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Alocución en el funeral del obispo Cabañas

José Miguel Gordoa[1]

 

Gracias al invaluable apoyo del señor presbítero don José Gracián Ordaz, ve la luz, por vez primera, traducida al español del original latino, la oración fúnebre que desde el púlpito de la catedral de Guadalajara pronunció su autor, uno de los más cercanos colaboradores del obispo Cabañas y su sucesor, al cabo de una larga sede vacante, en la cátedra episcopal tapatía. Retórica y ampulosa, esta pieza literaria contiene, sin embargo, algunos pasajes luminosos para entender un poco la rica personalidad del último obispo peninsular que tuvo Guadalajara

 

Exordio

¿Tenía que tocarme a mí esta suerte cruel y amarga? ¿A mí, el menos idóneo y el más herido por el enorme sufrimiento? Desde esta mi amarguísima pena, me veo obligado, entre los demás, a hablaros del gran Príncipe de la Iglesia fallecido, el más respetable y magnífico que han contemplado no diría nuestros tiempos, sino también los anteriores.

Poseído como estoy de tan gran congoja, podría excusarme en ella de este deber sin sentirme culpable de ingratitud y vosotros, por otra parte y con toda razón, esperaríais escuchar mi voz a punto de enmudecer, mis labios hipando sollozos y quejas o emitiendo, en medio de lágrimas y con expresión entrecortada, lamentos apenas perceptibles.

A pesar de ello, estupefacto y estremecido en todo mi ser, en el ocaso de este día en extremo amargo y lacrimoso, asumiré en este funeral, la triste y funesta obligación que se me impone de sepultar a mi padre.

Cierto es que con frecuencia y en muchas ocasiones hemos visto incontables calamidades y sucesos crueles, pero ahora, en medio de esta borrasca, el cúmulo de males excesivos es tanto que ningún mortal podría, sin sentir pavor, pensar en algo más triste y más grave y menos aun atraparlo con los sentidos.

Porque partió el excelentísimo e ilustrísimo prelado de la Iglesia de Guadalajara, el señor don Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo.

¿Dónde, me pregunto, se ha de encontrar? Se retiró de la vida, ya no está ¡Oh, mal inaudito y atroz! ¡Oh, atrocidad infausta y cruel! ¡Oh pérdida incomparable como no la hubo en todos los tiempos! ¿Cómo encontraremos fin a nuestro luto o quien, no digo consolará, al menos suavizará este sufrimiento?

Por una parte, se arrebata a la Iglesia tan gran prelado; por otra, se nos despoja dolorosamente de su presencia; y en orfandad tan grande, con lamentos llenos de angustia y aflicción, apenas ahora nos damos cuenta que junto con él perdimos el total de nuestros gozos. Lentamente advertimos y con toda claridad y abiertamente confesamos, que jamás recibirán nuestros corazones ninguna herida más amarga a la hoy experimentada.

 

Tesis

¿Pero qué pretendo? ¿Subí a esta cátedra sagrada a ensanchar la amarga herida ante la muerte del óptimo príncipe, a aumentar los dolores y los afligidos lamentos, el llanto y la amargura de todos los buenos? ¿No lo hice más bien para exaltar de palabra sus virtudes excelsas y sus dotes eminentes?

Mis palabras, según convenga, serán alegres para la circunstancia o benignas a tenor de mi singular admiración y cariño hacia el fallecido; no sin lágrimas acomodaré a las exequias la alabanza fúnebre.

Hubiera deseado con vehemencia testificar en otras circunstancias la grave y difícil misión de llorar en público o que una voz más potente y capaz honrara la memoria del insigne difunto, mas ya que esto no es posible, disponeos a escuchar, con expresiones inconexas y toscas, un bosquejo de sus ciudades.

El nombre de Juan, relevante desde hace mucho, se consagró a la eternidad y está totalmente exento del olvido ya que casi todos los talentos de nuestro prelado manaron de él como de una fuente y son la base de su memoria imperecedera.

Me esforzaré, pues, por demostrar que en Juan hubo un ejemplar excelso y valiosísimo de príncipe de la Iglesia, sobre todo porque entre otras virtudes gobernó su diócesis con una prudencia magnánima y casi divina, y se esforzó en cuanto pudo por conservarla libre del contagio de los errores que amenazan por todas partes, protegida y asegurada en la fe católica, de tal manera que no se queda a la zaga de ninguno de sus predecesores que sobresalieron por su notoriedad.

