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Plan de Pastoral

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II Parte. La eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana.

124. En el proceso de formación y vivencia del discípulo misionero, la Santa Eucaristía es la fuente y cumbre de todo su ser y quehacer. Por ello, en el Plan Diocesano de Pastoral ocupa el corazón de toda la propuesta (Cf. LG 11).

1. LA EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CREER

La Eucaristía misterio

125. El anuncio de la Palabra de Dios, suscita en el creyente la fe, la cual se alimenta y se desarrolla por la participación en los Sacramentos, especialmente en el banquete Eucarístico. De modo que, la Eucaristía «es el compendio y suma de nuestra fe» (CEC 1327), así se convierte en centro de la vida de la Iglesia, pues «cuanto más viva es la fe eucarística en el Pueblo de Dios, más profunda es su participación en la vida eclesial a través de la adhesión consciente a la misión que Cristo ha confiado a sus discípulos» (SCa 6). Con el fin de recoger con mayor abundancia los frutos, que el 48º Congreso Eucarístico Internacional dejó en nuestra Arquidiócesis, es necesario profundizar en el misterio de fe, contenido en el Sacramento del Altar.

La Eucaristía y la Santísima Trinidad

126. El Santo Padre nos recuerda que «la primera realidad de la fe eucarística es el misterio mismo de Dios, el amor trinitario» (SCa 7). El Padre envía a su Hijo para salvarnos y hacernos partícipes del amor divino, aquí radica el principio fundamental del don divino. El Hijo eterno del Padre personalmente se entrega por nosotros, y es el mismo Dios Padre que nos da a su Hijo querido como pan de vida (Cf. SCa 7). Nosotros gratuitamente entramos en comunión con la Santísima Trinidad, participamos de verdad en la intimidad divina, se nos comunica la misma vida divina en el don de la Eucaristía. Por lo que «la Iglesia con obediencia fiel, acoge, celebra y adora este don. El “misterio de la fe” es misterio del amor trinitario, en el cual por gracia, estamos llamados a participar» (SCa 8).

127. La misión de Cristo se cumple en el Misterio Pascual, en el que se realiza el Sacrificio redentor del Señor, que instaura la nueva Alianza, auténtica liberación del mal y de la muerte, así «Jesús es el verdadero cordero pascual que se ha ofrecido espontáneamente a sí mismo en sacrificio por nosotros, realizando así la nueva y eterna alianza. La Eucaristía contiene en sí esta novedad radical, que se nos propone de nuevo en cada celebración» (SCa 9).

128. Jesús instituye la Eucaristía en el marco de la cena ritual judía que conmemoraba la liberación de la esclavitud de Egipto. Se hacía memoria del acontecimiento sucedido, pero al mismo tiempo se anunciaba la liberación futura, que Dios realizaría en la plenitud de los tiempos, al romper las cadenas del pecado y de la muerte. En este contexto, se introduce la novedad radical del sacrificio de Cristo: «Al instituir el sacramento de la Eucaristía, Jesús anticipa e implica el Sacrificio de la cruz y la victoria de la resurrección» (SCa 10). El antiguo rito de la pascua judía, se ha cumplido y ha sido superado definitivamente, la figura cede paso a la realidad, Cristo nos hace gratuitamente el don de su amor y nos manda representarlo sacramentalmente, como memorial de su entrega en la Eucaristía, «novedad radical del culto cristiano» (SCa 11).

129. a) La Iglesia, obediente al mandato del Señor, está llamada a celebrar todos los días, el Banquete Eucarístico, en el cual, el sacrificio redentor se hace presente sacramentalmente «a hombres de toda raza y cultura» . Para cumplir con el mandato divino, la Iglesia cuenta con la asistencia especial del Espíritu Santo, que desempeña un papel decisivo en el desarrollo de la forma litúrgica y en la profundización del misterio (Cf. SCa 12).

b) Es el Espíritu Santo, que en la celebración de la Eucaristía, prepara a los fieles a recibir a Cristo (Cf. CEC 1093-1098), recuerda el misterio de Cristo (Cf. CEC 1099-1103), también «junto con las palabras pronunciadas por Cristo en la última Cena, contiene la epíclesis, como invocación al Padre para que haga descender el don del Espíritu a fin de que el pan y el vino se conviertan en el cuerpo y la sangre de Jesucristo, y para que ‘toda la comunidad sea cada vez más cuerpo de Cristo’.

c) El Espíritu, que invoca el celebrante sobre los dones del pan y el vino puestos sobre el altar, es el mismo que reúne a los fieles ‘en un sólo cuerpo’, haciendo de ellos una ofrenda espiritual agradable al Padre» (SCa 13; Cf. CEC 1104-1109).

Eucaristía e Iglesia

130. a) La contemplación del costado traspasado de Cristo, nos invita a considerar la unión causal entre el sacrificio de Cristo, la Eucaristía y la Iglesia (Cf. SCa 14), «los gestos y las palabras de Jesús en la última Cena fundaron la nueva comunidad mesiánica, el Pueblo de la Nueva Alianza» (EE 21). Pues la Iglesia vive de la Eucaristía, en la que, «al unirse a Cristo, en vez de encerrarse en sí mismo, el Pueblo de la nueva Alianza se convierte en ‘sacramento’ para la humanidad, signo e instrumento de la salvación, en obra de Cristo, en luz del mundo y sal de la tierra (Cf. Mt 5, 13-16), para la redención de todos.

b) La misión de la Iglesia continúa la de Cristo: ‘Como el Padre me envió, también yo os envío’ (Jn 20, 21). Por tanto, la Iglesia recibe la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión perpetuando en la Eucaristía el sacrificio de la Cruz y comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo» (EE 22). La Eucaristía edifica a la Iglesia como misterio de comunión, de acuerdo al deseo del Señor (Cf. Jn 17, 21). Es necesario ser conscientes de cuán exigente es la comunión que Jesús nos pide. Es Comunión Jerárquica como se recuerda en las intercesiones de la Plegaria Eucarística y es Comunión Fraterna, cultivada por una «espiritualidad de comunión» que nos lleva a sentimientos recíprocos de apertura, afecto, comprensión y perdón (Cf. MND 21).

Eucaristía y Sacramentos

131. La relación que existe entre la Eucaristía y los demás Sacramentos (Cf. PO 5), se comprende cuando entendemos la naturaleza de la Iglesia como Sacramento: «El hecho de que la Iglesia sea ‘sacramento universal de salvación’ muestra cómo la ‘economía’ sacramental determina en último término el modo como Cristo, único Salvador, mediante el Espíritu llega a nuestra existencia en sus circunstancias específicas» (SCa 16). Por medio de los Sacramentos se comunica la gracia y capacita a los fieles a ofrecer el Culto Espiritual. Así cumple la misión que el Señor le encomendó: Anunciar la Palabra de Salvación y santificar por medio de la celebración sacramental (Cf. Mt 28, 20), todo esto con el objetivo de establecer entre los hombres y Dios los vínculos de unidad y llevar a «perfección la comunión con Dios Padre, mediante la identificación con el Hijo, por obra del Espíritu Santo (Cf. EE 34). A continuación se recuerda la íntima relación que existe entre los
Sacramentos y el Misterio Eucarístico:

132. a) En el camino de la Iniciación Cristiana, el creyente se inserta en el misterio pascual de Cristo, por el Bautismo, puerta de todos los Sacramentos, se hace Hijo de Dios y miembro vivo de la Iglesia; por la Confirmación, marcado con el sello del Espíritu Santo, da testimonio de Cristo ante el mundo; al participar en la Eucaristía, recibe la vida eterna y unido a Cristo ofrece a Dios el Sacrificio agradable (Cf. RICA, Introducción General 2).

b) De la Eucaristía, los Sacramentos de la Iniciación Cristiana toman su pleno significado y su razón de ser: por la Eucaristía y en vista a la participación en la Eucaristía, la Iglesia acoge al creyente en el Bautismo y le confiere la plenitud del Espíritu Santo en la Confirmación . Esto implica en la acción pastoral una visión unitaria en el proceso de Iniciación Cristiana y en el orden de los sacramentos de la iniciación (Cf. SCa 17-18). Es un camino de conversión que se recorre con la ayuda de Dios y el apoyo de la Iglesia. Hay que subrayar la relación que la Iniciación Cristiana tiene con la Familia cristiana: «Recibir el Bautismo, la Confirmación y acercarse por primera vez a la Eucaristía, son momentos decisivos no sólo para la persona que los recibe sino también para toda la familia, la cual ha de ser ayudada en su tarea educativa por la comunidad eclesial, con la participación de sus diversos miembros» (SCa 19).

