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Curso de conservación de obras de arte

y objetos litúrgicos en recintos religiosos

 

Mirta Insaurralde

 

 Nunca estarán de más ni serán ociosas las providencias que se tomen para la protección y salvaguarda de los bienes patrimoniales custodiados en los recintos sagrados, máxime en tiempos calamitosos como los que se viven, donde el robo de piezas de arte sacro se ha convertido en una forma deshonesta de obtener recursos de mala forma.

 

 Capítulo XXIX

La seguridad de los objetos expuestos en los recintos religiosos

Antes de abordar el tema propuesto, conviene hacer una reflexión acerca del objeto, finalidad y propósito que han alcanzado en nuestros tiempos los museos. Su origen y desarrollo fueron los copiosos o modestos gabinetes de antigüedades en boga en Europa a partir del siglo XVII, sin más propósito que reunir las colecciones acumuladas en los palacios de reyes y aristócratas, centradas, casi todas, en piezas de factura exquisita, artística o preciosa. Sin embargo, en el siglo XIX se abre a la curiosidad del común de los mortales la posibilidad de visitar acervos, no pocos formados con el expolio e incautación de muchas colecciones privadas, según el vaivén de los aires democráticos de dicha centuria.

Cuando comienza el siglo XX, la identidad de los museos los define como espacios convencionales para exhibir de forma ordenada y didáctica diversos tipos de objetos, ya no sólo obras de arte, si no también curiosidades, rarezas de la naturaleza, bienes históricos, arqueológicos, etnográficos, entre otros.

Con el correr del tiempo, la necesidad de conservar grandes acervos, expuestos a la pupila de un público ingente y de cultura variopinta, orilló a los arquitectos a desarrollar recintos debidamente equipados para ofrecer las condiciones ambientales adecuadas para garantizar la conservación de las colecciones, junto con medidas y sistemas de seguridad para prevenir robos, pérdidas, accidentes dolosos o involuntarios y siniestros naturales, todo lo cual requirió una capacitación especializada para el personal humano a cargo de la custodia de las obras expuestas.

En nuestros días, además de los puntos mencionados existe en los museos una organización y uso óptimo de los espacios, divididos en zonas de acceso al público general y áreas restringidas dedicadas a funciones específicas, como son las cuestiones administrativas, el almacenamiento y los talleres de restauración, entre otras.

Un desafío no pequeño para estos establecimientos consiste en la revisión permanente de las condiciones ambientales en las salas de exhibición, tanto en lo relativo a las necesidades de conservación de las obras como el rango de confort necesario para acoger a los visitantes, a saber, la mejor visibilidad entre los objetos expuestos y las fichas técnicas.

Una novedad en el campo museográfico consiste en la puesta en práctica de algo bautizado por los especialistas como “accesibilidad universal”, por llevar implícito el propósito de acceder a los contenidos del museo todos los interesados, incluyendo a individuos con discapacidades motoras, adultos mayores, etc.; con esta finalidad se complementa la infraestructura con rampas, elevadores y demás equipamiento.

 

Los Acervos Conservados en los templos

Sin desmerecer la función que siguen cumpliendo los museos en la actualidad, es importante mencionar que otros establecimientos, como por ejemplo los templos y conventos antiguos, se han convertido en “repositorios” de obras de arte y bienes culturales, lo que conduce a que la función original y primordial de estos recintos se vea rebasada[1]. Los recintos religiosos generalmente no cuentan con una infraestructura predestinada a ofrecer rangos de confort a los visitantes por periodos largos de tiempo, y a menudo tampoco tienen un plan de manejo de riesgos para las obras.

Aunque la función primordial de los templos y conventos sea la del culto a Dios en un estilo de vida evangélica devocional, es muy importante considerar esta función emergente que actualmente cumplen los recintos religiosos, y tomar las previsiones que más convengan a la preservación de sus acervos. De ahí la necesidad de contemplar la puesta en marcha de una normativa de seguridad y de planificar un sistema de monitoreo permanente del estado de las piezas.

En entregas anteriores ya se han mencionado la mayoría de las normas que se deben observar, el interés en esta ocasión es el de sensibilizar acerca de la función colateral que cumplen estos edificios como “museos” o sitios alternos de exposición y disfrute de piezas muy valiosas, tanto para el culto, como para la historia del arte en general. Esta función implica una gran responsabilidad y compromiso por parte de los custodios.



[1] El antecedente de los museos se puede encontrar justamente en la antigüedad clásica. Los templos griegos recibían gran cantidad de ofrendas votivas compuestas por objetos de diversa naturaleza. La acumulación de ofrendas fue generando paulatinamente la necesidad de adecuar los espacios y contar con personal que custodiara y diera mantenimiento a los acervos.  

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