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Perfil espiritual de san Rodrigo Aguilar Alemán

Jesús Padilla Cueva

 

 Compulsando los recuerdos de los testigos de la causa de canonización y de otros relatos de tradición oral, algunos publicados por vez primera, el autor de este artículo rinde homenaje al mártir que con su sangre fecundó la cabecera municipal de Ejutla.

 

El Agrarista y el Zorrillo

Donato Arechiga llegó muy nervioso y apresurado a la parroquia de Unión de Tula. Era el presidente de los agraristas.

- Mire, señor Cura, yo quiero a esta mujer y vengo a que me case con ella.

-Pero si tú ya eres casado, hombre.

- ¡Y a mi qué! Cáseme con esta mujer, de lo contrario algún día me vengaré.

- Ni aunque me arranques la vida o me ofrezcas todo el oro del mundo, no te casaré porque es contrario a la ley de Dios.

- Le pesará, diantre de sotanudo. Ya nos veremos las caras algún día y me vengaré. Ya se acordara de mí.

Y salió chisporroteando su coraje. Lo mismo pasó con otro vecino apodado el Zorrillo, por la simpleza de quererse casar viviendo aún su esposa.

El señor Cura Rodrigo Aguilar Alemán se vio presionado a abandonar temporalmente su feligresía, ya que los perseguidores lo iban cercando por todos lados.

En forma humorística y a la vez trágica, lo relata el mismo en una composición poética titulada Initia sunt dolorum[1]

En Ejutla

Fue en el mes de enero de 1927 cuando el señor párroco de Unión de Tula, don Rodrigo Aguilar Alemán, llegó a este pueblo huyendo de sus perseguidores.

Se hospedó unos pocos días en la casa de don Mateo Michel. La señorita María Luisa Michel Luna, nieta de don Mateo, recuerda: “A mi me abrazó el padre Rodrigo y me sentó en sus piernas cuando tenía cinco años”.

Pronto se refugió en el monasterio de las Adoratrices hasta el día de su martirio. Su estancia en Ejula fue ejemplar por su piedad, profunda devoción al Santísimo Sacramento, a la Virgen María y una discreta labor pastoral, dadas las circunstancias tan adversas.

 

El poder de las tinieblas

Pero llegó el día, llegó la temida hora de poder de las tinieblas.

Serían las ocho de la mañana cuando los vecinos del pueblo vieron bajar las tropas del general Juan B. Izaguirre, unos cuatrocientos soldados, por la cuesta de Unión de Tula.

Corrió la voz y el miedo hasta por los últimos rincones de la población. El miedo y la noticia llegaron también al convento de las religiosas Adoratrices, donde se encontraban casualmente los sacerdotes Juan de la Mora, Emeterio Covarrubias, Jerónimo Pérez, el seminarista José Garibay, que presentaba su examen de latín, Francisco Rueda y el señor Cura Rodrigo Aguilar Alemán.

Todos se alarmaron y corrieron a escapar al potrero por una puerta que había en la parte posterior del convento. Don Crescencio Monroy, que trabajaba y vivía ahí mismo, tomó del brazo al padre Aguilar con el fin de ayudarlo a escapar junto con los demás. Pero como el sacerdote andaba mal de sus pies y era un tanto obeso, no pudo moverse con rapidez. Se sabe también que volvió sobre sus pasos para rescatar algo importante para él, desliz que fue la causa de su inmediata captura por parte de los soldados, ante la inminencia de la cual exclamó, dirigiéndose a sus acompañantes, que lo eran, además de Crescencio Monroy, José Garibay y unas religiosas: “Se me llegó mi hora, ustedes váyanse”, lo cual no sucedió, pues  todos los sometieron. Eran como las 10 de la mañana.

Por el camino, el piquete de soldados con su reo se toparon con don José Encarnación Díaz Alcocer, a quien el preso se dirigió como en coloquio: “Chon, ven, vámonos para acá”. Hasta parecía contento, afirman testigos oculares.

Puestos en libertad sus compañeros, se condujo al reo al templo de la Tercera Orden y luego al seminario, donde recibió la visita de dos religiosas: sor María del Carmen Rábago y sor María del Divino Salvador, que le llevaron algo de comer. El las despidió con estas palabras: “Nos veremos en el cielo”.

