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La Gran Fábrica Guadalupana de Órganos (1ª pte.)

Francisco Godínez Morales                                     

Para que un raro registro documental no se pierda y se preserve la memoria de Francisco Godínez Morales, el primer organista mexicano moderno, talento promovido por la arquidiócesis de Guadalajara, se trascribe el contenido del catálogo editado por él a principios del siglo XX. Se trata de uno de los contados testimonios de un proyecto cultural grandioso para el país desde la capital de Jalisco, lamentablemente tronchado por la muerte de su creador.[1]

Nota introductoria

El talento musical de Francisco Godínez Morales le venía en la sangre. Nació en Guadalajara, Jalisco, el 22 de febrero de 1855. Su padre, Nicolás Godínez, era el organista titular de la catedral tapatía, y su madre, la soprano Asunción Morales. A los seis años de edad Francisco comenzó su instrucción musical al lado del maestro Abel L. Loreto, del que fue pupilo por espacio de seis años; también fue alumno de Jesús González Rubio. Antes de cumplir los veinte de edad ya era organista auxiliar de la sobredicha iglesia y a partir de 1875, su titular.

Su talento le granjeó el favor del arzobispo don Pedro Loza y Pardavé, quien lo becó para perfeccionarse musicalmente en Europa, recorriendo en Italia conservatorios, catedrales y fábricas de órganos. Fue alumno del Conservatorio de París, estudiando piano con Fonrrent y Vallejo y armonía con Jeanin. Regresó a su ciudad natal en 1884, retomando su oficio como organista catedralicio y atendiendo una academia de piano. En 1887 contrajo matrimonio con la pianista Cristina Castellanos, de la cual enviudó al cabo de pocos años; contrajo segundas nupcias con otra pianista, María Guadalupe Cano.

Con el respaldo de su protector, el arzobispo Loza, Godínez regresó a Europa en 1889, para habilitarse como organero y montar en su solar patrio una factoría de estos instrumentos musicales. Optó por los instrumentos de Merklin, compañía a la cual confió la fabricación de sus modelos, encargándose él de verificar la manufactura y el ensamble. También se reincorporó al Conservatorio de París, cursando estudios avanzados de órgano con Alexandre Guilmant y Eugène Gigout, de armonía y contrapunto con Teodoro Dubois, y de composición con Samuel Rousseau, de los cuáles mereció, por su virtuosismo, que le dedicaran algunas composiciones para órgano de particular complejidad.

Tomó parte, al lado de los principales organistas del mundo, en la comisión que recibió el órgano monumental del templo de San Eustaquio, en París. En Leipzig cursó música organística de J. S. Bach, y en Ratisbona se preparó en métodos pedagógicos de música sacra.

De nuevo en Guadalajara en 1892, divulgó las más recientes producciones musicales europeas para órgano compuestas por Franck, Guilmant, Gigout, Rousseau, Dubois, Widor y Vierne, pero su principal tarea fue instalar el órgano de la catedral, fabricado por Merklin, que el propio Godínez inauguró el 18 de enero del año siguiente.

En 1894, abrió, en el número 61 de la calle de Placeres (hoy Madero), en una manzana entera que adquirió, la obra cumbre de su vida, la Gran Fábrica Guadalupana de Órganos, donde fabricó los órganos modernos más importantes del centro del país. No satisfecho con eso, fundó la casa editorial de música Godínez, la academia musical fray Juan de la Cruz, la Escuela Litúrgica de Órgano y la Sociedad de Conciertos de Música de Cámara, cuya orquesta tuvo por sede la Sala de Conciertos Juan Sebastián Bach, anexa a las instalaciones de la fábrica.

En 1895 tomó parte como primer organista en las fiestas por la coronación pontificia de la Nuestra Señora de Guadalupe, en el Tepeyac, donde estrenó el órgano monumental de la Colegiata de Guadalupe, creación suya.

Su labor como pedagogo hizo época, figurando entre sus alumnos José Rolón, Alfredo Carrasco, Benigno de la Torre, Carlos Díaz Ocampo, Aurelio F. Galindo, Arnulfo Miramontes, Jesús Niño Morones, Esteban Valadez y Amado Venegas Paredes.

Su deceso, el 23 de julio de 1902, a la edad de 57 años, fue muy sentido, pues interrumpió una obra que apenas despuntaba. Sus restos mortales fueron sepultados con honores en la cripta mayor del Santuario de Guadalupe.

En 1910 Alfredo Carrasco honró la memoria de su maestro fundando la Sociedad Musical ‘Francisco Godínez’, con la mira de promover la música de concierto, proyecto interrumpido de forma abrupta al cabo de pocos meses, debido a las ventoleras bélicas que azotaron el país.[2] Muy pocos de los órganos tubulares por él fabricados han llegado a la posteridad.

