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Pastoral del ilustrísimo señor arzobispo de Guadalajara

A la vuelta de su destierro (2ª parte)

 

 

+Pedro Espinosa y Dávalos[1]

 

El último obispo y primer arzobispo de Guadalajara concluye la apasionante descripción de su estancia de tres años en el exilio, haciendo un recuento de las riquísimas experiencias que le permitieron ampliar sus horizontes, al calor de una época de grandísimos cambios en el mundo, en especial su participación en la ceremonia donde se canonizó a san Felipe de Jesús.  

Vos autem benedicite Deum, et narrate omnia mirabilia eius

Tobiæ II

Bendito seas, Dios mío, en cuyas manos están los corazones de los hombres y los inclinas a donde es tu soberano beneplácito. Quién sino Tú, Dios omnipotente, Dios de la caridad y de la paz, ha podido obrar este prodigio que el mundo está mirando con asombro, esa uniformidad de sentimientos, una sola voz, un solo corazón en obispos de regiones tan diversas y que jamás se habían conocido ni comunicado su modo de pensar; esa prontitud para obsequiar los deseos de tu Vicario en la tierra, a un anciano de setenta y de ochenta años, y en una época en que tanto se propende a desobedecer a las autoridades y eludir sus más terminantes disposi­ciones. ¿Y quién sino tu Providencia sapientísima dispuso que se reservase para nuestros calamitosos tiempos, sin disputa los menos a propósito según la prudencia humana, la canonización de unos siervos tuyos, que allá en principios de 1597 habían padeci­do martirio en el Japón, y cuya causa parecía olvidada, sin ha­berse podido llevar a cabo en tiempos mas felices y tranquilos, desde el año de 1627, en que se declaró poderse proceder ya a di­cha canonización?

Cantemos al Señor, carísimos hermanos e hijos nuestros, ento­nemos en su honor himnos de alabanza por tantos beneficios y por habernos dado en los nuevos veintisiete santos otros tantos mo­delos de virtud; nuevos intercesores que, seguros ya de su propia felicidad, están solícitos de la nuestra, y no cesarán de implorar las divinas misericordias en favor de los que vivimos en este valle de miserias, expuestos a mil y mil gravísimas tentaciones y peligros, en que desgraciadamente han fracasado tantos her­manos nuestros. No, no olvidará a sus compatriotas el glo­rioso mártir Felipe de Jesús su caridad en el cielo para con los mexicanos; en nada cederá a la del apóstol San Pa­blo que, cuando vivía en carne mortal, deseaba ser anatema por sus hermanos los hebreos; antes bien le excederá, como que ha lle­gado a su última perfección. Felipe rogará constantemente al Se­ñor y, cual otro Rafael, le presentará nuestras oraciones y lágri­mas. Tampoco nos olvidará su compañero en el martirio, Pedro Bautista, que predicó el Evangelio en nuestro país, moró en él al­gunos años, fundó varios conventos, y mereció ser llamado el nuevo y mas grande apóstol de estas regiones,porque si cuando vivía en carne mortal ardía en tanto celo por la salud espiritual de los mexicanos, emprendiendo largos y penosos viajes por diversas provincias, cuánto mayor será ahora su caridad en la pa­tria celestial y tanto más cuanto son mayores nuestras aflicciones y peligros. Otro tanto debemos esperar de su compañero en es­tas apostólicas fatigas y después en el martirio, Francisco de San Miguel, y de todos los demás, entre los cuales está Francisco Blanco, que vivió algún tiempo en nuestro país y lo honró con su presencia.

