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Curso de conservación de obras de arte

y objetos litúrgicos en recintos religiosos

 Mirta Insaurralde

Pocas veces se pondera el efecto pernicioso que a la postre deriva de las fuentes de energía natural o artificial en los bienes expuestos habitualmente a ellas, por lo que recomendaciones como las de este capítulo llenan un hueco que puede remediar a tiempo males mayores

 

Capítulo XXX

Efectos nocivos de la luz sobre las obras de arte

En entregas anteriores se han expuesto a grandes rasgos el impacto perjudicial de los agentes ambientales y de la acción humana sobre las obras de arte y demás bienes de interés patrimonial. En esta ocasión se hablará acerca de los efectos que ejerce la luz sobre la materia constitutiva de los objetos.

Se impone recordar algunas nociones de física: la luz está compuesta por una serie de ondas que tienen diferente longitud y frecuencia, sin embargo solamente una parte de ese espectro es visible al ojo humano. En los extremos del espectro visible se ubican las radiaciones ultravioleta (UV) y las infrarrojas (IR).

El efecto degradante de las ondas luminosas es más fuerte en los materiales orgánicos, como son el papel, los textiles, las capas de color, los barnices, la madera, etcétera, que en los inorgánicos, como la cerámica, la piedra y los metales.

Las longitudes de onda más dañinas para tales objetos son las que se encuentran en los extremos del espectro visible: las ultravioleta y las infrarrojas. La radiación ultravioleta tiende a decolorar u obscurecer algunos pigmentos, y debido a que tiene gran poder de penetración, alcanza a romper los enlaces de algunas moléculas, ocasionando las tonalidades amarillentas y la extrema fragilidad en el papel y en los textiles; también favorecen la oxidación de algunos componentes, como son los aglutinantes de las capas pictóricas y de los recubrimientos, produciendo reacciones de alteración. Los rayos infrarrojos, por su parte, poseen una mayor longitud de onda y baja frecuencia, son radiaciones calóricas que elevan la temperatura superficial de las piezas, y es por eso que pueden catalizar numerosas reacciones de alteración. El efecto de la luz sobre los objetos es acumulativo e irreversible, por eso de deben tomar las medidas necesarias para minimizar su poder degradante.

En los templos, conventos y demás recintos religiosos se cuentan dos tipos de iluminación: la natural, procedente de la luz solar, y la artificial, producida por la energía de luminarias o lámparas, cada una de las cuales arrastra una implicación que ha de conocerse.

 

La luz natural

La más inmediata y común de todas es la luz natural, la cual posee todas las longitudes de onda, es muy rica en UV, IR y además altamente calórica, razón por la cual se debe evitar a toda costa la exposición directa de los rayos solares sobre los objetos, para lo cual conviene retirar las piezas de las ventanas, cuidar que permanezcan cerradas y que cuenten con una protección o cortina.

No es mala inversión valerse de filtros para UV, de los cuales existen varios tipos en el mercado; los de más sencillo uso consisten en películas o laminas adheribles a los vidrios, las hay textiles y pueden usarse como cortinas. En ambos casos se ha de tener en cuenta que estos materiales tienen una fecha de caducidad calculada por el fabricante y se deben renovar periódicamente.

 

La luz artificial

Sus efectos son menos dañinos que la anterior, sobre todo si a la par de la instalación se elijen fuentes con baja emisión de UV, o se colocan filtros que las retengan. La intensidad de la luz artificial puede y debe controlarse alejando las fuentes luminosas de los objetos y reduciendo al mínimo su exposición a la incuria de los elementos.

En los templos es común que la luz artificial se mantiene apagada mientras no se ofician actos litúrgicos, y se colocan dispositivos especiales que permiten iluminar los retablos, esculturas o pinturas solamente cuando ingresa algún visitante, esto permite reducir notablemente el tiempo de exposición de las piezas.

Los objetos presentan diferente sensibilidad a la intensidad de la luz. Podemos distinguir al menos tres grupos de objetos:

1.      Objetos muy sensibles a la incuria de los elementos, como son los textiles, las acuarelas, los dibujos, los grabados y manuscritos, entre otros.

2.      Objetos de sensibilidad media: temples, óleos, acrílicos, lacas, marfil.

3.      Objetos resistentes: metal, piedra, vidrio, cerámica.

La intensidad de la luz se mide en candelas o en luxes, utilizando un aparato llamado luxómetro. Se han determinado los parámetros máximos aconsejables para cada tipo de objeto, de acuerdo a sus materiales constitutivos, estos pueden consultarse en la bibliografía especializada. La cantidad de radiación ultravioleta se mide con el UVmeter, también se han determinado los índices de tolerancia máximos para cada tipo de objeto.

Es muy importante que un conservador realice las mediciones puntuales de intensidad luminosa y cantidad de UV en los recintos donde se custodian obras de arte, para valorar si los rangos son los adecuados para cada tipo de objeto, o para recomendar un reacomodo de las piezas, atendiendo a su mayor o menor sensibilidad a la luz. El especialista también podrá recomendar un sistema de iluminación artificial adecuado, determinando el tipo de fuente luminosa más conveniente y la distancia pertinente. En objetos muy sensibles a la luz, conviene calcular, de acuerdo a las mediciones realizadas, cuál es la máxima cantidad de luxes y de UV puede tolerar en un año, y de acuerdo con esto, establecer temporadas de reposo o resguardo en un sitio especial.

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