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Alocución dirigida al pueblo sayulense

 

Severo Díaz Galindo[1]

 

A manera de epílogo al Año de la Astronomía, se publica este documento, que reproduce una alocución de su autor dicha en el marco de la celebración de sus bodas de oro de su ordenación presbiteral. El celebérrimo científico y presbítero da cuenta en ella de sus cuitas y de sus quebrantos, de los bemoles y de los sostenidos de su paso temporal.

 

Rememoramine pristinos dies (Hb. 10-32). ­Con esta breve, insinuante e imperativa sentencia se dirige el Apóstol san Pablo a sus conterráneos los hebreos convertidos al cristianismo, que por este sólo hecho eran el blanco de terribles persecuciones de parte de los obstinados que seguían con el odio que los llevó a consumar el crimen único de la historia, en el deicidio del ungido del Señor, del Cristo-Jesús de su propia na­cionalidad; les hace ver que la pérdida de sus bienes en este mundo queda suficiente o superabundantemente compensada con la fija y permanente substancia que les espera en la otra vida, perseverando en su nueva religión: y como buen conocedor de su historia, los invita a recordar la grandeza pasada de su nación, sede de sabios, profetas y reyes que bajo la égida del mismo Dios, vivieron los siglos que transcurrieron, desde su fundación maravillosa hasta la consumación del crimen que tocó a disper­sión y al desvanecimiento total de su nacionalidad.

Todos los individuos, pueblos y naciones han tenido en su vida actitudes y episodios más o menos parecidos a los que com­ponen la agitada historia del puebloescogido,en sus pruebas y vicisitudes se les puede aplicar el mismo tratamiento que está consignado en las Sagradas Letras. Para mí, el más importante y de mayor número de aplicaciones de la historia del pueblo judío, es el período que se refiere a su nacimiento como nación, pasando de la vida nómada, arrimándose a cualquier nación grande, como cuando quedó estacionada en el Egipto. Su li­beración milagrosa, fue tan completa, que hizo decir a su cau­dillo Moisés después de aniquilar el ejército de Faraón en aguas del Mar Rojo, su famoso Cantemus Domino, no tiene seme­jante en todas las epopeyas de la humanidad; su peregrina­ción lenta y llena de milagros por el desierto, en donde recibió la ley constitutiva más breve y sabia de todas las conocidas, en donde halló una alimentación bajada del cielo, el agua brotante al imperativo de una veta milagrosa, la sombra pro­tectora del sol del desierto en una nube que se tornaba lumi­nosa por la noche; todo ello sólo puede ser expresado por el grito lejano que se encuentra en los salmos de David, que pu­so estas palabras en la boca del mismo Dios: Ubi tentaverunt me patres vestri, probaverunt et viderunt opera mea. Y por fin, la conquista de la tierra Santa para que en ella se estableciera el núcleo de lo que había de ser el gran reino de Israel cuya eter­nidad se va perfilando a medida que el mundo agoniza y va acercándose a la muerte.

Yo, señores, soy nada. Apenas puedo considerarme como un vil gusanillo que se arrastra perdido entre la maleza en una llanura estéril; pero Dios me ha elevado a una dignidad sublime al investirme con el sacerdocio de la nueva Ley. En estas alturas bien puedo volver mis ojos hacia el principio de esta carrera invocando el imperativo del Apóstol, el célebre rememoramine pristinos dies, y proclamar con un atre­vimiento disculpable por aquella misma dignidad, que para llegar a ella pasé, a semejanza del pueblo de Israel, por las tres fases apuntadas: la liberación, la gloriosa peregrinación y la sublime conquista.

 

