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Autobiografía del señor presbítero Antonio Correa

 

 

 

Una venturosa circunstancia y la generosidad del doctor don Manuel Ceballos, hizo llegar a la redacción de este Boletín un texto que este respetable investigador rescató hace algunos años. En él, como se verá, su autor, uno de los más involucrados en la Acción Social católica en Jalisco durante las dos primeras décadas del siglo pasado, da fe, paso a paso, de su itinerario existencial, pero a la vez, describe con pormenores la experiencia de un tapatío finisecular. La publicación de este valioso documento colmará no pocas lagunas en torno a una época muy notable: el nacimiento y desarrollo del catolicismo social, al calor de la Rerum novarum.[1]

 

Primeros años

Nací el 8 de mayo de 1876, a las 2 de la tarde, en una casa de la calle de San Diego. Fueron mis padres el modesto escribiente del señor licenciado don Emeterio Robles Gil, señor Mariano S. Correa Correa y la señora doña Concepción Cambero. Fui el quinto hijo del matrimonio, aunque en realidad ocupé el cuarto lugar por haber fallecido de pocos meses mi hermanita Dolores. Mis hermanos mayores fueron Concepción, Mercedes y Mariano.

Fui bautizado el mismo día 8 a las siete de la noche en la parroquia de Jesús, a donde pertenecía, poniéndome en mi acta de bautismo los siguientes nombres: Antonio María Miguel Acasio, siendo mi padrino bautizante el señor Cura de la misma parroquia, don Manuel López, y de brazos, el señor canónigo don Florencio Parga y la señorita Dolores Correa, tía de mi padre. Mis abuelos paternos fueron Antonio Correa y Rita Correa, quienes eran entre sí  primos hermanos;  y mis abuelos maternos, el señor Antonio Cambero y la señora Apolonia Zárate. Fui confirmado por el señor arzobispo don Pedro Loza, de santa memoria, siendo padrino el señor don Rafael S. Camacho, canónigo de la Catedral y posteriormente obispo de Querétaro.

A la edad de cuatro años entré a la escuela de primeras letras de las señoritas Altagracia Espinoza y María Salcedo, situada en la calle del Gallito, hoy de Herrera y Cairo.

Al año siguiente estuve en la escuelita de niños de la señorita Antonia Uribe, media hermana del muy honrado y cristiano caballero don José María Uribe, actual telegrafista de las oficinas federales en esta ciudad.

En octubre del año de 1882 ingresé al colegio León XIII, dirigido por el señor don Ignacio Rivera Calatayud, bajo cuya dirección cursé dos años y los tres restantes bajo el magisterio del señor licenciado don Martín del mismo apellido, hermano del anterior, quien se ausentó del establecimiento para abrazar el estado eclesiástico, siendo actualmente domiciliario del obispado de Aguascalientes. Entre los principales condiscípulos que tuve recuerdo a los señores José María Carrera y sus hermanos Antonio y Narciso, Luis B. de la Mora y sus hermanos Manuel y Jorge, David Basave, Manuel y Joaquín Cuesta, Bonifacio y Antonio Larios, Félix Núñez, Salvador López, José, Heraclio y Manuel Farías y otros innumerables que no es fácil anotar.

En el trascurso de estos cinco años estuve accidentalmente en las poblaciones de Tequila, La Barca –en donde cursé unos meses en la escuela parroquial dirigida por don Longinos Ramírez y en donde fui condiscípulo del señor Cura actualmente de El Teúl, don José Rosa, y por último, en Ameca por breves días. Estos viajes fueron por motivo de que mi señor padre desempeñó sucesivamente en estos lugares empleos del Gobierno.

Por el año de 1882 ingresé de acólito en el templo de San Diego, de donde era capellán el muy reverendo padre fray Bernardo Anguiano, de la Orden de San Francisco, del Colegio Apostólico de la villa de Zapopan, y sacristán del mismo templo el piadoso y honrado señor don Domingo Delgadillo. Sirviendo en mi carácter de acólito, tuve sucesivamente por capellanes de la mencionada iglesia, aparte del ya citado, al muy reverendo padre fray Jesús Escudero y al venerable sacerdote don Ignacio Rodríguez, que después de haber desempeñado el curato importante de Arandas, era en aquel tiempo apuntador y capellán de coro de la Catedral.