 

Captatio benevolentiae

Pero en el mismo principio del discurso duda el ánimo y estoy indeciso acerca de donde debo iniciar su alocución: si es necesario recorrer y tratar la gloria de su patria, su antigüedad y nombre; o bien, contemplar el origen noble de sus ancestros o el lustre y brillo de su familia. De todas partes nos sale al encuentro una inmensa cosecha de alabanzas, aunque para una inmarcesible gloria interesa poco o nada en que región nació alguien, más aún, de qué padres o de que parentela procede; aún los datos sobresalientes de la persona o de las virtudes del más famoso nunca estuvieron ligadas al lugar de su nacimiento. A despecho de los orígenes, una y otra vez vemos que no pocos, lejos de poseer desde la cuna nobleza y prosapia, han deshonrado a sus progenitores y parientes y se han hecho indignos para la gente proba, llevando un modo de vivir criminal, infame y despreciables.

Así, nuestro prelado es más merecedor de alabanza porque no adquirió su dignidad y su gloria de su patria, de sus ascendientes y de sus antepasados, aunque de hecho sean ilustres, sino más bien dio un honor inmortal a sus padres y parientes, más aún a la misma España, puesto que a tal grado resplandecieron y brillaron sus manifestaciones insignes de virtud y verdadera sabiduría que si le hubieran tocado padres y parientes de gente miserable y despreciable, los hubiera hecho a todos ilustres.

Por tanto, confiado no en mis facultades, que no valen nada, sino en el auxilio de Dios Todopoderoso y esperando vuestra benevolencia, me ha parecido empezar allí de donde se origina la verdadera alabanza y la gloria perenne de los pastores.

 

Pruebas

 

Infancia y primera instrucción

Habiendo comenzado nuestro Juan a disfrutar del aliento vital el día 3 de mayo del año 1752, nada aparecía en él de lo que en los demás niños es normal encontrar; no ciertamente algún atractivo por el placer, no costumbres inclinadas al libertinaje, no osadía apoyada en la impunidad ni, finalmente, algún rastro favorable de la fortuna  impreso en su ánimo; eso sí, desde niño se acostumbró a menospreciar y a superar con una constancia invencible las necesidades de la naturaleza que solemos satisfacer sin ser vituperados.

Apenas cumplidos 12 años de vida, ya se había granjeado la simpatía y la admiración muy merecida de toda la gente prudente en reconocimiento a su sólida virtud, a su inmejorable erudición, verdaderamente brillante, a su devoción acendrada para Dios y a sus finísimas y atractivas costumbres.

Ya desde la niñez, gracias a las mociones con las cuales sus padres y sus piadosos formadores se esforzaron en modelar su tierno corazón para dar buenos frutos, aparecieron indicios de su excelsa índole y de su singular ingenio. Estaba dotado de hermosísimas dotes de alma y cuerpo, y gracias a esto sus maestros tenían expectativas con firme esperanza, que desde esa tierna edad podría llegar a un gran éxito en los estudios, y se prometían cosas admirables de él y de sus excelsas dotes.

En efecto, con tanto ahínco se dedicó a todas las ciencias, que ganaba el premio a muchos siendo aún joven, y después, tanto progresó en sobresalir en las ciencias eclesiásticas que muy pocos le igualaban y nadie, nadie le superaba, aunque por otro lado tampoco nadie quiso aparentar un amplio saber inferior al de él, y así no faltó un cumplimiento al feliz augurio tan alegre y afortunado.

Cuando aún no salía de la adolescencia, realizó avances muy rápidos con máximo aprovechamiento en literatura, con los aplausos y la aprobación de sus compañeros, y el que había aprendido con avidez y de una manera portentosa  casi todas las ciencias eclesiásticas, había también acumulado un tesoro de múltiple erudición, que enriquecía a diario con nuevas adquisiciones y de una manera más admirable lo conservó con un orden armonioso y claro, y lo que parecerá raro e increíble, recordaba ya en la ancianidad, más aún, hasta su último aliento, sin perder un ápice el vigor de su mente, todo lo que había aprendido con su muy perspicaz ingenio, lo que había proyectado, lo que había observado, tanto las cosas importantes como las pequeñas y nimias, y no se borraron de su mente ni con el transcurso del tiempo ni con la lejanía, por lo tanto cuando se requería o había oportunidad, recordaba esas cosas con una elocuencia prolija y con un decir ordenado, lo cual, si alguna vez se reconoce en el transcurso de los siglos, siempre lo admirará la posteridad.

