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El ilustrísimo señor don Ignacio Mateo Guerra y Alba

Dignísimo primer obispo de Zacatecas

Anónimo[1]

 

Si la justicia fuera una virtud cotidiana, muchos en Lagos, en Jalisco y en Zacatecas, venerarían la memoria del personaje del cual se ofrecen algunos rasgos. Los hechos son distintos: muy contados son los que conocen  los altísimos quilates de un varón que ocupó en la liza pública tapatía del siglo XIX

 

In memoria aeterna erit justus.

Ps. CXI v. 7.

El justo vivirá en la memoria de Dios

y de los hombres.

 

 

Hoy hace un mes falleció en Zacatecas el primer obispo y fundador de aquella Iglesia, el doctor don Ignacio Mateo Guerra y Alba. Así lo anunciamos en nuestro número correspondiente al 10 de junio sin añadir por entonces una palabra más, porque esperábamos para hacerlo de una manera conveniente recibir algunas noticias biográficas acerca del ilustre finado. Hemos recibido los apuntamientos que deseábamos y con vista de ellos consagraremos de buena voluntad algunas de nuestras columnas a la memoria de un venerable pontífice bello ornamento de la Iglesia mexicana; el recuerde de un hombre que con sus virtudes privadas y públicas honró siempre a la sociedad de su patria.

El ilustrísimo señor Guerra nació el 21 de septiembre de 1804 en un rancho de la jurisdicción parroquial de la Villa de la Encarnación, perteneciente al obispado de Guadalajara y en la comprensión civil de Lagos, en el Estado de Jalisco. Fueron sus padres el señor don Francisco Guerra, de familia decente y noble, pero más estimable aún por su educación civil y moral basada en principios eminentemente religiosos; y la señora deña Gertrudis Alva, joven de muy corta edad y rara hermosura procedonte de una familia pobre pero decente y verdadero modelo de la familia cristiana. Con sólo esto se deja ya entender cuáles serían las primeras inspiraciones que obraron sobre el alma tierna del niño Ignacio: é1, como el joven Tobías, aprendió a temer a Dios desde sus primeros años: en él se trató de realizar la grande y sublime verdad que encierra aquella sentencia del libro sagrado: “Temo a Dios y guarda sus mandamientos porque esto es todo el hombre”.

Cuando tenemos que lamentar en nuestros días la muerte de un hombre benemérito por sus virtudes civiles y religiosas, volvemos con tristeza nuestros ojos a la cuna en que se mecieron sus primeros sueños, porque comparamos con desconsuelo la educación moral que produjo a una generación cuyos últimos vástagos estamos mirando morir, con la que está formando a los actuales renuevos, no llamados ciertamente a vivir largos años, ni menos a sembrar en sus brevísimos días muchos recuerdes gloriosos.

Muere hoy un anciano ilustre, y al recorrer su vida llena de buenas obras, pocos nos parecen los años que viviera para tantos honrosos recuerdes como ha dejado en pos de sí; y exclamamos con pesar amargo: ¡Pasó como un fugitivo haciende el bien!

Por otra parte, vemos a un joven que muere en la primavera de sus días, pero cuya azarosa vida, semejante a un meteoro siniestro, ha hecho sentir demasiado largos los momentos infaustos de su duración y al mirar la conclusión temprana tal vez desastrada, de una carrera de pecados y de escándalos, sacudiendo nuestra cabeza y volviendo la vista a otro lado y conmovidas las entrañas apenas podemos repetir aquellas terribles palabras: “No habrá bien para el impío ni serán prolongadas los días de su vida; antes bien pasarán como sombra los que no temen la presencia del Señor. Antes que llegue el término de sus días morirá y se le secarán sus manos.” En el hombre bien formado, cuando muere, deja en sus hijos o en los imitadores de sus virtudes una generación nueva que perpetúa el nombre y los hechos honrosos de su ilustre progenitor; pero el hombre viciado desde sus primeros días en sus hijos y en los hijos de sus obras no deja más que lo que un cadáver puede dejar: podredumbre y gusanos, repugnantes engendros de la corrupción que le dio la muerte.