En 18 de octubre del año de 1887, después de haber terminado con aprovechamiento los cinco años reglamentarios de instrucción primaria, cuyos diplomas conservo, ingresé al Colegio Seminario Conciliar de esta ciudad, regido entonces por el ilustre señor canónigo maestrescuelas doctor y licenciado don Miguel Baz.

La mañana del citado día 18, mi hermano y yo fuimos conducidos por mi inolvidable señor padre, después de haber asistido al initium, o sea, asamblea de apertura, nos condujo a la pequeña habitación de nuestro nuevo maestro, quien acababa de ser nombrado para las clases de mínimos y menores, el señor diácono don Faustino Rosales, actualmente doctor y canónigo lectoral de la santa iglesia Catedral y provisor de la Sagrada Mitra. Muchos y verdaderos servicios paternales recibí de este ilustre miembro de la Iglesia, como lo diré más adelante.

Con buen éxito cursé el primer año, como consta por la calificación que conservo y a pesar de la estrechez y penurias que por entonces llegasen a grandes extremos por carecer mi señor padre de trabajo.

El 8 de diciembre del citado año ingresé a la piadosa Congregación de la Santísima Virgen en su Inmaculada Concepción y de San Luis Gonzaga, establecida en el Colegio y de la cual fui posteriormente consejero y tesorero.

El año de 1880 me nació una hermana que lleva por nombre María de la O y el de 1882 otra que se bautizó con el nombre de Guadalupe, siendo la primera de estas grandemente querida por mi padre.

El segundo año de estudios lo mismo que los tres restantes de facultad menor los cursé bajo la experta dirección del señor presbítero profesor don Fernando M. Ortega, aprovechando en lo posible en dichos cursos, como consta por las calificaciones que conservo y no obstante que en todos los cinco años tuve la alta honra de tener por condiscípulos al ilustrísimo señor doctor don Miguel M. de la Mora, actual obispo de Zacatecas, y al señor canónigo magistral doctor don José María Cornejo, al ingeniero don Gilberto Ramos, al muy reverendo padre don Pascual Díaz, miembro ilustre de la Compañía de Jesús, actualmente en México, y a otros sacerdotes y abogados.

Por el año de 1889 comencé a sentirme llamado al sacerdocio, meditando lo sagrado de este ministerio y sintiendo en mi corazón un ansia muy grande de ganar corazones para Dios.

Tuve la inmensa y bien singular dicha de no haber tenido jamás una lección o ejemplo de perversidad ni de mis condiscípulos de escuela y colegio, mucho menos de mis venerados profesores, y sin embargo en mis observaciones de joven comprendía que muchos males había en el mundo de los cuáles para precaverme y a la vez para combatirlos debía alistarme en el ejército de los soldados de Jesucristo.

Se me pasaba anotar que mi primera Comunión la hice en mi querido templo de San Diego el viernes de Dolores del año de 1883, habiéndome confesado por primera vez con el señor Cura don Manuel López, mi padrino de bautismo, y por cierto, en el mismo confesionario que existe en la parroquia de Jesús, entrando al templo y a la derecha, y en el cual confesé por primera vez al ser nombrado párroco de la misma parroquia el año de 1909.

Fueron sucesivamente mis asesores espirituales el ya citado señor Cura López, hasta que murió, pues era el director [espiritual] y confesor de toda mi familia; después, el padre Escudero, ya mencionado; lo mismo que el señor Rodríguez, lo fue largo tiempo el padre don Juan Vallejo, ilustre por su humildad y grande amor a la Santísima Virgen y al Santísimo Sacramento; el señor presbítero bachiller don Gregorio Retolaza, profesor del Seminario y a quien tocó dirigirme en el período importantísimo de la decisión de mi vocación.

