Documentos Diocesanos

Boletín Eclesiástico

2009
2010
2011
2012
2013
2014
2015
2016
2017
2018
2019
2020
2021
2022

Volver Atrás

El Libro de Visita Pastoral del Obispo Garabito

O semblanza de la Nueva Galicia en 1678 (1ª parte)

 

A cargo de la Crónica Arquidiocesana[1]

 

Comienza con el año el extracto a una de las series de mayor valor testimonial del Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara. Se trata de los documento de respaldo a la visita canónica practicada al extensísimo obispado tapatío por sus obispos. En él se da cuenta de pormenores de gran interés para conocer no sólo el estado y desarrollo del proceso de la evangelización en el siglo donde el mestizaje adquiere la fisonomía que hasta la fecha distingue a los habitantes de esta porción del orbe.

 

Prolegómenos

Mucho podría escribirse, y algo se ha hecho ya, en torno a la recia personalidad del decimoquinto obispo de Guadalajara, don Juan de Santiago y León Garabito. Nativo de la isla de Palma, donde nació el 13 de julio de 1641, fue electo obispo de Puerto Rico a la temprana edad de 34 años, sede en la que no residió, pues intempestivamente, a petición de la Corona, la Sede Apostólica lo asignó para Guadalajara de Indias, en bula de fecha 13 de septiembre de 1677. Poco menos de un año después, el 22 de mayo de 1678, fue consagrado sucesor de los apóstoles y frisando la edad cuadragenaria comenzó su gobierno episcopal, de poco más de tres lustros. No pocas aflicciones arrostraría en sus empeños por depurar su clero y ajustar al derecho canónico las pretensiones regalistas de la Real Audiencia, en particular de su Presidente, con quien llegó a tener gravísimas diferencias. Murió en su sede episcopal en plena madurez de la vida, a la edad de 53 años, el 11 de julio de 1694. Un monumento a su memoria es la actual basílica de Zapopan, frente a la cual edificó su morada.

La Visita Pastoral

No bien se sacudió el polvo del camino y se repuso del larguísimo trayecto que debió deambular entre la península Ibérica y su sede guadalajarense, a mediados del año del Señor de 1678, don Juan de Santiago se dispuso a visitar a los moradores de su dilatada grey, dispersos en algo más de un millón doscientos cincuenta mil kilómetros cuadrados, para “…la mayor gloria de Dios nuestro Señor y salvación de las almas de los fieles de nuestro cargo, con la corrección de costumbres, extirpación de los vicios e introducción de las virtudes…”[2]

La tarea no era ni sencilla ni cómoda, pues se trataba de recorrer distancias enormes por caminos malos o inexistentes, según era menester, a lomo de bestia y aún a pie, cruzando ríos caudalosos, barrancas profundas, serranías de tupidos bosques y no pocas fieras al acecho, implicaba resolución y temeridad.

Sin embargo, ninguna medida era más oportuna al obispo para conocer la realidad de una grey multiforme y ya inmersa, de forma irreversible, en el proceso de mestizaje que a la vuelta de los años produciría esto que hoy se llama México.

La relación de la Visita, hasta ahora inédita, constituye el testimonio más rico y exacto para tomar el pulso al Occidente de México en el último tercio del siglo XVII, el de la integración, como se le ha llamado.

Como prolegómeno a la Visita, el auto de notificación de la misma ordenaba a los párrocos y a los curas doctrineros hacer listas de “…todas las personas eclesiásticas… las capellanías, y pías memorias perpetuas, y de los bienes de sus rentas… hospitales, ermitas, y capillas de iglesias de estancias, y cofradías, y de las haciendas muebles y no muebles dotales y no dotales, y licencia de su erección, y continuación, y oficio de uno en ellas… de las necesidades precisas de las fábricas, con anotación de los medios, que se podrán tomar para su remedio, y reparación…”

Gravaba la actividad propia del obispo, una real cédula en la que el Rey, por su conducto, deseaba corregir los posibles abusos de “…gobernadores, corregidores, y alcaldes mayores, encomenderos de todo el distrito de este nuestro obispado en los agravios que hicieren a los indios naturales de él…”

También recordaba el arancel vigente de los estipendios por los servicios ministeriales, en este caso, el aprobado por el obispo fray francisco de Rivera, en octubre de 1620 y actualizado por don Juan Ruiz Colmenero en septiembre de 1678, en estos términos:

 