Todos ellos, no lo dudéis, ruegan por nosotros al Señor, con más fervoroso empeño que Job, por aquellos tres ami­gos suyos que habían concitado contra sí la ira divina, con más constancia que Moisés por su pueblo para que no sucumbiese en la pelea. No creáis, os diremos con San Bernardo, no creáis que por haberse despojado de esta carne mortal, se despojasen igualmente de los sentimientos de piedad para con nosotros sus her­manos; o que por hallarse vestidos con la estola de la gloria, se olvidan de nuestra miseria. Los que al morir rogaban por todos y aun por los mismos que los martirizaban, no nos han de olvidar ahora que están en el cielo. Encomendémonos pues a ellos fervoro­samente, a fin de que intercedan por nosotros a Jesucristo, que es el mediador entre Dios y los hombres.

No fue solamente la canonización de san Miguel de los Santos y de los mártires del Japón lo que la Divina Providencia quería de esa augusta asamblea de obispos reunidos en Roma, quería además que los fieles todos escuchasen la voz del episcopado católico sobre un punto en que los políticos del día pretenden engañarlos, haciéndoles creer que en ello no se interesa la religión. Es ver­dad que los obispos habían hablado poco tiempo antes sobre la materia en sus pastorales y en otras comunicaciones oficiales, manifestando la conveniencia, mejor dicho la necesidad de que el Supremo Jefe de los doscientos millones de católicos repartidos por el globo no sea súbdito en lo temporal de ninguno de tantos príncipes que gobiernan los diferentes pueblos y naciones de la tier­ra; en Roma se han publicado en varios volúmenes estos votos de mas de novecientos obispos y todos acordes.

Sin embargo, convenía hacer dicha manifestación de una manera mas pública y so­lemne; para preservar al pueblo contra los ataques de los enemi­gos de la Iglesia católica, de aquellos que, como dice un célebre escritor: “No atacan al Papa Rey sino para acabar más segura­mente con el Papa Pontífice comprenden, como nosotros, que el Papa Rey esel Papa independiente en lo material; es el Pa­pa libre para decir toda verdad, y para fulminar su anatema con­tra los despojadores y los déspotas, sea cual fuere su dignidad y rango: la Revolución, que bajo la máscara de libertad e igual­dad no es otra cosa sino el despojo y el despotismo, no puede tolerar la Soberanía Pontifical, cuya existencia es para ella cuestión de vida o de muerte”.

Era por cierto de admirar, que obispos que ni aun de vista se habían conocido hasta entonces ni se habían jamás comunicado por escrito, llevasen todos a la capital del orbe católico un mis­mo pensamiento: un mismo deseo los de España igualmente que los de Francia, los de Inglaterra lo mismo que los de Estados Unidos, los de México como los de otras partes, de manifestar al Santo Padre y a todo el mundo sus sentimientos en orden a esa soberanía, tan combatida por los modernos políticos[2] que no dudan asegurar ser esta incompatible con la espiritual del pontífice, y que al mismo tiempo quieren hacer de los príncipes otros tantos Papas al estilo de la reina Victoria; ¡como si a los reyes hu­biese dicho Jesucristo: A ti te daré las llaves del reino de los de­ los cielos. Confirma a tus hermanos. Apacienta mis ovejas y corderos; o como si en ellos fuese compatible lo que no quieren sea compatible en el Pontífice!

En ese manifiesto, firmado el domingo de Pentecostés (de 1962), y leído en el consistorio del lunes siguiente, habréis visto ya lo que di­jeron los obispos reunidos en la ciudad eterna y han repetido los que no se hallaban presentes: que en las circunstancias actua­les en que hay tantos soberanos cuantas naciones, que con fre­cuencia están desavenidos y no pocas veces en abierta guerra, y casi siempre recelosos los unos de los otros es no solo conveniente sino necesario que el Sumo Pontífice no sea súbdito de ningu­no de ellos, a fin de que nadie recele ni sospeche que sus providencias son dictadas a influjo de este o del otro príncipe. Si, por­ ejemplo, el Papa fuese súbdito de Víctor Manuel, nada recelaría del Emperador de Austria. Y si lo fuese de este segundo, estaría muy satisfecho el de los franceses. Y si al independizarse de su antigua metrópoli las colonias españolas, el Sumo Pontífice hubiera estado bajo la dominación de Fernando VII, lo habrían lle­vado a bien los mexicanos. ¡Ah, tal vez no habría tenido la li­bertad necesaria ni para recibir a nuestro enviado, ni para proveer de obispos a nuestras diócesis, y quizás esto nos hubiese im­pelido a un cisma.

