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Memorias de un misionero en la Baja California. 1918

(10ª parte)

Leopoldo Gálvez Díaz[1]

 

Concluyen aquí los recuerdos de un misionero de la Arquidiócesis de Guadalajara en el Vicariato Apostólico de la Baja California hace cien años

evocando un lance singularísimo de su paso por ese territorio.[2]

 

José Lamisa

 

Pasaba el Padre periódicamente por ese lugar.

Cuando acá llegaba el misionero, se hacían las velaciones,[3] que ocurrían, por ejemplo, cada dos o tres años: parejas de esposos cristianos, hasta con hijos; esposos nuevos, que pedían venia oficial para sus esponsales, como en territorio de misiones se usa.[4] Campesinos benditos, que uno admira por creyentes, pero a la vez poco preparados en cuestiones higiénicas y sociales.

Y sucedió allí que, en la misa de su velación, le llegó su hora a la madre de José… La capilla pueblerina fue su sala o clínica de maternidad, y dio a luz al infante (ella qué supo...)

 

***

Cuando el Padre se volvió al pueblo para saludarlo, al Orate, fratres, vio que los asistentes se apiñaban misericordiosamente en torno a la parturienta y que alguien traía por acá una paila de agua.

Después, cuando bajó al plano para la comunión, las madrinas, jubilosas, le enseñaban al bebé…

El padre misionero entendió, acaso, que querían que bautizara al instante y mandó prevenirlas.

“Diles a esas madrinas que arrimen al niño”.

Mientras, se dispuso a escribir los datos de rigor.

“Sí, Padre” –respondieron–, “ahora vamos a componerlo” (a bañarlo, vestirlo, pues nació al tiempo en que se decía la misa).

 

***

 

Ya que lo bautizaron, le pusieron José, pero como las comadres hicieron tanto bombo con aquello de que “nació en la misa”, le comenzaron a llamar así, de modo que sin resistencia y casi sin sentirlo, el niño creció y aceptó el mote.

 

      José, por Dios, cómo no te esperaste después de misa.

      Dime tú, nomás, naciste en misa.

      Padrecito, por Dios, ¿Qué dice su merced? Joselito nació en misa. ¿No quedaría profanado? Díganos, por favor, ¿no estará salado por algún lado? Díganos, nomás… en la misa… ¿Qué le parece a usted?

      Pienso que ya lo dejen en paz –les dijo el sacerdote–. El hombrecito no está profanado, ni salado ni maldecido. Al contrario, está bendecido más, dedicado y consagrado por ese capítulo. Merece más atención, más cariño, mejor educación. Apúntenlo hacia el mejor rumbo, pero nomás eso. No hagan mala comidilla con el suceso.

 

Y creció José.

            Treinta años después supe que José Lamisa andaba de bracero en California, y escribía a su familia en son de saludo y felicitación. Y me contaron sus católicos padres.

      Sí, padrecito. José Lamisa, su viejo amigo, se crió y lo saluda. Ya grande se fue al trabajo. Y no crea que se enfada porque usted así lo llama. Vea su propio recuerdo; él mismo lo dice, él mismo así gusta firmarse: José La Misa, José Lamisa…



[1] Presbítero del clero de Guadalajara, nació en Jiquilpan en 1891 y se ordenó en 1921. Compuso estas memorias en 1959. Las notas del autor se señalan específicamente; las demás son de la redacción de este Boletín.

[2] Entre 1895 y 1905 arribaron 16 misioneros italianos a la Baja California.

[3] “Son las bendiciones solemnes que manda la Iglesia reciban en sus nupcias los desposados. Las velaciones no pueden hacerse más que en la iglesia en el tiempo que están permitiadas. He aquí sobre este punto lo que dispone el Concilio de Trento: “Manda el Santo Concilio que todos observen exactamente las antiguas prohibiciones de las nupcias solemnes o velaciones desde el adviento de nuestro Señor Jesucristo hasta el día de la Epifanía, y desde el día de ceniza hasta la octava de pascua inclusive. En los demás tiempos permite se celebren solemnemente los matrimonios, que cuidarán los obispos se hagan con la modestia y honestidad que corresponde, pues siendo santo el matrimonio, debe tratarse santamente”. Cfr. M. André, Diccionario de Derecho Canónico, Madrid, Imprenta de José G. de la Peña, 1848, p. 338.

[4] En los territorios de misión los contrayentes pueden celebrar el sacramento del matrimonio en presencia de dos testigos. El acto se convalida y formaliza con la presencia del testigo oficial de ello, que los vela o bendice.



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