Nunca fue inclinado a las ligerezas a las que invita la adolescencia principalmente; no a las delicias y placeres que influyen mucho para debilitar el vigor de la voluntad y socavar la fuerza de la virtud, ni a las reuniones y ligerezas y más exactamente, torpísimas infamias en las que quedan aprisionados no pocos jóvenes, entregándose a esclavitud abyecta y sucia para poder dar gusto a sus antojos con más libertad y seguridad, con la apariencia de una vida recta y culta, arrastrándose miserablemente, sino que más bien él refrenaba con finas amonestaciones, con piedad a los impíos, con vergüenza a los impúdicos, con urbanidad a los mal educados, con prudencia a los impetuosos, con mansedumbre a los audaces y a todos los que lo trataban, sobresaliendo y brillando con una admirable compostura y esto es digno de mayor alabanza, porque apreciamos que se debió no a la debilidad o a la necedad, no a la falta de aptitud o a la perversidad, sino a la piedad y a la grandeza de alma, que solamente puede provenir de la virtud y del anhelo de progresar más y más en el servicio a la Iglesia, enriquecido con un gran tesoro de sabiduría, a lo cual ya había determinado entregarse todo él, de muy buena voluntad.

Pues aunque dotado de un ingenio y no menos de una elegantísima presencia corporal, le sonrió también la apariencia atractiva de las delicias de fortuna degradante, pero supo sortearlas con los caudales egregios de alma y cuerpo que incrementó y acrecentó de forma óptima, con el esplendor de una esmerada y completa educación, tanto moral como social.

 

En las aulas universitarias

Considérese, ciertamente, que su educación no fue dejada de ninguna manera a manos de aquellos filósofos que debiendo ser custodios vigilantes e integérrimos de las costumbres y maestros intachables de la verdad, no fueron mentores de sabiduría, sino guías de la ignorancia; no enemigos de los malvados, sino socios de los delitos y compañeros y ayudantes sórdidos de todos los antojos; que no conociendo el sustento de la verdadera alabanza y de su valor, engañados por cierta felicidad aparente, buscan en vez de la dignidad la infamia, en vez de las virtudes, los vicios, en vez de la felicidad, una verdadera miseria y así como los que emprenden un viaje de noche por donde no hay camino sin obstáculos, socavones, ladrones, peligros y rodeos sinuosos, no pueden evitar los abismos o las desgracias, así estos filósofos, privados de la ilustración divina y rodeados por todas partes de enemigos de las almas, es necesario que caigan precipitados una y otra vez en aquellas acechanzas de malevolencia y oscurantismo.

 

El ministro sagrado

Y una vez llamado al sacerdocio y elegido para desempeñar el oficio sublime de ministro de la Palabra de Dios, que desde su juventud había deseado para sí, muchas iglesias atestiguan, sobre todo entre las más célebres de España, con qué santidad de vida, con cuánto entusiasmo y elocuencia lo realizaba. Interpretando de forma asidua los mensajes divinos, se esforzó con palabras doctísimas a inspirar sabiduría divina a las voluntades de la gente, la luz de la verdad a las tinieblas de los errores, vida honesta a los horrendos crímenes, dulcísima libertad a la misérrima servidumbre, el amor y la contemplación de las cosas celestes al deseo de las cosas más bajas; se esforzaba con ardor y lo disfrutaba, por buscar la manera de hacer inteligibles a todos, si fuera posible,  los dogmas de la verdadera religión e informar con palabras apropiadas lo relacionado con el culto y la reverencia debida al Dios óptimo máximo y a nuestro Salvador Jesucristo, y acerca de las cosas necesarias para conseguir la salvación eterna después de esta vida tan frágil y llena de sinsabores, y de otros asuntos celestiales.

Porque comenzó a florecer con un cierto modo de predicar, original, magnífico, brillante y distinguido, tan conciso, que antes de él casi todos los púlpitos parecían privados de la lengua y mudos.

Pronto adquirió una elocuencia genuina, no aquella iracunda, amenazante, llena de amargura, llena de pavor y de rayos, sino la de los antiguos oradores, suave, dulce, digna, a veces llena de buen humor y siempre simple, pero elegante; asimismo fue la admiración común de todos su vasto conocimiento, no vulgar y confuso, acerca de todos los asuntos, no menos que su prodigiosa memoria; también lo fue en su nuevo y excelente modo de predicar su forma, su actuar y su voz, en una palabra, en todo sobresalió y de tal manera que a mi modo de ver se podrían encontrar pocos que lo igualaran en algo, pero nadie en todos los aspectos.

