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El sacerdote libertador

Semblanza de Miguel Hidalgo, 1ª parte.

 

Ramiro Valdés Sánchez[1]

 

 

 

Se contextualiza, con esta colaboración que su autor ha hecho llegar a la redacción de este Boletín, con algunos datos biográficos del Padre de la Patria, el marco del bicentenario del inicio de la lucha por la Independencia de México.

 

Fuga nocturna

Un día se echaron a la mar tres carabelas que con la incertidumbre del éxito, se aventuraban a la inmensidad del océano; querían cerciorarse de la redondez de la tierra y extender el remo del hijo de Dios y de la corona de Castilla. Muchos días las tres naves debieron encon­trarse solas, sin otro marco que las olas bulliciosas y la inestabilidad de las nubes, pero al fin, por obra de Cristóbal Colón, esforzado y heroico, nació de España un hijo de Dios.

Pasaron muchos años, más de tres siglos y aquella Nueva España había ya logrado las suficientes fuerzas como para vivir por sí misma, había ya deja­do la niñez y era una joven fuerte, ansiosa de vivir sus propios ideales. Y en un nuevo día, después de muchos intentos frustrados, la Nueva España, no obstante la cuidadosa vigilancia de la Madre, se había enamorado y en la os­curidad, no sé si de la noche o de una madrugada, se fugó para escaparse con su caballero. De nuevo un hijodalgo, esforzado y heroico, se lanzaba a una peli­grosa aventura, pues quería dar independencia a su dama tan encan­tadora.

Ha pasado ya más de un siglo de estos esponsales bravíos, pero al celebrarse el bicentenario del nacimiento de este caba­llero valiente -Miguel Hidalgo y Costilla-, urge recoger las memorias de su vida, se impone a la gratitud de los hijos de esta Pa­tria, llevar un haz de recuerdos del sacerdote libertador.

 

Unas bodas

El Administrador de la Hacienda de Corralejo salió un día temprano a inspeccionar los terrenos de su administración; le interesaba saber cómo iban los trabajos en el rancho de San Vicente, pero lo que más le movía era co­nocer la belleza muy alabada de las hijas del arrendatario del rancho. Fue recibido muy bien, e igualmente lo trataron durante toda su estancia y resultó cierto lo que se decía de las hijas de don Antonio Gallaga, pues no tardó don Cristóbal Hidalgo y Costilla en pedir en matrimonio a la joven Ana María. Se hicieron los requisitos legales y también las fiestas profanas y los esposos se quedaron muy en paz a vivir en Corralejo. Allí Dios les concedió al primo­génito, José Joaquín y allí mismo, el dia 8 de mayo de 1753 les nació su segundo hijo, al que apenas cumplidos ocho días, el 16 de mayo, el señor Cura don Gregorio de Salazar, en la capilla de Cuítzeo de los Naranjos, puso por nombre Miguel Gregorio Antonio Ignacio.

 

Primeras letras

La infancia de Miguel tranquilamente se pasó en el campo, al lado de sus padres y de tres hermanos. Esta tranquilidad quedó sólo deshecha el día 15 de abril de 1762, porque al nacer su cuarto hermano, murió su madre, doña Ana María, todavía no contando él nueve años.

En Corralejo, en su propio hogar, dieron principio a sus estudios José Joaquín y Miguel, y ya algo adelantados, los llevó don Cristóbal a Valladolid, al Colegio de San Francisco Javier, donde estudiarían latín y retórica con los religiosos de la Compañía de Jesús. Miguel era el más aventajado de su grupo y poco antes que el Virrey mandara publicar el bando de expulsión de los jesuitas, el 25 de julio de 1767, él ya había presentado brillantemente su segunda prueba, para la que había preparado ocho oraciones de Cicerón, tres libros de Virgilio y un texto de Retórica. Para nuestros pequeños estudiantes debió ser muy dolorosa tan inespe­rada orden de la Corona, pues de esta manera veían truncados sus estudios, que felizmente habían principiado. Don Cristóbal, noticioso de la expulsión, dejadas las labores de la hacienda, se encaminó a Valladolid a recoger a sus hijos, y de allí los llevaría a Tejupilco, su lugar de origen, donde pasarían unos cuantos meses de vacaciones. En Tejupilco empezó Miguel a interesarse por los indígenas, y tanto fue su trato con ellos, que pronto logró entablar una que otra conversación con los otomíes, idioma que aprendió.

