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l catolicismo social en la Iglesia mexicana

Hugo Armando Escontrilla Valdez[1]

 

 

El presente trabajo es una reflexión en torno al catolicismo social, a las acciones y formas de organización que adquirió el compromiso social y político de los católicos en México a lo largo del siglo XX. Uno de los representantes de este catolicismo, y que destaca de manera singular, es el Secretariado Social Mexicano. A partir de esta reflexión se intenta dar cuenta de uno de los actores y protagonistas de la construcción del México de hoy, y mostrar cómo este catolicismo despertó en el imaginario social mexicano nuevas formas de acceso a lo social y lo político.

 

 

Introducción

 

Tocar el tema del catolicismo social en México nos introduce en una amplia variedad de temas. Desde los círculos de obreros católicos a principios del siglo XX, hasta la teología de la liberación en los años recientes,[2] muchas actividades de los católicos han sido catalogadas o reconocidas como catolicismo social.[3] Para nosotros la importancia de este tema estriba en destacar el compromiso y la acción social de los católicos en México. En el interior del catolicismo existe un conjunto de prácticas y experiencias que provienen de diversos ámbitos y diferentes reflexiones, como veremos más adelante. Pero desde nuestra perspectiva, el concepto o la idea de lo social es fundamental para entender la forma de actuar de la jerarquía eclesiástica en México, y en buena medida para entender el proyecto utópico de muchas de estas organizaciones dependientes de la Iglesia, y en su mayoría formadas por laicos.

Recuperar la memoria de estas prácticas y experiencias, sistematizarlas y convertirlas en un todo coherente es una tarea aún pendiente de realizar. En el presente trabajo queremos mostrar a uno de los agentes principales de estas prácticas: el Secretariado Social Mexicano (SSM),[4] organismo que contribuyó de manera fundamental a la democratización del país. En este sentido es uno de los actores principales en la historia del México moderno, y dejó una marca en el imaginario colectivo de un gran número de personas.

 

Prácticas sociales de la iglesia

 

Comenzaremos nuestra reflexión con lo que llamaremos por ahora “prácticas sociales de la Iglesia”. Por tales entendemos todas aquellas acciones que, inspiradas, motivadas, dirigidas, asesoradas o legitimadas por la jerarquía eclesiástica, están destinadas a mejora transformar o cambiar las condiciones sociales, materiales, culturales o económicas de vida de los fieles católicos.[5]

Desde ahora dejaremos en claro que nuestra reflexión no hace una distinción minuciosa de cada una de éstas. Sabemos que muchas de ellas tienen principios teóricos, teológicos y filosóficos distintos, muchas veces antagónicos y otras veces muy cercanos entre sí. Siempre existe en sus fundamentos una referencia muy clara a la palabra de Dios (la Biblia) y a las enseñanzas de la jerarquía. Proporciona así un aval y les da legitimidad por lo menos en sus inicios, aun cuando muchas veces este apoyo se pierde por muy diversas razones. También hemos de señalar que en esta reflexión se han hecho a un lado, de momento, las raíces religiosas y espirituales[6] del comportamiento social de los católicos.

Para poder aglutinar en un solo parámetro todas estas experiencias y denominarlas “prácticas sociales de la Iglesia”, hemos puesto el acento en que son acciones.[7] En los movimientos que vamos a exponer a continuación lo que queremos destacar es esta posibilidad de hacer, en el ámbito público, político, cultural o social; independientemente de sus metas y objetivos que, como ya lo señalamos, pueden llegar a ser antagónicos. Desde este momento hay que señalar que el SSM estuvo presente directa o indirectamente en muchos de ellos, como veremos más adelante.

En el siglo XIX, y frente a las dos grandes corrientes económicas y sociales –a saber, el capitalismo y el socialismo, que en el siguiente siglo adquirieron gran importancia–, la Iglesia tomó partido. En efecto, los planteamientos marxistas que proponen la colectivización de los medios de producción y de la propiedad privada, la lucha de clases, la formación de un Estado fuerte dirigido por el proletariado, además de un marcado y fuerte ateísmo, dirigido en especial a la jerarquía eclesiástica, hicieron que esta última reaccionara fuertemente y en contra de todo lo que hiciera referencia a socialismo, comunismo o marxismo.

Ahora bien, si el socialismo como doctrina económica resultaba atractivo fue debido, entre otras cosas, al estado social y económico en que se encontraba gran parte de la población. Los excesos del capitalismo fueron vistos por la jerarquía eclesial y condenados. Sin embargo, frente a los dos modelos económicos, la Iglesia acabó por escoger, desde su óptica, al menos malo. No el ideal, de acuerdo a sus planteamientos, pero sí el que le ofrecía mayor margen de actuación en la vida social de las naciones. Además la tarea de la Iglesia sería, en este caso, llamar la atención sobre los excesos y llenar de humanismo cristiano las estructuras económicas y sociales.

Es preciso recordar que la Iglesia había padecido una serie de condenas, persecuciones y rechazos por parte de una sociedad que trataba de definirse o de encontrar nuevas formas de convivencia social, lejos de la tutela religiosa. La disolución del matrimonio entre la Iglesia y el gobierno fue uno de los grandes eventos que tuvo que sortear la jerarquía eclesiástica. La secularización o laicización de la vida social, cultural y científica de las naciones fue la gran batalla de los liberales de diverso cuño en todo el mundo. El abandono de las explicaciones religiosas y de la influencia eclesial fue una de las notas características de los siglos XVIII y XIX. Por ejemplo, en este último se verificó, en la mayoría de los países, la expulsión de la orden religiosa de los jesuitas, por considerar, entre otras cosas, que su injerencia en la vida social y política era un ámbito que ya no les correspondía.

Esta secularización de la vida social de las naciones recluyó, en cierta medida, a la Iglesia. Desde el nuevo discurso se obligaba a la Iglesia a dedicarse a lo suyo: lo espiritual. Así, se proponían dos ámbitos: el material y el espiritual. El Estado tenía entre sus funciones la cosa pública, el atender el bienestar material de los sujetos; y a la Iglesia le tocaba atender, cuidar, el alma o el espíritu de sus fieles.