Hay más: ningún príncipe, por mas católico que se le suponga, está libre de hacerse ateo o protestante o de aquello que se lla­man así mismos católicos sinceros, que proclaman Iglesia libre en el Estado libre, al mismo tiempo que la oprimen, la encade­nan, la esclavizan aun más de lo que se halla en Inglaterra y como no está en Norteamérica. Ningún soberano puede prometerse que no le sucederá tal desgracia a él mismo o a sus suce­sores. Y llegado tan triste caso, ¿en qué quedaría la libertad del Vicario de Jesucristo que estuviese bajo su dominio. Sin necesi­dad de recordar épocas que ya pasaron, lo que en ese mismo año de 1862, vimos que sucedió a los obispos italianos a quienes por la circular de 26 de abril, se dijo haber resuelto el gobierno del rey no conceder pasaporte a los Ordinarios del reino que desean trasladarse a Roma con motivo dela solemnidad de la canonización de los mártires, es un hecho que habla muy alto y no deja lugar a la duda. Quizás, y sin quizás no se habría veri­ficado nuestra reunión en Roma; y, sin embargo de lo de Iglesia libre en el Estado libre, habrían sobrado pretextos para estorbarla.[3]

No hay medio entre ser súbdito y ser soberano. El Papa ha de ser precisamente lo uno o lo otro. Si al libre y expedito régimen de la Iglesia universal y de los doscientos millones de católicos re­partidos en las cinco partes del mundo no conviene en manera alguna que el Supremo Jefe de todos ellos esté bajo el dominio de ningún príncipe particular, es indispensable que sea soberano y por eso sin duda, al dividirse el antiguo imperio romano en tantos principados independientes, dispuso la Divina Providencia que tuviese el suyo la Santa Sede, principado adquirido por los títulos mas legítimos y cuya posesión cuenta muchos siglos. Así era necesario, tanto para la libertad del sucesor de san Pedro en el ejercicio de aquella suprema autoridad espiritual que ejerce en todo el orbe católico, como para los obispos y para los fieles de cualquiera lengua y nación que sean: así todos pueden ocurrir al Padre común, sin temor de que se lo impida ningún príncipe ex­traño a quien no conviniese o no le se antojase permitirles la en­trada en el territorio de su mando.

No fue el Papa soberano temporal en los primeros siglos; más tampoco eran idénticas las circunstancias, como que el imperio romano era uno y se extendía a todo el mundo hasta entonces conocido. Por otra parte, no había en aquellos siglos Iglesia libre en el Estado libre, sino Iglesia perseguida en Estado idolatra; Iglesia mártir en Estado que se complacía en derramar sangre inocente; Iglesia milagrosamente sostenida bajo la dominación de príncipes rebelados contra su Dios y contra su Ungido, y que decían Dirumpamus vincula eorum, et projiciamus a nobis jugum ipsorum. Si eso es lo que se pretende en el tolerante y progresista siglo en que vivimos, dígase de una vez y no se quiera engañar a los pueblos.[4]

