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Cuaresma


TERCER DOMINGO DE CUARESMA

En el tercer domingo de cuaresma, el Evangelio (Jn 4, 5-42) nos sitúa frente a una escena maravillosa, sublime, ante una revelación importantísima y muy profunda. Se trata de una de las escenas más humanas y bellas del Evangelio de Juan. Todo el texto gira entorno a la cuestión de quién es Jesús y cómo se accede a él por medio de la fe. Hemos de pedir al Señor la gracia de leerla, escucharla y meditarla con una profunda capacidad de admiración.

El pasaje constituye toda una catequesis de iniciación: ante la revelación progresiva de Jesús la samaritana progresa en su conocimiento y aceptación. Al principio Jesús es para ella un viajero judío; a continuación un hombre desconcertante; más tarde, un profeta; y, finalmente el Mesías. El proceso tiene como imagen principal la del agua. El que será bautizado en la Pascua será bautizado con agua, por eso el catecúmeno debe entender su significado.

Es fácil entender la importancia que el agua tiene para toda vida. Sin agua sólo habrá muerte, donde hay agua, hay vida. Pero Jesús, desde el principio distingue entre aguas que no quitan la sed y el agua que él dará y que hará brotar, en quien lo acepta, manantiales que saltan hasta la vida eterna. “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed, pero el que bebe del agua que yo daré nunca más tendrá sed” (Jn 4, 13-14)

Todo empieza por iniciativa de Jesús que “venía cansado del camino, se sentó sin más en el brocal del pozo (de Jacob). Era cerca del mediodía.” Y lo hace con la intención de establecer una relación personal con la samaritana. Es sorprendente la manera en que lo hace: del modo más delicado posible, humilde y apacible; como necesitado: “Jesús le dijo: ´Dame de beber´”. La extrañeza de la samaritana es doble: porque los rabinos consideraban indecoroso hablar en público con las mujeres y porque los judíos y los samaritanos no se trataban. Jesús, en cambio, no tiene reparos en hablar con una mujer, samaritana, y de una mala reputación. Con plena libertad introduce la comunión allí donde había separación y prejuicios.

Al no entender todavía la Samaritana de qué tipo de agua habla Jesús, le manifiesta que en realidad, más que pedirle a ella, Jesús viene a ofrecerle el “don de Dios”: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva” (Jn 4, 10). Jesús ofrece un don capaz de satisfacer los deseos más profundos del alma humana; de hacer surgir en el interior de quien lo acepta una fuente viva que mana para la vida eterna. El don de Dios, en definitiva, es Jesús mismo que trae la salvación para samaritanos y judíos, para toda la humanidad.

La samaritana tiene ya más curiosidad y pide “Señor dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni tenga que venir hasta aquí para sacarla” Jesús da otro paso y le dice que primero vaya a llamar a su marido y vuelva. Le hace comprender que él conoce su interior, sabe que ha tenido cinco y el de ahora no es su legítimo marido. Los cinco maridos que representan los dioses de cinco pueblos a los que los samaritanos habían dado culto (cfr. 2Re 17, 24 ss) y el de entonces, el culto que daban a Yahvé pero que era ilegítimo por no ajustarse al principio de un único templo. La samaritana, ante el conocimiento de su situación descubre y reconoce que Jesús es un profeta. En la conversación Jesús llega al culmen del diálogo, haciendo la revelación de una novedad extraordinaria: “llega la hora y ya está aquí en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y en verdad”. La mujer le dijo: “Cuando venga el Mesías (Cristo) él nos dará la razón de todo”. Jesús le dijo: “Soy yo, el que habla contigo”. La escena llega al punto culminante de la revelación, Jesús se manifiesta abiertamente como el Mesías.

Ha llegado la hora de dar culto auténtico a Dios, al Padre en espíritu y en verdad. Pues bien, Jesús es Camino, Verdad y Vida. Él, el Cristo, es quien hace posible esta adoración de Dios en espíritu y en verdad, porque, por medio de su pasión, nos comunica el Espíritu Santo y nos revela plenamente la verdad divina, que se resume en una sola frase: “Dios es amor” (1Jn 4, 8). Quedan superados los lugares, los tiempos y sobre todo el culto y los ritos vacíos. El nuevo templo es Jesús y él vive en quien cree. Jesús nos comunica su Espíritu y sólo quien posee el Espíritu del Hijo puede adorar de verdad al Padre.

En nuestro bautismo, Jesús nos ha comunicado su Espíritu y nos ha hecho capaces de clamar: “Abbá, Padre”. Nos ha hecho adoradores del Padre en Espíritu y Verdad. Como Pablo nos invita en la segunda lectura de este domingo, sintámonos impulsados a la acción de gracias y a la confianza. A la acción de gracias porque en Jesús, se ha llevado a cabo nuestra redención; a la confianza porque gracias a la pasión de Jesús “Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que él mismo nos ha dado” (Rm 5, 5). Hoy es un buen día para agradecer la gracia de nuestro bautismo en el que hemos recibido la prenda de la vida eterna.


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