I.       la liberación

Yo nací en esta ciudad. Mi padre, huérfano desde sus pri­meros años, apenas recibía humilde alojamiento y escasa ali­mentación de un hermano suyo que tenía numerosa familia. La mayor parte de su tierna infancia la pasó discurriendo alrede­dor de la casa sin molestar para nada a sus vecinos; y para descansar, se sentaba en el quicio de la puerta, adquiriendo con esto un carácter taciturno inalterable. Muchas veces, des­de su asiento oía el llanto de una niña en la residencia fron­tera a su casa: entonces se levantaba, y sin decir una palabra, penetraba en aquella casa, mecía a la niña hasta que se dor­mía y regresaba silencioso a su asiento. Sin indicaciones de nadie entró a una escuela. Pasó a otra de mejor categoría y aprendió en temprana edad a leer, escribir y mucho mejor a contar; y cuando juzgó estar capacitado se hizo recibir en un taller de rebocería de muy buena clase que estaba en la misma cuadra de su habitación. Allí trabajó con entusiasmo y pronto llegó a ser uno de los mejores oficiales y con sus ahorros pudo comprar una casita en ruinas a unos cuantos pasos de la de su hermano. Ya entonces pensó formar su hogar propio y pidió en matrimonio a la niña aquella de sus mecidas, que para aquellos tiempos era una doncella de quince años, de tez blanca, ojos claros y dorada cabellera: era mi madre. Juntos se esforzaron para hacer habitable la casita y al terminar la reparación, compraron un taller y se instalaron allí definitivamente. Empezaron a nacer los hijos, yo fui el primero, luego llegó un segundo, la tercera fue niña y siguió la serie alternándose: la división de trabajos se imponía; mi madre hacendosa tenía limpios y aseados a sus hijos, mi padre se complacía en llevar a sus dos primeros hombrecitos a Misa los domingos muy bien planchados, muy quitecitos, llegando a ser el tema obligado de los buenos comentarios del vecindario y hasta del pueblo mismo.

Desde temprana edad fui llevado a la escuela, primero a las llamadas familiares, luego a las municipales que eran dos, una para chicos y otra para mayorcitos. Estando en la primera, acertó a llegar, precedido de gran fama, un profesor de primera clase, don Sabino Jiménez Corona, y allí me llevó mi padre, por el año de 84, cuando contaba los ocho años de edad y estuve allí hasta el 87 en que terminé la instrucción primaria. Este final quedó marcado por un suceso extraordinario. El señor Gobernador del Estado, general don Ramón Corona recorría por entonces los llamados cantones, en que se dividía el Estado; llegó a Sayula y las autoridades dispusieron en su honor algunos festejos entre los que se dio importancia al acto público escolar sostenido por algunos alumnos de la escuela municipal número 1, que era la de don Sabino, donde yo estaba y en la que ocupaba el primer lugar. Sabido es que por aquel entonces la instrucción primaria se impartía de modo distinto al de ahora: un solo maestro atendía a todos los muchachos del pueblo aunque fueran varios centenares, para lo cual se distribuía a los niños de mayor capacidad e instrucción en las cabeceras de las mesas ocupadas por cuatro escolares, a los cuales el decurión daba por espacio de una hora, antes de la salida, la práctica necesaria para entender todas las materias de la enseñanza, principalmente aritmética, gramática y geografía. Estos decuriones formaban la primera clase que al salir los de las clases inferiores, recibían del profesor directamente la misma práctica y explicaciones acerca de las materias enunciadas antes; pero muy avanzadas, pues con ellas daba fin a la instrucción primaria: eran unas verdaderas clases, que una vez recibidas, no extrañábamos las que se nos impartieron en los colegios de preparatoria y profesional. Muchos jóvenes de talento salieron así de la escuela a ocupar puestos de importancia en los comercios e industrias locales o pasaron a cursar los estudios superiores y se recibieron en diversas carreras.

Yo debo de dejar aquí consignado un testimonio especial de gratitud hacia mi maestro, pues cuando pasé por su clase se esforzó en elevar el nivel de mi instrucción enseñándome nue­vos métodos y conocimientos muy avanzados, especialmente en matemáticas y cosmografía, de manera que al presentar aquel acto público, guiándome él con inusitada atingencia, pudimos demostrar hasta donde llegaba su capacidad para la enseñanza de la niñez.

