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La fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote

La fidelidad del sacerdote, fidelidad de Cristo

 

Juan Antonio Márquez Gutiérrez[1]

 

“He resuelto convocar oficialmente un “Año Sacerdotal” con ocasión del 150 aniversario del “dies natalis” de Juan María Vianney, el Santo Patrón de todos los párrocos del mundo que comenzará el viernes 19 de junio de 2009, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, jornada tradicionalmente dedicada a la oración por la santificación del clero”… Con estas palabras, dirigiéndose especialmente a los sacerdotes, inicia su Carta el Papa Benedicto XVI convocando a la celebración del Año Sacerdotal, materia de la reflexión de este artículo, leído por su autor ante el arzobispo y los párrocos de Guadalajara, el 4 de agosto del 2009.

 

Un día de otoño de 1852, Francisco Dorel, yesero en una localidad francesa, iba con sus amigos camino de Ars. Dorel tenía treinta y dos años, y era muy apuesto. Nadie le hubiera tomado por un peregrino, según iba equipado. Con polainas y fusil en bandolera, silbaba, de vez en cuando, a un soberbio perro de caza. Era que nuestro hombre no quería pasar por un beato en busca de confesor. El día anterior, su amigo le había dicho:

-¿Vienes mañana a Ars? Hay allí un cura que hace milagros y que confiesa día y noche. Vale la pena de ser visto.

-¿Entonces tú tienes intención de...?

-¿Y por qué no?

-¡Haz lo que quieras! Oye. Yo iré contigo, pero llevaré mi escopeta y mi perro... y, después de haber visto al maravilloso cura, me iré a cazar patos a los estanques de Dombes. Tú, si te place, podrás confesarte.”

Los dos viajeros entraron en el pueblo, en el preciso momento en que el Cura de Ars atravesaba lentamente, con su ademán habitual de quien bendice. Francisco Dorel. Curioso ante aquel espectáculo, se mezcló con la multitud. ¡Oh sorpresa! Al pasar por delante de él, el santo anciano se para y mira alternativamente al perro y al cazador. “¡Señor, dice con seriedad al desconocido, sería de desear que su alma fuese tan hermosa como su perro!”

El hombre enrojeció y bajó la cabeza... Su perro era tal cual Dios lo había hecho: fiel, ágil; mas él, el cristiano, había arruinado en su alma la obra divina... Reflexionó largo tiempo, aterrado por aquella revelación inesperada. Finalmente, dio a guardar a la gente del pueblo la escopeta y el perro, entró en la iglesia y se confesó con el Cura de Ars. Estaba tan contrito, que se derretía en lágrimas. Había sido ilustrado sobre el valor de su alma, sobre la vanidad del mundo y la seriedad de la vida: quería ser religioso.

“¡Vaya usted a la Trapa!”, le dijo con seguridad el Cura de Ars.

Francisco Dorel se presentó, en efecto, en Nuestra Señora de Aignebelle el 18 de diciembre de 1852, donde tomó el hábito al año siguiente. Dieciséis años más tarde, hizo la profesión solemne con el nombre de Hermano Arsenio... Murió santamente, bajo el sayal el 18 de diciembre de 1888.

De esta manera, para muchas almas, el camino de Ars era el camino de Damasco, y el santo, además de las oraciones y penitencias personales, se valía de medios extraordinarios para convertirlas.

Todavía disfrutábamos del buen sabor que trajo a nuestra vida cristiana y sacerdotal el Año Paulino, cuando el Santo Padre tuvo a bien añadir al año de tan especiales gracias el postre, nutritivo también, del Año Sacerdotal. Comentando dicho suceso, dice el cardenal Claudio Hummes, prefecto de la Congregación para el Clero: “El pasado 19 de junio poco antes de las vísperas, fue procesionalmente acompañada, por el interior de la basílica, la reliquia del corazón de san Juan María Vianney, traída desde Ars. El Santo Padre, al llegar para la celebración de la ceremonia, se detuvo delante de la reliquia, dirigiendo una fervorosa oración al santo Cura de Ars a favor de los sacerdotes”.

Abordando el tema de la fidelidad, el Papa Benedicto XVI afirma en la primera parte de la Carta: “Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida”. Y prosigue, refiriéndose más directamente a la fidelidad: “¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de “amigos de Cristo”, llamados personalmente, elegidos y enviados por Él?”.

El sacerdote está llamado a ser un modelo para toda la comunidad cristiana, y aún más, para todos los hombres, de la fidelidad hasta el final. No obstante, la realidad nos dice que, cito al Papa Benedicto XVI: “hay situaciones, nunca bastante deploradas, en las que la Iglesia misma sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros. En estos casos, es el mundo el que sufre el escándalo y el abandono. Ante estas situaciones, lo más conveniente para la Iglesia no es tanto resaltar escrupulosamente las debilidades de sus ministros, cuanto renovar el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios, plasmado en espléndidas figuras de pastores generosos, religiosos llenos de amor a Dios y a las almas, directores espirituales clarividentes y pacientes”. No obstante, diría en la homilía del día 19 en la basílica de San Pedro: “Cómo olvidar que nada hace sufrir más a la Iglesia, Cuerpo de Cristo, que los pecados de sus pastores, sobre todo aquellos que se convierten en “ladrones de las ovejas” (Cf. Jn l0, 1 ss), ya sea porque las desvían con sus doctrinas privadas, ya sea porque los atan con lazos de pecado y de muerte. También se dirige a nosotros, queridos sacerdotes, el llamamiento a la conversión y a recurrir a la misericordia divina. Asimismo, debemos dirigir con humildad una súplica apremiante e incesante al Corazón de Jesús para que nos preserve del terrible peligro de dañar a aquellos a quienes debemos salvar”. Ya nos advierte también san Juan Crisóstomo cuando dice que “el Señor nunca es tan ofendido como cuando le ofenden quienes están revestidos de la dignidad sacerdotal”.

Impresiona el ejemplo de Alejandro Magno, cuando habiendo caído prisioneras suyas en una batalla la hermosísima esposa del rey Darío y todas las muy bellas mujeres que le acompañaban, no quiso Alejandro fijar la mirada en ninguna de ellas, diciendo que el ver a esas mujeres le podía hacer daño, y que no quería perder el honor de la gran victoria obtenida, dedicándose luego a impurezas indebidas...

Esto impresiona más al pensar que Alejandro era un pagano y no conocía la verdadera religión. ¿Cuánto mejor deberíamos comportamos los que sí pertenecemos a la fe verdadera? Por tanto, si hay paganos que son fieles por virtud, el cristiano está llamado a serlo por virtud y por correspondencia a la gracia... Si esto ha sido posible en un hombre que no conocía a Cristo, cuánto más se puede esperar, en cuanto a fidelidad se refiere, de quien lo conoce, lo ama y le ha entregado su vida toda tratando de imitarlo lo mejor posible...