“Una velación[3] de españoles, cinco pesos en reales… fuera de la parroquia, diez pesos… de mestizos o mulatos y negros libres, tres pesos… fuere de la parroquia, seis pesos… de negros esclavos e indios laboríos, dos pesos… fuera de la parroquia, cuatro pesos.” Entierros: “Por un entierro de españoles en la parroquia, o fuera de ella diez pesos… si no hubiere misa, ni vigilia, cinco pesos… Por entierro de un hijo de españoles[4] con cruz alta cinco pesos, por la cruz un tostón, y un peso por la capa que son todos seis pesos y medio, sea dentro o fuera de la parroquia. Si fuere con cruz baja dos pesos y medio al cura, y dos reales la cruz. Por entierro de mestizo, mulato, o negro libre en la parroquia, o fuera de ella, seis pesos… Por un entierro de niño hijo de mestizo, mulato, o negro libre, con cruz baja dos pesos, y dos reales de la cruz, si fuere con cruz alta, tres pesos; y si quisiere capa páguela como español. Por un entierro de esclavo, o indio laborío con cruz baja peso y medio, y dos reales de la cruz; si fuere cruz alta cuatro pesos, y cuatro reales de la cruz con carga de una misa rezada. Por un entierro de esclavo, o indio laborío con cruz baja un peso y medio, y dos reales de la cruz; si fuere con cruz alta tres pesos, y cuatro reales de la cruz.

De una misa cantada de un difunto con responsorio, tres pesos, y si fuera con vigilia cuatro pesos; y si fuere con diácono, y subdiácono cinco pesos, a los cantores que asistieron a este oficio, seis reales a cada uno, y si fuere solo misa lleven tres reales… Un novenario cantado con sus responsos cantados veinte y siete pesos con mas la ofrenda, y candela que se le da al preste; y si la parte pidiere que los cantores salgan a la sepultura al responso les darán candela y que las tengan encendidas mientras cantan; y no saliendo no se les darán. Y si el novenario fuere rezado nueve pesos, y la ofrenda…. Las misas cantadas votivas por tres pesos de limosna. Las misas rezadas de testamento a seis reales y las votivas a cuatro.

 

El derrotero

Para divulgar las comunicaciones oficiales del prelado –edictos y cartas circulares-, se seguía una ruta que constaba, en el tiempo que nos ocupa, de cinco veredas. El propio que llevaba tal guía o derrotero tenía la encomienda de entregarlo en sus manos al párroco, el cual, al punto debía trascribirlo en su libro de gobierno “…con la brevedad posible para que no se detenga…”, firmando al calce del documento original, que pasaba a la cabecera de la parroquia siguiente.

La vereda del primer derrotero comenzaba en el beneficio[5] de Tacotan, las doctrinas de El Teúl y Juchipila, los beneficios de Xalpa y Tlaltenango, las doctrinas de Mezquitic y Colotlan, los beneficios de Monte de Escobedo–Valparaíso, de Jerez, de la Villa de Gutiérrez de las Águilas, para terminar en el Real de Minas de Fresnillo,[6] en total, once parroquias, siete diocesanas y cuatro de religiosos.

El segundo derrotero iniciaba en las doctrinas de Zalatitlan y Tonalá, los beneficios de Jonacatlan, Tecpatitlan, Jalostotitlan, Nochistlan, Teocaltiche, Lagos, Aguascalientes, Ojo Caliente, Veta Grande, Zacatecas, Pánuco, Sierra de Pinos y de El Venado. Por las doctrinas de Charcas y de Río Blanco, el beneficio y doctrina de Monterrey y las doctrinas de san Joseph de Cadereita, Cerralvo y Álamo; por último, de los beneficios de El Saltillo, de la Monclova y de Mazapil, o sea, veinticuatro parroquias, ocho de regulares y dieciséis de seculares.

El tercer derrotero daba principio en las doctrinas de Analco, Tlajomulco, Cocula, Tecolotlan, Autlan; los beneficios de La Purificación, Tomatlan, Ostotipac, Real de San Sebastián, del Valle de Banderas, de Compostela, de Aguacatlán, de Mascota, del Real de Guachinango; de las doctrinas de Etzatlán, Ahualulco y Ameca: diecisiete parroquias, ocho doctrinas y nueve beneficios.

El cuarto derrotero daba principio en los beneficios de Zapopan, Tala - Ahuisulco, Tequila y Hostotipaquillo; seguían las doctrinas de La Magdalena y San Pedro Analco, el Real de Minas de Amajaque, las doctrinas de Amatlán y de Jala, el beneficio de Chimaltitlan y las doctrinas de Xalisco, Guajimic, Guainamota, Iscuincla, Santipac, Ayutuxpan, Acaponeta y Huajicori, diecisiete parroquias, once doctrinas y seis beneficios.

El quinto y último derrotero comenzaba en las doctrinas de Poncitlan, Chapala, Axixic, Zacualco, Techaluta, Teocuitatlan, Atoyac, Amacueca, Tapalpa, Sayula, Zapotitlan, Coaltlan y Chacala, trece parroquias, todas a cargo de religiosos.