El siglo XIX, y en buena medida también el XX, fueron testigos de una larga batalla por la definición de estos espacios disputados por la Iglesia y el Estado. Para la Iglesia representó en muchas ocasiones la pérdida de territorios ideológicos, de su patrimonio y, hasta cierto punto, de la autoridad moral en la vida de los sujetos. Ahora que la razón ilustrada y el pensamiento científico comenzaban a imperar, para el Estado significó ganar espacios y llenar territorios que en otros tiempos fueron propiedad del ámbito religioso. Para los liberales resultaba de gran trascendencia el dejar atrás la tutela eclesial tanto en lo científico como en lo económico; es decir, el gobierno tendría que estar caracterizado por el uso de la razón y por una idea de modernidad, lo cual traería prosperidad a los países. En este sentido la Iglesia era la representante del pasado, de ideas obsoletas y oscuras. Como ejemplo de esta disputa por los espacios se encuentra el Syllabus de errores que publicó Pío IX en 1864, en donde “denunció ochenta corrientes de pensamiento modernas, entre las que se encontraba el socialismo, la francmasonería y el racionalismo”.[8] Existía también un Índice de libros prohibidos, en el que la Iglesia “castigaba” la exposición de ideas modernas y liberales que contradijeran la doctrina católica establecida. En esta lucha por encontrar su lugar en un mundo que cambiaba a pasos acelerados, la Iglesia encontró dicho espacio, al parecer, hasta la realización del Concilio Vaticano II en la década de los sesenta del siglo XX. Pero las ideas expresadas en este Concilio suscitaron otros problemas asociados con el lugar que la Iglesia debía ocupar en la sociedad. El problema de su función en la vida social y económica de la sociedad aún queda por definirse, o dicho de otro modo, aún no queda claro.

 

Los obreros y la iglesia

 

El papa León XIII publicó en 1891 su famosa encíclica Rerum Novarum o también llamada la “cuestión social”. Para algunos autores[9] y para la misma Iglesia,[10] con este documento se inaugura lo que se ha llegado a denominar “doctrina social cristiana” o “doctrina social de la Iglesia”, o muy recientemente “enseñanza social de la Iglesia”.

De esta enseñanza papal o de este programa de acción social hay que señalar dos puntos importantes antes de adentrarnos en los efectos que tuvo en la catolicidad. Uno es resaltar su tono antisocialista, pero sobre esto volveremos más adelante, por ahora basta con señalar que este antisocialismo fue una de las cruzadas más importantes de la Iglesia a lo largo de todo el siglo XX. Los trabajadores, conscientes de su situación de desamparo y de injusticias permanentemente vividas, veían en el socialismo –y no en el cristianismo o el catolicismo– la solución a muchos de sus problemas, sin ver la “intrínseca maldad” [11] de los planteamientos marxistas. Contra esta mala influencia, la Iglesia tendría que hacer algo.

El segundo punto es que había que hacer algo, este “hacer” iba a tener muchos matices a lo largo de la historia. Desde ofrecer apoyos concretos en cuanto a alimentación (despensas) y medicinas (y doctores), con una óptica más bien de tipo asistencial. Organizar a la gente para satisfacer ciertas necesidades: ahorro, consumo, abasto y autoabasto, en una perspectiva de tipo promocional. Otro matiz fue organizar para la participación política (partidos confesionales o con referencias cristianas), en donde el objetivo era alcanzar el poder en una democracia participativa, y desde ahí transformar (cristianizar) las estructuras sociales,[12]creando organizaciones sindicales, independientes del control gubernamental y en defensa legítima de los trabajadores. Y en su punto más extremo, más radical, está la organización revolucionaria, principalmente en movimientos en donde están presentes las Comunidades Eclesiales de Base (CEB’s) y la teología de la liberación (TL).

Es decir, la cuestión social tiene todos estos matices. Y muchas veces, como veremos en el caso del Secretariado Social Mexicano, lo asistencial condujo a lo promocional, y de ahí se pasó a la participación política. O como en el caso de las CEB’s y la TL, se radicalizaron cuando ésta no fue suficiente o se llenó de vicios.

No está de más recordar que antes de la legitimidad que León XIII le dio a la cuestión social y a la participación de los seglares o laicos en estas tareas, la participación de los católicos en esta área se encontraba, si no prohibida, sí limitada.[13] El debate se ubicó entre liberales y conservadores, y en el proyecto político de estos últimos la Iglesia no debía perder ni derechos ni privilegios. Pero la movilización de los católicos, que se verificó después de la encíclica papal, fue contrastante con la etapa anterior a su publicación.

Aquí nos centraremos en las experiencias sociales habidas en México, algunas de las cuales tuvieron carácter internacional y lo señalaremos en su momento. Uno de los primeros efectos[14] que tuvo la encíclica papal en México fue la organización y formación de los congresos católicos[15] y los congresos agrícolas,[16] así como las Semanas católico-sociales.[17] Los temas que se abordaron fueron en torno a mejorar las condiciones de vida de las masas desfavorecidas y hambrientas. Fue un llamado a los hacendados y gente de dinero para que mejorasen el trato a sus trabajadores y sus salarios. El llamado en este sentido fue a mejorar la situación de vida de la gente. Como ya señalamos, cuando la Iglesia toma partido y escoge uno de estos dos sistemas económicos, elige al capitalismo. A partir de esta opción se esforzará, y esto lo iremos viendo a lo largo del siglo XX, en “mejorar”, “humanizar”, “reformar” las prácticas capitalistas. Los principios en los que se basa dicho capitalismo no serán totalmente cuestionados sino tolerados, y buscando siempre imbuirlos de un espíritu cristiano.

En 1913 se creó la Confederación Nacional de Círculos Católicos de Obreros, que agrupaba los diversos círculos distribuidos en el país. A partir de estas organizaciones se introdujeron temas como el de los sindicatos profesionales y su reconocimiento jurídico. Otros de los temas tratados fueron el salario mínimo, las prestaciones sociales de diverso tipo (seguro de enfermedad, vejez, accidentes), el trato diferenciado para la mujer, el descanso dominical y la participación en las utilidades de la empresa.

Si uno de los llamados del papa León XIII en su encíclica fue mejorar la situación en que vivían los obreros, en la Iglesia mexicana se tomaron muy en serio esta misión. Lo social fue asociado fácilmente con el mundo obrero, y éste a su vez fue visto como “víctima” de “doctrinas subversivas”. Por ejemplo, cuando el padre jesuita Bernardo Bergöend funda la Unión Político-Social de los Católicos Mexicanos señala muy claramente su visión a futuro y sus tareas concretas:

 Pues bien, nuestra Unión, convencida de que la mayor ambición de una Nación cristiana debe ser fomentar la fraternidad entre sus hijos, quiere tener la gloria de iniciar en la República una política social que impida el paso a las utopías, sueños y peligros del socialismo, y del colectivismo, y favorezca legalmente las que procuren al obrero la mayor suma de bienestar materialy ponga a salvo todos sus derechos.[18]

 Uno de los primeros destinatarios de la acción social de la Iglesia fueron los obreros. Y uno de los primeros objetivos era el promover reformas económicas que aliviaran la situación en que vivía la mayoría de la población, y de esta forma evitar la proliferación del socialismo.

