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La Iglesia en la encrucijada de la Revolución Mexicana

 

Francisco Barbosa Guzmán

 

  

La historiografía oficial en torno a la Revolución Mexicana sigue minimizando el papel desempeñado por los Iglesia y la militancia católica durante el proceso de la Revolución Mexicana. Con argumentos más ideológicos que sustentados en los hechos y en los documentos, su actuación se sitúa entre la complicidad con el régimen porfirista, de abstención total en el proceso revolucionario, de complicidad con el huertismo y de reacción o contrarrevolución en los años venideros. Ese repertorio de adjetivos ha impedido una valoración integral y objetiva de un capítulo en el que el catolicismo social desplegó una actividad muy importante, como se sintetiza en el presente estudio

 

Introducción

 

¿Puede uno válidamente referir a la Iglesia con el episodio histórico de la Revolución Mexicana? Sí. La Iglesia como institución se encuentra inmersa en la realidad social, ambiente del cual forma parte y no puede sustraerse ni permanecer al margen de él y lo influye tanto como es intervenido por él. La Iglesia es parte del proceso histórico mismo. Y si no puede aislarse de los acontecimientos, menos lo podrá en episodios de tanta trascendencia como lo fue la Revolución Mexicana.

La cuestión Iglesia católica- Revolución Mexicana puede dividirse en dos etapas: una de corta persistencia, la revolución maderista; y otra de largo alcance, que inicia con la muerte de Francisco I. Madero y se prolonga a lo largo de varios decenios, durante los cuales el poder político nacional se consolidará en manos de un grupo que pudo eliminar o excluir a sus rivales, también provenientes de la revolución.

Durante este proceso, conocido como la posrevolución se retomarán los lineamientos para establecer el proyecto de nación que ha llegado a nuestros días; eso hizo inevitables los contactos y hasta el diálogo entre la comunidad de creyentes y los grupos políticos; hubo también roces y enfrentamientos con el Estado, decidido de una vez por todas a definir en el marco del estado de derecho, casi siempre a través de la Constitución, el papel que la institución eclesial debía desempeñar a nivel nacional.

Si a lo anterior le añadimos que la Iglesia tiene su propia historia, entendida como el recuento de lo que sucede en el interior de esa comunidad –los bautizados- se involucra con los acontecimientos de su incumbencia en orden a realizar su fin último, la salvación de las almas. Es la misión salvífica de la Iglesia, desarrollada bajo condiciones regionales, nacionales e internacionales concretas, la que provoca el cruce de la historia de la Iglesia con las historias nacionales.

Los cambios políticos de la Revolución y los de la posrevolución en México, provocarán movimientos al interior de la Iglesia de los cuáles derivarán novedades en su oferta hacia la sociedad lo mismo en lo eclesial que en lo político - económico. Las influencias se reciben recíprocamente. En el entre siglo XIX-XX la Iglesia en México se encontraba en el empeño de comprender y desarrollar algunas medidas prácticas derivadas de las ideas que se desprendían de la propuesta formulada por el Papa León XIII en su encíclica Rerum novarum, de 15 de mayo de 1891, mediante la cual habría de darse solución a la llamada cuestión social, entendiendo por esto el cúmulo de problemas que aquejaban a la sociedad a acusa del capitalismo brutal y de cara al socialismo ateo.

La historia que siguiera habría de contarnos las variadas formas en que se entremezclaron los acontecimientos políticos del país, las acciones y reacciones de los protagonistas: el fin del largo régimen porfirista, la asunción de Madero y su muerte; la lucha de caudillos y demás, atravesado todo ello por los afanes católicos de llevar a cabo, mediante el catolicismo social, -un activismo religioso, político y social- un proceso de restauración católica. Dos proyectos de organización social que paralelamente se van elaborando, ensayando, en el mismo campo de la acción histórica; dadas las diferencias, unas grandes, otras pequeñas y coincidencias que no se quieren ver, el diálogo se fue dando casi siempre ríspido, llegó, al cabo, a la confrontación armada entre fines de 1926 y 1929: la Cristiada. Nosotros abordaremos a continuación únicamente lo relativo al fin del antiguo régimen, a la revolución maderista y a unas importantes novedades que todo eso trajo a la Iglesia, y a su relación con la sociedad.