 

El edicto de la Visita

Puesto que nos disponemos a trascribir el contenido de todo este valioso libro de Visita, no está de más conocer el Edicto mediante el cual se hizo pública:

Nos, el señor doctor don Juan de Santiago de León Garavito, por la gracia de Dios y de la Santa Sede apostólica obispo de este obispado de la Nueva Galicia, Reino de León, provincias del Nayarit, Californias y Coahuila, del Consejo de su Majestad:

Por cuanto uno de los principales empleos de nuestro oficio pastoral es visitar por nuestra misma persona todas las iglesias, catedral y parroquiales, capillas, oratorios, cofradías y los demás lugares píos de este nuestro obispado, y reconocer el estado de las cosas espirituales de todos nuestros súbditos y domiciliarios, así eclesiásticos como seculares, y el tribunal eclesiástico y los ministros de sede vacante y de sede plena que en otra visita no hayan sido visitados.

Y porque de muchos años a esta parte no se ha hecho la [Visita] general pública ni secreta del dicho obispado y tribunal, y es de creer que según la humana fragilidad a que los hombres estamos expuestos, habrá casos y cosas dignas de grave y oportuno remedio, en cumplimiento de nuestra obligación y lo dispuesto por las reglas comunes del derecho, y particularmente del santo Concilio de Trento y Mexicano, y de las constituciones sinodales nuevamente confirmadas y mandadas guardar por nos, hacemos saber a todas las personas estantes y habitantes en este dicho obispado, de cualquier estado, calidad y condición que sean, que mediante el favor de Dios comenzaremos la dicha Visita general pública y proseguiremos la secreta, juntamente con el acto pontifical del sacramento de la confirmación, el día catorce del mes de noviembre venidero, en este corriente año del 1678, para cuyo efecto y que se consiga el de la intención de nuestra Santa Madre iglesia y el de la nuestra, y sea con el mayor servicio y gloria de nuestro Señor, aumento de nuestra sagrada religión en estos reinos y provecho espiritual de las almas de nuestro cargo en ellos, ordenamos y mandamos lo siguiente:

Primeramente, en virtud de santa obediencia, y con apercibimiento de las personas que a nuestro arbitrio y voluntad hubieren mas conveniente ejecución, mandamos que todos los que no estuvieren confirmados vengan a recibir el santo sacramento de la confirmación, y con él la luz y esfuerzo del espíritu santo contra las peleas espirituales del demonio, y que ninguno se atreva a impedir temerariamente a los no confirmados este efecto cristiano y religioso.

Y así mismo, y so las dichas penas, mandamos a todos los fieles que no se hallaren legítimamente ocupados sobre que le encargamos las conciencias acudan a las cabeceras de sus partidos o a los otros lugares mas vecinos a los de su habitación en que hiciésemos los dichos actos de confirmaciones y visita, así para cumplir en ellos con lo que fuere de su obligación como para la quietud y consuelo de los que en confesión o fuera de ella quisieren comunicarse con el prelado y sus trabajos temporales y espirituales y aconsejarse en ellos como con su verdadero padre y pastor aquí podrán manifestarlos con filial confianza y seguridad para que en todo cuanto nuestras cortas fuerzas alcanzaren los ayudemos y consolemos con paternal amor y benevolencia.

Otrosí, exhortamos y mandamos, en virtud de santa obediencia y so la pena de excomunión mayor, a todas y cualesquier personas capaces de la dicha excomunión de cualquier estado y calidad que sean, y a los indios de lo que contra ellos hubiere lugar en derecho, que dentro de un día de cómo este nuestro edicto fuere publicado en la cabecera o lugar de cualquier partido, y que a su noticia viniere de nuestra llegada al dicho lugar para los actos referidos, nos den la que tuvieren de cualesquier pecados públicos, así eclesiásticos como seculares, y así mismo de cualesquier excesos de los ministros de nuestra audiencia eclesiástica y los demás que hubieren tenido otros ministerios en la dicha audiencia, desde la última visita hecha por nuestro antecesor, y si han llevado algunos cohechos o baraterías, ocultado pleitos y cometido otros cualesquier delitos en el ejercicio de su ocupación y ministerio; y si saben o han oído decir que los curas beneficiados o sus tenientes, capellanes, sacristanes y otros cualesquier clérigos han faltado al cumplimiento de su obligación y ministerio en lo que a cada uno toca, habiendo dejado de asistir a sus iglesias propias en las fiestas solemnes, misa, vísperas y demás oficios divinos las veces y con la puntualidad y devoción de vida, y si por su culpa ha muerto alguna persona sin confesión, comunión, extremaunción y alguna criatura sin bautismo; si tratan con caridad a sus feligreses, dándoles buen ejemplo y doctrina; si les han hecho algún agravio de obra o de palabra, si les han llevado indebidas contribuciones por el administración de los santos sacramentos, excediendo lo que por los aranceles eclesiásticos está determinado. Si no visitan los enfermos de su feligresía, encaminándolos al descargo de sus conciencias y bien de sus almas. Si han cometido simonía; si están en algún pecado público, infamados en la correspondencia ilícita con alguna mujer o la tienen en su casa -de calidad, edad y condición, que dé o pueda dar motivo de mala sospecha-, en la habitación, con ella; si juega en juegos prohibidos; si tienen tratos ilícitos; si andan de noche o de día con armas y hábitos indecentes, si cumplen con las memorias y misas de los testamentos y capellanías de su cargo, si admiten por sí o con la intervención de los sacristanes de sus iglesias a decir misa, o celebrar los divinos oficios, o administrar los santos sacramentos en ellas, o en los lugares de sus partidos a sacerdotes no conocidos o siendo los que no tienen licencia legítima; si han dicho o hablado en los templos dedicados a Dios palabras feas y descompuestas con mujeres, o tenido trato deshonesto con ellas, y finalmente si han contravenido o contravienen en alguna manera a lo dispuesto y ordenado por derecho, y señaladamente por el santo Concilio de Trento y mexicano, constituciones sinodales, cédulas de su majestad y edictos públicos de Gobierno.