El propio padre Bergöend fomentó en 1911 la creación del Partido Católico Nacional, que entre sus motivaciones cita:

 Queremos emprender en toda forma una acción social de tal naturaleza que disminuya las causas permanentes de miserias e injusticias que aquejan a nuestro pueblo, procurando para la familia, para el obrero, para el campesino tales condiciones de existencia y de organización que sean la salvaguardia de los derechos y de los intereses de todos; pero como la acción social poco podría sin una legislación social, y la legislación no se alcanza sin la acción política, nos lanzaremos sin miedo al campo de batalla político.[19]

 Hasta aquí encontramos que la movilización de los católicos tiene dos objetivos principales: uno el de la restauración del orden social cristiano, vía las reformas y acciones necesarias para llevar el bienestar a obreros y campesinos; y otro detener el avance del socialismo por considerarlo una doctrina subversiva.

 

Creación del secretariado social mexicano

 

En 1923, en la Pastoral Colectiva del Episcopado Mexicano sobre la Acción Católica en Asuntos Sociales, los obispos crearon el Secretariado Social Mexicano (SSM).

 Para contar con un órgano especial y adecuado, el Episcopado creó en la reunión plenaria de octubre de 1920, el Secretariado Social Mexicano como una institución nacional encargada de la dirección técnica en el campo sociológico, de la coordinación sistemática y de la organización eficiente de las diversas fuerzas sociales de la República [...] Como órgano del Episcopado debe ser no sólo el guardián de la catolicidad de las obras, sino también el interprete de la doctrina social católica en sus aplicaciones a la solución del referido problema social enlas circunstancias especiales de nuestro país, en todo lo cual procederá de oficioy en nuestro nombre, con aprobación y acuerdo del Comité Episcopal.[20]

 En sus inicios el SSM organizó cajas de ahorro, apoyó el trabajo de organizacionesobreras y sindicales y creó nuevos sindicatos. Asimismo, impartióformación en acción social, cooperativismo, civismo y sindicalismo. Además,el Secretariado asesoró a organizaciones como la Unión de Damas Católicas,la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (la famosa ACJM),[21] la ConfederaciónNacional Católica del Trabajo; y coordinó las acciones de gruposcomo los Caballeros de Colón o los Operarios de Guadalupe.En realidad, uno de los objetivos del Secretariado en estos años fue justola coordinación y reorganización, poniéndose a la cabeza de todo aqueltrabajo social surgido a principios de siglo. El control de los obispos sobredicho movimiento era necesario, debido al nuevo escenario al que se veíaenfrentada. La Revolución había terminado y el lugar que ocupaba la Iglesiaen el nuevo Estado no era muy favorable.

El trabajo del Secretariado en esta primera etapa duró hasta 1929, cuando se unió a la Acción Católica, que surgió en el contexto de la guerra cristera y como una estrategia para el accionar de los laicos en la “cuestión social”.

En 1926, y durante tres años, la nación se vio movilizada por la lucha de los cristeros. El contexto en el cual surge este movimiento está marcado por dos eventos: por un lado se encuentra

 [...] el nuevo Estado, que ha nacido de un profundo y convulsionado movimiento de masas, sólo será admitida la existencia de una masa manejable, cuyos controles no escapen del Estado; tampoco podrá surgir en ella organización alguna, si no es bajo las condiciones que el Estado señale, sugiera o disponga. [...] Clero e Iglesia son un peligro moral que, fundando sobre las creencias una tendencia política, pondría en situación crítica al mismo Estado.[22]

 Por el otro lado se encontraba una muy creciente y próspera actividad de la Iglesia. A pesar de que la legislación del Constituyente de 1917 limitaba el accionar de la Iglesia (el número de sacerdotes, la expropiación de propiedades de la Iglesia, restricciones en su funcionamiento interno, en suma, se le negaba personalidad jurídica), las tareas de evangelización continuaron, muchas veces de manera clandestina, imperceptible, pero muy eficaz:

 Evangelizar a adultos y jóvenes, por tanto, no es tarea que se reduce a simple “información” o aprendizaje de “contenidos”; es un proceso a culminar en la formación de un laicado organizado con claro acento hacia la acción social católica, es decir, de cara a un compromiso social-político.[23]

 Este trabajo previo a la guerra cristera incluye las actividades del SSM, las Semanas Sociales y los Congresos Agrícolas. Toda esta actividad fue el terreno sobre el cual el gobierno revolucionario impuso las leyes antirreligiosas, o mejor dicho, antieclesiales.

La inconformidad del clero ante las leyes de 1917 finalmente originó el conflicto en el periodo presidencial de Plutarco Elías Calles. Los ánimos se caldearon y la Iglesia mexicana, apoyada por el Vaticano, emprendió acciones como la suspensión de cultos y avivó a la población a defender sus derechos, con el fin de presionar al gobierno a cambiar las leyes. La libertad religiosa se convirtió en bandera de muchos católicos al grito de ¡Viva Cristo Rey![24]

En el plano internacional la Revolución Mexicana era considerada obra de los bolcheviques por sus leyes antieclesiales. Se resaltaba, en detrimento de otros aspectos, algunos de los planteamientos socialistas que defendía la Revolución, y entre ellos destacaba su declarada oposición al clero y su injerencia en la vida social del país. Esto era visto en el Vaticano, en particular por el cardenal Eugenio Pacelli, secretario de Estado y futuro papa, como una muestra del avance del comunismo. Había una preocupación por el llamado “triangulo rojo” (Rusia, México, España). A Roma le preocupaba más la amenaza comunista que los regímenes totalitarios que se comenzaban a gestar en Italia y en Alemania.[25]

 

La Acción Católica Mexicana

 

En 1929, y bajo la calma que produjeron los arreglos copulares entre obispos y autoridades, se estableció un renovado modus vivendi. La Iglesia se reorganizó bajo el estandarte de la Acción Católica.

