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La Virgen de Guadalupe, Estrella de la Evangelización

 

 + Juan Card. Sandoval Iñiguez

  

Homilía pronunciada el 12 de enero del año en curso, durante la peregrinación anual del clero de Guadalajara al Santuario de Guadalupe

 

La liturgia de la Palabra, en la fiesta de la Virgen de Guadalupe, le dedica el pasaje del evangelio de la visitación de María a su prima Isabel,[1] porque así como María, informada por el ángel Gabriel, fue presurosa a las montañas de Judá para llevar la gracia y la santificación a Juan, el precursor, así también María, en los albores de la evangelización de América, vino presurosa y alegre, enviada por Dios, a traer el conocimiento de Jesucristo al pueblo que se estaba gestando. Se proclama también en esta fiesta el texto de san Pablo, que dice: “Llegada la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatarnos a los que estábamos bajo la ley a fin de hacernos hijos suyos”.[2]

A los diez años de la conquista de México, llegó la plenitud de los tiempos para los pueblos aborígenes del continente recién descubierto, que buscaron por muchos siglos, en medio de la oscuridad del paganismo, al Dios verdadero, y procuraron agradarlo con generosidad y sacrificios nunca igualados por ningún otro pueblo: a sus dioses les ofrecían en las muchas fiestas que celebraban durante el año, la sangre caliente y los corazones palpitantes de sus jóvenes guerreros y de sus doncellas, para que los dioses se alimentaran y tuvieran vida.[3]

El mensaje cristiano que les trajo la Madre de Dios les cambió totalmente la perspectiva, enseñándoles que no es el hombre el que muere para que Dios viva, sino que es el Dios hecho hombre, el Hijo de María Virgen, quien murió para que el hombre tenga vida.

En sus apariciones, que fueron cuatro, del 9 al 12 de diciembre de 1531, la Virgen le habló al indio y en él a toda la gente de América, en su propia lengua, el náhuatl, y le dijo palabras tiernas de madre: “Juanito, Juan Dieguito, a quien amo como pequeño y delicado. Sábete que soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive”, palabras de presentación que son una síntesis breve, esencial y completa del mensaje cristiano.

En primer lugar, hay un sólo Dios verdadero y no muchos dioses. Los indígenas adoraban cuantiosos ídolos, aunque hoy algunos estudiosos afirman que los indios no eran politeístas, sino creyentes de un solo Dios, y que sus múltiples fetiches sólo serían representaciones distintas de una sola naturaleza divina.

Es el Dios por quien se vive, el que da la vida al hombre y no quiere que muera. Es un Dios que se encarna y se hace hombre y muere para darnos la vida. Se encarna en una mujer, en María Virgen y Madre.

No falta tampoco el aspecto eclesial, ya que la Virgen envió a Juan Diego al obispo para comunicarle su deseo de que en ese lugar le fuera edificada una casa para mostrar al Hijo del que es portadora y darlo a conocer, y desde el cual manifestar su amor y protección a todos los que la honren, y a todas las gentes de esta tierra. “Nada sin el Obispo”, recomendaba san Ignacio de Antioquia.

El obispo pidió a Juan Diego una señal de parte de la Señora del cielo para saber que su mensaje era cierto, y la Virgen lo despachó con unas flores tocadas por sus manos y acomodadas en la manta de Juan Diego. Al descubrir las flores ante el obispo, quedó milagrosamente estampada en la manta, hecha de fibra de ixtle, la imagen de la Virgen tal como ahora se conserva en la Basílica del Tepeyac.

Esta imagen fue para los indígenas un verdadero códice que les habló en sus propios símbolos y figuras: aparece en la imagen una doncella de unos 15 años, que está encinta, eso significa el listón que lleva atado a la cintura. Y va a ser madre nada menos que de Dios, el “Tonati”, la flor de cuatro pétalos, que lleva estampada en el vestido sobre su vientre era para los indígenas el símbolo de la divinidad.

La Señora representada en la imagen está relacionada con el universo: el vestido estampado, con plantas y flores, es el símbolo de la tierra; el manto tachonado de estrellas, es el cielo; la luna a sus pies y el sol a sus espaldas, cuyos rayos salen al rededor de la imagen dan a entender que estos astros no son dioses, sino creaturas al servicio de esta gran Señora.

Su rostro moreno, ni indio ni español sino mestizo, era un signo de reconciliación: profecía de la raza mestiza que se formaría a raíz de la conquista. Es una imagen piadosa en recogimiento y armonía, pero que está en camino o danzando suavemente, así lo da a entender la rodilla izquierda ligeramente levantada. Una imagen que atrajo poderosamente a los indios a la fe cristiana y que sigue atrayendo a los hombres y mujeres de América, ha sido el estandarte del reclamo de libertad y de las causas justas.

Considerando el mensaje de la Virgen y los elementos de la imagen que nos dejó, se entiende por qué Juan Pablo II afirma que­: “Santa María de Guadalupe... es un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada”;[4] y “símbolo de la inculturación de la evangelización, de la cual ha sido estrella y guía”.[5]

Esa imagen que se venera en la Basílica del Tepeyac, que es visitada continuamente por miles de fieles, se conserva milagrosamente después de 478 años de las apariciones, a pesar de en un soporte tan perecedero. Tanto su conservación como la inexplicable manera en que está pintada, por la belleza y perfección en las proporciones y por los símbolos misteriosos, de los que cada vez se descubren más, es una atracción para el creyente y una invitación para el no creyente, a que estudie y descubra en ella una señal de Dios y de la verdad del evangelio de Jesucristo, el verdadero Dios por quien se vive.



[1] Luc 1, 39-48.

[2] Gal 4,4.

[3] Cf. Fray Bernardino de Sahagún: Historia General de las cosas de Nueva España, cap. 1.

[4] Ecclesia in America, nº 11.

[5] Ibidem, 70.

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