133. Hay un vínculo estrecho entre la Eucaristía y el Sacramento de la Reconciliación, que debe ser valorado con el máximo interés tanto en la celebración como en la catequesis. La situación actual, que ha llevado a la pérdida del sentido del pecado, favorece la actitud superficial de los fieles, que olvidan la necesidad de estar en gracia de Dios antes de comulgar. En este sentido conviene aprovechar los momentos, en la Santa Misa, que tienen este matiz penitencial. Esta relación entre Eucaristía y Reconciliación nos lleva a recordar la dimensión comunitaria del pecado, que siempre causa una herida en la comunión eclesial, por lo que también para restablecer esta comunión se urge la Reconciliación sacramental (Cf. SCa 20). De aquí se desprenden algunas observaciones de índole pastoral: Fomentar la confesión frecuente; dedicación de los sacerdotes a la administración del Sacramento de la Reconciliación y que los confesionarios estén bien ubicados, evitar abusos en la absolución general y una praxis adecuada de la Indulgencia (Cf. SCa 21).

134. La Unción de los Enfermos es el Sacramento que Cristo ha instituido, para aliviar al enfermo en el momento de prueba y para animarlo a que se una libremente a la pasión y muerte de Jesucristo, en bien de su cuerpo que es la Iglesia (Cf. CEC 1499). También la relación entre la Eucaristía y Unción de los Enfermos se muestra en el momento en que se agrava el enfermo, al que además de la Unción se ofrece la Eucaristía como Viático (Cf. SCa 22). De aquí se desprende la necesidad de una adecuada atención pastoral a los Enfermos de cada comunidad. De modo particular, hay que fortalecer esta atención pastoral en los hospitales y la que se brinda por medio de SANE.

135. El mandato de Cristo: «Haced esto en conmemoración mía» (Lc 22, 19), señala la misión que recibe la Iglesia de prolongar en el tiempo el misterio de su entrega amorosa en el Sacramento de la Eucaristía y la fundación del Sacerdocio de la Nueva Alianza. Esto invita a reflexionar en algunos valores sobre la relación entre la Eucaristía y el Orden Sagrado. Esta unión se hace visible en la Misa presidida por el Obispo o Presbítero in persona Christi capitis –en la persona de Cristo como cabeza- (Cf. SCa 23), es decir, «en la identificación específica sacramental con el Sumo Sacerdote, que es autor y sujeto principal de su propio sacrificio, en el que, en verdad no puede ser sustituido por nadie» (EE, 29). De modo que, el Sacerdote ordenado realiza como representante de Cristo el Sacrificio Eucarístico y lo ofrece a Dios en nombre de todo el pueblo (Cf. EE, 28).
El sacerdote debe abandonar todo afán de protagonismo personal, ser signo de la presencia de Cristo, servidor y dócil instrumento en sus manos. La actitud de fondo es «la humildad con la que el sacerdote dirige la acción litúrgica, obedeciendo y correspondiendo con el corazón y la mente al rito, evitando todo lo que pueda dar la sensación de un protagonismo inoportuno» (SCa 23). La celebración litúrgica es un humilde servicio a Cristo y a su Iglesia y expresión del amor cristiano.

136. Ante la escasez de sacerdotes, hay que implementar iniciativas pastorales que favorezcan en los jóvenes la apertura interior a la vocación sacerdotal, que no falte un adecuado discernimiento vocacional y que los candidatos cumplan los requisitos necesarios para el servicio sacerdotal. Se debe educar a la familia para que se abra con generosidad a la vida y eduque humana y cristianamente a los hijos facilitándoles así estar disponibles a la voluntad de Dios; proponer a los mismos jóvenes el atractivo de la radicalidad del seguimiento de Cristo (Cf. SCa 25). Es oportuno recoger las acciones propuestas por los Obispos en el Sínodo sobre la pastoral vocacional (Cf. XI Sínodo, Prop. 12): Constituir grupos de Monaguillos con el acompañamiento vocacional adecuado. No está de más el recordar que, un número significativo de los alumnos del Seminario han sido monaguillos, esta es la razón de la disposición dada por el Obispo de que estos grupos de servidores del altar sean varones (Cf. Circular Indicaciones sobre el Servicio del Altar 47/94). La difusión de la adoración Eucarística por las vocaciones y el buen testimonio de los sacerdotes es un medio para motivar a los jóvenes a seguir a Cristo.

137. Existe también una peculiar relación de la Eucaristía con el Sacramento del Matrimonio, pues toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia, además la Eucaristía corrobora la unidad y el amor indisoluble del Matrimonio cristiano. La familia tiene una gran relevancia sobre todo en su papel con respecto a la educación de los hijos (Cf. SCa 27). Al vínculo fiel e indisoluble de Cristo con su Iglesia, expresado en la Eucaristía, corresponde la unión definitiva del hombre con una sola mujer (SCa 28); unión santa que es indisoluble y permanente.
Se necesita una atención pastoral eficaz a los divorciados vueltos a casar, sabiendo que no pueden ser admitidos a los sacramentos, por ser en su vida una contradicción a la unión de amor entre Cristo y su Iglesia, que se actualiza en la Eucaristía. Los divorciados vueltos a casar pueden participar en la Misa (sin comulgar) y en la adoración al Santísimo, escuchar la Palabra de Dios, hacer oración, ejercer la caridad y educar cristianamente a los hijos (Cf. FC 82-84; SCa 29).

Eucaristía y escatología

138. En el Sacramento de la Eucaristía, pregustamos el cumplimiento escatológico de la plenitud de Cristo, vencedor del pecado y de la muerte. Por lo que «el banquete Eucarístico es para nosotros anticipación real del banquete mesiánico, anunciado por los profetas y descrito en el Nuevo Testamento como las bodas del cordero (Ap 19, 7-9), que se ha de celebrar en la alegría de la comunión de los santos» (SCa 31; Cf. Is 25,6ss.), esta verdad también es recordada en el Catecismo de la Iglesia Católica cuando afirma: «De esta gran esperanza, la de los cielos nuevos y la tierra nueva en los que habitará la justicia (Cf. 2Pe 3,13), no tenemos prenda más segura, signo más manifiesto que la Eucaristía. En efecto, cada vez que se celebra este misterio, ‘se realiza la obra de nuestra redención’ (LG 3) y ‘partimos un mismo pan que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, sino para vivir en Jesucristo para siempre’ (S. Ignacio de Antioquía, Eph 20,2)» (CEC 1404). Asímismo es importante en este sentido la oración de sufragio que se hace por los fieles difuntos (Cf. SCa 32).