 

1.      Con don Porfirio

 

Porfirio Díaz renunció el 25 de mayo de 1911. Los análisis que eclesiásticos hacían en México y se daban a conocer a Roma, hablaban con claridad del trato ambivalente que el régimen daba a la Iglesia; naturalmente se referían a la aplicación irregular con que se aplicaban las Leyes de Reforma a lo largo el territorio nacional. Basten dos ejemplos para ilustrar lo dicho, uno de los cuales tomo del informe de 1908 del delegado apostólico José Ridolfi. Narra que un furioso jacobino entregó al presidente Díaz una denuncia mencionando las comunidades religiosas existentes en la capital. Díaz le respondió que la lista estaba incompleta porque faltaban algunas casas religiosas que él conocía, y así acabó todo. Del mismo modo podemos recordar el aumento de las restricciones decidida por el gobierno federal en 1906 cuando precisó que el atrio-donde usualmente se hacían procesiones- no era el interior de los templos, mandando los cultos al interior de los recintos. La situación prevaleciente ocasionó que los católicos llegaran a tener una opinión dividida hacia el régimen, pero que no se dio a conocer pública y repetidamente, sino hasta cuando la caída del antiguo régimen fue un hecho consumado.

Los obispos correspondían la relativa tolerancia con un trato más o menos obsequioso hacia el dictador, y conteniendo las inquietudes de sectores católicos quienes se expresaban descontentos por razones político-sociales o religiosas. La jerarquía parecía tener sus razones para actuar de esa manera, ante un gobernante que reunía condiciones para ganarse las censuras y condenas de la Iglesia: Díaz era liberal y masón a los ojos de todo el mundo. Y como es sabido, la Iglesia desde hacía tiempo había lanzado muy específicas condenas a unos y a otros. Así como el régimen toleraba así la jerarquía católica, como una contribución a la paz y al progreso económico que aquélla traía. Tolerancia, persecución y represión se alternaban. Habrá de explicarse esta situación delicada dentro de la Iglesia en aras de la recuperación de la institución misma, que quedara en condiciones lamentables luego de la guerra de Reforma y de la intervención francesa. Pero también se habían acogido al argumento de tolerar para evitar un mal mayor. En palabras del padre Banegas: En la época de Díaz, “hicimos como nuestros padres en los días de tregua, nos aprovechamos de ella”.

El fin del Porfiriato trajo a la jerarquía un sentimiento contradictorio: lamentaron que concluyera un estado de cosas que había hecho posible la recuperación de la institución en varios ordenes, que había traído cierta estabilidad a la nación y a la misma Iglesia, pero lo que seguía –ido el dictador- era la incertidumbre. Aunque, como decíamos, la situación mostraba otra cara: quedaban libres del compromiso que de facto tenían con un gobierno liberal, muy a su pesar. Por otra parte, permitiría ampliar los horizontes de los trabajos del catolicismo social, los que a causa precisamente del interés por no inquietar a don Porfirio, se desarrollaban limitada y con suma discreción y prudencia. Al ponerse de manifiesto la inminente violencia, en enero de 1911, el Episcopado acudió al argumento legitimista del respeto a la autoridad constituida y la desaprobación de la violencia, que de todos modos no hubo mucha.

Que las cosas comenzaban a cambiar dentro y fuera de la Iglesia, a principios del siglo XX da testimonio la caracterización del selecto grupo de católicos que  se reunió en los llamados Congresos Católicos Nacionales: porfiristas en lo político, y en lo religioso, propios de la época del predominio de lo espiritual en la Iglesia que los prelados impusieron explícitamente a partir de marzo de 1875, a resultas de las condiciones adversa –diríamos ruinosas- en que quedara luego de las guerras intestinas acabadas apenas. En compañía de otros católicos de una nueva hornada, convencidos de las bondades y de la necesidad de desarrollar el catolicismo social, que entrañaba una nueva concepción del católico: sin dejar de rezar, ocuparse de la suerte del pueblo. Fueron cuatro los congresos católicos nacionales, a partir de 1904 y hasta 1909, en donde trataron de entender de qué se trataba la iniciativa lanzada por León XIII e hicieron algunos intentos de aclimatarla a nuestro medio.