Me permito proponer a su consideración tres puntos en esta intervención:

·        La virtud de la fidelidad en la Sagrada Escritura y en la teología espiritual

·        La virtud de la fidelidad, en una intervención magisterial del Siervo de Dios Juan Pablo II y, recientemente, de Benedicto XVI con motivo de la convocación del Año Sacerdotal.

·        La virtud de la fidelidad en la vida y el ministerio de San Juan María Vianney.

 

I.       La virtud de la fidelidad en la Sagrada Escritura    

Hablar de esta virtud es hablar de una cualidad de la voluntad mediante la cual uno permanece constante en sus propias y buenas disposiciones ante los demás y ante sí mismo respetando sus principios y cumpliendo los compromisos adquiridos. Así, por ejemplo, podemos hablar de la fidelidad a los amigos, a la familia, a la sociedad en que se vive, a las promesas hechas, al propio ideal, etcétera.

Desde el punto de vista teológico, la fidelidad humana es un reflejo de la fidelidad divina, tal como se manifiesta en la revelación.

           

a) La fidelidad de Dios

“¿Acaso olvida una madre al hijo de sus entrañas? Pues, aunque eso llegara a suceder, yo nunca me olvidaré de ti, dice el Señor” (Is. 49,15).

La fidelidad de Dios es una de las cualidades más afirmadas: Dios es fiel. En el Antiguo Testamento da serenidad y confianza al pueblo elegido. Por la alianza que concluyó con Israel, Dios se comprometió a protegerlo y él puede contar con eso.

Es fiel a las promesas hechas a los patriarcas, a la dinastía de David. Todo lo que él ha hecho se inspira en su amor y su fidelidad. En las calamidades, el pueblo de Israel no deja de apelar a la fidelidad divina.

La fidelidad es una cualidad inherente a la naturaleza de Dios. Nos podemos apoyar con confianza en todo cuanto dice y promete; es el Señor y no cambia nunca, nunca miente ni se retracta. “Fiel es el que los llama y él es quien lo hará” (1 Tes.2, 13).

Las promesas de Dios a Israel se cumplieron de modo eminente en Jesucristo. El Nuevo Testamento, que exalta la fidelidad del Padre, también exalta la fidelidad de Cristo que siempre continúa siendo el que es, fiel y verdadero. Cristo nos amó y se inmoló por nosotros; no nos abandonará nunca y nada podrá separarnos de su amor.

 

b) La fidelidad del hombre

“Lo que se exige de los administradores es que sean fieles” (1Cor. 4,2).

La reacción espontánea del hombre tendrá que ser una respuesta de confianza y fidelidad hacia Dios. Pero no basta: debe intentar imitar a Dios y reflejarlo en su actitud hacia el prójimo.

 

c) La fidelidad a Dios

“Haz de ser totalmente fiel al Señor, tu Dios” (Dt. 8,13).

La fidelidad a Dios es más que una simple confianza en él; implica una nota de constancia, perseverancia, esfuerzo en la misma confianza a pesar de los obstáculos que pueden oscurecerla o hacerla más difícil.

La fidelidad total es imposible al hombre dejado a sus propias fuerzas; por sí mismo, es tan débil para resistir que terminaría siendo infiel si Dios no lo sostuviese eficazmente. La historia del pueblo de Israel nos ofrece una confirmación convincente de ello. El “corazón fiel” tiene que ser plasmado por el mismo Dios; lo hará con la venida de Cristo; por medio de él tenemos la posibilidad de superar las dificultades y de mantenemos fieles hasta el fin.

La fidelidad del hombre en el fondo es un efecto de la fidelidad de Dios que, aún respetando el libre albedrío del hombre, no lo abandona nunca completamente, es una fe que lo atrae por la gracia.

 

d) Fidelidad al prójimo

Comporta en primer lugar las virtudes naturales de lealtad y buena fe que constituyen el fundamento de la sociedad. Fieles a la familia, al propio amigo, a los compañeros, a la patria, etcétera. Una virtud rara, pero necesaria ya que donde no hay fidelidad a Dios desaparece también la fidelidad a los hombres.

Habiendo sido transformados por la gracia, los discípulos de Cristo se distinguirán por su fidelidad al prójimo. Es el elemento esencial de su caridad: el amor de Cristo no puede separarse del amor al prójimo y este amor no se desmiente nunca. La fidelidad al prójimo no es una simple cualidad natural; se transfigura por medio de la fidelidad a Cristo.

 

II.     La virtud de la fidelidad en la teología espiritual

La fidelidad del amor divino es claramente el punto de apoyo de la confianza y la entrega confiada. La fidelidad cristiana se inspira en el amor de Dios y de Jesucristo. Es su amor fiel el que se intenta imitar y al que se quiere responder.

 

A)    La fidelidad a Dios

Se expresa en el cumplimiento del propio deber cotidiano. Esta exactitud proviene del amor que quiere conformarse en todo a la voluntad de Dios. Si esta inspiración interior está ausente, se vuelve farisaico e insoportable; en cambio, si se da, la observancia de las leyes se convierte en una fuente de alegría y, por otra parte, se experimenta placer si algunas veces uno se encuentra en la necesidad de prescindir de ellas. Siendo la fidelidad a Dios una respuesta a su amor, invitará al cristiano a recurrir con frecuencia a los sacramentos de la eucaristía y de la penitencia, y éstos a su vez la sostendrán.

También se manifiesta en la fidelidad a la Iglesia, no sólo en los días felices, sino también cuando sobrevengan las contradicciones y las incomprensiones. Ser fieles a si mismos y al propio ideal, pero iluminado por la luz de Dios. Ser uno mismo no significa permanecer obstinadamente apegado a una idea preconcebida, sino adherirse a lo que el Padre y Cristo nos hacen comprender progresivamente.

Los consagrados se ofrecen a Dios según una forma de vida determinada. Su fidelidad pide no sólo permanecer dentro de la orden o congregación correspondiente, incluso en el caso en que surjan dificultades, sino también vivir cada vez más y mejor según su espíritu y sus leyes.