 

Valladolid y el bachillerato

Don Cristóbal siguió preocupado por los estudios de José Joaquín y de Miguel, y ya para el día 18 de octubre de 1767 irían los hermanos Hidalgo a Valladolid, a matricularse en el Colegio Real y primitivo de San Nicolás Obispo.

Los muchachos del Colegio sometieron a los nuevos alumnos a un bautismo y de él salió Miguel con el mote de "El Zorro". En el Colegio de San Nicolás Miguel siguió haciendo estudios brillantes. En las conferencias de sus compañeros él sustenta, arguye o preside; y al final del curso de 1768 presentó un Acto de Física. El 20 de febrero de 1770 terminaron los herma­nos sus estudios de Artes y Filosofía, encontrándose preparados para presentar los exámenes finales del bachillerato.

En los primeros días del mes de marzo, emprendió don Cristóbal acompañando de sus dos jóvenes hijos, el viaje a la capital de la Nueva España, donde les fue concedido a aquellos el título de bachilleres. Fue éste un paseo lleno de novedades. Por el largo camino del Bajío, fueron conociendo muchas villas y ciudades, y en México no dejó de sorprenderles la belleza de los monumentos y la vida de la ciudad, a cuyas so­lemnes ceremonias de la Semana Mayor asistieron. En la octava de Pascua, el 30 de marzo del año mencionado, después de cubrir los trámites legales, Miguel sustentó su examen público. La sala estaba adornada con elegancia, ocupando la tri­buna el señor Rector doctor don Juan Ignacio de la Rocha, el doctor Méndez, maes­tro de la Facultad y los maestros arguyentes los doctores fray José Domingo de Soria, don Joseph Giral y don Francisco Rangel. El sustentante respondió satisfactoriamente a las preguntas que se le hicieron de los libros de súmulas, de predicamentos, de universales, de física, de generaciones y de ánima; y después de haber jurado defender la religión, la doctrina de la Inmaculada Concepción y de obedecer al Rey, al Virrey y al señor Rector, le entregaron su título de bachiller en Artes. Al día siguiente, presentaron sus compañeros el examen y en él le fue concedido a Miguel tomar parte entre los maestros arguyentes por considerársele bastante capaz, a sus 17 años de edad, para contarse entre ellos.

Los Hidalgo volvieron a sus ocupaciones. Don Cristóbal tiene qué hacer en Corralejo, al lado de su nueva esposa y su nueva prole. Los bachilleres, prosiguen su carrera.

Al cabo de tres años invertidos en Valladolid estudiando las ciencias sagradas, el 24 de mayo de 1773, Miguel visita por segunda vez la Ciudad de México, y en el mismo foro, el aula magna de la Pontificia y Real Universidad, es examinado como bachi­ller en teología. De nuevo triunfa, regresando a Valladolid con un nuevo título.

Miguel siguió en el Colegio de San Nicolás, y apenas quedó vacante una de las cuatro becas de oposición, se presentó al Concurso y la obtuvo, recibiendo como reconocimiento, la categoría de maestro suplente de los catedráticos titulares, y de expositor en algunos actos académicos y como repetidores, todo lo cual implica el disfrute de los hono­res y deferencias tributados a los alumnos preclaros.

 

Órdenes sagradas

Mientras tanto Miguel iba reflexionando que no había para él mejor es­tado que el del sacerdocio, para poder entregarse al servicio de la humanidad y a los estudios, por eso, después de solicitar de la primera tonsura y las cuatro órdenes menores, con el título de idio­ma otomí, todos le fueron conferidas, en los primeros días del mes de abril de 1774, por el señor obispo don Luis Fer­nando de Hoyos Mier.

