicado tono de resentimiento: “La primera visita que esperaba yo recibir en México era la de usted. Sin embargo han pasado tres días y usted no me había visto. Estas palabras produjeron en el que las escuchaba el efecto de un relámpago que le hubiera deslumbrado; quería disculpar su falta, pero le era penoso motivar la disculpa. Mas la causa del retraimiento estaba visible. Los ojos de la persona ofendida la estaban mirando. Una gota de sudor helado brotaba ya en la frente del reconvenido y su vista buscaba por el suelo lo que no podía encontrar. Entonces el ilustre señor, con un movimiento rápido, le toma una mano, se la estrecha con violencia y le dice: “¡Basta! ¡Basta¡ Lo comprendo todo. Está usted disculpado. La dificultad que tenía usted para verme le honra mucho, tanto más cuanto menos culpable es usted de la causa de esa dificultad.” Al decir así, sus ojos no estaban enjutos. Este solo rasgo creemos que retrata suficientemente la bellísima alma del caballeroso obispo de Zacatecas. Había dado una queja a su amigo en la que más que resentimiento revelaba la estimación que de él hiciera; pero comprende luego la apretura en que le ha puesto; y se apresura, se precipita a excusarle el trabajo de una disculpa penosa; y es tan generoso tan cumplido que aún le tributa honor por la causa involuntario de la misma falta sobre que le había hecho un afectuoso cargo.

En esta capital, en sus conversaciones con sus amigos procuraba informarse sobre el estado de la cosa publica y escuchaba con interés las relaciones que se le hacían de todo lo que pudiera importar a la paz general al progreso moral y material al porvenir de todo el país. Nunca fueron indiferentes para el ilustrísimo señor Guerra las cosas de la patria, la amaba decididamente, le entusiasmaban sus glorias y 1amentaba sentidamente sus desgracias. Mas sus sentimientos patrióticos jamás le arrastraron a exageraciones impropias de su carácter e inconvenientes a su dignidad. Atravesó las épocas más difíciles de nuestras revueltas intestinas sin dejar de ser en ellas un verdadero sacerdote, un ministro de paz de quien se pudiera decir con justicia que no quebraría una caña cascada ni acabaría de apagar una mecha que aún humeara. Y esto no procedía de apocamiento de espíritu y debilidad de corazón, puesto que demostró un valor firme y reposado en circunstancias muy trabajosas que supo dominar desde una altura digna; pero la conciencia de su carácter era bastante para limitar en un círculo preciso los arranques de una imaginación de fuego que pudieran estimular los disparos de un corazón de temple muy alto.

Recibió con gusto informes minuciosos acerca de La Sociedad Católica Mexicana y se impuso plenamente de sus trabajos, sus tendencias, sus progresos y sus esperanzas. Alabó el grande pensamiento del ilustre fundador de esa asociación, comprendió la elevación de sus miras, penetró la profundidad de sus sentimientos eminentemente católicos y bendijo la rectitud de sus intenciones. Se lisonjeaba con la esperanza de que el reciente y modesto plantel podría desarrollar con los años, como el misterioso grano del Evangelio que cuando se siembra en la tierra es la más pequeño entre las simientes, mas después de sembrado sube y se hace tan grande que echa ramas bajo cuya sombra pueden reposar las aves del cielo; aceptó con muestras de grande estimación un ejemplar del Reglamento de la Sociedad y una colección de sus publicaciones periódicas, que le fueron presentadas por un socio en nombre del actual Presidente de ella.

El primer obispo de Zacatecas, que venía de la ciudad Eterna, centro del catolicismo; que acababa de dejar su asiento entre los Padre de un Concilio Ecuménico, que había concurrido con su voto a confirmar el testimonio de los siglos sobre la infalibilidad del sucesor de Pedro, no podía menos que sentir se profundamente conmovido al oír resonar en el centro de una modesta asociación de católicos mexicanos el eco prolongado de la venerada voz que desde el Vaticano hace palpitar millones de corazones de toda la sobrefaz de la tierra con voz potente, de la que se puede decir en recto sentido lo que otros han dicho con dañada intención: que es una espada cuya empuñadura está en Roma y la punta en todas partes.