Otrosí, si saben o han oído decir que algunos seglares de cualquier estado y condición que sean estén en algunos pecados públicos y escandalosos como son amancebamientos, logros, usuras vendiendo a más precio de fiado que de contado y otros contratos por judiciales, y granjerías prohibidas, si son hechiceros, adivinos supersticiosos agoreros, saludadores o ensalmadores, tablajeros públicos, blasfemos del nombre de Dios o de sus santos, casados dos veces o una en grado prohibido sin dispensación legítima por nos reconocida y sin nuestra licencia o no habiendo precedido las amonestaciones del santo Concilio de Trento, y si siendo casados no hacen vida maridable, viviendo cada uno de por sí por solo su arbitrio y sin la intervención del nuestro, o si se están sin velar y recibir las bendiciones nupciales más tiempo del que les es permitido; si tienen usurpados algunos bienes de las iglesias, ermitas, capillas, hospitales y cofradías o dichos lugares y obras pías; si tienen algunos testamentos por cumplir, así en el funeral como en las mandas para redimir cautivos, casar huérfanas, sacar presos de la cárcel y en la de los hospitales, fundación de capellanías, aniversarios, misas perpetuas, limosnas y otras obras de piedad. Si saben que algunos han dejado de confesar, o comulgar por pascua de resurrección, y de pagar debidamente los diezmos y primicias incurriendo en la excomunión mayor latae sententiae en los edictos de este obispado impuesto y que contra lo dispuesto en las reales cédulas de su Majestad han hecho alguna matanza o matanzas de vacas sin su expresa licencia o de ministro superior que la pueda dar en su nombre, incurriendo así mismo en otra excomunión mayor latae sententiae en dichos edictos expresada de cuya publicación en todo nuestro obispado para el remedio del estrago común en dichas matanzas de vacas en todo él se haya introducido se ha dado cuenta a su majestad y a su real consejo de las indias; si saben que hayan quebrantado algunos seglares las inmunidades eclesiásticas o que hayan hecho decir misa en sus casas, oratorios o capillas sin tener licencia necesaria para ello; que hayan presentado por testigos algunos perjurios judicialmente o en otra manera, o persuadido a que otros los presenten, o hecho amenazas para que debajo de juramento no digan la verdad los que la saben y se perjuren en su deposición. Si algunas personas comen carne en vigilia o en cuaresma sin licencia del médico temporal y espiritual, y, finalmente, que hayan contravenido con publicidad escandalosa a los otros mandamientos de Dios y de su iglesia.

Todo lo cual mandamos digan y declaren ante nos, dentro del término señalado que les asignamos por tres y el último perentorio el cual pasado y no cumpliendo lo que dicho es lo declaramos en incurrir en la excomunión mayor por nos impuesta, y en las otras personas que a nuestro arbitrio y voluntad dejamos reservadas; para que por nos oídos y entendidos los dichos pecados públicos y excesos raves de que tanto se desagrada a una y otra majestad con la información de nuestro ánimo o la que más convenga y necesaria sea procedamos a su paternal corrección o ejemplar castigo. Por lo cual y para que venga a noticia de todos dimos el presente firmado de nuestro nombre refrendado del infrascrito secretario, y mandamos se lea y se publique inter misarum solemnia en la cabecera de todos los partidos, antes que lleguemos a hacer los dichos actos de confirmaciones y visita en ellos, y de la publicación se ponga testimonio en manera que haga fe.

Dado en la ciudad de Guadalaxara, a veinte y nueve días del mes de octubre de mil seiscientos y setenta y ocho años.