Tan luego como el niño Ignacio Mateo se encontró en edad de necesitar de otra dirección que la de un buen padre ocupado asiduamente en los trabajos del campo y de una madre cargada con todas las obligaciones que impone una familia cristiana, fue trasladado a Lagos, en cuya escuela recibió su educación primaria, al lado y bajo los esmeradas ciudades de unas tías paternas que le prodigaron servicios y atenciones verdaderamente maternales. Estas señoras, obligadas muy especialmente por los comportamientos del niño, le profesaron siempre un amor entrañable, del que le dieron testimonios incesantes hasta una ancianidad muy avanzada.

Habiendo concluido su educación primaria la tomó a su cargo el presbítero don Miguel Leandro Guerra, el mismo que le había administrado el Bautismo en la hacienda de Santa Bárbara, propiedad de la familia. Este señor era un sacerdote respetable por su ejemplar conducta y por su acendrado patriotismo; que además contaba con un pingüe patrimonio. Con tales elementos tomó por su cuenta el sostén de su joven ahijado en su carrera y educación secundarias, expensando generosamente todos los gastos que fueron necesarios en ella hasta que recibiera el orden del presbiterado. Este comportamiento granjeó al bienhechor padrino los respetos, el amor, y la gratitud de que el beneficiado hizo siempre honroso alarde dándole el título de un segunde padre.

Comenzó el niño Guerra su carrera literaria en Guadalajara, donde estudió latinidad en el colegio de San Juan Bautista, y desde entonces dio a conocer las más brillantes disposiciones para el estudio, secundadas por una aplicación y un juicio poco común para su edad. Concluidos sus cursos, desempeñó un lucido examen en la lengua de Cicerón obteniendo suprema calificación que tanto le honraba por sus primeros trabajos literarios, como le estimulaba para los que ulteriormente hubiera de emprender.

Para continuar su carrera los estudios filosóficos, se trasladó a México, y se matriculó en el colegio nacional de San Ildefonso. En este establecimiento, que ha forjado tantos hombres ilustres, cursó filosofía bajo la dirección del memorable doctor don José María Mora, y sostuvo des actos públicos exponiendo en ellos con extraordinario lucimiento las materias respectivas. Sabida es la triste celebridad adquirida después por el doctor Mora; pero no obstante ella, y que era motivo de pesadumbre para el señor Guerra, jamás se le oía hablar de su infortunado maestro sino con el respeto y atenciones propias de un discípulo reconocido. Lamentaba los desaciertos del hombre sin dejar de respetar y recordar con gratitud al sabio maestro de mejores días.

Concluidos sus estudios preparatorios en México, se trasladó a Guadalajara; y en el Seminario Conciliar de dicha ciudad en la clase de alumno interno comenzó sus estudios de facultad mayor. Antes de abandonar la capital tuvo la satisfacción de haber presencia de la entrada triunfal del ejército trigarante el 27 de Septiembre de 1821, y haber conocido al célebre libertador Iturbide. De esto acontecimiento conservó siempre el ilustrísimo señor Guerra un recuerde muy grato, y hablaba de él con todo el entusiasmo  patriótico que hechos gloriosos y flagrantes entonces pudieran excitar en un corazón joven, puro y ardiente. Cuando en épocas posteriores hablaba de estos sucesos y hacía comparaciones con las ocurrencias del momento, los que la escuchaban no podían menos que lamentar la desaparición de aquel período de fe política y religiosa, de entusiasmo patriótico que hechos gloriosos y flagrantes entonces pudieran llenar de esperanzas preñadas de grandes ilusiones de un venturoso porvenir.