Déjese, ahora, al propio Godínez, expresar sus sentimientos y expectativas en una empresa que consumió en breve su vida.

Gran Fábrica Guadalupana de Órganos

Tengo la satisfacción de ofrecer hoy al venerable clero secular y regular de esta católica República, mi gran fábrica constructora de órganos, que a costa de mil y mil afanes y sacrificios he logrado establecer en esta ciudad.

Nadie podrá desconocer que el órgano es por excelencia el instrumento propio de la Casa de Dios. Para el culto del Soberano Señor del cielo y de la tierra era indispensable que se empleara aquel instrumento que por su majestad y grandeza fuese el más apropiado para cantar las glorias divinas. Dios nuestro Señor es el Supremo Dueño y Soberano de todo cuanto existe. Los cielos publican su gloria y el firmamento anuncia las obras de sus manos (salmo 18). Justo es que todas las criaturas sirvan a su Creador y que el hombre, para cuyo beneficio han sido creadas todas las demás cosas, las haga servir para la gloria del buen Señor que las formó. Esto exige la misma razón natural. Para Dios debe ser, por tanto, todo lo más grande, lo más hermoso.

El arte cristiano, que ha nacido, sin duda alguna de la convicción íntima que el hombre tiene de lo que debe a su Creador, inspirándose en la sublimidad y grandeza de los asuntos religiosos, ha producido inmortales y gigantescas obras. Y no sólo esto, sino que los más eminentes artistas no pueden menos que confesar ser imposible que en los asuntos profanos se encuentre aquella inspiración, aquella poesía, sublimidad y encanto que sólo se halla en los pasajes, misterios y enseñanzas de la Religión Católica. ¿Y cuáles son, en efecto, los grandes monumentos artísticos que hoy se ofrecen a la admiración del mundo entero, sino los que han sabido inspirar la fe y la religión de los pueblos? ¿Ni qué proporción guardan todos los monumentos profanos con las grandes obras producidas por el arte cristiano?

Pues bien, ese arte, cuya indiscutible grandeza ha sabido demostrar hábilmente y en una forma tan bella el inmortal Chateaubriant en su obra intitulada “El Genio del Cristianismo,” no ha podido olvidar que para la divina alabanza era indispensable un instrumento digno, un instrumento que por su piedad y misticismo fuera capaz de conmover santamente el corazón de los cristianos, y que apartando de las almas todos los pensamientos mundanos las elevara en las alas de la consideración hasta las regiones del infinito, buscando allí, en la fuente de todo bien el origen de toda verdad, una dicha y una felicidad que no es dado al mundo, con todos sus encantos y seducciones, proporcionar al hombre.

Este instrumento es el órgano; el órgano cuyas voces sentidas, cual la voz del ángel del Señor, llama al hombre apartándole de la tierra para conducirla al cielo; el órgano, que nos inspira sentimientos de dolor y hace rodar por nuestras mejillas ardorosas lágrimas de penitencia; el órgano que nos transporta a otras regiones desconocidas ahora para nosotros, pero que son el lugar donde se halla el centro de nuestras aspiraciones y donde esperamos algún día ser eternamente felices. ¡Ah! ¡Qué instrumento tan bello es el órgano!

Más, he aquí que por desgracia poco se comprende su importancia, y por eso aun vemos que en muchos, muchísimos templos de la Nación Mexicana, lejos de procurase el órgano para el divino servicio, se procura y hace uso del piano; del piano, instrumento de salón empleado a cada paso en el sarao y en la tertulia; del piano que acompaña tantas veces los cantos profanos y que no tiene majestad ni grandeza y que es insuficiente por sí mismo para llenar los ámbitos del templo y dar a las funciones sagradas aquel carácter religioso y sublime que les es propio. Y además, ¿en cuántas y cuántas veces, aun teniendo en un templo un órgano si no superior, al menos regular, el piano le es preferido? ¿Y no se oye con tristeza que aun para contestar aquellas palabras tan sentidas: “Tenemos nuestros corazones elevados al Señor” -“Habemus ad Dominum” -“Es digno y justo dar gracias al Señor nuestro Dios”-, “Dignum et justum est”, se contesta con aquellos sonidos, tan pobres y raquíticos arpegios, que más bien parece se hace burla que cantarse himnos de amor y agradecimiento a Dios tres veces Santo?