Juan, obispo de Guadalaxara

Por mandado de su señoría ilustrísima, el obispo, mi señor

Don Gonzalo Martín de Santiago Colmena

Secretario y notario mayor

 

Actos preliminares

La Visita Pastoral se notificaba mediante la carta pastoral de prevención y el edicto general, y debía publicarse apenas trascrita, en una cédula que se fijaba en las puertas del templo o en otro lugar apropiado, haciéndose saber el día de la llegada del obispo a la cabecera de la Visita a quienes debían trasladarse a ella para presentar cuentas o recibir la confirmación.

El propósito de la Visita era, como se ve, triple: uno, público y solemne, consistía en el mero acto de apersonarse el obispo en una porción de su Iglesia particular y entrar en contacto con el vecindario, enterándose por sí mismo de la buena marcha del culto divino, de la fábrica material del templo y del conjunto pastoral anexo, en especial de los hospitales, que para segregar y atender a los enfermos, estaba mandado los hubiera aun en las poblaciones más modestas; otra privada o secreta, donde, cuidando la buena fama de las personas, se procuraba corregir los abusos y se fiscalizar los libros de la administración, tanto del párroco como de las cofradías de laicos, y el tercero, de carácter sacramental, ungiendo con la confirmación a quienes no habían recibido ese sacramento.

El cortejo del obispo quedó integrado por un intérprete nahuatlato, el presbítero don Juan Sedano, toda vez que la inmensa mayoría de los moradores del obispado se comunicaban en lengua náhuatl o mexicano; un maestro de ceremonias, don Martín de Figueroa, presbítero; un secretario de Gobierno y Notario Mayor, don Gonzalo Martín de Santiago Colmena; un notario primero, don Pedro Roberto Paje, los criados del servicio común ordinario, catorce mulas de silla y diez y seis de carga.

 

En la parroquia de Zapopan

El miércoles 16 de noviembre de 1678, a las seis de la mañana, salieron de Guadalajara el obispo y su comitiva, deteniéndose al cabo de treinta minutos en el pueblo de Mezquitán, donde lo esperaba el licenciado don Pedro del Rivero Angustina, párroco o como se decía entonces, Cura beneficiado de Zapopan[7], comarca toda ella habitada por indios y compuesta por catorce pueblos: Atemaxaque[8], Zoquipa, Zapopa, Santa Ana[9], Xonacatlan[10], Xocotlan,[11] Ocotlan,[12] Nexticpaque,[13] Teçiltlan,[14] Eppatlan[15], San Cristóbal, Ixcatlan[16] y San Esteban. Había estancias agrícolas y ganaderas, pero en ninguna de ellas capilla.

Luego de inspeccionar el templo, los altares, los ornamentos y la pila bautismal, el prelado dispuso dos cosas: “Que el cuadro de san Miguel que está en el altar mayor… se quite y se renueve, se borre el dragón que tiene a los pies y en el  ínterin que se hace, se ponga el san Miguel de talla en dicho altar. Que un san Juan que está en un altar colateral de dicha iglesia se quite y se ponga con la mejor decencia que se pudiere, poniéndole más bajo el ropaje”. El hospital de Nuestra Señora de la Concepción se encontró decente; la única observación fue para dos lienzos de su capilla “…el uno de nuestra Señora del Popolo,[17] y otro de un santo Cristo, que están el altar mayor”, que ordenó fueran retirado para ponerles marco por estar sin ellos. El patrimonio de su cofradía era de 110 reses y cinco carretadas de piedra de cantería, vendidas a Juan Fernández y Diego Gaspar.

Hora y media después, el cortejo llegó a Atemaxaque, como a las ocho de la mañana, donde dispuso retirar de uno de sus altares laterales “…un lienzo de un santo crucifijo y una nuestra Señora de la Soledad y san Juan, por la mucha indecencia que tienen…”, esto es, un deterioro gravísimo.

Sin mayor tregua, siguieron su camino en dirección al pueblo de Zoquipan, donde el obispo mandó, para mayor protección del menaje, ponerle reja a las ventanas de la sacristía del templo y del baptisterio.

El trajín de esa primera jornada concluyó en Zapopan, donde además del párroco, recibió al obispo el corregidor don Joseph Carrillo de Vaca. Hubo misa, don Juan de Santiago confirmó a doscientas treinta y seis almas, y terminada la ceremonia, se retiró a descansar a la casa que se habilitó para ello.[18]

 

