Documentos Diocesanos

Boletín Eclesiástico

2009
2010
2011
2012
2013
2014
2015
2016
2017
2018
2019
2020

Volver Atrás

Primer centenario del nacimiento del cardenal José Salazar López

 

  G. Ramiro Valdés Sánchez                                       

 Discurso pronunciado por su autor en la cabecera municipal de Ameca, Jalisco, el 12 de enero del 2010, durante el acto cívico en el que fue develada la escultura broncínea del cardenal Salazar

 “Conticuere omnes, intentique ora tenebant”

 

Amigos todos a quien nos une la admiración y el amor a un gran Pastor, José Salazar López:

Por los años cincuentas del pasado siglo XX, el rector del Seminario de Guadalajara, don José Salazar López, principiaba la lectura del Informe Rectoral del año, con los versos de Virgilio: “Conticuere omnes, intentique ora tenebant”: Todos guardaron silencio y pusieron suma atención.

Así, hoy estamos nosotros aquí, en este atrio parroquial de Santiago de Ameca, Jalisco, en el acto de la develación del monumento de un ilustre hijo de este municipio, José Salazar López, quien podría muy bien hacer suyas las palabras de Horacio dirigidas a la musa Melpómene: Exegi monumentum aere perennius / regalique situ pyramidum altius, / quod non imber edax, non Aquilo inpotens / possit diruere aut innumerabilis / annorum series et fuga temporum. / Non omnis moriar multaque pars mei / uitabit Libitinam,que, en nuestra lengua romance puede traducirse: “Levanté un monumento más duradero que el bronce, más alto que la regia cima de las pirámides, que ni el viento de la tormenta, en nada impotente, pueda destruir, ni la serie de los años, ni el paso de los tiempos. No moriré del todo; gran parte de mi ser seguirá viviendo en ésta, mi querida tierra natal”.

“Un río alegra la ciudad de Dios”, cantó el salmista. “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar al mar, / que es el morir… / allí los ríos caudales,/ allí los otros medianos / y más chicos”, recitó el poeta.

En Amecatl, junto a la corriente del río, el 12 de enero de 1910, hace un siglo, inició el correr de la vida del niño José, hijo del señor Cándido Salazar Ortiz y su esposa Luisa López Villaseñor, en el barrio de San José, en la casa paterna, junto a la huerta de Pantoja, donde el niño pensaba que en las ramas de los árboles de mangos, al lado de la noria, en las noches de luna, jugaban y brincaban los duendes.

Hoy allí, desde hace treinta años, por la bondad y el empeño generoso del cardenal José Salazar, su casa paterna y su huerta, recibidas en herencia, son un hogar para ancianos.

El joven sacerdote Lorenzo Placencia, catequista, cantor y filarmónico, impulsó a su acólito José, de trece años, a ingresar al Seminario porque era alumno aplicado de su escuela, piadoso en el templo e hijo obediente, que ayudaba a su padre en los trabajos del campo en los ranchos de Don Martín y Buenos Aires.

Guadalajara, río que corre entre las piedras y se escucha el canto de sus aguas –el río Santiago-, recibió al nuevo seminarista en la casa de San Sebastián de Analco, y sobresalió entre sus compañeros en el aprendizaje del idioma latino de los clásicos, especialmente de Virgilio.

En esta casa realizó tres cursos de humanidades, de 1923 a 1926, pero al estallar la persecución religiosa contra la Iglesia por parte de las fuerzas del gobierno estatal, ésta casa fue desalojada violentamente, y los alumnos fueron dispersados, entre ellos José.

El arzobispo Francisco Orozco y Jiménez envió al extranjero a los seminaristas más aventajados a continuar sus estudios. A José, que contaba con 16 años, lo colocó en  Roma, la capital del mundo católico, que irradia la luz del evangelio, río que alegra la ciudad de Dios. Allí, el joven seminarista profundizó el humanismo de la cultura grecolatina y obtuvo notables adelantos durante seis cursos en la Universidad Gregoriana, pero por su salud quebrantada tuvo que regresar a su patria, y durante dos años, de 1932 a 1934, residió en su casa de Ameca.

Logró recuperarse y continuar los estudios que le faltaban antes de ser ordenado el 26 de mayo de 1934. Durante 27 años sirvió en el seminario diocesano en diferentes cargos: maestro, formador, prefecto de disciplina y de estudios, vicerrector y rector, todos realizados con desempeño excelente y ejemplar.

El 20 de agosto de 1961 fue consagrado obispo auxiliar de Zamora, en Michoacán; después, coadjutor y  su titular durante nueve años; en marzo de 1970 fue nombrado séptimo arzobispo de Guadalajara. En 1973 El Papa le invistió como cardenal de la Santa Iglesia Romana y en 1988 entregó el gobierno de la arquidiócesis a su sucesor, don Juan Jesús Posadas Ocampo.

Don José Salazar López durante 17 años fue el Pastor solícito que con generosa entrega sirvió a su pueblo con un impulso renovador en la formación de los presbíteros y la integración de los laicos en el apostolado, conforme a las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Fomentó también las obras de caridad en ayuda de los menesterosos, especialmente con casas hogar para ancianos.

Toda su vida tuvo para su querida tierra natal de Ameca, un amor entrañable, una ferviente devoción a su Cristo, el Señor Grande, y un gran respeto para todos sus prójimos.

Cinco días antes de su muerte, el 4 de julio de 1991, en el templo de San José de esta ciudad, celebró la solemne eucaristía en la fiesta de Nuestra Señora del Refugio. Intercambió afectuosos saludos con todas las personas, y comió en su casa paterna, anexa al asilo de ancianos. Había cumplido 81 años de edad y seis meses, estaba ya terminado el monumento de su vida, más duradero que el bronce, más alto que la cima de los montes e indestructible para el azote de los vientos.

El cardenal José Salazar López no murió del todo, gran parte de su ser seguía viviendo y vivirá por muchos años en Ameca, en Guadalajara, en México y por la eternidad, en la casa del Padre del cielo.

Nosotros aquí, ahora, con sentimiento de estimación, de grande afecto y gratitud al Cardenal Arzobispo José Salazar López, develamos el monumento conmemorativo del primer centenario de su nacimiento, como hijo ilustre de Ameca, egregio arzobispo de Guadalajara, fiel y prudente servidor de Diosy de la Iglesia.



La Eneida, libro segundo

Volver Atrás