Entonces ya resonaban entre grupos de mexicanos las proclamas antiporfiristas del Partido Liberal, que venían en compañía de críticas y propuestas anticlericales, que ofrecían vengar la traición de Díaz a la Reforma juarista. La inquietud se asomaba a la Iglesia y a la nación. El arzobispo de México advirtió a Díaz que estuviera alerta porque ya se anunciaba una revolución. Confiado en la fortaleza que el dictador veía en su régimen, desatendió el aviso. No hay duda que Díaz despertó sinceras simpatías en algunos clérigos, así fuera por los efectos benéficos que hacia la Iglesia trajo de control que ejercía sobre católicos y liberales; como también es verdad que no todos aceptaban sin restricciones se prohijara la educación laica, que se creía impactaría negativamente a la Iglesia en el futuro cercano, dada la insuficiente educación religiosa entonces circunscrita al templo y al hogar doméstico, era previsible la irreligiosidad de la gente.

Que sepamos, no se produjo levantamiento alguno contra el régimen de parte de grupos de católicos en cuanto tales, esgrimiendo razones políticas, ni la víspera ni en la revolución maderista. En realidad no se les puede pedir que hubieran hecho tal cosa. Las directrices episcopales durante el Porfiriato privilegiaron las actividades religiosas, piadosas y de caridad en asociaciones ad hoc. Quedaron a la expectativa. El mandamiento había sido el mantenerse en el interior de los templos, cuidando el aumento de la fe de la feligresía, en acatamiento, por lo demás, a las leyes vigentes. El Episcopado sin renunciar a que las cosas cambiaran para la Iglesia, en un primer momento y dado el estado de animadversión existente hacia el clero, depositaron en manos laicas la responsabilidad de gestionar la mejora de la situación, instruyéndolos se dirigieran al poder público sin intemperancias y mucho menos prohijaran  rebeliones.

Lo que no significó la entera pacificación católica, la que en diferentes poblados de varias diócesis, incluyendo la de Guadalajara, y a lo largo del primer decenio del siglo XX, manifestó su desacuerdo cuando autoridades locales pretendían dar, o daban, cabal cumplimiento a las Leyes de Reforma. Incluso provocaron verdaderos motines contra la autoridad política, más o menos espontáneos, a causa de las limitaciones para expresar sus creencias en el espacio público. Violencia de los feligreses, a veces inusitada a nuestros ojos, siempre dirigida a lo que representaba el sistema porfirista: ataque en sus personas al jefe o director político, y destrucción de sus oficinas, de la cárcel y presidencia municipales. Las limitaciones al culto público era lo que más enervaba a la población, en particular cuando se trataba de procesiones, y las impuestas al tañer de las campanas del templo, que no debemos menospreciar ante su aparente sencillez, dado que ellas guiaban buena parte de las actividades, el ritmo de la vida cotidiana de los vecinos. A nuestro ver, esa fue más bien la lucha católica contra el régimen, por motivos religiosos.

Pero las cosas empezaron a cambiar, decíamos, en el interior de la Iglesia. Los prelados habían dispuesto en el año predicho de 1875 que clero y fieles se mantuvieran en el interior de los templos; a raíz de la encíclica Rerum novarum citada antes, el mandato al mundo católico fue salir de los templos para que, con motivos económicos se atrajera a los católicos que se habían alejado, sobre todo a los varones. Labor explicada años después por el papa Pío X en 1903 en los siguientes términos: debe realizarse una acción benéfica del pueblo, fundada en el derecho natural y en los preceptos del Evangelio. En palabras de sacerdote Banegas: la acción social tenía por uno de sus fines atrae a los hombres por medios no sagrados –económicos- para que el sacerdote ejerciera en ellos la acción sagrada. La acción social dicha entrañaba una novedad en las relaciones dentro de la Iglesia: la corresponsabilidad. En palabras del mismo Sr. Banegas, quien muriera siendo obispo de Querétaro: La acción social “no es del sacerdote exclusivamente, sino que atañe también, y en muchas cosas directamente, a los seglares”. Los congresos católicos nacionales con ese fin se reunieron.

