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Autobiografía (2ª parte)

 

Antonio Correa[1]

 

Dicen que la vida de un hombre condensa la de los demás. Sea como fuere, no deja de ser descriptiva y edificante, la síntesis vital que en pleno vigor de la vida hace un testigo de los últimos años del siglo XIX en Guadalajara.[2]

 

El tránsito del padre Rositas

            El 18 de octubre del año de 1892 ingresé con grande alegría a la facultad de mayores del Seminario Conciliar, matriculándome en las cátedras de prima y vísperas, siendo profesor de la primera el teólogo eminente y profundo sabio,  doctor en teología y canónigo honorario don Agustín de la Rosa, y de la segunda, el señor canónigo magistral doctor don Antonio Gordillo, quien en las postrimerías de su vida, siendo deán de la catedral y vicario general de la diócesis, fue sacado de su lecho y recluido en la penitenciaría, al entrar a la ciudad las chusmas de Carranza, al mando de Obregón. El señor doctor De la Rosa, siendo yo capellán del santuario de señor san José el año de 1907, la noche del día 6 de agosto, estuvo como de costumbre a visitarme a las ocho de la misma y revelando plena salud y después de comunicarme los proyectos del ilustrísimo señor obispo don Ignacio Plasencia para la formación de un seminario en Tehuantepec, a cuyo efecto él [doctor De la Rosa] preparaba escribir una gramática latina para los indígenas tehuacanos, se despidió de mí cerca de las 10.30, sin presumir siquiera que aquella despedida era para la eternidad, pues a las 6 de la mañana siguiente se le encontró rígido en su lecho. Con seguridad el beso de veneración y cariño que mis labios imprimieron respetuosamente en su mano fue la última manifestación humana del grande cariño y profunda estimación que con sus virtudes y talento se conquistara.

 

El acicate de la austeridad

Terminados felizmente los cursos primero y segundo de la sagrada teología y cuando cursábamos el segundo año, el señor minorista don Miguel Díaz Orozco, actual señor Cura de Tapalpa, tuvo la feliz idea de imitar a varios teólogos de los que formábamos la congregación mariana a que rezáramos diariamente el oficio parvo de la santísima Virgen cada uno en particular y los sábados y vísperas de las solemnidades de la santísima Virgen en común y solemnemente cantado en la capillita de nuestra Señora del Rosario, anexa al santuario de señor san José, de cuyo templo era sacristán el citado señor minorista. Varios compañeros y yo entre ellos, aceptamos gustosos la idea, perseverando en la recitación del citado oficio hasta la recepción del subdiaconado.

Cuando comenzaban las vacaciones del segundo curso, es decir, por los meses de julio o agosto del año de 1894, deseando tener algo más de emolumentos de los que mi querida madre podía darme y de los que me proporcionaba mi modesta ocupación, discurrí solicitar trabajo de sobres para carta de los que fabricaba el señor don Feliciano Estrada, excelente persona por su catolicidad, honradez y laboriosidad, y con quien había contraído amistad debido a que habitaba una casa contigua a la nuestra.

Con gusto atendió mi petición y aunque de momento, por desconocer dicho trabajo, me causó alguna fatiga el desempeñarlo con perfección, a los dos meses ya podía producir con el auxilio muy valioso de mis hermanitas María, Guadalupe y algunas veces Mercedes, y una prima mía, Ana Alatorre, quien en compañía de su hermana Marina, ambas hijas de una hermana de mi madre, desde la edad de 3 y 7 años respectivamente, fueron acogidas en mi casa por el fallecimiento de sus padres y de una tía que las había recogido; digo, pues, que con las citadas colaboradoras llegué en el mencionado plazo a producir dos mil sobres al día, siendo el precio de 62 centavos el millar de pura manufactura, porque todo el material lo proporcionaba el fabricante. Con este trabajo preparaba la Providencia divina el camino para que con él pudiéramos subsistir durante los años de orfandad que luego sobrevinieron y mientras mi hermano y yo terminábamos nuestras carreras.

 

Sorpresiva muerte del rector del seminario

No recuerdo con precisión si en el año de 1889 o 1890 tuvo que lamentar el Seminario la muerte de su ilustre señor rector, mas recuerdo con claridad que aquella le sorprendió de una manera brusca y repentina, sentado a la mesa, pues daba fin a la comida, y acompañado del señor presbítero don Manuel Baz, su hermano, y dos hermanas que le asistían, sin sufrir enfermedad grave de momento, y al partir una lima que iba a tomar, se echó atrás en la silla y exclamó: “Absuélveme, que me muero”. Administrado rápidamente, sucumbió, causando inmensa y dolorosísima sorpresa a todo el Seminario, que por nueve días guardó riguroso luto.

A la sazón era vicerrector del colegio mi querido maestro el señor prebendado Rosales, de quien hablé al principio de mi ingreso al seminario. Mientras se proveyó el puesto de rector, él desempeñó con grande acierto dichas funciones algunos meses e informando muy satisfactoriamente de su cometido al tomar posesión del mencionado cargo el señor canónigo penitenciario y doctor don Homobono Anaya. Hombre de ciencia aunque no raro talento fue el señor Anaya, pero estudiosísimo y muy solícito para la instrucción de la juventud, avezado a las dificultades del ministerio y sumamente práctico para discernir las virtudes de los alumnos, supo mantener en buena altura el seminario, restaurando las emulaciones y las recompensas de las becas de honor que hacía tiempo se hallaban vacantes, así como darles lustre a los actos literarios y académicos en donde los talentos de los alumnos se abrillantaban y esforzaban.

 



[1] Presbítero del clero de Guadalajara, siendo párroco del Santuario de Guadalupe en las primeras décadas del siglo pasado, llegó a ser uno de los más activos promotores de la acción social católica en la arquidiócesis.

[2] La paleografía y los subtítulos, que no tiene el original, son de la Redacción de este Boletín.

 

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