 

Da razón del viaje a Francia y de sus responsabilidades ministeriales

Dándose cuenta y cavilando en su mente cuánto aprovecha y sirve para el perfeccionamiento de la inteligencia el convivir con quienes sobresalen en la ciencia y en la virtud, con toda razón y para su provecho, tomó la determinación de salir del lar patrio y dedicarse a la brevedad a recorrer las diversas provincias de España y hasta de marchar al extranjero. Muchos otros suelen de verdad abusar de estos viajes para el ocio y mientras están fuera de su casa, abandonan sus pendientes, dejan sus compromisos, banquetean, gozan, se dejan llevar por las delicias pasajeras y pierden el tiempo sin hacer nada, pero nada más lejos de Juan que estas ligerezas y vaciedades, pues en su probidad e ingenio, eligió únicamente entrevistarse con varones esclarecidos en los estudios y notables por su piedad, saludarlos, escucharlos para aumentar y acrecentar su acervo de erudición, que ya era muy abundante y así poder ser más útil a la Iglesia.

Pero ¿para qué recordar lo que obró y mereció en las florentísimas universidades de Pamplona, Alcalá de Henares y Salamanca? ¿Y el honor de su rectoría con que brilló en el célebre liceo antiguo de San Bartolomé de esa ciudad y en el Seminario Tridentino de Burgos donde de tal manera se desempeñó en la administración de este oficio, guiando a la juventud que aspiraba a la perfección, que no hubo nadie que no felicitara a esa Iglesia por tal rector? ¿Y para qué aducir lo demás por lo que las diversas provincias de España que recorrió celebraban y ponderaban a este varón reconocido aquí y allá con muchos títulos honoríficos y de responsabilidad?

Ya habrá un orador, laudable por su elocuencia, conocedor profundo de la vida de nuestro Prelado, que esas y otras muchas cosas proclame y explique con más amplitud cuando se le encomiende y lo deje para la posteridad. Al pensar yo que Juan nació para cosas muy grandes, sea suficiente exponer acerca de él lo más notable, que ni los años pasados han producido algo más hermoso ni quizá algo más sublime prometerá los por venir.

 

Nombramiento episcopal

Promovido, en efecto, al episcopado de Nicaragua, en seguida escribió cartas a su amada grey, plenas de enseñanzas ortodoxas, de piedad y benevolencia, y en ellas expresaba el deseo de visitarlos, saludarlos y abrazarlos cordialmente lo más pronto que pudiera a causa del mal tiempo.

Ciertamente, no es fácil para alguien salir de la patria para ir a otra región, dejando atrás la agradable convivencia de varones sabios e ilustres, la dulzura del suelto natal donde quizá se tenía el deseo de llegar a la ancianidad hasta el día supremo; pero Juan se mantuvo muy lejos de lamentarse de los trabajos soportados al realizar este viaje, que muchas veces estuvo lleno de incomodidades y a veces también de graves peligros; tampoco le pudieron alejar de su propósito las dificultades previstas, más bien todo lo emprendió con diligencia y alegría, y satisfecho llegó al puerto de Veracruz. Muchas veces se congratuló haber soportado todo esto y otras cosas más con motivo de su misión.

Pero como estaba reservado por un bondadoso don del Cielo para Guadalajara, finalmente llegó el documento pontificio como obispo de esta Iglesia de México, y en cuanto se conoció esta noticia aquí, fue celebrada con sumo aplauso y júbilo por todos, y se alegraron de corazón singularmente todos aquellos que tenían que ver con el cuidado amoroso del bien y de la utilidad de esta amplísima diócesis, porque juzgaron que iban a experimentar el alivio de aquella solicitud y cuidado que fueron los primeros en sentir por la muerte del obispo Antonio [Alcalde], nunca alabado suficientemente; se alegraban por sus estudios la juventud sagrada, que esperaba encontrar ampliamente en este mecenas tan celebrado por la opinión y la boca de todos lo que lloraban perdido con la muerte de Antonio; porque con agrado se pronosticaba que debía promover y exaltar los estudios, ya que donde quiera había crecido la fama de su ingenio.

 

Recepción en Guadalajara

Fue recibido, por tanto, en Guadalajara con estas explosiones de ánimo exultante que se pueden entender quizá mentalmente, pero que no se pueden expresar con las palabras. Entonces se veía a un pueblo innumerable salir al encuentro de Juan, brotar de los suburbios y desde allí con muestras singulares de agrado, con lágrimas dulcísimas de alegría y por todas partes con gritos de acción de gracias y de alabanza de parte de la alegre multitud, con el anhelo de ver de cerca y saludar al muy deseado obispo.

Si Juan había brillado cuando era adolescente y dedicado al estudio de las letras por sus consejos y sus santísimas costumbres, siempre morigerado, y en la convivencia de aquellos que se educaban y contendían a cosas excelentes y luchaban por ello, de sacerdote sobresalió también entre aquellos que brillaban en el esplendor de los altos honores y dignidades, elegidos para los cargos públicos; sobresalió, digo, por su doctrina, su ingenio y conversación, a nadie inferior, con su hablar erudito, con lo que se ganó las voluntades de todos con una cierta fuerza suave y atrajo a sí con dulzura. Pero ya de obispo aparecerá más ilustre por su gravedad, prudencia, piedad, mansedumbre y demás virtudes apostólicas y por sus hechos preclaros, que era lo único que le faltaba para una gloria acumulada en alabanza de todo género.