Durante un período bastante aciago de tres años y medio, o sea, del final del año de 1887, en que ingresé al Seminario, hasta el mes de mayo del año de 1890, en que mi padre, careciendo por completo de trabajo y afligido por las mil privaciones de su familia, dedicándose mi madre y hermanas mayores el trabajo de costurería y medias consumieron sus fuerzas para poder obtener mezquinos elementos con qué combatir la miseria, ya que los objetos de lujo y algún valor habían ido desapareciendo en los montepíos usurarios que entonces abundaban, o por venta hecha a personas que pagaban generalmente mal, validas de lo violento de la situación.

En mayo del citado año de 1890, se resolvió mi padre a emigrar al territorio de Tepic en busca de colocación. ¿Cuál sería el estado de su alma al abandonar su hogar en donde dejaba su esposa en estado delicado debido al nacimiento de mi hermana Dolores, nacida el 9 de marzo anterior? ¿Y cuál sería la pena de mi querida madre cuando al abrazarlo para decirle adiós, quedaba a merced de las fuerzas de ella y de sus hijos, aun incapaces de remediar su situación?

Mi padre fue feliz en su empresa, pues Dios preparó los ánimos de las personas con quienes tuvo que hablar y tropezando felizmente con su antiguo y fiel amigo el señor licenciado don Manuel Espinoza, radicado entonces en Tepic, este señor se interesó vivamente por él y presentándolo primeramente con el señor licenciado don Antonio Zaragoza, secretario de la Jefatura Política, y después con el señor General don Leopoldo Romano, Jefe Político entonces de aquel territorio, quienes le dieran el nombramiento de sub prefecto político de La Yesca y a principios del año siguiente, prefecto político del puerto de San Blas, en donde murió.

El año de 1891 y cuando estaba para terminar facultad menor, de tal suerte consideré cierta mi vocación al estado eclesiástico. Debido a que mi hermano Mariano, que había cursado conmigo los cinco años de la facultad, deseaba seguir la carrera de leyes para la cual era preciso revalidar sus estudios hechos en el Seminario, mi padre, al solicitar del General Romano una recomendación para el señor General don Pedro A. Galván, que era entonces Gobernador de Jalisco, con el fin de facilitar los trámites, me exponía la conveniencia de que yo también revalidara los míos y se dignaba consultarme si pedía para mí también ese favor que iba a solicitar para mi hermano. Yo le contesté que estando enteramente resuelta mi vocación sacerdotal, juzgaba inútil dicho recurso, dando él tanto valor a mi resolución que se abstuvo de hacerlo, obteniendo para mi hermano tan amplia recomendación que sin dificultad alguna se declararon legales sus estudios por el Congreso, entrando desde luego a la Escuela de Jurisprudencia.

 

Puericia

Pocos, muy pocos fueron los amigos de mi infancia, porque siendo mis padres sumamente celosos del cuidado de sus hijos, sólo con niños sumamente honorables y siempre bajo la vigilancia de personas de respeto nos permitían asociarnos y pasear.

Mis juegos siempre consistían en hacer altares y celebrar en ellos las funciones propias del culto religioso, en cuyo entretenimiento pasaban todos los momentos y horas que me dejaban libres los estudios y obligaciones. Industrioso por carácter, yo solo construía de madera, cartóny demás materias propias para el caso, los altares, cómodas y demás muebles y ornamentos de dichos templos, asistiendo a los actos de culto mis hermanas y sus amiguitas.

La mecánica, la carpintería, la imprenta y otras artes de este género me atraían, y no tuviera a la mano alguna producción que como relojes, máquinas y motores de vapor quepudieran ser revisados por mí o intentaba conocerlos o repararlos; en dichas operaciones me pasaba largas horas de contento.

Dos o tres años pasé mis vacaciones de estudios del Seminario en la casa de los señores don Narciso Correa y su cristiana esposa doña Antonia Pacheco Leal, cuyos hijos José, Antonio y Narciso fueron muy felices amigos en el Colegio León XIII y siempre fueron muy fieles amigos, como nuestros padres lo fueron entre sí, y de cuya familia recibí muy singulares servicios en mi época de escolar. Un año la imprenta, otro la carpintería y otro la botánica fue lo que hizo útil y agradable el tiempo de vacaciones. Narciso o Cato, llamado así familiarmente, era quien más intimaba conmigo y aunque mayor en años y de posición elevada, nunca recibí de él humillación alguna, ni lección o consejo de maldad; siempre sencillo, atento y laborioso, me hacía muy agradable las largas horas que pasábamos en el trabajo o en el juego.