 

Retorno a su diócesis y enfermedad postrera

El ilustrísimo señor Guerra, después de algunos días de descanso en esta ciudad, que le era necesario atendida su edad y las penalidades de un viaje tan largo, continuó su marcha para el interior. Se detuvo en Lagos, donde sus amigos se empeñaron en que hiciera alguna mansión, esperando que la estación fuera más benigna y no tuviera que resentirse de la influencia de la temperatura bajo el crudo invierno de Zacatecas. A esta ciudad llegó en 23 de febrero del presente año, e inmediatamente se dedicó a entender en el arreglo de tantos negocios como durante su ausencia debieron reclamar su intervención y resolución personal.

Sus tareas fueron suspendidas por una fuerte pulmonía de que fue atacado a fines de abril, pero restablecido en breve, siguió infatigable en el desempeño de sus atenciones episcopales y se preparaba pare continuar la visita diocesana a cuatro parroquias donde no la habla hecho a causa de su viaje a Roma. ¡Preparativos inútiles! El buen pastor estaba ya herido de muerte, y debía llevar al sepulcro la pesadumbre de no haber podido conocer a todas sus ovejas.

El 31 de mayo, su señoría amaneció enfermo y el mal se manifestó por una fuerte calentura y ligera inflamación de garganta; el 2 y el 3 de junio la enfermedad se sostenía y el paciente se encontraba en continuo delirio. El 4 pareció ceder el mal y se creyó que disminuía más y más en los dos días siguientes; de manera que los facultativos que le asistían prescribieron la cesación de toda medicina y que sólo se cuidara de la alimentación y reposo del enfermo. Se creía haber triunfado de la enfermedad; se habían tenido cuidados esmerosos y empleado todos los recursos del arte; con esto se concebían esperanzas de un pronto y completo restablecimiento. Pero estas esperanzas fueron ilusorias.

Eran como las ocho y media de la noche del 6 cuando el señor doctor José del Refugio Guerra, hermano del ilustre enfermo, su Provisor y Vicario General, se separó de la cabecera del respetable paciente, dejándole en muy buen estado y después de haber sostenido una conversación muy animada: en aquellos momentos sólo se le notaba una debilidad suma, pero que nada tenía de alarmante. Sin embargo, el venerable primer obispo de Zacatecas, con sólo un cuarto de hora de gravedad y agonía, expiró poco después de la media noche del 6 de junio de 1871. Su último esfuerzo fue como el que hiciera un justo al reclinar lánguidamente su cabeza en el seno del Señor para dormir el sueño de la paz sempiterna: su muerte fue como la deseaba el Profeta que decía: “¡Ojalá pueda yo lograr el morir como los justos y que sea mi fin semejante al suyo!”

¡Dichoso fin el de aquellos a quienes está prometido que no serán martirizados por el tormento de la muerte; el fin de los justos que bajan tranquilos a las profundidades del sepulcro sostenidos por su esperanza; el morir de aquellos que no arrancan un pie de la superficie da la tierra sino cuando han afirmado el otro en los umbrales de la eternidad luminosa! Los que alrededor de aquel mortuorio lecho acababan de ver inclinarse para siempre la cabeza consagrada del pontífice santo con la suavidad con que se inclina sobre su tallo el modesto girasol al trasponer el horizonte el astro del día, no tuvieron más que una sola idea un pensamiento uniforme que les hizo entonar las alabanzas del justo con el acento doliente consagrado a los lamentos: ¡Pretiosa in conspectu Domini mors sanctorum ejus! ¡De gran precio es a los ojos del Señor la muerte de sus santos!

 

Semblanza espiritual

En su postrera enfermedad conservó el ilustre finado aquella paciencia y resignación que siempre tuvo en medio de sus mayores trabajos y tribulaciones más angustiosas. Ya en sus últimos días solía decir: “Mi pobre cuerpo ha sufrido y sufre bastante; pero mi espíritu está enteramente tranquilo.” Era el espíritu pronto en la carne flaca del hombre acostumbrado por más de sesenta años a sobreponerse, luchando a las debilidades de una naturaleza envuelta en frágil barro. Ese espíritu avezado a vencer siempre aún en medio de la última debilitación de la carne, conservó con tal escrupulosidad los hábitos pardosos contraídos desde muchos años, que no los pudo olvidar ni aún en la fatal noche cuyo término no vería ya. En esa noche, el moribundo obispo rezó el rosario de quince misterios que practicaba diariamente, así como la lectura espiritual y un rato de oración; cuando no podía hacer por sí mismo esta lectura, se la daba un capellán, pero no prescindía de ella jamás.