B)    La fidelidad al prójimo

Empieza con el mantenimiento de los contratos concluidos y de las promesas realizadas. Va más allá, porque comporta una nota de benevolencia constante y perseverante hacia los demás. Esta fidelidad se carga con un tipo de afecto que cambia según se dirija a los amigos, a los parientes, a los superiores, a los compañeros... Siempre está expuesta a cierto desgaste y decadencia, ya sea a causa de los errores que hacen menos espontáneas las relaciones humanas, ya sea simplemente a causa de la monotonía del tiempo, que prepara insidiosa mente el olvido o vuelve más superficiales las relaciones. La fidelidad se tiene que defender y alimentar con actos positivos de benevolencia, así como de amor:

Toda fidelidad perfecta es una gracia. El hombre está tan replegado sobre sí mismo que fácilmente prefiere sus propios intereses a los de los demás; es decir, más de una vez traiciona, si no exteriormente sí por lo menos en su inferior, a su prójimo y a Dios. La fidelidad debe crecer en un clima de humildad: en la conciencia de la propia fragilidad y de la posibilidad de ser un traidor, uno se dirige a Dios para pedirle constantemente la gracia de ser fiel. Y si por desgracia, somos nosotros mismos víctimas de una infidelidad por parte de los demás, en el sentimiento de la propia inconstancia encontraremos la comprensión necesaria para perdonar. Como Jesús podremos continuar siendo fieles incluso a quienes nos han traicionado, a ejemplo del mismo Dios: “...Si le somos infieles, él permanece fiel, pues no puede desmentirse a sí mismo” (2 Tim. 2,13).

La virtud de la fidelidad, en una intervención magisterial del Siervo de Dios Juan Pablo II y, recientemente, de Benedicto XVI con motivo de la convocación del Año Sacerdotal.

 

III.  La virtud de la fidelidad en Juan Pablo II[2]

En los administradores lo primero que “se busca es que sean fieles” (1Cor 4,2). ¡Sedlo vosotros, de veras y con todo el corazón!

La fidelidad tiene un carácter dialogal, interpersonal, esponsalicio y comprometido. Significa una mutua donación, una amistad profunda, una confianza plena, un compromiso permanente. Para entender lo que significa ser fieles, hemos de mirar y escuchar a Cristo, el Hijo de Dios hecho nuestro hermano... La fidelidad no es, pues, una actitud estática, sino un seguimiento amoroso, que se concreta en donación personal a Cristo, para prolongarlo en su Iglesia y en el mundo.

El Papa nos invita a la fidelidad a Cristo, a la Iglesia y al carisma de la propia vocación y misión. Me permito decir algo breve sobre cada uno de estos aspectos.

 

A)    Fidelidad a Cristo

Su llamada es una declaración de amor. “Vuestra respuesta, dice el Papa, es entrega, amistad, amor manifestado en la donación de la propia vida, como seguimiento definitivo y como participación permanente en su misión y en su consagración. Ser fiel a Cristo es proclamarlo como Señor resucitado presente en la Iglesia y en el mundo, centro de la creación y de la historia, razón de ser de nuestra propia existencia”.

Ser fiel a Cristo es amarlo con toda el alma y con todo el corazón, de forma que ese amor sea la norma y el motor de todas nuestras acciones. Esta fidelidad a Cristo reclama, por tanto, que seamos hombres de una caridad pastoral aprendida en la oración o diálogo con el Señor. Entonces aceptaremos vivencialmente su persona, su doctrina, su acción santificadora y su misión.

Ser fiel a Cristo implica ser fiel a su testimonio, a la Eucaristía, a la oración litúrgica y personal a la saludable ascesis y disponibilidad de servicio y, finalmente a la devoción a María, su madre.

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B)    Fidelidad a la Iglesia

            La Iglesia no es una realidad meramente humana, sino el Pueblo de Dios, el Cuerpo de Cristo, el Templo del Espíritu Santo, el “sacramento universal de salvación”.[3] La fidelidad a Cristo se prolonga así en fidelidad a la Iglesia, en la que Cristo vive, se hace presente, se acerca a todos los hermanos y se comunica al mundo. Añade luego el Santo Padre:

 

“La fidelidad a la Iglesia equivale a aceptarla en toda su integridad carismática e institucional como “misterio” o expresión del amor de Dios, que cautiva el corazón de los amigos de Cristo. La Iglesia peregrina está constituida por signos pobres que pueden producir escándalo en los hombres de poca fe; pero para todo buen cristiano, y más para vosotros, lo importante es descubrir en ella a Cristo resucitado, que está presente y actúa a través de estos signos eclesiales”.

 

La Iglesia escucha la Palabra en toda su integridad y es fiel al entregarla a los hombres en cada circunstancia concreta. También el sacerdote debe dar con fidelidad la Palabra divina que él ha recibido y asimilado previamente.

Muchas son las facetas de la fidelidad a la Iglesia: amor filial, responsabilidad misionera, obediencia, sentido de Iglesia, espíritu de comunidad, servicio a la Iglesia particular como miembro del presbiterio, unidad con el propio obispo y con la totalidad del orden episcopal.

 

c) Fidelidad al carisma de la vocación y misión

 

“Habéis recibido una gracia o carisma (el de la vocación) que os conduce hacia la participación, por el sacramento del orden, en el ser, en el obrar y estilo de vida de Cristo Sacerdote, Buen Pastor, para prolongarlo en la Iglesia y en el mundo. Es una participación de su unción y misión sacerdotal y pastoral”.

 

La coherencia vivencial de las exigencias de la propia vocación es faceta imprescindible de la fidelidad. Se trata de ajustar la propia vida al objeto de la opción fundamental asumida. Esto implica llevar un estilo de vida coherente y concorde, que tiene en cuenta las necesidades de nuestros hermanos y de nuestra sociedad, según la misión que cada uno está llamado a desempeñar.

Al hablar de fidelidad al carisma de la vocación y misión el Papa enumera los siguientes elementos: disponibilidad pastoral, celibato, coherencia personal, dirección espiritual, confesión sacramental frecuente, sana amistad unida a la vida comunitaria y el testimonio alegre.

 

IV.  La virtud de la fidelidad en el magisterio reciente de Benedicto XVI

 

El Papa Benedicto XVI, en su carta, convocando al Año Sacerdotal, con ocasión de los 150 años del aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, nos regala una agradable descripción de este hombre de Dios:

 

a) Un hombre consciente del gran don del sacerdocio

            El Cura de Ars era muy humilde, pero consciente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente: “Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”. Hablaba del sacerdocio como si no fuera posible llegar a percibir toda la grandeza del don y de la tarea confiados a una criatura humana: “¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría... Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia”…

            Explicando a sus fieles la importancia de los sacramentos decía: “Si desapareciese el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. ¿Quién lo ha puesto en el sagrario? El sacerdote. ¿Quién ha recibido vuestra alma apenas nacidos? El sacerdote. ¿Quién la nutre para que pueda terminar su peregrinación? El sacerdote. ¿Quién la preparará para comparecer ante Dios, lavándola por última vez en la sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma llegase a morir (a causa del pecado), ¿quién la resucitará y le dará el descanso y la paz? También el sacerdote... ¡Después de Dios, el sacerdote lo es todo!... Él mismo sólo lo entenderá en el cielo”.

