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El ilustrísimo señor don Ignacio Mateo Guerra y Alba

Dignísimo primer obispo de Zacatecas (3ª parte)

Anónimo[1]

 

Una semblanza humana y los vericuetos del tiempo, tejen la urdimbre vital del primer obispo de Zacatecas, según lo da a conocer el anónimo autor de esta biografía, su discípulo en el seminario y gran admirador de su obra, según deja entrever su testimonio.

 

 

Perfil humano y dotes como pedagogo

El señor Guerra tenía una conversación fácil, amena y variada; muy conocedor de los hombres sabía atemperar su lenguaje a la clase de personas con quienes hablaba. En sus círculos de familia y de amistad íntima ejercía una influencia irresistible por la energía de su expresión. Dotado de una imaginación viva, como la de un francés ardiente, como la de un oriental, sabía hacer uso de estos recursos con oportunidad y revestía sus conceptos de tan felices imágenes que daba el colorido de una encantadora poesía a las materias que eran susceptibles de tal decoración. Esta facilidad hacía que muchas veces en la conversación familiar la narración de un suceso interesante tomara los tintes de una verdadera poesía descriptiva. En alguna ocasión le oímos referir una catástrofe lamentable acontecida en una hacienda interior. Fue una inundación causada por el desplome de una gran presa cuyas aguas al precipitarse en revuelto torrente destruyeron edificios, arrasaron sementeras, talaron campos, arrastraron ganados y arrebataron muchas personas. La descripción que el señor Guerra hacía de aquel cuadro de exterminio y desolación era tan viva, tan animada, recargada de tal manera con todas las luces y sombras propias de tal decoración y tan rápida en su desarrollo, que nos inspiro un terror como sí nos encontráramos en medio del cuadro descrito; creíamos sentirnos arrastrados por la violencia del torrente, y escuchar los ayes de los que se ahogaban y los mugidos y balidos de los ganados arrebatados y el siniestro estrépito de los objetos que se chocaban entre las revueltas aguas de aquel diluvio en miniatura.

En cuanto a la enseñanza científica, el señor Guerra, desempeñando su cátedra de Derecho canónico, nada dejaba que desear. Profundo conocedor de su facultad y ejercitado por largo tiempo en el magisterio, tenía gran facilidad en su desempeño. Dirigía a sus discípulos en el estudio de la legislación eclesiástica por las sendas de la historia de la Iglesia y a la luz de una crítica sana; disertaba profundamente sobre la disciplina; hacía notar su desarrollo, sus cambios, el espíritu que dominaba en ella la razón de ser de toda innovación; y llevaba como por la mano hasta las fuentes originarias de la ciencia. Inculcando con frecuencia la importancia de aquel aforismo: “Distingue tempora et concordabis jura”, hacía sentir la necesidad imprescindible del estudio de la historia y de la filosofía del derecho para no reducir la ciencia canónica a un empírico e indigesto casuitismo. El gusto de oír de boca de tal maestro una digresión histórica o un juicio razonado sobre alguno de tantos personajes célebres como a cada paso se presentan en la historia de la Iglesia, compensaba con usura de todas las penalidades que para los jóvenes trae consigo el estudio grave de materias poco floridas. En su método didáctico campeaban sobre todo las inestimables cualidades de una escrupulosa precisión y exactitud, combinadas con una claridad y sencillez inimitables. Su saber, su celo y su método le proporcionaron la satisfacción de ver, a vuelta de algunos años, aprovechados sus trabajos en varios de sus discípulos que ocupan actualmente en la Iglesia una posición respetable y justamente merecida.