Después de haber recibido el grade de bachiller en filosofía comenzó a cursar en el Seminario Conciliar las cátedras de derecho canónico y civil. Aunque desde el principio de sus estudios había manifestado las más felices disposiciones, así morales como intelectuales, estas tuvieron todavía mayor desarrollo durante sus cursos de jurisprudencia; en los cuales sufrió los exámenes de reglamento y obtuvo calificaciones distinguidas. Al fin de sus cursos sostuvo un acto público de les que entonces se distinguían con el nombre de actos mayores; y expuso en é1 copiosas materias de uno y otro derecho sufriendo las pruebas que eran de costumbre para demostrar que no sólo habían sido encomendadas a la memoria los libros de texto, sino que la inteligencia del alumno había penetrada al fondo de las materias que exponía. En aquellos tiempos de `oscurantismo´ y `retroceso´ en aquellos Seminarios Conciliares contra los que hoy se reclama, se acostumbraba distraer sobre pocas materias la atención de los alumnos; pero en compensación se los obligaba a estudiar de tal modo esas materias que pudiera decir que poseían la ciencia, que habían descendido a las profundidades de ella: no había instrucción enciclopédica; pero había estudio concienzudo de algún ramo del saber; no había mucha superficie, pero lo que de esta faltaba era compensado con solidez.

Concluidos los cursos de Jurisprudencia teórica, el joven Guerra fue encargado de presidir varias funciones literarias, así en su facultad como en la de filosofía; y de dar academias de latinidad; funciones a que no podían aspirar sino aquellos alumnos que se hubieran distinguido por su talento, por su buen juicio y por su instrucción.

Ya en esta época, el joven seminarista había hasta cierto punto fijado su honroso porvenir, bastante preludiado por las bellas dotes que lo distinguían entre todos sus compañeros; una aplicación asidua, un juicio superior a su temprana edad, una docilidad y obediencia ejemplar y un respeto digno a sus maestros y superiores eran antecedentes bastantes para entrever la suerte que estaba reservada en la vida pública al que tan recomendable se hacía en el círculo privado y doméstico de un colegio. Pero a más de esas bellas cualidades que determinaban el modo de ser del seminarista, en sus relaciones con la sociedad en que vivía, solía manifestar otras que eran por decirlo así el tesoro intimo del individuo, ese tesoro que pocos estiman y que nadie conoce menos que el mismo que lo guarda. En su modesta y tranquila condición no carecía de ocasiones para demostrar unos sentimientos pronunciadamente nobles y generosos a la par que profundamente delicados; un alma ardiente,  rica, viva y exaltada acaso le hacía el descontentadizo del círculo vulgar que lo rodeara, y esto lo hacía amar el retiro, la abstracción y el aislamiento.

Hay ciertos caracteres templados con tal delicadeza que cuanto emprenden esta condenado a chocar a cada paso con bruscas contradicciones en la sociedad en que viven; prefieren por ello eludir las ocasiones de colisión y apelar a la fuga de la sociedad con el recurso único para conquistar y asegurarse un bienestar negativo, si tal se quiere llamar. Estos caracteres, bajo la impresión de una gracia divina especial bajo la impulsión de una vocación clara y determinante, producen a los Antonios, a los Pablos, a los Benitos; bajo la posesión del orgullo del espíritu y de la soberbia del corazón producen a los misántropos de Ginebra; en cambio, gozan del favor de la corriente ordinaria de las cosas humanas sobrellevada con cristiana filosofía, producen muchos hombres que en medio de una condición modesta y sin ruido alguno, sufren mucho sin hacer sufrir a nadie; carecen de todo goce y no escatiman el bien a sus semejantes; ocultan con su izquierda las lágrimas de sus ojos y alargan a la espalda su derecha encubriendo el bien que reparten.

Entre estos últimos figuró desde muy temprano el joven Guerra; y de sus padecimientos largos fue esa enfermedad que acomete no raras veces a las almas rectas y delicadas hasta la nimiedad; esa enfermedad que hace con frecuencia que los corazones más puros y sencillos se sientan más apartados de la pureza y sencillez a que aspiran por cuanto se refieren sin cesar al tipo de la santidad inimitable. Esa enfermedad  que demanda los consuelos más exquisitos del dulcísimo Francisco de Sales, los ciudades más asiduos del caritativo Alfonso Ligorio; esa mismos trabajó por algunos años al espíritu recto y sensible corazón del que andando los años habla de ser el consolador de muchas almas afligidas. La suya cuando lo fue, acertó a guarecerse de la tempestad bajo la protección que le prestara la dirección sabia de un santo sacerdote y este supo conjurar la siniestra nube. El doctor don Juan María Vélez, que después fue canónigo del Cabildo de Guadalajara, tomó bajo su dirección el espíritu de nuestro seminarista y allanó las sendas que debiera recorrer desembarazándolas de obstáculos que no tanto existían en la sonda misma cuando en el pie vacilante que debía pisarla. El señor Vélez, de buena memoria, era un sacerdote de costumbres angelicales, de una inocencia de niño, de un saber de doctor, de una humildad superior a todo encomio; era uno de esos sacerdotes que no enseñan la virtud, sino que la inspiran; que no dan reglas para aprender el bien, sino que comunican el mismo bien en que rebosan.