 La fundación de la ACM –cuyos estatutos fueron elaborados a fines de 1929 bajo la dirección del arzobispo Pascual Díaz– tuvo desde sus orígenes un exclusivo carácter espiritual-asistencial [El obispo] Garibi y Rivera, en su primera carta pastoral, dirigida a los jaliscienses, invitaba a incorporarse a ésta, pero advirtiendo: “Que la Acción Católica no se salga de su terreno y no vaya por motivo alguno a mezclarse en actividades bélicas o políticas”.[26]

 Un nuevo sesgo tomaría la acción social de la Iglesia, como señalan Torres, Canto y Pastor, y Romero de Solís:

 [...] estos ministros [Leopoldo Ruiz y Flores y Pascual Díaz y Barreto] comprendieron mejor la nueva línea del Vaticano o el nuevo sesgo del catolicismo social, a través de la Acción Católica, y la necesidad de aguardar, de apostar en el largo plazo a la estabilidad de la Iglesia, a partir de la negociación y no de la guerra abierta contra el gobierno.[27]

 [...] la forma de organización que se seguirá después de los “arreglos” es la de la Acción Católica, siguiendo el modelo italiano de organizaciones genéricas, no especializadas por sectores sociales como en el caso francés, y mucho más dependientes de la jerarquía. Todo ello explica la mayor debilidad de las organizaciones sociales o políticas de carácter confesional.[28]

 Lejos de una Iglesia polémica y combativa, a la manera que lo fue en la década de los veinte, la jerarquía eclesiástica opta por otro modelo: una reconstrucción interna que lleve al control de las bases para no ser de nuevo desbordado por el laicado, como había sucedido en 1926.[29]

La Acción Católica organizó a los laicos y controló sus actividades, y el apostolado no involucró la participación política. Si algo se había despertado y estallado, los cristeros fueron el analizador de este despertar. La Iglesia buscó de nuevo tomar las riendas, se recluyó, y junto con ella se llevó a los laicos. Sin embargo, la nueva identidad que habían encontrado, a partir de estas prácticas sociales, rebasó la intención de la jerarquía de controlarlos. Este desbordarse de los laicos –y de los sacerdotes, de los religiosos, de los teólogos, de los obispos– será una de las notas características de la Iglesia del siglo XX.

 

 La juventud obrera católica

 

Uno de los movimientos que más relevancia tuvo en el trabajo social de la Iglesia, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, fue la Juventud Obrera Católica o Cristiana (JOC). Se le conoció como “Acción Católica Especializada”. Cuando la Iglesia reconoció que había perdido a las clases trabajadoras europeas, el sacerdote Joseph Cardign organizó encuentros con jóvenes trabajadores. Esto se hizo fuera de la parroquia, en grupos pequeños, y sin insistir en temas doctrinales, sino más bien en los problemas reales de la gente, como el trato injusto del capataz, las luchas sindicales, o las necesidades concretas de los compañeros. El método se resumía en tres palabras: ver, juzgar, actuar. Una de sus características principales era que el sacerdote no dirigía la discusión, sino que entrenaba a los líderes y actuaba como capellán y consejero.

Con este método de ver, juzgar y actuar, se revolucionó la forma de hacer análisis al interior de la Iglesia. La radicalidad del movimiento le llevó a enfrentamientos con la jerarquía. Lo que estaba de por medio era concientizar a los obreros y la expresión de sus demandas, que no siempre corrían por los mismos rieles que los de la jerarquía.

Si los obispos pretendían controlar a los laicos con la Acción Católica, el trabajo realizado por la JOC quebró esta intención e introdujo, de nuevo, cambios y movilizaciones de un sector de la Iglesia. Estos laicos trataron de incidir en la política social del país, y exigieron cambios y reformas. De nuevo los laicos se desbordaban.

Cuando en 1942 la Acción Católica Mexicana y el Secretariado Social Mexicano se separaron, el Secretariado volvió a retomar el camino de la enseñanza de la doctrina social; cursos para trabajadores, escuelas de servicio social, centros sociales para trabajadoras y casas-hogar formaban parte de su oferta y atención de las cuestiones sociales. Asimismo, mantuvo su relación con la JOC –de hecho, su director, el padre Pedro Velázquez, conoció este movimiento directamente con el padre Cardign en Francia. Más adelante el Secretariado asesoró las acciones de la JOC en todo el país.

En los años posteriores a 1942 el SSM se enfocó a la promoción de diversas organizaciones de base e instituciones de desarrollo. Entre las que más destacan por su participación en la toma de conciencia social y política, están: la Unión Social de Empresarios Mexicano (USEM), el Centro Nacional de Comunicación Social (Cencos), la Escuela de Periodismo “Carlos Septién García”, la Escuela de Trabajo Social “Vasco de Quiroga”, la revista ISTMO, el Centro Operacional de Vivienda y Poblamiento (Copevi), la Confederación Nacional de Cajas Populares, el Frente Autentico del Trabajo (FAT), el Instituto Mexicano de Estudios Sociales A.C. (IMES), entre muchas otras. Del mismo modo, destaca el trabajo del Secretariado creando instancias diocesanas que impulsaron y asesoraron este mismo trabajo social; así surgieron los Secretariados Sociales Diocesanos (SSD). La JOC era asesorada por el SSM en la persona del padre Rodolfo Escamilla. Las cooperativas y las cajas de ahorro encontraron un gran impulso con el SSM y fueron dos de sus grandes instrumentos para apoyar y ayudar a grandes sectores de la población.

En el largo plazo, los efectos del trabajo del Secretariado Social Mexicano fueron muy importantes, de tal forma que se podría señalar, sin temor a exagerar, que el movimiento democrático-cívico que hoy vivimos se debe en buena parte al trabajo de esta organización eclesial, que tiene su propia historia de autonomía.

En 1973 el SSM deja de ser tutelado por la jerarquía eclesiástica y se constituye como una asociación civil con los mismos objetivos, pero sin la injerencia, el apoyo, el aval o la legitimación de los obispos. A este punto se llegó después de una serie de enfrentamientos y desacuerdos con la jerarquía mexicana.

Uno de estos desacuerdos se dio cuando el SSM apoyó plenamente la Segunda Conferencia de Obispos en Latinoamérica (CELAM) de Medellín, Colombia, en 1968, que radicalizó posturas en relación con la pobreza y las condiciones de injusticia vividas en el continente. Experiencias como la teología de la liberación y las comunidades eclesiales de base encontraron eco y voz en esta reunión.