El nuevo clérigo conservó su beca y siguió estudiando en el Colegio. Ya para completarse el año de intersticios, dirigió a su Prelado la siguiente solicitud:

 

El bachiller don Miguel Hidalgo y Costilla, clérigo acólito domici­liario de este obispado, colegial teólogo, pasante en el Real y primitivo Colegio de San Nicolás Obispo, parezco ante vuestra señoría ilustrísima y digo: que habiendo sabido de los edictos convocatorios para órdenes, y ha­llándome en las condiciones conciliares, a distinción de 18 días que me faltan para completar los intersticios, se digne la grandeza de vuestra señoría ilustrísima admitirme para el sagrado Orden del subdiaconado, dis­pensándome de los dichos 18 días, por ser pocos los días, dichos los que faltan para las témporas venideras, y grande la benigni­dad de vuestra señoría ilustrísima, a título de lengua otomí, estando pronto el exa­men. Por tanto, a vuestra señoría ilustrísima suplico, se digne proveer como llevo pedido, en que recibiré merced y gracia.[2]

 

El mismo señor De Hoyos y Mier le confirió el sagrado Orden del subdiaconado, y desde ese día, 11 de marzo de 1775, Miguel, solemnemente y con toda generosidad, hizo promesa de guardar celibato y empezó su lengua a recitar salmos.

El becado había ya adquirido bastantes conocimientos y experiencias en el magisterio; por eso, en agosto de 1775 logró obtener por concurso, la cátedra de filosofía. En noviembre de 1776, estando acéfala la diócesis de Valladolid, solicitó al Gobernador de la Mitra, letras dimisorias para su ordenación de diácono, y si no fue orde­nado en México, es muy probable que lo hiciera en nuestra Catedral de Guadalajara, por el ministerio del siervo de Dios fray Antonio Alcalde, orde­nado de diácono en las témporas de adviento de 1776.

De nuevo en su Colegio, en la velada que éste dedicó al recién llegado obispo de Valladolid, doctor don Juan Ignacio de la Rocha, antes Rector de la Universidad de México, el diácono catedrático de filosofía Miguel Hidalgo presentó una disertación teológica sobre las prelecciones de Serry. A la vuelta de unos meses, el señor De la Rocha, le confirió, el 19 de septiembre de 1778, el orden del presbiterado, por el título de administración, en que se le había conmutado el de Idioma Otomí.

 

Cátedras y rectoría

El nuevo Sacerdote se había dedicado al estudio y al magisterio con bri­llo, y en ellos había que conservarlo. Al año siguiente, le concedieron una cá­tedra más, la de latín para mínimos y en ella y la de filosofía, continuó hasta el final del curso de 1782, fecha en que se le concedió la de Teología Escolástica como catedrático propietario; poco después, también sería catedrá­tico sustituto de teología moral. Siendo profesor de teología, introdujo un nuevo texto para substituir al de Gonet, al que juzgaba muy extenso y poco didáctico.

En octubre de 1784 el señor arcediano de la Catedral de Valladolid, canónigo doctor don Joseph Pérez Calama, convocó a un concurso de disertaciones teológicas en latín y castellano, prometiendo a la mejor, doce medallas de plata. El bachiller Hi­dalgo, se apresuró a presentar su disertación sobre el método de estudiar teo­logía escolástica. El doctor Pérez Calama, al recibir el proyecto, envió a Hidalgo una carta de felicitación, notificándole con frases de elogio ser él el merecedor del pre­mio. He aquí el texto:

 

Ambas piezas (disertaciones latina y castellana), convencen que vuestra merced es un joven en quien el ingenio y el trabajo forman honrosa competencia. Desde ahora llamaré a vuestra merced siempre Hormiga Trabajado­ra de Minerva, sin omitir el otro epíteto de Abeja Industriosa que sa­be chupar y sacar de las flores la más delicada miel. Con el mayor júbilo de mi corazón, preveo que llegará a ser vuestra merced luz puesta en el candelero o cuidad colocade sobre un monte.[3]

 

Y terminaba su alabanza, haciéndole consoladoras promesas. Ciertamente, al leer la disertación castellana aparece la vasta erudición de su autor, la solidez de sus argumentos y una forma correcta y cla­ra a la que se mezclan citas bien seleccionadas. Quizá adolezca de alguna imprecisión en su doctrina y del querer renunciar en la teología del siste­ma filosófico aristotélico tomista.