Ved ahí, amados hermanos e hijos nuestros en Jesucristo, lo que ha dicho el episcopado católico en su exposición de 8 de Ju­nio de 1862, presentada a Nuestro Santísimo Padre y leída en el consistorio celebrado al día siguiente, publicada inmediatamen­te para que llegase a noticia de todo el pueblo fiel. Eso mismo había dicho antes a sus respectivos diocesanos y también lo que el Vicario de Jesucristo ha enseñado y enseña constantemente, a sa­ber que en las actuales circunstancias es no solo conveniente sino necesario ese poder temporal para el libre y expedito ejercicio del es­piritual; que en ello debemos admirar la Providencia del Señor que así lo dispuso y que lo ha conservado por tantos siglos que los ataques contra él son ataques contra toda justicia que no se pue­den contestar, son ataques contra la libertad e independencia de la Iglesia. Esta voz del Sucesor de Pedro y de todo el Episcopado es escuchada por el clero y pueblo fiel en todo el orbe cristiano, que prefiere, como es debido, la unánime sentencia de sus Pastores a todo lo que dicen y escriben los enemigos de Dios y de la Iglesia, en una cuestión tan interesante a esta, y en la que se trata del libre y expedito régimen de todo el pueblo cristiano. ¿Y a quién en tales materias debe escuchar un católico, sino a aquellos a quienes ha dicho el Divino Salvador El que os oye, a mí me oye; el que os desprecia, a mi me desprecia?

Al concluir esta carta, no podemos menos de exhortaras a que levantando vuestros ojos al Dios de las misericordias, de quien únicamente debemos esperar el remedio de todos los males, le roguéis incesantemente por nuestra Santa Madre Iglesia, que si en todos los siglos ha sido perseguida, lo es mucho mas en esta época calamitosa en que el protestantismo, el jansenismo y el regalismo, haciendo causa común con los comunistas y los socialistas, con los panteístas y demás incrédulos, quieren exterminarle y hacerla desaparecer. Época infeliz en la que se pretende que las naciones en cuanto tales sean ateas; que ni ellas ni sus gobiernos cuenten para nada con Dios, cómo si no lo hubieran me­nester, y se bastasen a sí mismos; como si la paz y los demás bie­nes temporales a que aspiran no vinieran de Aquel que es la fuente de todo bien como si no fuesen dictadas por el Espíritu Santo aquellas palabras: Si Dios no custodiase la ciudad, en vano vela el que la guarda.Hombres ciegos, que dicen como el Faraón: No reconocemos al Señor; y como los de la parábola del Evangelio: No queremos que reine sobre nosotros; que llevan a mal el que públicamente se le adore, que apenas toleran su culto en lo interior de los templos, lo mismo que tolerarían el de Mahoma o el de un ídolo cualquiera. Ya los conocéis, carísimos hermanos e hijos nuestros, los conocéis por sus escritos y por sus obras. Dios nuestro Señor les abra los ojos y los convierta.

Roguemos, igualmente, por nuestro común Padre, el Romano Pontífice. Nada mas justo que pedir a Dios un hijo por su pa­dre, la oveja por su pastor, los mexicanos por un Papa que nos ama muy particularmente; su tribulación es grande, ha menester las oraciones de sus hijos; y cuando todos los otros fieles las ha­cen muy continuas y fervientes, no hemos de ser nosotros los que nos neguemos a cumplir tan sagrado deber. Por tanto, y tenien­do presente lo que hacían los fieles desde el primer siglo, que, es­tando San Pedro en la cárcel oraban sin intermisión a Dios por él, imitemos el ejemplo que nos dieron y de que hace mérito la Escritura santa. Pidamos por nuestro Pastor, para que el Señor lo sostenga y fortalezca con su omnipotente gracia en medio de tantas penas, lo ilumine y asista en el gobierno y dirección de todo el pueble fiel y para que nuestras oraciones sean mas eficaces, pongamos por intercesores a todos los ángeles y santos del cielo, especialmente a la Reina de todos ellos, de la que es tan de­voto y cuya Inmaculada Concepción declaró ser verdad de fe, y a los veinte y siete siervos de Dios que ha canonizado en el solemnísimo día de Pentecostés de 1862.