            Continúa el santo párroco: “Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor, sino de amor... Sin el sacerdote, la muerte y la pasión de Nuestro Señor no servirían de nada. El sacerdote continúa la obra de la redención sobre la tierra... ¿De qué nos serviría una casa llena de oro si no hubiera nadie que nos abriera la puerta? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del cielo, él es quien abre la puerta; es el administrador del buen Dios; el administrador de sus bienes... Dejad una parroquia veinte años sin sacerdote y adorarán a las bestias... El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para vosotros”

 

 

b) Un hombre eucarístico, de sagrario y de confesionario

            Decía el santo párroco: “La causa de la relajación del sacerdote es que descuida la misa. Dios mío, ¡qué pena el sacerdote que celebra como si estuviese haciendo algo ordinario!”... “¡Cómo aprovecha a un sacerdote ofrecerse a Dios en sacrificio todas las mañanas!”

            “Sabemos que Jesús está allí, en el sagrario: abrámosle nuestro corazón, alegrémonos de su presencia. Ésta es la mejor oración”. “Venid a comulgar, hijos míos, venid donde Jesús. Venid a vivir de Él para poder vivir con Él...”. “Es verdad que no sois dignos, pero lo necesitáis”. Dicha educación de los fieles en la presencia eucarística y en la comunión era particularmente eficaz cuando lo veían celebrar el Santo Sacrificio de la Misa. Los que asistían decían que “no se podía encontrar una figura que expresase mejor la adoración... Contemplaba la hostia con amor”.

            El célebre confesor -cito un texto reciente del señor obispo don Miguel Romano Gómez-, “no omitía su frecuente confesión: entre lágrimas confesaba sus pecados y aguardaba el baño de la misericordia de Dios. El padre Lacordaire cita esta frase que escuchó del Santo Cura de Ars: “para confesar, confesarse; para predicar, orar; para vivir según Dios, no omitir la mortificación... el sacerdote no desconoce la tentación, pero debe mostrar como vencerla”.

 

V.     La virtud de la fidelidad en la vida y el ministerio de San Juan María Vianney[4]

 

1. Aprendió la fidelidad, a la fe y a la Iglesia de sus propios padres

Juan María Bautista Vianney nació en Dardilly, cerca de Lyon, el 8 de mayo de 1786. Tres años después, estalló la Revolución Francesa, y un sacerdote que había jurado la Constitución quedó al frente de la parroquia de Dardilly, de suerte que los padres del futuro santo, tenían que asistir a la misa que e celebraba, de vez en cuando, algún sacerdote fugitivo.

 

2. Respuesta y fidelidad al llamado de Dios ante la inquietud vocacional

A los trece años hizo su primera Comunión, en secreto. Poco después, se restableció en Dardilly el culto regular y, cinco años más tarde, Juan María confesó a su padre que quería ser sacerdote. El buen hombre, que no podía pagar los estudios de su hijo ni deseaba prescindir de sus servicios en el trabajo de la granja, no mostró el menor entusiasmo por el proyecto, de suerte que el joven tuvo que aguardar hasta los veinte años para realizarlo. A esa edad, partió al pueblecito de Ecully, donde el padre Balley había fundado un seminario parroquia.

 

3. Perseverante en la caridad (19-20 años)

Siempre amigo de los necesitados, llevaba a casa de los Humbert, para que pasasen la noche, cuantos mendigos encontraba en el camino. Más de una vez llenó la casa de pobres. Un día, que iba a Dardilly para ver a sus padres y hermanos, dio a un hombre lleno de miseria unos zapatos nuevos que le había comprado su padre. Podía creerse dueño de los mismos, por haberlos comprado con el precio de su trabajo. Sin embargo, le reprendieron seriamente al verle llegar descalzo a la casa' paterna. Pero no pudo enmendarse. En otra ocasión cruzóse por el camino con un pobre rodeado de niños pequeños. Movido a compasión, le dio cuanto llevaba consigo, o sea, siete francos.

 

4. ¡Estudios! Perseverancia y paciencia en los mismos

            La gramática latina le pareció muy áspera. El joven estudiante era pronto y agudo en sus respuestas; gustaba mucho oírle hablar; pero entraba con dificultad en los estudios; en cuanto sentía una pluma en sus dedos se manifestaba lento y cortado. Sin que careciese de ella, su inteligencia estuvo como latente durante muchos años. Los primeros rudimentos de la gramática son cosa de memoria; en Juan María esta facultad se había enmohecido mientras había tenido brillante su azada; había olvidado las pocas nociones gramaticales adquiridas en la escuela del ciudadano Dumas. Y no es posible emprender el estudio de la sintaxis latina sin conocer la francesa. ¡Qué labor más aplastante! Ya san Juan de Ávila había sentenciado: “Si la Iglesia quiere que haya buenos ministros, ha de promover la educación”.

El pequeño Deschamps y los hermanos Loras, que retenían con tanta facilidad las declinaciones y conjugaciones, aunque muy bien educados, se reían con disimulo al oír tropezar al mayor de sus compañeros, en lo que ellos habían aprendido como cosa de juego. Uno de ellos, Matías, el más aventajado de los discípulos del señor Balley, era muy nervioso y algo suelto de manos. Un día, cansado de la torpeza del “mayor”, le pegó en presencia de los otros. El ofendido, dotado también de un natural violento, se arrodilló delante de aquel niño de doce años que acababa de golpe que y le pidió perdón. Matías ocultaba un corazón de oro. Arrepentido de su mala acción y anegado en lágrimas, se echó en brazos de Juan María, todavía puesto de rodillas. Este episodio fue el origen de una profunda amistad. Jamás Matías Loras, luego misionero en los Estados Unidos y más tarde obispo de Dubuque, olvidó las palabras y el gesto de su condiscípulo.

 

5. Crisis (área intelectual y vocación)

Entretanto, se aproximaba una crisis de espíritu cuyo desenlace podía haber sido fatal. Verdaderamente el trabajo era demasiado ingrato. La tentación se desencadenó como tormenta sobre aquella alma desolada. Un disgusto de todas sus ilusiones se apoderó del pobre estudiante. Comenzó a pensar en el hogar y en los campos de su padre, en cuyo cultivo, gracias a su sana robustez, había reportado éxitos más fáciles. “Quiero volver a mi casa”, dijo con tristeza al señor Balley, tan apenado como él.