En Octubre de 1827 siendo todavía secular, el Señor Guerra fue nombrado catedrático de latinidad en el Seminario Conciliar de Guadalajara por el Señor Canónigo don Miguel Gordoa, entonces Vicario capitular de aquella Mitra y después obispo de la diócesis. El señor Gordoa conocía perfectamente al joven Guerra, puesto que era rector del Seminario, y con tal carácter fue testigo de su formación; acaso presintió el porvenir a que estaba llamado el modesto pasante de Jurisprudencia, a quien iniciaba en la honrosa carrera del profesorado. El señor Gordoa contaba entre muchas otras relevantes cualidades, el don de conocer a los hombres y el de saber gobernarlos; debido a estas preciosas dotes fue que en lo general el clero formado bajo su dirección o encarrilado en la vida pública por su elección honró siempre a la Iglesia de Guadalajara y supo luchar gloriosamente contra deshechas tempestades. La muerte demasiado prematura de tan ilustre prelado impidió que hiciera en su Iglesia todo el bien de que fuera capaz; pero a la generación sagrada que supo formar, legó sus tesoros de sabiduría que muchos a vuelta de los años supieron explotar dignamente; entre ellos figura la respetable persona de cuya vida nos ocupamos.

Servía el señor Guerra la primera cátedra de gramática latina cuando por sede vacante de la Iglesia de Guadalajara tuvo que pasar a Puebla con objeto de recibir allí desde la primera tonsura clerical hasta el orden del presbiterado; recibió este el 27 de diciembre de 1827. Después de cuatro años de enseñar latinidad, abrió un curso de artes que leyó hasta Julio de 1933, y en el año siguiente enseñó filosofía moral y religión. Durante los tres años de su enseñanza de filosofía, presidió veintitrés actos públicos en los que tuvo el gusto de dar a la sociedad un testimonio de sus trabajos y una prueba de su celo en la dirección de los jóvenes, demostrados por el brillante desempeño de sus discípulos en las funciones literarias que les fueron encomendadas. Al cerrar el curso y despedirse de la numerosa juventud cuyos primeros estudios había presidido, pude tener la satisfacción de dejar sembrados en el corazón de todos y cada uno de sus discípulos verdaderos afectos de amistad, recuerdos de gratitud imperecedera y semillas de virtudes que más tarde habrían de germinar y fructificar.

A fines de octubre de 1834 fue nombrado catedrático de derecho civil romano, y patrio en el mismo Seminario; y continuó en este magisterio hasta 1839. Durante él, presidió diez y seis funciones públicas de derecho canónico y civil y recibieron sus sabias lecciones muchos jóvenes, entre los cuales se cuentan algunos que después han figurado con honor en la Iglesia, en el foro, y en el orden político. En ese mismo período desempeñó por más de dos años el cargo de defensa de matrimonios y de obras pías, y por algún tiempo la promotoría fiscal del obispado. La gravedad o importancia social de las funciones de estos dos oficios revela el alto concepto en que era tenido el joven sacerdote, a quien fueron confiadas en una época en que los negocios y sus agentes eran considerados en toda la altura moral que les corresponde. En 1835, cuando después de los sucesos de los campos de Guadalupe, Zacatecas, el general don Antonio López de Santanna visitó la capital de Jalisco, la Universidad de Guadalajara quiso obsequiarle dedicándole las funciones literarias de un laureado en alguna de las facultades de sus asignaturas. Designó para ello el presbítero don Ignacio Mateo Guerra, quien desempeñó su cometido conforme a los estatutos universitarios en la facultad de derecho canónico de una manera muy satisfactoria para el claustro y obtuvo la borla de doctor en términos muy honrosos. Por muchos años se conservó un recuerde interesante de las funciones literarias desempeñadas en esa vez por el señor Guerra, y muy especialmente de un trabajo oratorio apropiado a las circunstancias, trabajo que satisfizo los deseos del claustro y que llenó plenamente su objeto de hacer brillante alarde del estado de la enseñanza universitaria, ante el grande hombre de aquella época. En 31 de julio de 1837, previos los exámenes de estatuto, y aprobado por aclamación, recibió el honroso título de abogado de los tribunales de la nación.

