Documentos Diocesanos

Boletín Eclesiástico

2009
2010
2011
2012
2013
2014
2015
2016
2017
2018
2019
2020
2021

Volver Atrás

Datos autobiográficos de la venerable María Inés Teresa Arias

Una nayarita cercana a la canonización

 

 

El viernes 3 de abril del año en curso, el Papa Benedicto XVI promulgó el decreto en el que se reconoce el título de "venerable" a la religiosa María Inés Teresa Arias Espinosa, fundadora de dos congregaciones religiosas: las Hermanas Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento y los Misioneros de Cristo por la Iglesia Universal. Estos son algunos datos de su vida.

 

Introducción

Hija de tapatíos don Eustaquio Arias Arroniz y doña María Espinosa López Portillo,  su nombre de pila fue Manuela de Jesús.

Todavía viva la persecución religiosa en México, ingresó al monasterio de las Clarisas Sacramentarias de Los Ángeles, California, el 5 de junio de 1929, congregación mexicana en el exilio. Junto con sus hermanas de religión, pudo regresar al país el 15 de abril de 1931, y dos años después hizo su profesión perpetua como religiosa de clausura.

Su experiencia de fundadora se consolidó el 12 de mayo de 1945, fecha en la que el obispo de Cuernavaca, don Francisco González Arias, puso la primera piedra de la casa madre y el mismo día, en Roma, El Vaticano aprobó la fundación de un nuevo monasterio de clarisas con miras a la acción apostólica. Este es el origen de la congregación de las Hermanas Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento y de los Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, obras nacidas en México y que a la fecha se extienden en otros países, como Japón, Estados Unidos, Costa Rica, Indonesia, Sierra Leona, Nigeria, Italia, España, Irlanda, Corea India, Rusia y Argentina. Su apostolado lo ejercen en tres áreas: educativa, sanitaria y evangélica. La fundadora murió el 22 de julio de 1981. Su causa de canonización comenzó el 31 de octubre de 1992.

 

Remembranzas[1]

Nací en Ixtlán del Río, Nayarit, México el 7 julio de 1904. Fui la quinta de ocho hijos.  Iba a fiestas familiares, paseos y otras diversiones inocentes, me gustaba lucir y ser atendida. Sin embargo esto no me llenaba.

En mayo de 1924 salimos de Tepic a Colima, sentía en mi alma algo que no acertaba a comprender. Se acercaba el tiempo de la gracia.

En septiembre me dio un acceso fuerte de apendicitis. Me llevaron a Guadalajara, necesitaba operación. Me negué, tenía miedo.

Antes de que regresáramos a Colima me prestaron la vida de santa Teresita, en el camino fui leyendo. En la lectura de “Historia de un alma”, no sólo encontré mi vocación, sino a Dios de una manera muy especial en mí.

En octubre, en los días del Congreso Eucarístico en México 1924, sentía ya un cambio en mí, en la iglesia me sentía otra, todo me empezaba a parecer despreciable. Sonó el momento designado por la infinita misericordia para transformarme y no lo pude resistir.

Dios, el amor, me atraía con fuerza irresistible. Sólo quería amar y darme a Dios. Todo mi anhelo era la Eucaristía.

Resolví que me operaran para ofrecerle mis sufrimientos a Dios. Nadie en casa se había dado cuenta del cambio operado en mí.

Y después en los días 8 al 12 de diciembre del mismo año inolvidable las gracias de la Madre de Dios, sus caricias y ternuras llovieron a profusión sobre mi pobre corazón que se sentía incapaz de resistir a tanta dicha. Nunca sabré decir exactamente, lo que ha sido esta Madre para mí. Lo que si sé decir es que yo nunca acierto a separarme de ella.

En la fiesta de Cristo Rey de 1926, me consagré por primera vez al Amor Misericordioso, como víctima de holocausto.

Dios me llevaba por el camino de la mortificación, y penas interiores muy intensas, por causa del deseo inmenso de pertenecerle del todo y no poderlo realizar por las persecuciones religiosas de México: 1926 - 1931. Nuestro Señor me detuvo, cuánto me costó. Me marcaba el camino, y luego. no me dejaba marchar.