Un grupo de vecinos ofreció al general una compensación por la liberación del reo, se recabó el rescate convenido y se entregó al verdugo oportunamente.

Cuando todo parecía favorecer a la liberación del detenido, intervinieron los agraristas mencionados en el primer párrafo, Aréchiga y el Zorrillo:

-Mire comandante, si suelta al curita ese que me las debe, yo lo voy a denunciar a usted.

- Pues no creas que me asustas. ¿No sabes que te puedo tronar aquí mismo? Pero no es para tanto, si lo quieres, es todo tuyo.

- Yo sí quiero colgarlo. Díganme cuanto quiere para que me permita vengarme. Y que hasta le entregó un paliacate lleno de monedas.

- Mire amigo, yo soy muy honrado, pero déjeme ese dinero para la causa. Y cuidado con soltar la lengua, sería la respuesta.

El agrarista y el Zorrillo tomaron al sacerdote y entre un borbollón de palabras vulgares, expresión de su odio rabioso, lo condujeron al tronco del mango que se encuentra en el centro de la plaza.

- Ahora sí, curita sotanudo ¿se acuerda de mí? Yo siempre cumplo mi palabra. Este honorable tribunal acaba de sentenciarlo por no obedecer la ley de Calles.

El prisionero bendijo la soga y al militar que lo iba a ejecutar, apodado el Indio, al cual le obsequió un rosario.

De rodillas recitó una breve oración, luego de la cual dijo: “Estoy listo”. Le colocaron la soga al cuello, pero en vano intentaron alzarlo en peso, tal vez debido a su robusta complexión. Él mismo debió sugerirles: “Traigan una piedra, yo me subiré en ella, luego ustedes la quitan y así cumplen con su deber”. Así lo hicieron.

Esta versión del martirio no es uniforme. Otros testigos así narran el episodio: después de echarle al cuello la lazada, los verdugos intimaban al mártir para probarlo: “Diga: ¡viva Calles, viva el Supremo Gobierno!” Y como aquel callara, lo suspendieron por unos instantes y al bajarlo le repitieron la orden, pero él exclamó con valentía: “¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!”. Fue de nuevo alzado en vilo y vuelto a bajar se reiteró la orde, obteniendo la misma respuesta: “Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe”. Por tercera ocasión se repitió la tortura y ya en ella la voz del párroco salió de sus labios muy menguada; pese a ello, arrastrando la lengua, ratificó su confesión: “¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!” Entonces le alzaron  hasta elevarlo al trono del Altísimo, a los brazos de Cristo rey que ya lo esperaba.

 

Algunos detalles

Se sabe que a poco de haber iniciado la resistencia activa de los católicos en México, el general Izaguirre, acuartelado en Unión de Tula, dispuso, el 12 de enero de 1927, la captura del párroco Aguilar. El señalado para ejecutar la orden se dirigió al templo parroquial, llegando en el momento en que el ministro sagrado predicaba con mucho fervor su devoción a la Virgen de Guadalupe, a la cual honraba los días doce de cada mes con una solemne misa, así como también visitaba su santuario en el Tepeyac. El orador decía en esos momentos cuánto le conmovía la ternura con que la Señora del Cielo se dirigió a Juan diego y la forma como éste le contestaba llamándola: “Mi niña, mi muchachita”, y quien sabe qué otros hermosos pensamientos. Después de escucharlo y a pesar del riesgo que implicaba su desacato, el enviado militar desistió de cumplir la orden superior. Salió al atrio e indicó a sus soldados: “Vámonos, no puedo hacer nada”.

¿Se conmovió ante los sentimientos del orador? ¿Fue un toque vivo de la gracia? ¿Una travesura del Espíritu Santo? ¡No había llegado la hora!

El señor Juan Ruiz afirma haber visto al siervo de Dios aun colgado y con un balazo al lado del corazón. Un soldado me contó: “Acabamos de colgar a un fraile. ¡Si vieras qué valiente, no se rajó!”

José Arreola Salgado, el Ciego, dice que acompañó al santo viniendo de El Grullo y platicaron mucho por el camino y recuerda que Simón Alcocer, acostumbraba preparar una infusión con las hojas del árbol de mango donde ejecutaron a san Rodrigo, atribuyéndoles propiedades medicinales. Otro  testigo evoca: “Llegaron unos soldados a casa de mi tía pidiendo de comer. Les dimos lo que había. Luego llegaron otros tres diciendo: ‘En este momento colgamos al curita y, apuntando a un compañero Este fue el que lo colgó, le dicen el Indio’”.