Con su mirada penetrante, el experto maestro sondeó toda la profundidad de la tribulación de su querido discípulo. Convencido del tesoro que había recibido en depósito: “¿A dónde irás, hijo mío?, le dijo. No harás sino acrecentar tus penas... bien sabes que tu padre no desea otra cosa que tenerte a su lado; al verte triste, no te dejará volver. Entonces, ¡Adiós tus planes!, ¡Adiós sacerdocio!, ¡Adiós almas!”.

¡Adiós almas!... ¡Oh, no; no puede ser! Dios no lo permitirá. Este solo pensamiento -el sacerdocio, el altar, la salvación de los pecadores, la mies tan abundante y tan pocos los operarios- conjuró tan laboriosa crisis. El demonio del desaliento cesó de inquietar a aquella alma pura. Mas no por ello la memoria del estudiante se hizo menos rebelde; según propia confesión, “no podía depositar nada en su torpe cabeza”. Conocedor del peligro, para mover al cielo a compasión y obtener el auxilio necesario, recurrió a un extremo heroico, una peregrinación de más de 100 kilómetros.

 

6. Fidelidad a su vocación, no obstante las dificultades académicas

            En el verano de 1806, Juan María peregrinó al santuario de san Juan Francisco de Regis para impetrar la ayuda de Dios en sus estudios. En el trayecto subsistió de limosna y pidió alojamiento por caridad. La peregrinación no aumentó sus aptitudes para los estudios, pero le ayudó a superar la crisis de desaliento. El año siguiente, recibió el sacramento de la confirmación, que le confirió todavía mayor fuerza para la lucha; en él tomó Juan María el nombre de Bautista. La gracia del sacramento llegó en un momento muy oportuno, pues esperaba al joven otra prueba muy difícil. En efecto, como su nombre no estuviese incluido en la lista de los que hacían estudios eclesiásticos, fue llamado al servicio militar. En esta parte de su vida sobresale la intervención de la Divina Providencia así como la fidelidad y sumisión de este joven ante las autoridades civiles y militares... Sin él quererlo vivió un tiempo en calidad de desertor... Durante este tiempo se identificó con el pseudónimo de Jerónimo Vincent. Pasó catorce meses oculto en una población, entregado al estudio del latín, a la enseñanza de los hijos de su huésped y a colaborar en los trabajos de la granja; así se ganó el respeto y el cariño de todos.

 

7. Fidelidad a su vocación y tesón en el estudio

            Su preparación rumbo al sacerdocio resultó ser para él un verdadero viacrucis. Presentó el examen decisivo de manera oral y lo hizo tan mal, que los examinadores no pudieron por menos de reprobarle. En consecuencia, no se le podía admitir para el sacerdocio, pero le aconsejaron que intentase conseguir la ordenación en otra diócesis. El padre Balley fue entonces a ver al padre Bochard, uno de los examinadores, quien aceptó acompañar al rector del seminario en una entrevista privada con Juan María. Los dos sacerdotes quedaron muy bien impresionados con la conversación y fueron a presentar al vicario general el caso del “seminarista menos sabio y más devoto de Lyon”. El padre Courbon, que gobernaba la diócesis en ausencia del obispo, sólo les preguntó una cosa: “¿fue bueno el señor Vianney?”. “Si, es un verdadero modelo”, fue la respuesta. “En tal caso, puede ordenarse tranquilamente; Dios hará el resto”. El 12 de agosto de 1815 se le confirió el sacerdocio. Al día siguiente, cantó su primera misa y fue nombrado vicario del padre Balley, a cuya intuición y perseverancia debe la Iglesia, después de Dios, el que Juan María haya recibido el sacerdocio.

 

8. Perseverancia

Como premio a su perseverancia Dios le concedió saber lo suficiente para poder ejercer el ministerio. El vicario general de Lyon había dicho en la ordenación de Juan María: “La Iglesia no necesita sólo sacerdotes sabios, sino también sacerdotes santos”. Y monseñor Simón, obispo de Grénoble, había predicho que sería “un buen sacerdote”. En efecto, Juan María sabía todo lo que un sacerdote necesita saber, aunque no lo hubiese aprendido en los libros.

 

9. Fraternidad sacerdotal

Poco después de haber sido nombrado vicario de Ecully, Juan María recibió las facultades para oír confesiones. Su primer penitente fue su propio párroco, y su confesonario empezó pronto a llenarse de fieles. Más tarde, había de pasar las tres cuartas partes de la jornada en el confesonario. Sin hacer alarde de ello, el párroco y el vicario empezaron a emularse en la austeridad y vivían como monjes de la Tebaida. Aquel acusó a éste ante el vicario general, de “sobrepasar todos los límites”, y el vicario acusó al párroco de practicar mortificaciones excesivas. El padre Courbon no pudo menos de sonreír y de manifestar que los fieles de Ecully podían considerarse felices de tener dos sacerdotes que hiciesen penitencia por ellos. En 1817, murió el padre Balley, cosa que produjo una pena enorme a su vicario. A principios del año siguiente, el padre Vianney fue nombrado cura de Ars, una remota aldea de doscientas treinta almas.

 

10. Conocimiento de la realidad

Se ha exagerado mucho la decadencia espiritual de Ars en la época en que el padre Vianney llegó a la aldea, como se ha exagerado también la “ignorancia” del párroco. En realidad, la población de Ars no era mejor ni peor que la de cualquier aldea a principios del siglo XIX: ni el vicio, ni la inmoralidad se practicaban abiertamente, pero tampoco existía una religiosidad muy pronunciada; podría decirse que el gran pecado de Ars era, ni más ni menos, “el mortal escándalo de la indiferencia en la vida ordinaria”.

 

11. Caridad pastoral. Fiel al ser en el quehacer

El nuevo cura (que en realidad no era entonces más que una especie de capellán o vicario aislado) no sólo continuó, sino que redobló sus penitencias, sobre todo el empleo de la disciplina. Durante los seis primeros años, no comió prácticamente nada más que patatas para hacer penitencia por sus “débiles ovejas”. Los malos espíritus de la impureza, la embriaguez y la injusticia “sólo se arrojan con el ayuno y la oración”; ahora bien, como el pueblo de Ars no parecía muy dispuesto a orar y ayunar, el santo Cura se propuso hacerlo por su grey.

 

12. Caridad pastoral

Una vez que hubo visitado todas las casas de la localidad y organizado el catecismo de los niños, el Padre Vianney decidió emprender a fondo la reconversión de Ars. Para ello se valió del trato personal con los habitantes, de la dirección espiritual en el confesonario y de la predicación. Preparaba, cuidadosamente sus sermones y los pronunciaba con naturalidad y fervor. Las gentes del lugar estaban demasiado preocupadas por los asuntos materiales y demasiado habituados a la indiferencia para convertirse de golpe. Por otra parte, en aquella época todavía se dejaba sentir la influencia del jansenismo en la doctrina y los métodos de muchos teólogos y directores espirituales, ortodoxos pero demasiado rigoristas. Así pues, nada tiene de extraño que el cura de Ars haya sido muy estricto, sobre todo al principio de su ministerio.