 

2.      Ante la caída de don Porfirio

 

La encíclica del Sr. León XIII encontró en nuestro país a la comunidad católica con concepciones y costumbres que había interiorizado y practicado por años, y que eran más de carácter espiritual. Ahora se planteaban formas más complejas de ser católico, un nuevo concepto de católico que el líder seglar de mayor importancia en Jalisco, el beato Anacleto González Flores explicó así: acción, no parálisis, no solamente éxtasis. Católicos paralíticos llamaba a aquéllos, quienes nunca hacían nada para Cristo volviera a ser Señor de todo: de la prensa, de la escuela, de la calle, de la plaza… Otro líder de Jalisco que estaría del lado de la Iglesia por largos años, Miguel Palomar y Vizcarra, un católico integrista, culpó a la paz porfiriana de haber formado en la conciencia de los católicos un concepto de lo que era y debía ser la condición de católico: dedicarse a obras de piedad y caridad, confinado en el templo.

No podría verificarse el cambio sino lentamente y con la rémora de los que querían seguir como antes. Situación especialmente grave en tiempos de cambios más o menos drásticos en la sociedad, cuando se precisa de la unidad. Esta fue la misma impresión que tuvo el enviado papal Ricardo Sanz de Samper en su visita a México en 1902: veía que los católicos eran muchos y practicantes, pero estaban desorganizados y faltaba la organización, además estaban acostumbrados a vivir ajenos a la política. Ciertamente, contó con la favorable de que prelados convencidos de la nueva estrategia, la del catolicismo social, fueron asumiendo el gobierno de las diócesis, a quienes seguían un contingente corto de seglares, si bien distinguidos por su empuje y preparación; pero a la caída de Porfirio Díaz eran una minoría; de hecho no llegarían a constituir la mayoría en el Episcopado sino hasta los años veinte del siglo XX. Dentro de los prelados a que nos referimos a quienes sus seguidores llamaba “obispos sociales”, se encontraba el arzobispo primado de México y jefe nacional de las obras católico-sociales, José Mora del Río, en compañía de los prelados de Guadalajara, Oaxaca, Puebla, Zacatecas, entre otros.

Diversos sacerdotes, sobre todo de los destinados a capillas rurales, varias de ellas situadas en haciendas, en los primeros años del siglo XX, informaban al obispo de la iniquidad de la relación hacendado-peón; o los obispos conocían de la situación dicha por sí mismos, e incluso por averiguaciones que ellos mandaban hacer. Una de las consecuencias del interés por lo social fue precisamente el impulso dado al estudio de los problemas de la sociedad mexicana. No obstante las limitaciones dichas, en varias diócesis mexicanas comenzó la organización de los seglares en forma de mutualistas, en sociedades que llamaron de “obreros católicos”, desde donde enfrentaban solidariamente los problemas de cesantía y salud. Siendo sociedades de ayuda mutua, tal y como lo ordenara la encíclica Rerum novarum, las tales pudieron desarrollarse sin el obstáculo gubernamental, al coincidir con la ideología económico liberal. La organización mutualista para 1913 se encontraba ya unida en la Confederación Nacional de los Círculos Católicos de Obreros contando con cincuenta círculos con un total general de poco más de 14,500, haciéndose notar dos cosas: que la inmensa mayoría de ellos correspondía a poblaciones del interior de la República y una mínima parte radicaba en la ciudad de México. Y que aún no se sumaba a la confederación el círculo de Guadalajara, al que se reconocía como el más importante de la República, con sede en el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, a la que pertenecía para esas fechas, poco más de diez mil socios.

En estas no tan convenientes circunstancias internas encontró la Revolución maderista a la Iglesia católica. División interna, que habría de repercutir, si bien no tanto en el progreso de las obras económico-sociales que aceptaba la gran mayoría, sí en otra empresa tan propia del momento que se vivía en el país, y que era de suma trascendencia: participar en la lid político-electoral con partido político propio, y fuera el conducto para lograr una finalidad capital: crear una legislación tal que hiciera posible la restauración católica, que echara abajo los propósitos secularizadores de la sociedad que tenían las Leyes de Reforma.