Hablando del preso, afirmó un soldado: “Si vieran que valiente se portó. Tres veces lo subieron y bajaron, exigiéndole que gritara: ¡Viva el supremo Gobierno!, pero el siempre respondía ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!”

El capitán Mata, hospedado en la vivienda de Donato Díaz Alcocer, confesó que: “El reo había manifestado mucho valor”, y que el general no estuvo presente en el momento de la ejecución. Lo supo después.

Mientras estuvo preso en el seminario, aprovechando cualquier ocasión, el padre Aguilar se dirigió a los soldados de guardia no para implorarles benevolencia, sino para inducirlos a la vida cristiana. Los soldados lo escuchaban consternados.

En llegando Izaguirre a Ejutla, el jueves 27, convocó a varios vecinos, entre los cuales estaba Donato Díaz, quien nos dice que en tono prepotente y amenazante el militar ordenó a todos los habitantes abandonar el pueblo cuanto antes, bajo pena de muerte para quien se encontrara al día siguiente: “Vamos a saquear y quemar el pueblo”, concluyó. Fue así como inició de la brutal Corrida de Izaguirre, rabiosa e insólita medida represiva, que hasta donde se sabe no se repitió en ninguna otra población de México durante la neronina persecución callista a la religión.

 

La sepultura

En su declaración en el proceso, don Juan Ponce, originario de Sayul, al igual que el padre Rodrigo, a quién trató mucho cuando vivía en el barrio de Huela, dice: “El viernes 28 me presenté con el capitán Mata en la tienda de Donato Díaz, y luego me dijo: ‘Qué bueno que viniste. Busca quien te ayude para que sepulten al señor Cura’.

- Yo le respondí: Sí, nomás me da la orden.

- No se necesita. Aun así me la dio por escrito.

Palabras de don Jesús García “Otra persona y yo lo descolgamos. Uno desató la cuerda y lo otros tres los sostuvimos. Se colocó y amarró el cuerpo sobre una tabla, se le condujo al panteón y se sepultó en una fosa bajita.

Sin embargo, don José Encarnación Díaz afirma: “Donato mi hermano, Manuel Sedano, Tacho [Anastasio] Rodríguez y yo lo llevamos abrazado y en una sepultura no muy honda, lo enterramos.

Juan Ruiz añade: “Le pusimos una tabla encima y lo tapamos de tierra y corrimos porque teníamos mucho miedo”.

José Arreola, el Ciego, da testimonio de que fueron José Encarnación Díaz y Félix Díaz quienes descolgaron el cadáver: “Yo los acompañé al cementerio llevando los sombreros de los cargadores y ayudé a juntar piedras para colocarlas sobre el sepulcro”.

La señora Elvira Aguilar, hermana del mártir, recuerda que después de la ejecución, los soldados se dedicaron al saqueo del pueblo llevándose el botín en veinte mulas cargadas.

Primitivo Fuentes, que tenía una tienda frente a la plaza, recuerda: “Vino una religiosa y me pidió algo para que cenara el señor Cura. Le di galletas y café. A un soldado le oí decir: ‘A éste lo ahorcamos porque nos hizo fuego en El Chante’”.

Elvira Aguilar afirma que en sus últimas palabras, al grito de “¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!” san Rodrigo añadió: “Y muera el mal gobierno”.

Cuando los soldados saquearon el convento, se llevaron ornamentos, la custodia, y los vasos sagrados. A una religiosa, a la que sorprendieron consumiendo la reserva de la Eucaristía la golpearon en el rostro hasta desencajarle la mandíbula.

Aunque del conjunto de testimonios enumerados existan variaciones y contradicciones en cosas secundarias y de poca importancia, en lo esencial todos concuerdan en esto: san Rodrigo murió por odio a la fe, a la Iglesia, al sacerdocio y a todo lo religioso, y que hasta sus últimos momentos el mártir se comportó con suma dignidad y espíritu evangélico al perdonar a sus verdugos.