 

13. Lucha implacable contra todo lo que no ayudaba a llevar una vida cristiana

Había en Ars muchas tabernas, en las que los varones gastaban sus ingresos, practicaban la embriaguez y charlaban en forma inconveniente. Las dos tabernas más próximas a la iglesia fueron las primeras en cerrar sus puertas por falta de clientes. Más tarde, desaparecieron otras dos. Cierto que se abrieron luego otras siete, pero todas fracasaron. El señor cura luchó con todas sus fuerzas contra la blasfemia, la mundanidad y la obscenidad y, como no vacilaba en pronunciar desde el púlpito las expresiones que ofendían a Dios, nadie podía llamarse a engaño. Durante más de ocho años predicó la perfecta observancia de las fiestas de la Iglesia, que no consistía simplemente en asistir a la misa y a las vísperas, sino en suprimir todo trabajo que no fuese absolutamente necesario. Pero, sobre todo, declaró guerra a muerte al baile pues lo consideraba como una ocasión de pecado para los que bailaban y para los que veían bailar. El padre Vianney se mostraba implacable con los que bailaban, tanto en público como en privado; si no prometían renunciar definitivamente al baile y no cumplían su palabra, les rehusaba la absolución. La batalla contra el baile y la falta de modestia en el vestir, duró veinticinco años, pero el santo Cura acabó por ganarla.

 

14. Oposición en el pueblo

Es imposible combatir desórdenes inveterados y arraigados vicios sin provocar resistencias. Estas resistencias el reverendo Vianney las presentía y las aguardaba. Si un pastor no quiere condenarse, decía, en cuanto se introduce un desorden en la parroquia, es necesario que ponga bajo los pies el respeto humano, el temor de ser despreciado y el odio de los feligreses; aunque esté seguro de que al bajar del pulpito será asesinado, no debe arredrarse. Un pastor que quiera cumplir con su deber siempre ha de estar espada en mano. Como diría San Pablo: “Gustosísimo me sacrificaré una o más veces por vosotros, aunque amándoos más, sea menos amado” (2Cor. 12,15).

Las quejas y los chismes de las personas que había amonestado y de los penitentes a quienes había negado la absolución, llegaban a oídos del austero confesor. Y él no lo ocultaba.

“Si un pastor -dijo después de proferir violentas invectivas contra los malos ejemplos de los padres- quiere que conozcan sus faltas y las de sus hijos, montan en cólera, le vituperan, hablan mal de él y le hacen objeto de mil contradicciones... Si un habitante tiene algo contra su pastor porque le ha dicho alguna cosa para el bien de su alma, en seguida surge la inquina: hablará mal de él; oirá con gusto que otros hablan así, y echará a mala parte cuanto se le diga... otra vez será una persona a quien habrá negado la absolución; se revolverá contra su confesor y será a sus ojos peor que el demonio”...

¿No era, acaso, al recordar estos penosos incidentes, cuando decía, al fin de su vida: “Si al llegar a Ars hubiese sabido lo que allí había de sufrir, me hubiera muerto del susto”? Vivió, en efecto, horas de verdadera agonía. Hubo un momento, refiere un testigo de su vida, “que llegó a estar tan cansado de los falsos rumores que algunos se atrevieron a propalar sobre su fama, que quiso dejar la parroquia y lo hubiera hecho si una persona de su intimidad no le hubiese convencido de que su partida equivalía a una tácita confirmación de las calumnias”.

A un sacerdote que se lamentaba de ser el blanco de las iras de los malos, le aconsejaba: “Haced como yo: les he dejado decir cuanto han querido, y de esta manera han acabado por callarse”.

Ante tantos rumores que circulaban él afirmaba: “Es posible que me saquen de aquí; entre tanto procedo como si hubiese de estar siempre”.

 

15. La fuerza del buen ejemplo

Pero el elemento decisivo del cambio que se operó en la aldea fue el ejemplo del padre Vianney: “Nuestro cura es un santo y tenemos que obedecerle”. “No somos mejores que las gentes de otros pueblos; lo que pasa es que tenemos a un santo entre nosotros”. Algunos llegaban hasta a decir: “Lo que él nos manda es la voluntad de Dios y, por ello, debemos obedecerle”. Pero aun ésos obedecían, en realidad, porque el padre Vianney era un hombre de Dios.

 

16. Resistencia ante los ataques del demonio

En tanto que el pueblo se convertía lentamente a la vida cristiana el cura de Ars era objeto de una verdadera persecución por parte del demonio. En toda la hagiología posterior no existía, hasta antes del padre Pío, un solo caso en el que la acción del demonio haya sido tan larga, variada y violenta. Los fenómenos iban desde los ruidos y voces hasta los ataques personales. En cierta ocasión, el lecho del párroco se incendió inexplicablemente. La persecución que comenzó en 1824, duró más de treinta años con algunas intermitencias. Por lo demás, varias personas tuvieron ocasión de presenciar sus efectos. Pero el padre Vianney tomaba la acción del demonio con tal naturalidad, que parecía considerarla como parte normal de la jornada; El padre T. Occanier le dijo una vez: “Seguramente que os asustáis mucho en algunas ocasiones”. El padre Vianney replicó: “A todo se acostumbra uno, amigo mío. El diablo y yo somos ya casi compinches”.

 

17. Ataques de sus hermanos en el sacerdocio

Además de la persecución del demonio, el Cura de Ars tuvo que soportar los ataques de algunos de sus hermanos en el sacerdocio -no los mejores ni los más inteligentes-, incapaces de apreciar la santidad del padre Víanney, recordando sus fracasos intelectuales en el seminario y prestando oídos a las hablillas, criticaban su “celo indiscreto”, su “ambición” y su “presunción”, y llegaban hasta a tratarle de “charlatán” e “impostor”. El padre Vianney comentaba a este propósito: “¡Pobre curita de Ars! ¡Qué cantidad de cosas desagradables se imaginan sobre él! Hay quienes por hablar de él se olvidan de predicar el Evangelio”. Pero los enemigos del cura no se limitaron a criticarle en la sacristía, sino que lo denunciaron al obispo de Belley. El padre Vianney se negó a defenderse y monseñor Devie le dejó en paz, tras de hacer algunas investigaciones. En cierta ocasión en que un sacerdote calificó de “loco” al cura de Ars, monseñor Devie, haciendo alusión a ello, dijo a su clero durante el retiro anual: “Señores, confieso que me sentiría muy orgulloso si todos vosotros tuvieseis algo de esa locura”.