Tantas dotes preciosas hicieron que el que las poseía sin saberlo, fuera amado entrañablemente por sus discípulos, quienes aún después de muchos años buscaban su consejo, su dirección y su amistad. El señor Guerra se prestaba gustoso a la continuación de esas relaciones antiguas y le era muy grato oírse llamar mi maestro y mencionar a sus discípulos con este hombre sin que en ello hubiese un solo ápice de vanidad Sólo había en esto el sentimiento dulce de un vínculo afectuoso que en su diuturnidad adquiría un nuevo prestigio. Para el señor Guerra no había afectos pasajeros ni de fórmula convencional; el afecto que una vez había encontrado asiento en su corazón allí se conservaba siempre; fino, delicado, generoso. Esto nos hace creer que su noble alma debe haber tenido mucho que sufrir con esos desengaños tan comunes en la vida con esas ingratitudes que jamás faltan para lacerar un alma profundamente sentimental.

 

Ministro sagrado ejemplar

El señor Guerra era la bella realización del sacerdocio católico en las relaciones que deben ligarle con la sociedad en cuyo favor se sacrifica. El sacerdote católico secuestrado por la naturaleza de su misión y la pureza que demanda su ejercicio a ciertos vínculos y a los goces que ellos aseguran concentra en su corazón todos los afectos legítimos de que es capaz; forma con ellos un tesoro de cuya dispensación se encarga la caridad; y esa dispensación tiene caso en todos los puntos y momentos de contacto del sacerdote con su pueblo. Por esto el sacerdote que predica, ama a su auditorio; y el que confiesa, llama sus hijos a los penitentes; y el que enseña, se apasiona por sus discípulos; y el que preside a los instantes postreros del hombre que muere, es el primero que derrama el consuelo sobre una familia desolada. Y como los vínculos contraídos por tales afectos tienen algo que los pone sobre la carne y la sangre esos vínculos se salvan y se conservan a través del tiempo y de los cambios de la vida; a los afectos del sacerdote la caridad con su sello de fuego imprime un carácter profundo indeleble. Esto explica por que el señor Guerra recordaba con gusto a sus discípulos de 1832 y honraba con su afecto a los de 1849; y hablaba con interés de sus feligreses de Asientos y mencionaba con amor su curato de Matehuala.

Presidiendo este señor la cátedra de Derecho canónico y siendo prebendado de la Catedral de Guadalajara a principios de 1848 hizo oposición a la canonjía penitenciaria cuyas funciones desempeño con un brillo honroso; pero que a nadie sorprendió, porque era esperado por todos. Ese desempeño hizo que le fuera concedida la expresada canonjía de oficio en 1º de mayo del mismo año de 48; y la sirvió hasta el 15 de febrero de 1859 en que fue promovido a la dignidad de Maestrescuelas de la cual tomó posesión en 17 del mismo mes y año.

El oficio de Penitenciario lo desempeñó con la asiduidad y eficacia que le caracterizaba en el cumplimiento de todos sus deberes y sin limitarse el tiempo que le bastaba canónicamente para dar por fungido el oficio. El trabajo del confesonario le era particularmente molesto; porque debilitado de un oído, cuando tenía que escuchar a un penitente por el lado enfermo mediante una posición muy forzada volvía la cara para aplicar el oído sano; y en postura tan violenta pasaba horas largas cuando era necesario.

Pero no eran estas las fatigas más laboriosas que el señor Guerra debía llevar sobre sí. Sus virtudes, su saber, su aptitud para el gobierno, debían ser desarrollados en una esfera más extensa. En 25 de octubre de 1853 fue nombrado Provisor y Vicario general del ilustrísimo señor obispo de Guadalajara, doctor don Pedro Espinoza, y conservó este nombramiento hasta su promoción al episcopado. En el desempeño de las funciones de aquellos cargos durante tanto tiempo tuvo que poner a pruebas frecuentes y duras la prudencia la dulzura la justificación y la firmeza que le adornaban. Quien tenga idea de lo que es un Provisor y Vicario general así como de la importancia de la Mitra de Guadalajara, podrá también formar juicio de la multitud y gravedad de ocasiones que el señor Guerra tendría para ejercitar sus virtudes todas por espacio de diez años.

 

 



[1] Esta semblanza se publicó en el periódico ‘La Voz de México’ y del texto se hizo una edición por separado en el año de 1871.

 

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