Eucaristía y Virgen María

139. María es «mujer Eucarística» con toda su vida, la Iglesia ha de imitarla también en su relación con este Misterio (Cf. EE 53). La Virgen María manifiesta la perfecta realización del modo sacramental con que Dios, se acerca e implica a la creatura humana: la entrega humilde de su libertad, disponible a la voluntad de Dios; la fe obediente, que la lleva a ser la primera discípula de Cristo, la que intrépida se mantiene de pie junto a la cruz, por eso, cada vez que nos acercamos al Cuerpo y Sangre de Cristo, nos dirigimos también a Ella, que adhiriéndose al sacrificio de Cristo, lo ha acogido para toda la Iglesia (SCa 33).

Desafíos

140. Constatamos con agrado que muchos fieles de nuestra Arquidiócesis frecuentan la Eucaristía, asistiendo a Misa, comulgando o en la adoración al Santísimo.

141. Notamos, sin embargo, en las nuevas generaciones ignorancia e indiferencia en relación a las cosas de la Fe y a la Eucaristía.

142. Algunos fieles se acercan a los Sacramentos no buscando un verdadero encuentro con Cristo, sino más bien para celebrar un evento social.

Propuestas

143. Mantener y acrecentar la fe y el amor que los fieles tienen a Jesús Eucaristía.

144. Dar realce a la Eucaristía en la catequesis de niños, adolescentes y jóvenes.

2. LA EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE CELEBRAR

145. a) Hay una relación muy estrecha entre la fe Eucarística y la celebración, «es necesario vivir la Eucaristía como misterio de fe celebrado auténticamente, teniendo conciencia clara de que ‘el intellectus fidei está originariamente siempre en relación con la acción litúrgica de la Iglesia’ […] la fuente de nuestra fe y de la liturgia eucarística es el mismo acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de sí mismo en el Misterio Pascual» (SCa 34).

b) En esta relación se manifiesta de un modo especial el valor teológico y litúrgico de la belleza, pero no se trata ni del puro esteticismo ni de una simple armonía de formas (Cf. MD 35), sino del modo en que nos cautiva la verdad del amor de Dios en Cristo, llevándonos hacia nuestra verdadera vocación, que es el amor, en concreto el amor de Dios revelado en el Misterio Pascual (Cf. SCa 35).

La celebración eucarística, obra del «Cristo total»

146. a) Porque existe unidad profunda entre Cristo y la Iglesia, pues en la Eucaristía, el Señor nos asimila a sí mismo (Cf. SCa 36-37), por eso «La celebración de la Misa, como acción de Cristo y del pueblo de Dios, ordenado jerárquicamente, es el centro de toda la vida cristiana para la Iglesia universal y local y para todos los fieles individualmente» (IGMR, 16). Se trata de una «acción del Cristo total [Christus totus]» (CEC, 1136), o sea, Cristo y su Iglesia íntimamente unidos (Cf. CEC, 795).

b) En primer lugar, la Eucaristía es acción de Cristo, es comunicación de los frutos del misterio pascual en la celebración de la Liturgia sacramental de la Iglesia, (Cf. CEC, 1076). En segundo lugar, la Misa es acción del Pueblo de Dios, que íntimamente unido a su cabeza, que es Cristo, ofrece al Padre el sacrificio perfecto (Cf. CEC, 1140). La asamblea que celebra es toda la comunidad de los bautizados y dentro de la misma comunidad, algunos son elegidos y consagrados por el Sacramento del Orden, que los hace aptos para actuar en representación de Cristo Cabeza (Cf. CEC, 1141-1142).

El «arte de celebrar»

147. El Ars Celebrandi es el arte de celebrar rectamente y a él corresponde la Participación Activa (Cf. SCa 52-63). Este es el primer modo con que se ayuda a la participación del pueblo de Dios. Tiene su fuente más pura en la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud, pues así se asegura la fe de los creyentes, ya que están llamados a vivir la celebración como Pueblo de Dios, sacerdocio real, nación santa (Cf. SCa 38). Consideramos, a continuación cuatro elementos básicos del verdadero arte de celebrar:

a) Para llevar a cabo este arte de celebrar, destaca el papel imprescindible del Obispo, Sacerdotes y Diáconos, los cuales tienen como deber principal la celebración de los divinos misterios. Destaca de manera peculiar el Obispo, que es ante todo guía, promotor, custodio de la vida litúrgica en su Arquidiócesis, ya que, por la comunión con él, es legítima toda celebración, también es el liturgo de su propia Iglesia. Por lo que tiene la tarea de salvaguardar la unidad de las celebraciones de su Iglesia local. Debe velar por la formación de los presbíteros, diáconos y fieles, para que comprendan el sentido auténtico de los ritos y textos litúrgicos. Además de realizar celebraciones modélicas en su catedral con pleno respeto al Ars celebrandi (Cf. SCa 39).

b) El respeto a las Normas Litúrgicas es fundamental en el arte de celebrar, se trata de dos aspectos que están íntimamente ligados y que componen el llamado Proyecto Ritual de la celebración litúrgica: Los Libros Litúrgicos y los Signos y Gestos Litúrgicos. Estos elementos favorecen lo ‘sacro’ y en el uso de las formas exteriores se educa para adquirir el sentido de lo sagrado. Los Libros Litúrgicos «son textos que contienen riquezas que custodian y expresan la fe, así como el camino del Pueblo de Dios a lo largo de dos milenios de historia» y en la sencillez de los gestos y la sobriedad de los signos, realizados en el orden y en los tiempos previstos, comunican y atraen más que añadiduras inoportunas (Cf. SCa 40).

c) La profunda relación que existe entre la belleza y la liturgia, lleva a subrayar que, las expresiones artísticas deben estar al servicio de la celebración. La arquitectura sacra tiene el objetivo de ofrecer el espacio apto para el desarrollo adecuado de la celebración litúrgica. La Iconografía religiosa debe orientarse a la mistagogía sacramental (Cf. SCa 41).

d) Con el fin de favorecer la participación activa, el pueblo de Dios canta alabanzas al Señor. Hay que velar porque no se pierda el patrimonio musical, teniendo en cuenta que no todos los cantos sirven para la celebración: hay que evitar la fácil improvisación e introducción de géneros musicales no respetuosos del sentido de la liturgia. El canto debe estar en consonancia con la identidad propia de la celebración. Todo ha de corresponder al sentido del misterio, a las partes del rito y al tiempo litúrgico. Por último, hay que valorar el canto gregoriano como propio de la liturgia romana (Cf. SCa 42).

Estructura de la celebración eucarística

148. Siendo la Eucaristía el don más precioso que posee la Iglesia, presencia salvadora de Cristo y alimento espiritual (Cf. EE, 9.11), debe ser realizada bien (Cf. MND, 17), pues es misterio de fe celebrada, que a través de los signos sensibles y acciones rituales, ejerce el culto agradable al Padre y efectúa la santificación de los hombres (Cf. SC, 7). Es conveniente llamar la atención sobre algunos elementos de la estructura de la celebración eucarística, que ahora requieren especial atención, con el fin de «ser fieles a la intención profunda de la renovación litúrgica deseada por el Concilio Vaticano II, en continuidad con toda la gran tradición eclesial» (SCa 43).