En el templo de Zapopan

Muy de mañana, al día siguiente, salió de Zapopan el licenciado don Juan Cataño de Figueroa, delegado episcopal para visitar los pueblos y hospitales de san Esteban, Izcatlan, Epatan y San Cristobal. El pastor, por su parte, celebró la misa en el templo parroquial “…de advocación de la Expectación de Nuestra Señora”.[19] En el sagrario encontró cuatro lámparas de plata, una de ellas alimentada con aceite de oliva. Mandó retirar una escultura de la Inmaculada Señora de la Concepción “sita en un altar que está en la nave de la iglesia a la mano derecha como entramos, por estar indecente”, así como el sagrario viejo puesto en el dicho altar y “el retablo que está a las espaldas”. Cuando le tocó su turno, el párroco dio cuenta al superior que el templo de Ixcatan era indigno y su menaje raquítico, pues no tenía ni siquiera un “ornamento decente para la celebración del santo sacrificio de la misa” y cómo puso remedio a ello recaudando en el vecindario cuarenta pesos para habilitar de paramentos el recinto. El hospital o sala de enfermos de Zapopan era paupérrimo, aunque su edificio sólido. No tenía camas, reduciéndose su menaje a “cuatro frazadillas y unos cueros”, así como una jeringa con su lanceta y dos ventosas. Su patrimonio consistía en 105 reses y 25 pesos en metálico.

Por lo que respecta al haber de las cofradías –todas con el título de Nuestra Señora de la Concepción- de los restantes pueblos, esto resultó: la de Tesistán tenía en su haber 30 pesos en efectivo y 70 en préstamo, 585 reses vacunas y 28 caballares; la de San Juan de Ocotán, la más boyante, en préstamo, 34 pesos y 802 reses mayores de dos años; la de Santa Ana Tepetitlán, 46 pesos en caja y 36 prestados, así como 437 reses herradas; la de San Esteban, muy pobre, con 64 pesos en préstamo y 19 en caja, sin ganado; la de Atemajac, más pobre aún, carente de bienes ningunos, salvo diez reses apenas recibidas como donativo. En bancarrota total estaban las cofradías de San Cristóbal de la Barranca, Nextipac y Zoquipan. La de Ixcatán tenía 8 pesos en efectivo y un adeudo de 9 pesos.

 

Prosigue la Visita

A las siete de la mañana del domingo 20 de noviembre, salió la comitiva al sudoeste, deteniéndose brevemente en Jonacatanejo,[20] un pueblo agónico, donde encontró la capilla mayor “muy derrotada” y la techumbre del templo a punto de colapsarse, sin más ajuar que una casulla, un lienzo representando al apóstol Andrés y dos santos de talla, en tan malo estado que dispuso el obispo “que se renueven para que estén decentes, y sino pudieren, que los entierre el Cura”; lo mismo dictaminó para una imagen de la Inmaculada del altar mayor: “,,,que se renueven y aliñen las manos y se haga vestido decente”, y que en reemplazo del lienzo de san Andrés, se pusiera un crucifijo que estaba en el altar colateral.

A media mañana, el prelado y su séquito llegaron a Santa Ana Tepetitlán. Visitada que fue la capilla mayor, encontrando “todo lo material del edificio muy maltratado”; dispuso la renovación de las imágenes del Salvador, Señora Santa Ana, Nuestra Señora y el Niño. Mandó acelerar las obras de construcción del hospital, autorizando una colecta para ello, y poder construir de nuevo su templo. El ajuar para los oficios litúrgicos se encontró decoroso: ornamento, cáliz, y dos campanas medianas. La obra del hospital la encontró concluida en su capilla mayor y medio hacer el templo principal. En la sala de la enfermería halló las imágenes del templo del hospital, que halló decentes, en especial una imagen de nuestra Señora de la Concepción que dispuso “…se pase, en acabando la iglesia del dicho hospital, y para colocalla, le hagan corona”. El menaje para los enfermos constaba de un colchón, dos frazadas, jeringa lanceta y ventosas y una campana pequeña.

Visto lo anterior, los viajeros volvieron sobre sus pisadas, dirigiéndose ahora a Jocotán, aldea muy pobre, sin más templo que la capilla del hospital, dedicada a Nuestra Señora de la Concepción, de la cual el obispo ordenó quitar el lienzo del retablo principal, colocando en su lugar uno de los dos crucifijos que estaban en un altar “del lado del evangelio”. No había menaje: ni ornamentos, ni instrumentos para la curar a los enfermos, tan sólo dos campanitas, por lo cual el prelado prohibió celebrar allí la misa, como no fuera “en caso de mucha necesidad”; también, que sus fiestas se celebraran en el pueblo de Ocotán y que no se bautizara en dicha capilla, salvo casos de mucha necesidad.

A las tres de la tarde, los involucrados en la Visita llegaron a San Juan de Ocotán, visitando en el acto el templo, en plenas obras de construcción, el mitrado dispuso la colocación en el altar mayor de una imagen de la Limpia Concepción “por se la advocación y titular de la cofradía, por haberse labrado de los bienes de dicha cofradía toda la iglesia, con que queda dicha iglesia por hospital”, mandando que a un lado del templo se labrara una sala de enfermería. También ordenó que una escultura de san Juan Bautista que estaba en el altar mayor pasara a un altar lateral, reemplazando a una talla de san Francisco, que ocuparía el lugar de la Inmaculada. En la sacristía encontró algunas imágenes allí depositadas “…hasta que se acabe de perfeccionar la iglesia”. Mandó se hiciera un ajuar o paramento litúrgico completo, por tener tan sólo uno “ya muy demediado. El hospital se juzgó decoroso.