 

3.      Las críticas en el interior de la Iglesia

 

El fin del Porfiriato fue la ocasión para que en  interior de la Iglesia se hiciera una especie de examen de conciencia de la conducta desarrollada por los católicos en los años de la dictadura. Ya en pleno maderismo se desató una serie de críticas que  andando el tiempo, sería materia de polémica entre escritores católicos respecto de lo ocurrido entonces. Los católicos que vivieron los últimos años del Porfiriato manifestaron su descontento por lo que en síntesis consideraron una claudicación de clérigos y seglares: se hicieron cómplices de la dictadura. Los católicos que sirvieron puestos públicos en tiempos de Díaz, dijeron, ningún bien hicieron, ni ningún mal evitaron a la Iglesia; obtuvieron posiciones de relieve haciendo traición a su credo, “necesitando aparentar un liberalismo que no sentían”, nos explica Eduardo Correa, un católico líder del Partido Católico Nacional. Quizá por la cercanía de los acontecimientos, no interpretaron la conducta asumida durante el Porfiriato como una estrategia de supervivencia. Esta clase de opiniones vinieron, desde luego, de entre quienes deseaban seguir el rumbo distinto de un catolicismo integral, sin el espíritu de transacción que a su juicio se había tenido antes. Es preciso decir que el fin del antiguo régimen, al queda libres las diversas fuerzas políticas contenidas por el dictador, un fenómeno parecido al católico se dio entre los liberales: por igual se dirigieron a sus correligionarios acusándolos de haber sido blandos en la exigencia en el cumplimiento de las Leyes de Reforma.

 

4.      Religión y política

 

Los católicos en cuanto tales volvieron a las contiendas político-electorales, luego de muchos años de mantenerse –o ser mantenidos- fuera de ellas, por ambas autoridades, las civiles y las eclesiásticas, aunque por diferentes motivos. La autoridad eclesiástica consideró que las condiciones para ese regreso estaban dadas: sin compromisos con el poder, constituyendo la mayoría en el país, y dado el ofrecimiento propalado por Madero de dar verdadero valimiento al voto, las probabilidades de éxito eran muchas: podía autorizarse a los seglares a fundar un partido político que enarbolara la bandera de su religión. Era un momento solemne: se volvían a unir la religión y la política, se dejaba en libertad a los ciudadanos católicos, luego de más de treinta años, desde la República Restaurada, de mantenerlos al margen de estas cuestiones. Ya en el seno del Partido Católico Nacional que al cabo fundarían se reconocía cómo “desde el día siguiente a la caída del segundo imperio no hemos tenido diputados católicos” (Restauración Social, 15 de octubre de 1911); ahora lucharían por tenerlos.

En el largo periodo gubernamental de don Porfirio, uno encuentra al menos dos etapas en la relación de la jerarquía eclesiástica y el poder político. Una primera, mencionada antes, en donde los prelados que aún sentía el acoso del gobierno, pidieron a los fieles asumieran preferentemente la defensa de su Iglesia; otra, cuando la conciliación y tolerancia recíprocas eran un hecho, tomaron los obispos en sus manos exclusivas la representación de la Iglesia toda en sus tratos con el poder civil; no necesitaban los obispos de ningún partido político. Para las necesidades, peticiones o conflictos clérigo seglar con la autoridad secular se hablaba directamente con el representante del poder. La derrota de la dictadura obligaba a introducir cambios en la forma de la relación, que fue: los laicos de nuevo tomen la bandera de la Iglesia, con la vigilancia del clero, y establezcan los vínculos en y con el poder político para la defensa de los intereses católicos. Ahora sí se necesitaba un partido político, que fue el mencionado Católico Nacional; se trata de cambios en el interior de la Iglesia y de novedades en la relación de la Iglesia con la sociedad.

Francisco I. Madero ofrecía el sufragio efectivo y libertades políticas amplísimas y se sabía, estaba dispuesto a revisar o derogar las Leyes de Reforma al considerar que correspondían a otra época. Pero se precisaba de la unidad católica, que según dijimos no existía. Quienes se oponía, paradójicamente asumían la postura liberal de no mezclar a la religión con la política, resistiéndose al cabo, a uno de los propósitos de la restauración católica consistente en unir al católico y al ciudadano que la Reforma había separado, a resultas de la doble legislación (la eclesiástica y la civil) a la que se vieron sujetos los católicos mexicanos.