Otro de los amiguitos íntimos que tuve fue José Gutiérrez Hermosillo, único hijo varón de una familia muy honorable. Sólo con nosotros salía y paseaba y en su casa era donde a la vez pasábamos largas horas haciendo procesiones episcopales, con sendas mitras de cartón y báculos pastorales de latón con fragmentos de cristal, que semejaban valiosas alhajas, o ya bien ensayando y representando comedias como ‘La flor de un día’, en cuyos casos yo era siempre el apuntador.

Los paseos a Zoquipan, Atemajac y Zapopan y alguna vez a la Barranca fueron siempre bajo la inspección y vigilancia del buen señor don Domingo, el ya citado sacristán de San Diego y recreos eran en que expansionando el espíritu nunca recuerdo hayan dejado remordimiento.

El año de 1891 y tal vez a consecuencia del rápido desarrollo que experimenté, cuando las condiciones de mi subsistencia eran bien precarias, porque en seis meses crecí extraordinariamente hasta llegar a una altura de un metro y ochenta y dos centímetros que hacen mi estatura actual, se me desarrolló una enfermedad de asma que me hizo sufrir curas indecibles por espacio de tres años y de la cual sané completamente mediante una promesa hecha por mi querida madre y por mí a señor san José y consistente en irlo a visitar a su santuario, rezarle un rosario y entrar de rodillas, cosa que prontamente cumplimos.

Desde la edad de 14 años hasta mi ingreso de interno al Seminario estuve encargado de la sacristía del asilo de San Felipe, establecimiento sumamente benéfico y que ocupaba el local anexo al templo de San Felipe [Neri] y que posteriormente ocuparon los padres jesuitas. En dicha casa recibían modesta pero cristiana y práctica educación más de doscientos alumnas, todas internas, y a quienes gratuitamente se les daba instrucción escolar, se les enseñaba a trabajar en costura, planchado y lavado de ropa, fabricación de sobres, medias y velas de cera y conservándoles un espíritu modesto, se les educaba y cultivaba el amor al trabajo para que después por sí solas proveyeran honradamente a su subsistencia. Todo esto era gratuito para las asiladas, pues los gastos los sufragaba una Junta de Beneficencia formada por los hombres más prominentes de la ciudad, bajo el gobierno de un presidente elegido por la misma Junta. El último de ellos fue el señor licenciado don Juan Mallén, porque aunque al morir dicho señor la Junta nombró sucesor en el cargo al acaudalado señor don José María Gómez, como dicho señor, llevado de ideas extrañas al plan acordado, quiso y de hecho implantó reformas trascendentales en la reglamentación de la Casa, tales como que las educandas tuvieran instrucción superior, departamento de tocado y supresión de trabajos manuales, etcétera, etcétera, la Junta, desconociendo tales reformas, se divorció del presidente, quien tuvo la arrogancia de resistir por sí sólo la pesada carga, porque disuelta tan bienhechora Junta, él sólo sostuvo por pocos años el establecimiento, corrompiendo con vanidades y aparentes mejoras la educación de las asiladas, de las cuáles muchas se prostituyeron. Desencantado de su empresa el citado señor Gómez y más todavía por el fuerte gasto que erogaba el sostenimiento del establecimiento, lo suprimió al fin, sin saber yo de manera cierta si reconoció el tremendo error que cometió, tal vez con buena intención, pero funestísimo para la sociedad que en aquella Casa veía un verdadero asilo para las desvalidas jóvenes de la clase media.

Aparte del internado descrito, había anexa una escuela gratuita de instrucción primaria y un gran asilo para parvulitos a donde concurrían más de quinientos. Todo esto murió por las ideas ‘progresistas’ y demasiado civilizadas de un hombre ignorante en asuntos sociales.