También ha querido substituirse el órgano de nuestros templos con ese otro instrumento igualmente pobre y raquítico y que caracteriza muy bien los cultos insípidos y fríos de los templos protestantes en que se usa de ordinario, el harmonium. No. Es imposible. El armonio no puede substituir al órgano; sus recursos, por grande que dicho instrumento se suponga, son siempre insuficientes para coadyuvar al esplendor y majestad del culto sagrado; débil en sus sonidos, no pueda dominar en los grandes concursos, observándose de ordinario que sus voces se ofuscan en medio de la multitud, y, además, siempre monótono a causa de su escasa variedad de timbres, no puede caracterizar las solemnes y grandiosas festividades de la iglesia. Es, por otra parte, el harmonios un instrumento por su naturaleza de carácter privado, apropósito, cuando mucho, para el estudio del organista en su alcoba o bien para la enseñanza del solfeo en las escuelas: no es, tanto, el armonio instrumento competente para el servicio del templo.

Pero, ahora bien ¿es difícil, por ventura, la adquisición de un órgano bueno para el servicio divino de nuestras iglesias? En otros tiempos, en verdad, hubiera sido necesario contestar afirmativamente a esta pregunta, porque entre nosotros no se hallaba fábrica alguna que pudiera producir tales instrumentos en las condiciones debidas, y los que nuestros organeros fabricaban, si en verdad eran alta honra para ellos porque revelaban su genio y grandes aptitudes para el arte de la organería, eran sin embargo, instrumentos del todo insuficientes para el objeto que les es propicio, como antes se ha dicho, a causa de que los fabricantes no tenían ninguna escuela, sino que todo lo hacían por disposiciones meramente naturales, no llegando aun en sus humildes conocimientos a conseguir dar al órgano ni la variedad y suavidad de timbres indispensables para dejar de él toda monotonía y aspereza, ni tampoco la infinidad de recursos de que es susceptible para hacer de él un instrumento rico y grandioso, cuyas sentidas notas eleven las almas hasta el cielo.

Por otra parte, el recurrir a Europa era sobremanera dispendioso: la distancia, las vías de comunicación tan difíciles, los peligros de mar, el cambio y situación del dinero sobre Europa, la necesidad de servirse las más veces de corredores que mejor atendían a su propia utilidad que al buen desempeño del cargo que se les confiara, y otras mil y mil causas, hacían, en verdad, casi impracticable la adquisición de un órgano bueno para nuestros templos.

Más, gracias a Dios Nuestro Señor, tales dificultades ya no existen: hoy se construye ya el órgano entre nosotros capaz de rivalizar con los principales de Europa. Los sonidos se producen en el órgano mexicano con toda su flexibilidad y dulzura; los recursos se tienen todos: el órgano, el positivo, el recitativo expresivo, los pedales de combinación y las máquinas neumáticas, producen todo su efecto; y cuéntase también con los distintos mecanismos y sistemas de construcción que se usan en Italia, en Francia y en Alemania, que nos permiten satisfacer así a necesidades de los templos y circunstancias de los lugares, como también al gusto particular de todos los señores sacerdotes que se hallan encargados del servicio divino en los templos de la Nación Mexicana.

Hoy, tengo, pues, el gusto de ofrecerles al respetable y muy digno clero de nuestra República, mi “Gran fábrica Guadalupana constructora de órganos” con todos los elementos que antes se ha hablado. He procurado montarla al estilo de las principales fábricas de Europa, dotándola de salones de instalación que pueda contener desde los más pequeños hasta los más grandes órganos, a fin de que allí puedan ser oídos y examinados por los interesados, quienes no los recibirán hasta quedar enteramente satisfechas las condiciones del previo e indispensable contrato.

Llamo fuertemente la atención de los señores eclesiásticos sobre los precios de los órganos que construye esta fábrica.

¡Órganos desde $ 1,200.00! ¿Cuánto vale un piano en buenas condiciones? ¿Un armonio dotado de un número competente de mixturas no fingidas, sino reales, a cuánto llega su valor? Ruego encarecidamente a los señores encargados de los templos, que se sirvan comparar el efecto producido por el mejor piano o mejor armonio que conozca, con que produce el más pequeño órgano de esta fábrica, así como también que examine la relación que existe entre los efectos musicales y los precios de dichos instrumentos.

Se pone a continuación el catálogo respectivo.