Y llega a gobernar su diócesis con tal grandeza de ánimo y con tanta manifestación de amor hacia ella, que casi olvidándose de sí mismo dedicaba todas sus acciones y toda su atención solamente al servicio de la grey encomendada, y en primer lugar pensó que debía desarrollar un trabajo para conocer la mentalidad, los anhelos, el modo de pensar de los súbditos con una investigación diligente, y para evitar engaños de gente mal intencionada, decidió obrar con precaución; por esta razón recorrió y visitó con una increíble rapidez las provincias alejadas y separadas por grandes distancias; pero ¿cuántos rodeos tuvo que sobrellevar en los caminos, cuántos climas extremosos sufrir y padecer, cuántas veces encontrar escolopendros, camaleones, mosquitos y otros innumerables insectos? ¿Cuántas veces llegar hasta las cumbres de los montes, mojarse con los aguaceros de la lluvia, atravesar los vados de los ríos? Pero siempre diligente, anduvo de aquí para allá, examinó las parroquias, revisó los utensilios sagrados con mucha diligencia, investigó la vida y costumbres de los sacerdotes, con oído cuidadoso para estar a la mira todo lo que se dijera de esos párrocos; todo atento con la vista, conversó con los que se encontraban ocasionalmente y con ellos se informó de la salud del pueblo, de qué manera se instruían y con qué medios se podían perfeccionar y confirmar en la fe católica, sembrando en ellos palabras, probando los ánimos e invitándolos a que hablaran con libertad.

Nosotros mismos lo contemplamos muchas veces y reconocimos su sagacidad y prudencia, alabándolo con admiración. Por ese mismo motivo todas las gentes y aún las poblaciones pequeñas se recreaban con la dulcísima presencia de su obispo, y a nadie se podía ocultar su amor a la religión, el celo ferviente por la salud de las almas, aquella prudencia singular y casi divina en el obrar y en el castigar, su mansedumbre, su urbanidad, su misericordia y las demás virtudes con las que siempre brilló, más bien todos lo favorecían con gran aplauso y alabanzas abundantes.

 

La reforma del Seminario Conciliar

Y mientras procedía de esta manera, atendió con celo al Seminario Tridentino, que aunque entonces tuviera grandes adelantos y hubiera adquirido aquellas condiciones que parecía que estaba asegurado, él, por su parte, juzgó necesario establecer una forma de educación congruente con los tiempos, con la cual los jóvenes pudieran elevarse a la cumbre de la verdadera sabiduría y seguir las normas del Concilio Tridentino, porque preveía y entendía suficientemente que era necesario impartir todos aquellos conocimientos que fueras útiles para conservar y engrandecer a la Iglesia y dado el caso, corregir las faltas deplorables de este tiempo calamitoso y pasional. Y así, fue tanto el número de jóvenes que se acercó a la casa y a la disciplina del Seminario, que se podía colegir cuán agradables eran los esfuerzos de Juan y qué abundantes frutos podía esperar toda la diócesis. La conversación se extendería mucho si intentara relatar la cantidad y la cualidad de alumnos que de la disciplina del Seminario Tridentino se distribuyeron por toda la patria y más allá, notables por los cargos honoríficos y todos ellos espontáneamente llenos de gratitud deban gran testimonio con las sapientísimas enseñanzas del prelado.

Pero pensando que aquello no era suficiente, quiso colocar un Seminario Clerical como una antorcha en medio de su Iglesia, de lo cual esperaba que redundaría una gran utilidad para cada uno de los pueblos de su diócesis; porque tenía muy claro que aquello se debería elaborar con gran cuidado y constancia, para que los sacerdotes y los que aspiraban al sacerdocio tuvieran un lugar seguro donde pudieran dedicarse a la oración, a la pía meditación, a la práctica de los sagrados ritos, a la predicación de la Palabra divina, para que pudieran guiar al pueblo con el ejemplo, así como al ardor sacerdotal, y en ese ambiente llamar a los descarriados y amonestarlos con bondad y sin ofensa pública, para que voluntariamente se enmendaran a la mayor brevedad; nos tocó contemplar a él mismo amonestándolos no una sola vez, pero con qué comprensión y con que amabilidad y suavidad de palabras y así como que sazonaba esas virtudes para que los que iban a verlo tuvieran la impresión de que no se encontraban ante un hombre ofendido, sino ante un bondadoso príncipe de la Iglesia de Dios y ante un padre bondadoso.