149. Hay que resaltar la unidad intrínseca del rito de la Misa, evitando que en la catequesis y en el modo de celebrar, se dé lugar a la fragmentación, pues la celebración de la Eucaristía consta de dos partes: la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística, tan estrechamente unidas entre sí, que constituyen un solo acto de culto (Cf. SC, 56), ya que en ella se dispone la Mesa, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, en la que los fieles encuentran instrucción y alimento. (Cf. IGMR, 28; DV, 21; OLM, 10; CEC, 1346; Inst. EM 10; Juan Pablo II, DC, 10-11). Estas dos Mesas en las que el pueblo de Dios recibe alimento espiritual (Cf. SCa 44), están íntimamente ligadas, formando un solo acto de culto, de modo que, no podremos encontrar la plena celebración de la Misa, si falta una de ellas y, por lo mismo, no es lícito separar una de la otra o celebrarlas en tiempos o lugares distintos (Cf. RS, 60).

150. Liturgia de la Palabra (Cf. SCa, 45): Es un momento importante dentro de la celebración en la que Cristo mismo habla a su pueblo, y Cristo presente en su Palabra, anuncia el Evangelio. Razón por la cual debe prepararse y vivirse de la mejor manera. Es urgente preparar: Lectores bien instruidos que proclamen con claridad y devoción la Palabra de Dios; breves Moniciones que ayuden a la comprensión; la asamblea ha de escuchar y acoger con espíritu de fe la Palabra divina. Hay que propiciar el conocimiento y estudio de la Palabra con el fin de apreciar, celebrar y vivir mejor la Eucaristía. En fin, se ha de ayudar a los fieles a descubrir los tesoros del Leccionario, mediante la Lectio Divina, la celebración de la Liturgia de las Horas: Laudes, Vísperas,

Completas y Vigilias.

151. a) La Homilía (Cf. SCa 46): Debido a la importancia de la Palabra de Dios, se requiere mejorar la calidad de la Homilía. Es una parte integrante de la acción litúrgica a la que se le debe prestar una atención muy esmerada y es una de las tareas del ministerio ordenado. Prepararla con cuidado y basándose en un conocimiento adecuado de la Biblia. Establecer la relación con la celebración sacramental y con la vida de la comunidad. Partiendo del Leccionario, es posible predicar Homilías Temáticas que sigan el Catecismo de la Iglesia Católica.

b) Se debe hacer homilía en los domingos y fiestas de precepto, y está vivamente recomendada para las ferias de adviento, cuaresma y pascua, además en las ocasiones en que participa un gran número de fieles en la celebración (Cf. IGMR, 66; OLM, 25; CIC, c. 767, § 2-3). «La homilía la tendrá ordinariamente el sacerdote celebrante o será encomendada por él al sacerdote concelebrante, o a veces, si es oportuno, también al diácono, pero nunca a un laico» (IGMR, 66; Cf. CIC, c. 767, § 1; OLM, 24; RS, 64-66).

152. Presentación de las Ofrendas (Cf. SCa 47): No se trata de un simple intervalo entre la Liturgia de la Palabra y la Eucarística. Este gesto tiene un sentido muy importante: en el pan y el vino que llevamos al altar toda la creación es asumida por Cristo Redentor para ser transformada y presentada al Padre. Por lo que hay que evitar en este momento añadiduras superfluas y que nada tienen que ver con llevar los dones al altar. La reforma litúrgica ha restaurado la antigua procesión de los fieles que llevan al altar los dones. Esta procesión de ofrendas es acompañada por un canto adecuado, lo que excluye cualquier tipo de monición o de explicación de los dones que se presentan.

153. Plegaria Eucarística (Cf. SCa 48): Es el centro y cumbre de toda la celebración, su importancia merece subrayarse adecuadamente, todas ellas son fruto de la tradición eclesial viva. Es necesario introducir a los fieles en la riqueza teológica y espiritual inagotable de la Plegaria Eucarística y ofrecer adecuada catequesis sobre los elementos fundamentales de la Plegaria Eucarística (Cf. IGMR 78-79). La Espiritualidad Eucarística y la Teología se iluminan al contemplar la unidad de la Anáfora, entre la invocación al Espíritu Santo (epíclesis) y el relato de la Institución, «se realiza el sacrificio que Él mismo instituyó en la Última Cena» (IGMR 79d).

154. El Rito de la Paz (Cf. SCa 49): En la actualidad ha adquirido especial relevancia, debido al deseo de la paz que está en el corazón del hombre, por lo que se comprende la intensidad con que se vive en la misma celebración. Sin embargo, hay que moderar este gesto, para mantener un clima adecuado de recogimiento antes de comulgar, dando la paz sólo a los más cercanos.

155. Distribución y Recepción de la Eucaristía (Cf. SCa 50): Los ministros deben hacer lo posible para que el gesto, en su sencillez, corresponda a su valor de encuentro personal con el Señor en el Sacramento. Por lo que se debe cuidar el tiempo precioso de acción de gracias después de comulgar (Cf. IGMR 164). En circunstancias especiales, conviene recordar el sentido de la comunión sacramental y las condiciones para recibirla. En situaciones en que no se garantice una claridad sobre el sentido de la Eucaristía, se ha de considerar la conveniencia de sustituir la Eucaristía por una celebración de la Palabra de Dios.

156. Ministros Extraordinarios de la Sagrada Comunión: Hay que recordar las normas dadas anteriormente (Cf. RS 154-160): Los ministros ordinarios son el Obispo, el Presbítero y el Diácono, a los que corresponde administrar la Eucaristía. Los Ministros Extraordinarios de la Comunión, intervienen si lo exige una verdadera necesidad pastoral: En ausencia de los Ministros Ordinarios, o cuándo éstos se encuentran impedidos, o es tan grande el número de los fieles que se acercan a la Comunión. El Acólito Instituido es el primero entre los Ministros Extraordinarios de la Comunión (Cf. CIC c. 910 § 2; IGMR 98; RS 155). El Obispo diocesano es el que delega por un tiempo determinado, a los laicos y religiosos debidamente preparados y presentados por la Escuela Diocesana de Ministros Extraordinarios de la S. Comunión.

157. Despedida: «Ite missa est» (Cf. SCa 51): En este rito podemos apreciar la relación que existe entre la Misa celebrada y la misión de la Iglesia en el mundo. El Siervo de Dios Juan Pablo II nos recuerda: «La despedida al finalizar la Misa es una consigna que impulsa al cristiano a comprometerse en la propagación del Evangelio y en la animación cristiana de la sociedad» (MND 24).

La participación activa

158. a) El Concilio Vaticano II se preocupó por fomentar la participación activa del pueblo en la celebración. En ello se busca que tanto los ministros sagrados y los fieles, participen cada uno según su condición, y reciban los frutos que quiere dar Cristo al instituir el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre, memorial de su misterio pascual (Cf. IGMR, 17). Por lo tanto, hay que disponer la misma celebración para que favorezca la consciente, activa y plena participación de los fieles, es decir, esa participación de cuerpo y alma, ferviente de fe, esperanza y caridad, que la Iglesia desea y a la que tiene derecho y deber el pueblo cristiano por su bautismo (Cf. SC, 14; IGMR, 18).

b) No se puede negar que se han dado notables progresos en este sentido. Sin embargo, hay que dejar claro que al hablar de la participación activa no se trata de una simple actividad externa durante la celebración, sino más bien hay que comprenderla en términos más sustanciales, partiendo de una toma de conciencia del misterio que se celebra y su relación con la vida cotidiana del cristiano. Como bien indica el Concilio: los fieles «instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos» (SC 48; Cf. SCa 52).

c) En este sentido, la belleza y armonía de la celebración se manifiestan en el orden con el cual cada uno está llamado a participar activamente (Cf. SCa 53). Hay que reconocer diferentes funciones jerárquicas implicadas y cada uno debe hacer lo que le corresponde (Cf. SC 28; CEC, 1144; RS, 43-47).