Órgano número 3 F

El primero que se construyo en esta fabrica destinado para la insigne Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe. Se estreno en la solemne coronación de la Santísima Virgen verificada el 12 de octubre de 1895. He aquí el acta de recepción:

Ilustrísimo Señor [don Antonio Plancarte y Labastida]:

Hemos examinado minuciosamente de orden de vuestra señoría ilustrísima el órgano del coro bajo de la insigne Colegiata construido en Guadalajara bajo la dirección del señor don Francisco Godínez organista de la Catedral de dicha ciudad. La composición del instrumento es como sigue: bourdon, 16 pies; muestra, 8 pies; flauta armónica, 8 pies; viola de gamba, 8 pies; voz celeste, 8 pies; flauta, 4 pies; prestantes, 4 pies; pícolo, 2 pies; basson-oboe, 8 pies; trompeta, 8 pies. Teclado para los pies: contrabajo, 16 pies, violoncelo, 8 pies. Pedales de combinación: reunión del teclado de los pies con el de las manos, introducción del aire en los registros del basson-oboe y la trompeta, trémolo afectando al basson-oboe y a la trompeta para graduar la intensidad del Basson-Oboe y de la trompeta.

A nuestro juicio, como órgano de acompañamiento, es no sólo digno de encomio, sino que positivamente posee las cualidades que debe tener un instrumento de su clase, dadas las condiciones acústicas del templo y el plan de composición que se propuso el señor Godínez.

Los inteligentes que lo han oído, lo han encontrado digno de la Iglesia; y por esto, menos vacilamos en felicitar a vuestra señoría ilustrísima por la adquisición de tan excelente y bella obra de arte cristiano.

Las cualidades principales que reconocemos en el instrumento son: voluminosa y grave sonoridad en los registros de fondo, pastosidad y suficiente compensación en el conjunto, dulzura y suavidad en cada una de las mixturas usadas a solo, viento bien distribuido y muy abundante, mecánica a la altura de los modernos adelantos en este arte, distribución acertada y buena colocación de las piezas interiores del instrumento, materiales de tubería y demás piezas, de primera clase, y construcción sólida y elegante. La independencia de la consola de los teclados proporciona grandes utilidad al organista para las necesidades del coro; finalmente, el fácil manejo de los registros y los pedales de reunión, expresión e introducción, ofrecen a un hábil artista grandes y prontos recursos para ejecutar con rica variedad, desde el sencillo acompañamiento del canto romano, hasta las grandes fugas y sonatas de órgano, no obstante sus dimensiones como instrumento de acompañamiento.

Este es nuestro juicio, que formulamos concienzudamente en presencia del instrumento y sin hacer comparación con ningún otro órgano de fábrica alguna.

Séanos permitido en estas líneas, felicitar al señor Godínez y al inteligente maestro de su taller por el éxito indiscutible que han obtenido con su notable obra, la que además tiene el grande mérito de ser la primera con que se honra el país, principalmente Jalisco, en el moderno arte organario, hasta ahora sin grandes resultados entre nosotros.

Dios guarde a vuestra señoría ilustrísima muchos años

Guadalupe Hidalgo, octubre 15 de 1895

Pbro. José Guadalupe Velásquez

Agustín González, secretario

Ilustrísimo señor Abad don Antonio Plancarte y Labastida.

Presente.

Reseñas de libros

Título y datos generales: Los cinco viajes de Juan Pablo II a México. Magisterio papal, Tips Gráficos, Tonalá, 2009, 314 pp.

Autor de la obra: Juan Pablo II. Presentación de monseñor Ramiro Valdés Sánchez, vicario general de la arquidiócesis de Guadalajara.

Plan de la obra: Consta de cinco partes, dividida de forma cronológica, según las otras tantas visitas apostólicas del siervo de Dios a México: 1979, 1990, 1993, 1999 y 2002.

Sinopsis: Según se explica en la presentación, el presbítero Rodolfo Marín Morales, del clero de Guadalajara, ha auspiciado una obra que muchos esperaban. Se trata de una compilación de todos los mensajes y catequesis impartidas durante los cinco viajes apostólicos del extinto Juan Pablo II a México. La edición es pulcra y cuenta con ilustraciones, pero, lo especialmente valioso es el contenido de un magisterio que podrán actualizar aquellos que lo recibieron primeramente: los pastores y fieles laicos de México.

Sin duda, uno de los aspectos más novedosos y trascendentes del pontificado de este Papa fue la implementación de viajes maratónicos a los cuatro puntos cardinales, que proyectaron su imagen e investidura a dimensiones nunca antes vistas, dándole foros que le permitieron extender su mensaje de forma insospechada. Ahora bien, fue México el primer país en beneficiarse con este afán, y también el primero donde el sucesor de Pedro tomó el pulso a un filón de su ministerio del que extrajo grandísima experiencia. No podía menos, en el Año Santo Sacerdotal y en el aniversario 30 de la visita del que sería llamado ‘Papa viajero’, se ofreciera en letras de molde una compilación de sus mensajes.

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