 

Deseo del martirio

El mártir no se hace de la noche a la mañana ni por mera casualidad. Es como el bloque de noble y fino mármol que va asimilando las bellas formas del artista tras millares de golpes de martillo, cincel y buril; golpes de ascetismo que experimentó san Rodrigo en el ministerio sacerdotal: en la continua y cotidiana disposición de hacer siempre la voluntad de Dios, en el cumplimiento del deber, no como disciplina militar, ni como empleo burocrático, sino como correspondencia del hijo agradecido con su Padre, en el servicio al prójimo buscando con caridad su bien material y espiritual.

En el amor de Dios, como clima permanente en todas sus acciones, como la fuerza motriz de su apostolado y de toda su existencia, con grandeza que entrega su vida bajo el odio y la violencia.

El mártir que con grande fortaleza entrega su vida es porque ya se entrenó antes como el atleta para la competencia.

Y ese fue el padre Rodrigo como seminarista, como sacerdote y como párroco en: el hombre de oración y ferviente amor a Dios, a su hijo Jesucristo, a la Virgen María, a la Iglesia…Así fue burilando en su alma la silueta del martirio.

En repetidas ocasiones y con mucha anticipación el padre Rodrigo manifestó con claridad un vivo deseo de martirio. No era solo la disposición de afrontarlo en caso de que las circunstancias lo obligaran. No, era algo más, tratábase de un positivo, él lo quería, lo deseaba, lo pedía en su oración, lo expresaba en la conversación y predicación solicitando a la feligresía que le ayudara a pedir al Señor esa gracia.

Tanto en su actitud como en sus reacciones con frecuencia asomaba  esta tendencia que en él era como una santa obsesión.

Varios testigos afirman que, cuando ya lo traían los soldados del convento a la plaza, se veía no solo tranquilo sino alegre y jovial. Además, aunque tuvo oportunidad, para nada pidió ni sugirió obtener su liberación.

La hermana María del Divino Salvador, quien lo trató mucho durante su estancia en Ejutla, confirma que en la predicación del domingo anterior a su ejecución, Rodrigo pidió al Señor la gracia del martirio y exhortó al pueblo a que le ayudara a conseguir tal favor. Y añade la testigo: “El me platicó que en su viaje a Tierra Santa, al abrazar la piedra del pesebre del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, pidió a Dios fervientemente ese gran deseo. Más luego, confidencialmente, añadió: pero yo no soy digno de tal gracia”.

Cuando se aproximaba el rumor de algún peligro, el padre Aguilar llegaba frotándose las manos de alegría: “Ahora sí, madrecita parece que ya me llegó la hora”.

Y en su composición poética sobre la escapada de su parroquia, confiesa enérgicamente:

 

Prefiero la muerte, yo soy sacerdote;

prefiero el destierro, yo no soy tan vil;

mejor las guaridas del tigre y coyote,

mejor el martirio que ser Iscariote.

 

En el momento trágico de la escapada por el potrero aledaño al convento, saltaron el lienzo divisorio el señor Cura Juan de la Mora, el padre Perotes, un tanto obeso; saltó el padre Emeterio Covarrubias y don Francisco Rueda. Pero ¿Qué le pasó al padre Rodrigo?

Que dizque le dolían los pies, que estaba gordo, que se regresó porque se le olvidó el breviario, por más que Chano Monroy lo jalaba y lo urgía: “Rápido, señor Cura, que ya los guachos están aquí! ¿Qué se le pudo olvidar de tanta importancia?

Parece, pues, que salió a afrontar el martirio. Pudo, pero no quiso huir entre las veredas al cerro de La Capillita, prefirió salir al encuentro de su implorado anhelo.

Si lo deseó tanto, si lo pidió con tenacidad en la oración durante varios años, si impulsó a la feligresía a unirse a su petición, si manifestaba júbilo cuando se aproximaba al verdugo, si hacía “chocolates” de entusiasmo nomás de imaginar su hora ¿cómo iba a desperdiciar tan segura y cercana oportunidad? Tanto pedir tan grande anhelo y a la hora de la verdad no aceptarla no es posible.

Más bien pudo saludar a la muerte con la tierna súplica que el poeta del Romancero de la Vía Dolorosa pone en labios de Jesús condenado a muerte:

 

            Acércate, bien amada,

la de los brazos abiertos

a tí corro enamorado

con un ciclón de deseos.

Tengo sed de tu regazo

para morir en silencio.

Amada, la presentida

desde los montes eternos.