Cada vez más el bachiller Miguel Hidalgo se iba adentrando en la dirección de su Colegio, y habiendo desempeñado el oficio de tesorero, secre­tario y vicerrector durante tres años, en enero de 1790 se le encomendó la Rectoría.

Eso de ser Rector, sí que trae sus consecuencias, no faltan sus tra­bajos y honores y también una buena renta, con la que logró comprar has­ta tres haciendas, la de Jaripeo, la de Santa Rosa y la de San Nicolás.

 

Cultura de Hidalgo

Toda la carrera intelectual tan apresurada del sacerdote Hidalgo, él mismo nos la sintetiza en la relación de méritos que con motivo de un concurso hizo a su Prelado. Él los llama ‘cortos ejercicios literarios’:

 

El bachiller Miguel Hidalgo y Costilla […] primeramente aprendió gra­mática y retórica en dos años, teniendo en ambas las primeras públi­cas oposiciones. Estudió filosofía, en donde fue presidente de las academias de sus condiscípulos, tuvo un acto de física, y lo premió su maes­tro con el primer lugar. Después de graduado en esta facultad, siguió estudiando teo­logía. El año de primianista, se examinó en tres materias del P. Gonet; en el de secundianista aprendió doce, de las que hubiera tenido un acto, si no le hubiera sido preciso retirarse a su patria. Graduado en esta facultad, sustentó un acto de las prelecciones del P. Serra, que el Colegio dedicó al ilustrísimo señor doctor y maestro don Juan Ignacio de la Rocha. Ha sido pasante de gramáticos, presidente de las academias de los filósofos y teólogos, Juez Sinodal de unos y otros; ha hecho oposiciones a varias cátedras y becas de este título, por las que mereció vestir una de ellas. Fue catedrático de mínimos y menores, y filosofía. En ese tiempo presidió diecisiete actos y arguyó en muchos del Seminario. Sustituyó por mucho tiempo la cátedra de Escolástica y presidió cuatro actos menores y uno mayor. Ha predicado varios sermones panegíricos, morales y doctri­nales, e hizo otras cuatro oposiciones a concursos de beneficios vacan­tes, de los cuales en el último obtuvo primer lugar para la Sacristía de Apaseo. Hizo dos disertaciones sobre el verdadero método de estu­diar teología escolástica, una latina y otra castellana; las aprobó el señor deán en una carta que le puso, sobremanera expresiva. Presidió los dos actos mayores, uno de las prelecciones de Serra, y otro de cuatro volúmenes de Greveson, con que obsequió su Colegio a su señoría ilustrísima. Tradujo la epístola del doctor Máximo San Jerónimo a Ne­pocieno, añadiéndole elgunas notas para su mayor inteligencia. Ha sido examinador sinodal de confesores y ordenendos. Es actualmente catedrático de prima de Teología, y por último oposi­tor al presente concurso. Estos son, señor ilustrísimo, los cortos ejercicios literarios del que relaciona, los que solamente obtendrán el nombre de méritos si vuestra señoría ilustrísima se digna apellidarlos por tales.[4]

 

Don Lucas Alamán así habla de los estudios de Hidalgo: “Se distinguió en los estudios que hizo en el Colegio de San Ni­colás, en el que después dio con mucho lustre los cursos de filoso­fía y teología y fue Rector del mismo establecimiento […] traduciendo el Francés, cosa bastante rara en aquel tiempo, en especial entre ecle­siásticos, se aficionó a la lectura de Artes y Ciencias”.[5]

Además del Colegio, el padre Hidalgo se ocupó en otros ministerios sagrados. Cuando solamente tenía clases, fue vicario en una parroquia de la ciudad; después, se le dio el beneficio de sacristán mayor de Santa Clara del Cobre, donde ejercía su ministerio los domingos.