El Secretariado, en la persona de su director el padre Pedro Velázquez, apoyó, asesoró y secundó la reunión de obispos y el documento surgido de ahí. Otro punto de desacuerdo fue el compromiso social y político que mantenía el SSM vía las diversas organizaciones a las que asesoraba, compromiso que resultó incómodo para el gobierno mexicano, acostumbrado al manejo corporativo de la política. Después de varias desavenencias, pero no antes de la creación de la Comisión Episcopal de Pastoral Social en 1968, que asumió varias de las funciones que realizaba hasta entonces el SSM, éste se desligó de la tutela jerárquica.

 

Otras experiencias del catolicismo social

 

Otro ejemplo de cómo los laicos adquirieron autonomía sobre la acción social es la creación de la Unión Nacional Sinarquista (UNS) en 1937. Fue un movimiento de masas formado básicamente por campesinos que abanderaban la reforma agraria según los planteamientos de León XIII:

[...] muchos que soñaban en un México “con orden” y querían proyectar su vocación social y política o simplemente protestar se adhirieron. El sinarquismo, visceralmente contrarrevolucionario, antiyanqui, hispanófilo (franquista) y nacionalista a ultranza, aprovechó la insatisfacción popular denunciando cómo muchos postulados de la Revolución iban siendo marginados o demorados [...] Ex combatientes cristeros trocaron en el sinarquismo su táctica de guerrillas por la lucha cívica; católicos que no habían estado concordes con el recurso a las armas buscaron en este movimiento su inserción político-social.[30]

El objetivo de la UNS era la restauración de un orden social cristiano de corte integrista. Como señalábamos más arriba, los tonos que adquirió la acción social de los católicos fueron diversos. Lo que nos interesa destacar es la movilización y las acciones, la insistencia en cambiar algo que se consideraba estaba mal.

En 1939, Manuel Gómez Morín, junto con Efraín González Luna, quien había militado en el Partido Católico Nacional y había participado en reuniones y conferencias organizadas por la Confederación Católica del Trabajo, funda el Partido Acción Nacional (PAN), no obstante,

[…] el propósito de Manuel Gómez Morín no era formar un partido confesional sino organizar un partido de minorías excelentes que asumiera la dirección del cambio posrevolucionario; su objetivo no era defender los derechos de la Iglesia católica ni de los católicos como tales, sino llevar al poder a los universitarios que poseían el conocimiento que exigía la modernización del país. No pretendía formar un partido de católicos, sino, en todo caso, un partido para católicos.[31]

 

Gómez Morín y González Luna compartían

 

 [...] la creencia de que era necesario introducir reformas sociales que pusieran un dique al avance del socialismo [...] fe en la fuerza de los valores de orden y autoridad, así como la creencia de que las normas de la moral pública debían estar en manos de la Iglesia [...] coincidían en que el liberalismo –al que consideraban la gran tragedia del siglo XX– era una propuesta esencialmente destructiva, y que era deseable y posible diseñar una tercera vía entre el capitalismo y el estatismo.[32]

El PAN estaba firmemente anclado en las enseñanzas de la Rerum Novarum y compartía la tradición de las prácticas sociales de la Iglesia (el catolicismosocial) hasta el momento de su fundación. Pero su relación con la Iglesiasiempre conservó las distancias, y no aceptaron nunca la intervención de lajerarquía en las decisiones del partido. No obstante, muchos de sus planteamientosdoctrinales están inspirados en la doctrina social de la Iglesia;conceptos como ‘la persona humana’, ‘dignidad de la persona’, ‘Estado’,‘solidaridad’, ‘subsidiaridad’, ‘el trabajo’, ‘el bien común’, ‘la propiedad privaday su dimensión social’, ‘la autoridad’ están trabajados al interior del partidocon una fuerte inspiración católica.

En cuanto a su relación con la Unión Nacional Sinarquista, hay diferenciasmuy claras entre estos dos proyectos que surgieron casi al mismotiempo. De hecho existe la creencia de que el PAN nació de la organizaciónsinarquista. Soledad Loaeza[33] aclara que fueron dos caminos distintos, quecoincidieron en algunos aspectos, pero nada más. Mientras que en la UNSmilitaban los católicos más recalcitrantes, y el movimiento era una respuestadel catolicismo ultraconservador a la Revolución, situación que lo obligaba,de cierta forma, a ser una organización de masas, el PAN “aspiraba a ser unpartido de cuadros”.[34]

Antes de continuar y pasar a una etapa más turbulenta como lo fue la década de 1960, habría que detenerse y hacer algunas precisiones de lo ya expuesto. Es evidente, y no es nuestra intención equiparar o igualar estas prácticas sociales de la Iglesia que estamos reseñando. Lo que queremos destacar son aquellos aspectos que nos parecen comunes en ellas. Una es la movilización que produjeron en buen número de católicos: con diferentes objetivos y métodos fueron capaces de organizarlos para demandar, de diversas maneras, reformas y cambios a una ley que les afectaba como miembros de la Iglesia. En este caso, el enemigo a vencer era un gobierno acusado de socialista y de ateo; el fantasma del socialismo rondaba siempre en las acciones de este catolicismo social de la primera mitad del siglo XX.

La causa anticomunista planteada por León XIII, y por sus sucesores, fue uno de los temas –y aún lo sigue siendo– más abordados y movilizadores de esta época y de estos movimientos. Desde las Semanas católico-sociales hasta la formación del PAN, ser antibolchevique era nota característica de un católico comprometido y preparado.

Sus objetivos, metas y métodos podían discrepar, pero todos coincidían en querer incidir en lo social, que a veces era traducido por lo político, o simplemente señalado como una cuestión cívica. Aquí lo social, la acción social, el pensamiento social, no tiene fronteras muy claras y definidas. Los católicos en esta época tenían claro que toda actividad que los involucrara más allá de las prácticas religiosas específicas era considerada una acción social, y podía llamarse con propiedad catolicismo social.

Otro aspecto que hay que considerar, es que este trabajo que la Iglesia realizó, siempre estuvo avalado, animado, legitimado por algún sector de la jerarquía eclesiástica. Aun el PAN tiene, en el pensamiento de sus fundadores, reminiscencias de esta preocupación de la Iglesia por las cuestiones sociales.