Yo no conservo un recuerdo claro de aquel día memorable; allá en el fondo de mi memoria me parece ver un salón plenamente iluminado, música en el exterior y dentro de él una selecta y elegante concurrencia entre la que dominaba la esbelta figura del General Corona, cubierto el pecho de mu­chas condecoraciones y presidiendo el acto desde un elevado asiento en la plataforma del fondo del salón rodeado de muchos y encumbrados señores: abajo y a medias del salón la pequeña plataforma para los cuatro muchachos actuantes y enfrente nues­tro maestro que formulaba y dirigía los interrogatorios. Perdu­ra aún el eco de los aplausos al terminar y me parece que estoy viendo descender al Gobernador para abrazar a mi maes­tro y damos un apretón de manos a los alumnos. Al día si­guiente se presentó en mi casa el Señor Jefe Político del 4º. Cantón, don Jesús I. Patiño, diciéndole a mi padre estas o seme­jantes palabras: “El Señor Gobernador me ordenó que te dijera que le des ese muchacho para llevárselo a Guadalajara, y po­nerlo a estudiar y haga una carrera científica”. Y mi padre le respondió, que agradecía la honrosa distinción, pero que no permitiría que su hijo en tan temprana edad se alejara de casa y que si dentro de algún tiempo él disponía de fondos haría lo posible por atender a sus deseos: que en tanto llegaba esa fe­cha, él me enseñaría a trabajar con él para aprender su oficio.

Y así sucedió. Estuve trabajando al lado de mi padre has­ta que cierto día llegaron a mi casa los acólitos de la parro­quia diciéndole a mi padre que si me dejaba ir con ellos para arreglar mi entrada de acólito y que si daba licencia para ello. Consintió mi padre porque ya no tenía que ir a la escuela a horas fijas como antes y no era tan urgente mi trabajo. Un mundo nuevo se destacó a mi vista: en lugar de la vida agitada a causa de la emulación de sobresalir en el estudio, como se estilaba en la escuela; me encontré un ambiente de quietud y cordialidad en medio de las funciones de mi nuevo encargo. Me gustaban las fiestas solemnes con novenario y farolitos como era lade la Purísima en diciembre, El Corpus con su procesión por el amplio atrio de la parroquia; los sermones que generalmente se encomendaban a los famosos predicadores de Guadalajara, como los del señor canónigo don Ignacio Díaz, después obispo de Tepic. Ponía mucha atención en el desempeño de mi trabajo y pronto me puse al corriente de todos los pormenores en el ser­vicio del altar. Pero lo que más me gustaba, hasta sentir ver­dadera emoción, era en acolitar la misa de los sábados a la Virgen que se cantaba en su propio altar, abajo del presbiterio y en el primer lugar de derecha. El celebrante era casi siempre el joven sacerdote ministro de la parroquia, recién salido del seminario que ponía en ello su fervor, su apostura de joven y su buena entonación, todo esto ante una imagen muy bella y muy devota como es la que preside esta solemnidad en este altar, en donde se puso a petición mía para recordar aquellas emociones que no se han borrado de mi memoria.

Es evidente, he reflexionado después, que alguien to­caba la puerta de mi ingenuo y sencillo corazón de entonces; que alguien me hablaba con palabras tiernas en un lenguaje para mí desconocido. ¿Quién era? Quién había de ser sino la misma Virgen Inmaculada de esta imagen cuya voz es dul­ce como de tórtola que arrulla en las profundidades de los jardines del Señor, oculta entre las frondas penumbrosas y perfu­madas, llamando a las almas al silencioso encanto de la plega­ria profundamente sentida. Sonet vox tua in auribus meis: vox enim tua dulcis, et facies tua decora:puedo decir que ésto tan hermoso que se encuentra en el Cantar de los Cantares, me ha acontecido a mí hace sesenta y dos años y ahora lo recuerdo con el dulce rememoramine pristinos diesde san Pablo. El hecho fue que desde entonces nació en mi corazón el deseo de can­tarle muchas misas a la Virgen, y que sin pensar mucho acerca de los tiempos futuros, esperaba que de allí partiría algo para mí desconocido y que me facilitaría lograrlo quien sabe como.

Por eso hoy, 9 de septiembre de 1950, sábado en que se puede cantar la Misa de la Virgen, aquí me tienen en lugar mismo donde sucedieron los hechos referidos.