Escrupuloso observador de estas prácticas piadosas, en ellas fortificaba su alma y templaba su corazón para el trabajo, para la aflicción, para las tempestades del mundo: pero ni estas prácticas impedían el curso de las atenciones de la vida pública y civil ni tales atenciones, por multiplicadas que fueran, disputaban un palmo de terreno a aquellas prácticas. Todo consistía en el orden y método de vivir adoptado por el laborioso obispo; y ese método y orden dependía de la distribución que hacía del tiempo, económica, reglada, invariable. Este es el único recurso que queda para tener lugar de proveer a todo a los hombres que como el ilustrísimo señor Guerra viven siempre recargados de atenciones y negocios.

Muchos fueron, ciertamente, esos negocios, y muy graves las atenciones que preocuparon el espíritu del señor Guerra desde joven; pero ellos no fueron bastantes para disipar su alma y hacerle desentender jamás de la práctica de la virtud y de la devoción. Era piadoso profundamente; era devoto hasta el fervor: ocupado constantemente de las cosas exteriores y de los intereses de sus semejantes tenía sin embargo dentro de si mismo un retiro sagrado en la concentración de su propio espíritu. A esto, acaso se debía que padeciera algunas distracciones que a alguno había hecho creer que divagaba lejos de sí mismo, pero en realidad esto no sucedía, sino que se ocultaba dentro de si mismo y bajaba al fondo del corazón donde siempre buscaba y encontraba a Dios.

En todas sus funciones sacerdotales traspiraba, por decirlo así, una piedad y devoción que se comunicaba a los circunstantes. Para él no había rutina, no había hábito en el ministerio sagrado, todo lo ejercía con gravedad compostura y espíritu de adoración: cada vez que se le mirara ejercer una función sagrada, se habría pensado que era la primera según la fe, el detenimiento, la gravedad con que oficiaba. En la celebración del tremendo sacrificio del altar, había veces que conmovía a los circunstantes hasta el enternecimiento. En una de estas, la última que asistimos a su misa, en el templo de la Profesa de esta Capital, nos vino un recuerdo del elogio que hizo el Eclesiástico del Sumo Sacerdote Simón, y aplicándole a nuestro venerable maestro, dijimos: “Como el lucero de la mañana entre tinieblas y como resplandece la luna en medio de su plenitud y como sol refulgente, así brillaba él en el templo de Dios. Como luciente llama y como incienso encendido en el fuego; como un vaso de oro macizo guarnecido de toda suerte de piedras preciosas. Cuando subía al altar santo hacía honor a las vestiduras sagradas.” Para nuestro juicios, el primer Obispo de Zacatecas habría celebrado diariamente sobre un altar de césped, a la sombra de un árbol secular, sirviendo su propio pecho de ara santa, al Pan misterioso y ofreciendo en cáliz de madera la sangre de la vida; porque el sacerdote era de oro probado al fuego y en sí mismo llevaba un templo santo y un altar consagrado.

Acabamos de decir sacerdote de oro y esta expresión nos hace recordar una de las virtudes que más distinguieron al ilustrísimo señor Guerra, el desinterés. El oro y la plata nada valían para él. No por el bien que con ellos podía hacer a sus semejantes. Lo que tenía no era suyo; sino de todos los que lo habían menester, a quienes su derecha lo daba sin que su izquierda lo supiera. En todo el período de su vida eclesiástica y pública vivió de una manera muy modesta Ocupó posiciones distinguidas en las cuales pudo aumentar su bienestar; sirvió beneficios eclesiásticos en los que pudo allegar riquezas, supuesto que ello aconteció en tiempo que todavía la holgazanería política y el hambre progresista no se atrevían a arrebatar de la boca del sacerdote el pan que ganaba con su trabajo; y sin embargo, siempre fue pobre y acaso percibía lo necesario para su subsistencia del modesto patrimonio de su familia.

Sus virtudes eminentes y notorias lo hicieron acreedor a la estimación y respeto general aún entre los enemigos de la Iglesia y del sacerdocio. Atravesó tiempos muy angustiosos en que se ha hecho la guerra al clero aún con el arma infame de las más atroces calumnias; y a pesar de esto jamás oímos una sola palabra que atacara, que pusiera en duda la virtud, la integridad y pureza de costumbres del ilustrísimo señor Guerra. Sus virtudes fueron reconocidas y confesadas no sólo entre la clase eclesiástica sino también por los gobiernos del país en épocas en que el verdadero mérito ha sido tenido en algo. En reconocimiento y testimonio de ese mérito y virtudes, en 1854 fue condecorado por el general Antonio López de Santana con la cruz de caballero de la Orden de Guadalupe; y en 1865 fue agraciado por el Emperador de México con la de Comendador de la misma Orden. Su prudencia y aptitudes aún para funciones extrañas a su ministerio sacerdotal gran reconocidas y confesadas por muchas personas que le consultaban sobre negocios graves del mundo civil y que procuraban saber su opinión, aún en asuntos del orden político. Esas aptitudes y esa prudencia tuvo en cuenta el Cabildo eclesiástico de Guadalajara cuando en 22 de marzo de 1846 le nombró diputado suplente para el Congreso general extraordinario convocado en 5 de febrero del mismo año.