Hasta aquí hemos visto al señor Guerra figurar en su carrera literaria y profesional como alumno distinguido, como profesor sabio, como abogado notable, como doctor en la facultad que profesó, como empleado respetable en la curia eclesiástica de su domicilio; favorecido por la estimación de sus maestros, retribuido por el amor de sus discípulos, respetado por sus compañeros, honrado por la confianza de sus superiores. Pero después de todo esto le faltaba aún figurar en la verdadera carrera del sacerdote, a saber, la formación y dirección de las almas; quedábale por practicar la gran sabiduría que consiste en la aplicación de la ciencia de las ciencias, el cuidado y gobierno de los espíritus. Esta nueva carrera tenía que comenzarla bajo el gobierno del ilustrísimo señor don  Diego Aranda, digno sucesor del ilustrísimo señor Gordoa bajo el concepto de aptitudes para el gobierno y acierto para el conocimiento de los hombres y la apreciación de sus capacidades. El señor Aranda, bajo su gobierno ya como encargado, ya como obispo de Guadalajara, formó una falange de sacerdotes distinguidos que han conservado y conservan todavía las mejores tradiciones en cuanto a la ciencia administrativa de la Iglesia. De esa falange de sacerdotes influida por las sabias instrucciones y por la enérgica dirección del ilustrísimo señor Aranda, hemos visto en pocos años ascender siete a la plenitud del sacerdocio y creemos que aún hay otros más llamados también         a la misma dignidad. Acaso el señor Aranda ha sido el último obispo   que ha llenado plenamente las exigencias de la importante y vasta diócesis de Guadalajara aún en las circunstancias más difíciles.

 Si Dios hubiera querido conservar por diez años más la importante vida de ese digno obispo, no habría podido ciertamente detener el  curso de torrentes despeñados; pero sí había influido mucho sobre la dirección de la corriente; y su prudencia, su tacto político, su energía, su valor civil, su talento claro y previsor, habrían economizado muchos males a Iglesia de Guadalajara, habría modificado los acontecimientos que como atmosfera de plomo han pesado en ciertas épocas sobre todo Jalisco.

Ese hombre memorable fue el que en Septiembre de 1839 nombró el doctor don Ignacio Mateo Guerra cura interino de la parroquia de Asientos, cuyo encargo tuvo hasta febrero de 1841, en que fue nombrado, previo concurso canónico, cura propio de Matehuala. Sirvió a esta parroquia hasta el mes de enero de 1846, en cuyo tiempo se hizo acreedor a un recuerdo perpetuo por los servicios que en dicho curato prestó figurando entre sus obras el espacioso y magnífico templo parroquial de tres naves que existe en Matehuela.



[1] Este decumento se divulgó en una publicación periódica, a escasas semanas de la muerte del prelade cuya memoria se ensalza. Su autor prefirió permanecer en el anonimato, toda vez que las circunstancias políticas del momento, rabiosamente anticlericales, implicaban vejámenes por parte del Gobierno liberal que de esta suerte se quisieron librar. Empero, de la veracidad de los datos no se ha dudade jamás ni han side impugnades por los especialistas que han tenide acceso a esta rara fuente, que hoy se rescata a instancias del dector Jaime Olveda y de la señorita Raquel Guerra.

 

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