 

Peroración

 Nos dejó no solamente en  una, sino en varias ocasiones, un hermoso testimonio de clemencia y mansedumbre. Recuerdo ahora cierta ocasión en la que un párroco joven, ciertamente egregio, notable por sus abundantes dotes de alma y cuerpo y conocido por todos nosotros, le había ofendido al prelado grave e injustamente y se acercó suplicante a pedir perdón ¿Cuál muestra de benignidad y de grandeza de ánimo suponéis que le dio Juan? Grande en verdad, digna de la eternidad y de una gloria imperecedera. Cuando el párroco vio a Juan, intentaba saludarlo lleno de veneración y arrodillarse y Juan, el obispo, se lo impidió con un esfuerzo glorioso y excelso, y por el contrario, fue el bondadoso obispo quien contra la voluntad del párroco, de algún modo le ofreció veneración, y admirados lo habríais visto como si pidiera perdón al súbdito de una injuria que ni siquiera en el pensamiento le había hecho y en conclusión ¿Qué? ¿Estuvieron en conflicto la clemencia y la justicia? De ninguna manera, más bien en Juan estaban en alianza amistosa de una manera estupenda.

En él la prudencia era tan firme, tan excelsa y tan magnánima, que gobernaba y sometía todos sus afectos con el imperio de la razón; en él la amabilidad siempre iba unida con la gravedad apostólica y así lo que decía y lo que hacía siempre era con dignidad, y en las cosas más ordinarias estaba siempre presente el decoro que conviene a los grandes varones; y todo esto fluía de la única fuente, la prudencia, como ríos que brotaban de tal manera que nunca se secaban y se difundían por todas partes.

Muy bien sabía que no sólo los vicios humanos perturbaban las obras y la vida, sino también las virtudes mismas practicadas con exageración o con inconstancia podían engañar, por tanto se tenía que usar de la prudencia que atraiga y retenga lo que se debe conservar y a la vez rechazar lo contrario. Y nuestro prelado abundó tanto en esta casi divina prudencia, que no sólo la usó para evitar los vicios o huir de ellos, sino que en el cumplimiento de su misión echó mano de ella todo lo posible, ajustándola al tiempo, a los asuntos y a las personas, a veces más a veces menos, pero siempre redundando en lustre a su dignidad, a la gloria de Dios y a la utilidad de la Iglesia.

Y cuando deseaba recrear y descansar su alma exangüe y casi agotada con los graves y absorbentes cuidados de la diócesis, entonces descansaba un poco redactando innumerables cartas pastorales enviadas a todas partes, para informar y fortalecer a los pueblos, con las cuales el padre de tierno corazón no cesaba nunca de exhortar con palabras dulcísimas a la sumisa veneración y a la debida obediencia a los superiores, ordenando la limpieza eclesiástica, el esplendor de los templos, la observancia cuidadosa de los mandamientos de Dios y de la Iglesia, recomendando la íntegra pureza de las costumbres, evitando con sabiduría, según sus posibilidades, los males que amenazaban a la Iglesia y a la grey a él encomendada.

Para conservarla limpia e incólume, iba al encuentro de la peste funesta y no esquivaba los ataques de los enemigos, invitando a todos a la paz, que supera todo sentido. Con rostro sereno y conciliador, siempre agradable y llevando por delante el buen humor unido a cierta gravedad clamaba: “Paz, paz”. Tú, fecunda paz, nunca abandonaste a nuestro prelado, ni en sus alegrías ni en sus aflicciones, en ningún tiempo, ni en la adversidad o en la flaqueza de ánimo, ni en el gozo o el placer, situaciones que casi arrebatan a los humanos extraviados. Con tu ayuda, juzgaba que era su deber enderezar todo, arreglar todo, no sólo para extirpar los vicios, sino principalmente aprontando el remedio a la religión, afligida y quebrantada, y así exclamaba que ese era el deber de los eclesiásticos y de los pastores. Valiéndose siempre de la solicitud a tan gran deber, con paciencia y suavidad, podemos celebrar ahora que se imponía a los mismos enemigos de la Iglesia, dejándolos admirados.

Ahora me parece contemplar a nuestro Juan como si se quedara extasiado, fuera de sí, fijos los ojos de su mente perspicaz en la Iglesia, y luego, vuelto en sí, con lúgubre y triste voz,  llorar la casi inminente ruina y orfandad de esta Iglesia, con este suspiro de angustiado corazón.