No fueron los pies doloridos, no fue el deseo de recuperar un libro tan valioso como el breviario, sino un deseo irrefrenable del corazón que al fin conseguía la degustación de su anhelo. Salió al encuentro y al abrazo del anhelado martirio:

 

 

La sonrisa del cielo

 

Una noche, los breñales de los cerros que circundan Ejutla, sus  tacotes amarillos, tepehuajes, órganos pitayeros, nopaleras y peñascos, sirvieron de baluarte, refugio y trinchera a los vecinos; era el jueves 27 de octubre de 1928, fecha que  nunca se borrará de la memoria del pueblo. Poco antes había llegado a la pacífica localidad el general Juan B. Izaguirre vomitando rabiosas e injustificadas amenazas contra el vecindario y pena de muerte para quien permaneciera en su casa el día del saqueo.

Cientos de cascos de caballería resonaron en el humilde empedrado de las calles del pueblo. Corrió el pánico entre sus habitantes. En vano los aldabones, los cerrojos y las trancas clausuraron las puertas de las viviendas. Recuerdos de días no remotos y llenos de atrocidades, llevaba a los padres a ocultar a sus hijas en los tapancos o en los rincones más intrincados de la casa. Intimidados por la prepotencia del indigno militar, deshonra de su gremio, los que pudieron, se ocultaron en  los ranchos vecinos: El Paso, Los Naranjos, El Zalatillo, San Luis, Los Pericos, o, en el último de los casos, en la montaña.

Pues bien, la añeja tradición de los abuelos, el palique en los corrillos callejeros y la narración viva transmitida en Ejutla de padre a hijos, recuerda que esa terrible noche, a eso de la madrugada, una luz misteriosa, inusitada y bella, rasgó la obscuridad de la madrugada, y que muchos la vieron en el cielo, sin rayos ni truenos; una suavidad como nadie recordaba jamás. Era un relámpago, sí, pero leve, no imponente y atronador; su vista no infundía temor, sino paz, como una exhibición de belleza y alegría que se metía al alma a través de las pupilas. Primero, tan sólo unos momentos, fue una claridad intensa, la cual poco a poco se fue desvaneciendo. Vino una segunda ráfaga, en la misma forma. Los que la vieron estaban muy intrigados. Por tercera ocasión apareció la viveza del resplandor, pero esta vez por más tiempo, hasta que se fue ocultando lenta y suavemente, como quien no quiere despedirse.

¡Qué hermoso! ¿Qué sería? ¿Alguna señal del cielo?

En el transcurso del día, no pocos se enteraron que soldados del Ejército Federal ajusticiaron al señor Cura Rodrigo entre la una y las dos de la madrugada. Que tras echarle la soga al cuello, lo apremiaban para que gritara: ¡Viva el Supremo Gobierno! más el proclamaba: ¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe! Dos veces consecutivas lo lazaron y lo volvieron a bajar, repitiéndole la misma orden, pero él no cesó de vitorear a Cristo Rey y Santa María de Guadalupe. Finalmente, en forma definitiva lo alzaron hasta arrancarle la vida.

Varios testigos dan fe de su creencia: que las luces celestiales aparecieron al mismo tiempo de las confesiones del mártir. La hermana sor María del Divino Salvador recuerda que a la hora que murió el padre Rodrigo se vio una claridad vivísima que iluminaba hasta las casitas de los cerros cercanos: “Yo no lo vi porque estaba encerrada en casa de doña Domitila y don Guadalupe Sedano. Pero mucha gente lo vio”. Chano Monroy narra que “como a la una de la mañana vi una claridad especial en el cielo y muchas personas también la observaron. Fue en el momento en que expiraba el señor Cura Rodrigo”. Elvira Aguilar, atestigua: “A la hora de su muerte se vio una luz como de relámpago, que se observó también en Los Pericos”.

Afirman haber observado ese fenómeno el padre Emeterio Covarrubias y las señoritas Soledad Michel Uribe, Aurora Sedano y Amalia Zepeda.

Este episodio recuerda cómo “de muchas formas habló Dios por medio de los profetas” (Hb1,1) A los sabios de Oriente les hizo saber el nacimiento de su Hijo mediante una estrella.

Esas bellísimas luces celestiales, son la respuesta del Señor de los Cielos a la triple confesión del héroe defensor de la soberanía de Cristo Rey. Es como la sonrisa de Dios, complacido por la fortaleza y el grande amor del que no sufrió, sino que gozó el martirio:

 

Cuando la lengua calla

habla Dios desde los cielos.