            Las condiciones daban la oportunidad de ofrecer al país una alternativa propia de organización social, podemos decir bastante completa, si la confrontamos con las otras que se ofrecieron entonces, la del catolicismo social; quien haría el ofrecimiento sería precisamente el Partido Católico Nacional que con autorización de Roma, y con el apoyo de unos obispos y el vacío de otros, vino a fundarse en el año de 1911, es decir en el mes y año de la renuncia de Porfirio Díaz. Un punto del Programa lo dice con toda claridad: el Partido se esforzará por aplicar a los problemas sociales modernos, las soluciones que el cristianismo suministraba.

Por otra parte, los obispos llegaron al convencimiento de que Madero sería el mejor candidato de los católicos, quienes habían recibido de él tranquilizantes declaraciones en el sentido, básicamente, de las Leyes de Reforma, uno de los puntos centrales de la Iglesia viendo hacia el pasado, dado el propósito externado de revisarlas, de atenuarlas, dado que los odios de antes –decía Madero-  ya no existían; las que de hecho estaban derogadas por falta de aplicación. Sabían de las intenciones de Madero de dar toda libertad a la Iglesia, de derecho. Y hacia el futuro, la aceptación por parte de Madero del mismo Partido Católico, portador, sabemos, o instrumento político del catolicismo social, que como proyecto por llevar a cabo, sostenía la Iglesia para México.

Finalmente se funda el Centro General Partido Católico Nacional en la Ciudad de México a principios de mayo de 1911 y centros regionales en los estados en los siguientes días. Es el momento en que confluyen y se suman los esfuerzos hechos hasta entonces desde principios del siglo XX en las obras sociales con las intenciones políticas de restauración católica, para que Cristo reinara en la sociedad. Era mucho lo que se esperaba del dicho partido. Lo hicieron público en varias ocasiones los prelados más convencidos en apoyarlo, en tanto que, seguros de que debía llevar el nombre católico en razón de los principios político-religiosos como los llamaron, que sustentaba; y ser la ocasión de la unidad católica que trabajara “con todas sus fuerzas por el triunfo y el reinado de Dios sobre la tierra, y por el verdadero bienestar, progreso y felicidad de nuestra amada patria”, según dijeron varios prelados en un edicto de 1912.

Sin lugar a dudas, pudo constatarse la coherencia de los católicos seglares que obtuvieron curules locales o federales en las primeras Legislaturas posteriores a la caída de  Díaz; actuaron, en efecto, en  política como católicos, logrando el objetivo de unir al ciudadano y al católico. Se diferenciaron de quienes en el Porfiriato habían llegado a los Congresos y no actuaron en política como católicos, sino que aceptaron seguir siendo católicos en su casa, mientras en la oficina se calaban el gorro frigio, según imagen empleada por Eduardo Correa. Los diputados electos por el Partido Católico hicieron confesión de su fe y actuaron en consecuencia. En la Cámara federal –la XXVI Legislatura- se escuchó la propuesta católica. El diputado por el PCN, Francisco Elguero explicó: “El remedio único, cristiano, práctico y que si no evita los terribles choques de la cuestión social, sí  la resuelve y humaniza en parte, es la que el Papa León XIII indica en su encíclica Rerum novarum. Del mismo modo, otro diputado del mismo partido, Manuel de la Hoz según se había propuesto al iniciar sus trabajos legislativos, invocó a Dios desde la tribuna, a quien se había desterrado, dijo, desde hacía muchos años de labios oficiales.

Por supuesto que la labor de mayor trascendencia había de centrarse en la expedición de leyes cuya finalidad última sería la creación de las condiciones para facilitar en la sociedad el ejercicio práctico de las creencias religiosas; para el establecimiento de relaciones sociales según las entendía el catolicismo social, y así, en un plazo no muy largo, se obtuviera el logro mayor: la restauración católica, que Cristo volviera a imperar en la sociedad de donde lo habían expulsado los liberales. Un ejemplo de ello será la ley de descanso dominical dictada en Jalisco, mediante la cual, además de la recuperación de fuerzas de los trabajadores, obligaba a conceder tiempo para el cumplimiento de las obligaciones religiosas. Era una experiencia semejante a los tiempos en que la potestad temporal protegía a la espiritual.