 

La teología de la liberación

 

En la década de los sesenta varios acontecimientos eclesiales revolucionaron al mundo católico: el Concilio Vaticano II con sus novedades y cambios, su reconocimiento del mundo moderno y su intento de dialogo con él. La Conferencia de Obispos Latinoamericanos en Medellín y su radicalidad en torno a la opción preferencial por los pobres, y su aceptación gustosa de las comunidades eclesiales de base y la teología de la liberación. Estos acontecimientos fueron la plataforma de un trabajo social de profundas raíces y efectos transformadores en la realidad no sólo latinoamericana sino de todo el orbe católico.

Al mismo tiempo numerosos movimientos sociales y eclesiales demandaban una mayor participación en las decisiones, una colegialidad efectiva, cambios en las estructuras sociales y económicas y un mayor acercamiento y apertura al socialismo. Éste comenzaba a ser visto como un método adecuado para mejorar la situación en la que se encontraban grandes sectores de la población.[35] Como resume Juan José Tamayo,

[...] la situación de pobreza estructural del continente, agudizada en los años sesenta con la política desarrollista, la irrupción del pobre en la historia, la aspiración de los oprimidos a liberarse de sus cadenas, el nacimiento de los movimientos populares de liberación, la presencia activa de los cristianos en los procesos históricos de liberación y el compromiso del conjunto de la Iglesia latinoamericana en la defensa de las mayorías populares ejercieron una influencia decisiva en el cambio de discurso cristiano y en la génesis de una nueva hermenéutica de la fe, llamada teología de la liberación.[36]

Las comunidades eclesiales de base, herederas de los círculos bíblicos y del método jocista para hacer análisis de la realidad (ver, juzgar, actuar), fueron verdaderas escrutadoras de los signos de los tiempos –aporte fundamental del Vaticano II. La teología de la liberación que “aparece como teología orgánica de esas comunidades. Sin ellas, la TL difícilmente hubiera tomado tierra y se movería en un horizonte eclesiológico abstracto”.[37] En una mutua interdependencia, como señala P. Richard, revolucionan al mundo católico:

La comunidad es la expresión teórica, material y orgánica de esa fuerza espiritual y teológica de los pobres y oprimidos. La teología de la liberación, si busca discernir, explicar y sistematizar este “potencial evangelizador de los pobres”, debe constituirse en la teología orgánica de las comunidades eclesiales de base, en la teología que crea el espacio teórico que permite el surgimiento de las comunidades eclesiales de base y que, a su vez, mantiene viva y en continuo desarrollo la misma teología de la liberación.[38]

El método y la novedad de la TL se centran en una idea muy sencilla que los obispos en la CELAM de 1968 expresaron como uno de los signos de los tiempos: “los pobres, los marginados del sistema, los sin voz, los no-hombres, que vivían en su mayoría, en el Tercer Mundo. Y [ahora] desde ese signo mira al mundo, relee la historia, juzga a los culpables, interpreta la realidad, reformula el mensaje cristiano y pretende transformar la vida”[39].

 En México la iniciación y la entrada de esta teología comenzó con la organización del Primer Congreso Nacional de Teología en 1969, organizado por la Sociedad Teológica Mexicana. Dos años antes, en 1967, en la diócesis de Cuernavaca los trabajos de los padres Rolland y Genoel marcan el inicio de las comunidades eclesiales de base. En sus inicios también participan los padres Rogelio Orozco y José Marins; este último trajo la experiencia de las comunidades brasileñas a México.

A partir de su instauración se inició un trabajo social y un compromiso político sin precedentes en la historia de nuestro país. A este trabajo también se le asoció con la doctrina social de la Iglesia, por lo que también fue llamado catolicismo social.

 

Las críticas

 

Una de las críticas más agudas que se hacen de la teología de la liberación se encuentra en la voz de Joseph Ferraro. Él dice que al formar parte de este cuerpo de doctrina llamado doctrina social, la teología pierde totalmente su esencia y se convierte en planteamientos reformistas del capitalismo. Señala:

[...] ambas conferencias[40] no dejaron dudas en cuanto a la inaceptabilidad por parte de la Iglesia de una solución marxista a los problemas sociales del área, y propusieron como medio para resolver estas cuestiones la doctrina social de la Iglesia (CELAM, 1980: “Justicia”, 6, 10, 3; 472, 475, 492). En tanto que los teólogos de la liberación en general aceptan los programas del Vaticano II, Medellín y Puebla, es decir, programas reformistas del capitalismo orientados a salvar el sistema durante una temporada de relativa crisis, debe quedar claro que su teología es una extensión de la ideología burguesa.[41]

            Por su parte, Ana María Ezcurra en su libro La doctrina social de la Iglesia. Un reformismo antisocial[42] hace una crítica de esta doctrina señalando que se propone como la solución a los problemas de la sociedad, “la alternativa” a los modelos económico-sociales ya propuestos: el capitalismo y el socialismo. La doctrina se ha convertido en un metadiscurso, que pretende resolver todos los problemas económicos y sociales de la humanidad desde una perspectiva que se ve a sí misma por encima de cualquier otra, sea esta social, científica o de tipo religioso. Se propone por encima de cualquier otro discurso, y con pretensiones de inmutabilidad. Como ya hemos visto, desde sus inicios en 1891, con la encíclica papal, esta enseñanza no tiene problema en mostrarse como enemiga y dique contra el socialismo, el comunismo o el colectivismo.

Por ejemplo, los teólogos de la liberación nos remiten al pasado de esta teología, y nos dicen que se encuentra en la tradición de la doctrina o enseñanza social cristiana; por otro lado, ésta es criticada por su reformismo y antisocialismo o antimarxismo radical. De tal forma que a ninguna de las dos se les considera coherentes. ¿Cómo conciliar tal oposición? Consideramos que hay un elemento que resulta vital para entender esta conexión entre diversos movimientos y organizaciones de diverso cuño, y que hemos visto hasta ahora.

Dicho elemento es, que toda incidencia de los laicos, sacerdotes y religiosos en un ámbito fuera del propiamente espiritual es considerada social. Son,como las hemos llamado aquí, prácticas sociales de los católicos. Ante estonos surgen las preguntas: ¿qué es lo social?, ¿cuáles son sus límites?, ¿cuál esel campo específico de lo social?

Parece que lo social es: trabajar con y por los obreros y campesinos, en una palabra: los pobres. Es satisfacer, aunque sea parcialmente, sus necesidades (alimentarias, de ahorro, de trabajo, de vivienda, etcétera). Es buscar reformas participando en las estructuras gubernamentales o siendo parte del gobierno. O es organizar sindicatos, cooperativas y cajas de ahorro. También es enfrentarse al gobierno y al Estado en busca de satisfacer demandas de justicia sentidas y profundas.