¡Oh condición de nuestro tiempo, verdaderamente digna de llanto e infeliz! En todas partes reina la libertad profana, se combate a la santa religión, y ya no oculto sino abiertamente  amenaza el carcoma. Las herejías se maman con la leche y este incendio avanza a diario cada vez más. Clementísimo Padre celestial, ¿cómo admitió el pueblo cristiano tan gran crimen, que llegó a experimentar tan severa división? ¿Qué tanta multitud de nuestros pecados pudo ofender tu vista, que precipitó esa condición tan deplorada y miserable, que la misma Iglesia se ve sacudida por injurias, privada de su dignidad, arrebatados sus hijos y oprimida por una encarnizada guerra a través del mundo entero? ¿Hasta cuándo, Señor Dios del poder se encenderá tu favor? ¿Y como si esto no fuera suficiente, de sus mismas entrañas brotaron hijos que llenaron de oprobios a su pobre y afligida madre? Perdona, Padre bondadoso y ten compasión de la Iglesia que va a la ruina, a la cual solamente tu bondad y sabiduría puede ayudar.

¿Qué más? Falta mucho todavía qué recordar. Ni mi discurso ni el de alguien más será suficiente; yo no encontraría final y para no entreteneros demasiado, si quisiera recordar las virtudes y las grandezas de tan excelso prelado, aunque no faltarán detractores que se esfuercen en ofuscar la gloria del excelso varón, pero en vano, afirmando con atrevimiento temerario y respirando gran injuria, que él habría enviado al extranjero no pocos de los recursos de su Iglesia. Es cierto, no hay que admirarse, porque si queremos repasar la historia de los acontecimientos desde muy antiguo hasta estos nuestros infelices tiempos, encontraremos que la verdad siempre fue desconocida a los mortales y que aquellos que la defendieron se hicieron acreedores del odio público y que los impíos suscitaron contra ellos los ánimos de los humanos criminales y las armas. Así que digo y con firme voz anuncio: que el obispo consintió en que se otorgara una pequeñísima limosna alguna vez, pero después de insistentes ruegos, a las parroquias pobres en las cuáles él había estado, así como también a los parientes y a otros que en España sufrían necesidad extrema, porque los demás que poseía juzgaba no ser suyo, sino de los pobres de la Iglesia a él encomendada.

Porque al recordar yo mismo las incontables evidencias que exhiben a nuestro prelado como misericordioso, se levanta mi ánimo y con alegría me dispongo a conmemorarlas de pasada. En primer lugar, se presentan toda clase de seres humanos necesitados y de todos los estratos sociales, para declarar espontáneamente qué y cuánto deben a la piedad, munificencia y a la misericordia de Juan; testigos de ello son los sagrados monasterios y las casas particulares, en donde constantemente alimentó muchas vírgenes; testigos, los hospitales y las prisiones, a quienes procuró alimento y libertad; lo son también los adolescentes a quienes otorgó instrucción completa, las honestas y afligidas viudas a quienes dio cobijo y alimento, las doncellas en peligro a quienes garantizó pudor y honor, los niños de ambos sexos a quienes procuró con toda diligencia la instrucción religiosa. Apelo también a vosotros, turbas de pobres, que acudíais a las puertas del palacio; a vosotros, grupos de mujeres que diariamente ocupabais las escaleras y los patios de la misma casa; a vosotros, eclesiásticos, a vosotros, jóvenes y señoritas, a vosotros, soldado y desterrados, a todos vosotros que padecíais cualquier necesidad, que confiados recurrís al padre común, vosotros sois monumentos excelsos de la clemencia y generosidad del gran prelado. Y, finalmente, último y riquísimo testigo sea esa magnífica y amplia obra, no inferior a ninguna, la Casa de la Misericordia y de la Beneficencia, deleite de la vista, que construyó desde sus cimientos, con la cual consta evidentemente, por su misma fundación, que no había ninguna obra de misericordia que el piadoso prelado no ejerciera sin tardanza y con buena voluntad; ningún género de calamidad al cual no acudiera con presteza el padre clementísimo.

Ahora bien, el recibir con benignidad a los necesitados que acudían a él; el levantar a los caídos, fortalecer a los débiles, nunca descansar, aportar más bien con labor constante y a diario medios para conservar la incolumidad de la Iglesia, buscar nuevos medios a favor de la salud espiritual de los pueblos y ponerlos en práctica con la mayor celeridad; administrar el sacramento de la confirmación a miles y miles de todas las edades y sexos, y muchas veces sin tomar ni agua; ir al encuentro de la impiedad con diligencia, celebrar a diario el santo sacrificio de la Misa, no sin antes purificarse humildemente con la confesión sacramental y ofrecer este augusto sacrifico con mucha devoción por la grey a él encomendada; hacerse todo para todos y como un rayo veloz, estar presente personalmente o por medio de la correspondencia, al ser llamado; visitarlo todo, recorrerlo todo, verlo y oírlo todo, mirar por la propia salvación y por la de los demás y sostener el timón con firmeza, como sentado en la popa ¿De quién es esta imagen? Rectamente entendéis que no he querido describir cómo debería ser un príncipe de la Iglesia, sino más bien columbrar cómo fue el excelentísimo e ilustrísimo señor don Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo, cuya magnanimidad, integridad, justicia y otras más virtudes apostólicas contemplábamos con admiración los fieles de la diócesis de Guadalajara y nos congratulábamos por habernos tocado, por determinación divina en estos tiempos tan difíciles.