Roguemos asimismo por la paz y prosperidad de nuestra patria. Dios es el que exalta a las naciones y las hace ser felices; pero también es quien las humilla y las castiga hasta borrar su nom­bre del catálogo de los pueblos. Ocurramos a Su Majestad, como que es el Soberano dador de todos los bienes, de los temporales no menos que de los espirituales, el que da la paz y unión hacien­do desaparecer toda discordia, el Dios de los ejércitos que da la victoria a quien le place, el que envía la lluvia que fecundiza nuestros campos, el que envía o retira los azotes de la peste y de los terremotos, en fin el que puede darnos toda clase de bienes temporales. Pero antes de todo, pidámosle con el mayor encarecimiento, que nunca llegue el caso de que nos diga a los mexicanos lo que dijo a Israel por el profeta Oseas: Ya no seréis mas mi pueblo, ni yo seré mas vuestro Dios. Esta sería la suprema de todas las desdichas, porque como dice el Divino Salvador: Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma.

Rogad también por mí, carísimos diocesanos, que soy un mise­rable pecador y estoy muy necesitado de vuestras fervorosas oraciones; no sea que en mí se verifique aquello de ser reprobado al mismo tiempo que predico a los demás.

Plegue al cielo que la bendición que os traigo de la ciudad eter­na, por encargo de nuestro común Padre, el señor Pío IX, sea para vosotros una prenda de vuestra invariable fidelidad a la Iglesia mi­litante en la tierra, y de vuestra eterna glorificación en la triunfante del cielo. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

Y para que llegue a noticia de todos nuestros muy amados her­manos e hijos en Jesucristo el contenido de esta nuestra carta pas­toral, mandamos que en el primer domingo después de su recibo sea leída inter missarum solemnia, así en nuestra iglesia metro­politana como en todas las parroquiales y demás templos de nuestra diócesis.

Dado en México, a 12 de enero de 1864

+  Pedro

Arzobispo de Guadalajara

Doctor Francisco Arias y Cárdenas

Secretario



[1] Publicado en la tipografía de Dionisio Rodríguez, calle de Santo Domingo número 20, Guadalajara, 1864, 29 pp. Forma parte de la miscelánea de publicaciones del siglo XIX donada a la biblioteca del Seminario de Guadalajara por el licenciado en restauración Oscar García Hernández en el año 2008. Para facilitar su lectura, se han añadido subtítulos que no tiene el documento original.

[2] No es nueva esa pretensión de los políticos del día ya en el siglo duodécimo Arnaldo de Brescia predicaba a los italianos, y particular­mente a los romanos, que bastaba al Sumo Pontífice el gobierno espiritual, que no le pertenecía el de la ciudad: “Amplius eam seditionem excitavit (Arnaldus) spargendo, nihil in dispositione urbis ad Romanum spectare Pontíficem: sufficere sibi eccesiasticum judicium”. Esta doc­trina fue calificada de dogma malvado (Guntero); de pernicioso dogma y doctrina venenosa (Otón, obispo de Frisinga); la Santa Sede condenó al silencio a su autor, detestado en todas partes, y de quien san Bernardo escribe: “Arnaldus a Brixia, cuius conversatio mel, et doctrina venenum; quem Brixia evomuit, Roma exhorruit, Francia repulit, Germania abominatur, Italia non vult recipere”. Ep. 196.