Apenas habían pasado unos meses en el ejercicio del aco­litado cuando una mañana me llamó el Señor Cura para decir­me que quería hablar con mi padre, y que lo esperaba en el curato. Pasé el recado a mi padre y él lo atendió desde luego. Hablaron por mucho tiempo y por lo que me dijo después mi madre supe que el párroco le había hablado de que tenía grave obligación de ponerme a estudiar; que si no tenía recursos de­bería de buscar la manera de procurárselos; que él le sugería qué se trasladara con todo y su familia a Zapotlán el Grande, población cercana, poco distante de Sayula, donde con más re­cursos, y trabajando en su oficio, podría estar por lo menos en iguales condiciones que aquí en su tierra; y que mientras se preparaba para ello, él, el párroco, me daría lecciones de latín como preparatorias para ingresar en firme al Seminario. Mi padre hizo el acto heroico de obedecer a su párroco, aunque le costara mucho trabajo, mucha ansiedad, abandonar su tierra, sus amistades, sus facilidades de trabajo y comercio que hacía muchos años había conquistado con grande esfuerzo; pero él mismo me encargó mis libros a Zapotlán y personalmente me entregó en manos del señor cura para dar cumplimiento a su deber y promesa. En los meses de vacaciones, pasó por Sayula el rector del Seminario de Zapotlán, mi párroco nos presentó a mí y a otro compañero que quiso estudiar conmigo, quien or­denó desde luego al vicerrector que a su tiempo nos recibiera y que nos pusiera en el segundo año, dando por pasado el año que cursamos bajo la dirección del señor cura don Néstor Zárate, uno de los grandes párrocos de Sayula y que a nadie había hecho la distinción que a mi otorgó y por mí a mi compañero.

Llegó el mes de noviembre de 1889 y mi padre me llevó al Seminario; estuve sólo unos días y a poco llegó de nuevo acom­pañado de su familia. Casualmente en los días de su llegada fue asesinado en Guadalajara el General don Ramón Corona, por lo que no dejó de llamarme la atención sobre hecho tan sig­nificativo en unión con el nuevo hecho de que ya me encontra­ba estudiando. ¿Quién hizo todo ésto? ¿Quién impidió que fuera a dar a Guadalajara para no padecer un desastre cierto que­dando sin la protección de un hombre que a poco debía de ser asesinado? ¿Quién movió el corazón de mi padre para que diera un paso juzgado imposible por todos los que lo conocían? ¿Quién hizo todos los prodigios en tan breve tiempo? Quién había de ser sino la misma Señora del Cielo que tocó y encendió mi tierno corazón en suave premonición de todos estos hechos coordinados de tan sobrenatural manera? Ella, Ella, la Pura, la Inmacula­da fue quien se dignó honrar a su hijo indigno y pequeño que no ha sabido corresponder a tan grandes favores; pero que sí los reconoce y agradece de lo íntimo de su pecho. A esto he solido llamar liberación como lo que experimentó el Pueblo de Israel; y por esto entono cada vez que lo recuerdo, el cán­tico de gratitud de Moisés que empieza con el entusiasta Can­temus Domino.

 

II.     La penosa peregrinacion

Entrar en el Seminario para seguir la carrera del sacerdo­cio era, en aquel entonces, entrar en el desierto: no era, como ahora, el seminarista un príncipe, objeto de las caricias de su prelado que le rodeaba de todas las comodidades: bien comido y mejor vestido y con el dejo aristocrático de los afortunados en este mundo. Apenas mi padre dio el paso que hemos rese­ñado, él y su familia fueron desconocidos por sus parientes y amigos, temiendo sin duda que se les pidiera ayuda pecuniaria que, por otra parte, mi padre nunca, ni en el pensamiento, llegó a querer solicitar; pero el cambio de lugar de su residencia, los gastos que esto originó y la poca o ninguna conocencia, hizo que experimentara un grave quebranto en sus intereses que produjo sacrificios sin cuento a su carácter de hombre de su familia. El tiempo, en lugar de disminuir como sucede en otros casos, el mal, lo iba agravando y acabó por ser insoportable. Por lo que apenas finalizó el primer año se vio obligado a vol­verse a su antigua residencia y emprender una nueva lucha para reconquistar su antigua posición, pero ya no se pudo del todo, y en medio de la hostilidad de que se hizo mérito, el mal­estar se acentuó y fue necesario afrontarlo con la energía de que sólo era capaz mi buen padre.

