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Autobiografía (6ª parte)

 

Antonio Correa[1]

 

Según avanza en su testimonio, don Antonio Correa va recuperando aquellas impresiones que más se gravaron en su conciencia en la primera parte de su vida.[2]

 

Espíritu de piedad

            Desde antes que recibiera las órdenes menores mucho me gustaba la recitación del Oficio Divino y aprovechando la buena voluntad y la amistad que me dispensaba el colegial Arcadio Medrano, que era entonces diácono, quien después de ser profesor, prefecto del Seminario y Secretario de la Sagrada Mitra, murió siendo canónigo de la santa iglesia Catedral a consecuencia de la pena que le causó la persecución a la Iglesia, casi diariamente le acompañaba en la recitación de dicho oficio.

 

En la recta final

            El 18 de octubre del mismo año de 95 me había matriculado en las cátedras de teología moral y ritos, de la que era profesor el meritísimo señor cura de El Sagrario, presbítero don Luis R. Barbosa y en la de oratoria sagrada bajo el magisterio del muy reverendo padre fray Teófilo García Sancho, miembro ilustre por su ciencia y virtud del Colegio Apostólico de Zapopan.

 

Estancia con el arzobispo

Pasados los exámenes y cuando yo había proyectado mi plan de vacaciones, que siempre pasé en esta ciudad y que consistía en aquella ocasión en dar diario catecismo a los niños en el templo de San Diego y prepararlos para la primera Comunión, me llamó una noche el señor rector y me dijo: “Sé que no sales fuera de vacaciones. Del arzobispado me piden un padre que vaya a suplir a uno de los familiares[3][del arzobispo] que va a salir. ¿Gustas tú quedarte en su lugar?”. Como esta proposición echaba por tierra mi plan, vacilé un poco en contestar, pero deseando seguir la voluntad divina le dije luego: “Si su señoría lo desea, iré”. “En esto te dejo en libertad –me contestó-. No puedo mandártelo, piénsalo y mañana me avisas”. En la oración de ese día pedí a Dios conocer sus designios y considerando que la solicitud de mi superior era indicio mejor del querer divino que lo elegido por mí, contesté afirmativamente a mi superior, quien me advirtió, desde luego, que mi ida al arzobispado era sólo por las vacaciones, ya que como cursante de teología moral no podía quedarme allá definitivamente, tanto más que como minorista que era no llenaba los requisitos para el familiarato. “Además –me dijo-, quiero que estudies derecho canónico y por lo mismo vas entendido que sólo dos meses estará allí”.

            Me presenté al día siguiente con el mayordomo del Palacio Arzobispal. Me dio sus recomendaciones y emprendí mis labores.

            Era el ilustrísimo y reverendísimo señor Loza a quien yo iba a servir, un varón eminente por su don de gobierno, buen talento, exquisito trato social, profunda ciencia y adornado de las virtudes más valiosas: la humildad y la caridad.

Anciano de más de ochenta años de edad, había perdido casi la vista en el estudio y falto casi por completo de oído, llevaba ante la consideración humana una vida triste, pero dotado de una alma gigante y su cerebro robusto como el de un joven, vivía del espíritu, vigilando y atendiendo las necesidades de su grey.

Considerado para con sus familiares hasta un grado excepcional, jamás se permitía solicitar de ellos sino lo indispensable y esto lo correspondía siempre con frases llenas de agradecimiento.

Imponente por su alta dignidad y por la aureola que con su largo y brillante gobierno había conquistado, me hizo venerarlo desde el momento que se me presentó como su familiar, más al escuchar de sus labios frases empapadas de cariño, lo amé como a mi padre.

Me di cuenta desde luego de que más bien que rigidez de él y amor al aislamiento en que vivía, era respeto y consideración mal entendidas de cuantos lo rodeaban. ¡Cuán bien decía, después, en cierta ocasión, el señor doctor don Salvador García Diego, al mismo ilustrísimo señor!: “Le tienen preso, lo tienen mudo. Su señoría es un hombre social y jovial, pero esta gente no lo conoce ni lo comprende”.

Le gustaba sobremanera que pronunciara uno el latín con suma claridad y tal vez en esto le pude dar gusto, puesto que algún tiempo después, como diré más adelante, me invitó a que le acompañara a rezar no sólo las horas menores, que eran las que podía sólo rezar por su falta de vista, sino todas sus devociones y el santo rosario, que recitaba en latín.

Estos servicios me privaron de pasar unos días al lado de mi familia, pero ello no me contristaba, me había dado ya a Dios y al servicio de su Iglesia y honra y muy grande reputaba el servir a un príncipe tan esclarecido.

Yo hice lo que en mi mano estuvo para alegrar con servicio atento y eficaz aquella vida sombría y seguramente que lo logré, puesto que al terminar los dos meses y yendo a despedirme de su señoría ilustrísima, me dijo: “Bien, hijo mío, ve con Dios, que ahora que se ordene el padre Larios (ordenando y familiar que había ido a suplir) tú te vendrás en su lugar”.

 



[1] Presbítero del clero de Guadalajara, siendo párroco del Santuario de Guadalupe en las primeras décadas del siglo pasado, llegó a ser uno de los más activos promotores de la acción social católica en la arquidiócesis.

[2] La paleografía y los subtítulos, que no tiene el original, son de la Redacción de este Boletín.

[3] Se usa esta expresión no para referirse a parientes de sangre, sino a los colaboradores estrechos y cotidianos del prelado.

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