 

Colima y San Felipe

Cuando parecía que don Miguel Hidalgo había alcanzado la cumbre de sus aspiraciones humanas, y el beneficio más estable como Rector del Colegio de San Nicolás, se propaló entre el clero una mala fama, en parte real, en parte exagerada, que le imputaba al Rector y a su contertulio, el presbítero don Manuel Abad y Queipo, conversar de política revolucionaria, ideas que abrevaba leyendo a Voltaire. Le reprocharon que encontrándose en un baile, en Zi­tácuaro tomó parte activa en él, y que ya antes, de María Ramos Pichardo le habían nacido Agustina y Lino Mariano. De estas relaciones ilíci­tas, ciertamente habidas, él ya estaba contrito y confesado, por las que estuvo a punto de retirarse a un convento, según el consejo de su confesor. Y así, tanto se iba extendiendo la noticia de sus desvaríos, que su obispo, fray An­tonio de San Miguel, se vio precisado a encomendarle otros ministerios, por eso, el día 2 de febrero de 1792, hizo su renuncia a la rectoría y entregaba cuentas de su período de tesorero, para poder marcharse a la lejana Co­lima, a donde iba como Cura interino.

Sus oficios de Colegio, fueron encomendados a un suplente de forma transitoria, pues se esperaba que pronto se le rehabilitaría, en atención a lo cual sólo permaneció en Colima de marzo ha finales del año de 1792. Antes de retirarse de esa parroquia, dispuso que la vivienda que adquirió para habitarla, se convirtiera en una escuela gratuita, dejando establecidas rentas para su sostenimiento.

En el trayecto de retorno a Valladolid, pensaría Hidalgo que se le llamaba para restaurarlo en su oficio, pero los planes de los superiores fueron otros, encomendándosele la parroquia de San Felipe Torres Mochas, que recibió, el 23 de enero de 1793, de fray Diego de Bear.

Muy pronto se manifestó el espíritu del nuevo párroco: amante de los indios, protector de los necesitados, interesado en la promoción de obras sociales y poseedor de un talento nada vulgar en cuestiones intelectuales.

He aquí algunos de los títulos de la librería del párroco de San Felipe: Theologia du­plex, de Serry; Tratado de auxilios, de Leblanc; Historia de Méjico, de Clavijero; Historia de la Iglesia, en dos autores: Fleury y Alejandro; varias obras de Agustín Calmet; la Historia Natural de Buffon, en diez volúmenes; las piezas oratorias de Cicerón, textos de Virgilio, las Tragedias de Racine y obras teatrales, de Moliére; además, las Fá­bulas de La Fontaine, los Discursos de Bossuet y las Arengas de Demócrito, entre muchos otros volúmenes.

Se recuerda, por ejemplo, que a este párroco intelectual no le divierten los coloquios y las pastorelas del teatro popular, tanto como la dramaturgia reciente, como el Tartufo, de Racine, o la Atalía, de Molíere, textos que lee en su francés.



[1] Este ensayo vio la luz en la revista Apóstol, del seminario de Guadalajara, en abril de 1953, en el marco del aniversario 200 del nacimiento de Miguel Hidalgo. Su autor, en ese tiempo minorista, es ahora Vicario General de la Arquidiócesis de Guadalajara.

[2] Cf. La Nación, n. 603. México, mayo 3 de 1953.

[3] Cf. Ábside, n. 2, 1953, 163. Hidalgo, Tomo I, Castillo Ledón, Luis.

[4] Cf. La Nación, núm. citado y Ábside núm. citado, pág. 139.

 

[5] Alamán, L., Historia de México, México, 1883, tomo I, 314-315.

 

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