Mi madre entonces tomó su puesto como en los primeros días de casada, ella con sus hijos se pusieron a trabajar y has­ta el estudiante en sus vacaciones ayudaba en mejores condi­ciones, pues conocía mucho del oficio: ¡qué mejor descanso pa­ra la mente, qué mejor ejercicio para el cuerpo que el trabajo en que me ocupé en mis mocedades! Al terminar las labores del día se rezaba el rosario en familia y después de una frugal cena venía el descanso reparador. En las circunstancias más aflictivas se intercalaba en el rezo una que otra novena como la de la Purísima, que tanto nos gustaba en casa, y de la que tantos beneficios recibimos. Venía a nuestra memoria la colum­na de fuego que acompañó a los israelitas en el desierto, figura de la Santísima Virgen desde aquellas remotas edades, nube de santos efluvios, tal vez compuesta de la quinta esencia de los filósofos aristotélicos, que vibra por todo el universo comu­nicando el cielo con la tierra; y en nuestro caso era la portadora de nuestras oraciones a las que siempre respondía conce­diendo sus favores quizá recordando la parte muy importante que había tomado en el origen de todos estos trabajos: el caso fue que ni un momento nos abandonó su santa protección en los largos diez años de mis estudios.

Al retornar mis padres a su tierra, estuve en distintas ca­sas de asistencia; pero mi madre no cesó en su empeño de po­nerme de interno, juzgando que allí estaría más seguro de los embates, del enemigo; y esto al fin se consiguió cuando cur­saba el cuarto año, recibiéndome el señor rector don Ignacio Chávez con la cuota mínima de cuatro pesos mensuales por colegiatura que comprendía alimentos y enseñanza (mayo de 1892).

En medio de las penas de esta lenta y peligrosa peregri­nación, tuve también mi monte Sinaí, que así le llamo a la só­lida, atrayente y cristiana educación que recibí a la manera de una ley divina que normaría mi conducta en todo el resto de mi vida. En el segundo año perfeccioné mi lenguaje por medio de los profundos estudios gramaticales del latín y del castellano llevados en perfecto paralelismo y completados con lo que en­tonces se llamaba Bella Literatura. En el tercero entré en los estudios filosóficos que fueron para mí una revelación estupen­da en que las tesis que en ordenada serie se encontraban en mi libro de texto me hacía asomar a los profundos abismos de ciencia que la pobre humanidad ha ido conquistando penosa­mente al través de los siglos. El estudio de la Moral y Religión del cuarto año dio el toque de firmeza al modelado del carácter que había de acompañarme en el resto de mi vida. En el quin­to año se estudiaba la Física y las Matemáticas, verdadero oasis en la aridez de los estudios serios filosóficos. Hacía muchos años que daba esa cátedra el notable profesor y sabio sayulense don Porfirío Díaz González, y entre sus numerosos discípulos se destacaba la eminente figura del Presbítero don José María Arreola, que en mi concepto es la más grande inteligencia que se ha producido en el Estado de Jalisco. Poco tiempo antes de llegar a estudiar a Zapotlán presentó el acto público de Física en don­de derrochó habilidad suma preparando aparatos de su propia invención para hacer la exposición de la teoría de la capilari­dad en finísimos tubos de vidrio fabricados por él con lo que la selecta concurrencia quedó encantada. Cuando me tocó mi tur­no, el padre Arreola ya estudiaba Teología, pero debido a las aten­ciones del Señor Díaz en su capellanía de San Antonio, él nos daba la clase en calidad de suplente pues era el encargado del magnífico gabinete de Física del Seminario. Con tan grandes elementos hice el curso de esta materia y al terminar con él la instrucción preparatoria, pasé a estudiar la Teología en el año 93 que fue el de la ordenación sacerdotal del padre Arreola y que se caracterizó por haber sido el año de la fundación del Ob­servatorio de Zapotlán, que fue la novedad que llevó de Guadalajara a su regreso al Seminario en calidad de profesor de la Escuela Anexa, pidiéndome a mí como auxiliar para enseñar a leer a los párvulos en el ‘cuartito’ que estaba como apéndice al salón de la Escuela, al mismo tiempo que le ayudaba en el observatorio y en donde me puso a traducir un libro en fran­cés que trataba de las nubes y su Observación para el Pronós­tico del Tiempo. Desde entonces fuimos inseparables, aprove­chando el tiempo con sus conversaciones sabias y en la lec­tura de las obras clásicas que llevó también de Guadalajara y las que de México nos mandaron para estudiar a fondo la meteorología.