Nos llama la atención el abanico de posibilidades, parece que en un mismo costal cabe todo. Por ejemplo, en el libro que compila Roberto Blancarte titulado El pensamiento social de los católicos mexicanos, caben movimientos tan opuestos como el Opus Dei y las comunidades eclesiales de base. Y los dos son considerados catolicismo social, aun cuando sus proyectos son totalmente antagónicos.

Hemos planteado que las prácticas sociales de los católicos son acciones concretas, es una movilización que tiene objetivos múltiples y diversos. Una forma de caracterizar a estos movimientos es destacando algo que tienen en común: una acción que tiene incidencia social. Por ejemplo, cuando los teólogos de la liberación declaran que “su” teología se inserta en la tradición de la Iglesia, es probable que más bien se refieran a las prácticas sociales, a las acciones de centenas y centenas de laicos y clérigos que han optado por los que menos tienen y han hecho algo, aun a costa de su prestigio, de su estabilidad y de su vida. Y no a la tradición anticomunista o antisocialista, como tampoco a aquella que defiende a un Estado capitalista reformado, humanista y cristiano. Bajo el término social conviven diversos proyectos, con diversas finalidades, y de orígenes distintos.

Si nos quedamos únicamente con la explicación de los teólogos, no podríamos comprender de dónde salió esta gran fuerza creativa y radical de muchos de los movimientos que hemos reseñado: los círculos obreros, el SSM, incluyendo a las mismas CEB’s. ¿De dónde surge su contestación a la autoridad y la insubordinación, sus rasgos de autonomía? Lo que está en juego es la iniciativa y el trabajo de muchas mujeres y hombres que se encuentran construyendo el Reino de Dios, la utopía. Y esto es válido para todos estos movimientos y organizaciones. Es decir, hay algo más que las declaraciones oficiales de la jerarquía eclesiástica –como las CELAM o el Vaticano II–, aun habría que decir que hay algo más que los planteamientos de los diferentes teólogos e ideólogos de la Iglesia, incluyendo a los de la liberación.

Existen prácticas sociales que corren paralelas a las teorías y los discursos. Lo que tratamos de sostener es que hay un conjunto de prácticas y acciones que son las que nutren este llamado “catolicismo social”, y que éstas son, hasta cierto punto, independientes de cualquier teorización. Las acciones de los sujetos colectivos involucrados siempre se desbordan más allá de la institución, son, en este sentido, verdaderamente instituyentes.[43]

Hemos puesto el acento en el catolicismo social y hemos tratado de ubicarlo en la historia del país, justo como un conjunto de ideas, de directrices –de rasgos multifacéticos– que de una u otra manera han movilizado a los católicos. Una movilización que comienza de manera particular desde aquella famosa encíclica de León XIII, la Rerum Novarum. Hemos mostrado al Secretariado Social Mexicano como uno de los grandes protagonistas de la historia de la Iglesia en México, y de la historia social y política del país; acompañando, asesorando, dirigiendo, creando, promoviendo diversas iniciativas, todas ellas de un tono social. Desde los años veinte hasta los años setenta del siglo XX su presencia no es mínima, ni intrascendente.

La movilización de todos estos católicos mediante estas organizaciones, que hemos reseñado brevemente, tiene su origen en este catolicismo social: los círculos obreros, los congresos agrícolas, las cooperativas, la Acción Católica, la Juventud Obrera, los sinarquistas, el Partido Acción Nacional, la teología de la liberación, las comunidades eclesiales de base, el propio Secretariado Social. Su capacidad de autonomía, de contestación, de no sometimiento, nos remiten a esa capacidad instituyente que contienen los grupos, y más aún cuando en ellos subyace un proyecto, el cual se alimenta de diversas fuentes. Resulta indispensable y necesario pensar en las dimensiones utópicas de este tipo de movimientos, para poder entender su funcionamiento y su contribución a la vida social y política del país. Entender su capacidad de crear, de imaginar, de producir nuevas formas y modelos sociales, formas de relacionarse y de relacionarse con los otros, y de permanecer en el tiempo.

 



[1] Profesor-investigador en el Departamento de Educación y Comunicación, UAM-Xochimilco. Escribió este artículo en la revista Política y Cultura, núm. 31, 2009, pp. 139-159, UAM- Xochimilco

[2] La teología de la liberación tiene sus orígenes en la década de 1960, y su presencia se mantiene incluso hasta la reciente década de 1990.

[3] Diversos autores han realizado este trabajo. Cfr. Roberto Blancarte (comp.), El pensamiento social de los católicos mexicanos, México, FCE, 1996; Miguel Concha Malo et al., La participación de los cristianos en el proceso popular de liberación en México (1968-1983), México, Siglo XXI Editores, 1986; Luis G. del Valle, “Conciencia cristiana y compromiso sociopolítico”, en Martín de la Rosa y Charles A. Reilly (comps.), Religión y política en México, México, Siglo XXI Editores, pp. 328-341.

[4] Este artículo es una reflexión sobre el catolicismo social del cual el Secretariado Social Mexicano forma parte. En mi tesis de maestría titulada “El Secretariado Social Mexicano. Los orígenes de la autonomía 1965 1973”, México, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2000, he desarrollado en extenso la historia de este organismo de la Iglesia y sus efectos en la vida social y política del país, así como el proceso por medio del cual logró distanciarse de la jerarquía eclesial.

[5] Aquí es preciso señalar dos cosas: una es que sin ser acciones que sean excluyentes de otros credos o ideologías, lo cierto es que están pensadas para el beneficio, en primera instancias de los católicos. En segundo lugar, en un país como México, y en buena medida a escala mundial, se ha estimado siempre una mayoría católica, que tal vez se ha visto mermada hacia el final del siglo XX.

[6] Nos referimos a las motivaciones particulares de cada grupo u organización. Que puede ser el ideario de su fundador, su interpretación particular del evangelio o el encargo recibido por el Papa o los obispos, etcétera.

[7] De acuerdo con el diccionario, una acción es el efecto de hacer, es un hecho, un acto.

 

[8] John Cornwell, El papa de Hitler. La verdadera historia de Pío XII, traductor Juan María Madariaga, España, Planeta, Biografías, 1999, p. 25.