La organización existente en las parroquias – las mutualistas, entre otras- fueron contingentes decisivos en los triunfos electorales que obtuvo el Partido Católico Nacional; pero esos triunfos vinieron a circunscribirse a los lugares en donde existía previamente una acendrada religiosidad y la organización seglar, que es decir en unos pocos estados de la República. Durante su corta existencia, entre 1911 y mediados de 1914, el PCN participó en un buen numero de contiendas electorales; en unas ganó y en otras perdió. Debió haber sido la votación de sus socios una significativa aportación al triunfo de Madero en las elecciones presidenciales de octubre de 1911. El mayor impacto que tuvo el partido fue en los estados de Michoacán, Guanajuato, México, Zacatecas, Colima, el entonces territorio de Tepic y, sobremanera, en el estado de Jalisco. Gracias a su patrocinio ganaron las gubernaturas del estado de México, Querétaro, Zacatecas y Jalisco. En este último estado tuvo el PCN la mayoría en dos legislaturas sucesivas, etc.; a las Cámaras federales llevó 29 diputados y cuatro senadores. Es decir una minoría que convivió con destacados liberales que les hicieron fuertes impugnaciones a sus proyectos y, sobre todo, al empleo del nombre católico de su partido, lo que juzgaron como un ardid de cara a la mayoría católica de mexicanos, con el deliberado propósito de que se identificara al partido con la Iglesia.

 

5.      Después de Madero, hacia otra encrucijada

 

Hemos visto  las anteriores experiencias relacionadas, la caída de Porfirio Díaz y el triunfo de Madero y el catolicismo social y el Partido Católico Nacional. Existen otros acontecimientos relacionados como son: la muerte o asesinato de Madero por Victoriano Huerta y el consecuente surgimiento de su contrincante, el movimiento constitucionalista. Con el triunfo de este último sobre el ejército federal en el verano de 1914, tornará a manifestarse con fuerza –con el apoyo de las fuerzas armadas ganadoras- la política de secularización (separación de lo religioso de lo político), particularmente en algunos estados, como los de Jalisco, Michoacán, entre otros. Las actividades del catolicismo social serán señaladas como infractoras de la idea liberal de la religión como asunto de las conciencias, y se intentará regresarlas al interior de los templos; de donde no hacía mucho habían salido por mandato del Papa. Se manifiestan en conflicto en el seno de la catolicidad, los mandatos contradictorios de las leyes positivas y las de la Iglesia. Bajo la misma idea liberal son perseguidos los más connotados líderes del PCN, sin bien no se llegó a una extremada violencia con ellos. Muerta con Madero la posibilidad de su atenuación o derogación, los constitucionalistas se presentan ahora como los defensores de las Leyes de Reforma, a las que de nuevo se les quiere poner en plena vigencia.

La Iglesia católica se ve involucrada en este conflicto por varias razones: fue inculpada de fautora del huertismo (aunque a mi juicio sin pruebas o con discutibles pruebas), a lo que no nos vamos a referir aquí. A resultas de la confusión creada en los años inmediatos, lo que para los prelados era una cuestión tan importante –el establecimiento del reinado social de Jesucristo- el regreso de la moral a la política, por lo cual dieron público apoyo al Partido Católico, trajo como una de sus trascendentes consecuencias la persecución en lo inmediato de señalados clérigos y seglares, acusados de mezclar, a su juicio indebidamente, la religión con la política, en contra del espíritu de las Leyes de Reforma; fue el resultado de la asimilación que muy pronto comenzó a hacer prácticamente todo el mundo, que eran lo mismo la religión, la Iglesia católica y el partido católico; motivo por el cual acabó por desarrollarse una política gubernamental anticlerical.

La confusión dicha surgió tan pronto se hizo pública la denominación católica del partido. Antes dijimos que un sector de católicos, desconcertado con esa novedad, se resistió o negó a inscribirse al partido católico; este sector hizo la distinción entre ciudadano y católico, reservando la obediencia al superior eclesiástico en la sola materia religiosa. No estaban de acuerdo en que se mezclara la religión con la política, dijimos antes, entre quienes se encontraba más de algún obispo. Ante la fundación del PCN, al que debía inscribirse todo católico, hubo desconcierto lo mismo entre católicos que pertenecían a grupos políticos liberales quizá desde antaño. ¿Qué debían hacer ellos?