Estos años de clausura en mi propia casa me fueron de grande utilidad, pues el buen Dios fue preparando mi alma a una vida intensa de contemplación, siendo la oración el anhelo más grande de mi alma.

Fue en el año 29 cuando al fin, después de muchas penas interiores, pude ingresar en Los Ángeles, California.

¡Cuán dolorosa fue mi partida! La deseaba con ansias; siendo Dios quien llama, ¿se le puede decir que no?

No se puede negar que se siente el corazón partido al dejar seres tan amados.

Pero también es verdad que Dios llena todos esos huecos y cuando se va a encontrarse con el Amado del alma para realizar con él, los desposorios divinos, es una dulzura, una paz y una alegría espiritual, que sólo las almas que lo han experimentado lo pueden comprender.

Si yo ingresé a una Orden de clausura fue por el deseo inmenso de imitar, en la medida de mis fuerzas, a mi santita predilecta: santa Teresita del Niño Jesús.

Se deslizaron los días del postulantado en una alegría exuberante. La comunidad estaba muy pobre; yo pasé muchas hambres, eran sacrificios para comprar almas para el cielo.

Así transcurrió el tiempo de mi noviciado en Los Ángeles, California.

Mi primera profesión fue el día 12 de diciembre de 1930; no podía menos que, en ese día de mi Morenita amada. Ella me hizo una promesa, promesa formal y solemne que yo se la recuerdo, y le pido la cumpla. En ese día, le prometí solemnemente que la haría amar del mundo entero, llevando a todos los países su sagrada y hermosísima imagen en su advocación de santa María de Guadalupe.

Se fue acercando el tiempo de los votos perpetuos: 1933, el 14 de ese diciembre fue nuestra consagración total, irrevocable, los desposorios divinos con un Dios que no desecha a sus criaturas.

Qué día tan feliz, en medio de nuestras pobrezas, escasez, hambres.

Se consiguió un nuevo medio de sustento: lavado y planchado de ropa. Esto me fue confiado a mí, lo hice varios años. Jesús, mi amado Esposo, me ayudó a comprarle con esto muchas almas.

Mas de esto mismo, de no poder llevar una vida plenamente contemplativa, me ha nacido la idea de dedicar a los pobrecitos infieles, a los paganos, las horas que en el convento dedicamos al trabajo manual, para ganarnos la vida.

Se fue haciendo este deseo más y más intenso, una verdadera obsesión. Trataba este negocio todos los días con Nuestro Señor en la oración, diciéndole manifestara su santísima voluntad.

El proyecto fundacional fue dilatado y sobre todo doloroso. Mi alma empezaba a dudar; era yo tan feliz en mi comunidad, mis hermanas y superiora todas me querían y el panorama que se me presentaba era aterrador. Le decía a mi Jesús que manifestara su voluntad, ya que yo solamente eso quería hacer. En medio de las dificultades que iban surgiendo a causa del proyecto fundacional. Me seguí dedicando en cuerpo y alma a mis novicias, de las cuales era maestra. El panorama pacífico y tranquilo de mi convento me invadió, llenándome de paz.

Pasado un tiempo, mi superiora me dijo que la votación del consejo para que se hiciera la fundación había sido unánime. Gozo, alegría, pena, incertidumbre.; Pero, al ver así manifiesta la voluntad santísima de Dios, pedí permiso a mi superiora para moverme en ese sentido.

Así pues, una vez decidido el que se haría la fundación, pasado un tiempo, tuve que renunciar a mi cargo de Maestra de Novicias

Fuimos a Cuernavaca a recabar el permiso del señor obispo de las diócesis, entonces el señor don Francisco González Arias, para exponerle los fines de la fundación proyectada. Al escuchar los deseos manifestados por mí de la fundación de una obra misionera, le gustó desde el primer momento. Quedando de enviar a la Santa Sede las Preces solicitando dicho permiso, el cual firmó el día 3 de diciembre de 1944.

El día 2 de agosto de 1945 se nos entregó el documento en que la Santa Sede aprobaba la fundación en Cuernavaca.

 



[1] Tomadas de la Autobiografía de la Sierva de Dios y de sus Notas Intimas las cuales fueron encontradas entre sus pertenencias después de su muerte.

 

Volver Atrás