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El Libro de Visita Pastoral del Obispo Garabito

O semblanza de la Nueva Galicia en 1678 (4ª parte)

 

A cargo de la Crónica Arquidiocesana[1]

 

La minería, en el siglo XVII, era una de las principales fuentes de riqueza para el sostenimiento del erario. La Nueva Galicia tuvo un lugar destacado en la explotación metalúrgica, lo cual indujo al desarrollo poblacional de zonas geográficamente accidentadas, como es el caso de Hostotipaquillo, del que se hace una relación en este artículo.

Hostotipaquillo

El 2 de diciembre de 1678, el obispo don Juan de Santiago León Garabito y sus acompañantes llegaron a las goteras de la demarcación de Hostotipaquillo, en lo eclesiástico al cuidado del licenciado don Joseph de Sevilla, teniente de Cura y vicario de ese pueblo y de los Reales de Minas de Amaxaque, Albarradón y Mololoa, quien se hizo acompañar por don Blas Leal, Alcalde Mayor de la jurisdicción.

Para la atención espiritual de los fieles de Hostitipaquillo existían por entonces siete capillas en las siguientes haciendas y minerales: la de Santo Tomás de Aquino, propiedad del presbítero don Joseph de Isla; la de San Joaquín, de doña Sebastiana de la Torre; la de San José, del bachiller Juan Leal; la de San Miguel, de doña María de Ayón, la de las minas de Albarradón, concesionadas a Pedro Vidarte y la de la hacienda de sacar plata de Amaxaque, todas habilitadas y decentes para el culto divino. Otras más eran las haciendas y ranchos, pero en ellas no existían capillas.

El templo parroquial era de adobe y a la izquierda de su vano de ingreso, trepadas en tres postes, colgaban otras tantas campanas medianas, de menor a mayor. La capilla mayor, advocada a la Limpia Concepción de Nuestra Señora, estaba encalada y cubierta de paja. Hacían las veces de retablo, en el muro testero, dos cuadros colocados sobre cortinas y doseles rosados, uno representando al arcángel san Miguel y otro a santa Rosa de Lima; en medio de ambos se honraba una escultura en media talla de la Limpia Concepción, con su vestido de tela azul y a sus lados, como ornato, cuatro países plateadosy debajo de ella, el altar mayor cubierto con un paramento de dos vistas, una morada y la otra blanca “con su caída y frontalera de damasco rosado, guarnecido de puntas blancas finas”; los manteles eran ruán con puntas; tenía ara y palia.

El prelado mandó retirar un lienzo de varios santos ‘por viejo y borradas las efigies’. Al lado de la epístola se admiraba un retablo dedicado a un santo Cristo de gran tamaño, expuesto en un dosel y baldaquín morado, de lama, con puntas de oro falsas y en el altar un frontal azul, unos manteles raídos y candeleros de azófar.

La sacristía se encontró bien aderezada, y en ella, una caja para los frontales, un cáliz y patena de plata, un alba de ruán, dos amitos, una palia, una capa y un lienzo de la Limpia Concepción. Asimismo, un sagrario con su chapa y llave, forrado en chamelote verde, claveteado todo con tachuelas de plata y un vaso relicario del mismo metal. El resto del ajuar consistía en dos atriles, un incensario de azófar y una campanilla.

Los mayordomos y priostes de la cofradía de nuestra Señora de la Concepción, cuya sede era la iglesia parroquial, “dijeron no tenían forma de cuentas porque los que habían sido mayordomos y prioste habían sido todos los más forasteros, porque el pueblo no se componía más que de cuatro indios, y esos estaban ocupados en otros ejercicios y que como forasteros, los que no habían muerto se habían ido a sus pueblos, mas que estaban entendidos no deberían cosa ninguna a la cofradía por no tener bienes, y las limosnas cortas, que aún no alcanzaban a los cortos gastos que tenían en la dicha cofradía”. En atención a ello, el prelado dispuso que en lo sucesivo si no era posible elegir entre los naturales al prioste y al mayordomo para la cofradía, se eligiera uno de los indios forasteros, pero que acabada su administración rindiera cuentas, reduciéndose el patrimonio a cinco vacas, tres becerros, un novillo, seis yeguas y dos potros, ganado que dispuso no vendieran ni mataran “sino que los machos, vacas estériles o viejas se truequen por nuevas para el aumento de la cofradía, y que la de limosnas que se juntasen con intervención de dicho vicario se comprara una jeringa, lanceta y ventosas para la curación de los enfermos”.

Hubo dos tandas de confirmaciones, en la primera recibieron el sacramento treinta y dos bautizados, en la segunda, noventa y siete, con lo cual terminó la visita

Casi de forma simultánea a su prelado, el licenciado don Juan Sedano visitó el pueblo de Atotonilco, a unos 35 kilómetros de Hostotipaquillo, de donde pasó a Amatlán.[2]Otro apoderado, don Gonzalo Martín de Santiago Colmena, visitó la capilla de san Andrés, en la jurisdicción de La Magdalena, la cual fue encontrada “con decencia en lo material del edificio y con todo lo necesario para la celebridad del santo sacrificio de la misa”.