En esa Casa, pues, presté servicios por cerca de cuatro años, siendo capellán el virtuoso sacerdote Vallejo, de quien arriba hablo y quien en el confesionario, con su bellísimo ejemplo y con sus pláticas y sermones impregnados de caridad, surtía del aceite de la verdadera piedad aquellos corazones que en lo general, huérfanos de padres terrenos, debían acogerse, para no sucumbir, a los amantísimos padres del Cielo: Jesucristo y su Inmaculada Madre.

Durante el largo período en que viví casi en la intimidad de aquella Casa pobre y sombría, jamás vi un escándalo, ni un ejemplo indigno del Asilo Cristiano. Horas sumamente deliciosas pasé a la sombra de aquella modesta capilla, en donde se celebraba con inusitado esplendor el mes de María, el novenario de la Inmaculada Concepción y la Misa de Navidad. Siendo estos cultos verdaderamente propios de la Asociación de Hijas de María Inmaculada, anexa al establecimiento desde que las Hermanas de la Caridad fueron directoras de dicha Casa.

En el tiempo a que me refiero, era presidenta de dicha Asociación la virtuosa y ejemplar señorita Cecilia Tovar, hija del famoso general del mismo apellido y quien después, al restablecerse el convento de Santa Teresa en esta ciudad, fue una de sus ilustres fundadoras.

Con las modestas gratificaciones que recibía en estos servicios, la mitad de ellos los entregaba a mi afligida madre para ayudarle en el gasto de la casa y con el resto iba pagando en abonos libros de estudio y de piedad que me facilitaba a plazos el entonces estudiante de teología don José María Vázquez, y actualmente ministro de la parroquia de San Pedro Tlaquepaque. Así principié a formar mi biblioteca.

 

Eduardo J. Correa[2]

A fines del año de 1890 o principios del 91, vino a Guadalajara y a mi casa el señor licenciado don Salvador E. Correa, hermano único de mi padre, quien deseando que su hijo Eduardo, joven de un año mayor que yo, que traía consigo, terminara sus estudios de leyes en esta ciudad, había solicitado de mi padre tenerlo en mi casa.

Joven de costumbres severas y cristianas, a la par que estudioso y gozando de una memoria feliz, en diecinueve meses hizo los estudios de jurisprudencia, obteniendo su título por unanimidad. Al fallecimiento de mi tío, que fue el 22 de marzo de 1892, mi padre ratificó a Eduardo su ofrecimiento de brindarle su casa como si fuera su hijo, lo cual, aceptado por Eduardo, se regresó a esta ciudad, de la que se había ausentado por la gravedad de mi tío, quien tenía muchos años de radicar en Aguascalientes. Desde entonces y sin retribución alguna, recibió su asistencia y consideraciones cual en vida de mi tío.

Hermano fue para mí y cuando por exigencias de los compañeros tuvo que ir a reuniones o días de campo, siempre se empeñó en llevarme para que cuando aquello degenerara en algún desorden le pusiera a salvo. Terminada su carrera, se regresó a Aguascalientes, donde se radicó.



[1] El texto facilitado por el doctor Ceballos es una reproducción del manuscrito de 319 páginas, redactado de puño y letra por su autor. Lo trascribe la Redacción de este Boletín, añadiéndole los subtítulos, que el original no tiene, aunque  sí divide el texto sirviéndose de asteriscos.

[2] Brillante y culto literato (1874-1965), cultivó con éxito el ensayo histórico y biográfico, así como la poesía y la novela. Incursionó intensamente en la corta existencia del Partido Católico Nacional, dedicando lo mejor de su vida al desempeño de su profesión como abogado. Obras suyas son: Líquenes, Oropeles, En la paz del otoño, Miosotis, Las almas solas, El precio de la dicha, La sombra de un presagio, El milagro de milagros, Un viaje a Termópolis, Los impostores, las biografías de don Miguel M. de la Mora y de don Pascual Díaz Barreto. En fechas recientes, el FCE ha publicado El porqué del Partido Católico Nacional [N de la R].

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