Después de comer, su señoría ilustrísima y los suyos no se detuvieron ya hasta llegar a Tesistán, al que arribaron a las cinco de la tarde. Reconoció la dignidad y el decoro del templo de este pueblo, y sus enseres litúrgicos, muy apropiados: un ornamento de brocatel blanco, cáliz, patena y lo demás necesario para la misa. Aunque el hospital se estaba en construcción, dispuso el pastor se hicieran dos colchones para las camas de los convalecientes. En la sacristía del hospital se reconocieron un amito, casulla, capa de brocatel, incensario de plata, sotana de bramante, y en la sala de los enfermos dos camas altas, dos sábanas y dos colchones, en cuanto a material quirúrgico, había una jeringa, lanceta y ventosa. Sabedor de los riesgos graves de la promiscuidad, dispuso que las familias de indios erradicaran por perniciosa la costumbre de ocupar la misma vivienda, que en el día era sala y cocina, y por la noche dormitorio. En lo sucesivo, al menos así lo dispuso el pastor, “…está mandado que no viva ninguno en el local del otro, si no que dada uno haga uno aparte donde viva pena de el que lo quebrantare sea castigado con todo rigor”. En ese lugar confirmó a quince personas y pernoctó.

 

El día 22, muy de mañana, el obispo y su comitiva arribaron a Nextipac, dispuso el prelado la reparación inmediata de una parte del techo del templo y el aderezo de los dos lienzos del altar mayor. Lo mismo pidió para una talla en madera representando al príncipe de los arcángeles, san Miguel, para que “…lo aderece[n] y [le] pongan ropaje”. El ajuar para la misa consistía en un ornamento de damasquillo de colores de china, candeleros, campanilla y dos campanas medianas un cáliz y patena de plata. En el hospital, encontró digna la sala de los enfermos, pero en lo material, sin camas, por lo que el obispo dispuso su adquisición, pues a la fecha de la Visita sólo había un colchón una jeringa una lanceta y dos ventosas.

 

Relación jurada de don Juan Cataño de Figueroa

El delegado episcopal que visitó los pueblos a los que no pudo ir el obispo, entregó la relación reseñada ahora: en San Esteban, un templo pequeño y de “paredes muy maltratadas agobiadas, por esta razón a peligro de caerse”; lo de dentro está encalado y decente cubierta de vigas [y] por sobre ellas, paja; su ajuar compuesto por una casulla blanca de lama, un franjón de oro, bolsa de corporales y paño de cáliz, todo nuevo. Ara de piedra negra, cáliz y patena buenos, dos frontales, un lienzo en el altar mayor “que sirve de retablo” dedicado a san Esteban, “está roto [y] necesita de que se remedie”. Una imagen de la Concepción, de cuarenta centímetros de alta; una escultura de san Esteban, del mismo tamaño, un altar “del lado del evangelio” dedicado a un crucifijo y una pequeña imagen de la Concepción. En el altar “del lado de la epístola”, un crucifijo y en ese mismo lado, otro altar, viejo, con una crucifijo procesional; buen campanario, y en él dos campanas; pila bautismal de piedra de cantería nueva. El hospital era una sala de muros de adobe, cubierta de paja, sin encalar. No había instrumentos quirúrgicos ni menaje para recibir a los enfermos.

En Ixcatán, el delegado encontró un templo construido con adobe sin encalar y techumbre de paja, con un lienzo por cuadro en el altar mayor, representando a san Francisco, muy antiguo y maltratado. En “el lado del evangelio” un altar vacío y en el de “la epístola” otro altar en él un crucifijo arrimado a un petate. No tiene sacristía pero sí pila bautismal de piedra y tapa de madera. La capilla del hospital era de buen tamaño y servía para los actos litúrgicos, por tener casi todo ese recinto techo de vigas, estar encalados sus muros internos, con altar mayor decoroso “…y las paredes pintadas de flores”. El inventario lo redondea un cuadro de la Limpia Concepción, con sus atributos, marco dorado y decente, y en dicho altar una imagen de nuestra Señora de la Concepción, de talla, de poco más de cuarenta centímetros de altura; al centro del altar mayor y a sus lados, otras dos imágenes pequeñas, de la misma advocación, cáliz y patena de plata y dos campanas pequeñas suspendidas junto a la iglesia. En el hospital no halló más que una jeringa.