El cuatro de diciembre, después de comer, a una hora incómoda, las dos de la tarde, dejaron Hostotipaquillo los ilustres huéspedes, encaminándose a la hacienda de sacar plata de Santo Tomás, del presbítero Joseph de Islas Solorzano, del clero de Guadalajara, a la que llegaron como a las cinco de la tarde. En su capilla fueron confirmados esa tarde treinta y ocho personas. El recinto se halló decoroso en todo y hasta con pila bautismal. Ahí mismo, a las cinco de la mañana del día siguiente, fueron confirmadas otras ocho personas.

Oscura la mañana, la caravana tomó el camino a la hacienda del beneficio de sacar plata de San Joaquín, a más de veinte kilómetros de la de Santo Tomas,[3] a la que llegaron como a las once del día. Al comenzar la tarde, a eso de las cuatro, el prelado impartió la confirmación a veinte y cinco almas, hecho lo cual, inspeccionó la capilla, que encontró apta para su uso, con “los ornamentos y demás cosas necesarias para la celebración del santo sacrificio de la misa”, autorizando que en ella se pudiera administrar el bautismo, velaciones nupciales y entierros “por vía de depósito, y que pasado el tiempo y se difumasen los huesos, que se llevaran a la iglesia parroquial de Hostotipaquillo”.

Con la lozanía de la vida encima, el señor obispo no tuvo reparo en seguir, ese mismo día, la visita, remontándose con los suyos a la hacienda de San Joseph, beneficio de sacar plata del bachiller don Juan Leal, presente en el acto, y distante un escaso kilómetro y medio de la de San Joaquín. La capilla se juzgó digna “en lo material del edificio y adorno de ella”, pero como la hacienda estaba despoblada, el obispo pidió al bachiller Leal, que antes del domingo de Ramos siguiente a esa fecha, trasladase los huesos de los muertos sepultados en esa capilla al camposanto de parroquial de Hostotipaquillo.

Hecho lo anterior, in continenti,  pasó su señoría ilustrísima a la hacienda de San José, distante de la anterior apenas un kilómetro y medio, donde pernoctó. A la mañana siguiente, 6 de diciembre, dijo la misa en la capilla, advocada a san Miguel, la cual encontró “con lo decente en lo material del edificio y adornos necesarios para el culto divino”. Su propietario lo era a la sazón el capitán Juan de Baena. Después de la misa confirmó a treinta y cuatro fieles.

Con las primeras luces del día, se retomó el derrotero, y al cabo de menos de veinte kilómetros,[4] llegaron los caminantes a la hacienda de minas La Mololoa, cuya capilla tenía por título Nuestra Señora del Buen Suceso. El techo del recinto se juzgó averiado y se dispuso su aderezo en un plazo no mayor a seis meses. En ese lugar confirmó a doce personas.

Después de comer, “volvió a salir en prosecución de su visita” y no se detuvo hasta llegar a la hacienda de minas El Albarradón, cuya capilla estaba dedicada a san Jerónimo, la cual encontró en buen estado.

De inmediato pasó a la hacienda de Amaxaque, donde pernoctó. Antes de salir el sol del siete de diciembre, después de decir la misa en la capilla, dedicada a san Pedro, “habiendo reconocido su decencia, y tener todo lo necesario para la administración”, visitó el testamento de Gaspar de Mojica, que le presentó el capitán Domingo de Chavarría, albacea del susodicho, al que exoneró de su encargo, luego de reconocer el cumplimiento cabal de la encomienda testamentaria.

También visitó los libros de bautismo, velaciones y casamientos y de entierros, en los que encontró deficiencias. Por la tarde, confirmó a diez y seis personas, entre ellas a doce que recién llegaron con el presbítero Sedano: seis de Huajimic, tres de Amatlán y tres de un rancho perteneciente a esta última jurisdicción.

Al otro día, en dos tandas, confirmó a ciento y cincuenta personas. De la lectura del acta de la visita de Sedano, el obispo dio comisión al padre doctrinero de Amatlán, fray Juan Grajeda “para que administre los pocos indios que hubieren quedado en el dicho beneficio y real de minas de Jora y Pueblo de Santa María”. Le mandó que en un plazo de seis meses congregara a los vecinos de este último sitio y fomentara la reedificación de los templos de ese lugar y de Jora, recuperando en este último el ornamento que custodiaba un laico.

Despachado lo anterior, después de haber comido, dio por concluida la visita al partido y feligresía de la jurisdicción de Tequila, emprendiendo su marcha, a eso de las dos de la tarde, rumbo al pueblo de Cacaluta, de la feligresía de Jala.



[1] La Arq. Verónica Cortés Alba ha tenido la delicadeza de hacer la paleografía del Libro de donde se toma el extracto de la información publicada a partir de este número.

[2] Rinde una interesante relación que será publicada íntegra en el próximo número de este Boletín.

[3] Cinco leguas.

[4] Cuatro leguas.

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