 

Epílogo

Tal era el hombre ilustre de quien hoy no nos queda más que los restos venerables de un cadáver. Este permaneció expuesto por tres días; y el 9 de junio, a las diez de la mañana, se celebraron en la catedral de la Iglesia viuda las solemnes honras que correspondían al finado ilustre y a las que asistió una numerosa concurrencia. Concluida la fúnebre solemnidad fue depositado el cadáver en uno de los nichos que hay en la misma catedral, previa licencia del Gobierno del Estado.

Todas las clases de la sociedad, sin distinción alguna en la ciudad episcopal, han dado en esta vez un testimonio muy expresivo del amor que profesaban a su Pastor; ya por los votos que hacían por su salud durante la enfermedad, ya en el sentimiento que han manifestado por su muerte. En las exequias, y principalmente al retirar el cadáver para inhumarlo, se hizo notar un llanto general en toda la concurrencia, sacerdotes y seculares, varones y señoras, grandes y pequeños, pobres y ricos, todos lloraban; todos presentaron un tributo de lágrimas sobre los restos venerables de su obispo bien querido. ¡Escena tan conmovedora como la de los discípulos del apóstol en Éfeso, cuando se deshacían en lágrimas porque los anunciaba que ya no verían más su rostro! Las lágrimas de amor y de respeto y de gratitud que caen sobre los restos mortales de un justo, son el ungüento precioso que embalsando su memoria y que defiende sus buenas obras contra la carcoma del olvido.

La culta sociedad de Zacatecas, con ese duelo general ha dado testimonio honroso de si misma y se ha manifestado acreedora de un Pastor que sea sucesor digno de aquel cuyo mérito supo conocer, cuya persona supo ama y cuya pérdida sabe llorar.

A la ciudad episcopal y a toda lo Iglesia viuda deseamos el consuelo y la retribución que el cielo acuerda a toda lágrima piadosa: que en ella se cumpla lo que está prometido a los que pasan por la tribulación: “Y Dios enjugará todas las lágrimas de sus ojos.”

A las personas de la respetable familia del venerable obispo difunto decimos que escrito está: que las obras del varón misericordioso no caen en el olvido; que nunca parecerá su linaje y su gloria; que sepultado su cuerpo en paz vive su nombre por todos los siglos.

Y en cuanto a nosotros ¿qué podremos decir? Que cuando vemos descender a su ocaso los astros cuya luz enderezó nuestros caminos en medio de las tempestades, tememos extraviarnos en una jornada a cuyo fin nos aproximamos ya. Que cuando vemos derrumbarse una tras otra las columnas antiguas sobre que se apoyara el edificio de toda una generación, temblamos por el hundimiento del edificio todo. Que cuando vemos desaparecer esos añosos y vivientes libros que guardaron las tradiciones de épocas mejores, presentimos la proximidad de una completa transición, violenta, rápida e inconsciente que lo trastorne todo y todo lo revuelva. Que cuando vemos morir a los Pastores de la Iglesia mexicana formados en una escuela que acaso no se restablecerá jamás, nos espanta la idea de que esta Iglesia esté llamada en años no muy remotos a beber en abundancia las aguas de la tribulación.

Estas líneas, escritas con objeto de hacer notorias las ejemplares virtudes de un ilustre Obispo de la Iglesia mexicana, sean en testimonio de nuestro amor a esa Iglesia y de nuestra veneración a los Príncipes de ella. Estas pobres páginas sean el puñado de polvo que la gratitud y la amistad arrojan con respetuosa mano sobre un cadáver querido, elevando aquella final y triste plegaria al Dominador de vivos y muertos: Dona ei requiem sempiternam.

Ciudad de México, julio 7 de 1871

 



Esta semblanza se publicó en el periódico ‘La Voz de México’ y del texto se hizo una edición por separado en el año de 1871.

Se refiere a Napoleón Bonaparte y al usurpador José I.

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