[3] “La independencia exterior y visible de la Iglesia, garantida por el poder temporal de su Jefe y la libertad de los individuos que la componen. A no ser por esto, la Iglesia existiría en estado de sociedad secreta y en las catacumbas y con esto, es una sociedad pública, viva y reconocida; es la forma exterior de la Iglesia en el mundo moderno... Citáis la edad media y nos remitís ella, pero precisamente sostenemos la forma moderna adoptada por la Iglesia, y las relaciones de la Iglesia y del Estado; porque la Iglesia no es ya políticamente lo que ha sido en otros tiempos, ni el Estado lo que era. Nosotros arreglamos nuestros relojes según el tiempo verdadero, de modo que los nuestros andan y los vuestros retrasan y al derrocar vosotros la independencia temporal de la Iglesia, os precipitáis en el pantano de las proscripciones o de las confusiones, unas y otras contrarias al espíritu del siglo. No caben tér­minos medios, es preciso que la Iglesia sea o mártir o libre. Pedimos para ella la independencia, pero la concebís sin la soberanía del Papa ni la libertad de los católicos Si así es, dadnos la receta. Hace seis años que parece que Dios ha propuesto esta cuestión en concurso todas las cabezas han trabajado, imaginado y propuesto mas qué ha resultado de tantas tareas. Una nueva prueba de la necesidad del poder temporal, apoyada en la necesidad de no poder pasar sin él. Pues nosotros hemos ido a Roma a defender ese poder”. Obispo de Orleans, a 27 de junio de 1862. “El poder temporal del Papa ha sido establecido por una especial providencia de Dios, a fin de que la Iglesia pueda ejercer con toda libertad su poder espiritual. Yo hago fuerza en estas palabras: con toda libertad. No digo sencillamente que se le ha dado aquel para que pueda ejercer este. Ella lo ejerció durante tres siglos de martirio, y en medio de las diez persecuciones, que no fueron sino diez más violentas explosiones de una persecución siempre activa. Gregorio VII lo ejerció cuando se hallaba en Salerno; lo ejerció Pío VII estando en Savona; lo ejerció Pío IX refugiado en Gaeta. Pero notad la alternativa: o las catacumbas o el Vaticano; el martirio o el reinado; la guerra y la persecución o la soberanía temporal y sus relaciones con la Europa cristiana y con las monarquías cristianas. De los dos extremos escoged el que os agrade. El poder temporal del Papa es parte integrante de este orden civil y cristiano, en medio del cual la Iglesia ejerce con tranquilidad y seguridad su potestad espiritual sobre los corazones someti­dos a su obediencia. Destruid ese poder temporal, no por eso acabará el espiritual; mas ahora, lo mismo que en los primitivos siglos, será preciso abrirse camino al través de mares de sangre y de torrentes de llamas para arrancar almas al infierno”. Manning, part. 1ª, Cf. 1ª.

[4] “El poder temporal del Vicario de Jesucristo, este es hoy la mira de los enemigos de Jesús y de la Iglesia, ¿Y para qué? Para llegar al último fin que se han propuesto, la esclavitud de la Iglesia y la ruina del reino de Jesucristo sobre la tierra. Esclavizar y deshonrar a la glo­riosa Esposa del Hijo de Dios, este es su objeto. Para ello empiezan por despojarla y avasallarla a un poder extraño. A la que Jesús ha rescatado con el precio de su sangre, y de quien ha dicho en su pasión: Mi reino no viene de este mundo, ellos quieren sujetarla a las potestades de este mundo. ¡Ah! ese proyecto inicuo, nosotros lo vemos realizado en parte en esas bellas provincias que sufren ya el yugo de un injusto agresor. Nosotros lo vemos, y, lo que es mas cruel para las víctimas y para sus hermanos en Jesucristo, se cantan alrededor de su prisión himnos engañosos a la libertad, a la Iglesia libre en el Estado libre. ¡Elpoder temporal del Vicario de Jesucristo! Ellos lo respetarían aun, si no sirviese de garantía a un poder espiritual que miran con horror. Y para llevar a cabo esta esclavitud, la Revolución quiere quitar al Pon­tífice su dignidad real; quieren subyugarla a un príncipe que ha diez «años está haciendo la guerra a la Iglesia, y dejando sin Obispos las Diócesis vacantes en sus Estados a esta servidumbre da la Revolución el bello nombre de Libertad de la Italia”.Carta del abate Cambellan a monseñor Manning, a 8 de junio de 1862. Que esta sea la mira de los enemigos de Dios y de su Iglesia, ellos mis­mos no tienen embarazo en decirlo: lo dijo en el siglo próximo pasado Federico II escribiendo a Voltaire y lo ha dicho en nuestros días Mazzini, y lo han dicho otros muchísimos. Véase Vevillot, De quelques erreurs sur la Papauté.

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