159. Hay que distinguir con claridad las funciones que corresponden a cada uno en la comunión eclesial. El Sacerdote que preside tiene tareas específicas que le son asignadas en virtud de que «él representa a Jesucristo cabeza de la Iglesia y, en la manera que le es propia, también a la Iglesia misma» (SCa 53). Es auxiliado por el Diácono, que tiene funciones específicas en la celebración (Cf. IGMR 94) y existen otros ministerios litúrgicos que desempeñan religiosos y laicos bien preparados (Cf. IGMR 98-107).

160. Existen condiciones personales de cada uno para una fructuosa participación (Cf. SCa 55), que podemos enunciar de la siguiente manera: Se ha de cultivar un verdadero espíritu de conversión continua, favorecido por el recogimiento y silencio antes de la liturgia. Ayuno y cuando sea necesario la confesión sacramental. No puede haber participación activa sino se toma al mismo tiempo parte activa en la vida eclesial en su totalidad y su proyección adecuada en la sociedad. Obviamente la participación plena se da en la Comunión sacramental, evitando un «cierto automatismo» entre los fieles que lleve a comulgar no estando adecuadamente preparados. En ocasiones no es posible recibir la Comunión sacramental, sin embargo, la participación en la Misa sigue siendo necesaria, válida, significativa y fructuosa.

161. a) En este contexto de la participación activa, conviene tener en cuenta algunas circunstancias especiales, en las que hay que tener cuidado que se llegue a una fructosa participación: La difusión de la Celebración Eucarística a través de los Medios de Comunicación Social, requiere agentes de pastoral bien capacitados y la realización de celebraciones verdaderamente ejemplares, en cuanto al respeto de las normas litúrgicas, lugares dignos y bien preparados (Cf. SCa 57).

b) Exquisito cuidado pondrán los sacerdotes al procurar la participación frecuente de los enfermos, ancianos y discapacitados en la Comunión sacramental (Cf. SCa 58), además de aquellos que se encuentran privados de la libertad (Cf. SCa 59). También hay que prestar atención a los emigrantes (Cf. SCa 60).

c) «En el tránsito de esta vida, el fiel, robustecido con el viático del Cuerpo y Sangre de Cristo, se ve protegido por la garantía de la resurrección» (RUE 26; Cf. CEC 1524). Están obligados a recibirlo todos los fieles que están en peligro de muerte. Los sacerdotes tienen la grave obligación de que no se difiera la administración del viático y han de instruir a los fieles para que lo soliciten (Cf. RUE 27). En caso de peligro de muerte, los Ministros Extraordinarios avisarán al Sacerdote para que administre oportunamente los Sacramentos al enfermo.

162. Las Grandes Concelebraciones (Cf. SCa 61): Se les reconoce el valor que tienen, sobre todo cuando es el Obispo el que preside, rodeado de su Presbiterio y con la participación de los diferentes ministerios y numerosa afluencia del pueblo de Dios. Las grandes concelebraciones tendrán un carácter excepcional y estarán limitadas a situaciones extraordinarias, en lugar conveniente y evitando, en lo posible, toda clase de dispersión. Requieren de una cuidadosa preparación y coordinación, así como de suficientes vasos sagrados y demás utensilios.

163. Lengua Latina (Cf. SCa 62): Es una manera de resaltar la unidad y universalidad de la Iglesia, por lo que se dan las siguientes disposiciones:

a) Grandes celebraciones internacionales: Usar el latín, exceptuando las lecturas, la homilía y la Oración de los fieles (Cf. SC 36).

b) Se prepare a los Seminaristas para comprender y celebrar la Misa en latín y ejecutar el canto Gregoriano.

c) Los Fieles conozcan las oraciones más comunes en latín y que puedan cantar algunas partes en Gregoriano, por ejemplo, Señor ten piedad, Gloria, Credo, Santo, Padre Nuestro y Cordero de Dios.
Para la celebración de la Eucaristía, según el Misal Romano de San Pío V y publicado en 1962 por el Beato Juan XXIII, hay que atenerse a las disposiciones del Papa Benedicto XVI, en el Motu Proprio Summorum Pontificum y la Carta a los Obispos para presentar el Motu Proprio, del 7 de julio de 2007.

164. Celebraciones Eucarísticas en pequeños grupos (Cf. SCa 63): Son distintas las circunstancias que permiten las celebraciones en pequeños grupos, para lograr una participación más consciente, activa y fructuosa. Estos son los criterios a los que hay que atenerse: han de estar en armonía con el proyecto pastoral de la Arquidiócesis; han de servir para unir a la comunidad parroquial, no para fragmentarla; deben ser evaluadas en la praxis concreta; han de favorecer la participación fructuosa de la asamblea; se ha de cuidar la dignidad del lugar y el carácter sacro de la celebración.

La celebración participada interiormente

165. Es sumamente importante que a la participación activa corresponda, también, la asimilación personal del misterio celebrado, mediante «el ofrecimiento a Dios de la propia vida, en unión con el sacerdocio de Cristo por la salvación del mundo entero» (SCa 64). Es necesario cultivar la Catequesis Mistagógica (n. 64): Para que los fieles tengan una actitud coherente entre las disposiciones interiores y los gestos y palabras se necesita una educación en la fe eucarística que disponga a vivir personalmente lo que se celebra. El CEC recuerda la importancia de una verdadera catequesis litúrgica que «pretende introducir en el Misterio de Cristo (es ‘mistagogia’), procediendo de lo visible a lo invisible, del signo a lo significado, de los ‘sacramentos’ a los ‘misterios’» (CEC 1075). Como instrumento formativo se propone la catequesis mistagógica, que debe tomar en cuenta tres elementos:

a) Interpretación de los Ritos a la luz de los acontecimientos salvíficos en la tradición viva de la Iglesia: La celebración de la Eucaristía contiene continuas referencias a la Historia de la Salvación.

b) Introducir en el significado de los signos contenidos en los ritos. Ante la incapacidad del hombre moderno de percibir los signos y símbolos, es necesario despertar en los fieles la sensibilidad ante los signos y gestos.

c) Es necesario señalar el nexo que existe entre los misterios celebrados en el rito con la vida cristiana de los fieles y la responsabilidad misionera.

166. Un fruto evidente de la eficacia de la catequesis Eucarística es, sin duda, el sentido del misterio de Dios presente entre nosotros (Cf. SCa 65). Se puede comprobar por medio de las muestras de veneración a la Eucaristía, por ejemplo, el arrodillarse durante los momentos principales de la Plegaria Eucarística (Cf. IGMR 42) y otros gestos tradicionales de veneración.

Culto a la Eucaristía fuera de la Misa

167. Es fundamental indicar la relación intrínseca entre la celebración eucarística y la Adoración (Cf. SCa 66). En la Eucaristía nos unimos a Cristo; la adoración es la continuación de la celebración, que es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia, es prolongación de lo acontecido en la celebración litúrgica. La celebración de la Eucaristía es el origen y la finalidad del Culto que se ofrece a la misma Eucaristía fuera de la Misa, pues es Cristo el que se ofrece en sacrificio y quien prolonga su presencia como «Dios con nosotros» en la reserva Eucarística, al que adoramos con todo el amor y devoción del que somos capaces (Cf. RSCCEFM 2-3). «Una comunidad cristiana que quiera ser más capaz de contemplar el rostro de Cristo […] ha de desarrollar también este aspecto del culto Eucarístico, en el que se prolongan y multiplican los frutos de la comunión del Cuerpo y Sangre del Señor» (EE 25).