 

18. Ars, Lugar de peregrinación

Crece el número de peregrinos y, por tanto, las horas en el confesionario, otro de los hechos extraordinarios que deben mencionarse es que Ars se convirtió en un sitio de peregrinación en vida del santo. Los peregrinos no iban para visitar el santuario de “su querida santa Filomena”, que él había construido, sino para ver al párroco. Indudablemente que había una parte de curiosidad en esas peregrinaciones, pues es imposible mantener secretos los hechos extraordinarios como el de la multiplicación de los panes y los ataques del demonio. Pero la causa principal de las peregrinaciones, que fueron haciéndose cada vez más frecuentes y numerosas, era el deseo de recibir los consejos del Cura en el confesonario. Y eso era sobre todo lo que enfurecía a los sacerdotes que no querían al padre Vianney, algunos de los cuales llegaron incluso a prohibir, a sus feligreses que fuesen a ver al cura de Ars. Desde 1827, empezaron a acudir a Ars los peregrinos del exterior. Entre 1830 y 1845 hubo un promedio de trescientos peregrinos por día. En Lyon se abrió una oficina especial para los viajeros que iban a Ars y se puso a la disposición del público una serie de billetes de ida y vuelta por ocho días, pues era imposible conseguir hablar con el santo cura en menos tiempo. Ello significaba que el padre Vianney tenía que pasar doce horas diarias en el confesonario durante el invierno y dieciséis horas durante el verano. No contento con eso en los quince últimos años de su vida predicaba todos los días a las once de la mañana. Se trataba de sermones muy sencillos, pues el santo no tenía tiempo para prepararlos, que llegaban al corazón de los hombres más cultos y de los más endurecidos. Ricos y pobres, sabios y sencillos, buenos y malos, clérigos y laicos, obispos, sacerdotes y religiosos, todos acudían a Ars a arrodillarse en el confesionario del santo cura y a sentarse en los bancos del catecismo. El padre Vianney no perdía el tiempo en dar consejos largos; generalmente sólo decía unas cuantas palabras, una sola frase, pero esa frase tenía toda la autoridad de un santo y revelaba con frecuencia un conocimiento sobrenatural del estado del alma del penitente. Muchas veces, el santo corregía el número de años que habían pasado desde la última confesión del penitente, o le recordaba algún pecado que había olvidado. En general, la dirección de las almas piadosas no costaba muchas palabras al cura de Ars. Mas éstas eran también flechas ardientes que penetraban para siempre hasta lo más hondo del corazón. “¡Amad mucho a vuestros sacerdotes!”, decía por toda exhortación a Monseñor Langalerie, su prelado, arrodillado a sus pies. Durante la confesión de los pecados, el santo repetía constantemente: ¡Qué pena, qué pena!” y lloraba sin cesar. Es fácil concebir que en otras circunstancias recomendaba a los sacerdotes sacrificios más heroicos. A un párroco que se lamentaba en su presencia de la frialdad de sus feligreses y de la esterilidad de su celo, le contestó con estas frases que parecen fuertes, pero que habían de ser bien recibidas por aquel a quien iban dirigidas: “¿Ha predicado usted?, ¿Ha orado?, ¿Ha ayunado?, ¿Ha tomado disciplinas?, ¿Ha dormido sobre duro? Mientras no se resuelva usted a esto no tiene derecho a quejarse”. “¿Por qué llora usted tanto, padre mío?, preguntaba al santo un pecador arrodillado delante de él. - ¡Ah, amigo mío; lloro porque usted no llora bastante!”. Las gentes hacían viajes de centenares de kilómetros y esperaban a veces día tras día en la Iglesia para poder confesarse con él. Y las conversiones se multiplicaban. “El Cura de Ars, ha dicho el padre Toccanier, tenía un atractivo particular para convertir a los pecadores”. Podría decirse que les amaba con todo el odio que sentía por el pecado.

 

19. Su poder de leer en las almas

Hemos hecho mención de su poder de leer en las almas pues bien, su conocimiento de los hechos pasados y futuros no era menos extraordinario. Aunque con frecuencia se critica irreflexivamente la inutilidad de los milagros de los santos, ciertamente no se puede hacer ese reproche al Cura de Ars. Sus profecías no se referían a los asuntos públicos, sino a la vida de los individuos y siempre iban dirigidas a ayudar y consolar a las almas. En cierta ocasión, dijo el santo que el conocimiento de los hechos ignorados se le presentaba en forma de recuerdos. Así por ejemplo, narró lo siguiente al padre Toccanier: “En una ocasión dijo a cierta mujer: ¿Sois vos la que abandonó a su marido en un hospital y se niega a ir a verle? Ella me preguntó: ¿Cómo lo sabéis, puesto que yo no lo he dicho a nadie? Ante tal réplica, yo quedé todavía más sorprendido que ella, pues tenía la impresión de que ella misma me había contado toda la historia”. La baronesa de Lacomblé, que era viuda, se hallaba muy agitada porque un hijo suyo de dieciocho años estaba decidido a casarse con una joven de quince. Así pues, decidió ir a consultar al Cura de Ars, a quien nunca había visto. Cuando entró en la iglesia la encontró tan llena de gente, que le cruzó por la mente el pensamiento de que nunca llegaría a hablar con el párroco e inició el movimiento para retirarse. Pero súbitamente, el padre Vianney salió del confesonario, se dirigió a la baronesa y le murmuró al oído: “Dejadlos que se casen. Van a ser muy felices”.

 

20. Venerado en vida

Las profesoras de la escuelita de Ars sabían perfectamente cuál era el mayor de los milagros del santo; haciendo eco a lo que se decía en otro tiempo de san Bernardo, decían: “La obra más difícil, extraordinaria e impresionante del Cura de Ars fue su propia vida. Cada día, cuando el padre Vianney salía de la Iglesia a la hora del Ángelus del mediodía para ir a tomar en la casa parroquial los alimentos que le enviaban de “La Providencia”, había personas que querían demostrarle su agradecimiento, respeto y amor. A veces tardaba más de veinte minutos en recorrer el corto espació que separaba la iglesia de la casa parroquia. Los enfermos de cuerpo y alma se arrodillaban para pedirle que los bendijese y orase por ellos; no sólo le tomaban por la mano, sino que le arrancaban trozos de la sotana. Ello constituía una gran mortificación para el sacerdote, quien repetía: “¡Qué devoción tan mal encauzada!”. Naturalmente, el santo suspiraba por la soledad y la quietud, sin embargo, por extraordinario que parezca, el buen cura estuvo en Ars contra su voluntad cuarenta y un año, y toda su vida tuvo que luchar contra su deseo personal de entrar en la Cartuja. Tres veces huyó de Ars. En 1843, después de haber sufrido una grave enfermedad, el obispo y el señor de Garets tuvieron que emplear toda su diplomacia para hacerle volver...