[9] Entre los principales se cuenta a Manuel Ceballos Ramírez, El catolicismo social: un tercero en discordia. Rerum Novarum, la “cuestión social” y la movilización de los católicos mexicanos (1891-1911), México, El Colegio de México, Centro de Estudios Históricos, 1991; y Jorge Adame Goddard, El pensamiento político y social de los católicos mexicanos, 1867-1914, México, IMDOSOC/UNAM, 1991.

[10] Cfr. Varios autores, Manual de doctrina social cristiana. Los grandes principios de la doctrina social cristiana, México, IMDOSOC, 1989. Este origen se ha señalado también en varias de las encíclicas papales posteriores a la de León XIII, hasta llegar a Juan Pablo II.

[11] Esta idea es expresada en varios de los documentos papales.

[12] Hasta cierto punto esta es la motivación que tiene el Partido Acción Nacional (PAN) para buscar el acceso al poder, y que se concreta en 2000 con Vicente Fox.

[13] En 1868 se creó en México la Sociedad Católica de la Nación Mexicana, en cuyas filas muchos conservadores encontraron el medio para hacer algo por el país, no obstante se abstuvieron de la política y se centraron en la educación (Cfr. Jorge Adame Goddard, El pensamiento político y social..., op. cit.

[14] Cfr. Manuel Ceballos, El catolicismo social..., op. cit., y Jorge Adame Goddard, El pensamiento político y social..., op. cit.

 

[15] En 1903, 1904, 1906 y 1909.

[16] En 1904, 1906 y 1907.

[17] En 1908, 1910, 1911 y 1912.

[18] Bernardo Bergöend, citado en Andrés Barquin y Ruiz, Bernardo Bergöend S.J., México, Jus, 1968, p. 28. Los subrayados son míos.

 

[19] Ibíd., p. 20. Los subrayados son míos

[20] Pastoral colectiva del Episcopado Mexicano sobre la Acción Social en Asuntos Sociales, México, septiembre 8 de 1923, fotocopias. El subrayado es mío.

[21] Organización fundada por inspiración del padre jesuita Bernardo Bergöend.

 

[22] José Miguel Romero de Solís, El aguijón del espíritu: historia contemporánea de la Iglesia en México, 1892-1992, México, IMDOSOC, 1994, pp. 232-233.

[23] Ibíd., p. 265. Los subrayados son míos.

[24] El movimiento cristero ha sido bien documentado por Jean Meyer en su trabajo sobre La cristiada; y abordado también en un buen resumen por José Miguel Romero de Solís, El aguijón del espíritu..., op. cit. Mientras que el Vaticano se pronunció claramente en apoyo a los cristeros y a la jerarquía católica mexicana, alentando la confrontación, y con base en la idea de que el nuevo gobierno nacido de la Revolución era socialista. Al mismo tiempo no tuvo empacho en relacionarse con gobiernos totalitarios como los que hubo en Italia, en Alemania o en la España franquista. Ni qué decir cuando en la década de 1970 mantuvo relaciones con las dictaduras militares en Chile, Argentina y Brasil. Es decir, el rechazo al socialismo es uno de los pilares sobre los cuales trabaja la Iglesia, a costa de lo que sea.

 

[25] Cfr. John Cornwell, El papa de Hitler..., op. cit., pp. 132 y ss.

[26] José Miguel Romero de Solís, El aguijón del espíritu..., op. cit., p. 364.

[27] Martha Patricia Torres Meza, “El proyecto social y político de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, 1925-1929”, México, tesis de maestría, Instituto Mora, 1998, p. 102. Los paréntesis y el subrayado son míos.

[28] Manuel Canto Chac y Raquel Pastor Escobar, ¿Ha vuelto Dios a México? La transformación de las relaciones Iglesia Estado, México, UAM-Xochimilco/CAM, 1997, p. 53. El subrayado es mío.

[29] José Miguel Romero de Solís, El aguijón del espíritu..., op. cit., p. 361. Los subrayados son míos.

 [30]Ibíd., pp. 397-398.

 [31] Soledad Loaeza, El Partido Acción Nacional: la larga marcha, 1939-1994. Oposición leal y partido de protesta, México, FCE, 1999, p. 107. El subrayado es de la autora.

[32] Ibíd., p. 116. El subrayado es mío.

[33] Cfr. Soledad Loaeza, El Partido Acción Nacional..., op. cit.

[34] Ibíd., p. 160.

 

[35] Rodolfo Soriano Núñez explica que al hacer teología, desde la nueva perspectiva que ofrece el Vaticano II, los teólogos tienen más margen de acción. Identifican una dualidad en la realidad: por un lado se encuentra la voluntad de Dios y en el otro está una situación de pecado, la reflexión teológica llama a corregir las incompatibilidades que existen entre ambos polos. Es un llamado a la conversión. Esta conversión, en el nuevo modo de hacer teología, supera el ámbito de lo individual o de lo comunitario y se instala en una nueva dimensión, la del orden social. Ahora bien, esta nueva reflexión ya no condena de antemano al marxismo, sino que acepta participar en su reflexión, la promueve y la adapta. En síntesis, hay una disposición al diálogo con otras corrientes de pensamiento que abordan lo social (cfr. En el nombre de Dios. Religión y democracia en México, México, IMDOSOC/Instituto Mora, 1999).

 

[36] Juan José Tamayo Acosta, Para comprender la teología de la liberación, España, Verbo Divino, 1989, p. 53.

[37] ibíd. P.47

[38] Citado en Ibíd. p. 43, nota al pie núm. 16.

[39] Ibíd. P.43

 

 

[40] Se refiere a las Conferencias de Obispos (CELAM): Medellín 1968 y Puebla 1979.

[41]Joseph Ferraro, “La teología de la liberación, ¿una extensión de la ideología burguesa?”, en Joseph Ferraro (coord.), Debate actual sobre la teología de la liberación, México, UAM Iztapalapa, 2003, p. 237.

[42] Cfr. Ana María Ezcurra, Docdtrina Social de la Iglesia. Un reformismo antisocial, México, Nuevomar/ 115-UNAM, 1968

[43] Cfr. René Lourau, El análisis institucional, traductora: Noemí Fiorito de Labrune, Buenos Aires, Amorrortu, 1975; y Cornelius Castoriadis, “Institución primera de la sociedad e Instituciones segundas”, en Cornelius Castoriadis, Figuras de lo pensable (Las encrucijadas del laberinto VI), traductor: Jacques Algasi, Buenos Aires, FCE, pp. 115-126.

 

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