168. La práctica de la Adoración Eucarística es una expresión de amor y de devoción a Cristo que se queda con nosotros en el Sacramento. Se recomienda vivamente a todos los miembros de la Iglesia, sacerdotes y fieles, tanto personal como comunitaria (Cf. SCa 67). Es necesaria una adecuada Catequesis que explique a los fieles la importancia de este acto de culto que lleva a vivir con más fruto la celebración litúrgica. Es deseable que desde la catequesis para la primera Comunión se inicie a los niños en la importancia de estar con Jesús presente en la Eucaristía. Es oportuno recordar que la 3era. conclusión del 48º Congreso Eucarístico Internacional dice: «Revalorar la Adoración Eucarística en todas sus formas, incluida la Adoración Nocturna» , de esta forma hay que impulsar con empeño y dedicación esta práctica, dándole un lugar especial en la acción pastoral.

169. La Devoción Eucarística reviste diferentes formas con dimensión comunitaria, como dice el Santo Padre: «La relación personal que cada fiel establece con Jesús, presente en la Eucaristía, lo pone siempre en contacto con toda la comunión eclesial, haciendo que tome conciencia de su pertenencia al Cuerpo de Cristo» (SCa 68). Las principales formas de Adoración Eucarística son las siguientes:

a) Adoración personal y comunitaria: se debe inculcar a los fieles la visita al Santísimo Sacramento, como encuentro personal motivado por la fe en la presencia real de Cristo (Cf. Directorio Piedad Popular y Liturgia 165). Entre nosotros es laudable la práctica de la Hora Santa Eucarística en determinados días, sobre todo los jueves. Y comienza en algunas parroquias la adoración perpetua del Santísimo Sacramento.

b) Procesiones Eucarísticas, especialmente la tradicional de la Solemnidad del Corpus Christi, que «es la ‘forma tipo’ de las procesiones eucarísticas. Prolonga la celebración de la Eucaristía: inmediatamente después de la Misa, la Hostia que ha sido consagrada en dicha Misa se conduce fuera de la iglesia para que el pueblo cristiano ‘dé un testimonio público de fe y de veneración al Santísimo Sacramento’. Los fieles comprenden y aman los valores que contiene la procesión del Corpus Christi: se sienten ‘Pueblo de Dios’ que camina con su Señor, proclamando la fe en Él, que se ha hecho verdaderamente el ‘Dios con nosotros’» (Directorio Piedad Popular y Liturgia 162).

c) Adoración perpetua y Cuarenta Horas, se trata de adoración más prolongada, que asumen comunidades religiosas, asociaciones de fieles o comunidades parroquiales y da ocasión de expresiones especiales de piedad Eucarística. Hay que notar la relevancia que adquiere entre nosotros la Adoración Nocturna Mexicana, que es una expresión de amor a Jesús en la Eucaristía en muchas comunidades de nuestra Arquidiócesis.

d) Los Congresos Eucarísticos, ya sean internacionales o locales, son una peculiar manifestación de piedad Eucarística, en los que, se venera públicamente a Cristo Eucaristía, se profundiza en algún aspecto del Misterio Eucarístico y se motiva, en base a la Eucaristía, a la caridad cristiana. (Cf. RSCCEFM 109).

Desafíos

170. La celebración del XLVIII CEI favoreció un incremento en la comunión eucarística, aunque la actual pérdida del sentido de pecado, provoca la actitud superficial de algunos fieles que olvidan la necesidad de estar en gracia de Dios para comulgar.

171. El XLVIII CEI favoreció en muchos sacerdotes una mejor preparación y digna celebración de la Eucaristía; sin embargo, hay sacerdotes que celebran sin preparación, de manera atropellada, sin respetar la liturgia y con homilías deficientes que no se fundamentan en la Palabra de Dios y que no llevan una conveniente aplicación a la vida de los fieles.

Propuestas

172. Solemnizar la fiesta del Corpus Christi y valorar la adoración nocturna en todas las parroquias (Cf. 2ª y 3ª Conclusiones del XLVIII CEI).

173. Promover el culto a la Eucaristía dentro y fuera de la Misa.

174. Instar a la participación plena en la Eucaristía, precedida del Sacramento de la Reconciliación, cuando haya conciencia de pecado grave.

175. Ofrecer horarios oportunos y lugares apropiados para la administración del Sacramento de la Penitencia.

176. Estimular la conciencia de los sacerdotes a que celebren la Eucaristía y demás Sacramentos In persona Christi y, por tanto, ser conscientes de la necesidad de cuidar una preparación plena, tanto interior como exterior.

177. Fortalecer en todas las comunidades el equipo animador de la pastoral litúrgica.

3. EUCARISTÍA, MISTERIO QUE SE HA DE VIVIR

Forma eucarística de la vida cristiana

178. ¿Qué podemos entender cuando se nos habla de la Forma Eucarística de la vida Cristiana? Partiendo del texto de Jn 6, 57: «El que me come vivirá por mí» el Papa nos recuerda: «cómo el misterio ‘creído’ y ‘celebrado’ contiene en sí un dinamismo que hace de él principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana» (SCa 70), recibiendo a Cristo en la Eucaristía la vida divina se nos comunica de una manera más profunda, somos transformados íntimamente en Cristo. Esta transformación es precisamente la Forma Eucarística de la vida cristiana.

179. a) Núcleo de la Forma Eucarística de la Vida Cristiana: El centro de la forma Eucarística de la vida cristiana radica en que el Cristiano ha sido asumido por Cristo desde el bautismo y hecho sacerdote capacitado para ofrecer en Cristo y con Cristo el nuevo y definitivo culto, la logiké latreía, que consiste en la ofrenda total de toda la persona en comunión con toda la Iglesia. El verdadero culto espiritual consiste en unirse al sacrificio de Cristo, esto es, la obediencia completa a la voluntad del Padre (Cf. SCa 70-71) «Cristo, después de haber ofrecido en su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente. Y, aunque era Hijo aprendió la obediencia a través del sufrimiento» (Hb 5, 7-8).

b) El Catecismo de la Iglesia Católica lo explica de la siguiente manera: «La Eucaristía es igualmente el sacrificio de la Iglesia. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con Él, ella se ofrece totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres. En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. El sacrificio de Cristo, presente sobre el altar, da a todas las generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda» (CEC 1368). Por lo que este nuevo culto implica todos los aspectos de la vida, que lleva a la efectiva transformación del hombre. Por lo que concluye el Papa: «el culto a Dios en la vida humana no puede quedar relegado a un momento particular y privado, sino que, por su naturaleza, tiende a impregnar cualquier aspecto de la realidad del individuo» (CEC 71).