 

21. Rechazo de nombramientos y títulos honoríficos

            En 1852, monseñor Chaladon, obispo de Belley, nombró al padre Vianney canónigo honorario; pero hubo que imponerle la muceta casi por la fuerza y, no conforme con quitarse la vestidura y olvidarla, la vendió por cincuenta francos, que dedicó a una obra de caridad. Tres años más tarde, algunos altos personajes, bien intencionados pero poco acertados, consiguieron que se nombrase al padre Vianney caballero de la orden imperial de la Legión de Honor. Pero él se rehusó absolutamente a aceptar la imposición de la cruz imperial y jamás la portó sobre la sotana: “Si me presento con esta clase de juguetes ante Dios a la hora de la muerte, El puede decirme que ya recibí mi premio en la tierra. Verdaderamente no sé cómo pudo ocurrírsele al emperador enviarme esta cruz, a no ser que haya querido condecorarme como desertor”. En 1853, el santo Cura intentó por última vez huir de Ars. Es conmovedora la narración de su regreso a la parroquia, cuando se le dijo que le aguardaba en ella una multitud de pobres pecadores que le necesitaban.

 

22. Fidelidad a su ser y quehacer hasta el final

En el año de 1858, más de cien mil peregrinos fueron a Ars, cuando el párroco era ya un anciano de setenta y tres años y, el esfuerzo que debió realizar para atenderlos, minaron su salud. El 18 de julio de 1859 comprendió que se acercaba el fin y, el 29 del mismo mes, se metió en cama para no levantarse más. “Ha llegado el fin de un pobre hombre”, declaró: “Mandad llamar al párroco de Jassans”. Todavía oyó en el lecho algunas confesiones. Cuando se esparció la noticia de su gravedad, acudieron a Ars gentes de todas partes. Veinte sacerdotes acompañaron al padre Beau cuando éste llevó los últimos sacramentos al santo Cura, quien comentó: “Es triste recibir la comunión por última vez”. El obispo de Belley llegó a toda prisa el 3 de agosto. A las dos de la madrugada del día siguiente, en medio de una tormenta de truenos y relámpagos, el santo Cura de Ars exhaló apaciblemente el último suspiro.

Pío XI canonizó a San Juan María Bautista Vianney en 1925 y en 1929, le proclamó principal patrono del clero parroquial.

 

Conclusión

¡Cuánto bien hace la fidelidad del sacerdote a la comunidad eclesial; cuánto daño también la infidelidad sacerdotal que impacta, incluso, más allá de las fronteras eclesiásticas! La fidelidad en las cosas pequeñas nos prepara para ser fieles en las cosas grandes.

Acojamos las gracias que Dios quiere damos este año y renovemos nuestro ministerio reconciliador. San Alfonso solía decir que el predicador siembra y el confesor recoge la cosecha, y que el sacerdote que no quiere dedicarse a confesar está demostrando que no tiene mucho amor a las almas.

No olvidemos cual es la meta de este año especial: “... desea contribuir, nos dice Benedicto XVI, a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo”. Además, continúa el Papa: “La Iglesia necesita sacerdotes santos, ministros que ayuden a los fieles a experimentar el amor misericordioso del Señor y sean sus testigos convencidos”.

Bien diría el beato, obispo de Málaga, don Manuel González: “Dios, que puede hacer de las piedras hijos de Abraham, no quiere que de ordinario salgan de ellas los buenos curas, sino de tierra bien preparada y de cultivo muy asiduo”.

El obispo malagueño puntualiza: “El problema de vocaciones sacerdotales y religiosas no es sólo ni principalmente problema de dinero con que dar de comer a los candidatos o aspirantes; es sobre todo problema de oración al Amo de la mies, de tierra y de cultivo, esto es, de tierra de familias neta y austeramente cristianas, y cultivo de sacerdotes modelos que, por su caridad para con la Iglesia, celo por las almas y discreción, defiendan, protejan, curen, enderecen y rieguen la semilla de los dos seminarios necesarios para producir la flor y el fruto de curas santos: el de la familia cristiana y el de la Iglesia diocesana”. Y prosigue el pastor: “así formados los sacerdotes, quizás no llegarán todos a curas de Ars; pero seguramente tendríamos derecho a esperar que se repitieran con más frecuencia en la Iglesia”.

La caridad de Cristo en nosotros exige un trabajo sostenido como pastores de la Iglesia en este tiempo, una buena disposición hacia la formación integral permanente y una actitud de conversión sostenida, unida a una creatividad pastoral.

Queridos hermanos sacerdotes, cito al cardenal Hummes, acojamos con alegría y con determinación este año sacerdotal y demos gracias al Señor que nos ofrece este tiempo especial de gracia. No desmayemos ante las dificultades, recordando las palabras del Apóstol de los gentiles: “Sed conscientes de que vuestro trabajo no es vano a los ojos de Dios” (lCo. 15,58b).

Si la vocación es un don, la fidelidad ha de ser su respuesta. Seamos fieles a Dios, a la Iglesia, a nuestra propia conciencia bien formada, a nuestra vocación y misión, a la administración de todo lo que se nos ha confiado; seamos fieles y obedientes a nuestros legítimos pastores, a la sana doctrina, a la liturgia, a la moral.

Hermanos sacerdotes, somos una expresión de la fidelidad de Cristo, por nuestro ser y por nuestro quehacer seámoslo.

Que la virgen fiel nos ayude a confirmar nuestros compromisos y a cumplirlos hasta el final, en esta “nueva etapa de la vida de la Iglesia” que “exige de nosotros una fe particularmente consciente, profunda y responsable”[5] Y “que el Santo Cura de Ars, modelo y protector de todos nosotros, sacerdotes y, en particular modo, de los párrocos”, interceda por cada uno de los sacerdotes para que lleguemos a configuramos con Cristo, el Testigo Fiel.

Me permito culminar a nombre de Dios y de la Iglesia, diciendo a todos ustedes: gracias por su fidelidad y, gracias más, por renovarla. ¡Muchas felicidades!



[1] Presbítero del clero de Guadalajara, licenciado en teología dogmática, se desempeña a la fecha como formador en el Seminario del Señor San José de esta Iglesia particular.

[2] Matices extraídos de un mensaje a los seminaristas de España.

[3] Ad Gentes 1.

[4] Los siguientes datos biográficos, de los números 1 al 22, están tomados casi textualmente de la obra “Vidas de los santos” de Butter, traducción de Wifredo Buinea, S.J., Volumen III, México, 1964,pp 284-292

[5] Juan Pablo II, RH 6.

 

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