Por lo que a San Cristóbal de la Barranca respecta, se encontró con un templo de adobe y cubierta de pajas; encalado sólo el altar mayor, cubierto con sus viguillas y petates nuevos. Tenía un lienzo viejo y muy maltratado del señor san Cristóbal, otra imagen de este santo, de ochenta centímetros de alto y otro más pequeño; un crucifijo y un niño Jesús, con todo lo necesario para el santo sacrifico de la misa, como son ara, manteles, palias, corporales, purificadores, cáliz y patena de plata. El hospital no tiene ni siquiera lo elemental para la atención de los enfermos.

Por último, el delegado estuvo en Epatán, hoy delegación del municipio de San Cristóbal de la Barranca. Encontró el templo, construido con adobe y cubierta de paja, muy maltratado y los muros sin encalar, aunque con lo necesario para la misa. Su acervo iconográfico consistía en “un lienzo de san Francisco, pintado en unas mantas, viejísimo, indecente que sirve de cuadro a el altar mayor”. Un san Francisco de talla, de unos sesenta centímetros; una Inmaculada Concepción, dos san Cristóbal, pequeños, viejos, aunque no maltratados; dos altares ‘en el lado del evangelio’; un santo Cristo, de un metro y medio; una imagen de la Limpia Concepción, un san Gaspar de talla, pequeño y viejo, dos candeleros de azófar, tres campanas medianas y dos campanillas pequeñas. En este pueblo, no hubo ni hospital ni enfermos.



[1] La Arq. Verónica Cortés Alba ha tenido la delicadeza de hacer la paleografía del Libro de donde se toma el extracto de la información publicada a partir de este número.

[2] Carta pastoral de prevención para la visita general del obispado, 9 de septiembre de 1668.

[3] Se refiere a las gestiones canónicas previas al matrimonio, en particular el expediente de información.

[4] Se refiere a un infante o angelito.

[5] En este tiempo las parroquias a cargo del clero diocesano se llamaban ‘beneficio curado’, o simplemente ‘beneficio’ y las parroquias a cargo de los religiosos, ‘doctrinas de indios’, o nada más ‘doctrina’.

[6] Todo asiento minero era antecedido por la fras ‘Real de Minas’.

[7] El texto original suprime la n, escribirá siempre Zapopa.

[8] Atemajac

[9] Santa Ana Tepetitlán o de los Negros

[10] Sitio desaparecido. También se llamó Jonacatanejo, Juanacatanejo o Junacatanexo

[11] Jocotán

[12] San Juan de Ocotán

[13] Nextipac

[14] Tesistán

[15] Epatan, delegación de San Cristóbal de la Barranca

[16] Izcatán.

[17] A Nuestra Señora del Pópolo, Patrona de la ciudad de Roma, los jesuitas le tienen especial devoción, porque ante ella su fundador, san Ignacio de Loyola, hizo sus votos religiosos.

[18] Seguramente fue el curato construido por los naturales frente a la actual basílica de Zapopan, en el mismo lugar donde el obispo De León Garabito construiría su residencia de verano.

[19] He aquí un dato de interés para la historiografía del culto a Nuestra Señora de Zapopan. Según datos muy divulgados, la primitiva ermita donde se dio culto a la pequeña escultura de la Concepción Inmaculada de María donada por fray Antonio de Segovia a los naturales que repoblaron Zapopan se levantó en 1542, con materiales tan endebles que al cabo de poco más de medio siglo, en 1609, la obra, con muros de adobe y cubierta de paja, se desplomó, sin daño de la frágil escultura, considerada milagrosa por el vecindario y declarada como tal a raíz de las gestiones comenzadas por el bachiller don Diego de Herrera, párroco de Zapopan desde 1637, que desembocaron en la información testimonial recabada por mandato del señor obispo don Juan Ruiz Colmenero en 1653, quien cambió el título de la imagencita de la Inmaculada Concepción por el muy español de la Expectación del parto de la Santísima Virgen, cuya fiesta es el 18 de diciembre, según se cuenta, para poder participar en la celebración. Con el dato que aquí se menciona, es dado conjeturar que la imagen era efusivamente venerada en el templo parroquial antes de colocarse los fundamentos de la actual basílica. Por otra parte, como ya se ha mencionado, no puede omitirse que fue el señor obispo don Juan Santiago de León Garabito un decidido impulsor de este culto, que hizo construir su residencia de verano frente al santuario en construcción y que cuando una terrible epidemia de peste azoló Guadalajara, hizo que la imagen fuera trasladada a la iglesia catedral, dándose el caso que la dolencia cesara.

[20] La localidad quedó abandonada y sus tierras absorbidas por estancias y latifundios. Cuando se hace la visita estaba en franca decadencia. Se ubicaba al sur de Mezquitán, entre la zanja que llevaba el agua de Los Colomos a Guadalajara, al oeste de San Juan de Ocotán y al sureste de Jocotán.

 

Volver Atrás