En el año de 95, no se sabe por que motivos, renunció su cargo en el Seminario de Zapotlán, que por ese tiempo era tam­bién de profesor de Física por haber sido trasladado el padre Díaz a Guadalajara como rector del Colegio de Infantes, que­dando yo con el doble encargo de profesor de Física y director del observatorio (mayo de 95). Fue ésta la época más fecunda de mi vida: al mismo tiempo que estudiaba la Teología, en­señaba la Física y dirigía el Observatorio, que ya estaba rela­cionado con todos los observatorios del país a los que mandaba y de los que recibía boletines mensuales de los fenómenos del tiempo, por cuyo medio empecé a hacer las debidas compara­ciones, de manera que en los cinco años que perseveré en este trabajo pude adquirir los conocimientos necesarios para sentar las bases de un programa de estudios que tenía por objeto resol­ver el problema más escabroso que pudo alguna vez presen­tarse a la mente humana, a saber, el pronóstico del tiempo.

Pronto llegó el año de 1900 en que concluida la carrera debía de presentarme en Guadalajara a recibir las órdenes sacerdo­tales. El padre Arreola, que había sido redimido del mal destino que le impone la Mitra por su renuncia en Zapotlán, ya estaba en Guadalajara como Director del Colegio de San Ignacio y Profesor en el Seminario. Era Arzobispo de Guadalajara el ilustrísimo señor don Jacinto López que había sucedido al señor Loza y para recibir las órdenes fuimos acompañados de nuestro rector que iba a ponerse a las órdenes del nuevo prelado y a tratar lo re­ferente a su Seminario. Todo se arregló a satisfacción del señor rector: el Seminario de Zapotlán tuvo un buen subsidio pecuniario; consiguió que sus profesores fueran presbíteros con un suel­do igual a los de la capital y desde luego consiguió que dos de los nuevos presbíteros fueran destinados al Seminario como pro­fesores, siendo yo uno de ellos.

 

III.  en la tierra de promision

Con estas buenas perspectivas me inicié en la carrera sa­cerdotal. Mi padre y mi madre asistieron a mi ordenación: mi ma­dre que sabía todas nuestras penalidades pasadas y la espe­cial protección que la Virgen Purísima en su imagen de Sayula nos había concedido. me hizo que le prometiera ir a predicar en su fiesta del 8 de diciembre a Sayula, pues que ya sabiendo que iba destinado a Zapotlán, me sería fácil cumplir esa promesa. Mis padres regresaron a Sayula a esperarme y a arreglar con el señor cura el permiso para predicar el sermón del 8 de di­ciembre. Yo permanecí en Guadalajara al lado del padre Arreola todo el tiempo que fue necesario para preparar nuestros trabajos científicos que debíamos de presentar en México, en el Primer Congreso Nacional de Meteorología, que había sido convocado por la Sociedad Científica Antonio Alzate para los primeros días de noviembre. Allí presenté las bases de mi programa a que hice mención hace poco, hice muy buenos amigos y colabo­radores y me volví a Zapotlán a desarrollar dicho programa. Llegado el 8 de diciembre fui a cumplir mi promesa y la de mi madre y le dije a la Virgen todo lo que a mi juicio había hecho por mí, le di las gracias y puse todo lo que me proponía hacer a sus pies, implorando su bendición. Mi familia se fue conmigo y con ello entré en la Tierra de Promisión, después del largo y penoso peregrinaje.

Durante los últimos años de nuestra carrera tuvimos oportu­nidad de conocer a los alumnos más distinguidos del Seminario de Guadalajara y desde nuestro retiro nos complacíamos de sus proezas. Eran jóvenes de gran talento y ávidos de honores que quisieron procurarse por sí mismos. Para ello se empezaron a graduar de bachilleres en la Academia Pontificia que con auto­rización de Roma fundó el ilustrísimo señor Loza para proveer de doc­tores a la Iglesia de Guadalajara. Al entrar de bachilleres, ya te­nían un pie dentro del augusto recinto, y dieron tal guerra, que los venerables señores de borla se vieron precisados a dar su queja al señor Arzobispo, quien disgustado por ello, se concretó a no pedir a Roma la renovación de la licencia, que estaba pró­xima a terminar. Con esto terminó la famosa Academia, que dio eminentes doctores celebrados por su ciencia en casi toda nuestra nación. Se callaron los jóvenes y no daban traza de vida. Pero llegó el incidente de Zapotlán en que este Seminario se puso a la cabeza de sus congéneres con motivo del Congreso de Meteorología y aprovechando la oportunidad de que había nue­vo Arzobispo casi extraño a la vida íntima de los Seminarios, pudieron de tal manera falsear los hechos que dicho Prelado mandó que se acabara el Seminario de Zapotlán, quitándole las cátedras de Teología y reduciéndolo a la categoría de Semi­nario Menor, algo así como una escuelita de gramática. Se de­cretó la fundación del Observatorio del Seminario de Guadala­jara y fuimos los de Zapotlán los escogidos para tan grande obra. Vine, pues, a la capital; seguí adelantando en mi progra­ma, les demostré para lo que servía el Observatorio dando conferencias al público; fundé el Boletín del Observatorio que lo hizo conocer en el mundo, se daban consultas al público y en tiempo de los temblores fue el observatorio el que contuvo las alarmas y hasta los peligros de los afligidos habitantes de Gua­dalajara.