Con más razón estuvieron en contra los liberales, quienes se mostraban descontentos por varias razones. Ideológicamente estaban en las antípodas; en lo estratégico veían la amenaza que representaba una catolicidad mayoritaria que los arrollaría en los comicios. Hicieron resurgir la distinción de tiempos de la Reforma juarista entre la religión y la ingerencia del clero en política que dieron en llamar “clericalismo”, que a juicio de los liberales había reaparecido. Incluso desde noviembre de 1912 fue presentada una iniciativa por conocidos diputados federales liberales (algunos conocidos masones)  estableciendo un requisito que al cabo habría de quedar en la Constitución General, sobreviviendo hasta nuestros días: la denominación de los partidos políticos no habrá de identificarse de algún modo a los miembros del partido con los de una religión, secta, orden, congregación, etcétera.

La represión ejercida por los constitucionalistas -los liberales vengadores- dio pie a los reproches de los católicos asimilados a aquéllos, que culparon de ella –de la represión- a los activistas del catolicismo social e integristas, quienes no hacían sino perfilar lo mandado desde el Vaticano. Estos últimos representaban, pese a todo, el futuro de la Iglesia. La expedición de la Constitución en 1917 que reunió los principales postulados de una Revolución mexicana radicalizada, quién lo dijera, creo un ambiente mejor, al terminar los gobiernos militares y establecerse derechos ciudadanos de los que pudieron echar mano los católicos (derecho de petición, por ejemplo). Las cosas no podían ser de la misma forma, sin embargo. Acabó la posibilidad de la denominación religiosa para los partidos, pero no para contener principios religiosos. La jerarquía de la Iglesia católica en lo sucesivo no va a autorizar el nombre católico para un partido ni va a  apoyar públicamente a alguno, recreándose una situación similar a la porfirista: se los impide el clero y la Constitución. Lo que no sería óbice para que los seglares siguieran participando en política electoral, como lo hicieron.

El clero mexicano, malquisto con el gobierno civil, dejará en las manos seglares la defensa de los intereses religiosos, estableciendo con el poder político, entonces, una acción indirecta. Por supuesto que tan pronto como fue posible, se reanudaron los trabajos del catolicismo social, cosa que ocurrió pronto; en muchas partes lo hizo aún  bajo el dominio del ejército constitucionalista. De hecho, la versión que podemos llamar mexicana del catolicismo social -la adaptación a nuestro medio de las directrices papales- se desarrolló con prontitud con la celebración de múltiples reuniones y con la experiencia misma, en los primeros años de la década de los veintes. Las asociaciones católicas crecieron en las parroquias y luego se confederaron; nos referimos a las Damas Católicas, Asociación Católica de la Juventud Mexicana, Caballeros de Colón y a los obreros unidos en la Confederación Nacional Católica del Trabajo.

Por los años veintes todas ellas, juntas o por separado, actuaron como grupos de presión ante el poder político de la posrevolución, sobre todo en pos de reformas constitucionales. El catolicismo social quedó en tanto proyecto social, enfrente –y enfrentado, quizá más en los fundamentos que en las instituciones- al proyecto revolucionario. El que paralelamente hacía sus esfuerzos por instrumentar y poner en planta sus ideales, y en hacerse de una propia fuerza social, campesinos dotados de tierras o por dotar, obreros de centrales comprometidos con políticos, burócratas, etc. Las diferencias serán remarcadas, tenidas por irreconciliables, ante gobiernos civiles a quienes los católicos comenzaron a tachar de subversivos, que ponían en riesgo la existencia misma de la sociedad, al minar con sus acciones los principios sociales que sostenían los católicos: la religión, la patria, la familia y la propiedad. Esta será otra encrucijada en la cual se encontrarán los católicos, y ahora, la posrevolución: la Cristiada, desde fines de 1926, una encrucijada trágica, que forma un tema distinto al propuesto en esta investigación.



Conferencia leída a nombre de su autor durante la II Asamblea de Educación de la Provincia Eclesiástica de Tijuana, el 01 de julio del 2010. Profesor investigador adscrito al Departamento de Estudios de la Cultura Regional de la UdeG, profesor de asignatura en la licenciatura en historia en la misma Universidad, Doctor en Humanidades (Historia) por la Universidad Autónoma Metropolitana (I), miembro del Departamento de Estudios Históricos de la Arquidiócesis de Guadalajara, es autor de una apretada y enjundiosa bibliografía en torno al catolicismo social en México.

 

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