 

Conclusión

Juan: ¿Qué lengua o qué palabra te alabaría dignamente al ver la energía de tu alma, la equidad y la sabiduría, la excelsitud de tu prudencia y mansedumbre, de tal manera que en verdad no apareces inferior a ninguno de tus antecesores? ¿No te exaltaremos con grandes alabanzas, espontáneamente y con sumo agrado por el hecho de que con tu actividad siempre buscabas no lo que era para tu bien, sino para el de la Iglesia, lo que juzgabas útil y ventajoso para ella? ¡Oh, ojalá me fuera lícito tratar ligeramente o apuntar muchas cosas, que para acabar pronto callo, y porque me lo prohíbe tu singular modestia, pero al callarlos, los anales de los siglos los proclamarán!

Por tanto, tenemos motivo todos para llorar y entristecernos con mucha razón. Guardó su boca silencio de eternidad y para siempre lo guardará agradable y llena de mansedumbre, que se esforzó siempre por enseñarnos, alegrarnos, orientarnos con insignes ejemplos hacia la verdadera belleza y a la vida eterna; con lo anterior su recuerdo es y permanecerá alegra y ya no debemos estar tan tristes por su partida, cuanto alegres por aquella presencia de la que disfrutábamos mientras vivía.

Porque Dios óptimo máximo no nos lo había dado en propiedad, sino sólo como prestado, de aquí que sintamos menos nuestro dolor y la muerte de aquel que dejó una vida llena de toda clase de alabanzas.

Porque en cuanto se refiere a su alma, ella, triunfante y gozosa, dejados los despojos corporales, ya voló a su patria, como creemos confiadamente, con tal ímpetu y agudeza del deseo, que en cierto modo impaciente por la continua debilidad, hiciera faltar al cuerpo y a la enfermedad y la deseada inmortalidad ocupara el lugar de la vida tambaleante. Lo que sigue ahora es que así como él, mientras vivió, miró por nuestra salvación y nuestra incolumidad y en los cielos, como lo esperamos, siempre pedirá por nosotros, libre ya de los cuidados y molestias terrenales, así también nosotros, por nuestra parte, lo encomendamos con oraciones frecuentes y devotas, por si algo le falta por purificar, ante Dios Todopoderoso de vivos y muertos, ante quien nadie es justo e inocente. Porque si hacen la muerte feliz valiosa la virtud del alma, la fe, la integridad de una vida santa y por último, lo que se hace con piedad, no hay duda de que el alma afortunada de Juan dejó la unión con el cuerpo y se elevó triunfante a las habitaciones celestiales para disfrutar de los gozos eternos.

Si el piadoso prelado padeció algo propio del ser humano y se equivocó engañado por las apariencias de algo que parecía verdadero y bueno, estamos seguros que nunca le faltó la rectitud de intensión. Y si por el momento falleció, vive seguramente, vive en los cielos, feliz por la visión eterna de Dios y vivirá en la posteridad por sus acciones esclarecidas, así como será celebrado por la gente buena por el recuerdo inmortal de cada una de sus virtudes.

Que el supremo Príncipe y Autor de la paz conceda que goce de la paz eterna de Dios misericordioso, aquel que siempre nos deseaba la paz a todos nosotros.



[1] El presente testimonio se publicó bajo el título de Alocución en el funeral del excelentísimo e ilustrísimo señor don Juan Cruz Ruiz de Cabañas y Crespo, meritísimo prelado de la Iglesia de Guadalajara, y fue pronunciada en la catedral de la mencionada diócesis el 19 de mayo del año 1825, por el doctor José Miguel Gordoa, canónigo lectoral en esa iglesia y rector del Seminario Tridentino. Exequias que por muerte del Excmo. e Ilmo. Señor Dr. D. Juan Ruiz de Cabañas y Crespo se celebraron en la santa Iglesia Catedral de Guadalajara. Guadalajara, Imprenta del ciudadano Mariano Rodríguez, 1825, 7-34

 

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