Creía haber realizado una buena obra, cuando de repen­te, después de diez años de intenso trabajo, aquellos mismos jóvenes de mi tiempo y con motivo de encontrar un buen personal para el profesorado del Seminario, me dieron a mí libelo de repudio acusándome ante todos los tribunales eclesiásticos de tales co­sas que únicamente con la excomunión podría ser debidamente castigado. Fui excluido del profesorado, aunque me dejaron el Observatorio. Ante hecho semejante, me abandonaron todos mis amigos y discípulos. Me encontraban y no me saludaban, pues que con ello nunca jamás podría ser canónigo, ni servir para nada.

Gran favor fue este de la Santísima Virgen. Con la Revolu­ción que se vino encima y acabó con Seminario y Observatorio, se me abrió el paso a otros observatorios para seguir mis estu­dios favoritos. Ya tenía resueltos todos los preliminares del gran problema. Faltaba una sola cosa que era el paso definitivo, y esta cosa me la dio la misma Virgen Inmaculada en un mes de Mayo, como todos los favores que antes me había concedido en los mayos que he ido anotando. En mayo de 1922 quedó demostrado el enlace de nuestras lluvias y demás fenó­menos de la atmósfera con los descensos de la temperatura en los Estados Unidos. Gran ley de la naturaleza que me permitió descorrer un poco el velo con que la Providencia tiene oculto el dar el beneficio de la lluvia y con ella todos los bienes de tierra.

Permitidme ahora; queridos conterráneos y amigos míos, que me dirija a mi excelsa Madre, la Purísima de Sayula, que en este altar ha presidido esta solemnísima fiesta.

 

Colofón mariano

Madre Santísima, aquí estoy; yo soy aquel niño que Tú acariciaste hace cerca de sesenta y dos años en este mismo sa­grado lugar. Te he reconocido desde entonces, pues me has acompañado en toda mi carrera, he sentido tu presencia en todas mis amarguras, desfallecimientos y en todos mis triunfos; y en el relato que acabo de hacer sinceramente lo reconozco y agradezco. Ya siento declinar mi vida, ya no me queda otra cosa que esperar más que la hora de la partida. Señora: si Tú me has ayudado en toda mi vida ¿por qué no esperar que me ayudes a la hora del tránsito supremo? Me dicen, Señora, que he pe­cado, que me retiré de los mandatos de la ley del Sacerdocio. Yo creo, por el contrario, que hace 28 años que he servido gra­tuitamente al pueblo, que en muchos casos le he salvado sus cosechas y en general les he advertido lo necesario para el me­jor cultivo de la tierra. Si esta no es caridad y caridad sacerdo­tal, me acojo a tu piedad y misericordia; pues si he pecado, quien mejor que Tú puedes arreglarme esto con Dios, por ser refugio de pecadores. Madre, acuérdate de mis padres que me enseñaron a amarte y obedecerte en esta tierra bendita de mis mayores; bendice este pueblo que ya lleva cerca de un siglo de estar postrado a tus pies y me ha enseñado a festejarte en tus fiestas, en aquellas fiestas que fueron el encanto de mi niñez y el señuelo de mis años maduros. Bendice, por último, al venera­ble clero de esta parroquia para que recoja un fruto muy sazo­nado de sus trabajos apostólicos. Bendita seas, Madre Santa e Inmaculada.



[1] El texto trascrito se publicó en Guadalajara en el año de 1958, en edición privada. El ejemplar trascrito fue gentilmente proporcionado por don Federico Munguía a este Boletín.

 

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