 

La exhumación

Allá por los tiempos de los criminales emperadores romanos que persiguieron a los cristianos, nació intensa y viva la veneración por los mártires.

De hecho, las catacumbas eran tan solo unos cementerios informales.

Insensiblemente fueron evolucionando como lugares de culto, primero, en forma casual por el sepelio de algún mártir, aniversario de su inmolación o el recuerdo de algún familiar muerto en esa forma.

Más como estas circunstancias se fueron intensificando, llegó el momento que también el culto fue mas frecuente.

La Iglesia católica, heredera de esa piadosa y milenaria costumbre, honra y venera la heroica figura de los mártires modernos.

El padre Rodrigo coronó su vida ejemplar en el ministerio del sacerdocio, recibiendo con la palma del martirio.

El breve tiempo que permaneció en el monasterio de las Adoratrices de Ejutla fue suficiente para apreciar su espíritu de oración, su amor a la santísima Eucaristía, a la Virgen María y a la Iglesia.

A pesar de las circunstancias adversas del momento, atendió asuntos en su parroquia y fue guía y consejero en las necesidades espirituales del vecindario,

Su muerte conmovió al pueblo, que de inmediato empezó a catalogarlo como santo y como mártir.

Con todos estos antecedentes, el párroco de Unión de Tula y su vicario, el presbítero don Jesús Gutiérrez, se presentaron ante el párroco de Ejutla, don Prisciliano Michel, con la intensión de exhumar los restos del padre Rodrigo por haber sido párroco de aquella localidad.

Se llamó a don Juan Ponce, quien en 1927 había intervenido en el sepelio y, juntamente con el señor Juan Ruiz Díaz, exhumaron los restos, que fueron trasladados a Unión de Tula y sepultados en el templo parroquial.

En esta ocasión estuvo presente don José Trinidad Monroy.

Al año siguiente, 16 de mayo, los restos recibieron cierta preparación, volviéndose a colocar en el lugar anterior.

El 16 de marzo de 1946en presencia del señor Cura don José Refugio Batista, del vicario parroquial José de Jesús Gutiérrez, de los sacerdotes José C. Mercado, Armando Flores y varios vecinos del lugar, fueron icolocados los restos del señor Cura Rodrigo Aguilar en el templo parroquial de Unión de Tula.

Finalmente, por disposición del excelentísimo señor obispo de Autlán don Lázaro Pérez, se volvieron a exhumar sus restos el 23 de febrero de 1992 con el fin de realizar una autentificación.

Esta nota con carácter de acta formal, la firma el presbítero Gabriel Urbia Naranjo, como vice postulador de la causa del canonizado.

¿En que consistió la autentificación? ¿Un notario, un técnico, un historiador, un medico forense…?

 

La glorificación del mártir y el santo

En aquella madrugada del 28 de octubre de 1927, estando los cerros de Huejutla,  llenos de ojos, empezó la glorificación. Los cielos sonrieron con maravillosa sonrisa de luz, luz divina, luz celestial, como un océano de luciérnagas y tagüinches que iluminó el horizonte espiritual de las almas de alcores, valles y montañas.

Encendió el Señor los fuegos y su hermosa pirotecnia, para recibir con alborozo al mártir que confesaba el señorío, soberanía y reinado del Rey Eternal.

Dios estaba feliz y por eso envió su alegría en el esplendor de sus luminarias. Era el inicio de la glorificación del soldado victorioso: Entra en el gozo de tu Señor.

Vino luego el plebiscito de la feligresía que aspiraba el aroma de santidad, la valoración de sus virtudes, el notorio amor al Santísimo Sacramento y a la bienaventurada Virgen María y a la Iglesia. Y finalmente la voz infalible de la Iglesia, que por mediación del sumo pontífice Juan Pablo II, declaró santo al mártir.

Fue la voz del Pedro actual ante los resplandores de la Gloria del Bernini, junto a las grandiosas columnas de la Basílica de la Cristiandad, la Basílica de San Pedro, el Pescador de Hombres, que resonó en la tierra y en el cielo, el 24 de mayo del año 2000, porque lo que él ata en la tierra, atado queda también en los cielos.

Quien pierde la vida por Cristo, la gana para la eternidad.

 



[1] Comienzan los dolores.

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