180. a) Vivir el Domingo: La celebración del domingo, recordando la resurrección del Señor, se presenta como nexo de unión de esa nueva forma de vida que se alcanza por la Eucaristía. Desde el inicio de la historia de la Iglesia, ha revestido una importancia especial. Así nos recuerdan, por ejemplo, la Didajé; también San Justino en la Apología que dirige al emperador, nos ofrece un testimonio muy valioso, puesto que describe la celebración dominical y además ofrece la primera descripción de la Eucaristía primitiva (Cf. SCa 72; S. Justino, Apol. 1, 67; CEC 1345).

b) Es elocuente el testimonio de los mártires de Abitinia (África), que en tiempos del emperador Diocleciano, aceptaron la muerte con tal de no faltar a la Eucaristía dominical (Cf. DD, 46). San Ignacio de Antioquia habla de los cristianos diciendo que son quienes viven según el domingo (iuxta dominicam viventes), y de este modo recalca el nexo entre la realidad Eucarística y la vida cristiana en su cotidianidad. Entonces «‘Vivir según el domingo’ quiere decir vivir conscientes de la liberación traída por Cristo y desarrollar la propia vida como ofrenda de sí mismos a Dios, para que su victoria se manifieste plenamente a todos los hombres a través de una conducta renovada íntimamente» (n. 72).

181. a) Vivir el Precepto Dominical: Ahí radica la importancia de la celebración dominical, que confiere una fisonomía particular al que, junto con sus hermanos participa en la celebración del domingo. Se refuerzan los nexos de unión entre los miembros de la Iglesia, se crece en la fe y se le da un verdadero sentido cristiano al tiempo. Es muy conveniente que en torno a la celebración Eucarística dominical se hagan encuentros de amistad; catequesis de niños y de adultos; peregrinaciones; obras de caridad y momentos especiales de oración. No obstante que se puede cumplir el precepto dominical desde el sábado por la tarde, «es preciso recordar que el domingo merece ser santificado en sí mismo, para que no termine siendo un día ‘vacío de Dios’» (SCa 73).

b) En el curso de los siglos, la Iglesia ha sentido la responsabilidad de explicitar la importancia del deber de participar en la Misa dominical. Ha fijado el precepto de participar en la Misa dominical como obligación grave (Cf. DD, 47; CIC, c. 1247; CEC, 2181). El creyente, si no quiere perder su propia identidad, debe estar dentro y vivir en la comunidad cristiana. Es necesario que se convenza de la importancia decisiva que tiene para su vida de fe el reunirse el domingo con otros hermanos para celebrar el día del Señor con el Sacramento de la Nueva Alianza (Cf. DD, 48; NMI, 36). En consecuencia, los Pastores tienen el correspondiente deber de ofrecer la posibilidad a los fieles de cumplir con el precepto dominical (Cf. DD, 49).

182. Sentido del descanso y del trabajo: El domingo es también día de descanso del trabajo. Este reposo dominical tiene un sentido de «relativización del trabajo: que debe estar orientado al hombre: el trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo. Es fácil intuir cómo así se protege al hombre en cuanto se emancipa de una posible forma de esclavitud» (SCa 74). Pues el trabajo tiene importancia en la realización del hombre y el progreso de la sociedad, sin embargo, debe asegurar el respeto a la dignidad humana y al bien común. El día del Señor, es en cierto modo, día de la liberación del trabajo, evitando que el hombre lo idolatre, y de este modo recupere el sentido de su vida y de la misma actividad laboral (Cf. SCa 74).

183. La pertenencia eclesial como forma Eucarística de la vida cristiana: Existe un estrecho vínculo entre la celebración del misterio Eucarístico y la pertenencia al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia (Cf. SCa 76). Por lo que «la forma eucarística de la vida cristiana es sin duda una forma eclesial y comunitaria. El modo concreto en que cada fiel puede experimentar su pertenencia al Cuerpo de Cristo se realiza a través de la Arquidiócesis y las parroquias como estructuras fundamentales de la Iglesia en un territorio particular» (SCa 76), esto nos ayuda a vencer las perniciosas consecuencias del secularismo: individualismo, aislamiento y escaso sentido de pertenencia. El Cristianismo siempre ha sido una comunidad, una red de relaciones humanas sostenidas por la escucha de la Palabra, la celebración de la Eucaristía y bajo la luz del Espíritu Santo.

184. Espiritualidad y cultura Eucarística: La verdadera espiritualidad eucarística no se reduce sólo a la participación en la Misa y la devoción al Santísimo Sacramento, sino que abarca toda la vida del creyente, contra la tendencia actual de poner la fe cristiana al margen de la existencia, como si fuera inútil respecto al desarrollo concreto de la vida de los hombres. Hay que convencernos que Jesucristo no es «convicción privada» o «doctrina abstracta», sino una persona real capaz de transformar la vida de todos. Por eso, la Eucaristía se tiene que traducir en espiritualidad, en vida según el Espíritu. Para ello se requiere la renovación total del modo de vivir y de pensar, se requiere una conversión constante (Cf. SCa 77).

185. Aplicaciones Concretas: Ambientes, personas y consecuencias: La forma Eucarística de la vida cristiana, que se ha venido exponiendo en los párrafos anteriores encuentra aquí una serie de aplicaciones concretas que enunciamos ahora (Cf. SCa 78-83):

a) Ambientes: Evangelización de las culturas: La Eucaristía puede fermentar evangélicamente las diferentes culturas (Cf. SCa 78).

b) Personas:
- Los Laicos: La Eucaristía se ofrece a cada persona en sus condiciones concretas, haciendo que viva la novedad cristiana en su situación existencial. El don que se nos da en el Bautismo encuentra su pleno desarrollo en la Eucaristía, pues llamados a la Santidad, la propia vida se convierte en el culto agradable a Dios. Hay que procurar que la Eucaristía influya en la vida cotidiana, haciendo de cada uno testigo de Cristo, especialmente en la vida familiar (Cf. SCa 79).
- Los Sacerdotes: La forma Eucarística de la vida cristiana se manifiesta de modo peculiar en la vida sacerdotal. La espiritualidad sacerdotal, intrínsecamente Eucarística, que se cultiva desde los años de formación, le permitirá al sacerdote ser testigo creíble del amor de Dios. Por eso la Iglesia recomienda la celebración cotidiana de la Misa, pues en ella el sacerdote alcanza la conformación con Cristo y la consolidación de su vocación (Cf. SCa 80).
- La vida Consagrada: el testimonio de los consagrados encuentra en la Eucaristía su fuerza para permanecer fieles en el seguimiento de Cristo obediente, pobre y casto. En medio de las diversas actividades, el objetivo principal de su vida es la contemplación de las cosas divinas y la unión con Dios (Cf. SCa 81).

c) Consecuencias: Al participar del don del amor de Dios estamos llamados a una transformación moral: Una Eucaristía que no comporte un ejercicio práctico del amor es fragmentaria en sí misma» (SCa 82). No es un moralismo, sino un deseo de corresponder al amor de Dios con todo el propio ser. De aquí se desprende la Coherencia Eucarística, que exige el testimonio público de la fe, la salvaguarda de los valores fundamentales (Cf. SCa 82-83).

Eucaristía, misterio que se ha de anunciar

186. Razón de la misión: El impulso misionero es parte constitutiva de la forma eucarística de la vida cristiana: «no podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento. Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos». La Eucaristía no sólo es fuente y cumbre de la vida de la Iglesia, sino también de su misión. De Cristo enviado del Padre, por su mandato llega a nosotros la Misión, por lo que «no podemos acercarnos a la Mesa Eucarística sin dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a llegar a todos los hombres» (SCa 84).

187. Ser: La primera misión esencial que fluye del Sacramento, es el testimonio de la propia vida; debemos ser testigos del amor de Dios, incluso a veces se habrá de llegar hasta el don de sí mismos, hasta el martirio: «El cristiano que ofrece su vida en el martirio entra en plena comunión con la Pascua de Jesucristo y así se convierte, con Él, en Eucaristía» (SCa 85).

188. Contenido: Se trata de «llevar a Cristo. No sólo una idea o una ética inspirada en Él, sino el don de su persona». Por lo que es importante tener suficientemente claro que el contenido del trabajo misionero es el anuncio de la salvación en Cristo muerto y resucitado y que es creído y celebrado en el Misterio Eucarístico (Cf. SCa 86).

Eucaristía, misterio que se ha de ofrecer al mundo

189. Eucaristía, pan partido para la vida del mundo: Cristo ha dado su vida para salvarnos y la Eucaristía es la actualización sacramental del Cuerpo entregado y la Sangre derramada del Señor en el árbol de la cruz, en ella Cristo nos hace testigos de la compasión de Dios por todos los hombres. De esta fuente mana el servicio de caridad hacia el prójimo, reconociendo en cualquier hombre o mujer al hermano y hermana, por las que dio su vida Cristo. Por ello «la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a hacerse ‘pan partido’ para los demás y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno» (SCa 88).

190. Implicaciones Sociales del Misterio Eucarístico: Es necesario explicitar el compromiso social que implica el Misterio Eucarístico. Es Sacramento de comunión entre hermanos y hermanas que se reconcilian en Cristo. De esta fuente se llega a la voluntad de transformar las estructuras injustas para restablecer el respeto y dignidad del hombre. Por lo que «la Eucaristía, mediante la puesta en práctica de este compromiso, transforma en vida lo que ella significa en la celebración». La Iglesia tiene la responsabilidad de despertar las fuerzas espirituales y que los fieles sean «operadores de paz y de justicia», de modo que «gracias al Misterio que celebramos, deben denunciarse las circunstancias que van contra la dignidad del hombre, por el cual Cristo ha derramado su sangre, afirmando así el valor tan alto de cada persona» (Cf. SCa 89).

191. El alimento de la verdad y la indigencia del hombre: Ante las situaciones tan graves de pobreza, cuyas causas son muchas veces responsabilidad del hombre, hay que denunciar las injusticias y trabajar sin descanso por establecer la civilización del amor (Cf. SCa 90).

192. Doctrina Social de la Iglesia: Para tener cristianos laicos debidamente capaces de asumir su propia responsabilidad política y social, deben educarse en la caridad y la justicia, mediante el conocimiento adecuado de la Doctrina Social de la Iglesia (Cf. SCa 91).

193. Santificación del mundo y salvaguardia de la creación: Hay que ser conscientes de que la acción de gracias que se efectúa en la Eucaristía lleva también a la santificación del mundo. Como dice el Papa: «la fundada preocupación por las condiciones ecológicas en que se encuentra la creación en muchas partes del mundo encuentra motivos de tranquilidad en la perspectiva de la esperanza cristiana que nos compromete a actuar responsablemente en defensa de la creación» (Cf. SCa 92).

Congreso Eucarístico Internacional en Guadalajara

194. El Santo Padre Juan Pablo II convocó a la Iglesia el 25 de junio del Año Jubilar 2000 desde Roma, para celebrar el XLVIII Congreso Eucarístico Internacional en Guadalajara, México, del 10 al 17 de octubre del 2004. El lema «la Eucaristía, Luz y Vida del Nuevo Milenio» fue el vértice de las reflexiones, de las celebraciones y del renovado compromiso evangelizador. El Santo Padre Juan Pablo II se hizo presente no sólo por su delegado el Cardenal Jozeph Tomko, sino a través de la imagen satelital, en tiempo real, en la clausura del Congreso.

Desafíos

195. En muchos católicos se ha perdido el sentido cristiano del Domingo como día del Creador, de Cristo Resucitado, de la Eucaristía, de la familia y del hombre, señor de la creación.

196. En ocasiones no se percibe con claridad el nexo que hay entre el Misterio de la Fe, su celebración y sus implicaciones en la vida del creyente.
Propuestas, las del XLVIII Congreso Eucarístico Internacional en Guadalajara

197. El Cardenal Jozeph Tomko presentó a los congresistas siete conclusiones para su aprobación. Estas conclusiones las asumimos en la acción pastoral de nuestra Arquidiócesis, para que la fe proclamada y celebrada durante el Congreso, llegue a ser compromiso de acción y de vida para nuestras comunidades.

198. Inculcar la participación en la Eucaristía dominical;

199. Solemnizar la fiesta del “Corpus Christi”;

200. Promover la adoración eucarística en todas sus formas, sobre todo, la adoración nocturna;

201. Promover la comunión digna y frecuente, acompañada, cuando sea necesario, del Sacramento de la Reconciliación;

202. Fortalecer el espíritu de misión que nace de la Eucaristía;

203. Urgir la caridad efectiva con los pobres como exigencia de la Eucaristía;

204. Renovar la fe en la Eucaristía, el espíritu de sacrificio, la comunión eclesial y el servicio a los hermanos.

 

[25] MR, Prefacio Plegaria Eucarística Vd
[26] Cf. MR, Prefacio de Pentecostés: “Para llevar a su plenitud el misterio pascual, has enviado hoy al Espíritu Santo sobre aquellos que adoptaste como hijos al injertarlos en Cristo, tu Unigénito”
[27] XLVIII conventus Eucharisticus Internationalis, La Eucaristía, Luz y Vida del nuevo Milenio, Memoria (Guad. Méx. 2004) 463.


 

Eucaristía, corazón del Plan






Eucaristí
a, compendio y suma de nuestra fe






Amor trinitario








Misterio Pascual





Institución de la Eucaristía







Espíritu Santo y Eucaristía
















La Iglesia vive de la Eucaristía
















Los Sacramentos comunican la gracia







Eucaristía e
Iniciación Cristiana














Eucaristía y Sacramento de la Reconciliación








Eucaristía
y Unción
de los
Enfermos




Eucaristía y Orden Sacerdotal












Eucaristía y pastoral vocacional









Eucaristía y Matrimonio












Eucaristía y el cumplimiento escatológico










María, “Mujer Eucarística”
























Misterio de fe, belleza y liturgia











La celebración Eucarística, obra de Cristo y su pueblo











Elementos básicos del «arte de celebrar»



El Obispo liturgo por excelencia






Respeto a las normas y signos






Arte al servicio de la
celebración



El Canto litúrgico







Elementos de la estructura de la celebración eucarística




Unidad intrínseca
de la acción litúrgica







Liturgia de la Palabra








La homilía











La presentación de las ofrendas






La Plegaria Eucarística o Anáfora




Rito de la
paz



La Sagrada Comunión





Ministros Extraordinarios de la
Sagrada Comunión





La despedida
«Ite Missa est»




La participación activa



















Participación propia del ministerio sacerdotal


Condiciones personales para la participación activa





MCS, enfermos, presos y migrantes














Las grandes concelebraciones




El uso del latín














Misa en pequeños
grupos







La catequesis mistagógica
















Veneración de la Eucaristía






Relación intrínseca entre celebración y adoración





Práctica de la adoración eucarística







Formas de piedad eucarística































































Forma eucarística de la vida cristiana





El culto espiritual


















Vivir el Domingo















Vivir el
precepto dominical













Sentido del reposo festivo y del trabajo






Pertenencia eclesial







Espiritualidad y cultura eucarística






Aplicaciones concretas y consecuencias





























Razón de la misión que nace de la eucaristía





Ser de la misión




Contenido de la misión






Eucaristía, pan partido para la vida del mundo




Implicaciones sociales del misterio eucarístico






Alimento de la verdad e indigencia del hombre


Doctrina social de la Iglesia


Santificación del mundo y salvaguarda de la creación




La Eucaristía, Luz y Vida del Nuevo


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